Las colas de Madrid

Esta es la segunda entrega sobre Madrid. Tras haber criticado los bares de Madrid, ahora toca hablar de las omnipresentes colas.

Por qué no me gusta Madrid. Las colas de Madrid.

Madrid, y la gente que lleva tiempo viviendo en la ciudad siente fascinación por las colas o filas. Hasta tal punto que su forma de respetar los turnos y aguantar estoicamente la espera es muy superior a como sucede en otros lugares del mundo.
Llegaba una exposición sobre Egipto a Madrid. No era nada del otro mundo, apenas si mostraba un templo egipcio. Pero en televisión y radio lo dijeron bien claro: había colas de más de dos horas para ver dicha exposición.
Fue entonces cuando dieron la puntilla. A partir de ese día, las colas eran simplemente imposibles. Hasta el día de su retirada fue imposible asistir a la exposición, había llenos absolutos día tras día. Mientras, un templo egipcio auténtico, el templo de Debod, se marchita junto al Parque del Oeste. Puede que sea el monumento madrileño menos visitado de la ciudad. A nadie le interesa el arte egipcio.
Situaciones como esta, ocurren a menudo. Mucho público sólo asiste a los musicales que tienen varios llenos seguidos. Si la entrada es fácil de conseguir, no se compra. Mejor el estreno a superpantalla gigante del Star Wars, en los gigantescos cines Kinépolis, a verla unas horas después, en segunda sesión. En casos como este, se puede pensar que el esfuerzo merece la pena. Pero el que no sea de Madrid no se imagina las filas que se montan. Pueden ser miles de personas, y tener la casi certeza de que para muchos de los que esperan no quedarán entradas.

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Malcom Gladwell

Malcom Gladwell es un periodista sublime. En su página web, además de un blog y publicidad sobre su libro, pueden leerse algunos de sus artículos publicados en The New Yorker.
Son sencillamente fantásticos. The Ketchup Conundrum, sobre el negocio de la comida que se vende en los supermercados – tema que me fascina – centrándose en las salsas, y concentrándose en el ketchup, es una de las mejores lecturas que he encontrado en los últimos años. Una obra de arte en el estilo, la capacidad de expresión y de ofrecer datos interesantes y bien relacionados.
Algunos otros de sus artículos de la sección “The New Yorker Archive” son también excelentes. Este artículo sobre las medidas sociales a tomar con los mendigos es prodigioso. En realidad, abarca diversas problemáticas para finalmente meter los dos pies en filosofía de las matemáticas, demostrando que la distribución matemática Normal no es tan normal como se debiera pensar. Más complejo de lo que pueda imaginarse, pero tan bien expresado que se hace entendible. Una lectura recomendada para quienes tengan ganas de emociones fuertes y se atrevan con textos sustanciosos, de los que llenan.

Los bares de Madrid

Este es el primero de una serie de artículos sobre mi opinión personal de Madrid, sobre que es lo que no me gusta de esa ciudad. A quien le parezca un tanto negativa, debe tener en cuenta que sólo hablaré de lo malo, así que cuanto más negativa resulte, tanto mas logrado resultará el artículo. El que quiera saber de las maravillas de Madrid no tiene sino que visitar las páginas de las oficinas de turismo de la ciudad.
A los que concluyan con un “pues si no te gusta vete”, les agradecería que razonaran un poco más sus argumentaciones.
La idea no es otra que hacer una llamada a la cordura ante como hacemos algunas cosas en mi ciudad. Y es que falta hace. Hay quienes ni se habrán dado cuenta de que muchas de estas cosas no son normales, aunque ocurran a diario.

Por qué no me gusta Madrid. Los bares de Madrid.

Cuando pienso en por qué no me gusta vivir en Madrid, lo primero que se me viene a la cabeza son sus bares. Son la antítesis de lo desable, y aún así, tienen alguna fama de buenos.
I) Los churros
Si para desayunar te pides unos churros, o unas porras – productos madrileños por excelencia – no esperes que te los sirvan calientes. No es porque sepan mejor fríos, sino porque existen dos opciones:
a) Que el bar compre los churros de fuera. En tal caso, vienen ya hechos y tal cual te los servirán. Cuanto más tardes en pedirlos, menos frescos estarán.
b) Que el bar cocine sus propios churros. Pero lo hace bien temprano, por la mañana. Cuando tu vas a por ellos, ya tuvieron bastante tiempo para reposar.
En ambos casos, te estás tomando algo de forma distinta a como debiera saber. Porque los churros se han de comer calientes, igual que el café debe ser caliente – con la excepción del café frío con hielo, o los refrescos que son fríos y el cocido caliente. Que en la mayoría de los bares sirvan los churros fríos no significa que esto deba tolerarse como natural. Existen lugares en el mundo donde te cocinan los churros cuando los pides, aún a riesgo de tener que tirar masa que se quede fría.

