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Me gusta el típico programa de relleno veraniego que emite Telecinco de 16:00 a 17:00: Hombres y Mujeres y Viceversa.
Es el ya clásico programa de busca de parejas en que una persona tiene que elegir entre diversos pretendientes, pero alargado más allá de la anécdota que suele significar la falsa respuesta a preguntas tales cómo ¿Cuál fue el sitio más extraño en el que hiciste el amor?
En lugar de ser casi una lotería, que solía realizarse a ciegas por cuanto más se apreciaba por el físico que por las pruebas y preguntas tontas de los concursos predecesores, se trata de algo parecido a la vida real: la persona que elige se cita con los aspirantes y en función de estas citas va descartando pretendientes.
No hay tantos problemas de tiempo; mientras haya verano hay tiempo tiempo para decidir al pretendiente final. Este ritmo pausado es lo que tiene el programa de original y lo que lo hace deliciosamente repugnante.
Lejos de una idílica búsqueda del amor, el programa detalla el tremendo absurdo de la búsqueda de una pareja ideal. Y está lleno de matices desagradables.
Por un lado los pretendientes, obligados a querer a una persona, sin opción a elegir, tienen que combatir con sus compañeros y compañeras para obtener los favores de una "persona amada" algo que no han podido escoger. Todo un absurdo.
Por otro lado los electores, llamados tronistas en la página de Telecinco, con comportamientos endiosados. Al fin y al cabo no todos los días se tiene a tanta gente deseando gustarte.
Este endiosamiento es especialmente patético y es quizás lo que más me gusta del programa. Al fin y al cabo las personas de un lado y del otro son todas del mismo tipo. A unas les ha tocado un papel humilde y a las otras no, sin embargo los que están arriba no son capaces de percibir esto, o de comportarse de esa manera.
Resulta sorprendente lo fácil que es conseguir que la gente realice las tareas más denigrantes del mundo, siempre y cuando sean envueltas en un halo de elegancia. Es desagradable ser rechazado por una persona que nos gusta, pero hacerlo en público lo es mucho más. Y si luego se disecciona ante unos supuestos expertos justificando tu falta de aptitud, la cosa sería, en condiciones normales y fuera de los platós de televisión, para necesitar psicólogo de por vida.
Si para muchas personas el día de su boda se antoja como el día más feliz de sus vidas; No tanto por el símbolo sino por ser el centro del Universo durante unas horas, se entiende que haya varios miles de personas en España que estarían dispuestas a matar con tal de salir en televisión maquilladas y vestidas por profesionales. Si hay que ser rechazado en una cita, eso ya es secundario.
Observando la página del programa puede verse hasta qué punto es todo una pantomima. La mayoría de los participantes son personas que querrían trabajar en la televisión, en el cine, en la moda, en el arte, en el mundillo del vivir del cuento. No son personas reales, son personajes. Es gente sacada de esa valiosísima base de datos de aspirantes a concursos de telerealidad. Es gente dispuesta a pasar por el aro casi con cualquier cosa, con pocos niveles de vergüenza.
Todo es una farsa pero muestra al desnudo el engaño del amor que a veces nos dibujamos en la cabeza. El romanticismo, que es una pose. Los topicazos de las citas, de los regalos. Las frases manidas. Hacer lo que crees que esperan que hagas.
Las citas en los sitios "sorprendentes" son algo ya muy visto. Si quedas con una chica por primera vez y quieres parecer original, no quedas en un Cañas y Tapas.
Pero al final se acaba optando por otros tópicos, que por ser más elaborados son más falsos. Como la típica vista de puesta de sol, para aparentar romanticismo. O la terraza de verano en el tejado de un edificio para parecer "alternativo, cosmopolita". O ir a practicar un deporte para parecer desenfadado y de paso enseñar músculos. O el erotismo de pacotilla de los balnearios y los masajes de aficionado. Ir a un paintball y decir "me gustan los deportes de aventura", ir a un circuito de karts y decir "me gustan las emociones fuertes". Ir a un barecillo donde ponen jazz y decir "me gusta la cultura en todas sus formas".
