Uno de los mayores criminales de la Alemania nazi fue Josef Mengele. Recordado como el Ángel de la muerte, fue uno de los muchos médicos encargados de decidir, en los campos de concentración, qué prisioneros había que matar y cuáles emplear como esclavos. Lo que le hizo destacar entre tantos otros fueron sus macabros experimentos en que usaba a seres humanos sin ningún tipo de escrúpulos.
La mayoría de los experimentos acababan con la muerte de los prisioneros, tras grandes sufrimientos o tras atravesar una enfermedad contagiada a propósito para investigar posibles curas.
Un detalle más o menos extenso de sus investigaciones puede leerse en la página de la Wikipedia. Mucho se ha hablado sobre este criminal, pero dejando los sentimentalismos un poco de lado, uno de los mayores dramas es que sus experimentos no sirvieran para nada.
Sí, es trágico que un tipo mate a cientos de miles de personas, pero más trágico es que esa muerte resulte gratuita. Los soldados franceses de las trincheras, en la Primera Guerra Mundial, caían a decenas de miles, pero al menos detenían una bala, dificultaban un poco el avance de los alemanes, obligaban a aumentar la producción armamentística. Sin embargo, las investigaciones de Mengele no tuvieron utilidad alguna. Al tratarse de un médico mediocre, no pudo aprovechar sus barbaridades para descubrir la cura a una enfermedad, para avanzar en el conocimiento del cuerpo humano, o simplemente para preparar el camino a otros.
Sus fijaciones eran ridículas: los enanos, los gemelos, la noma, una enfermedad infantil que sólo se contrae bajo situaciones de grave desnutrición y sistema inmune bajo mínimos, situación que prácticamente no se daba fuera de los campos de concentración.
La manera de llevar los experimentos era arbitraria, la abundancia le llevaba a usar sujetos casi sin preguntarse primero a dónde llevaría la prueba que pretendía realizar. Uno de sus experimentos trataba de cambiar el color de los ojos de las personas, inyectando sustancias químicas. ¿Qué utilidad puede tener cambiar el color de los ojos? En otro experimento, buscaba reunir los cuerpos de los gemelos, cosiéndolos espalda con espalda.
Lo suyo más que experimentación eran macabros juegos de una mente enferma que se vestía con una bata blanca. Sacar un nuevo medicamento requiere entre diez y quince años de preparación, principalmente porque antes de darle un potingue a un ser humano hay que estar bastante seguro de que aquello funcionará o al menos no producirá ningún daño. Si Mengele se hubiera dedicado a investigar con medicamentos, al menos, a pesar de entrar en el podio del infierno, podría decirse aquello de que no hay cosa tan mala que no sirva para algo. En su caso sin embargo, nos topamos con uno de los peores individuos de la Historia, infinitamente peor que Hitler. Nada peor que ser malo e idiota al mismo tiempo.
Año: 2006
El quinito
El juego del quinito es más bien simple. Se juega entre varias personas. Una de ellas comienza lanzando dos dados y dice, sin mostrar, la puntuación obtenida. El siguiente jugador debe elegir entre afirmar que el jugador anterior mentía ( y mostrar su jugada ) o tirar a su vez para tratar de mejorar la jugada.
Pierde el jugador que no supere la tirada de su rival, ya sea porque mintiera en su resultado y el siguiente jugador levante su tirada, descubriendo la mentira , o porque levante la tirada del rival y se demuestre que aquel había dicho la verdad.
El juego es sencillo y más bien aburrido. Pero gusta mucho a la gente, sobre todo porque a veces se utiliza para los consabidos juegos de botellón en el que pierde, tiene que beber una copa.
La dinámica del juego me recuerda al comportamiento de los inversores en un mercado regulado y especulativo, como el de la vivienda en España.
El primer jugador tiene una casa que, digamos, le costó barata a 100.000 euros. Para obtener algún beneficio, decide venderla por 110.000 euros.
El siguiente jugador tiene que pronunciarse sobre esa casa. Puede comprarla al precio que oferta su compañero, o decidir que es demasiado cara y, apostar a que su rival ha pedido un precio muy alto y no comprar.
En la siguiente transacción, por fuerza hay que poner un precio más alto. Digamos ahora que la casa se vende por 130.000 euros. El próximo jugador lo tiene más difícil como para pensar que podrá comprar por ese precio y vender en el futuro por una plusvalía. La actitud equivalente a “tirar los dados de nuevo” sería comprar esperando vender por más. La actitud de “levantar la tirada” sería esperar sin comprar y demostrar que, con el paso del tiempo, el ahorro podría ser mayor.
