Mi carrera militar
Mi primera opción cuando terminé la universidad era trabajar en el ejército. Ni grandes empresas, ni la gran teta del Estado, ni montar mi propio negocio. Mi idea era entrar en el ejército y hacer carrera.
Ahora con la perspectiva creo que no hubiera sido una gran idea. Que tenía una visión poco realista de lo que sería el ejército. Pero el caso es que siempre me ha gustado lo militar: las grandes batallas de la historia, las armas blancas y de fuego, pegar tiros, ganar medallas, ir todo el mundo vestido igual, comer en bandejas de plástico.
Con un título universitario en el bolsillo iba camino de la escuela de suboficiales. Porque una cosa es que a uno le guste el ejército y otra que quiera dedicarse la mitad de su vida a limpiar letrinas, cargar sacos de arena o desmontar fusiles. Es como en la cocina, puedes ser un fanático de las espumas de Ferrá Adriá pero no ves tu futuro en la cocina cortando pimientos y fregando encimeras. Porque lo bonito de la cocina es crear, así lo bueno del ejército es dar más órdenes que recibirlas.
Tenía buena forma física, la cabeza más o menos bien amueblada y ganas. Podría pasar con holgura los exámenes psicotécnicos y las pruebas físicas. Pero sin embargo había un gran impedimento que hizo que tuviera que descartar mi vocación: era un tarado.
Hoy en día los criterios para acceder al ejército han cambiado mucho. Ahora no hace falta ser español, basta con vivir en España o haber visto muchas películas españolas. Antes había que tener un cociente intelectual determinado ahora basta con saber pronunciar cociente intelectual o con saber disparar a alguien que sepa pronunciarlo.
En mi época había que hacer un filtro porque no había necesidad de soldados. Hoy en día, con ejército profesional y sin la mano de obra barata que eran los soldados de reemplazo, hay una demanda que nunca está suficientemente cubierta.
Como veía menos que un gato de yeso no podía acceder a la Escuela de Oficiales. Mis opciones de guiar un caza eran más bien escasas pero es que según los baremos no servía ni para organizar la tarea de los encargados de limpiar los suelos.
Así, viendo que porque tenía una tara no podría ser oficial y caballero no me lo pensé dos veces: si no puedes unirte a ellos, lucha contra ellos. Y fue entonces cuando aproveché mi condición de lisiado para librarme del servicio militar.
Porque en los años 90 aún los jóvenes tenían que hacer el servicio militar. Sólo los que estaban estudiando se podían librar del mal trance de manera temporal, pero al final tenían que pasar el compromiso con la Madre Patria.
Quiso el tiempo y un gobierno de derechas que esto cambiara. Si hubiera continuado prorrogando mi paso por el ejército - a base de inscribirme en absurdas oposiciones o en cursos universitarios - me habría librado como hicieron casi todos mis compañeros de estudios.
Pero en mi caso, tenía problemas de vista y podía aprovecharlos para aclarar mi situación. Y asín lo hice.
Lo primero fue hacer un examen médico. Fui a la seguridad social y me dieron cita para el oftalmólogo para dentro de tres meses. Como la prisa apremiaba opté por ir a un médico de pago pagado de mi propio bolsillo. Me tocó hacer la pregunta que tanto desagrada y que sólo hacen los muertos de hambre, tras pedir cita tuve que preguntar "¿Y cuánto me costará todo incluido?".
Con el papel del médico rellené unos documentos y luego me tocó esperar una barbaridad de tiempo. Después de un montón de meses me llamaron para hacer el examen médico militar. Me tocaría ir a Sevilla, la capital de Andalucía. Y como tenía el examen a las nueve de la mañana tendría que hacer noche en la ciudad de la Torre del Oro.
Lo bueno del ejército y que lamentablemente no pude disfrutar es que todo es a gastos pagados, aunque sea de mala calidad. Me pagaban el billete de tren a Sevilla y sólo tenía que buscarme la vida para dormir allí. Pero claro, como mi familia era muy miserable me dijeron que fuera al propio Hospital Militar, que allí se podía hacer noche en situaciones de emergencia.
Hoy en día estas situaciones las zanjaría sin problema yendo a casa de un amigo, a un hotel o un hostal. Pero en aquella época era más agarrado que vieja en moto así que le hice caso a mi padre (si algún día escribo sobre mi padre tendría para hacer 10 blogs).
Allí me presenté en el Hospital Militar de Sevilla a las siete de la tarde dispuesto a mendigar alojamiento al Ejército Español. Tras un mareo de formulismos administrativos me condujeron a un dormitorio vacío.
