La eliminación de los céntimos

Después pasó el tiempo de la redondelización, como yo lo llamo, en que la montaña fue a Mahoma y ya que hacer las cuentas era tan complicado, el café que valía 100 pesetas pasó a su equivalente psicológico, el euro. Y la cerveza a 125 pesetas pasó a 1,2 euros. Las mil pesetas se convirtieron en 10 euros. Las 5.000 en 50 euros. Este fenómeno, mezcla de proceso psicológico con argucia picaresca y simplificación, es realmente digno de interés. Sin embargo, nadie parece haberse preocupado por él.
Este proceso, generó una subida de, aproximadamente, el 66% en muchos productos. Sobre todo los de bares, restaurantes y similares, pero también los de cobro de precio fijo por servicio, como peluquerías(corte de 1000 pesetas a 10 euros), consultas médicas privadas, despachos de abogados. En otros negocios la subida era inviable, por ejemplo en supermecados, gasolineras, impuestos públicos, recibos del teléfono.
Un tercer grupo de negocios tuvo olfato fino para sacar su tajada. Las tiendas de ropa, por ejemplo. La idisincracia de su negocio hace que sus productos siempre estén en torno a ciertos números. Ahora se las apañaron para «mover» esas cifras, cambiaron los números de oferta. La prenda a 20 euros, por ejemplo, era todo un chollo para las textiles, porque engañaba con las 3.000 pesetas.
También la oferta de los 40 euros, en productos de mayor calidad, les permitía algún engorde de precios. En cualquier caso su incremento de beneficio estaba en torno al 10%. También es interesante la estela del DVD, nacido casi al tiempo que el euro, que magistralmente supo aprovechar la mímesis con su antecesor, el video, para hacer que la película que antes valía 2000 pesetas ahora valiera 25, 20 euros, y todos contentos. Mis felicitaciones al departamento de Mángueting.

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Un comentario sobre “La eliminación de los céntimos”

  1. Eso siempre me ha irritado, especialmente en hostelería, que fueron los pioneros en la conversión 100 Pts = 1 Euro. Y que ahora anden quejándose de la crisis me toca lo que me cuelga debajo del nick.

    Aún hoy, cuando me da la vena, convierto el precio que me están dando a pesetas y le suelto al vendedor, en un tono de voz mucho más alto del necesario: ¿CUATROCIENTAS DIEZ Y SEIS PESETAS POR UNA COCACOLA? ¿Está Vd. loco? y me voy sin consumir. Claro que en el bar de al lado me toca tomarme la Coca-Cola «cueste lo que cueste». O eso o me deshidrato.

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