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Sealand

Una de las medidas protectoras que el Reino Unido estableció para defenderse de las agresiones de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, fue la creación de unas bases protectoras, establecidas en el mar, en las proximidades de sus principales canales navegables. La idea era evitar que los alemanes penetraran y pudieran minar los canales de los ríos Támesis (en la costa este, que trascurre atravesando Londres) y Mersey ( en la costa oeste y desembocando en Liverpool).
Así, decidieron crear unas torres con equipamiento de detección marítima y aérea. Resultaba más barato realizar una construcción temporal y tener una dotación al cargo que fletar un barco. Además, era más seguro para los tripulantes ya que un barco puede hundirse con relativa facilidad, pero las torres estarían ancladas sobre bancos de arena.
Estas torres se llamaron Roughs Towers, o también Maunsell Sea Forts.

Las torres se construyeron con relativa facilidad. Estaban provistas de radares, generadores eléctricos y depósitos para agua y comida, pero también de fuego antiaéreo y armamento convencional. Fueron creados en tierra y transportados con tres grandes remolcadores, con todo el equipamiento y la tripulación, para que, una vez fueran anclados, estuvieran funcionando inmediatamente.
La ubicación, en las proximidades de los ríos antes indicados, implicó que algunas de ellas estuvieran en aguas internacionales, aprovechando la existencia de ciertos bancos de arena, donde se podían fijar estas estructuras. Se encontraban hasta a unos 10 kilómetros de suelo británico.
Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, las torres fueron perdiendo su utilidad, hasta ser desarmadas y el personal que las atendía, retirado, en 1956.
No sería hasta 1967 cuando la existencia de una de estas torres ocuparía un lugar destacado en la Historia. El 2 de Septiembre de 1967, Paddy Roy Bates, un ciudadano británico, antiguo oficial del ejército, junto con su familia y algunos colaboradores, ocupó una de estas torres. Su idea era más o menos simple: montar una emisora de radio pirata, Radio Essex, sin que el Gobierno Británico pudiera meter las zarpas.
Ya en 1965 había ocupado una torre, en el estuario del Támesis, pero el gobierno le dió un toque de atención, ya que esta se encontraba en el espacio de las aguas territoriales británicas y su actividad era ilegal. Se mudó a otra torre, más alejada y en aguas internacionales. Así que de paso, reclamó la soberanía del espacio que ocupaba, dándole el nombre de Sealand.

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Variaciones históricas de la belleza

I
La corbata, otrora signo de distinción, al presuponer profesiones serias y mejor remuneradas, es hoy, en general, un símbolo de pobreza. Corbata lleva el Director General de Telefónica, pero también los comerciales de Tecnocasa, los vendedores de ADSL a domicilio y los informáticos que se hacinan en crucetas con horarios intempestivos y sueldos de muchos ceros y pocos unos. Los profesionales liberales y los directivos de nuevas empresas pueden llevar un buen traje, pero a su elección queda el ponerse la corbata o no. España, país de empresarios burdos, que firman sus contratos verbales en la barra de un bar o en un prostíbulo de carretera, es un país donde tener corbata es cada vez más, síntoma de sumisión a un sueldo escaso. Una clara muestra de penuria económica.

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Miss Canadá

En 1992, Canadá decidió retirar el concurso de Miss Canadá. Aunque en un principio se afirmó que las causas eran éticas – para dignificar el papel de la mujer y eliminar una competición que pudiera resultar “sexista y propia de otra época”, a consecuencia de las presiones de las asociaciones feministas – las verdaderas causas fueron las de siempre. El montaje del concurso sobre la televisión era demasiado caro y no salía rentable.
Así la última Miss Canadá fue Nicole Dunsdon. Puesto que el título “Miss Canadá” es una marca registrada, ninguna persona pudo asignarse dicho título con posterioridad a esa fecha. Ante la necesidad de enviar a una representante al concurso de Miss Universo, en el 2003 se creó el título paralelo de Miss Universo Canadá, que sólo sirve como prueba clasificatoria para la competición mundial.
Tan sólo dos años después, la ganadora de Miss Universo Canadá, Natalia Glebova, de origen ruso, venció en el título mundial, convirtiéndose en Miss Universo 2005.

