El peluquero

A pesar del paso de los años, me sigue angustiando ir a la peluquería.

Al principio el problema estaba en que mi padre nunca me daba dinero para cortarme el pelo. Recuerdo la frustración de ir detrás de él, mendigando para un corte de pelo. Hasta que conseguía que me diera el dinero, podían pasar tres o cuatro semanas. Tal vez por eso no soporto pedir nada, por la vergüenza, no tanto de sentir que no te lo dan, como la humillación de que no te queda otra…que volver a pedir.

El corte de pelo era siempre una actividad gregaria. Mi problema era el de mis otros hermanos. Se juntaba la dejadez de otra época, en que la higiene era un lujo y los piojos frecuentes. El problema de tener un crecimiento de pelo agresivo, como mala hierba. Y que el periodo que iba entre la desesperación por tener un pelo muy largo y el conseguir el dinero, alargaba una agonía insufrible.

Llegábamos a la peluquería un par de chavales. Ahora los niños de esa edad no van ni solos al colegio, pero antes era normal. Entrábamos en silencio y nos sentábamos en las sillas, recelosos, mientras se mantenían conversaciones muy adultas: política, fútbol, mujeres del estilo de Terelu Campos. El peluquero nos miraba, con una mirada morbosa, como de rechazo por el aspecto de miseria y la diversión que despiertan los niños. Tarde o temprano, llegaba el momento y uno de nosotros se sentaba en la silla.

En aquella época no había cortes de pelo, estilos, rapados de esta forma, elección de navaja, tijera o máquina. Era descargar. No se mediaba palabra: te sentabas y el tipo se ponía a cortar como si no hubiera mañana.

Una de las cosas que más me desagradaban era que los peluqueros fueran homosexuales. O al menos las absurdas conversaciones oídas en casa me habían llevado a pensar que estaba claro que eran todos homosexuales. Entonces tú te sentabas en la silla, colocando las manos en los brazos del sillón y el peluquero aprovechaba la coyuntura para frotar sus genitales contra tus manos cada vez que cambiaba de postura, aprovechando la mínima intimidad de la sábana. Se creó una retroalimentación. Está claro que el pobre peluquero no tiene otra que acercarse a la silla tanto como pueda, y el roce era inevitable, lo que potenciaba la creencia en su homosexualidad, pues aquello debía ser deliberado. Y con ello aumentaba más y más mi rechazo hacia ese potro de tortura, no porque me molestara en particular, sino porque me daba asco todo lo homosexual, sin saber o entender lo que significaba aquello. El hecho de que el peluquero insistiera mucho en que no nos moviéramos era para evitar que retiráramos las manos de los brazos, que yo dejaba fijas pero no exento de la sensación de rechazo.

Tardé muchos años en llegar a la conclusión de que no se tiene por qué poner apoyar las manos en los posabrazos. Ahora siempre me corto el pelo con los brazos cruzados, pero es un gesto racional que me obliga a rememorar toda esa basura infantil de pobres. Vuelvo a estar ahí sentado y el peluquero resopla al encontrar más capas de pelo debajo del pelo recién cortado. Podían pasar más de seis meses entre corte y corte. Tarde o temprano el cortador de pelos pronunciaba la palabra infame: león. Yo llegaba a casa diciendo que me molestaba que dijera que era un león. Cuando le estaba pidiendo dinero a mi padre, sabiendo que no me lo daría, ya estaba pensando en que estaba mendigando para ir a un sitio donde me dirían que tenía el pelo que parecía un león. Y era algo que me molestaba mucho, no tanto como que el peluquero fuera un homosexual aprovechado, pero que me resultaba hiriente.

Con el pelo tan largo, los piojos eran inquilinos habituales. Me acuerdo que en aquella época la ofensa no era que te dijeran que tus hijos tenían piojos, era el pan nuestro de cada día. Hay que pensar que en aquella época los slots de anuncios que no ocupaban las empresas de telefonía, y esos son muchos slots, iban directos para los remedios farmacéuticos contra los piojos. Ofensa era que dijeran que tus hijos habían sido los que habían contagiado los piojos a los demás, acusación por la que alguna vez que pasar. Así, me sentía violado, leonizado e infectado cuando iba a la barbería.