Por supuesto, llega un momento en que la casa que, inicialmente costó 100.000 euros, ahora cuesta 250.000 euros. Resulta impensable que alguien pueda comprarla por ese precio y venderla obteniendo algún beneficio, pero que se lo digan al segundo jugador, que ya tuvo sus dudas a la hora de comprarla por 110.000 euros y se ha demostrado que optó por la decisión correcta.
La piel del oso
Los medios de comunicación, esa fuerza bruta que rige España desde la sombra, dan por hecha la victoria de Fernando Alonso en el Mundial de Fórmula 1.
Para que esta no ocurriera, Schumacher tendría que ganar la carrera de Brasil y Alonso no puntuar, lo que presumiblemente se traduciría en que este abandonara durante la carrera.
Nadie da un duro porque esto ocurra. De hecho, es muy improbable. Pero no tanto como se piensa. Pensaba realizar un cálculo de estadísticas; tanto Alonso como Schumacher han abandonado en varias carreras de este mundial. Aún cuando el piloto español tuviera apenas que mantenerse sobre el coche, este no es un deporte de ponerse en la derecha y dejar que los demás te adelanten. Da igual que tengas que ganar o no, hay que darlo casi todo en casi todo momento.
Sin embargo, mejor que embarullar dando números, hay una medida más eficaz de la probabilidad: las casas de apuestas.
Ahora mismo, si uno quiere apostar su dinero a que Schumacher ganará el mundial, o sea, a que ocurrirá la carambola antes citada, podrá ganar ocho euros por cada uno que apueste.
Sin embargo, hay otros muchos sucesos que se nos antojan probables y que las casas de apuestas entienden como más remotos. Sirva de ejemplo el partido de este sábado entre el Atlético de Madrid (esa caja de sorpresas o decepciones) y el Recreativo de Huelva.
Apostar por una victoria de los onubeses significaría ocho euros y setenta y cinco céntimos por cada euro apostado. Sin embargo, cualquier aficionado del Atlético sabe hasta que punto este resultado no es del todo improbable.
experimento milgram
Una de las historias que más se repiten por Internet es aquella de los Seis grados de separación. Se trata de una teoría científica que establece:
Que cualquiera en la Tierra puede estar conectado a cualquier otra persona en el planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cuatro intermediarios.
Páginas que se las dan de cientifiquísimas, defensoras de la verdad y adalides del progreso, dan un inusitado crédito a esta teoría. Ya en el experimento que la llevó a la fama, se demostró que no era cierta. Sólo una lectura muy parcial de los resultados, faltando a cualquier principio de la estadística más elemental, puede llevar a esta conclusión.
I
En el experimento inicial, se eligió a una persona de un estado de Norteamérica, Massachussets. Por otro lado, voluntarios de la universidad, de otros estados más alejados (Kansas y Nebraska) recibieron un paquete. Tenían que ingeniárselas para que le llegara a esa persona de Massachussets, de la que sólo sabían el nombre, la profesión y la ubicación aproximada. Para ello, tenían que entregar el paquete a alguno de sus conocidos que, pensaran, podía conocer a esa persona o disponía de más posibilidades para dar con ella. Esta persona debía, a su vez, obrar del mismo modo.
Al fin del experimento, se observó que la mayoría de los envíos que llegaban, lo hacían en cadenas de cuatro o cinco intermediarios. De ahí, el resultado de la tan cacareada teoría. La realidad es que la inmensa mayoría de los paquetes no llegaron a su destino.
Hay tantas objeciones posibles al resultado que no sé por dónde empezar. Sólo con decir que, si la persona de destino, hubiera estado en China, habría sido necesario al menos, un paso más. Sin embargo, la más grave objeción es la de entender los paquetes que no llegaron como “nulos” cuando en realidad son ceros, es decir, no son observaciones no válidas, sino que, en cierto modo, son personas que no veían forma humana en que el paquete llegara al destino. Y quizás no la hubiera en un número tan limitado de intercambios.
Despidos injustos
Como tú comprenderás, yo, a estas alturas del partido, no me voy a poner a aprender [a programar en] .NET.
Frase pronunciada por un varón, de raza blanca, de cuarenta y tres años de edad, casado y con dos hijos, de profesión informático, cuatro años antes de sufrir un Expediente de Regulación de Empleo y lamentarse de que los despidos no se hayan realizado respetando criterios como la antigüedad o lo bien que se lleve uno con los jefes, sino atendiendo a la productividad o el cociente entre sueldo y labor desempeñada.