Esta originalidad es absurda puesto que de lo último que puede aprenderse de una persona es su capacidad para sorprender. En este concurso, ante la presión del resto de concursantes y la existencia de guiones, todo resulta incluso más exagerado, lo que convierte en vomitivo estos gestos aparentemente llenos de frescura.
Los concursantes se saben dentro de una trama elaborada por guionistas y desconfían de todo. Saben que entre los aspirantes a conquistar su corazón hay gente que sólo quiere airearse en televisión, probables actores que buscan ridiculizarlo. Gente de poco fiar.
Pero lo mejor de todo el programa son las frases. Las personas que hacen de electores empiezan a pensar en sí mismos en tercera persona. Se autoidealizan. Todos son románticos, divertidos, detallistas, un poco locos, protectores, dadores de libertad, un tanto introvertidos, con algo de artistas, que se cuidan pero que entienden que el interior es lo importante. Sorprenden estos dechados de virtudes en personas que muchas veces están desempleadas y casi todas tienen empleos por los que no merece la pena luchar lo más mínimo. ¿Quién consigue una excedencia de tres meses para ligotear en televisión?
Así, todo el mundo habla de una forma figurada, se recitan versos de Antologías Poéticas para enamorar, frases célebres y sentencias, textos extraídos de novelas y de películas. Se dan aforismos sobre el amor, las relaciones humanas. Se rellenan tarjetas con frases como "Amarse es mirar los dos en la misma dirección", se promete amistad al margen de la competición.
El resultado, el premio del concurso son algo que no me interesa en absoluto. Lo que me gusta es ver comportamientos que todos tenemos a diario, en la pantalla de casa, sin tener que sufrir demasiada vergüenza propia y ajena.
Me gusta ver cómo solemos equivocarnos de pleno cuando tratamos de reconocernos a nosotros mismos. Los concursantes tienen todos cualidades similares.
- Soy una persona impulsiva, si quiero hacer algo lo hago sin dudarlo (¿Es eso una virtud?).
- Me han hecho mucho daño. (¿Y esa facilidad para conseguir parejas dañinas, no es también un motivo de alarma?)
- Me doy todo en las relaciones, no me guardo nada.
- Voy con la verdad por delante. (Sinónimo de que se es un bocazas, alguien "con la escopeta cargada" dispuesto a saltar a la primera de cambio).
- Me gusta pasármelo bien. (¿A quién le gusta pasárselo mal? Y si es un preaviso de que lo más importante para ti es tu propio placer, mal vamos.)
Otra son las citas entre los concursantes. Ves cómo de 15 minutos (porque no durarán mucho más) una persona es capaz de montarse una auténtica película sobre cómo es la otra persona.
Cómo nos aferramos a frases sueltas y las colocamos en el microscopio, tras sacarlas de todo contexto. Una frase que se dice sin mayor transcendencia la otra persona es capaz de colocarla en el centro de su objetivo. Ante este hecho, se recurre a esas frases célebres tratando de que la sentencia elegida tenga algún tipo de sentido positivo. "Aquello que dijiste de que sólo se vive una vez me dejó pensando mucho".
Cuando no se cae en gracia, se recurre a decir que la otra persona "no ha sabido verme tal y como soy", o excusas en esa línea "no me encontraba cómodo, no fui yo". Normalmente ese yo que queremos que vean de nosotros no es más que el superyo, la persona que somos cuando estamos de un humor estupendo, cuando nos salen las cosas bien. Ese superyo es un ser improbable y por lo tanto mejor que la persona vea el yo de los días de diario, porque es el que se va a encontrar casi todo el tiempo.
En fin, es una sucesión de topicazos, uno detrás de otro, a cual más patético y por lo tanto digno de ver. Una descripción de uno de los participantes:
Se considera extrovertido, amigo de sus amigos y buena gente. Le gusta [...] estar con los suyos[...]
El 14 de abril de 1987 escribían en "El País" sobre un nuevo concurso:
Con mucho ritmo y agilidad que será presentado por Constantino Romero.
Ese concurso sería "El tiempo es oro".
