Empresas petrolíferas

Hace unos meses se puso de moda invertir en empresas de transporte de petróleo. Puede que la tendencia sólo se debiera a que todo lo demás «estaba muy caro».

La apuesta por muchas de estas empresas no está saliendo bien, al menos de momento. Esa es la gráfica de Teekay Tankers.

Antes de meterme en una inversión así hice un poco de introspección. ¿Qué sé del negocio en torno al petróleo? ¿Dónde está el dinero? ¿Es de repente el transporte la parte más rentable de todo el proceso?

Entre mi desconocimiento del sector y el inminente apocalipsis del Peak Oil (se acaba el petróleo y la humanidad se convierte en una película de Mad Max) y los coches eléctricos que tendremos que aceptar como el no va más del progreso, no me dio por otra cosa que intentar leer algún libro interesante sobre la industria del petróleo.

Para mi sorpresa no hay tantos libros sobre el tema. Y los que hay, tienen precios prohibitivos. Así que os paso a sugerir que leáis, los que seáis usuarios de Amazon Kindle, el capítulo de prueba del libro The Global Oil & Gas Industry: Stories from the Field.

El libro cuesta 79 dólares, que no es el típico precio de un café. Pero tiene la interesante cualidad de que la muestra de prueba que se envía al Kindle presenta dos capítulos largos enteros, y son bastante interesantes como lecturas aisladas.

En esos dos capítulos se narra la intra historia de dos macro proyectos relacionados con la creación de grandes infraestructuras energéticas. Por un lado la creación de una central eléctrica en la India (con la energética americana Enron como principal implicada) y por otro sobre un proyecto de transporte de gas para el gobierno de Bolivia.

Son dos historias muy marginales, y bastante antiguas (tienen casi 20 años) pero hoy en día es difícil leer narrativa de no ficción que tenga una compleja historia sin buenos y malos definidos.

La lectura arroja una visión muy interesante del mundo empresarial a alto nivel. Se trataba de dos proyectos costosísimos en que tanto las empresas como los gobiernos tenían mucho en juego. Con miles de millones de euros en cada presupuesto, todos los actores se arriesgaban a tremendas pérdidas o ganancias.

En televisión normalmente se muestra a las grandes empresas como feroces depredadores que entran en proyectos a tiro hecho y con ganancias garantizadas. Esta lectura ayuda a mostrar un mundo complejo donde cada euro se tiene que sudar antes de que llegue al bolsillo.

Los amantes de las lecturas difíciles agradecerán esta recomendación, insisto, sólo sobre el capítulo de prueba.

Rebuscando entre el resto de libros, aparece uno muy famoso: The Prize: The Epic Quest for Oil, Money, and Power, gigantesco libro de Daniel Yergin que ganaría un Premio Pulitzer, al mismo tiempo que sería un superventas y la base para una serie de televisión.

Publicado en 1990, el libro es una extensísima historia de la industria petrolífera, que en cierto modo es una historia reciente de la Humanidad a través de los ojos de las compañías de extracción, transporte y comercialización.

El libro es muy largo ─908 páginas─ y llega un punto en que se vuelve tedioso, por la insistencia en el tema. Así, me he leído una gran parte del mismo (la primera mitad y capítulos sueltos de las partes más interesantes) pero no he sido capaz de leerlo completo. Ese es el mundo en que vivimos ahora, en que la gente se atreve a recomendar un libro que no ha leído completo y el capítulo de prueba de Amazon de otro.

Al margen de una historia muy interesante, el libro muestra un trasfondo de empresarios hechos de otra pasta. Nada de los típicos burócratas perfectamente delineados por la extrema izquierda en su discurso para subir los impuestos. Se trata de personajes valientes, multidisciplinares y que se juegan el cuello en sentido literal en muchas ocasiones.

Veamos algo de la historia de Calouste Gulbenkian, un personaje secundario en esta historia, pero tal vez por eso un muy buen ejemplo de este tipo de empresarios.