Con el tiempo la cosa no fue mejorando del todo. En parte sí, en parte no. El gasto en peluquería siempre fue un extraordinario que había que pedir aparte. Una vez me corté el pelo en un sitio que era «el dos billetes» porque el corte de pelo costaba doscientas pesetas, algo así como un euro. Para una vez que podía cortarme el pelo con dinero de mi bolsillo, no se podía desaprovechar la oportunidad.

El dos billetes era como el Ikea de las peluquerías. Si se podían dar dos tijeretazos en vez de tres, se daban dos. No te mojaban el pelo antes de empezar, no había cuchilla de repuesto para los repasos, el corte duraba cinco minutos mal contados, y salías vulnerable y magullado, como después de un aborto. Fue una experiencia tan desagradable que no se quiso repetir.

Luego con el tiempo me hice medio amigo de un peluquero. Era un tipo del barrio que tenía un tablero de ajedrez en la mesita de centro y algunas revistas de ajedrez antiguas. Cuando no había clientes, y hasta que llegara alguno, nos echábamos una partida. Era una forma de perder las tardes como cualquier otra, ahí delante del tablero, esperando un hueco del peluquero. Fue un cambio radical, dejé de odiarlos, de considerarlos a todos como homosexuales. Tenía un medio amigo peluquero.

A los pocos meses yo era mucho mejor jugador que el peluquero y ya seguía allí porque mi vida estaba llena de espacios vacíos. Él disimulaba el aburrimiento del que pierde siempre, aunque muchas veces que no tenía clientes prefería pasar la escoba antes que jugar una partida. A pesar de ser mi medio amigo, los cortes de pelo se seguían pagando religiosamente. Hasta que un día mi padre decidió que no tenía sentido que me diera dinero para el corte de pelo: podía jugarme el corte a una partida de ajedrez.

Volvíamos a los viejos tiempos de regateo para un corte de pelo, ahora con algo más de luces y de autoestima. Aún así lo suficientemente inocente y desesperado como para tener que recurrir a la argucia propuesta por mi padre. El peluquero no pudo contenerse, cuando le propuse la apuesta, a decirme, ¿Y que pasa si vos perdéis?. No había plan B, me puse rojo y le dije un tímido No sé. Tenía que ganar, porque ya casi siempre ganaba, pero la apuesta era demasiado elevada como para perder. Sumando a todo eso la vergüenza ajena del peluquero, gané y tuve ese corte de pelo gratis. Él último conseguido gracias a la pedigüeñería. Esta palabra, es la única del diccionario que tiene todos los tipos de firuletes posibles (el acento, la diéresis, el punto sobre la i y la virgulilla).

Aunque creo que he salido muy bien parado y feliz por mi niñez, creo que todo lo relacionado con la peluquería me ha dejado marcado. No importa lo que pase, el ritual de cortarme el pelo sigue siendo desagradable y me obliga a recordarlo todo.

El peluquero es una de esas cosas que no eliges al azar y muy mal tiene que darse para que decidas cambiar. Se establece algún tipo de rutina íntima y nos gusta volver siempre al mismo. En mis continuas mudanzas, el tener que elegir peluquería siempre ha sido algo desagradable. Supongo que ya tengo edad y dinero como para elegir a una peluquera heterosexual, pero todavía me gusta un poco revolcarme en el lodazal.

Aún sigo descontento, pero con cuestiones rutinarias. El cutrerío de la prensa que siempre hay en ellas, las conversaciones rutinarias sobre política 2.0, alineaciones de fútbol y mujeres de calendario Pirelli. Que me pregunten si quiero gomina, si me voy a duchar o afeitar hoy o mañana. En cierto modo me gusta, es como cuando uno ha sufrido un accidente de tráfico y le dan un golpe de aparcamiento. Te molesta, pero te hace recordar que los tiempos pasados no siempre fueron mejores.

