Artículos en la categoría vida privada
Partido de la Selección Española de fútbol: obligatoria dieta a base de cerveza y patatas fritas. Voy a comprar al supermercado, siempre el día previo a un partido la sección de cervezas está devastada, no queda casi nada. A mi la que me gusta es la Mahou y claro, no quedaba ninguna. A elegir entre males menores: marca DIA% o Cruzcampo.
Estaba pensando lo absurdo de comprar la cerveza caliente, sin tiempo para el partido, y sin ser la que me gusta. En la tienda de los chinos venden cervezas frías y siempre tienen Mahou; Es un poco más caro.
Al final con la excusa de comprar otras cosas me llevo una de DIA% y otra de Cruzcampo. La final estará cubierta, aunque sólo sea para animar a Alemania.
Mientras me acerco a la cola hay una trifulca. En el DIA% es imposible formar una única fila que se vaya distribuyendo según van terminando los clientes. Está demostrado que de media se espera la mitad menos que con dos filas separadas. Pero claro, la gente siempre piensa que eso te pasa si eliges la fila equivocada, así que este sistema no dura ni dos minutos.
Al parecer un negro se ha colado, y le cae una buena reprimenda por parte de uno de los típicos personajes que compran en el DIA%. Que si hay una cola única, que si hay que esperar atrás. Está claro que el negro tiene mucha cara o mucho despiste. Pero luego el espabilado ha empezado a arengar al negro, explicándole como funciona el mundo:
- Tienes que aprender el español. Hablarlo bien. - y hablando más despacio para dejar la idea clara - Tienes que aprender a hablar correctamente el español de España.
El negro consiguió pasar delante, pero cuando hace rato que ha salido de la tienda, el español se jacta de haberle perdonado la vida.
- Hoy porque me pilla de buenas que si no...No me voy a liar a tortas, que eso no, pero no le dejo pasar.
Y otro le responde
- Estos extranjeros, sólo aprenden lo que les interesa. Están en España nada más que para lo bueno, para lo malo no quieren estar.
El primero, viendo que este otro, ya en la cincuentena, estaba más exaltado de la cuenta, se hace el loco y se despide, orgulloso por su buena acción educadora, de su audiencia: todo el supermercado.
Salgo del supermercado ajeno a estas disputas. En medio de la calle una botella de cerveza, Mahou, destrozada.
-¿Has visto lo que ha pasado? Unos les han robado unas cervezas al del chino, y ha salido el chino detrás de ellos con un palo de hierro. Al final se les ha caído la cerveza y una se ha reventado. El chino ha dejado de perseguirlos y se ha llevado las demás. Un niño que allí había le ha preguntado que qué le había pasado y el chino le ha dicho que le habían robado. El chino se ha ido a la tienda diciendo, "estos españoles son muy raros".
España, cerveza, extranjeros, racismo, delincuencia, todo es complicado, pero me han hecho que hoy entone con un poco de menos ganas el ¡Arriba España!
Paria por antonomasia, ser de baja ralea. Te lo encuentras por las calles a todas horas. Suele estar en cruces de grandes calles, siempre cerca de un semáforo. Casi siempre lleva una mochila con sus pertenencias. Si tuviera coche propio podría guardar discretamente en el maletero las toallas, las raquetas de tenis, los zapatos de deporte, los libros de la Universidad.
Pero como no tiene coche tiene que ir siempre cargado con su hatillo, a expensas de que otros lo lleven a su destino. Lo ves siempre mirando furtivamente a todas partes, con la duda de que el encuentro no fuera exactamente en ese cruce sino en el siguiente, de que fuera a esa hora, de que el recogedor no se haya quedado dormido. Siempre con algo de miedo en esos minutos hasta que llega el desgraciado encargado de transportarle.
Todo son penurias: te tienes que levantar cinco minutos antes que el del coche, porque si llegas después que él te puedes quedar en tierra. Normalmente el punto de encuentro le viene mejor al que tiene coche que a ti, lo cual no deja de ser paradójico siendo el otro el que goza de mayor movilidad. El que llega en coche suele llegar tarde, siempre con la excusa de asegurarse el no llegar antes de que el paquete esté esperando. A expensas de la música que el conductor quiera oír, de a lo que huela ese coche, se fuma o no en función de lo que el conductor decida. Salvo que quien conduzca sea tu novia o novio eres una especie de gorrón, de aprovechado.
Cuando pasas mucho tiempo siendo el que espera a que lo recojan en coche acabas con un malestar tal que decides comprarte el tuyo. No porque te guste conducir, no por la libertad que consigues, no por el estatus, no porque ligues más. Lo haces por puro asco, por no poder seguir siendo ese indocumentado que espera en los cruces con una mochila, dudando si era un Seat Ibiza o un Ford Focus el coche que te tendrá que recoger. ¿Blanco o gris perla? ¿Pero no hay alguien ya sentado donde el copiloto?
Te dejan tirado y te toca pegar un telefonazo para despertar al otro y luego no puedes apenas echarle la bronca porque al fin y al cabo te están haciendo un favor. Y las vueltas, aunque menos penosas, no dejan de ser tristes, a expensas del otro. Si se quiere tomar una cerveza más, te aguantas y pides otra. Si quiere acercarse a un sitio pues allá tendrás que ir con él. Si decide hacer media hora extra de trabajo, con él te quedas porque no hay otra.
Nunca he tenido coche y he vivido tantas veces esta situación, desde pequeño en que ni mi padre tenía coche, que sólo por eso decidí sacarme una vez el carné de conducir. De pequeño tenía una familia mochilera, siempre colgados esperando que nos repartieran en distintos coches. Aquello era patético. Si nos queríamos ir de una reunión familiar - y siempre queríamos porque eramos lo peor - nos tocaba esperar a que los otros quisieran llevarnos. Y como éramos muchos, hacían falta varios coches con lo que no quedaba otra que irse en el momento en que más gente lo hiciera.
Luego viajaba a cualquier sitio y tenía que hacer juegos malabares con los transportes públicos o pasar por la perpetua infamia de ir mendigando asientos en los coches de los amigos. Algunos decían que ya estaba lleno, otros se excusaban y hay que entenderlos, resulta también patético para el conductor el tener que ir a por uno de estos indigentes sociales. No te hablo de amigos del alma, con los que irías al fin del mundo. Te hablo de relaciones intermedias, más que conocidos pero que no sabes si invitarías a tu boda. Bueno, en España se invita a cualquiera a la boda de uno porque es económicamente rentable.
Ahora con los móviles será diferente, pero en el pasado estaba uno esperando como el naúfrago que mira al horizonte esperando que llegue un barco. Y claro, 99 de cada 100 veces llegaba ese barco, pero el problema está en esa vez, que podía ser una fiesta importante, un examen, un sesión de teatro, la cita para las pruebas de la alergia que te dan con nueve meses de antelación. Porque las 100 veces que ese desgraciado se queda esperando a que lo recojan en coche es porque las alternativas son horribles. Porque en muchos casos esa persona habría preferido dormir media hora menos e ir en transporte público, antes que pasar la vergüenza de esperar con una mochila en uno de los cruces más concurridos de la ciudad.
Mucho antes de empezar con esto, solía rellenar mis ideas en cuadernos. Eran libros muy heterogéneos, imposibles de entender salvo para su autor.
Esos cuadernos han ido perdiéndose, conforme iba mudándome de un sitio a otro. No son una gran pérdida pero a buen seguro serían una lectura más interesante que esa cosa tan aburrida de los blogs.
De pequeño, mi madre me reprimía por la infantil costumbre de ir arrancándole las páginas a los cuadernos de alambre para dibujar o hacer aviones de papel. Constantemente tenía que comprarme cuadernos nuevos, porque las hojas arrancadas eran siempre más que las que permanecían.
Una vez tomó cartas en el asunto. A torta limpia me inculcó la sana costumbre de no arrancar ni una sola página. Es increíble cómo se asientan los comportamientos infantiles. Todavía me cuesta hacerlo. Al finalizar el cuaderno mi madre contaba las páginas y veía que coincidían con las iniciales. No era como la madre de Norman Bates, había un margen de flexibilidad, dentro de lo razonable.
Hoy en día no puedo arrancar ni una sola página. Por eso los cuadernos permanecen, aunque los vaya perdiendo enteros. Ahora tengo la extraña costumbre de continuar unos con otros. Por ejemplo, el que estoy usando ahora.
