Realidad no virtual

Hoy fui al médico. Había una lista con nombres en la puerta. Yo tenía el número 5. Le pregunté a la gente que estaba esperando, casi nadie sabía su número.
Me senté a esperar. Llegó una señora. Miró la lista. Se sentó a mi lado. Dijo “es injusto que escriban el listado de nombres. Si no hubiera traído las gafas no podría haberlo leído”.
Me sorprendió. “¿Y la gente mayor que no ve bien?” – Continuó. – “Deberían llamar por nombre”.
Pregunté de nuevo a la gente sus números. No lo sabían. Eran personas mayores que no podían ver los nombres en el folio. Pensaban seguir el orden de llegada. Puse un poco de orden. La mujer de las gafas venía justo detrás de mí, pues tenía el número 6.
Entró la número 4 porque faltaba la persona número 3. El siguiente sería yo y luego la señora de gafas. Llegó una chica que resultó ser la número 3. Le dije que atendían a la número 4. La señora de gafas le dijo que ella pasaría detrás de mí, que era el número 5, que yo pasaría detrás de la número 4 que estaba dentro. Me costó convencerla de que era justo que pasara la número 3 antes que yo. La número 6 estaba muy enfadada. Tuve que calmarla un poco. La señora de las gafas era gitana y la número 3 era sudamericana.
Pasó la número 3, no tardó ni cinco minutos. Mientras la atendían llegó otro número 6. Resulta que la señora de gafas se había equivocado mirando su número. El verdadero número 6 era gitano y conocía de vista a la señora. No hubo problema alguno en que pasara delante de ella. Me tocó mi turno.
El médico es un lugar democrático. Estaba lleno de gente que no puede leer una hoja de papel. Nadie tiene internet. Nadie sabe lo que es la Web 2.0. Hay millones de personas que nunca han oído la palabra Google, aún viviendo en una ciudad de cuatro millones de habitantes. Ese es el mundo real.

Google es infalible


Si cuando buscas algo en Google no lo encuentras hay tres posibilidades:

  • Que no lo hayas buscado bien.
  • Que no exista.
  • Que sea culpa de que los creadores de la página no han sabido posicionarse bien para determinados criterios de búsqueda.

Pero Google nunca puede equivocarse.

Cuando recibes publicidad contextual en tu cuenta de correo pueden pasar las siguientes cosas:

  • Que la publicidad tenga que ver con el mensaje que estás leyendo, pero no te interese.
  • Que la publicidad tenga que ver y te interese, pero no tengas dinero.
  • Que la publicidad tenga mucho que ver pero no te des cuenta del anuncio.

Lo que nunca puede ocurrir es que la publicidad sea inadecuada. Ahora bien, en el ejemplo que muestro, ¿Alguien es capaz de imaginar un contexto en el que esos cuatro anuncios tengan razón de aparecer? En mi opinión al menos a tres de los anunciantes Google le ha tomado el pelo, cobrándole por la impresión de esta página.
Nota: Este artículo es del 2007, no os sorprenda que no salgan los mismos resultados para la misma búsqueda. Aunque no deja de ser válido lo dicho.

WordPerfect

Un gran problema al que nos enfrentábamos mientras preparábamos la versión de nuestro programa para PC era el encontrar un nombre nuevo para el producto. SSI*WP no era precisamente una maravilla. Me gustaba el nombre de WordPerfect, pero no encontré a nadie que me apoyara con él. El nombre se me ocurrió mientras estaba intentando aparcar cerca de las oficinas, en uno de esos momentos de inspiración del tipo ¡Ajá! Me gustaba el nombre, porque me recordaba a la expresión “letter perfect” y describía algo que era correcto palabra por palabra. Salí corriendo para la oficina, convencido de que todo el mundo se volvería loco y le encantaría el nombre, pero no le gustó a nadie.

Pasaron varios meses y todavía no podíamos ponernos de acuerdo con el nuevo nombre, así que decidimos organizar un concurso entre los empleados para darle un nombre al producto. El que diera el nombre que resultara ganador, se llevaría 100 dólares. De una larga lista de nombres presentados, cada cual tuvo que votar por sus favoritos. Word Plus y ProWrite fueron los que recibieron más votos, mientras que WordPerfect aparecía en las últimas posiciones de la clasificación. A pesar de tan pésimo resultado, puse WordPerfect en la lista de nombres que le entregamos al abogado para que hiciera una investigación de marcas registradas, sólo en el caso de que los otros nombres no sirvieran. Resultó que ya existía un procesador de textos con el nombre Word Plus, y había una impresora con el nombre de ProWrite. Como habíamos tardado tanto en dar con un nombre, no teníamos mucho tiempo para andar con cambios. En estas circunstancias, WordPerfect se convirtió en el impopular ganador. El nombre era tan impopular que, de hecho, nadie me pagó los 100 dólares del premio.

Wordperfect fue el procesador de textos por defecto, antes de que Microsoft Word se apoderara de ese preciado puesto. La historia de la compañía, desde que eran dos gatos hasta que cayó en el irremediable declive, está contada en esta página (en inglés) por uno de los protagonistas. La lectura nos retrotrae a un tiempo en el que el desarrollo de software era tan rentable que:

Aún así estábamos trabajando en unos márgenes de beneficio muy superiores a la mayoría de los negocios, incluyendo muchos negocios que son ilegales.

Y aunque por el tema parezca aburrido, es increíblemente recomendable la lectura, por la honestidad de la narración – algo infrecuente en las patéticamente épicas historias de la informática – y por lo ameno de su redacción.
Vía: Coding Horror.

