El mejor consejo recibido en toda mi vida

Hace unas semanas en varias páginas estuvieron preguntando a la gente por cuáles eran los mejores consejos que habían recibido de otra persona. Las historias eran normalmente bastante románticas, con un padre en el lecho de muerte dándole a su hijo una recomendación final para superar la vida con menos infortunio. O historias con la presencia de buenos samaritanos, santones y personajes propios de un libro de Paulo Coelho.

No leí muchas pero sí que estuve varias semanas pensando en mí mismo. Aún me queda mucho por vivir. Espero y espero que esperéis. Aún tengo opción a una gran revelación paternal. Pero hasta la fecha, haciendo balance, el que sigue es el mejor consejo que me han dado en toda mi vida.

Cuando era pequeño era una joven promesa del ajedrez. En realidad no era joven, pues ya tenía demasiados años para tener algún futuro en el ajedrez y tampoco era una promesa porque mis resultados eran prometedores sólo vistos desde un ámbito local. Pero el caso es que tenía la etiqueta puesta y en mi entorno había mucha expectación ante la posibilidad de acabar saliendo en televisión, viviendo en una mansión o jugando contra Kasparov.

Como era muy joven no jugaba competiciones en todo el año y todo mi progreso era hipotético, desde el salón de mi casa. Insisto en que mis opciones futuras eran escasas pero la forma de desaprovechar el tiempo era alarmante. Aún así estudiaba mis libros en casa y es por eso que siempre he tenido cierta facilidad para aprender muy bien las cosas por mí mismo.

Así, un hito de mi tierna juventud fue el día que me llevaron a un club de ajedrez, donde podría demostrar mis conocimientos ante adultos. Allí me llevaron y encontré rivales de todos los colores. Algunos mejores que yo, otros netamente inferiores. Entre todos hubo admiración dada mi juventud, de mis enormes posibilidades. Con el paso del tiempo acabaría conociendo a toda esa gente, sintiendo cierta pena por haber experimentado alguna vanidad en ganarle la partida a jugadores de café.

El caso es que al final acabé jugando con un tipo de malas pintas – una constante en el mundillo del ajedrez. Pasados muchos años el tipo desapareció por completo para volver a aparecer posteriormente más negro que un tizón: había estado viviendo varios años en un país del sur de África. Era una de estas personas de vida disoluta y desesperanzada, que se aferran al ajedrez como tabla de salvación para alcanzar algún tipo de normalidad. Este tipo no era muy bueno pero me ganó alguna partida, aunque poco a poco le fui cogiendo el hilo hasta acabar ganándole casi todas las demás.

Al finalizar la sesión mi padre, ansioso por envanecer su ego, pidió el veredicto para su talentoso hijo. El tipo alabó, como todos los demás, mi capacidad de jugar siendo tan joven. Sin embargo, con una falta de tacto que solo una persona poco centrada puede permitirse, nos dijo:
– Puedes ganarme de cien partidas cien. Y ganar a gente que es mucho mejor que yo. Pero eso no significa nada. A pesar de ello nunca llegarás a ser como un Kasparov.

Ni mi padre ni yo nos lo tomamos a mal. En realidad se asemejaba a una muestra de rabia, sus derrotas habían sido más amargas de lo que parecía. Incluso nos sentimos, en parte halagados.

Con el paso del tiempo ese comentario tan poco mesurado fue una especie de broma interna dentro de mi casa. Pero al mismo tiempo, el justo transcurrir de los años fue paulatinamente demostrando cuánta razón tenía. Cada vez el trono de Kasparov era un objetivo más fantasioso.

Sin embargo, cuando tenía algo de independencia, me restaba un puñado de talento y un reducto de tiempo libre por delante, me di cuenta de que si echaba un poco el resto tendría alguna opción de ser un profesional del ajedrez. No sería sencillo, pues estaba lejos de los grandes, pero sí que podía arriesgar un poco de mi tiempo y tomar un camino incierto pero posible.

Ante una decisión tan complicada el dinero, o la falta de él, siempre ayuda pues elimina alternativas posibles. Pero para mi desgracia un amigo sin muchos problemas se ofreció a patrocinarme durante un tiempo. Tú juegas los campeonatos importantes, yo te presto el dinero de los gastos.

En esta disyuntiva, tomar el camino que era un sueño de juventud, o seguir una vida más pragmática, todas las voces te recomendarán siempre que sigas el primero. Que hay que creer en los sueños y luchar por hacerlos realidad. Nadie veía ningún peligro en seguir ese camino: Nunca desistas de un sueño. Sólo trata de ver las señales que te lleven a él. La única voz discordante era la de ese perdedor al que apalicé de pequeño, que retumbando en mi conciencia me recordaba que a pesar de todo eso, no llegaría a nada.

Hoy en día puedo hacer balance. Sé que habría pasado si hubiera seguido un camino u otro. Elegí el adecuado que era olvidarme de un sueño que tuve cuando no tenía otra cosa que soñar. Ahora los profesionales del ajedrez sufren para obtener sueldos bajos y las perspectivas son cada vez peores. Un mal profesional, se arrastra para llegar a final de mes viviendo en casa de los padres y viajando de pueblo en pueblo a la espera de una buena racha. El mejor consejo me lo dio un perdedor: No te creas todos los cuentos de color de rosa que te vendan los demás, normalmente no se cumplirán.