De entre todos los vergonzantes cortes de pelo de mi infancia, se cuela uno cum laude: cuando a mi hermano mayor le tocó una quiniela de fútbol. La típica quiniela fácil en que se dan todos los resultados predecibles, y hasta el punto de que hasta un niño la puede acertar (en gran parte, que no toda). Ese momento mágico de mi niñez, esa sensación de ser unos triunfadores – triunfó él pero yo me apunté al carro del éxito – de estar en la cresta de la ola. De tener que indagar sobre cómo era el pago de los premios. De estar a otro nivel.

Pero ese recuerdo, que tendría que haber sido uno de los más dulces de la infancia, se empaña porque el escasísimo dinero que apenas dio para un par de cortes de pelo. A tiempo y sin humillaciones. Sin el fantasma del león, íbamos casi con las cola de armiño, al menos dentro de nuestra cabeza, por debajo de tantísimo pelo.

Por detalles como este, y alguno más, siempre estaré en deuda con mi hermano. Y es que los niños no son generosos ni por naturaleza, pero el que, sin titubear, me pagara un corte de pelo es para mi, sin lugar a dudas, el gesto más desinteresado y noble que recuerdo de toda mi infancia.

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22 comentarios sobre “El peluquero”

  1. Yo tengo otra razón para odiar ir a la peluquería : la incertidumbre.
    Es decir, seguramente era muy molesto sentirse como león, pero no hay pelo lo suficientemente largo que no aguante un día más sin cortarlo; el problema es cuando el corte queda mal y uno sabe que tiene dos opciones: cortarselo de nuevo y aceptar que el corte actual fue un desperdicio de tiempo y dinero, ó aguantarse 6 meses mas con un corte de pelo incomodo.
    En cualquiera de los dos casos lo peor era que no tenía sentido volver con el mismo peluquero que hizo el mal corte la vez anterior, asi que había que voler a buscar un nuevo peluquero, sin tener la certeza de que el corte del nuevo vaya a ser mejor.

  2. Llevo 8 años viviendo en esta ciudad, me «corto» el pelo cada 6-7 meses y no he encontrado ninguna peluquería (ni barbería) que me termine de agradar.

    Cuando era pequeño una vecina y amiga de la familia era peluquera y tenía su propio negocio. Recuerdo que era ella quien me llamaba cuando me veía por ahí y consideraba que necesitaba que me cortasen el pelo.

  3. Yo tengo fobia a sus alientos. Prácticamente a todos* los peluqueros les huele, en una escala que va desde el tufillo soportable hasta el pútrido hedor de morgue, que justifica una caminata de un kilómetro extra hasta la siguiente peluquería.

    Yo también soy de mudanzas contínuas y siempre he ido a lo sencillo: la peluquería más cercana. Mi «pelopolla» no admite muchas variantes: maquinilla por abajo y muy corto por arriba. Cualquier aprendiz «choni» enganchada auricularmente a la Blackberry y con una mano dedicada en exclusiva al WhatsApp podría afrontarlo con éxito.

    *En realidad y para mí, a todo el mundo le huele, sobre todo a partir de cierta edad. Tener un olfato muy fino es una maldición. Seguro que los tribunales de reencarnación me asignan el perro, sólo para joder.

  4. En las peluquerías también hay otros olores…
    Yo siempre voy a peluquerías con peluqueras.
    En silencio, a lo sumo la radio, uno piensa en una cosa, otra en otra, quizá en algún momento, y por mediación del olor, del aburrimiento, en la misma,…El roce, lo consabido. El lavado de cabeza transmite por las manos los pensamientos de quien lava, mucho mejor que las palabras. Y luego, cuando se sale del sueño del corte de pelo, el frescor en la cabeza y el dulce despertar.

  5. En el caso de las niñas es un mundo muy distinto. En general, el problema que yo tengo es que me cuesta mucho decir que no a algo y, si el peluquero se empeña, salgo con el pelo rapado a topos rosas sobre fondo morado. Y mi pelo es mi autoestima. Así que mi peluquero favorito es el familiar de un familiar mío político al que le miro con cara de cordero degollado, le contesto «no sé, haz lo que quieras» a cualquier pregunta, y lo hace bien. Tan bien lo hace que, obviamente, ha ganado fama y ahora no me lo puedo pagar.