Los escepticos
No me gusta criticar a un colectivo, primero porque suele ser fácil y gratuito, y segundo porque me se va la pinza. Lo bueno de tener una página personal es que te puedes permitir excesos, como el siguiente:
Bajo la etiqueta de “escépticos” comienzo a ver un colectivo de personas heterogéneo que se autodefinen como abanderados de la lucha contra las patrañas, la religión y las supercherías de la abuela.
Ante esta definición, me atrevo a afirmar que no son unos quijotes salvadores del mundo, sino unos abusones de colegio público. Porque en el siglo XXI, aunque sigue habiendo personas que creen en la lectura de los posos de café, en la quiromancia y en la sábana santa, son pocos y cobardes. Además, la batalla está ya ganada por parte de la ciencia, así que lo único a que se dedican es a hacer leña del árbol caído. Nunca me gustó esta gente sin escrúpulos que pega al más débil, y hoy les echaré un cable a esta panda de perdedores que son los jugadores de guija.
El primer mandamiento de los escépticos es que Dios no existe. Suele ser un punto sobre el que comenzar el derribo de los argumentos de sus rivales. Sin embargo, algunos de estos autodefinidos como escépticos suele olvidar que la existencia o no de Dios es un principio indecidible, a menos que un día aparezca un tipo de barbas blancas de diez metros de alto en el paseo de la Castellana. De lo contrario, la ciencia no puede afirmar nada sobre la no existencia de Dios – sólo puede hablar de que quizás no exista. Ese quizás no debe entenderse en términos probabilísticos, Dios existe sí o no; no puede pensarse siquiera en que es más probable que exista o que no exista.
La punta de la lanza se clava en que los argumentos que esgrimen los amantes de lo paranormal no tienen fundamento científico. Si lo pensamos un poco, es cuanto menos ridículo acusar a tu rival de que no sigue las reglas porque no sigue las reglas. Precisamente lo paranormal no suele seguir las reglas de la ciencia; en su momento las tormentas y los eclipses fueron sucesos paranormales. Cuando la ciencia fagocita un suceso, antes desconocido o inexplicado, deja de entrar en el ámbito de lo paranormal, y se realizan estudios infumables de miles de páginas que no interesan a nadie.
Primer blog comercial
Haciendo gala de una precocidad inesperada, el blog de Pixel y Dixel ha sido, con la historia del sillón de Zapatero, el primer ejemplo de aquello que conté una vez como blog comercial.
Motivaciones
Cuando uno va buscando un libro, se nos ocurren todo tipo de explicaciones que justifiquen esa búsqueda: lo necesita para un trabajo, cree que lo necesita para un trabajo, le apetece leer una novela, quiere regalar algo a un amigo. Sin embargo, la experiencia me confirma que las motivaciones pueden ser mucho más oscuras de lo que cabría esperar. Estos son dos casos reales, en que la búsqueda de un libro escapa a cualquier clasificación racional.
I
Tengo un amigo que juega al ajedrez y que guarda meticulosamente todas las planillas (la hoja en que se escriben los movimientos) de sus partidas. El principal problema está en que, la mayoría de las planillas tienen tamaños diferentes, dependiendo de la organización del campeonato.
Mi amigo tuvo la idea de usar un cuaderno escolar usado: pegaba las planillas en las hojas del cuaderno, con lo que podían leerse como en un libro. El sistema era ingenioso, pero fallaba cuando había muchas partidas, el cuaderno se iba haciendo demasiado grueso por la derecha y la parte de la izquierda, la del lomo, está a punto de ceder ante el engorde del cuaderno.
Así, tuvo una idea más ingeniosa:
Decidí que mejor que usar un cuaderno, podía usar un libro. Así que fui por las librerías de segunda mano, buscando un libro que se ajustara a mi propósito: debía ser más o menos alto, por lo menos como uno de los cuadernos. Tenía que tener buena encuadernación, a ser posible pastas duras. Muchas páginas, tantas como fuera posible. Pero sobre todo, ser barato. Así, estuve recorriendo varias tiendas, mirando a los libros como lo que son, un montón de hojas de papel, cosidas o pegadas. No me interesaba la temática, ni la calidad de la obra, sólo que fuera un libro grande y resistente. Acabé comprando una biografía de Wiston Churchill, escrita en inglés, de unas cuatrocientas páginas, encuadernación excelente, por dos euros.
Si el precio de un libro es la suma del hardware (el libro físico, lo que cueste el papel, la tinta y el cartón y su procesamiento) más software (el valor de las palabras), esa biografía de Churchill es, posiblemente, el software más barato – el peor libro – que jamás se haya publicado en buena encuadernación.
