1552

I

Mi primera cuenta bancaria la abrí con unos catorce años. La beca de estudios te la daban en una cuenta del Estado, a través de su banco, Caja Postal. Tenías que ir al banco con un papel y allí te abrían la cuenta y al mismo tiempo te ingresaban el dinero. Eran 72 euros que en cuanto tuve mi primera cuenta fueron sacados íntegros y guardados en mi bolsillo.
No volví a ir a pasar por el banco hasta el año siguiente. De nuevo una beca por una cantidad similar, algo superior por las generosas revisiones del IPC. Antes de ir al banco tuve que remover tierra, mar y aire para encontrar la cartilla pero una vez localizada pude volver a recuperar el dinero que me había ganado a fuerza de no estudiar. Se suponía que ese dinero era para comprar libros pero para cuando te lo ingresaban hacía tiempo que usaba los libros que habían comprado mis padres. Por eso el dinero de la beca servía para mis modestos gastos.
Al tercer año empezaron a llegar las becas gordas, la Ayuda Compensatoria, divino concepto. Pasé de cobrar menos de 90 euros a recibir más de 600, todo un dineral para la época y mi tren de vida de aquel entonces. En este caso continué con el ritual y extraje todo el dinero que guardé con grandes dosis de temor en mi cartera y me lo llevé a casa para allí ocultarlo en la quietud de mi habitación. Ese dinero me dio para varios meses de vida aceptable.
Cuando entré en la Universidad, en 1995, la beca ya era de más de 1.000 euros. Era una inyección de capital extraordinaria para una economía en continuo precario. En algún momento del proceso la Caja Postal pasó a llamarse Argentaria con la privatización del Gobierno. En algún momento dejé de sacar todo el dinero para pasar a extraer las cantidades que iba necesitando. Porque con mis ingresos podía tener una tarjeta de crédito y con ella se acabó el sistema de ahorro del calcetín.

II

Estaba a punto de terminar mis estudios, el tiempo de becas. La que fuera Argentaria pasó a llamarse BBVA pero mi cuenta seguía allí, sólo cambiaba el diseño de mi cartilla de ahorros. Con el dinero que obtenía de la beca y mis ingresos irregulares pero frecuentes con el juego tenía para vivir ascéticamente todo el año y permitirme algunos caprichos modestos como el viajar por España en una época en que ninguno de mis amigos lo hacía – los defectos de vivir en una ciudad turística con playa.
La peor época del año era el otoño, justo con el comienzo del curso escolar. La beca la solían ingresar a primeros de año y cuando éste estaba llegando a su fin uno estaba muy justo de dinero.
Recuerdo un año en que por noviembre apenas me alcanzaba el dinero. A pesar de todo las cosas me habían ido bien y durante muchos años siempre había tenido algo de dinero ahorrado en el banco. Ahora tenía gastos fijos como el transporte o las perpetuas fotocopias de la universidad, o los bocadillos del bar cuando me quedaba a estudiar. Eran pequeñas cantidades pero que necesitaba con regularidad. Y mi dinero venía a menos irremediablemente.
En el verano todo habían sido pérdidas. Me encontraba en una situación intelectual delicada, el mundo se ponía cuesta arriba. Y el dinero se acababa. Me quedaban menos de 15 euros para aguantar dos meses.
A primeros de noviembre fui a sacar dinero del cajero automático. Me quedaban 1552 pesetas en el banco (unos 9 euros). Para mi sorpresa vi que casi no había cajeros automáticos que dispensaran menos de 2.000 pesetas (12 euros).
Una de las peregrinaciones que más se han marcado en mi memoria es aquella en que tuve que recorrerme la ciudad buscando uno de esos escasos cajeros. El aprendizaje de ese suceso, de que no había cajeros que dieran menos de 2.000 pesetas, mediante una experiencia extrema como la mía, que sólo disponía de poco más de 1.000, me hizo pensar que hay muchas enseñanzas disponibles al alcance del pobre pero que su situación es tan precaria que no está en condiciones de aprenderlas.
Finalmente conseguí ese billete. Y poco tiempo después tuve que afrontar el más amargo trago: puesto que la unidad mínima era el billete de 1.000 pesetas y sólo tenía 552 pesetas en el banco tendría que ir a él para sacar mi dinero.
Hacía años que no pisaba la oficina bancaria. Una parte de mí sintió vergüenza de otra parte por tan deshonrosa extracción. Saqué hasta la última peseta del banco, dejando la cuenta a cero.
Me había acostumbrado al dinero. Tantos años de becas me habían convertido en un adicto al billete verde. Cuando era más joven vivía la escasez con resignación pero ahora en las puertas de la vida adulta la pobreza me causaba desesperación.
Recuerdo que fui a una competición escolar de matemáticas cuando estaba en el instituto y no tenía dinero para tomar el autobús. Así que fui andando desde casa dando un paseo de más de una hora. En la competición de matemáticas hice un resultado para olvidar pero me sentía orgulloso de ser posiblemente el único que había tenido que esforzarse físicamente sólo por participar. Pero en el momento en que saqué mis últimos ahorros del banco sentía la pobreza como algo intolerable y degradante.