    Antes cuando iba a casa cuadraba las visitas allí, me toca peregrinar a una peluquera leonesa que me salga suficientemente barata y me destroce suficientemente poco para pensar que compensa. La próxima que me toca probar es una mujer que no para de repetir lo bonito que es mi pelo (me gusta la gente que piensa como yo).

    Sobre peluquerías más masculinas… la de mi padre es un santuario sagrado. Me impone tanto respeto, que cuando llevaba a mi hermano le acompañaba a la puerta y prácticamente ni entraba. Ya sólo con abrir la puerta sabes que no eres bien recibida ahí. ¡Sólo hombres!

  6. Acojonante historia. Sin haber vivido en la miseria que tú comentas me he visto bastante identificado con lo relativo a ver un corte de pelo como un lujo.

    En toda mi vida jamás había ido a peluquerías en las que me sintiera cómodo y siempre intentaba alargar el proceso al máximo, aunque a la vez me encanta la sensación de salir del local con el pelo perfecto.

    Hace unos meses descubrí una peluquería junto a mi casa, 4 euros más barata de a la que solía ir y regentada por un señor que corta el pelo de maravilla, con calma y ambiente agradable. Pues bien, pese a lo mucho que me gustó desde entonces sólo he vuelto una vez y ahora mismo tendría que volver, pero me da una pereza increíble y no hago más y más que posponerlo. Es un sin sentido pero sé que a mucha gente nos pasa.

  7. Desde la Feria pasada voy a una peluquería de señoras. En la puerta pone unisex, pero medio año después ya he perdido la esperanza de ver entrar a otro hombre. Era la única peluquería abierta esa tarde en prácticamente toda la ciudad. Me conmueve la gente trabajadora, así que como premio dejé tirado a mi peluquero habitual, del que tampoco tenía mucha queja, y me cambié a esa para siempre. (Ahora, tras conocerla algo mejor, sospecho que no es que sea principalmente trabajadora, es que debe de estar endeudada hasta el culo.)

    Además de eso, la profesionalidad y el mimo al cliente no tienen nada que ver con mi anterior peluquero, ni con el anterior al anterior. A lo largo de estos meses me han ofrecido innumerables cafés, colacaos, infusiones, bolsas de gusanitos, incluso me obligaron a poner mis piernas en una máquina de masajes mientras me pelaban. El pelado es exactamente como yo lo requiero, empleando todo el tiempo necesario y con un resultado más satisfactorio del que nunca había experimentado. Incluye lavado de pelo con agua caliente, champú y secado antes y después del pelado, una experiencia incómoda pero placentera. Y todo por un precio increíblemente ajustado. Tres euros menos que mi anterior peluquero, que cortaba en cinco minutos totalmente a su aire y gusto.

    En definitiva: ir a una peluquería de señoras merece la pena, a pesar de la vergüenza.

  8. Gran historia, como casi siempre por aquí. No sé porqué, pero es así: a los tíos nos dan mal rollo las peluquerías.

    Y aunque hubiera sido una mierda, habría merecido la pena sólo por aprender una palabra nueva: ‘pedigüeñería’. Me encanta, aunque me ha costado unos 25 intentos escribirla bien con el puto iPad.

  9. Una vuelta de tuerca más en la miseria: no haber conocido una peluquería hasta bien avanzada la adolescencia, porque –por ahorrar– tu madre te ha usado como dummy para sus prácticas autodidactas de peluquería. Menos mal que el aquí firmante era bastante poco atractivo y no había ninguna imagen que estropear.

  10. En mi niñez, mi madre siempre me cortó el cabello. Vale decir que también se dedicó a esta actividad un tiempo para ganar dinero, aunque no puedo decir dinero extra por que mi padre no siempre lo llevaba a casa, así que mi mamá era la que nos tenía que sacar adelante. Entre que ella cortaba el pelo y su extrema afición por la higiene, nunca en la vida supe qué eran los piojos.

    Sin embargo, las técnicas de corte de mi madre se quedaron algo obsoletas, y hasta bien entrados los 16, fue que me decidí a acudir a una peluquería… bueno, estética unisex.