El sorteo en cricket
En el fútbol, para decidir quien comienza el partido, se lanza una moneda. El bando que acierta el resultado, elige entre sacar la pelota, o elegir el campo donde comenzar a jugar.
Esta parte del juego suele ser intrascendente, un mero trámite al que ninguno de los capitanes presta la menor atención.
Sin embargo, en el cricket, el sorteo adquiere una relevancia que merece ser explicada.
I
Los partidos de cricket antiguos duraban hasta seis días. La presión televisiva ha hecho cada vez más cortos los partidos, pero aún así suelen durar muchas horas, unas seis, y tienen paradas para tomar el té o para comer. El cricket es un juego sin apenas tensión. Es, quizás, el deporte más opuesto que existe al fútbol. Un partido de fútbol puede decidirse en un segundo, en una genialidad de un jugador. En el cricket puedes ignorar la mayoría del partido sin que suponga una gran pérdida.
Me ha parecido fascinante el cricket. Tiene una elegancia formal impropia de un deporte de masas. El fútbol, o el rugby, o el hockey, son deportes que pueden identificarse con una batalla. El cricket, por contra, lo equipararía a una guerra. Numerosas batallas, paradas, descansos para planear la estrategia, ponerla en práctica, cambiarla. Y un resultado final. Salvo que una batalla resultara decisiva – algo inusual entre equipos de fuerzas similares – el final de un partido de cricket es trepidante.
La forma de puntuar ya ha sido indicada: un equipo va sumando puntos, tantos como pueda. Esta parte puede durar varias horas, en las versiones actuales del deporte. En la segunda fase, es el equipo rival el que suma puntos, hasta llegar al final. Es como si en un partido de baloncesto un equipo se limitara a defender durante la primera parte y luego, en la segunda, a intentar anotar.
Muchas virtudes se han asociado al deporte: la fuerza, la resistencia, el trabajo en equipo, la puntería, la velocidad. El cricket es, en mi opinión, el deporte de la paciencia.
El lanzador suelta la pelota unas veinte o treinta veces, pelota que indefectiblemente es bateada por el rival. Cada vez que batea, suma algún punto. El lanzador tiene que perseverar intercalando estrategias de todo tipo, hasta lograr su objetivo, y es que el bateador no consiga darle a la pelota. Del mismo modo, el bateador tiene ante sí una tarea fácil, casi repetitiva, pero ante la que no debe confiarse. Siempre hay un momento en que el bateador comete algún error, y es eliminado.
Por ello, no debe sorprender que sea en el país inventor del yoga y la meditación donde durante mucho tiempo se haya jugado el mejor cricket: la India (y Pakistán).
Como leo
Volviendo a casa en el metro, tenía a mi derecha a una chica que leía un libro de Dan Brown – presumiblemente El código Da Vinci – y al otro lado a un hombre leyendo algún libro del Capitán Alatriste. En medio de los dos, trataba de entender el ensayo:
Rational Adversaries? Evidence from Randomized Trials in the Game of Cricket.
Nunca he sido amigo de las lecturas fáciles. En parte, porque me gustan temas demasiado variados (eclecticismo). Esto me lleva a cambiar el centro de atención demasiado a menudo. Si por ejemplo, leo una novela como Trópico de Capricornio, de Henry Miller, aún cuando me parezca soberbia, no paso a leer otro libro de Miller, o a buscar autores similares – siempre se le compara con Bukowski. Lo que hago es buscar información sobre Henri Bergson y su libro La evolución creadora, porque son mencionados en el libro de Miller.
Busco en la enciclopedia y me encuentro con que Henri Bergson era un profesor universitario de filosofía en París. Su biografía es impresionante: sus clases estaban siempre abarrotadas, los que no podían ingresar en sus cursos como alumnos, iban como oyentes. Un profesor que podría haber llenado el aforo de un campo de fútbol si le dejaran dar las clases allí. Su capacidad de expresión de ideas complejas en términos comprensibles ha sido, quizás aún no superada. Apenas si publicó cuatro libros en toda su vida, para cada uno de ellos empleo unos diez años. Recibió el premio Nobel de Literatura, en 1927, aún escribiendo filosofía: Tengo que leer La evolución creadora, de Bergson.
El libro supuso un antes y un después en el desarrollo de la teoría de la evolución; es muy denso pero comprensible. Al terminarlo no me apetece leer otro de sus grandes libros, ahora me interesa leer a uno de los detractores de la filosofía de Bergson, y me leo un libro de Wittgenstein, el famoso Tractatus Logico-Philosophicus, que a pesar de todo me resulta un auténtico peñazo y dejo por la mitad.