Parsifal

Richard Wagner
El compositor Richard Wagner (1813-1883) pasó a la Historia por sus extraordinarios ciclos operísticos. Quizás ninguna de sus óperas pueda considerarse la mejor de la Historia. Pero en conjunto son una obra de dimensiones colosales. Especialmente su tetralogía de El Anillo del Nibelungo puede considerarse una de las creaciones artísticas más extraordinarias del ser humano.
El Anillo del Nibelungo es una serie de cuatro óperas: El Oro del Rhin, La Walkiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses. Esta serie de óperas ocupa 18 CDs en unas 15 horas de música. Richard Wagner necesitó de 26 años para componerlas todas.
La figura de Wagner no es fácil de entender hoy en día. En su momento fue un personaje famosísimo. Una especie de J.K. Rowling (la autora de Harry Potter) mezclado con George Lucas (el autor de Star Wars). Todo el mundo conocía a Richard Wagner, muchos lo admiraban y no pocos lo idolatraban. Incluso sus detractores reconocían la valía de su música.
Las óperas de Wagner destacan como obra de arte total. Normalmente una ópera es una pieza de trabajo en equipo. Un poeta escribe un libreto, normalmente basado en una historia de otro autor. El compositor le da la música a esa narración. Y el director de escena se encarga de poner a punto los decorados, el vestuario y organizar el trabajo propiamente teatral.
En las óperas de Wagner esto no ocurre. Porque Wagner hacía todo el trabajo. Y aunque esto complicaba mucho la tarea, el resultado es espectacular. Y es que Wagner era un hombre multidisciplinar. Era un gran compositor, pero también un gran escritor. Y su capacidad para la organización no era peor que sus otras cualidades. Con todo ello, sus óperas tienen algo que no tienen las de los demás: una coherencia y una integridad casi perfectas. Escribía los textos pensando en la música y la música pensando en la escena.
La temática de sus óperas era además espectacular. En lugar de románticas historias corteses, Wagner trataba la mitología germánica. Esto le daba un aire muy tipo Señor de los Anillos a sus puestas en escena: batallas y combates. Seres mitológicos, vestuario de la época medieval.
El público se volvía loco con las óperas de Wagner. Era como un director de cine moderno, pero antes de que se inventara el cine. Hacía todo lo que el medio entonces existente le permitía.
Las estrecheces económicas
Richard Wagner era un gigante que pensaba a lo grande. Sus planes eran demasiado ambiciosos para la realidad que le había tocado vivir. Aunque los estrenos de sus óperas podían ser éxitos de público, las costosas representaciones a veces le llevaban a pérdidas económicas que solventaba de la mejor forma que existía: escapando de los acreedores. Así tuvo que dejar su trabajo en Riga y moverse de una ciudad a otra.
Para colmo de males, se mezcló en política, como uno de los instigadores de una revolución en Sajonia. Aquello salió muy mal y Wagner tuvo suerte de no ser detenido, pero pasaría los siguientes doce años exiliado de Alemania, viviendo en Zurich. Estar fuera de Alemania era como no participar en el mundo de la música.
A pesar de todo, Wagner seguía trabajando en sus óperas. Y endeudándose. Tuvo sin embargo un golpe de suerte extraordinario: Maximilian II de Bavaria murió de forma repentina y subió al trono su hijo, Ludwig II de Bavaria, que contaba con apenas 18 años.
Y resultó que Ludwig II era uno de los fanes de música de Wagner y se decidió a apoyarlo hasta las últimas consecuencias. Así, lo atrajo a la corte de Munich donde el compositor dispuso de todas las facilidades posibles para estrenar sus óperas. Gracias al patronaje de Ludwig II, Wagner podría componer y estrenar sus ambiciosas cuatro óperas del Anillo del Nibelungo.
Con el tiempo el rey Ludwig II y Wagner se distanciarían. A importantes miembros de la Corte muniquesa no les gustaba la influencia que ejercía Wagner en su rey y se las arreglaron para empeorar las relaciones. Aún así, seguiría siendo un apoyo fundamental para la vida de Wagner.
Wagner no sólo se preocupaba de la música de sus óperas. Para él, la ópera era un espectáculo total y el escenario de sus óperas era una parte fundamental de las mismas. Ante la dificultad para representar sus obras en las condiciones que le gustaría, Wagner se lanzó a un proyecto aún más ambicioso: crear su propio teatro, específicamente diseñado para sus óperas.
El proyecto, que sería realizado en la pequeña ciudad de Bayreuth, trató de realizarlo mediante suscripciones populares. Pero nunca consiguió el dinero necesario a pesar de sus numerosos defensores y seguidores. Tuvo que recurrir una vez más a Ludwig II que puso el dinero necesario para la construcción de su teatro: El Bayreuth Festspielhaus.
Bayreuth
El teatro de Bayreuth, diseñado por y para Wagner, sería un portento de la tecnología teatral de la época. Las dimensiones de la escena eran muy superiores a las habituales. El espacio reservado para la orquesta estaba parcialmente oculto de la vista del público. Muchas peculiaridades específicas de Wagner se reflejarían en ese teatro creado también como todas las obras de Wagner: mientras diseñaba las trampillas estaba pensando en el uso que tendrían en cada una de sus óperas compuestas.
Era un teatro en la medida de Wagner y la representación de sus óperas. Desde entonces, tendría una marcada diferencia: podías oír Wagner en cualquier sala de conciertos, por importante que fuera o hacerlo en el teatro perfecto pensado por el compositor. La diferencia era considerable.
Parsifal
Simplificando mucho la historia, dejando detalles muy interesantes atrás, la situación económica de Wagner no mejoraba con el tiempo, a pesar de su éxito incuestionable. Aunque Wagner poseía los derechos de representación de sus óperas, en muchas ciudades los había perdido por completo a causa de sus deudas. Y constantemente recibía peticiones y demandas que mermaban su economía considerablemente. De cada euro que llegaba a sus bolsillos, los acreedores se llevaban una parte.
Wagner ya tenía casi 65 años y pensaba más en el futuro de su esposa (mucho más joven que él) y el de sus hijos. Aunque había sido capaz de darles una vida libre de preocupaciones financieras (vivían en una buena casa y podían pagar las facturas, a pesar de las deudas de Wagner) sus maltrechos derechos de composición le hacían presagiar una mala herencia para su familia.
Wagner temía dejarlos en la miseria tras su muerte. Y entonces se le ocurrió la idea de Parsifal. No la ópera Parsifal, en la que había estado pensando y trabajando desde 1857, veinte años antes de su estreno. Wagner tuvo la idea de Parsifal como modo de vida para su familia.
La ópera en sí sería como cualquier otra de las de Wagner. Eso sí: más madura, al ser la última ópera del compositor. Más meditada, más profunda. Con una temática más mística que las anteriores: los Caballeros del Santo Grial. Con sus magos y sus encantos, ambientada en la Edad Media y en un exótico y misterioso castillo de Monsalvat, cerca de Barcelona.
Todas sus obras tienen algo de especial, esta una de las que más. Pero ciñéndonos a la historia, Wagner se limitó a componer otra de sus óperas, con la idea de que sirviera de sustento a su familia. Para eso consiguió un acuerdo enormemente benévolo: los ingresos que se obtuvieran sobre Parsifal no servirían para pagar deudas contraídas con otras óperas.
La ópera sería estrenada, de cara al público, en 1882, en Bayreuth. Un año antes de la muerte del compositor. Entonces se estableció una regla excepcional para el mundo de la música clásica: el monopolio del Bayreuth sobre Parsifal. Quedaba prohibida su representación en todo el mundo.
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El objetivo de esta prohibición era doble: por un lado, impulsar el lado místico de la obra. En Parsifal el protagonista homónimo consigue rescatar a los defensores del Santo Grial con su pureza, despreciando los encantos de una mujer que trabajaba para el malvado mago Klingsor. La idea de pureza impregna toda la obra de Parsifal y Wagner quería lo mismo para su ópera: que superficiales representaciones que enfatizaran lo menos importante dañaran el efecto deseado para su obra.
Por otro lado lo ya indicado: Wagner esperaba que con los derechos de Parsifal y el monopolio del Bayreuth, su familia tuviera una perpetua fuente de ingresos.
La suerte de Parsifal