    Sucede que en mi ciudad prácticamente ya no existen las peluquerías, quizá 3 o 4 por toda la ciudad, lo que hay son «estéticas unisex», la gran mayoría atendidas por mujeres de muy variadas edades y muy variados aspectos. Así que me fui a cortar el pelo con las más joven y de buen ver que encontré, y puedo decir que era una experiencia bastante agradable, no obstante, entre que yo no soporto el cabello de más de 3cm. por que me acalora y los precios de los cortes, tuve que volver a los «anticuados» cortes de mi madre.

    Ahora, con varios años a cuestas desde aquella época, cuando ya ni siquiera vivo cerca de mi madre y pudiendo cortarme el pelo donde me dé la gana, vuelvo a acudir con ella entendiendo que para ella es un placer hacer algo por su hijo.

    Un placer leerlo, como siempre, señor Z

  11. Es la primera vez que leyendo este blog me siento ligeramente ofendido, se que la manera de hablar de los homosexuales forma parte de la historia y de las sensaciones de aquel momento, pero al terminar el texto me sentido como una mierda la verdad

    Saludos

  12. Siento que te hayas sentido ofendido, es como dices, expresar lo que se pensaba en ese momento. No dejes que un niño de ocho años te ofenda. Mis disculpas por él y por mí.

  13. ¿6-7 meses para cortarse el cabello?
    Con razón lo de leones…

    Yo me lo corto cada mes, mes 1/2 a mas tardar porque ya no lo aguanto. Y sé de personas que van cada 15 días.

    Tal vez sean los precios. Soy de México, y un corte me cuesta entre 30 y 80 pesos mexicanos. aproximadamente de 2 a 5 euros

  14. Para mí siempre fue un trauma ir a la Barbería. Recuerdo mis llantos reflejado en el gran espejo, viendo caer mis rizos. El mismo corte de flequillo que llevaba el peluquero. Las risas de los niños en el colegio (posible paranoia infantil). Un fin de semana sin salir de la casa por pensar que tenía el mismo corte de pelo que un «pez» de no se qué juego de la Gameboy. La ralla del pelo. El corte del cuello. Nada me gustaba. La vergüenza de ojear el Interviú.

    Pero ya lo he superado todo ahora leo el «Hola»y el «Pronto», en una peluquería de mujeres.

  15. Gracias por vuestras opiniones y experiencias en peluquerías, nunca imaginé que a tanta gente le pudiera resultar algo tan cotidiano tremendamente desagradable.

    A los que vais a peluqueras me entra la duda de si tienen el equipamiento necesario, a nivel de cuchillas para afeitar el cuello, porque eso es algo imprescindible en cada afeitado de hombre y posiblemente innecesario en todos los de mujer. Seguramente yo mismo pruebe en mi próximo intento y aporte el dato en otro comentario.

  16. Cuello: la misma máquina de rasurar. No me he afeitado jamás la cara en una peluquería, del tipo que fuere.

  17. Un post entrañable. Cuando escribes cosas así se te toma hasta cariño :-)

    Y creo que muchos, más de los que piensas, nos sentimos identificados. Yo desde los 19 años tiro de una máquina de ésas para rapar: a veces algún compañero de piso o un amigo me lo cortaba, pero en la inmensa mayoría de las ocasiones me lo hago yo mismo. Claro que siempre estuve muy lejos de ser un león (y ya no te digo nada ahora). Pero aunque tuviese una frondosa cabellera, creo que evitaría las peluquerías.

    Hace poco estuve de viaje casi un mes, y ya antes de salir me hubiera tocado raparme. La última semana de viaje ya estaba incluso incómodo. Pasé case un día entero paseando por Melbourne, me asomé a media docena de peluquerías, y no me decidí a entrar en ninguna. Creo que me vinieron a la cabeza imágenes y sensaciones muy parecidas a las que describes.

  18. Las peluqueras tienen el equipamiento necesario.
    Pero es más cara que un Barbero.
    Pero ver como tus traumas infantiles se desvanecen… no tiene precio.

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