1. Empieza con unos apuntes de redes.
2. De inmediato pasó a ser usado para las clases de la academia de inglés.
3. Ejercicios de selectividad de física. Vectores.
4. De nuevo verbos en inglés.
5. Una breve explicación de la historia de la música.
6. Inglés.
7. Detalle del resultado de las elecciones. Listado de escaños por autonomías.
8. Lista de cosas que llevar en la mudanza.
9. Ejercicios de alemán.
10. Apuntes para una historia.
11. Apuntes de informática.
12. Lista de ficheros del ordenador de los que hacer backup.
Pero lo mejor de todo es la última página, donde lo abandone hace varios años. Es una lista de palabras de difícil divisibilidad en sílabas. Hubo un tiempo en que estuve planteando un programa que separaba una palabra en sus correspondientes sílabas. Las siguientes palabras eran muy problemáticas:
- aconcagüina
- acuática
- acuícola
- aeronaútica
- agnusdéi
- agüío
- aindamáis
- aloética
- alvéolo
- anihilación
- dermofarmaceútica
- duunvir
- ecuórea
- interviú
- pechblenda
- samuhú
Para nota:
Lo bueno de esos problemas es que cuando has avanzado algo en la materia te das cuenta de que lo que andas haciendo no tiene ningún sentido. El concepto de sílaba no está nada claro y por eso hay palabras que podrían dividirse de diferentes formas, en función de criterios subjetivos.
El título hace referencia a la película Prospero's Book. Hay películas que para algunos son una basura y para otros son una obra de arte. Prospero's Book es una de esas, como casi todas las de Peter Greenaway, que te permite sentir las dos opiniones simultáneamente. Como acertadamente comentan en IMDB:
A notable work, but come prepared
(Video de 3'04'', con sonido)
I
Una noticia curiosa de Estados Unidos: Una cadena de ropa organiza un concurso de redacción para niños. El premio eran cuatro entradas, con alojamiento y vuelo incluido, a un concierto de 'Hannah Montana', uno de los grupos de más éxito del momento en el país y para el que todos sus conciertos programados están agotados desde hace semanas.
La vencedora fue una pequeña de seis años, original de Garland, en Dallas. La chica comenzó su conmovedor relato con la frase "Mi padre murió este año en Irak". Su redacción fue la elegida ganadora y la chica tuvo su momento de gloria en prensa y televisión. Sin embargo para el primer periodista que trató de documentar mínimamente su historia, no fue difícil constatar que el padre de la chica no había muerto en Irak.
Pronto se destapó que todo había sido mentira. Y el relato lo había escrito la madre. La familia se quedó sin las entradas para el concierto y sufrió el escarnio público.
II
Los concursos infantiles carecen de sentido. Los ganadores son casi siempre personas mayores que firman en nombre de niños. Y vencen adultos no porque sean genios de la literatura, la música o la pintura, sino porque tienen un estilo flojo según los estándares generales pero un estilo muy original suponiendo que el autor es un niño. Los vencedores de concursos infantiles dan la impresión de una obra en pañales, un talento al que le falta poco para brillar. Los miembros del jurado desconocen que ese talento no da para más y proviene de padres, tíos y amigos de los niños que se limitan a poner el nombre del jovencito.
Lo que digo lo sé de primera mano. Estando en el colegio gané algunos concursos de dibujo de pequeño, concursos en los que participaban decenas de miles de pinturas. Mis dibujos eran los que se llevaban el premio y el dinero en metálico.
Lo dramático del asunto es que dibujo rematadamente mal. Soy sucio con los lápices en la mano, los trazos suelen estar torcidos, las cosas que dibujo no se parecen en nada al original. En el juego Pictionary nunca he conseguido que me adivinen nada. Me desagrada dibujar.
El primer concurso transcurrió del siguiente modo: se convocaba un premio entre todos los colegios de la provincia. Tenías que dibujar algo relacionado con la Semana Santa. Nuestro profesor de la asignatura nos dio un par de días para que cada uno tratara de participar pintando lo que le pareciera. Como ayuda mostró unos cuantos dibujos que él había hecho, que podían servir de ejemplo.
Cada cual se aplicó en desarrollar su idea. Yo mareé la perdiz durante las horas y terminé mi horrorosa reproducción de alguno de sus dibujos. El profesor seleccionó los mejores, tomó nota de los nombres de los chicos y los guardó en el sobre para enviarlos.
Cosa de un mes después el jurado se había pronunciado: de entre todos los dibujos enviados por miles de niños, el mío era el mejor. Lo absurdo es que ni siquiera había enviado un dibujo. Le pregunté al profesor de la asignatura que me explicó que él había enviado los dibujos que puso de ejemplo, firmados con nombres de alumnos que eran buenos estudiantes. Tuve suerte porque de entre todos los dibujos que él envió, el que tenía mi nombre fue el ganador.
Habría una entrega de premios con autoridades y fotografía en los periódicos. No tuve más remedio que asistir a la exposición pública de los dibujos vencedores en una galería de arte en la ciudad. Ni siquiera sabía cómo era mi dibujo ganador.
Fui allí y reconocí perfectamente la obra de mi profesor. No era la única premiada: algunos premios menores también eran dibujos suyos, con nombres de otros alumnos de mi colegio. Con ojos alucinados tras vencer en un concurso en el que no había participado, notabas que todos los dibujos tenían el mismo tufillo: resoluciones de aficionado para ideas originales. Parecía que si esa persona tuviera una técnica un poco mejor podría llegar a algo. Todos los cuadros eran aparentemente sencillos pero con algo ingenioso, diferente.
No sería el único concurso que ganaría ese año. Tenía suerte hasta con el azar de la adjudicación de falsos autores. Volví a vencer en otra competición, tal vez más importante aún. Organizada por "El Corte Inglés". Todos los concursos en que participaba mi colegio estaban amañados. No importaba si era redacción, manualidades, pintura. Los alumnos preparaban su bodrio y los profesores enviaban los modelos creados "como ejemplo". Y casi nunca ganábamos. El colegio también sacaba su tajada: al ser premios para estudiantes, y tratando de fomentar la competición, casi todos los premios tenían una parte para el colegio, que a veces era incluso mayor que la que se llevaba el premiado. No habiendo trazado ni una línea de estos dibujos, no iba a protestar por eso.
III
No todos los concursos están amañados. Tengo un amigo que solía vencer en los concursos de literatura para niños y adolescentes. Él dice que es porque tenía un estilo que venía como anillo al dedo para el formato. La gente del jurado suele ser muy uniforme y quiere exactamente lo que él sabía escribir. Cuando por la edad tuvo que dejarlos para participar en concursos "para adultos" terminó su racha. Desde entonces no ha vuelto a ganar ningún otro concurso.
La historia de mis fraudulentos premios de dibujo es tan absurda que la gente a la que se la cuento no me cree. Pero os puedo asegurar que es verdad.
Cuando estudiaba en el instituto tuve a un profesor que le daba bastante al tinto. Más de una vez llegó a clase con un fuerte olor a alcohol. A las chicas de la clase les decía barbaridades propias de un piropeador de Cine de barrio, pero siempre lo hacía en forma genérica. Hablaba de las alumnas de la clase pero no de una concreta.
Me imagino que hoy en día por menos de la mitad de lo que el decía en clase estaría de patitas en la calle y con videos en youtube. Pero al margen de su desparpajo no era un mal profesor.
Cuando llegaron los meses de calor las vestimentas comenzaron a hacerse más cortas. A este profesor no le importaba decir que si por él fuera todas las alumnas tendrían que venir a clase en minifalda y que la que no estuviera conforme con su nota podría revisar el examen pero que no se olvidara ese día de llevar una falda bien corta.
Este comentario no tenía la maldad que pudiera pensarse porque al fin y al cabo los profesores de instituto no tienen despacho y la revisión del examen se hace en dos minutos delante de toda la clase.
Un día al volver de la clase de educación física el profesor le prohibió el entrar en la clase a un chico porque vestía pantalón corto.
- Esto no es la playa, aquí se viene en pantalón largo o no se entra en clase.
Muchos murmullos se oyeron de fondo. De todos era sabida la recomendación de que las chicas vinieran en falda o pantalón corto pero por lo que se veía esta regla no se aplicaba a los hombres hasta el punto de prohibirse ese tipo de prendas.
Cuando salimos de clase no se hablaba de otra cosa e incluso se propuso llevar el tema a oídos del tutor de clase. Pero mientras tanto fueron días de continua discusión hasta que el se le dijo al delegado que tendría que mostrar el rechazo a lo ocurrido el día anterior.
La nueva clase con el profesor comenzó con la indicación del delegado: no era justo que las chicas pudieran llevar pantalón corto y los chicos no. El maestro captó a la primera que aquella no era una opinión espontánea sino que provenía de muchas discusiones previas y en términos moderados explicó que los pantalones cortos no resultan adecuados para una clase. Que en sus tiempos en la universidad los alumnos debían vestir con traje y corbata, por mucho calor que hiciera.