La jugada le saldría redonda a Richard Wagner. La suerte que nunca tuvo con el dinero la tendría su ópera-testamento. Puede decirse que al contrario que con la Ley de Murphy, si algo podía salir bien, salía bien.
Lo primero fue la muerte del compositor. Porque si Wagner hubiera vivido más allá de la composición de Parsifal, seguramente habría arriesgado los derechos de la obra. Muerto el perro, se acabó la rabia.
A pesar de sus deseos, Wagner se había visto obligado a incluir Parsifal dentro de las compensaciones a la Ópera de Munich, por unas representaciones de su tetralogía. A su muerte, el respeto que causaba la figura benefactora de Ludwig II les impidió tratar de recurrir a la última ópera de Wagner. Pero cuando murió el rey, en 1886, en Gobierno de Bavaria retomó sus pretensiones recaudatorias tratando de obtener derechos sobre Parsifal.
El siguiente golpe de suerte vendría con la firma de la Convención de Berna para la protección de las obras artísticas y literarias, firmada en 1886 por los principales países europeos. En dicha Convención se forjaron los conceptos de derechos de autor que ahora tanto quitan el sueño a muchos. Los autores y sus herederos serían los únicos poseedores de los derechos que generaran las obras y estos derechos se extenderían por 30 años desde la muerte del creador.
Así, al morir Wagner en 1883, la familia tendría los derechos sobre Parsifal hasta al menos el 1913. La suerte no podía dejar de serles propicia: justo cuando moría Ludwig II aparecía una Ley que les venía como anillo al dedo.
Cosima Wagner, la segunda esposa del compositor, pudo mantener el deseo de su marido: que sólo se representara Parsifal en la sala de conciertos de Bayreuth.
La tercera buena estrella vendría de la mano del tiempo. Con el paso de los años, el interés por la música de Wagner no sólo no había disminuido, sino que había crecido considerablemente. La demanda por óperas del compositor era enorme y las representaciones abundaban tanto en Europa como en América.
Y claro está, con su última ópera fuera de la posibilidad de ser representada, muchos se atrevían como en una especie de peregrinación intelectual, a hacer el viaje a Bayreuth para cumplir el sueño de ver la última ópera, la que sólo se podía ver en el escenario donde el compositor la planteó.
Muchos fueron los que viajaron a Bayreuth para ver las representaciones de Parsifal. Al contrario de lo que pudiera pensarse, estas nos eran para nada abundantes. Especulaban con Parsifal, haciéndolo especialmente escaso, para darle aún más valor. Y claro está, esto aumentaba la experiencia hasta casi lo místico.
A la americana
Los Estados Unidos tienen fama de resolverlo todo a golpe de talonario. Si tienes algo que me gusta, te lo compro y no me importa el precio.
También en Estados Unidos Wagner era un compositor muy admirado. Y muchos habían viajado hasta la remota Bayreuth para ver esa ópera que pocos habían disfrutado. Aunque se habían realizado versiones de concierto, permitidas por el monopolio de Bayreuth, el público lo que ansiaba era ver la ópera representada.
Pero por aquel entonces los Estados Unidos tenían otra fama, aparte de la del talonario: la de no respetar los derechos de autor. Los libros que se publicaban en Europa se pirateaban de forma inmisericorde en Estados Unidos, hasta el punto de que las editoriales ni siquiera se planteaban llevar sus ediciones al territorio americano: sabían que era inútil y que ya habían llegado meses antes en innumerables tiradas fraudulentas.
Corría el año 1903 y la Metropolitan Opera de Nueva York acababa de cambiar de director. El nuevo director, el austríaco Heinrich Conried, se plantaría el ambicioso y arriesgado reto que nadie se había atrevido a realizar: saltarse a la torera el monopolio de Bayreuth.
No se trataba de un Teatro de Ópera de barrio, era uno de los más importantes del mundo. Y para atreverse a hacerlo, solicitó ante los jueces americanos un pronunciamiento oficial. El 24 de diciembre de 1903 recibieron la autorización del United States Circuit Court: la prohibición de representar Parsifal no se les aplicaba a los Estados Unidos, al no ser miembros de la Convención de Berna.
De nada sirvieron las amenazas de Cosima Wagner. Ni el veto a todos los miembros del elenco que tomaron parte en la representación newyorkina. Muchos no podrían volver a trabajar jamás en Alemania. Pero los americanos pudieron salirse con la suya y en 1904 presentaron por primera vez fuera de Bayreuth la ópera de Parsifal (bueno, los primeros no fueron, pero sí los primeros de entidad en atreverse a hacerlo).
La representación fue exitosa en todos los sentidos. No en vano el productor había cuidado hasta el más mínimo detalle, preocupándose de contratar a muchos de los cantantes y organizadores que habían trabajado para Wagner en Bayreuth. Aunque se trató de respetar al máximo las directrices generales de Wagner, lo cierto es que la representación americana trató de ser superior a las de Bayreuth.
La demanda era extraordinaria. El precio de las butacas se dobló a 10 dólares. Hubo doce sesiones agotadas antes del estreno. No sólo fue gente de Nueva York a las representaciones, sino que incluso se fletaron servicios especiales de trenes para que pudiera desplazarse público desde el lejano Chicago, el Parsifal Limited.
Fue tal el disgusto que causó este incidente en la viuda de Wagner que sufrió poco después un infarto y tuvo que retirarse de la dirección del teatro de Bayreuth, dejándola en manos de su hijo Sigfried.
El fin de la prohibición
El 31 de diciembre de 1913, a las 22:30 de la noche, se preparó la primera representación legal de Parsifal fuera de Bayreuth. Sería en Barcelona, que se aprovechó de que por aquel entonces, tenía una hora menos que en Bayreuth (donde ya eran las 23:30). Habían transcurrido los treinta años desde la muerte de Richard Wagner y puede verse hasta qué punto era la necesidad de preparar el Parsifal que se preparó una representación en el primer minuto en que estuvo permitido hacerlo.
Algo de marketing tenía la jugada catalana. No en vano han entrado en las páginas de las enciclopedias; En su momento conseguirían titulares en los periódicos de todo el mundo.
¿Había demanda para representar Parsifal? Cuenta la Wikipedia que desde enero de 1914 hasta agosto del mismo año se llegaron a realizar 50 diferentes puestas en escena de Parsifal, por teatros de todo Europa y América. La I Guerra Mundial dejaría en un segundo plano el fanatismo por Parsifal.
Parsifal, hoy en día
Hoy en día podemos ver la ópera, aunque sea en video, gracias al Emule. Pero no lo hacemos. Yo no lo he hecho para preparar este artículo (he visto algunos fragmentos del Youtube todo lo más). No podemos entender nada de lo escrito hasta aquí. Por eso no tiene mucho sentido tratar de justificar la ópera de Wagner.
Ya durante la II Guerra Mundial, los heridos en combate del bando alemán recibían como premio del Führer entradas para los festivales de verano de Bayreuth, donde podían ver óperas de Wagner totalmente gratis. Y la mayoría lo entendía casi como un castigo, porque les resultaban mortíferamente aburridas.
Sin embargo ahí queda esa ópera, en la que muchos han tratado de incluir símbolos de lo que no hay. Los judíos la detestan porque la pureza de los Caballeros del Santo Grial les parece presagiar las masacres llevadas a cabo por los nazis. A los nazis tampoco les gustaba especialmente Parsifal, por sus ideales cristianos y porque no encajaba con el resto de la obra de Wagner. Incluso la llegaron a prohibir.
Me ha sorprendido la aberración de que en Israel esté prohibido representar óperas de Wagner, es casi un berrinche de patio de colegio. Parsifal aún espera su oportunidad para ser estrenada en la tierra prometida.
Las representaciones de Bayreuth darían para escribir un artículo mucho más extenso que este breve retazo. Sólo decir que en las recomendaciones para los que pretendan asistir a su famosísimo Bayreuth Festival, dicen que:
Es muy complicado conseguir entradas para el Festival porque la demanda, estimada en medio millón de personas, supera con creces la oferta (58.000 entradas); el tiempo de espera está entre cinco y diez años.
La ópera Parsifal ocurre durante un Viernes Santo. Wagner se inventó que había concebido la idea de la ópera en un 10 de Abril de 1857, también Viernes Santo. Como hoy.
Fuentes:

Quien quiera oír o incluso comprar la ópera, las versiones de referencia son:
Parsifal de Raphael Kubelik.
Parsifal dirigido por Hans Knappertsbusch. Esta incluso está en las redes tipo Emule.
Ambos discos de los años cincuenta. Ni la tecnología, ni la experiencia son capaces de superar según que cosas.

Como poner un condon

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Menuda combinación extraña de intereses. Lo que más gente necesita saber es cómo se debe poner un condón o un preservativo. Luego contraseñas a una carpeta o subtítulos. Las cadenas del coche. Ponerse en forma. Poner la mesa. Ponerse uñas de porcelana. Pero por amor de Dios, ¿Tan complicado es ponerse una bufanda?

Indice de Masa Corporal

El Índice de Masa Corporal (IMC) es una proporción entre la altura y el peso de una persona. En función de este valor, se estima si el nivel de peso es saludable o no.
La fórmula a aplicar es:
imc-wikipedia.png
En función de los valores obtenidos, se obtienen unos niveles considerados saludables (entre 18,5 y 25), con ligero riesgo (entre 16 y 18,5 y entre 25 y 30) o niveles de riesgo. En las tablas están marcados como rojo los niveles de riesgo, en amarillo los de alarma y en verde los niveles considerados normales.
Esta es una tabla de valores posibles, con alturas y pesos:
tabla-peso1.png
Se echan en falta tablas que sean válidas para personas que hayan sufrido amputaciones. Si una persona tiene un brazo menos, estos parámetros no son válidos. Se estima que el peso de un brazo es el 8% del cuerpo humano. Luego a una persona si una de estas extremidades, hay que actualizar la tabla, “sumándole” un brazo virtual. Ahora no multiplicamos por el peso total sino por el total + 8%. Obtenemos:
tabla-peso2.png
Lo bueno de esta tabla es que siguen valiendo los mismos patrones de referencia que con la anterior. Entre 18,5 y 25 está el peso ideal de los médicos.
La misma tabla, para dos brazos. En este caso, hay que sumar un 16% al peso real del individuo:
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Para las piernas, el peso de una de ellas supone un 15%.
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Para las dos piernas, el reto además está en la altura, pues no se puede contar con dichas piernas. Se estima que la media de altura de una pierna está en los 75,5 centímetros.
tabla-peso5.png
Fuentes:
Metafilter, peso de las partes del cuerpo.
Wikipedia, índice de masa corporal.
Yahoo Answers, longitud media de las piernas.