En la programación de televisión de hoy, también "El País" dice de otro concurso:
Un concurso diario ágil, dinámico y cargado de premios.
En este caso se trata del concurso "El negociador".
Han pasado 20 años entre uno y otro. Los tiempos han cambiado tanto que lo que antes se consideraba ágil es totalmente lo contrario de lo que ahora.
En su momento "El tiempo es oro" sería un concurso de enorme éxito que convertiría a su presentador en una celebridad. Era un concurso a la antigua usanza: preguntas complicadas y concursantes sumamente cultos y preparados.
Buenos premios. Si el concursante acertaba preguntas ganaba mucho dinero. Si no las acertaba, era descartado.
Hoy en día "El negociador" es un concurso nuevo en que el concursante pierde su papel principal. Ya no depende de sus habilidades, sino que su premio dependerá del azar eligiendo unos sobres.
Hay que entender que con el paso de los años los concursos hayan ido cambiando. La gente ya no disfruta oyendo a un tipo recitar datos que nadie conoce. En "El tiempo es oro" cada concursante tenía que elegir un tema, aquello que mejor conociera.
Recuerdo cuando participó Lincoln Maiztegui, un tipo conocido por su afición al ajedrez. Cuando lo vi en pantalla no dudé que hablaría del ajedrez. Sin embargo para mi sorpresa su tema fue "La zarzuela".
De ese tema se le hacían todo tipo de preguntas, normalmente muy complejas porque se entendía que si el concursante era un experto, tenía que demostrarlo. No importaba sin embargo lo que le preguntaran a Lincoln, respondió a todas las preguntas correctamente, y eran muchísimas.
Luego tenía que responder a preguntas de cultura general, se defendía admirablemente en ellas, pero no dejaba de ser un concursante más. Porque para participar en "El tiempo es oro" tenías que ser extraordinario.
Ahora para participar en un concurso se exigen otras habilidades. Se ha de pasar un casting en el que normalmente será más importante la simpatía y la espontaneidad.
Incluso para concursos como "Cifras y letras" que aún tienen un regusto intelectual. Tienes que contar una anécdota personal. Si no lo haces con cierta gracia y soltura, no importa lo bueno que hubieras sido en las pruebas de cifras y números. No te llamarán para participar. Así de absurdo.
De un lado han cambiado los gustos del público. Ya resulta molesto estar oyendo una sucesión de preguntas sobre las que uno no puede opinar, ni de lejos.
¿En qué año terminó la Guerra de los Cien Años? Para la mayoría de la gente es como elegir un número entre el 800 y el 1900, al azar.
¿Con quién mantuvo George Sand su relación amorosa más conocida? Y bastará con decir un nombre cualquiera de mujer.
Son preguntas demasiado complejas para un país en el vagón de cola de los datos de Educación.
Primero llegaron las respuestas tipo test. Uno al menos tenía que elegir entre algunas opciones, podía decir "algo que le sonaba". En este caso, los despropósitos son constantes. Uno puede lamentarse oyendo razonamientos incorrectos, o ridículos, para llegar a la respuesta acertada.
Sólo con suerte se puede llegar lejos en algunos concursos. A veces una mala elección de las opciones posibles es suficiente para "por descarte" acertar la respuestas.
Poco a poco el perfil de los concursantes fue cambiando. Cada vez eran menos cultos y más mundanos. En algunos casos hasta llegar a la pura chabacanería, aceptando a concursantes que parecieran ser pura clase media. Amas de casa que nunca han leído un libro, jubilados agresivos pero de poco conocimiento. Fanáticos del deporte que no estudiaron mucho por falta de tiempo.
Como en cualquier profesión, si cualquiera puede hacer el trabajo, no puede esperarse que obtenga unos enormes ingresos. El monto de los premios fue bajando considerablemente hasta llegar a la situación actual, en que lo habitual es salir del concurso con lo mismo con que se entró: nada.
La ironía es que en estos concursos se suelen establecer premios delirantes. 1 millón de euros, 500.000 euros, 100.000 euros. Eso sí, sólo están al alcance del concursante si son capaces de responder a preguntas tan dispares como difíciles. ¿Nombre de la cuarta ciudad más poblada en Nigeria? ¿Teniente de alcalde en San Salvador en 1981? ¿Que carrera estudió Dolph Lundgren?