Aprovechando su tono más conciliador los chicos comenzaron a hablar por turnos. Entendían su postura pero ahora comenzaron a proponer que entonces las chicas no deberían llevar pantalón corto ni falda. Se empezó a solicitar el veto y se propuso una votación.
El profesor no prestó mucha atención al asunto y comenzó con la clase. Con las cosas de la edad pronto dejó de hablarse de pantalones cortos. Pero resulta sorprendente hasta qué punto puede llegar la irracionalidad de la Humanidad, diciendo el refrán con verdad que no hay quince años feos y en una época con las hormonas a cien y las manos encallecidas los chicos de mi clase trataron de prohibir que sus compañeras pudieran ir en minifalda.
Mi primera experiencia con el comedor de empresa fue volviendo del restaurante. Se oía un enorme estruendo y le pregunté a uno qué era aquello. "El comedor de empresa", me respondió.
Lo que tendría que haber sido una experiencia de negación y rechazo se convirtió en la llamada de la selva. Yo sabía que mi sitio estaba allí. Entre vociferantes comensales y no en restaurantes a precio tasado que perjudicaban mi hígado, mi estómago y mis niveles de colesterol. Poco después de aquella revelación fui por primera vez con mi tartera a comer a donde los pobres y ya no volvería salvo ocasionalmente al menú de falso ejecutivo.
Aparentemente se establece una división entre dos tipos de comedores, el que prefiere la quietud del tupper conocido y el que da prioridad a la cocina profesional. El que huye del aceite de enésima fritanga y el que evita la molestia de transportar comida de casa. Sin embargo ocurre a veces que uno se encuentra en una de las dos opciones sin haber tenido capacidad de elegir. A veces donde trabajas no hay comedor. O no hay restaurantes. O uno no gana lo suficiente como para comer fuera. O te pagan en parte con tickets de restaurante. Salvo en mi actual empresa nunca pude elegir. Siempre fue comer en casa o en restaurante. Ahora sin embargo soy un animal del comedor de empresa.
¿Quiénes comemos en el comedor de empresa? Es difícil encontrar patrones definidos, pero creo haber llegado a algún tipo de conocimiento del asunto. En el comedor no suelen comer:
- Los que no saben cocinar. Y es que aunque sorprenda hay muchísima gente que no tiene ni idea de lo más elemental, hay quienes se sienten torpes hasta en el manejo del microondas. Lo veo a menudo y me muevo entre clase media muy medianita.
- Los que no saben limpiar. Hay quienes no están sueltos en el manejo de cubiertos de plástico o de doble uso. Hay quien no puede comer sin manchar dos vajillas, sin un plato para el primero, otro para el segundo y otro para el postre. Cuando uno no está suelto en el no ensuciar es porque no conoce bien ese infame oficio del limpiar.
También hay un grupo enorme de gente, quizás el que más, que entiende el comer en comedor de empresa como algo cutre, propio de chusma, un sucedáneo de otra cosa. Lo veo en aquellos que aprovechan cualquier oportunidad para comer fuera: hoy porque es viernes, hoy porque tienen paella, hoy porque dentro de un mes es mi cumpleaños. Hay gente que come casi a diario en el comedor pero que siente la necesidad de salir al menos una vez en semana.
Gran parte de este desprecio a la comida del comedor se debe al tupper con que nos presentamos. Si es un tupper de subproducto recalentado, algo que sabemos que no va a estar muy bien, podemos añorar nuestras costillas de cerdo con patatas descongeladas del restaurante. O la monótona ensalada mixta. Si lo que nos espera es una lata mal abierta y peor presentada, es normal evitarla a toda costa.
Después de tanto tiempo de observación en el comedor de empresa me sorprende ver cómo la gente no tiene apenas nada que comer en casa. El lunes son sobras del fin de semana, normalmente algo preparado por la suegra o la madre, restos del cocido. El martes un intento fallido de plato interesante, austero pescado al horno con verdura de guarnición. El miércoles se trata de restaurar los niveles de colesterol: albóndigas de un tupper rescatado del congelador. Y patatas fritas de bolsa. El jueves se cierne la desesperación: pasta con tomate frito de bote. El viernes se consuma el desastre: cogollos enteros, un tomate que se trocea en la misma sala de operaciones, una lata de atún. El chorro de aceite que todo lo mancha salva aquello de ser una ensalada esperpéntica.
Peores menús veo a diario. Sobre todo las mujeres que con la excusa del comer sano se castigan con mayores ausencias. Se llevan una menestra paupérrima que tratan de rescatar a base de chorreones de aceite de oliva. El comer ensalada mixta casi tres veces en semana. Y de plato único. Las grotescas raciones de verdura tratadas de salvar con un trozo de queso.
La lucha de los hombres es más digna, con filetes constantes, con el tomate de bote en todas partes. La preparación es menor pero al menos se resuelve la papeleta de llenar el estómago.
El comedor de empresa es un lugar enormemente íntimo. No sólo ves lo que uno come y cómo lo hace sino que puedes evocar la preparación de ese plato: anoche de prisa y corriendo, por la madre cariñosa, por la esposa que desatiende, por el marido con el que no se puede contar. Ves lo que cada cual entiende como una situación de emergencia. En mi caso siempre es la lata de albóndigas del DIA%, un subproducto digno de las tomas falsas de Viven. Para otros es la lasaña congelada del Mercadona. O una de esas latas de conservas con átomos de verdura.
Muy a menudo se ven mayores crímenes contra el estómago propio: los bocadillos. Porque nada terrible hay en los bocadillos sino por el hecho de que a menudo el que recurre a esta última solución lo hace en régimen de absoluto abandono. Se van a las tristes máquinas de la empresa, se compran un rancio sándwich de pronóstico reservado, aderezado con la perpetua lata de coca-cola y a vivir que son dos días.
Salvo casos contados la norma es el comer mal, el llevar productos de primera subsistencia. A mi me redime con mi situación personal, pensando que hay tantos otros que visten mejor y se encuentran mucho más cerca de la indigencia. Muchas chicas pasan hambre no por los estragos de la anorexia sino por los de un frigorífico desamparado. Hombres a una pieza de embutido pegados. Gentes a las que te costaría imaginar sobreviviendo dos años más así. Pero que a buen seguro lo harán.
Hay tantas cosas que resulta difícil contenerse al torrente de información sobre la Humanidad entera que un comedor de empresa nos brinda. Los olores, basta con que alguien pasee su impúdica loncha de salmón para que todo quede apestado. O la macabra coliflor con mayonesa. Es una forma de comer irreverente, en que no se piensa en el lugar donde se hará: un comedor de empresa con microondas rotatorios de escasa limpieza. Uno sólo piensa que le apetecen unas coles, y eso se prepara la noche anterior.
Las comidas exóticas de pacotilla: los reconocibles tuppers de la comida take away de los restaurantes chinos, la comida mexicana de Tex Mex con su repugnante salsa de guacamole por la que alguien merecería morir. Comidas mundi de tres minutos en el microondas.
Es tanto lo que podría decirse. Me resulta difícil decir algo concreto pero siempre quise hablar sobre el comedor de empresa, un lugar casi onírico. Al final lo que define al comedor de empresa es cada una de las personas. El menú no lo componen croquetas o porciones de pizza, sino personas.
De primer plato una mujer de cuarenta años que no sabe cocinar. De segundo un hombre hecho y derecho que sobrevive a base de bocadillos. De postre una manzana purulenta, de las baratas. De primero un jefe de sección que lleva productos de olor repugnante. De segundo una secretaria que come un menú sorprendentemente justo y equilibrado. Un aspirante a gran jefe que no es capaz de sacar la lasaña la noche anterior del congelador. De segundo una paella de dudosa factura. ¿Si no eres capaz de cocinar una paella decente por qué tendría que seguirse tu propuesta de reestructuración del Departamento?
Hemos perdido algo tan sencillo como nuestra capacidad culinaria. Los mismos que se mueren de asco a base de bocadillos critican con descaro el menú del restaurante el día que comieron pagando. Los mismos que toman tortilla precocinada son los que hablan de haber estado en El Chistu. Ver comer a alguien en el restaurante de empresa es como verlo desnudo. Todos nos volvemos más gordos y más viejos en el comedor de empresa. Los romanos no preguntaban ¿A quién conoces?, preguntaban ¿Y tú con quién has comido?