Normalmente las grandes historias son las de personas que te sugieren tomar un riesgo, dejarlo todo por una mujer, cambiar de vida por un sueño. Cuando esta decisión acaba siendo acertada, el que aconsejó el tomarla adquiere la talla de un personaje mitológico, que nos guió en el camino de la esperanza. Mi historia es más miserable, pues es la de uno que avisó sobre un riesgo que no merecía la pena correr. No era un gran amigo, ni mi padre. Era un tipo que ni siquiera quiso ayudarme. Pero lo hizo.

En la vida, los que alertan de los riesgos caen en saco roto. El tipo que alertó sobre los riesgos de las inversiones de Bernard Madoff sigue ganando menos dinero que todos los que recomendaban sus inversiones. Y aún menos que los que alertaron de ello sólo cuando se destapó todo el pastel.

Si tuviera que plasmar ese consejo en una frase, buena es la de Ramón J. Sénder:

La conciencia del peligro es ya la mitad de la seguridad y de la salvación.

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12 comentarios sobre “El mejor consejo recibido en toda mi vida”

  1. Qué cierta es la conclusión; que poco glamour tienen las llamadas a la cautela, la prudencia, a no dejarse llevar por decisiones apresuradas y poco meditadas … rechazamos los consejos prudentes y agradecemos los que nos regalan el oído con promesas fáciles de futuro. Al menos, en un primer momento ….

  2. Desde hace un tiempo me dí cuenta que si necesitas un consejo sobre alguna empresa difícil (ser profesional de ajedrez, montar una empresa, etc…) hay que hacer más caso de los perdedores y fracasados, que de los que triunfaron a la primera intentona. Seguro que los que han fracasado varias veces, tienen más claro cuantas cosas pueden salir mal.

    Me gusta tu historia, y me reafirma en mi pensamiento. Un saludo!

  3. desgraciadamente, yo tambien era «bastante» bueno al ajedrez de pequeño, ganado el torneo local y eso… y ganando al poco tiempo a todos los jugadores del club, y perdiendo en liga, Aun asi y todo, creo que me heche a perder en el club de ajedrez. PD: y no me creo que esa sola persona te dijese semejante consejo, y no lo creo por que he leido otros articulos suyos acerca del ajedrez, y «se que que estas hablando» y mas o menos hasta donde llegaste… en la compresion del juego. por eso, creo que como «todos», te llevaste algun chapuzón más. (el sabia que no llegarias a nada, por que jugaste demasiadas partidas contra el, despues de haberle ganado)

    salu2.

  4. Dejemos que los que han fracasado aconsejen a los que se encuentran en la disyuntiva de dar un paso diferente en su vida y en menos tiempo del que imaginamos desaparecerán los emprendedores, los que quieren crear algo nuevo o diferente, los que piensan que pueden hacer algo que no se ha hecho aún o los que creen que lo pueden hacer de una manera nueva.
    Estoy en parte de acuerdo con lo que el relato intenta transmitir, pero la prudencia y el conocimiento del abanico de posibilidades no debería estar reñido con el convencimiento y un cierto grado de riesgo o valor en esta vida y en cualquier empresa.
    Por cierto, tal vez ahora esa haya sido la elección adecuada, pero en un infinito universo de infinitas decisiones, esa no es más que otra decisión, con otra bifurcación, con otro camino y con otro resultado, puede que mejor, puede que peor, de seguro diferente.
    Un saludo.

  5. Al igual que no es mas rico el que mas tiene, si no el que menos necesita; No es mejor el mas reconocido, si no el que mas ha conocido; Y si tranquilo murió cagando en la vía del tren, bendito el que no se enteró.
    Me gusta ir sobre seguro, pero la vida me ha convertido en un hombre de fe, y dejo a las cosas que me estresan demasiado (esas grandes decisiones) un poco de azar, de tal manera que siendo consciente de los peligros, me enamoro, y hago todo tipo de cosas irracionales y cuestionables por la mayoría.
    Mi frase resumen de esta semana:
    Ser un hombre racional nunca ha sido tan apasionante en la historia, como lo es hoy en día.

  6. Consejo: Aproximadamente año 1935. El joven se marchaba de Buenos Aires a vivir al interior del país, una zona aún sin desarrollar. Años después sería un recordado profesor universitario de historia y notable investigador. Cuando tenía sus cosas empacadas y se despedía de todos, su padre le entregó un reluciente Colt para su defensa personal y le dio su consejo: «M’hijo, no lo saque sin motivo y no lo guarde sin honra». Nunca necesitó del Colt y fue alguien que honró la vida.

  7. Me recuerda a eso de que si le preguntas a un optimista si es optimista te dirá que si, pero si le preguntas a un pesimista si es pesimista te dirá que no, que lo que él es es «realista». Como dijo A. Tennyson: «Es mejor haber amado y perdido que jamás haber amado»

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