O se le promete ese premio en caso de que elija una opción entre cincuenta. Azar puro.
La ineptitud de los nuevos concursantes les lleva a pensar que cualquiera de sus elecciones condicionadas con el azar se debe a una especie de sabiduría. Un torpe participante de "Allá tú" (el concurso de las cajas) que por pura casualidad de con el premio máximo es capaz de justificar su elección del número "sabía que el 14 tendría un buen premio".
Todo esto abochorna a los que tienen dos dedos de frente que ya ni intentan participar. Si algún incauto lo intenta, queda descartado en los castings preliminares. ¡Queremos gente normal, no cerebritos! Si no sabes cantar, no te queremos en nuestro concurso de preguntas.
Como ya indicaba, la bajada en la cotización de los concursantes ha ido de la mano con el descenso en los premios. Es frecuente ver como una persona que ha tenido una actuación "aceptable" sale con un premio de 300 o 600 euros. Puede incluso darse el caso de que un concursante que permanezca varios concursos, en aquellos que sean por eliminatorias, pierda dinero. Porque al ser los premios tan bajos puede que acabe hasta ganando menos que en su empleo habitual, aún habiendo quedado "ganador" durante varias semanas.
La vuelta de tuerca fue cambiar la orientación del concurso. Antes el presentador era un tipo que leía preguntas, un busto parlante que daba el protagonismo a los concursantes. Con la desprofesionalización de los participantes, empezaron a perder relevancia, hasta caer en la situación actual en que parece que fueran simples actores. Ahora el protagonista es el presentador.
Nadie recuerda a ningún concursante del 50x15, pero todos conocen a Carlos Sobera, capaz de hacer cambiar la respuesta al participante que había señalado la opción correcta. Ahora lo importante es tener un buen presentador. Que saque lo peor de cada concursante. Que se ría de él. Que juegue con su endeble pysche para que acabe renunciando a un premio millonario y optando al de consolación. Para ver después su cara de derrotado.
El desafío es hacerle creer que va a ganar el máximo premio. O que pierda el que tenía. O forzarle a responder una pregunta de la que no tiene ni idea, tras ensalzar sus inexistentes cualidades. Los presentadores cada vez tienen más protagonismo. A veces, el único, como en el citado concurso de "El negociador".
Ya no se va a concursar, sino a figurar. Se obtiene un sueldo de figurante, si es que se cobra. Se pasa ridículo. Se pierden días de trabajo. Todo por salir en la tele. Gracias a Youtube, cada vez este sueño es menos inalcanzable.
El modelo de detective que nace con Sherlock Holmes - los antecesores no dejaban de ser experimentos - y continúa con las novelas de Agatha Christie estaba agotado. El paradigma de personaje sabelotodo, imparcial, sin emociones, se continuó en numerosas series de televisión de más o menos éxito. Como todo fenómeno tuvo su momento de auge, seguido de una quema del personaje y de la caída en desgracia.
Hoy en día series como CSI aún tienen mucho éxito. Los detectives son muy buenos y usan de la más moderna tecnología. Aún así, el formato es diferente: el público estaba cansado de los detectives que no sueltan una y de las explicaciones poco visuales. En CSI te lo dan todo explicado como en los Teletubbies, algo que a determinado público le repugna, pero que la mayoría agradece.
El superdetective con una mente preclara no estaba muerto. Ya lo intuyó el gran Jake Kasdan con su personaje de detective en Zero Effect. Ahí dibujó un nuevo prototipo de investigador. El detective era tan ingenioso o más que Sherlock Holmes, pero tenía cierto desapego a tratar con los clientes, lo que provocaba que trabajara a distancia. Este bizarro detalle facilitaba las situaciones cómicas, y forzaba la existencia de un personaje intermedio, el Watson de turno no era un simple papel forzado sino que su puesto en la mediación con los clientes justificaba su existencia.