La Princesse de Cleves

Brutal noticia de los Reyes de la protesta. Los franceses:
Nicolas Sarkozy, el Presidente de Francia, en varias ocasiones ha mencionado que le repugnaba el libro clásico ‘La Princesse de Cleves’, novela del siglo XVII escrita por Madame de La Fayette. Es uno de esos libros de lectura obligada en los cursos de francés, como en castellano puedan serlo El Cantar de Mio Cid o La Celestina.
Como forma de protesta ante su política, los franceses están haciéndolo de una forma ilustrada: leer La Princesse de Cleves para expresar su rechazo hacia las opiniones del Presidente.
Es una protesta de una elegancia sin igual. Desorganizadamente, poco a poco, el libro ha alcanzado una popularidad inusitada tras sus más de trescientos años de historia. Ahora resulta casi imposible hacerse con una copia en las librerías. Y en un reciente ranking de los libros favoritos de los escritores franceses, La Princesse de Cleves ha alcanzado el tercer puesto, dejando atrás a decenas de obras más populares y quizás importantes.
Ante la dificultad de conseguir la novela, el éxito se desplaza hacia las chapas que dicen “Yo estoy leyendo La Princesse de Cleves”.
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Porque las chapas son más fáciles de comprar y exigen menos esfuerzo. También se ha agotado.
Via: Weekend Stubble.
Fuente: Noticia del Daily Telegraph

J.P. Morgan

Biografía de J.P. Morgan

Empezaré explicando porqué me leí una biografía de J.P. Morgan. La razón principal es muy sencilla: porque vi un libro sobre su vida cuando estuve en Strand Books (Nueva York).
El libro era de esos que están usados pero parecen nuevos. Sólo costaba 7 dólares, lo que al cambio en euros es una cantidad ridícula, menos de lo que cuesta una revista técnica.
Desde luego, a nadie en su sano juicio le llama la atención la vida de J.P. Morgan. Ese es quizás uno de los atractivos. Normalmente las personas a las que admiramos producen unas biografías decepcionantes. Aquel que creíamos grande se nos antoja demasiado humano. Lo que entendíamos como genialidades se nos presentan como consecuencias de influencias anteriores en su vida. Es como la explicación técnica de una gran historia, mejor no saberla.
Así, partimos de la biografía de una persona que no nos interesa o por la que no sentimos nada en particular. Nos podemos fijar más en los detalles intrascendentes, apreciamos más los personajes auxiliares. Y sobre todo no hay partes de la historia que ya conozcamos.
John Pierpont Morgan (1837 – 1913) es conocido como el banquero más importante de la Historia. Fue una de las personalidades fundamentales de finales del siglo XIX en Estados Unidos, una época histórica de enorme interés. Sólo por conocer mejor su tiempo, merecía la pena intentar leer el libro.
He de reconocer que tras 100 páginas decidí dejar de leerlo, porque me parecía muy aburrido. Pero al final pensé en continuar con un capítulo más y para mi sorpresa acabé terminando el libro (tiene 700 páginas, más otras 100 en notas y bibliografía) y disfrutándolo.

Educación de J.P. Morgan

Un hecho fundamental para entender la vida de Morgan es que su padre, Junius Spencer Morgan (1813-1890) fue también un banquero importante, que comenzó a trabajar en la firma inglesa George Peabody & Co.
Junius Morgan (el padre de J.P. Morgan) había nacido en Estados Unidos pero desarrolló su carrera profesional en Inglaterra, tratando de hacer a las empresas, particulares y al propio gobierno americanos más fácil el acceso a la financiación con dinero europeo.
La familia de J.P. Morgan era bastante acomodada pero el padre no le dio a su hijo una educación entre almidones. Desde muy pronto se vio que Morgan era un niño enfermizo. Tuvo que realizar viajes desde muy joven (con apenas quince años) sólo. Por ejemplo pasó casi un año entero en Madeira, esperando que el aire sano de esas islas le fuera bueno para los pulmones.
J.P. Morgan estudió un año en Suiza – en francés – porque su padre pensaba que los idiomas eran muy importantes para los negocios (estamos hablando de 1850). Tras estudiar durante un año allí y aprender esa lengua, estudió en la Universidad alemana de Göttingen, donde aprendió un alemán aceptable.
Durante su formación europea J.P. Morgan consiguió algo que era muy infrecuente en el mundo de los negocios: ser una persona culta. En su juventud J.P. Morgan tuvo la oportunidad de viajar a menudo por Italia, conociendo las enormes riquezas culturales de dicho país, antes de que las Guerras Mundiales pasaran sobre él. También estuvo con frecuencia en París y Londres, por lo que no sólo conoció el mundo del arte sino que le gustó.
Hay que puntualizar que en aquella época había una división entre las clases cultas y las empresariales. Normalmente el que era culto lo era por ser de buena familia y no necesitaba trabajar para sustentarse. Antes era incluso más complicado ser culto y vivir de ello. En el otro lado, los empresarios se volcaban en cuerpo y alma a sus empresas. Era una tarea que exigía las 24 horas del día. Uno no podía hacerse un hueco en la jungla de los negocios. Además que antes aprender de arte era mucho más difícil que ahora, por cuanto la información estaba mucho más dispersa. Por todo esto, J.P. Morgan se convertiría en un personaje absolutamente excepcional.
Al terminar su formación el padre lo mandó a las oficinas de su banco en Nueva York.
Como ya hemos dicho, Junius Morgan trabajaba para un banco británico especializado en “colocar” productos americanos. Era como una especie de empresa de exportación, pero en lugar de traer madera o textiles lo que traía eran acciones de empresas americanas o deuda de un banco estatal o bonos convertibles. Como en tantos otros negocios, lo importante no es lo que fabricas sino el poder venderlo, de ahí que la actividad principal se desarrollara en Londres, donde se fabricaba el dinero. La oficina americana de Nueva York proponía y la de Londres decidía si entrar en el negocio y se encargaba de vender el producto.
Así, J.P. Morgan marchó para la menos importante oficina de Nueva York y tuvo un trabajo de poquísima categoría, simplemente recibiendo y enviando los mensajes (por entonces por correo mediante barco) entre las dos oficinas.
El trabajo no tenía ningún interés, pero su padre le quiso justificar la importancia y trascendencia de ese puesto: “El chico de los recados se entera de todo de primera mano. Tienes que estar siempre muy atento a lo que ocurra en todas partes. Abre bien los ojos.”
Esto contrastaba con la vida del joven Morgan, que era muy acomodada y no exenta de lujos. Este tipo de pruebas “empezando desde abajo” ahora son muy comunes en las grandes fortunas empresariales. Un par de semanas en los infiernos. Los ejecutivos de McDonald’s pasan una semana al año en las cocinas de una de las franquicias. Todos los años.
El caso es que J.P. Morgan se sentía menospreciado por su padre. Pronto le pasó a trabajar en otro banco en un mejor puesto, pero siempre bajo la supervisión de su padre.
En esa época el enchufismo era muy habitual. Pero no endogamias empresariales, sino que se aceptaban familiares entre distintos bancos. Yo contrato a tu sobrino y tú a mi yerno. La historia de los bancos en que trabajó Morgan siempre está rodeada de los mismos apellidos.
Los primeros intentos de J.P. Morgan por hacer algo propio, al margen de su padre, fueron compras de acciones en bolsa. Su padre sin embargo le dijo que no hiciera algo así, que era una muy mala práctica, en contra del negocio bancario. Con los años J.P. Morgan iría cada vez oyendo más a su padre y menos a sus propios instintos iniciales.
Las aventuras especuladoras en bolsa de J.P. Morgan le dejarían el mal sabor de boca de las pérdidas. Por un lado no le gustaba la larga sombra de su padre, un banquero tal vez no muy importante pero sí de un prestigio y buen nombre notables. Había probado seguir su propio camino y no había funcionado.
En más de una ocasión Morgan se plantearía la retirada completa del negocio bancario. Le gustaba viajar, las mujeres y los lujos. Le gustaba el arte y lo exquisito. Pero trabajar era muy aburrido. Al principio se escudó con largas vacaciones, de a lo mejor cinco y seis meses seguidos. En cierta ocasión anunció su definitiva retirada. Pero acabó volviendo al trabajo.