Mi primera opción cuando terminé la universidad era trabajar en el ejército. Ni grandes empresas, ni la gran teta del Estado, ni montar mi propio negocio. Mi idea era entrar en el ejército y hacer carrera.
Ahora con la perspectiva creo que no hubiera sido una gran idea. Que tenía una visión poco realista de lo que sería el ejército. Pero el caso es que siempre me ha gustado lo militar: las grandes batallas de la historia, las armas blancas y de fuego, pegar tiros, ganar medallas, ir todo el mundo vestido igual, comer en bandejas de plástico.
Con un título universitario en el bolsillo iba camino de la escuela de suboficiales. Porque una cosa es que a uno le guste el ejército y otra que quiera dedicarse la mitad de su vida a limpiar letrinas, cargar sacos de arena o desmontar fusiles. Es como en la cocina, puedes ser un fanático de las espumas de Ferrá Adriá pero no ves tu futuro en la cocina cortando pimientos y fregando encimeras. Porque lo bonito de la cocina es crear, así lo bueno del ejército es dar más órdenes que recibirlas.
Tenía buena forma física, la cabeza más o menos bien amueblada y ganas. Podría pasar con holgura los exámenes psicotécnicos y las pruebas físicas. Pero sin embargo había un gran impedimento que hizo que tuviera que descartar mi vocación: era un tarado.
Hoy en día los criterios para acceder al ejército han cambiado mucho. Ahora no hace falta ser español, basta con vivir en España o haber visto muchas películas españolas. Antes había que tener un cociente intelectual determinado ahora basta con saber pronunciar cociente intelectual o con saber disparar a alguien que sepa pronunciarlo.
En mi época había que hacer un filtro porque no había necesidad de soldados. Hoy en día, con ejército profesional y sin la mano de obra barata que eran los soldados de reemplazo, hay una demanda que nunca está suficientemente cubierta.
Como veía menos que un gato de yeso no podía acceder a la Escuela de Oficiales. Mis opciones de guiar un caza eran más bien escasas pero es que según los baremos no servía ni para organizar la tarea de los encargados de limpiar los suelos.
Así, viendo que porque tenía una tara no podría ser oficial y caballero no me lo pensé dos veces: si no puedes unirte a ellos, lucha contra ellos. Y fue entonces cuando aproveché mi condición de lisiado para librarme del servicio militar.
Porque en los años 90 aún los jóvenes tenían que hacer el servicio militar. Sólo los que estaban estudiando se podían librar del mal trance de manera temporal, pero al final tenían que pasar el compromiso con la Madre Patria.
Quiso el tiempo y un gobierno de derechas que esto cambiara. Si hubiera continuado prorrogando mi paso por el ejército - a base de inscribirme en absurdas oposiciones o en cursos universitarios - me habría librado como hicieron casi todos mis compañeros de estudios.
Pero en mi caso, tenía problemas de vista y podía aprovecharlos para aclarar mi situación. Y asín lo hice.
Lo primero fue hacer un examen médico. Fui a la seguridad social y me dieron cita para el oftalmólogo para dentro de tres meses. Como la prisa apremiaba opté por ir a un médico de pago pagado de mi propio bolsillo. Me tocó hacer la pregunta que tanto desagrada y que sólo hacen los muertos de hambre, tras pedir cita tuve que preguntar "¿Y cuánto me costará todo incluido?".
Con el papel del médico rellené unos documentos y luego me tocó esperar una barbaridad de tiempo. Después de un montón de meses me llamaron para hacer el examen médico militar. Me tocaría ir a Sevilla, la capital de Andalucía. Y como tenía el examen a las nueve de la mañana tendría que hacer noche en la ciudad de la Torre del Oro.
I
Toda mi vida me han estado ocurriendo cosas surrealistas. En parte por cómo soy, en parte porque me gustan y no pongo impedimentos a que sucedan. Pero sobre todo porque estoy predispuesto a ver las cosas con otros ojos.Antes me carteaba con alguna gente, de ahí que conozca el correo convencional y mire los buzones con más interés que el que sólo espera recibir publicidad y facturas.
La carta más sorprendente que me han enviado - y creo que esto ya lo he escrito antes - es una que recibí escrita por mí mismo. Uno mismo es la última persona del mundo que esperarías que te escribiera una carta, aún por detrás del Rey de España y Paris Hilton. Por eso la impresión que me causó fue inexplicable.
Tardé cosa de un minuto en entender lo que sucedía, pero fue un minuto muy largo. La carta venía del pasado. La había escrito unos seis meses antes. En realidad no había escrito la carta, sino el sobre. Era el permiso de conducir de mi padre, renovado. El papeleo iba del siguiente modo: enviabas la documentación para la renovación junto con un sobre en el que figuraba tu nombre y dirección, ya con el sello pegado. El funcionario tramitaba el nuevo permiso y lo metía dentro del sobre, lo cerraba y colocaba en el buzón de correos. Todo esto podía llevar casi seis meses, el tiempo que tardé en recibir una carta escrita por mí mismo.
II
La segunda carta fue, si cabe, más extraña. Mis adorados vecinos tenían costumbre de robar correspondencia (no para leerla porque leer es aburrido sino en la remota esperanza de encontrar giros postales y billetes envueltos en papel de periódico) así que siempre podía uno esperar encontrar un sobre abierto o que llegara varios días después de la fecha del matasellos. La carta en cuestión tenía matasellos de por lo menos hacía seis meses. Pero no estaba abierta.Lo más intrigante no era eso, sino que el destinatario no era yo - ni nadie de mi casa. No coincidía la dirección. Aunque el nombre de la calle era parecido, el número no tenía nada que ver y el código postal tampoco. Aunque en el destinatario coincidía el primer apellido (bueno, se le parecía mucho) el nombre y el segundo apellido, no acertaban ni de lejos.
La carta no era, evidentemente, para ninguno de nosotros, pero la leímos con mucho interés.Tenía unas tarjetas de un pub y unas breves líneas que poco decían. No tenía remite ni datos que nos sirvieran para determinar el origen o el verdadero destinatario. La falta de Internet hizo que dedicáramos mucho tiempo a especular sobre el origen y el destino correcto para esa carta.
Pasaron varios meses y mi hermano tuvo que ir a una farmacia del centro de la ciudad. Al traspasar la puerta se fijó en que el Licenciado de turno tenía un apellido parecido al suyo. Al salir por la puerta tenía todos los cabos atados. La dirección escrita en la carta no coincidía con la de la Farmacia, pero el nombre era más parecido que el de la nuestra. El segundo apellido del supuesto destinatario también era diferente; En conjunto había divergencias pero las similitudes eran las suficientes como para probar suerte. Mi hermano le llevó la carta y efectivamente era para el farmacéutico.
¿Cómo pudo ocurrir algo así? ¿Cómo llegó la carta hasta mi casa, cuando nada coincidía?
La explicación menos probable es que un genial cartero recibió una carta que tenía, evidentemente la dirección errónea - era una calle inexistente en mi ciudad.
En lugar de devolverla, pues no tenía remite, trató por su cuenta de encontrar el destinatario. Necesitó varios meses hasta poder limitar la elección a dos posibles candidatos, el farmacéutico y mi hermano. El farmacéutico era el destinatario más probable, pero en caso de error la carta nunca habría llegado a mi casa. Tras haberse tomado tantas molestias el cartero estudió un poco a los aspirantes. Finalmente prefirió la segunda opción, pues en caso de error era más probable que mi hermano encontrara al otro sujeto, puesto que este atendía un negocio público y porque mi hermano era muy observador.
Tal vez no todo fue tan sorprendente como lo he contado. Lo que sí que es cierto es que la carta era imposible que llegara a mi casa y aún más imposible era que después pudiera llegar de vuelta al destinatario correcto. Y asín ocurrió.
Tengo un primo que cuando nacio se vió que no andaba muy católico de cráneo para adentro. Sin embargo para los padres, mis tíos, era un niño absolutamente normal y así se le tenía que tratar. Ahora con la distancia no sé qué es lo que tenía. No parece que fuera Síndrome de Down pero desde luego se notaba a golpe de vista que algo fallaba.
En presencia de mis tíos todo era de lo más normal en el niño pero cuando volvíamos a casa se hablaba sin tapujos de que habían tenido un niño subnormal, con una poca de maldad porque mi tío era un hijo de puta "y se merecía algo asín".
El niño fue creciendo y su sur(porque era un niño del sur de España) y normalidad (porque era perfectamente normal a los ojos de sus padres) se iban haciendo más y más evidentes. Tenía más cabeza que un burro blanco y gestos bruscos con la cabeza que no hacían presagiar nada bueno.