Afortunadamente para mi, mi padre tenía razón y era obligación del Ejército el acogerme esa noche. Eso sí, no podía olvidar que estaba ante la mayor fuente de burocracia del mundo moderno. No era posible dormir en el hospital sin estar enfermo, así que para solventar la situación me tuvieron que ingresar.
La noche comenzaba mal. Mientras me rellenaban una ficha militar médica con un historial de enfermedades totalmente inexistente, me tocó esperar bastante rato. Un papel seguía a otro. Finalmente, pude pasar al dormitorio aunque eso sí, con pijama militar y sin la opción de salir a dar una vuelta. Ahora era un enfermo más y debía comportarme como tal.
Conforme iba avanzando la noche más enfermos imaginarios se fueron incorporando a la habitación. Todos estaban en condiciones más o menos similares a la mía. Al día siguiente iríamos todos al examen en la esperanza de que fuéramos considerados unos inútiles y descartados definitivamente de la vida castrense.
Compañeros de penuria, pronto surgió una espontánea camaradería y nos contamos lo poco interesante que tenían nuestras vidas. Casi todos tenían problemas de vista, alguno algún problema de corazón. El caso es que según narraban su situación veías a personas en la flor de la vida, con todo por delante a las que el servicio militar no sería sino un gran problema. Por encima de todo notabas que aunque eramos unos tullidos todos eran personas más sanas de los normal: vivaces y con buenas perspectivas profesionales y personales.
Al día siguiente por la mañana se revertió la irrealidad. Tuvimos que darnos de baja como enfermos y salir del hospital para poder volver a entrar, esta vez de civiles. Los que habíamos dormido juntos pero no revueltos nos deseamos suerte "ojalá te consideren un inútil". Y cada uno fue a esperar su turno en su correspondiente médico.
El rato de espera fue desagradable. El oftalmólogo tenía una tropa de gafotas esperando, pero en otras filas veías a gente realmente rara y que sí que tenía un problema. Aunque al final todos éramos igual de tarados ante los ojos de Dios.
El examen fue rápido y eficiente. El médico no dijo nada pero estaba claro que las cuentas le cuadraban. Me marché de allí con la certeza de que no tendría que hacer el servicio militar y una carta varios meses después así me lo confirmaría. El viaje de vuelta también fue en tren, patrocinado por el Gobierno de España.
Así, puedo decir que cumplí mi sueño de militar. O al menos dormí una noche como militar. Militar enfermo, pero militar. Soy una de las pocas personas que quería ser militar pero no pudo y que se habría librado del servicio militar sin hacer nada pero que hizo algo para librarse y que a pesar de no haber hecho la mili, he sido soldado y quién sabe si oficial.
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Adoro estas historias, el quinto párrafo es oro puro.
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Yo agoté las prórrogas por estudios, y por entonces no era lo bastante miope como para librarme por tarado (ahora en cambio luzco 4 hermosas dioptrías por ojo).
Llegó el PP al gobierno y recibimos con alborozo la noticia de que se iba a abolir la puta mili. Pero resulta que los de mi quinta iban a ser los últimos: se decidiría por sorteo si los nacidos en meses pares iban a la mili y los nacidos en impares se libraban, o algo así.
Como se suele decir, "tonto el último". Nadie quería ser el último en pringar. Así que yo consulté con un abogado (con un "¿y cuánto me costará la consulta, todo incluido?") qué pasaría en caso de que, de ser agraciado en el sorteo, desertase al extranjero.
El abogado me confirmó lo que yo sospechaba: que una vez abolida la mili, el delito prescribiría inmediatamente, y por lo tanto yo podría regresar a España libre de pecado... ;-)
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Hombre, si hay que elegir párrafo yo me quedo con el cuarto empezando por abajo.
Pero vamos que a mi también me ha encantado el post.
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Yo no era miope y tampoco un gran comediante con capacidad de simular misteriosas enfermedades; además, en el 86 no era muy recomendable objetar, por lo que tuve que hacer la mili.
Y fui al ejército y comprobé que la tropa no era más que el servicio doméstico de unos cuantos cantamañanas que colgaban estrellitas de sus uniformes.
Bueno, al menos aprendí a usar una fregona y a alisar la colcha de la cama. Gran invento la mili.
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Yo soy medio sordo. No soy apto para ser policia local, ni policia nacional, ni guardia civil, ni bombero, ni tecnico de reactor nuclear. Pero según el ejército sí era capaz y tendría que hacer la mili.
Me salvé de la mili gracias a las prórrogas de estudios y no por mi sordera.
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Lo que cuentas parece que nos pasó ayer (yo también me libré por los pelos). Qué relato más agradable de leer (y verdades como puños, oigan).
J.
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Yo quiero que escribas sobre tu padre, viendo el resto de relatos... promete.
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