Zero Effect con el detective Daryl Zero podía haber funcionado, porque las piezas encajaban. Pero el público es impredecible y en este caso fue un sonado fracaso de taquilla. El intento de crear una serie nunca prosperó. Los amantes de las series de detectives de verdad nos quedamos con las ganas.
Años después surge Psych, una serie americana que justo ahora está iniciando su segunda temporada.
En ella el protagonista es una especie de detective por accidente. Shawn Spencer es un perdedor sin trabajo definido que tiene una extraña habilidad: una capacidad de observación fuera de lo normal.
La forma en que Shawn consigue esa habilidad no es menos curiosa: de pequeño, su padre, que era un policía pirado, le obligaba a que se fijara en todos los detalles de los sitios a los que iban. Si no era capaz de responder correctamente a sus preguntas como "¿Cuántas personas tenían sombrero y cómo eran éstos en el autobús que hemos tomado antes?" se quedaba sin postre.
Dejándome guiar por la masa, que enfervorecida recomendaba la serie de televisión "Héroes", con constantes comparaciones con "Lost" en lo que a calidad y original se refiere, decidí empezar a ver dicha serie.
Los primeros episodios los vi en español, por resultar más fáciles de conseguir por el Emule. La serie me pareció un poco lenta, pero hay algunas series que tardan en arrancar así que tuve paciencia.
A partir del tercer episodio comencé con el inglés con subtítulos. Pero la serie seguía sin brillar. Pensé que cuando las historias se mezclaran, aquello ganaría en dinamismo y eso sería lo que había llamado tanto la atención. Pero seguía siendo muy lenta. Al final estaba escribiendo artículos o navegando por Internet con el sonido de la serie de fondo y aún así se podía seguir el hilo con total facilidad.
A punto de tirar la toalla, pensé que en algunas series lo que ocurre es que contratan a guionistas del montón y cuando aquello tiene un éxito inesperado incluyen en plantilla a algunos profesionales de primera línea, que le dan nueva vida a un producto que aún tenía muchos cabos sueltos. Pero como la serie me parecía demasiado lenta, decidí empezar a verla en inglés sin subtítulos, para que el esfuerzo de entender y aprender compensara la falta de tensión dramática.
Al final me encontré con más de media primera temporada vista. Ya podía afirmar que la serie es una auténtica basura, sólo recomendable a aquellos que les gusten las historias con efectos especiales y giros argumentales gratuitos. Eso sí, para aprender inglés es fantástica.
Apestan:
- La recurrencia en tratar de dar una explicación seudocientífica, usando referencias a la situación actual de la investigación, hablando del Proyecto Genoma. La explicación que dan es infantil, así que harían bien en darla de puntillas y pasar rápido a otra cosa. Aquí sin embargo es una constante y parte del argumento, lo que hace que pierda credibilidad.
- Los personajes son planos, no tienen personalidad alguna. Las luchas internas entre el bien de la Humanidad y salvar el propio pellejo harían vomitar a Shakespeare.
- La trama es lentísima, nunca pasa casi nada sustancial. En un momento dado me confundí de episodio - me salté uno - y no me enteré de que me lo había saltado hasta casi el final de este episodio.
- No hay ni una sola sorpresa en toda la serie, todo es previsible y pasa tal y como uno se lo espera.
- La historia es más propia de dibujos animados que de cine o series para adultos.
Etcétera. En fin, que me siento engañado por tantas recomendaciones virtuales de los blogs. La culpa es mía por seguir criterios tan poco confiables.
Hago mía la opinión que dan en esta página.
Creo que soy una de las pocas personas que ha visto la 1ª temporada completa y la considera flojísima tirando a pésima. Siempre me han gustado esas opiniones que defienden "si no te has leído el libro no puedes criticar". Pues en este caso me he tragado hasta la última chorrada. Nadie me compensará por el tiempo perdido, esta es una basura más para populacho, como Bea la fea o El tomate.
Para flipar la contracrítica de los fanes de la serie.