Calouste era hijo de una familia acaudalada de origen armenio, aunque vivía en la actual Estambul. Un muy buen estudiante, sin embargo disfrutaba con el mercadeo del Gran Bazar, donde pasaba la mayor parte de su tiempo libre.

Como hijo de una buena familia, fue enviado a estudiar a Marsella, para mejorar su francés, y al King’s College, para aprender ingeniería de minas, donde escribió una tesis sobre el petróleo.

Graduado en 1887, con tan solo 19 años, con la máxima nota, un profesor universitario del King’s College sugirió que el tan talentoso joven armenio fuese a Francia a licenciarse en Física, pero su padre rechazó la idea por completo, idea que calificó de «gilipolleces académicas». En su lugar, el padre lo mandó a Bakú [capital europea del petróleo en la época], donde se había forjado la mayor parte de la fortuna familiar.

Y esta es la historia de muchos de estos personajes. Gente inteligente, que podía haber tomado el camino fácil e indolente de vivir del cuento, pero que se atrevió a luchar por más. En este caso se convertiría en un negociador fundamental en todos los acuerdos sobre petróleo en Oriente Medio. Y no, no se limitó a quedarse en la comodidad de la casa familiar, viajó incansablemente, viviendo en Estambul, París, Londres y Portugal por largos periodos de su vida.

Considerando que fue por aquel entonces cuando se produjo el genocidio armenio de manos de Turquía, que un armenio, viviendo en Turquía, se mantuviese en su fortuna, no debió resultar tarea sencilla.

Gulbenkian tenía otra característica. Él era total y absolutamente desconfiado. «Nunca he conocido a nadie tan desconfiado», diría Sir Kenneth Clark, el crítico de arte y director de la National Gallery de Londres, que ayudó a Gulbenkian años después a forjar su colección de arte. «Nunca me he tropezado con nadie que llevara las cosas tan lejos. Siempre tiene a gente espiando para él». Contrataba a dos o tres expertos diferentes para estimar una obra de arte y decidir si la compraba o no. De hecho, conforme se iba haciendo mayor, Gulbenkian se obsesionó con superar a su abuelo, que había vivido hasta los 106 años, y para ello, contrató dos equipos médicos independientes, de forma que pudiera contrastar las opiniones de un grupo con el otro.

De una persona así, podría pensarse que era un descastado que había renegado por completo de su país de origen, Armenia. Pero en su testamento legó una partida de 400.000 dólares para renovar la Catedral de Etchmiadzin, la más importante de Armenia «cuando la URSS lo permita».

En una típica surrealista crítica que enfurecería a Nassim Taleb , un crítico literario critica de la biografía sobre Calouste la ausencia de libros entre sus bienes preciados:

Siempre llevaba consigo todo lo que necesitaba en sus viajes: pasaportes, material para escribir y enviar cartas, libros de códigos telegráficos, vinos y champanes, medicamentos, café, miel (un tipo específico), gafas de sol y prismáticos (para practicar ornitología).

Y como digo, no es más que un personaje secundario de esta historia, donde el gran protagonista no es otro que John D. Rockefeller. Se hizo el hombre más rico del mundo comerciando con petróleo en la época en que aún no se había inventado la gasolina: sólo se usaba el queroseno para la iluminación y el resto de subproductos de la gasolina ─los realmente valiosos hoy en día ─ se tiraban.

En este sentido, hay una paradójica relación con el coche eléctrico. El gran negocio del petróleo era el queroseno para iluminación. Cuando irrumpió la electricidad y la bombilla de Edison, los empresarios del petróleo tuvieron que pivotar hacia otro sector. Justo entonces se estaba desarrollando el automóvil. Al tener la gasolina precios mínimos ─por estar el queroseno perdiendo demanda de forma continuada─ resultó la mejor opción como combustible.

Así, puede decirse que los coches no nacieron eléctricos de serie por el simple hecho de que la electricidad estaba matando al negocio del petróleo en la iluminación. Un poco como el caso de Apple, que tuvo que volcarse en los dispositivos móviles, porque tenía perdida la batalla de los ordenadores. Con el tiempo, el nuevo negocio resultó ser infinitamente más lucrativo.

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