Vida amorosa de J.P. Morgan

Su vida amorosa se vería truncada con la muerte de su primera mujer, Amelia Sturges, probablemente de tuberculosis. Morgan, un hombre de salud débil y con tendencia a la depresión, tuvo la desgracia de casarse con una mujer que le hacía inmensamente feliz pero que murió pocos meses después de su boda.
Esta experiencia le marcaría para siempre, tal vez no sería feliz pero le ayudaría para tener ese punto de indolencia, de no importarte las cosas tan necesario para sobrevivir. Si quieres salvar lo que tienes, te vuelves conservador y te mantienes. Pero si no tienes nada que perder, porque ya lo has perdido todo, eres realmente audaz y valiente.
Años después Morgan se casaría de nuevo, con Frances Louisa Tracy. Pero este matrimonio sería un fracaso. Fanny simplemente sería la madre de sus hijos, pero harían vidas totalmente separadas. De hecho se solían evitar. Cuando el uno estaba en Europa el otro se marchaba a América y para cuando el primero pretendía retornar el otro ya estaba pensando en hacer lo mismo. Esta forma de comportarse la había aprendido Morgan de sus propios padres.
En realidad era algo bastante común en aquella época. Uno se casaba y luego se buscaba una mujer que le gustara. A diferencia de ahora en que tal vez se optaría por las prostitutas o mujeres jóvenes ajenas a nuestro círculo, lo que se estilaba a finales del siglo XIX eran las relaciones con otras mujeres en condiciones similares a la que uno despechaba. Así, Morgan tuvo relaciones con esposas de algunos de sus amigos, mientras que sus amigos las tenían con esposas de otros amigos. Aunque nada dice el libro, probablemente la mujer de Morgan estuvo con alguno de sus amigos.
Desde luego no era una orgía desenfrenada. Uno elegía una mujer que fuera acorde a sus gustos y tenían una aventura que aunque era más o menos evidente, no del todo clara. Los periódicos se financiaban no contando estos cotilleos, recibiendo dinero a cambio de no publicar lo evidente. Una extraña forma de prensa rosa por omisión. El periodista narraba los hechos sin dar los nombres de los amantes, de forma velada. “Un acaudalado chico joven de familia irlandesa ha sido visto con la hija de un empresario de telas”. Entonces el acaudalado chico joven pagaba un dinero y no se volvía a hablar del tema. Su nombre completo nunca aparecía impreso.

Banqueros de segunda categoría

Junius Spencer Morgan, el padre del famoso banquero, fue escalando posiciones en la banca mundial de forma tranquila. Trabajando bien y dando confianza a los clientes. Fue un ascenso lento pero constante. Las crisis que golpeaban Europa a finales del siglo XIX iban eliminando competidores de la carrera mientras que los que trabajaban bien sobrevivían. Poco a poco la figura del mayor de los Morgan iría adquiriendo una posición de mayor importancia.
No dejaban sin embargo de ser banqueros de segunda categoría. El bacalao lo cortaban los Rothschild y los Baring. Estas dos sagas de banqueros eran los primeras espadas de la banca mundial. Cualquier movimiento importante de dinero pasaba por sus manos. El resto de bancos podía colaborar con ellos, pero siempre en un segundo plano.
Ese era el lugar de los Morgan, que aún así destacaban en el vagón de los segundones. La apuesta por la economía americana de Junius Morgan sería lo que les haría brillar con el tiempo. Aunque Junius Morgan se había marchado de su país para hacer fortuna en Inglaterra, tenía una confianza absoluta en que los Estados Unidos eran el futuro. Y tras la Guerra Civil, la economía americana crecería a unos ritmos vertiginosos.
Una frase que me ha dejado marcado y en la que no puedo dejar de pensar es la que dijera sobre la economía de los Estados Unidos. Dice J.P.Morgan:

Una cosa que siempre me decía mi padre era que no fuera pesimista sobre el futuro de América. “Recuerda hijo mío”, decía, “que todo hombre que sea bajista (bear) sobre el futuro de este país, se arruinará. Siempre habrá muchas ocasiones cuando las cosas se oscurezcan y los nubarrones se ciernan sobre América, cuando la incertidumbre causará mucha desconfianza y la gente pensará que se ha llegado a niveles de sobreproduccion, demasiada construcción de ferrocarriles y demasiado desarrollo de otras empresas. En esas épocas y siempre, ten en mente que el crecimiento de este gran país se encargará de todo eso.”

