El ayuno en la Edad Media

La frase: “Ich kann denken. Ich kann warten. Ich kann fasten.”:
Sé pensar. Sé esperar. Sé ayunar.
De la novela de Herman Hesse de 1922 Siddhartha.
Origen:
Simplificando, Siddartha es una de las novelas cortas más extraordinarias y merecidamente famosas que existen.
La frase es una respuesta de inusitada crudeza, pocas más agudas se han dado, aún en la ficción.
Siddartha, el protagonista, acaba de abandonar la vida ascética de los monjes y se enamora a primera vista de Kamala. Se dirige a ella y le pregunta cómo puede consumar su amor.
Amablemente, Kamala le explica que sin dinero no tiene nada que hacer. Siddartha, ajeno al mundo, le pregunta qué puede hacer para conseguir el dinero. Entonces Kamala le pregunta:

– ¿Qué sabes hacer?

Sé pensar. Sé esperar. Sé ayunar.

– ¿Nada más? – responde Kamala.

Las habilidades de Siddartha, aparentemente triviales a los ojos de Kamala, le sirven al protagonista para posteriormente alcanzar la felicidad, tras aprender que lo único que necesitaba era lo que ya tenía: La capacidad de pensar, de esperar y de ayunar.


Frase aplicable a:
Aunque la Iglesia católica nunca se ha caracterizado por su sutileza, practica los principios de Siddartha desde sus orígenes. El ayuno en particular es uno de sus valores más destacados. El hecho de que hoy en día casi nadie lo practique no significa que en la antigüedad las cosas no fueran completamente diferentes.
En el tiempo llamado de Cuaresma, el que trascurre entre el Carnaval y la Semana Santa, de aproximadamente cuarenta días,se solía practicar un ayuno religioso. Este era en recuerdo al tiempo que pasó Jesús en el desierto, meditando, antes de las Tres Tentaciones. Ese tiempo conjunta los principios de Siddartha: reflexión, tiempo y privación.
La forma en que se implementó el periodo de ayuno fue enormemente variable, cambiando mucho a lo largo del tiempo y de la religiosidad de cada región. Hoy en día sobrevive la costumbre de no comer carne los viernes del periodo de Cuaresma. Pero en la Baja Edad Media la costumbre no era tan liviana.
Al igual que ahora sucede con el Ramadán, hubo un tiempo en que se recomendaba no realizar más que una comida al día, admitiéndose dos comidas siempre y cuando estas en conjunto no superaran la cantidad esperada para una comida. También existía la forma de limitación en el horario de comidas, similar al Ramadán, en que no se permitía comer nada antes de las tres de la tarde.
Antes que nada, recordar que libres de todas estas prohibiciones quedaban numerosos grupos: los enfermos, los niños, los ancianos. Y los que pagaban.
Poco a poco esta tradición fue dejando su lugar a otra menos exigente pero más restrictiva: se permitía comer con naturalidad pero se prohibían una serie de alimentos especialmente suculentos: huevos, productos lácteos, carne y pescado. Incluso llegó a prohibirse la fruta. Los lugares más exigentes sólo permitían un alimento: pan.
Finalmente, la costumbre quedó limitada a la prohibición de comer carne. Eso sí, los días en que se restringía su ingesta eran tantos que uno se pasaba casi todo el año sin poder problarla. Por un lado estaba prohibida durante los cuarenta días de la Cuaresma. Estos cuarenta días tenían los domingos de asueto por lo que era necesario incluir cuatro días suplementarios dejando la prohibición en “los 44 días desde Carnaval hasta la Semana Santa, con la excepción de los domingos”.
Hubo un tiempo en que la restricción de días fue tan extensa que ocupaba más de la mitad del año. Tanto ese periodo como todos los jueves, viernes y sábados del año, alcanzando más de 200 días en total.
Así, el ciudadano medio que viviera en un país católico tenía ante sí cuarenta días y sus cuarenta noches en que tenía que prescindir de la carne. Esta prohibición no era baladí. Hasta el siglo XVI se podía ahorcar en Inglaterra a quien comiera carne en un viernes (de Cuaresma). Imagino que esa restricción no sería ampliamente practicada pero aquel que se jactara de saltarse el ayuno corría un riesgo avalado por la jurisprudencia.
No creo que sea trivial sugerir que la picaresca propia de los países mediterráneos debe mucho a esta estricta normativa. España e Italia, además de por una gran tradición católica, comparten la pasión legisladora, siendo ambos potencias mundiales en el Derecho como ciencia. Eso sí, también comporten la fatídica costumbre de que “hecha la ley, hecha la trampa”.

Es propio de la naturaleza humana el construir la más complicada red de reglas y prohibiciones con las que atraparse a sí mismo, para después, con la misma ingenuidad e interés, emplear toda la capacidad de su cerebro en encontrar la manera de salir de ella. La Cuaresma era un desafío; el objetivo era ver cómo liberarse de las prohibiciones.

La introducción del pescado como alternativa a la carne fue, sin dudarlo, uno de los mayores triunfos de ese afán libertador. El incluir los lácteos y los huevos otro gran avance. Pero el gusto por la carne parece innato al hombre. Y si está prohibido comerla, el instinto es aún más fuerte.
Aunque la regla es bastante clara: En Cuaresma no se come carne, pueden buscarse los tres pies al gato. ¿Qué es carne? En la Edad Media la respuesta era bastante abierta.
Desde luego, el pescado no era carne. Y con él iban no sólo lo que ahora llamamos pescado sino también el marisco. Y claro, “peces” grandes, como la ballena. En Cuaresma estaba permitido comer carne de ballena.
El paraguas del pescado permitía extrañas excepciones. Como los puffins, o frailecillos, una especie de pingüino pequeño común en la costa norte británica, en Noruega y en Islandia. El hecho de que fueran pájaros y de que pasaran mucho tiempo en el agua parece admitirlo dentro de la familia de los peces.
Y dependiendo de la región, uno se aferraba a las especies autóctonas. La gaviota, ave de infame sabor, podría ser entendida como “no carne”. La barnacla cariblanca, un pájaro con todas las letras parecido al ganso, no era carne.
Una de las excepciones más sorprendentes, y de cuya autorización por parte de la iglesia se conserva documentación, era el castor. Con la peregrina excusa de que la cola del castor tenía la misma textura escamosa que el pescado. Primero sólo se podía comer su cola, luego el animal completo aunque claro, la parte más deliciosa de dicho animal según parece es la cola de ahí las prisas en eximirla de toda relación con la carne.

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El descubrimiento de América permitió incluir en la dieta nuevos animales que no eran animales. Como el capibara, un roedor que puede llegar a pesar 50 kilos. Pero que no tenía carne. O la rata almizclera en los Estados Unidos.
Los reptiles siempre estuvieron exentos de toda sospecha. Tal vez por ello comamos hoy en día las ancas de rana. Además de la rana, la iguana, de mucho mayor tamaño, podía ser comida en Cuaresma. En este mismo saco se incluye a la pacífica tortuga, extraño pez medieval.
De todas las excepciones posibles, la más extraordinaria de todas era sin lugar a dudas el conejo. El conejo no admitía duda alguna: tenía carne. No así el feto de conejo, que era considerado más como huevo. Entonces se cometía la barbaridad de matar conejas encintas para poder comer sus deliciosos “huevos”.
Fuentes:

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2 comentarios en “El ayuno en la Edad Media”

  1. Fantastica esta informacion acerca del ayuno en la edad media !!!! andiamo presto!! ciao! arrivederci!! LUIGI.

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