Las cuentas del collar

Mi primer contacto con el mundo de los emprendedores tuvo lugar cuando tenía doce años. Mi madre era de profesión sus labores y mi padre trabajaba en la construcción. Era la época en que te pagaban en un sobre, sobre que pasaba antes por el bar que por casa.
Un día llegó mi padre con la buena nueva. El descubrimiento provenía de mi tía, siempre atenta a las nuevas oportunidades de ganar dinero que ofrece el mundo moderno. Había conseguido contactar con una empresa que se dedicaba a la bisutería y que ofrecía un trabajo tan sencillo como es engarzar cuentas en un collar.
Cómo había dado mi tía con esa empresa es una historia que prefiero no conocer. Pero de inmediato se puso en contacto con sus familiares y amigos. Era un trabajo perfecto para realizar desde casa en los ratos libres. Un complemento al sueldo que podía hacerse hasta mientras uno estaba sentado en la taza del váter.
Pero lo mejor de todo y lo que lo convertía en el trabajo perfecto es que podían hacerlo por igual mujeres y niños, sin importar la edad. Es más, los niños cuanto más pequeños más habilidad demostraban con los collares y conseguían completar más piezas en menos tiempo. En la época de las familias numerosas, era una oportunidad que no se podía desaprovechar.
Toda mi familia estaba excitada con la noticia. En mi casa no cabíamos de los nervios esperando a que nos llegara la caja con las piezas. En cierto modo estábamos subcontratados, porque el contacto con la empresa de bisutería era nuestra tía y ella sería la que entregaría todas las piezas completadas. Al ser de la familia, no se lucraría cobrando una comisión pero tendríamos que informarla en todo momento de nuestros progresos.


Finalmente llegó el envío y toda la familia se puso manos a la obra en un trabajo que nos sacaría de pobres. Quizás la primera hora de trabajo fue la más feliz de la existencia de mi familia. Nunca habíamos pasado juntos en armonía y tranquilidad tanto tiempo. Teníamos un objetivo común, éramos una especie de empresa familiar de las que se ven en las películas. Mi madre dejaría de ser sus labores para ser una burguesa acomodada. Mi padre nunca soñó con dejar su trabajo sino con la posibilidad de romperle la cabeza a su jefe sin tener que mendigar después la vuelta a la empresa. En fin, una fantasía láctea más.
Si virtudes tengo pocas, uno de mis mayores defectos es la falta de habilidad manual. Por ello fui el último de la familia en terminar su primer collar. Cuando montas una empresa, tu primer sueldo debe saber a gloria, a dinero pagado directamente por Dios. Así se sentía cada uno de nosotros al colocar ante sus ojos su primer collar completo. El primer dinero ganado honradamente antes de los dieciséis años. Una carrera vertiginosa hacia el éxito nos esperaba.
Cuando tardas una hora en montar un collar, porque eres un manazas, te da tiempo a pensar en muchas cosas, entre ellas a hacer cuentas. Mientras los demás se compraban el coche yo estaba pensando en sueldos por horas, por días y por meses. Aunque mi caso era de una lentitud patológica y con el tiempo se mejoraba mucho la velocidad, como mucho podrían hacerse cuatro o cinco collares por hora. Un prodigio de la naturaleza quizás podría llegar a los diez collares. Pero nunca más que eso.
Mientras los demás se reían de mi tardanza les expliqué lo que había pensado. Diez collares por hora, por doce horas de trabajo serían ciento veinte collares al día. Por treinta días del mes sólo serían tres mil seiscientos collares mensuales. Si lo multiplicamos por el precio de cada collar – seis céntimos de euro. Llegábamos a un total de doscientos diecisiete euros mensuales. Esto suponiendo un escenario de dedicación exclusiva al mundo de la bisutería.
Alguno acabó de asimilar la información mientras terminaba su segundo collar. Nadie empezó su tercero con ilusión y el que completó un cuarto afirmaba que era porque la tarea le resultaba entretenida. Nadie intentó hacer un quinto collar y la aventura empresarial de mi familia acabó el mismo día que comenzó.
Los collares eran horrendos. Nadie quiso guardarse siquiera uno. Ese mismo día gastamos más dinero en teléfono que el que ganamos con los collares. No sé si mi tía llegó a completar un pedido de collares. Mi tía había sido estafada. Muchos años después me dió por investigar sobre estos timos, que proliferan por periódicos y ahora incluso por la red: lectura de emails ( negocio que se ha acabado convirtiendo en click fraud), cadenas de ventas piramidales, blanqueo de e-dinero enmascarado en un trabajo, cultivo de setas en casa, engarzado de collares y montaje de bolígrafos.
En un mundo en que existen máquinas capaces de pelar una gamba o rellenar una aceituna con un pepinillo, es un poco ingenuo pensar que se necesita de la intervención humana para fabricar un collar de pacotilla. La estafa consiste en que tú compras los materiales, a un precio más o menos competitivo y luego tienes que preparar un pedido – de dimensiones gigantescas – que si alguna vez consiguieras completar, la empresa que prometió su recompra a un precio estipulado no moverá un dedo por pagar, puesto que los gastos de envío le supondrían más dinero que el propio coste del producto.
La magia de esta estafa surge de la desesperanza del estafado que, siempre antes de completar el pedido, se acaba dando cuenta de que aquello difiere en poco al trabajo de Sísifo. Así, aún le da para hacer un poco de marketing y aumentar la cadena de estafados entre familiares y amigos.
De esta historia aprendí muchas lecciones. La primera fue que no debes fiarte de las cuentas que hagan los demás, porque la mayoría de las veces no habrán hecho ninguna. La segunda fue la de que nadie da duros a cuatro pesetas. La tercera fue que un negocio que sea fácil nunca será un buen negocio. La cuarta – la que más firmemente se asentó – es que mi tía era idiota.