Poco a poco J.P. Morgan fue asumiendo su lugar respecto de su padre. Empezó a entender la forma de entender los negocios de Junius y acabó aceptando su lugar secundario respecto de su padre. Pero lo haría de una forma positiva, como el que se supedita a un buen General. Morgan entendió que su padre era un gran banquero y que a pesar de que se podían hacer las cosas de una forma diferente, el estilo correcto era el seguido por su padre: trabajo duro, ganarse el respeto de los clientes, precaución en las inversiones.

El gran J.P. Morgan

Al final la grandeza de Morgan como banquero no es más que la consecución de los triunfos del padre, que fue una hormiguita que apostó a caballo ganador. J.P. Morgan brilló en algo que le caracterizaría: elegir buenos caballos.
La apuesta de Junius por Estados Unidos acabó dando buenos resultados y en poco tiempo la oficina de su banco en Nueva York era la realmente importante. Para entonces J.P. Morgan estaba al cargo de la misma y los buenos negocios abundaban. Además, la cautela de Morgan le impidió dar un pelotazo pero le sirvió para anotarse numerosos éxitos modestos y continuados.
El tiempo puso a J.P. Morgan en el centro de la economía mundial. Con una formación excelente, contactos por todo el mundo y de calidad, una forma de trabajar impecable y un toque de suerte, Morgan continuó el trabajo de su padre demostrando la valía. Si su padre hubiera vivido 170 años habría sido el mejor banquero del mundo. Al no tener tanta longevidad, el título fue a parar a su hijo.
Mérito propio de J.P. Morgan fueron sus inversiones en productos por entonces muy novedosos: la electricidad de Edison, una apuesta personal de Morgan, que siempre creyó en las posibilidades de Thomas Edison y financió sus invenciones. Los ferrocarriles y otras formas de transporte, que siempre fueron algo muy azaroso, para cuando J.P. Morgan tomó las riendas del banco eran una inversión con enormes posibilidades de éxito.
De la forma de trabajar de Morgan destacan dos aspectos. El primero era su habilidad para destrozar empleados. Conseguía que la gente se implicara tanto con él, que muchos se dejaban la salud en el camino. Esto se llegó a convertir en una de las mayores desventajas de trabajar para Morgan y la razón por la que le rechazaban generosas ofertas de trabajo. Muchas de las personas que trabajaron para Morgan murieron muy jóvenes.
Y esto en parte se debe a la segunda de sus peculiaridades con el trabajo. A pesar de haberse criado en un entorno en que las relaciones siempre eran casi aristocráticas, con sagas familiares de banqueros, Morgan eligió el camino de trabajar con los mejores, sin importarles ni su origen ni su familia. El hecho de que contratara a un banquero italiano, Egisto Fabbri, en sus inicios ya fue casi un escándalo. Con el tiempo su padre le reconocería su acierto eligiendo a una persona tan válida. Para dirigir su propia biblioteca eligió a una mujer, que además era extranjera (en realidad era americana e hija de un negro pero prefirió hacerse pasar por portuguesa para disimular sus exóticos rasgos).
Morgan tenía problemas para delegar, pero no para elegir a personas muy capaces. No era tímido ofreciendo condiciones generosas, a veces extraordinarias, a los mejores hombres de negocios. Y cuando confiaba en alguien, era casi imposible que perdiera esa confianza. Esto es más un defecto que una virtud, pues algunos se aprovecharon de él. En el momento que elegía a alguien para un cargo, le exigía lo máximo, pero confiaba plenamente en su subordinado. Le dejaba trabajar con total libertad.