Con mi primo di mis primeros pasos en la hipocresía y en la tolerancia. Puede pensarse que tengo más desarrollada la primera cualidad o incluso algo atrofiada la segunda. El caso es que me resultaba tremendamente absurdo oír los planes de los padres sobre los futuros estudios universitarios de su hijo. Derecho estaría muy bien, pero habrá que esperar a ver qué decide él.
Las historias sobre sus problemas en el colegio eran constantes, casi siempre culpa de profesores y compañeros. El tratarlo como a una persona normal se convertía en un perpetuo problema. Los padres no querían entender por qué los niños se metían con él o se peleaban con un niño perfectamente sur-normal.
Las reuniones familiares eran tristes porque la mayoría de la gente se alegraba de que si algo así tenía que ocurrir le hubiera ocurrido a mi tío, que era un degenerado. Aunque tenían que tratar a mi primo como a un niño normal el trato era de forma inconsciente como el que recibe un niño pequeño. Los regalos por su cumpleaños eran de dos y tres años menos de su edad física y a él le encantaban.
Mis tíos seguían sin embargo hablando de su paso por el instituto, de cuando se echara novia y su inevitable paso por la universidad. Era mi tía la que sobre todo se preocupaba por él, tanto por hacerle la vida lo más normal posible como por hacernos creer a los demás que aquello alguna vez ocurriría.
Cuando mi primo despertó a la adolescencia lo hizo como un animal de bellota. Era un tipo corpulento, muy superior a su edad física y cuando le daba un calentón y se encontraba con la chica de la limpieza no atendía a razones. Esta lo conocía de hace muchos años pero no dejaba de ser un tío como un armario con la polla en la mano y más dura que el cemento armado. Esta lo rechazaba con mano izquierda pero cada vez le era más difícil. Al final la tuvieron que despedir.
Su despertar a la sexualidad fue infernal, lo hizo incontrolable. Las anécdotas se contaban con demasiada seriedad. Al niño le gustaba más un culo que a un tonto un lápiz. Quizás recibió algún tipo de medicación para detener lo que podía acabar en tragedia. No lo sé porque no le pregunté a mis tíos.
Estos se separaron. Los motivos son lo de menos. Llevaban muchos años sufriendo a un hijo perfectamente normal. Se echaban la culpa mutuamente por tener un ADN defectuoso. Mi tía porque fumaba durante el embarazo. Mi tío por ser medio estéril. En el divorcio salieron todos los trapos sucios del mundo. Mi tía, por no ser de sangre, quedó marcada por mi familia como la culpable de todo: del nacimiento del niño, de su incorrecta educación, de la separación. Además se quedó con el niño y con la casa.
En este caso la custodia fue una bendición para mi tío que nunca había hecho nada por su hijo y que por fin lo podía perder de vista. Tenía los fines de semana pero iba a por él uno sí uno no, y eso si no estaban las vacaciones de por medio. Además, por ser un niño perfectamente normal no tenía que pagarle ninguna manutención especial. El niño era culpa de mi tía y ella tuvo que encargarse de él.
Un día mi tía entendió que algo no había ido bien y decidió apuntar al niño a una formación profesional agrícola para que aprendiera alguna cosa práctica. En mi familia se vió como una rendición y motivo más para insultar a mi tía: había renunciado a la sur-normalidad de mi primo, echándolo a los leones de la Formación Profesional. Aparte esta era una formación profesional para tontos.
De esta historia tengo sólo un regusto amargo. Sé que mi tía es, fue y será una persona íntegra y admirable. Y mi tío un desgraciado. La supuesta normalidad de mi primo fue un continuo problema por cuanto mis tíos tenían que sufrir constantemente las frustraciones que da el no cumplir los objetivos de una vida normal. El no poder entender determinadas matemáticas o filosofía elemental, el no tener verdaderos amigos, el no poder dejar al niño solo, el que no quisiera salir con los amigos por las tardes, el no poder encontrarle novia, el no saber controlar sus instintos.
Gran parte del problema creo que estuvo en no aceptar una situación desde su origen. Mi primo era un subnormal, o deficiente mental, o necesitado de educación especial. De haberlo sido cualquiera de sus resultados (como aprender a jugar al ajedrez, terminar la primaria con cierta normalidad, el no jugar mal al fútbol) se podía entender como un pequeño triunfo. Pero al ser una persona absolutamente sur-normal se convertían en trivialidades que no merecían la más mínima celebración.
Esto por un lado frustraría a mi primo, que nunca tenía nada de qué alegrarse o que le hiciera sentirse mejor que los demás. Por otro acababa con la paciencia de mis tíos que sólo vivían en continua derrota. Mi tía podría haber recibido comprensión por parte de su familia y la vida habría sido más llevadera. Pero eligió un camino demasiado duro y lleno de sufrimiento.
Por eso mi opinión es que las personas diferentes tienen que serlo y no deben esforzarse lo más mínimo en tratar de conseguir la normalidad, que además suele ser patológica. La búsqueda de una normalidad inexistente causa enormes frustraciones y al final suele terminar en la rendición tras una agotadora lucha. Derechos para todos, igualdad ante la ley y ante los ojos de los demás, pero con diferencias.
Gracias a mi primo aprendí que merece la pena ser subnormal.
Entrada relacionada:
Con la lectura de estas entradas anteriores:
Cosas que odio de los restaurantes
Pedir en el restaurante
se puede llegar a la afirmación de que tengo una relación de amor-odio con los restaurantes. Y es asín. Vamos a seguir ahondando en la herida. Hoy voy a hablar de las quedadas.
Hay una serie de personas que resultan tremendamente peligrosas a la hora de concertar una cita para comer. Es frecuente que te arruinen un plan impecable. Las más de las veces no lo hacen por maldad, sino por su forma de ser. Veamos algunas situaciones que provocan determinados tipos de personas que finalizan casi siempre en malas experiencias. Esta clasificación sólo se refiere a la forma de enfrentarse al hecho de reservar por parte de ciertas personas.
a) El multiplicador. Es aquella persona a la que llamas y propones un plan y si le gusta, lo hace extensivo a más amigos suyos, sin plantearse si eso te gustará o no. Por ejemplo, os vais a juntar los antiguos compañeros del instituto y llega uno que dice "me voy a llevar a unos amigos del gimnasio".
Este individuo es totalmente disruptivo: primero porque quita cohesión al grupo. Pero además porque te destroza las reservas. Tú a lo mejor tenías pensadas a unas diez personas pero ahora, sin saber el alcance de los amigos del gimnasio, no estás capacitado para cerrar la reserva sin consultar a esta persona.
b) El anulador. Muchas veces coincide con el anterior. Es el que ha provocado una serie de comensales en la cena y de repente realiza una gran anulación. Reservásteis para diez pero ahora resulta que sólo sois cuatro. Esto provoca un enorme malestar en el personal del restaurante. Mejor fallar a una reserva que convertir un grupo mediano en uno pequeño. Muchas veces tendrán que intentar reestructurar las mesas, a veces sin éxito. Y a menudo habrán perdido esas mesas, ese dinero, con el que al final todos pagas sus facturas. La situación crea tiranteces con los camareros que ya no os tratarán bien durante toda la cena.
Mi primer contacto con el mundo de los emprendedores tuvo lugar cuando tenía doce años. Mi madre era de profesión sus labores y mi padre trabajaba en la construcción. Era la época en que te pagaban en un sobre, sobre que pasaba antes por el bar que por casa.
Un día llegó mi padre con la buena nueva. El descubrimiento provenía de mi tía, siempre atenta a las nuevas oportunidades de ganar dinero que ofrece el mundo moderno. Había conseguido contactar con una empresa que se dedicaba a la bisutería y que ofrecía un trabajo tan sencillo como es engarzar cuentas en un collar.
Cómo había dado mi tía con esa empresa es una historia que prefiero no conocer. Pero de inmediato se puso en contacto con sus familiares y amigos. Era un trabajo perfecto para realizar desde casa en los ratos libres. Un complemento al sueldo que podía hacerse hasta mientras uno estaba sentado en la taza del váter.
Pero lo mejor de todo y lo que lo convertía en el trabajo perfecto es que podían hacerlo por igual mujeres y niños, sin importar la edad. Es más, los niños cuanto más pequeños más habilidad demostraban con los collares y conseguían completar más piezas en menos tiempo. En la época de las familias numerosas, era una oportunidad que no se podía desaprovechar.
Toda mi familia estaba excitada con la noticia. En mi casa no cabíamos de los nervios esperando a que nos llegara la caja con las piezas. En cierto modo estábamos subcontratados, porque el contacto con la empresa de bisutería era nuestra tía y ella sería la que entregaría todas las piezas completadas. Al ser de la familia, no se lucraría cobrando una comisión pero tendríamos que informarla en todo momento de nuestros progresos.