Prision Break es una serie Norteamericana que trata sobre la fuga de una cárcel. El hermano de un preso condenado a muerte decide provocar su entrada en la cárcel para desde allí, ayudar a su hermano en la fuga de la prisión. Antes de entrar en la cárcel ha planeado en la medida de lo posible todos los detalles de la posible evasión.
Prision Break nace al rebufo del boom de las series en los Estados Unidos. Audiencias masivas y devotas de este formato que está en su momento dulce no sólo en Estados Unidos sino en todo el mundo. El guión de la serie, obra Paul Scheuring, pasó algunos años criando polvo en los cajones de las productoras. El paquete que ofrecía no resultaba suficientemente interesante. Hubo que esperar al auge de las series para que Fox Network decidiera comercializar el producto. En España esta serie es retrasmitida por el canal de televisión La Sexta.
Al principio no era más que una idea, la expresada en el primer párrafo. Lo interesante es su puesta en escena.
Las historias de cárceles siempre han tenido un éxito garantizado. La fuga de una prisión se entiende como una metáfora perfecta de la búsqueda de la perfección por parte de los seres humanos. La evasión es la sublimación del yo. Pero también representa la liberación de todos los problemas, de un plumazo. Todos tenemos algún tipo de plan que nos permita fugarnos de la nuestra vida habitual: la quiniela, la empresa que nunca se acaba de formar, la esposa rica, el salir en la televisión. El preso parece totalmente atrapado en su destino de perdición pero consigue sobreponerse a la adversidad y alcanzar su sueño imposible.
Un aspecto ventajoso del formato por episodios era la posibilidad de que algo saliera mal. Para escapar de una cárcel hay que superar una serie de pantallas: conseguir salir de la celda, atravesar el patio sin ser visto, conseguir una cuerda, subir el muro, saltar al otro lado...cada una de estas etapas supone una preparación muy complicada y no puede fallar nada. En una película, las dos o tres horas son muy escasas y no hay lugar al posible error en el plan. De ahí que la ejecución perfecta de un plan, aunque muy agradable, nos resulta un poco artificiosa. En la serie de televisión esta posibilidad podía obviarse. Sin un límite de tiempo establecido, el preso fugado podía cometer varios errores, los imprevistos permitirían aumentar el suspense sin los problemas de tiempo.
Otra ventaja del formato era el tecnológico. Al entrar voluntariamente en la cárcel el futuro fugado, puede disponer de mayores recursos, al haberlos preparado a priori, sobre la clásica película de cárceles. Porque en esta siempre se depende de un tipo que consigue cosas al que hay que pedir objetos imposibles y que, nadie sabe cómo, acaba siendo capaz de obtenerlos. Una fuga más tecnológica es una fuga más sutil, en que se superan barreras más difíciles, una fuga de más mérito que una en que todo el ingenio consiste en formar una cuerda atando sábanas.
En un principio se había pensado hacer una serie corta. Tal vez unos diez episodios. Pero el propio éxito - moderado en comparación con otras series como Lost o 24 horas - ha ido fomentando que la serie vaya adquiriendo mayor tamaño, hasta que ahora se habla de "Una trilogía de la que las Temporadas 1 y 2 supondrían el primer episodio". Vamos, que van a estirar la historia hasta que el cuerpo aguante.
Según cuentan en las opiniones de Amazon, el gran culpable es la cadena de televisión que lo emite en los Estados Unidos. Fox tiene fama de alargar las historias mientras haya un espectador sentado delante del televisor. Suyo es el famoso caso de los Expedientes X, una serie con un final errático que renunciaba a terminar de una forma coherente. No hubiera ocurrido lo mismo si la serie hubiera acabado con la HBO (responsable de grandes series como Sexo en Nueva York , Los Soprano o Roma.
El show de Cándido surge, según dicen en el Mundo, como "el primer 'reality show' en el que nada es real".
Cuentan que es como un Big Brother/Gran Hermano en el que todos los concursantes son actores, salvo uno, sobre el que se centrará toda la atención. La que trata de ser una original mezcla entre Gran Hermano y la idea del Show de Truman no es más que una copia más, de un formato americano: The Joe Schmo Show.
Mucho más interesante resulta el reality inglés, también similar: Space Cadets ( Cadetes espaciales ).