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Lugares democráticos

Algunos de mis compañeros de colegio acabaron visitando la cárcel con frecuencia. Algunas de mis compañeras fueron prostitutas durante un periodo de tiempo. Gracias a Dios, le perdí la pista a muchos de ellos. También tuve algún compañero que acabó como economista o biólogo o profesor o músico pop de tercera categoría.
El siguiente paso educativo, esta vez por el instituto, me permitió conocer a gente que acabó como ama de casa, alguna modelo, dependientes en tiendas, pero sobre todo muchos futuros universitarios.
En la universidad, conocí sobre todo a gente que estudiaba lo mismo que yo, técnicos que acabaron de profesores, de programadores, trabajando para bancos.
Conforme va uno avanzando en la vida, el círculo se va estrechando. Cuando menos preparado está uno para conocer a personas diferentes – en el colegio – es cuando se tropieza con las personas más difíciles que probablemente encuentre a lo largo de su vida. Según se adquiere experiencia en el trato, se pierde la necesidad de conocer a gentes totalmente diferentes a nosotros. Al final, se encuentra uno con un círculo bastante cerrado, en que casi todo el mundo trabaja en casi lo mismo.
Los amigos que se distancian de mi rutina habitual se acaban difuminando, y el contacto poco a poco se va perdiendo. El que vive lejos se queda en un triste email anual. El que no tiene los mismos horarios, no existe.
Por eso, cuando estoy en según que lugares, me doy cuenta de lo poco democrático que son los lugares que solemos visitar a diario. Como en restaurantes que económicamente puedo permitirme. Por eso no me encuentro a famosos de la televisión, pero tampoco a quinceañeros o a pensionistas. Cuando voy de vacaciones, acabo en destinos de clase media. Ni me degrado en Benidorm, ni me explayo por la costa oeste de Canadá. Incluso mis compañeros de trabajo son, en su mayoría, de la misma clase social que la mía, muchos comparten aficiones, problemas y sueldos.

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Vimy Memorial

Canadá, ese gran país donde nunca ocurre nada, fue en parte territorio francés, desde la “conquista” de América por los europeos hasta la independencia total de dicho país.
Hoy en día, es Canadá quien posee una pequeña parte de Francia. Francia, en agradecimiento a Canadá por su implicación en la I Guerra Mundial, le regaló a perpetuidad un terreno de, aproximadamente un kilómetro cuadrado, en las proximidades de la ciudad de Vimy.
En dicho terreno, Canadá erigió un monumento en memoria a las víctimas de la guerra, el Vimy Memorial.
Aunque la entrada al mismo es gratuita, los beneficios obtenidos por la venta de souvenirs, van exclusivamente a las arcas canadienses. Actualmente, el monumento está en proceso de restauración y no podrá ser visitado hasta Abril de 2007.
La pertenencia de un territorio tan grande, dentro de un país históricamente tan importante como Francia, a otro que fue colonia suya, sin que este haya sido comprado, es quizás una situación única en el mundo actual.

Historia de una moneda

En un bar de carretera, al poco de llegar a Gran Bretaña, me dieron varias monedas en la vuelta.
Al día siguiente, aún no lo suficientemente familiarizado con ellas, me di cuenta de que me habían engañado – deliberadamente o no. Entre una de las monedas, había una de un Gulden de 1980. Al examinarla superficialmente, su parecido con la moneda de 10 peniques es sorprendente. Tienen casi el mismo diámetro, altura y peso. Cualquier máquina dispensadora no distinguiría la diferencia.
Mi primera reacción, como la de cualquiera que se tropieza con la falsa moneda, es la de quitármela de encima lo antes posible. Sin embargo, luego reflexioné sobre dicha moneda y cambién de opinión.
El 1 de enero de 2002, además de desaparecer la peseta de España, en favor del euro, en otros tantos países de la zona Euro se produjo un reemplazo similar. En el caso de Holanda, la moneda que desapareció fue el gulden. Aunque aún puedan canjearse monedas de Gulden en el banco central holandés, dicha moneda ya no es de curso legal.
¿Fue el cambiazo deliberado? Es conocido que hay una moneda tailandesa que tiene tamaño y forma muy similares al euro. Lo mismo ocurre con la nueva lira turca y la de dos euros. En ambos casos, la moneda extranjera es mucho más barata que la española y cualquiera que se muestre habilidoso dando cambiazos puede ganar mucho dinero. No ocurre asín con el gulden. Una moneda de un gulden equivale a unos 0,45 euros. Una moneda de 10 chelines británicos equivale a unos 0,14 euros. Así, puede decirse que salí ganando con el cambio.
¿Cuándo llegó esa moneda a las islas británicas? Cuesta pensar que lo hizo con mucha posterioridad a la desaparición del gulden. En el beneficio de la duda, digamos que lo hizo el mismo enero de 2002. Desde entonces, hace de ello más de cuatro años, la moneda ha estado cambiado de manos, sin cesar. Cuatro años de ininterrumpidos bandazos y viajes. Con una historia tan apasionante, no podía dejar pasar esa moneda. Hoy, tras su ajetreada vida, descansará para siempre en mi casa, en España.