Una excelente oportunidad de hacer el ridículo se nos presenta cuando tenemos que anotar un número de teléfono. En los orígenes de los teléfonos móviles era habitual apuntar el móvil de una persona en una hoja de papel bajo el título de "móvil". Lo cual no dejaba de ser ridículo, porque al menos en España es bastante conocido por todo hijo de vecino que cualquier número de teléfono que empiece por 6 es un móvil.
Así, apuntar móvil es como anotar el nombre de una persona y escribir junto a él la palabra nombre, o apuntar una ciudad mayor - como París o Barcelona - y escribir aclaratoriamente ciudad.
Para colmo de absurdo se tiene tendencia a no escribir el nombre de la persona que nos da el teléfono. Tras pocas horas ese papel comienza a perder significado para convertirse en un número carente de sentido por completo. La causa que achaco a que normalmente no escribamos el nombre de la persona que nos da su teléfono es que por lo común no sólo no conocemos el teléfono de la persona que nos lo da, sino que tampoco tenemos mucha idea de su nombre completo y tratamos de pasar por listos, no preguntando lo obvio.
Cuántas hojas de papel llenas de teléfonos acaban apareciendo con el tiempo, teléfonos de los que no estamos seguros de a quién pertenecen. Algunas veces hay una pequeña aclaración, como un nombre de pila, que resulta insuficiente. Guardamos esa hoja de papel sin atrevernos ni a romperla ni a llamar al número de la persona desconocida.
En mi caso siempre he tenido la tendencia a comportarme como si fuera muy listo. Si quiero guardar una contraseña en un papel no escribo en la hoja "usuario zrubavel: contraseña magdalenas3". Ni por supuesto barbaridades como "email bill.gates@gmail.com, contraseña mac3intosh". Todo lo más suelo escribir una contraseña y a veces ni siquiera completa, una pista para dar con ella.
Cuando anoto un nº de cuenta de banco, o de tarjeta de crédito, separo las cifras para que parezcan números de teléfono, o tacho algunas cifras para dar pie a confusión.
Estos sistemas, lejos de garantizarme una gran seguridad, me han llevado a numerosos problemas y a todo tipo de papeles crípticos. Si dramático es tener un teléfono que no sabes a quién pertenece, ni te cuento un número que no sabes ni lo que es. Puede ser una fecha enmascarada, una contraseña, un número de teléfono ofuscado, o quién diablos sabe que.
Hace poco fui al médico a hacerme un análisis de sangre. Los que tenemos la suerte de no tener que visitar a estos profesionales muy a menudo no estamos familiarizados con procedimientos más o menos rutinarios que ocurren en la consulta del médico todos los días. En mi caso, me muevo de forma torpe, porque no sé qué es lo habitual.
Una vez allí pude constatar algo habitual en España: la incapacidad de la gente para organizarse, ya sea de forma espontánea o mediante algún sistema, dentro de una fila.
Lo veo en el supermercado. Según estudios los estudios más elementales de la Teoría de Colas el tiempo medio de espera de las personas disminuye en más de un 30% si se usa una fila común para todas las cajas y la gente sólo se mueve cuando queda algún puesto libre.
En lugares infectos - no por las cajeras sino por los clientes - como el DIA%, cuando a veces se consigue llegar a este formato ideal, siempre aparece un indeseable que entiende que si el conjunto se ahorra un 30% él podría ahorrarse mucho más si pasa a ser el primero de su propia cola. Lo malo no es que se aproveche de los demás, sino que provoca que automáticamente se rompan filas, volviendo al sistema ineficiente pero libre de suspicacias.
En la consulta de mi médico no es diferente. Aunque este pone una lista con las personas y su orden de prelación, la gente prefiere guiarse por la costumbre, con lo que se ignora esa lista y se pasa al criterio de primero en llegar primero en ser atendido - modelo FIFO ( First In First Out ) o modelo ¿Quién es la última?.
Lo más siniestro de esta absurda lista de prelación que no se respeta es ver los tiempos estimados para cada paciente. Tres minutos. Se entiende que un porcentaje más o menos elevado de pacientes no asista a pesar de haber reservado cita. Pero tres minutos es realmente poco tiempo. La Sanidad Pública es una ficción de bienestar - que explotará junto con el sistema de pensiones a su debido tiempo. Hoy en día las únicas enfermedades para las que se puede esperar un trato excelente son las muy graves - cánceres, rehabilitaciones de accidentes de tráfico, transplantes.
No es que me sobre ética - cualquier día os cuento una historia sobre cómo ganar a la ruleta de forma infalible, mediante anuncio patrocinado - pero en el médico iba con la idea de no gastar más de esos tres minutos. Así, apenas si saludé y antes de sentarme ya estaba buscando mi expediente. En menos de diez segundos lo había encontrado y en otros tantos me había dado un diagnóstico.
No soy tan iluso como para pensar que el médico, antes de mi visita, había pasado algún tiempo repasando los análisis diversos que le habían llegado. En esos escasos segundos bien aprovechados pasó la vista por la hoja, con la mirada experta del médico. El formato era un dechado de usabilidad:
Sangre Tipo A.........................3,4..........................Optimo 3-5,2
Sangre Tipo B........................6.000........................Optimo 3.000-8.000
Sangre Tipo C.......***.............5,99..........................Optimo 6-8
Sangre Tipo D........................150,3........................:Optimo 60 - 200
Algunos de mis conocidos se juntaban para hacer lo que ellos llamaban un tende. Hacer un tende era patearse las calles del barrio, buscar un tendedero más o menos accesible y llevarse la ropa que mejor pinta tuviera. Un delito de la peor catadura.
El tende se basa en el principio del descuidero: robar lo fácil, abstenerse ante lo difícil. Para un verdadero ladrón, el descuidero es la vergüenza de la profesión, algo así como lo que siente un ingeniero superior de informática ante un biólogo metido a programador.
El descuidero sería el hacker del delito, mientras que el ladrón es el cracker. Un descuidero podría pasar meses sin robar; un ladrón tiene que hacerlo con la regularidad del que tiene una profesión. Mis conocidos habían detectado un fallo en el sistema: todo el mundo protege sus coches y casas con cerraduras de máxima seguridad pero nadie espera que te roben unos jeans mojados.
Un día en que no me sonó el despertador, tuve que ir corriendo a la estación de metro, a sabiendas de que llegaría tarde. Coincidió que cuando arribé al andén justo se acababa de marchar el tren. En uno de los asientos del andén, alguien se había olvidado una bolsa de mano. En condiciones normales la habría tomado y la habría dejado en la taquilla de la estación. Quizás habría barajado la posiblidad de quedármela y si hubiera algo de valor quizás me lo hubiera guardado. El caso es que aquella vez, las prisas, me hicieron preocuparme más por tomar el próximo tren antes que por el descuido de un pobre diablo. Sin embargo, pensé que seguro que alguien se daría cuenta de la bolsa, y efectivamente, mirando a todas partes apareció un tipo, con su corbata, dispuesto a ir a su trabajo, que aún con sus reparos, cogió la bolsa como si fuera suya y se metió en el metro.
No le recriminé su actuación, al fin y al cabo estuve tentado de hacer lo mismo· Cualquiera de nosotros es un descuidero en potencia. Todo depende de las situaciones que surjan. Fuera del mundo criminal, se le llama al descuidero oportunista, y aún recibe otros muchos adjetivos cada vez más positivos: avispado, despierto, listo.
La gradación de la criminalidad entre los ladrones dentro de un centro comercial es interesante. El más profesional y por tanto más criminal es el que va allí con un objetivo: hoy me llevo una Play Station. Ese es el ladrón por definición. Tiene una tarea y debe llevarla a cabo al precio que sea.
Luego llega el tipo que quería llevarse una Play Station y se encuentra con que aquello tiene más seguridad que Alcatraz después de un motín. Y entonces se va a la sección de embutidos y se lleva una pieza de lomo calidad XXXL. Ese ha sido un ladrón práctico: ha valorado sus posibilidades y ha decidido llevar a cabo aquello del "si lloras por haber perdido el Sol las lágrimas no te dejarán ver las estrellas"(Tagore). Por si alguien no entiende el símil, el Sol sería la Play Station.
Cada vez que veo una crisis humanitaria que provoca el envío de ayuda humanitaria de todos los países del mundo, no puedo evitar el pensar en la comida de la Cruz Roja.