En ese reality iban mucho más lejos: engañaban a una serie de concursantes hasta el punto de hacerles creer que estaban en una nave espacial en órbita. Para ello hicieron uso de las últimas técnicas en efectos especiales y un buen elenco de actores de soporte. De ello hablaron en su momento en Microsiervos.
Para seleccionar a los participantes, buscaron a personas que cumpliera:
No haber estado nunca en el ejército.
Que no tuvieran un interés especial en el espacio o la ciencia ficción.
Que fueran fácilmente sugestionables y se conformaran con seguir las decisiones que se tomaran en grupo.
Con bajos niveles de inhibición o miedo a hacer el ridículo.
El objetivo del concurso era ridiculizar a los participantes haciéndoles creer que estaban siendo preparados para un vuelo espacial, y posteriormente realizar dicho supuesto vuelo.
Me han gustado los comentarios de este foro http://web.datacenter.stalker.es/alababarada/foros/topic.asp?TOPIC_ID=336
Recuerdan los tristes comienzos de la "liberalización" de la televisión en España. Los trabajos cutres que tuvieron que hacer algunos famosos antes de ser "estrellas". Como por ejemplo Belén Rueda en el VIP de Telecinco, o el empalago de la familia Aragón en los orígenes de la cadena. Los comentarios son agudos y no pinchan en hueso.
Los que tengáis más de 25 años os reiréis con él.
Hoy he tenido el dudoso honor de ver la que creo es primera edición del concurso "Operación vacaciones". En este programa compiten dos familias para obtener unas estupendas vacaciones gratis en un hotel de lujo.
El resultado es uno de los productos más mediocres que jamás he visto en un programa de emisión nacional. Todo es de baja calidad.
Los presentadores, totalmente desconocidos, apenas tienen chispa o facilidad de palabra. Completamente al margen de las patéticas familias, se mezclan con ellos para hacerles las mínimas preguntas posibles. El resultado es lento y pastoso.
Lo que pretendía ser un programa de telerealidad, dado lo caro del producto, ha desembocado en un par de días(que serán un día y una mañana) en los que se deben realizar las pruebas. Así, "la convivencia de la familia" es inexistente, pues no deben pasar más que una noche y no hay cámaras ni tontadas similares.
Todo es producto de desecho en el programa. Los citados presentadores, el equipo de producción y los cámaras, que consiguen que pruebas lentas y sencillas sean difíciles de seguir por la mala realización. Si algo destaca, es la mezquindad del concurso. El premio lo da un Hotel, premio que le sale gratis a la cadena televisiva, a cambio de la publicidad. El concurso también trascurre en el hotel, con lo que todos los gastos están cubiertos. Apenas hay que pagar a los sempiternos presentadores y a los pocos medios técnicos, no creo que cada programa cueste más de 6.000 euros, precios increíbles para un programa que dura más de una hora.
Ves la cena de los participantes y se te cae el alma a los pies. Unas croquetas descongeladas, una ensalada de abundante lechuga y escasa chicha, las baratas aceitunas, y poco más. Todo eso en el hotel al que aspiran llegar los participantes, "un hotel de gran lujo".
El anuncio por radio del ADSL de Jazztel es de una ironía que roza el delito. Un niño increpa la lentitud de la conexión mientras el padre compra unas entradas de cine por Internet. Le dice "con lo lento que va, vas a tener que comprar las entradas para la segunda parte de la película". Y entonces te dicen que compres ADSL 1 mega de Jazztel.
Lo que venden es a un padre bajándose una película de Internet, con un P2P. Y la familia, esperando para verla en el DVD y televisión con pantalla plana y Home cinema que todo el mundo empieza a tener en casa. Venden beneficiarse de lo único que da sentido a tener un ADSL. La forma de maquillar lo que todos sabemos, para no caer en la ilegalidad, y aún para que no nos demos cuenta de su intención directa, serían dignas de alabo por Hitchcock.
