La solidaridad mal entendida

En los últimos tiempos las condiciones laborales han empeorado notablemente para los trabajadores. Lo que nuestros padres consiguieron con huelgas en las que perdían su sueldo y a veces su puesto de trabajo, para ganar en dignidad personal y profesional prácticamente se ha esfumado.
Y nadie sabe exactamente qué es lo que ha ocurrido, pero ha sido así. Un día se convocó una huelga general y para sorpresa de los gobernantes la asistencia fue mucho menor que en otras ocasiones(otra cosa es la abochornante manipulación y exageración llevada a cabo por TVE). Supongo que esta prueba definitiva no era necesaria para confirmar mis sospechas.
Antes, la gente se quejaba. Ahora, se lamenta. Antes, mis compañeros oían mis problemas. Ahora, los compadecen. Por alguna extraña razón, existe la creencia en que ante cualquier abuso de la patronal no queda sino agachar la cabeza, porque ya no se piensa en la posible respuesta por parte de tus compañeros. El trabajador se siente sólo y eso le hace comportarse más cobardemente, lo cual, al final, perjudica al grupo.


Investigar la causa es lo más interesante. Detalles como el que las familias están más endeudadas que nunca tal vez nos den la pista. Antes, no era agradable estar todo el día en casa y no tener para los filetes de ternera, pero siempre podías recurrir al tío que traía comida del pueblo, o a la solidaridad de tus amigos para una buena cena. Ahora nadie estaría dispuesto a pagarnos una letrita de la hipoteca. Tener que pagar una casa es mucho más gravoso que preocuparse por la comida. Se puede pasar hambre, pero no vivir sin un techo.
Y entonces, llegamos a esas situaciones que no hacen sino perjudicar a los pocos que se mantienen inflexibles al abuso.
En mi trabajo lo normal es hacer horas extra de motu propio. Se ha llegado hasta tal punto el yugo laboral que el propio trabajador entiende que la empresa va mal, y se siente culpable por no ser capaz de realizar todo el trabajo que se le encomienda.
No es capaz de pensar que tal vez la empresa, siempre generosa, se está ahorrando el contratar a otra persona con el trabajo extra que él está haciendo, y no es la ineptitud del trabajador lo que le hace ser incapaz de realizar la tarea en la jornada completa, sino la tiránica asignación de carga de trabajo por parte del empresario.
Esas horas extra, ni que decir tiene que no son pagadas. Ya nadie se preocupa de reclamarlas, pues están habituados a que sea así, las horas extra no son remuneradas, porque estamos en el país de la triquiñuela y tenemos bien claro que las leyes están para no cumplirlas, aunque el mundo sería mejor si todos las cumplieran.
Al margen de todo eso, quiero llamar la atención sobre los pocos que realizan su horario establecido. Sin doblegarse ante la cobardía empresarial y ese sentimiento de culpabilidad que generan en algunos trabajadores y que les hace trabajar más, sin que nadie se lo diga implícitamente. Y es que en cierto modo, el mismo trabajador no esté seguro si lo que está haciendo son horas extra o no. Estos pocos trabajadores sensatos, o más bien temerarios, se arriesgan al despido con su actitud, pues ante habilidades laborales iguales, el jefe siempre elegirá a aquel que regale su tiempo a la empresa. Además, el que se mueve en el marco legal está resultando una mala influencia, si es minoría, en los obedientes empleados, influencia que puede ser cortada de raíz. Un despido ante un trabajador puntual reafirmará la actitud sumisa de los trabajadores voluntarios.
Pero para colmo de males, los trabajadores, a veces, ven con malos ojos a los que no se quedan en horas extra, pues saben que, en cierto modo, el retraso de la empresa se acentúa con la actitud de ellos, pues a veces les tocará hacer en esas horas extra el trabajo del desertor, lo que les hace sentir, finalmente, que este es un insolidario.
El círculo entonces se cierra. El empresario, sin abrir la boca, ha sido capaz de convencer al trabajador de que hay que hacer horas extra porque, si no se hacen, amén de arriesgar el futuro de la empresa, estamos perjudicando a los compañeros. Estando entre la espada y la pared, el juego está servido, pues nadie estará dispuesto a cambiar las cosas, solo.
Personalmente creo que hay que salir de esta espiral en sentido inverso. Partiendo del hecho de que tengo un horario que cumplir, si alguien se extralimita me está dejando en mal lugar, está fomentando mi despido, mi mala imagen. Me está perjudicando. Pero no puedo despedirlo, porque no soy el jefe, y no puedo ponerme en huelga, porque no trabajo para ellos.
Mi única posible forma de salir del círculo es con las palabras, y tal vez ni aún así haya sido capaz. Pero salgamos de esto. Cambiemos las cosas. Seamos solidarios, en el sentido correcto.
[Primera vez publicado el 2004-02-03 23:18:20]

