Jovenes artistas

I

Una noticia curiosa de Estados Unidos: Una cadena de ropa organiza un concurso de redacción para niños. El premio eran cuatro entradas, con alojamiento y vuelo incluido, a un concierto de ‘Hannah Montana’, uno de los grupos de más éxito del momento en el país y para el que todos sus conciertos programados están agotados desde hace semanas.
La vencedora fue una pequeña de seis años, original de Garland, en Dallas. La chica comenzó su conmovedor relato con la frase «Mi padre murió este año en Irak». Su redacción fue la elegida ganadora y la chica tuvo su momento de gloria en prensa y televisión. Sin embargo para el primer periodista que trató de documentar mínimamente su historia, no fue difícil constatar que el padre de la chica no había muerto en Irak.
Pronto se destapó que todo había sido mentira. Y el relato lo había escrito la madre. La familia se quedó sin las entradas para el concierto y sufrió el escarnio público.

II

Los concursos infantiles carecen de sentido. Los ganadores son casi siempre personas mayores que firman en nombre de niños. Y vencen adultos no porque sean genios de la literatura, la música o la pintura, sino porque tienen un estilo flojo según los estándares generales pero un estilo muy original suponiendo que el autor es un niño. Los vencedores de concursos infantiles dan la impresión de una obra en pañales, un talento al que le falta poco para brillar. Los miembros del jurado desconocen que ese talento no da para más y proviene de padres, tíos y amigos de los niños que se limitan a poner el nombre del jovencito.
Lo que digo lo sé de primera mano. Estando en el colegio gané algunos concursos de dibujo de pequeño, concursos en los que participaban decenas de miles de pinturas. Mis dibujos eran los que se llevaban el premio y el dinero en metálico.
Lo dramático del asunto es que dibujo rematadamente mal. Soy sucio con los lápices en la mano, los trazos suelen estar torcidos, las cosas que dibujo no se parecen en nada al original. En el juego Pictionary nunca he conseguido que me adivinen nada. Me desagrada dibujar.
El primer concurso transcurrió del siguiente modo: se convocaba un premio entre todos los colegios de la provincia. Tenías que dibujar algo relacionado con la Semana Santa. Nuestro profesor de la asignatura nos dio un par de días para que cada uno tratara de participar pintando lo que le pareciera. Como ayuda mostró unos cuantos dibujos que él había hecho, que podían servir de ejemplo.
Cada cual se aplicó en desarrollar su idea. Yo mareé la perdiz durante las horas y terminé mi horrorosa reproducción de alguno de sus dibujos. El profesor seleccionó los mejores, tomó nota de los nombres de los chicos y los guardó en el sobre para enviarlos.
Cosa de un mes después el jurado se había pronunciado: de entre todos los dibujos enviados por miles de niños, el mío era el mejor. Lo absurdo es que ni siquiera había enviado un dibujo. Le pregunté al profesor de la asignatura que me explicó que él había enviado los dibujos que puso de ejemplo, firmados con nombres de alumnos que eran buenos estudiantes. Tuve suerte porque de entre todos los dibujos que él envió, el que tenía mi nombre fue el ganador.
Habría una entrega de premios con autoridades y fotografía en los periódicos. No tuve más remedio que asistir a la exposición pública de los dibujos vencedores en una galería de arte en la ciudad. Ni siquiera sabía cómo era mi dibujo ganador.
Fui allí y reconocí perfectamente la obra de mi profesor. No era la única premiada: algunos premios menores también eran dibujos suyos, con nombres de otros alumnos de mi colegio. Con ojos alucinados tras vencer en un concurso en el que no había participado, notabas que todos los dibujos tenían el mismo tufillo: resoluciones de aficionado para ideas originales. Parecía que si esa persona tuviera una técnica un poco mejor podría llegar a algo. Todos los cuadros eran aparentemente sencillos pero con algo ingenioso, diferente.
No sería el único concurso que ganaría ese año. Tenía suerte hasta con el azar de la adjudicación de falsos autores. Volví a vencer en otra competición, tal vez más importante aún. Organizada por «El Corte Inglés». Todos los concursos en que participaba mi colegio estaban amañados. No importaba si era redacción, manualidades, pintura. Los alumnos preparaban su bodrio y los profesores enviaban los modelos creados «como ejemplo». Y casi nunca ganábamos. El colegio también sacaba su tajada: al ser premios para estudiantes, y tratando de fomentar la competición, casi todos los premios tenían una parte para el colegio, que a veces era incluso mayor que la que se llevaba el premiado. No habiendo trazado ni una línea de estos dibujos, no iba a protestar por eso.

III

No todos los concursos están amañados. Tengo un amigo que solía vencer en los concursos de literatura para niños y adolescentes. Él dice que es porque tenía un estilo que venía como anillo al dedo para el formato. La gente del jurado suele ser muy uniforme y quiere exactamente lo que él sabía escribir. Cuando por la edad tuvo que dejarlos para participar en concursos «para adultos» terminó su racha. Desde entonces no ha vuelto a ganar ningún otro concurso.
La historia de mis fraudulentos premios de dibujo es tan absurda que la gente a la que se la cuento no me cree. Pero os puedo asegurar que es verdad.

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2 comentarios sobre “Jovenes artistas”

  1. Yo una vez quede en segundo lugar en un concurso literario de mi instituto. Lo más gracioso de todo es que los jueces creian que el relato que ganó el primer premio lo habia escrito yo.

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