Desde mis orígenes como telespectador, cuando maravillado veía el Un, dos, tres, la presentación de un sorteo siempre la he asociado con la muletilla "ante notario". Estos añadidos, a los que acaba uno tan acostumbrado, terminan no diciéndonos nada. Otro por el estilo es el de "más gastos de envío", o el ahora ideado por las empresas de telefonía de "impuestos indirectos no incluidos".
La presencia de un notario en un concurso da una imagen de seriedad y formalidad, de que las cosas están bien hechas. Pero por encima de todo, de que el ganador es elegido democráticamente y va a recibir su premio.
Antes, los concursos daban unos premios estupendos. Solo de pensar en los monótonos pisos en Torrevieja del antes citado concurso, nos hacemos una idea del dineral que se podía soltar. El dinero, poco a poco, fue desapareciendo. Con las nuevas cadenas privadas, incluso hubo rumores y noticias acerca de impagos de premios en muchos concursos.
Esto hace que el interés del concursante decaiga. Ahora el negocio ha derivado hacia otro tipo de sorteos, pero a mí la presencia notarial me da un margen de seguridad. Aunque claro, me hace pensar en todos esos otros concursos en los que no hay notario. Supongo que en ellos el trapicheo y la irregularidad priman sobre todas las cosas.
Cansado después de la jornada de trabajo, me tiré en el sofá y me dediqué a una de las cosas que menos hago: ver televisión.
Empecé viendo un programa paradigma de la estupidez: totalmente al azar escoges una caja que contiene un premio. Luego, se van mostrando las opciones descartadas, tratan de convencerte de que elijas
otro premio, etc. En un mundo de personas inteligentes, el concurso duraría un minuto. 30 segundos para decidir, 10 segundos para abrir la caja, 20 segundos de gestos de alegría o pena por parte del concursante. Para colmo de males, el programa ni siquiera es original. Existe una réplica en otra cadena, con la sutil diferencia de que mientras el presentador marea la perdiz para que aquello dure más que un rato tienes la opción de ver a chicas estupendas que nos hacen recordar lo lejana que está la verdadera liberación de la mujer. Siempre han dicho que la televisión es la caja tonta, se ve que se echaba en falta un concurso de cajas para tontos.
Aunque tampoco quiero pasarme. Porque fui capaz de vez más de 15 minutos del programa, lo que me hace pensar tal vez, bajo estados muy graves de cansancio o necesidad de relajación, estos concursos resultan atractivos. Tal vez vivamos más en un país de gente cansada que de gente idiotizada.
Recientemente estrenaron un programa en el que tratan de enfrentar a concursantes ante sus miedos. La a priori interesante idea, falla en la base. Sólo tengo la referencia de quienes me lo han contado, pero me basta para pensar que no se puede conseguir lo que se pretende.
Colocamos a un concursante a una enorme altura. Debe caminar sobre una fina tubería a muchos metros del suelo. Parece aterrador, pero el trasfondo desenmascara la verdadera situación. Estamos en un programa de televisión. Aun cuando te hayan hecho firmar unas abusivas condiciones, en las que te harás responsable de todo lo que te pueda pasar, si el concursante tiene un severo accidente, la productora tendrá serios problemas, por lo que se ha de encargar de cubrir tus seguridad. Tendrán que poner una red para que si caigas, nada pase. O te plantarán unos arneses, que para el caso es lo mismo. ¿Dónde termina el miedo y empieza la risa?
Tengo mucho vértigo. Recuerdo que cuando subí a la cúpula de Saint Paul's de Londres lo pasé realmente mal, hasta me mareé. Porque no había nada debajo, porque nadie cuidaba mi seguridad. Me lo pensaría seriamente antes de tener que hacerlo de nuevo. Pero no le tengo miedo a esta figuración televisiva. Pónganme unos tigres esperando abajo, por favor. Y véndenme los ojos, el tigre, por seguridad del zafio empresario que saca toda la tajada del programa, tendrá los dientes limados. Nada podrá pasarme. Y es que el miedo, sin la certeza de lo desconocido, no existe. Y si puedo descartar lo que no va a ocurrir, que es que me caiga y me haga daño, entonces todo es tomadura de pelo, juego burdo para un público que cada vez lo es más.