III

Algunos años después comencé a trabajar. Entonces abrí una cuenta por decisión propia en un banco que me convenía. Y preocupado por los riesgos posibles de tener dos cuentas en dos bancos diferentes me acerqué a mi anterior banco – BBVA – a cerrar mi cuenta con ellos.
Para ellos debía resultar molesto que un joven que les había visto pasar por tres nombres de entidad diferentes, que no había tenido que pagar comisiones durante casi diez años, se marchara justo en el momento en que iba a ser sangrado como un cerdo en la matanza. El hombre de la oficina se sentía extraño ante el hecho porque debía resultar inusual que alguien quisiera cerrar una cuenta.
Con mi cuenta se cerraba mi primer ingreso de 72 euros, mi vida de pobre, el día que saqué las 552 pesetas en la oficina. Para él era una molestia más mientras que a mí, esperando a que se terminara el papeleo, los recuerdos me invadían.
Cuando terminó me entregó la libreta con la banda magnética rota. En ese momento pensé que mis 552 pesetas, la historia de mi pobreza, no quedaría reflejada en ninguna parte. Hacía años que no actualizaba la libreta, siempre había usado la tarjeta de crédito como resguardo de la cuenta. Así, le pedí al hombre del banco un última consulta de movimientos.
Pero el cajero no quiso dármela. “Usted ya no es cliente nuestro”, fue su respuesta. Tuve que marcharme.
Al menos los recuerdos siempre se pueden imprimir en papel.

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7 comentarios en “1552”

  1. Puedes darte por afortunado con todo el proceso de cierre de la cuenta.
    A mí cuando fui a cerrar la cuenta a través de la cual pagué mi hipoteca, y tras pasar por momentos evocadores como los tuyos de lo que había sido todo aquel tiempo, me encontré con la sorpresa de que me querían cobrar no sé si eran unos 30 euros en concepto de “gastos de administración”.
    Afortunadamente como me esperaba algo tan ridículo había dejado la cuenta previamente a cero (bueno, no, creo que tenía unos 40 céntimos…), así que le dije que no pensaba pagar por cerrar una cuenta, él me dijo de muy malas maneras que entonces no me la cerraba, y todo terminó en que yo me fui cabreado a casa a poner una reclamación formal
    (lo de la reclamación formal no es por tontería… si no te han cerrado la cuenta, te pueden seguir cargando los gastos de mantenimiento periódicamente, hasta acabar entrando en números rojos, y en el peor de los casos acabar en los registros de morosos sin haberte enterado. Lo habitual es que una cuenta a cero y sin actividad ellos mismos acaben cerrándola, pero… más vale prevenir).
    De todos modos, y para concluir, me resulta divertida la poca visión comercial de la persona del banco que cerró tu cuenta, y su antipatía… caray… me gustaría verle ahora cómo te trataría cuando entraras por la puerta… jeje

  2. se que este comentario lo borrarás pero creo que aún siendo listo y escribiendo bien en el fondo estás mal de la cabeza.
    [Comentario zrubavel: Pues no andas mal encaminado. Pero hasta de ese defecto se puede sacar una virtud.]

  3. Qué curioso. Yo viví practicamente la misma historia, como buen becario de ingresos bajos. La primera cuenta en postal, el paso a argentaria, los pequeños homenajes, la sensación de recibir una fortuna incalculable (me suena habr recibido hasta 300.000 pelas) totalmente descoordinada en fechas con los gastos de estudio. Y finalmente la carestía y apurar hasta la última peseta.
    Y también la mala jostia del señor del banco al cancelar la cuenta. Con los años descubrí que es verdad que el nivel de gasto suele ir aparejado al nivel de ingreso. Yo intento que lo que hubiera considerado grandes despilfarros en mi etapa de pobreza redunde en calidad de vida. Por desgracia me da la sensación de que no siempre así.
    En cualquier caso, te hacía mayor. ¿Cuántos años tienes? (si no es indiscrección intolerable).
    Como siempre, tu blog es un placer.
    saludos

  4. A mi me pasaba todo lo contrario. Trabajaba en una oficina de seguros y un director de banco venía casi a diario a pedirme que yo me abriera una cuenta con ellos.
    Por lo visto querían que todos los de la oficina tuviéramos una. Conmigo no lo consiguió.
    ;-)
    Un saludo. Antonio.

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