Nunca me preocupé de saber si era comida que sobraba de lo que iban a ser envíos a países necesitados - me imagino que si hay mil kilos de comida y en el avión caben novecientos pues sólo enviarán esos novecientos y los otros cien se quedarán en tierra. O si era un cupo de ayuda para los pobres de España, que también los hay. El caso es que había una época del año en que en mi casa se hablaba mucho y bien de la comida de la Cruz Roja.
Tampoco sé cómo se enteraban mis padres, pero cuando se había dado la voz de alarma toda la gente de mi bloque se disponía para acoger la buena nueva: el reparto de la comida de la Cruz Roja.
Me consta que con el tiempo la cosa se hizo más y más anárquica. Hoy en día mi madre cuenta que ya no recoge comida de la Cruz Roja porque como no tienen coche, tendrían que trasportarla en taxi, y podía resultar más caro el remedio que sufrir la enfermedad.
Mi familia era pobre, en alguna época de solemnidad, pero tampoco tan pobre como para pasar hambre, no ir al cine o tener para comprar algún CD de música original de vez en cuando. Entre mis vecinos había de todo, el dinero negro convierte a cualquiera en pobre sobre el papel, aunque muchos sí que lo eran. No había desvergüenza de ningún tipo, como en un buffet, era coger tanta comida como se pudiera trasportar. A nadie le daba ningún reparo en pelear, como en las imágenes de Somalia o Afganistán, por un paquete de comida que, a lo sumo, costará un par de euros. El sistema de reparto trataba de ser organizado pero derivaba en batalla campal, y los encargados se quitaban el género de encima tan pronto como podían para evitar mayores problemas.
Mi madre, apóstol del mandamiento del pobre: Reventar antes que sobre trataba de aprovechar cualquier alimento. La mayoría eran productos imperecederos, como la pasta o las legumbres. Pero también habían tetrabricks de natillas - producto que no he visto jamás en un supermercado - y la mítica leche en polvo. Leche en polvo, producto propio de la posguerra, siendo consumida después del ingreso de España en la Unión Europea. Hasta donde alcanzo a ver, la leche en polvo, aún en manos del mejor cocinero del mundo, no puede alcanzar un sabor parecido al de la leche. En nuestro caso además, nos tocaba beber un producto mal mezclado, con grumos y tibio. Toda una experiencia repugnante.
Ayer tuve un día que sobresalió del aburrimiento cotidiano por la curiosa omnipresencia de las monedas.
A la hora del desayuno, me disponía a tomar un refresco de la máquina. Saqué una moneda de 50 céntimos y antes de que pudiera meterla en la ranura ya había sido invitado - un detalle muy español- con lo que opté por guardarme la moneda de nuevo en el bolsillo, pero fuera de la cartera.
Ya por la tarde, fui al gimnasio. Mientras me cambiaba de ropa, me encuentro en uno de los bancos de los vestuarios una brillante moneda de euro. Feliz por mi descubrimiento, me imaginaba que a otra persona le había ocurrido la cosa más normal del mundo, usar una moneda para las taquillas, no guardarla bien, y , al final, olvidarla.
Mientras pensaba en todo esto me fijé en que al otro lado del banco parecía que había otra moneda. Pero no podía ser, porque era muy plana.
Esto me llevó a recordar un sueño que se me repite, en que encuentro una moneda, y segundos después otra, y así hasta juntar unas diez. Del sueño me gusta la sensación de lo inesperado, que creo me provoca el hallazgo de más monedas- el sueño no es más que una especie de sugestión - y cuando empiezo a acumularlas con avaricia desaparece esa fuente infinita.
Me acerqué a la aspirante a moneda y resultó ser una de 5 pesetas, de las antiguas. Lo que más me sorprendió es que me resultara extraña, vista desde lejos tardé en reconocerla como la moneda que tal vez más veces he tenido en mis bolsillos. Es sorprendente esto del euro, aún pensamos en pesetas, pero no recordamos cómo eran las propias monedas. Lo curioso es que alguien había tenido el ingenio de darse cuenta de que para las máquinas de taquillas los duros tienen casi la misma circunferencia que los euros, obteniendo el mismo resultado y arriesgando mucho menos capital.
Contento con mi doble hallazgo, volvía a casa. Cruzaba el último semáforo, que es el más peligroso porque está al final de una salida de la autovía, cuando oí un tintineo. Saturado de pensamientos de monedas no dudé lo que había ocurrido. La moneda de la mañana se había salido del bolsillo. Me giré y agaché para recogerla del suelo, y cuando lo hacía, dando la espalda a los coches, recordé que cuando cruzaba el semáforo la luz estaba parpadeando y que esta pequeña distracción podía haber sido suficiente para que cambiara de color. Me giré con la moneda en la mano, para comprobar que aún tenía algo de tiempo, que mis pensamientos habían corrido mucho más rápido que el semáforo.
Es curioso como funciona el tiempo y como se agolpan los sucesos. Si hubiera sufrido un percance, las monedas del gimnasio se definirían como premonitorias, así como el iterativo sueño. La invitación de la mañana se tornaría fatídica. Pero como nada de eso ocurrió, el día fue banal, y el mundo, continua tan ignoto como siempre.
[Esta entrada fue publicada por primera vez el 11 de Febrero de 2004.
Meses después, la moneda de 5 pesetas que desde entonces utilizaba para las taquillas del gimnasio desapareció, posiblemente olvidada en un banco de los vestuarios del gimnasio.]
♦ Historia de una moneda
Continuo la historia que un amigo mío oyó de uno de sus conocidos:
La segunda vez que robé algo fue a mis hermanos. Mi abuela me dió un dinero para repartir con mis hermanos. Tenía que conseguir cambio y dividirlo a partes iguales con el resto de mis hermanos.
Por aquella época me fascinaba la música. Tendría unos trece años y me encantaba coger música de la radio, grabarla y luego oírla muchas veces, hasta acabar entendiendo cada pieza. Era un tipo raro al que le gustaba la música clásica de pequeño.
Mi hermano mayor, que compartía afición conmigo me dijo: "No lo repartas. Con ese dinero podemos comprar 10 cintas y grabar un montón de música. Los demás se enfadarán, pero eso se irá con el tiempo, y las cintas ahí quedarán, para siempre".
Aún hoy en día me parece que es una de las frases más duras y ciertas que jamás he oído. La política mundial, las grandes empresas, funcionan con la actitud que mi hermano me indicó.
No quedé muy convencido con su razonamiento, pero quería las cintas tanto como él, y acabé haciéndolo. Quiero pensar que mi ética no quedó dañada con un acto tan insolidario como aquel. Y que mi cultura musical, desde luego, mejoró mucho.
Aún hoy me siento un poco culpable para con mis hermanos y siempre que me piden dinero estoy encantado de prestárselo a fondo perdido. He pagado esos seis euros miles de veces.
♦ Robos biográficos I
Con el recibo del teléfono, recibo una hoja en que se me avisa de que:
"Con la finalidad de poder ofrecerle productos y servicios de terceras empresas soportados o asociados a las telecomunicaciones y nuevas tecnologías de la información, así como de ocio, cultura, seguros, financieros y de asistencia en el hogar que, consideramos pueden ser de su interés, Telefónica de España solicita su consentimiento para tratar los datos personales que Vd. nos ha facilitado junto con los datos de tráfico y facturación telefónica.
Telefónica de España no cederá, en ningún caso, sus datos a las terceras empresas anteriormente mencionadas.
Si no desea que este tratamiento se produzca, puede comunicárnoslo reenviando este escrito a Telefónica, Ref. DATOS, Apdo. de Correos 46.155, 28080 MADRID. Le significamos que, de conformidad con la legislación vigente, si no recibimos noticias suyas en el plazo de un mes, entenderemos otorgado su consentimiento que, en todo caso, podrá Vd. revocar en cualquier momento.
Una tarde estaba tomando café con una chica en uno de esos locales cool que estaba vacío. Fui al baño y no sé cómo me confundí y entré en el lavabo de las chicas. Me di cuenta del error enseguida porque no había urinarios en las paredes. Abrí una de las puertas y sobre la taza del water había un billete de 20 euros impecable y perfectamente extendido. Lo cogí. Hice lo que tenía que hacer y me marché no sin antes comprobar que, efectivamente, me había confundido de puerta.
Está el hecho inusual y altamente improbable de que me equivocara de baño, y el que hubiera un billete extendido sobre la taza ¿Qué han podido hacer para "olvidar" un billete ahí?
Pero por encima de todo, la sensación de irrealidad con que salí de allí. Ese es el hecho sorprendente que no sé expresar con palabras.