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7 comentarios sobre “Las cuentas del collar”

  1. Pobre tía, la engañaron como a una china.
    Esto me recuerda a una amiga de mi madre, que trabajaba desde casa fabricando piezas y yo sentía mucha envidia, porque también quería forrarme con ese trabajo tan cómodo que le permitía ver el culebrón mientras ganaba pasta. Todavía sigo soñando con un trabajo tan idílico.
    Desconocía que con este tipo de cosas también se tima a la gente. Confirmando el refrán, voy a acostarme con algo nuevo aprendido.

  2. ¿Y todavía piensas que sacaste poco provecho de los collares? ;-)
    Lo que yo no conocía es el ‘timo de las setas’. Sé que se venden unos kits para cultivarlas ‘de forma casera’, y si tienes un espacio adecuado, se puede sacar una mini-cosecha para consumo propio. Pero no sabía que hubiera nadie vendiendo humo con ese tema…

  3. Tengo que mencionar una excepción a la regla, y es que mi madre y yo sobrevivimos una buena temporada haciendo correas de relojes. Aún me acuerdo del empresario suplicándonos que no lo dejáramos, cuando llegó la hora de buscar otra cosa.

  4. No sé si viene muy a cuento pero se me ha venido a la cabeza la historia de mi chica y los níscalos.
    Ella es de un pueblo pequeñito de Soria al borde de la despoblación y su infancia en el seno de una familia de agricultores de subsistencia fue muy humilde.
    Pero una vez al año después del verano brotaban los preciados níscalos y todas las mujeres del pueblo se dedicaban exclusivamente a su recolección. De repente y durante un mes o dos las familias recibían una importante inyección económica, con la ventaja además de que era un dinero ganado por ellas, que lo suelen administrar con más cabeza.
    Los primeros frigoríficos, lavadoras y planchas eléctricas llegaron al pueblo perdido gracias a ese regalo de la naturaleza.
    Aún hoy cuando paso por allí en temporada de setas observo divertido el celo con el que las sorianas guardan el secreto de los mejores lugares para encontrar el manjar y como sacan quilos en el mismo sendero en el que yo torpemente he encontrado uno o dos níscalos.

  5. Lo último que se tiene que hacer, después de coger un montón de rebollones de un pueblo perdido de la sierra, es fardar de ello ante los paisanos mientras almuerzas en el bar del mismo pueblo.jejejeje

  6. No, si ya te digo que yo no pillo casi ninguno, más que fardar prefiero esconderme para no hacer el ridículo ;-)

  7. Alguien le dijo a mi madre k si criaba un cerdo lo podria vender y ganar algun dinerillo.Lo compro yo me encargue de criarlo
    Resultado, apenas se gano dinero lo justo para comprarle a mi hermano un abrigo y siempre me preguntado por k no se me compro a mi el dichoso abrigo

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