El legado de J.P. Morgan

Lo que John Pierpont Morgan haría, a diferencia de su padre, fue centrarse en el negocio de las consolidaciones de empresas. Fusiones entre potenciales competidores en una época en que la situación casi lo exigía. Morgan era respetado por todos y gracias a ello conseguía tratos inverosímiles entre empresas enemigas acérrimas. Y en cada una de esas consolidaciones el conseguía un gran trozo del pastel, pero sobre todo el colocar a personas de su confianza en el Consejo de Administración de esas nuevas compañías.
Conforme se iba haciendo mayor, Morgan controlaba de forma indirecta más y más negocios. En los ferrocarriles tenía control sobre algunas de las líneas más importantes del país. En la electricidad consolidaría las competidoras formando General Electric. Y en el que se llamó El negocio del siglo (del siglo XX, y tuvo lugar en 1901) consolidó las principales empresas acereras, formando United States Steel Corporation, la empresa más importante del mundo.
Normalmente de estas consolidaciones Morgan obtenía más poder que dinero. Aunque es cierto que poco a poco las cantidades de dinero ingresadas fueron creciendo hasta llegar a unos niveles de riqueza desmesurados. Todo el mundo estaba ganando dinero porque la economía estaba en un enorme auge. Y encima no había guerras.
Según envejecía, Morgan fue desvinculándose poco a poco de los negocios. En cierto modo, ya era muy viejo y los nuevos tiempos exigían retos para los que no estaba preparado. Tras años controlando cada detalle del negocio, fue apartándose y dejando su lugar a las nuevas generaciones. Entonces se dedicó al arte, que había abandonado durante décadas.
A diferencia de otros millonarios de su época, que creaban colecciones ostentosas inspirados por la opinión de expertos, Morgan tenía opinión y conocimientos propios. Mientras otros como Henry Clay Frick conseguían pasar a la historia por el excelente Museo Frick de Nueva York, y no por las tropelías realizadas en los negocios del acero, Morgan coleccionaba por gusto, porque le gustaba el arte y las cosas que compraba.
Sólo por el legado artístico de Morgan, merece un lugar propio entre los benefactores de la Humanidad. La grandeza del Metropolitan Museum of Art, uno de las colecciones de arte más extraordinarias del mundo, se debe al afán de Morgan por atraer arte europeo a los Estados Unidos. También el Museo de Ciencias Naturales le debe mucho a este banquero. Y su joya entre las joyas: la Biblioteca Morgan.
Oculta entre tanta majestuosidad en Manhattan, la Biblioteca Morgan es una de las atracciones más ocultas de la ciudad de los rascacielos. Puesto que Morgan no podría conseguir las colecciones de pintura que cualquiera hubiera deseado, se especializó en piezas pequeñas. Y es en ellas en las que su colección no tiene igual. Nadie tiene tantas Biblias originales de Gutemberg como su colección. O tantos incunables. O primeras ediciones de obras maestras de la Literatura. O barajas de Tarot antiguas.
Pero si hubiera que resumir la vida de Morgan en un hecho, ese sería su actuación en la crisis de 1907. La Bolsa había caído un 50% desde máximos y los bancos quebraban uno tras otro. La situación económica era desesperada y el viejo Morgan, semi retirado de los negocios, se encargó personalmente de solucionarla. Para ello convocó a los banqueros de Nueva York, se reunió con el Presidente de los Estados Unidos y en unas actuaciones relámpago tomó las medidas necesarias para evitar el colapso del sistema económico.
Morgan actúo como siempre solía hacerlo: pensando en sí mismo como un hombre más allá del Bien y del Mal. No porque temiera perder sus propiedades o verlas mermadas, sino porque entendía la labor bancaria como un sostén de toda la economía. Y que por ello contraía una responsabilidad a la que debía supeditarse.
Por eso, en vez de mantenerse al margen, decidió hacer lo imposible, correr riesgos que había despreciado durante toda su vida, por salvar al país de una crisis atroz. Ahora que vivimos inmersos en una, entendemos la necesaria intervención de los Estados para controlar el caos y evitar las caídas en cadena. Morgan actuó por encima de los Estados, que no se sentían capacitados para intervenir, ni sabían cómo hacerlo.
Al final salvó la economía de los Estados Unidos, y de paso la Mundial, de una crisis que podría haber resultado terrible, quizás el preámbulo a lo que ocurriría en 1929. Y aunque en las altas esferas se le considerara un benefactor por su acción, era tal el odio que las clases populares le tenían que decidieron juzgarle no como el salvador sino como el provocador oculto de la crisis.
La compra de una de las empresas que hubo que forzar para evitar su quiebra y la consiguiente cadena de caídas se entendió como un negocio redondo. Se habló de que Morgan había provocado la crisis para poder salir reforzado de ella. Lo triste es que por ello tuvo un juicio muy severo, cuando ya estaba al margen de los negocios. Ese juicio destrozó su salud y le causó la muerte pocos meses después.
Es cierto que Morgan cometió numerosas irregularidades y delitos de cuello blanco durante su carrera profesional. Pero comparado con sus coetáneos, casi mereció ser santificado. Morgan nunca trabajó por conseguir más dinero, lo hacía por crear un mundo mejor. Un mundo con más dinero, eso sí.
La idea del crédito de J.P. Morgan quedaría plasmada en una de las sesiones de ese juicio a toda su carrera, el Pujo Committee. El fiscal le interrogaba sobre sus negocios y Morgan, de vueltas de todo, respondía con una honestidad preocupante. El fiscal pregunta, Morgan responde.

¿La base del sistema financiero es el crédito, verdad?
No siempre. El crédito es una evidencia del sistema financiero, pero no es el dinero en sí mismo. El dinero no es más que oro.
¿Entonces el crédito no está basado en el dinero? ¿Los bancos no prestan dinero a los hombres y las instituciones porque esperan que haya dinero que garantice estos préstamos?
No señor. Es porque la gente cree en esos hombres.
¿Y si esos hombres no tienen nada de valor?
Un hombre puede no tener nada de valor. En una ocasión un hombre vino a mi oficina y le di un cheque por valor de un millón de dólares cuando yo sabía que ese hombre no tenía ni un céntimo.
¿Pero eso no son negocios, no?
Si, desafortunadamente sí lo son. Aunque no creo que fuera un buen negocio en cualquier caso.
Pero entonces, ¿El crédito no se basa en el dinero o las propiedades?
No señor: por encima de todo está el carácter.
¿Por encima del dinero o las propiedades?
Por encima del dinero, de las propiedades o de cualquier otra cosa. El dinero no puede comprarlo, porque un hombre en el que yo no confíe no podrá conseguir ni un céntimo de mí aunque presente todos los bonos de la Cristiandad.

El Gran Robo de Notarbartolo

Una historia real digna de película, al más puro estilo de Ocean’s Eleven (y sus secuelas) es la del robo del Diamond Center en Amberes en febrero del 2003.
Un grupo de ladrones altamente cualificados se apoderó de un botín valorado en unos 100 millones de dólares. Para conseguirlos no tuvieron que disparar ni un solo tiro: lo hicieron con total limpieza, superando los diez niveles de seguridad, desde sensores de detección de temperatura y movimiento, una red de cámaras de videovigilancia, cámaras acorazadas inquebrantables, contraseñas imposibles de obtener y una llave única en el mundo e induplicable. Se marcharon sin que sonara ni una alarma y sin dejar ni una huella dactilar a su paso.
Por la impecable factura técnica, este robo fue calificado como “el robo del siglo”.
La historia es muy extensa y está en inglés pero os aseguro que merece la pena. Como siempre, a los culpables se les descubre por errores de niño pequeño: La profesionalidad acaba cuando se consigue el botín.