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3 comentarios sobre “La solidaridad mal entendida”

  1. Tienes toda la razon, nosotros por lo menos recordamos las peleas que tuvieron nuestros padres para hacer valer sus derechos.. imagina nuestros hijos que ni siquiera tendran eso.
    En la universidad a mi me hacen cursos de administracion de empresas, recursos humanos y todas esas cosas, donde al final te enseñan a manipular las mentes de los trabajadores para que se saquen la cresta por la empresa recibiendo lo menos posible.. asi la empresa generara mas utilidades… es un asco.
    Espero que en un par de años no puedan lavarme el cerebro y cuando salga al «mundo laboral» no me deje pisotear, ni tampoco ayude a pisotear a otras personas
    NaDa

  2. Es curioso. Así como lo presentas, podría parecer un panfleto obrero de hace un siglo. Reconozco que he cambiado de bando, pero después de 8 años de experiencia laboral varia (en uno y otro bando), estoy casi convencido de que en España (en comparación con otros mercados laborales que conozco de cerca, y he incluso trabajado en ellos), la norma es que el trabajador no cumpla con las horas de trabajo que establece su contrato. Lo cual no quiere decir que no salga tarde, ni que parezca que hace horas extra.
    Simplemente, no trabaja todas las horas que dice trabajar, y las que trabaja suelen ser menos de las 40 horas estipuladas en su contrato. Exceptuaría quizá, en esta «falsa» estadística que me he sacado de la manga, puestos de trabajo puntualmente reconocidos con altas prestaciones económicas, como suelen ser directivos, brokers o consultores de alta cualificación.
    [Comentario zrubavel: Obviamente no solo estamos en profesiones diferentes, sino totalmente disjuntas. Quizás pequé de ingenuo al generalizar demasiado. Pero la situación que cuento es más común de lo que quizás piensas.]

  3. Hombre, está claro que cada cual puede conocer sólo unos pocos casos de cerca. Y por pocos me refiero a pocos, en comparación con la «generalidad».
    Hay dos tipos de puestos de trabajo. El que aporta valor a la empresa en función del tiempo trabajado, y el que aporta valor en función de los objetivos obtenidos. En el primer caso, se encuentran casi todos los trabajos manuales, burocrácticos y repetitivos. La mayoría de los trabajos, por cierto. Desde un contable, hasta un operario de fábrica, pasando por un informático (exceptuando el caso raro de informáticos en proyectos punta de i+d). Si estos puestos de trabajo no cumplen con su horario, están haciéndole perder dinero a su empleador.
    En el segundo caso, se suelen encontrar los comerciales, los directivos y los creativos. En estos casos, podrían no cumplir su contrato (basado en horas laborales, también), y sin embargo, exceder las expectativas de la empresa.
    En el primer caso, la única forma de medir el «contrato» (el acuerdo de intercambio de valor) es casi en función de las horas trabajadas. E insisto, mi percepción es que la mayoría de las personas «defraudan» a la empresa. Yo también te pido que lo pienses y lo reflexiones. Observa a tu alrededor, y cuenta las personas que trabajan contigo y cumplen sus horarios. Dedícale un día al control horario: cuando llegan, cuando se van, lo que hacen (si tienes control visual sobre sus tareas). Y verás que la mayoría no llega a sus 8 horas. Y casi todos salen más tarde de lo debido.
    Siempre he admirado y apoyado a los trabajadores que cumpliendo con sus objetivos y con su jornada laboral se niegan a hacer ni una hora extra sin causa «realmente» justificada. Esos son los trabajadores buenos, los que están seguros de sí mismos, de lo que hacen, y no necesitan hacer horas extra para «simular» que trabajan mucho. A los que siempre he apoyado y a los que siempre apoyaré.
    [Comentario zrubavel: Aprecio en mucho tu comentario. Te considero una persona cuya opinión tiene mucha validez y por eso, antes incluso de responder, he tratado de ponerme en tu situación. Este segundo comentario es muy interesante. Daría para hablar durante horas. En resumen, decir que entiendo tu indicación. Soy muy observador y veo día a día las mil triquiñuelas (entrar a las 9.20 para salir a las 19.15 y quedar bien. No fichar a la hora de la comida. Hacer como que trabajo y estar en internet.) Todo eso es verdad. Lo que deteriora el medio de trabajo es, por un lado, que estas personas compensen ese tiempo ocioso con «horas extra» que hacen quedar mal a los compañeros. Y por otro la nefasta gestión de los directivos. Y es que el cáncer del mercado laboral español son sus jefes, que no tienen ni idea de las labores directivas. La mayoría de la gente tiene muchos ratos muertos porque los jefes no saben cuánto tiempo se necesita para realizar una tarea y no planifican la carga de trabajo, habiendo días de sobrecarga y otros de total inactividad. Eso si que es destruir la productividad.]

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