Un amigo mío me contó que un amigo suyo le contó una vez lo siguiente:
La primera vez que robé algo fue en el supermercado. Habitualmente le hacía la compra a mi madre. Al principio me gustaba. Con el tiempo, dejó de hacerlo. Quizás toda esa época de mi infancia marcó mi fascinación por los supermercados.
Para un chico pequeño, una responsabilidad es casi un placer. Poder traer las cosas de la tienda resultaba un lujo. Conforme iba pasando el tiempo se me hacía el viaje más largo, la tarea más rutinaria, todo era menos deseable.
No recuerdo por qué comencé a robar. Tecnicamente no era robar, sino un fraude en toda regla. Eran otros tiempos, los lectores de códigos de barras no existían en España y los productos tenían una pegatina con el precio - también las cajeras solían tener cierta cualificación y una gran memoria.
Cosas que odio en quienes me acompañan a los restaurantes:
a) Cuando vas con un grupo muy grande de personas y hay alguien que, bajo ningún concepto, está dispuesto a que el grupo se distribuya en dos mesas. Es absurdo porque a partir de siete personas es imposible o absurdo que en una mesa se mantenga una única conversación.
Esas personas causan una grave molestia al personal del restaurante y de paso a los clientes que están comiendo en ese momento, obligándoles a juntar varias mesas y descolocando toda la organización del restaurante.
b) Las chicas que insisten en preguntar los ingredientes de todos los platos del menú, aún cuando tuvieran decidido desde el principio el pedir una ensalada de pasta.
c) Los que exigen cambios mínimos y ridículos al menú:
c1) Los que quieren comer el segundo antes que el primero.
c2) Los que quieren comer dos primeros o dos segundos.
c3) Los que piden un segundo plato con la guarnición que viene en otro plato.
c4) Los que piden que quiten ingredientes en platos que se sabe que están ya mezclados.
d) Las que piden los platos que peor saben pero que menos calorías tienen y luego se explayan con un postre atiborrado de chocolate.
Mucho me sorprendió cuando fui a Alemania la poca calidad humana, desde el punto de vista zoológico, que encontré.
Basta ir un poco más al norte, para encontrarse a las superrubias de las danesas, con un poco más de paciencia se topa uno con las suecas y las noruegas. En el sur, entre Italia y España basta para demostrar que la vida es bella.
No es que en Alemania no haya mujeres y hombres guapos - algunas de las supermodelos son alemanas - sino que, en general, noté un cierto "deterioro de la raza".
Es triste que para hablar de un tema así haya que dar tantas explicaciones, pero son necesarias. Alemania planteó en el desarrollo de la 2ª Guerra Mundial diversas consignas. Algunas bárbaras como el exterminio de los judios, otras discutibles como las "expansiones territoriales" otras trasnochadas, como la "purificación de la raza".
A lo largo de mi vida he cometido muchos errores. He aquí algunos sobre la ropa.
Camisetas:
- Las camisetas de publicidad son de malísima calidad.
- Si son baratas, puede que tras un lavado se deformen o decoloren.
- Una camiseta que no sea de algodón es, sencillamente, una mierda.
Zapatos:
- Aunque unos zapatos sean incómodos al principio en pocos días se amoldarán a tus pies.
- Para amoldar unos zapatos a tus pies basta con que te los pongas cada tres días. Así se amoldarán ellos y no tus pies.
- Unos zapatos que sean cómodos desde el principio durarán poco tiempo.
- Los zapatos son la prenda de vestir más rentable, cuando los compres no mires nunca el precio.
- Las zapatillas deportivas muy estrambóticas con cámara de aire y colores chillones pueden ser estupendas para jugar baloncesto, pero ridículas para usarlas en la vida diaria.
- Cuanto más discretos sean unos deportivos, mucho mejor.
A veces alguien en mi oficina no me devuelve el saludo. Entonces no tengo la menor duda: viene de cagar. Me divierte nuestro comportamiento en los baños públicos. Entendemos que es avergonzante cagar y cuando lo hacemos tratamos de pasar desapercibidos. Muchos terminan y salen corriendo, sin lavarse las manos, simplemente para que no los descubran cerca del cuerpo del delito. Otras veces estás lavándote tú las manos y ves a uno pasar por tu espalda a toda velocidad. En todos los casos se repite el mismo patrón: el cagante se comporta como si fuera invisible.
Sin embargo, en alguna otra ocasión he visto esta misma actitud. Cuando me ocurre fuera de un WC siento que esa persona acaba de hacer algo realmente terrible.
Salvo los que hayan estado en Marte, todo el mundo sabe que hace unos 10 días ardió un "rascacielos" de la zona cool de Madrid, el edificio Windsor. Esto ocurrió un sábado por la noche y a causa de ello la circulación en las estaciones de metro que pasaban por la zona quedaron interrumpidas durante unos días. En especial, la línea 6 de metro, que no circuló en la parada crítica de Nuevos Ministerios - y las dos adyacentes - durante unos días. La causa de esta interrupción era "el incendio del edificio Windsor".
De repente, este lunes, el metro vuelve a pasar por dichas estaciones. Sin embargo, no para en la estación de Nuevos Ministerios. La causa oficial es "actuaciones en el exterior".
Teniendo en cuenta que desde que se produjo el incendio hasta hoy no se ha realizado ni una sola nueva medida de protección - los operarios están esperando a que termine la investigación judicial de las causas - se me ocurren las siguientes teorías, todas fallidas:
a) En ningún momento hubo riesgo para los usuarios, simplemente se hizo para aumentar la seguridad ->¿Entonces por qué todavía la gente no puede bajarse en Nuevos Ministerios(nótese que dicha estación tiene enlaces con otras líneas que funcionan con normalidad).?
b) No se confirmó la seguridad hasta la víspera de la apertura. ->De nuevo la misma pregunta anterior ¿En qué disminuye la seguridad si la gente puede salir en dicha estación? y, ¿qué ha cambiado para que el juicio inicial de "el edificio corre riesgo de derrumbe" cambie?
c) Decidieron abrir por la presión de la mucha gente que utiliza esa línea de Metro. Es por eso que abrieron un lunes. -> En tal caso, la seguridad es secundaria ante la necesidad del nuevo pan y circo de Madrid. Dales trabajo y metro en el que ir, que si no tienen vivienda o para nada más, es su problema.
En resumen, que pasan de nuestra seguridad, como de tantas otras cosas.
En una conversación reciente tuve la oportunidad de soltar la frase, "Elegir es equivocarse". Más tarde, recordándolo, me sentí orgulloso de mi ingenio a la hora de soltar frases lapidarias.
Pero porque conozco mi falsa originalidad, supuse que, como decía Terencio, no hay nada nuevo bajo el sol, y la frase ya habría sido dicha anteriormente. Octavio Paz fue el inventor, en este caso.
Resulta realmente difícil ser original, aun cuando muchas cosas se nos ocurran a nosotros de motu propio siempre pertenecerán a otras personas.
Es por eso que el esfuerzo de escribir debe ser uno de los más vanos. Todo ha sido dicho anteriormente.
Unos meses atrás, le escribí un e-mail a la Real Academia de la Lengua. Cuando lo redactaba, me sentía como el que entra en la casa de los suegros, toda enmoquetada, con los zapatos sucios. No sabía donde pisar, y revisé la gramática y la ortografía varias veces. Ésta fue la respuesta que recibí:
Estimado señor:
La petición que usted nos hace no podemos atenderla desde este servicio
del DRAE, puesto que este tipo de peticiones no se pueden atender desde
este servicio. Tiene que dirigirse directamente al Secretario de la
Academia Española, ya que hasta la salida del DRAE en CD-ROM no se
facilita esta información. La dirección la encontrará usted en el
Directorio de la RAE.
El estilo repetitivo me recuerda a mi adorado Thomas Bernhardt, pero no me parece el lugar más adecuado para usarlo. Supongo que tras esos arrugados académicos se ocultan cientos de brillantes filólogos con contrato por obra y sueldo de abreviatura.
Hoy he comido en un restaurante chino. Sin entrar en valoraciones, me surge la duda de por qué tienen tan mala fama estos restaurantes. He estado en cientos de sitios infames, cadenas de comida rápida. Sin embargo nadie alcanza esa fama ancestral de los chinos.
Se oye que guardan la comida que sobra, y siempre sobra. Que nadie ha visto nunca a un chino muerto, porque reutilizan los cadáveres.
La tecnología llega al periódico:
No deja de parecerme sorprendente la de falta de ortografía que tienen los periódicos, digitales o impresos, que se publican hoy en día. Comparándolos con los de hace unos años me resulta bastante claro que el salto tecnológico no ha hecho sino empeorar el uso de la lengua.
