Henry Ireland. El metafalsificador

William Henry Ireland (1775-1835) era el hijo de un anticuario y editor, Samuel Ireland. Desde pequeño la absoluta falta de cualidades intelectuales del pequeño hizo que su padre no esperase gran cosa de él. Consiguió un empleo como ayudante de un abogado especializado en hipotecas, a Dios gracias.
En aquella época comenzó el boom de Shakespeare. Cierto es que el insigne escritor inglés disfrutó del éxito de sus obras teatrales en vida, pero hacia el final del siglo XVIII había una verdadera locura en torno a sus trabajos. Con el problema añadido de que apenas existían objetos de culto del genial escritor. No se conservaba ni uno solo de los manuscritos originales de sus obras teatrales. No existía ni una sola carta suya, ya fuera a un editor, productor o amigo suyo. Era tiempo de que los fraudes llenaran ese vacío.
William Ireland se inicio en la falsificación desde su profesión de ayudante de abogado. En ella tuvo acceso a documentos muy antiguos, además de mucho tiempo libre. Comenzó con curiosidad con un libro viejo que compró en una librería. El libro no tenía valor alguno porque aunque era antiguo no había forma alguna de demostrar su origen. Sin embargo se le ocurrió que si falsificaba una dedicatoria a la reina Elisabeth, aquello ganaría muchos puntos de credibilidad.

De la mejor forma que pudo, consiguió realizar la dedicatoria. Luego fue a un anticuario conocido suyo y de su padre y le presentó el documento para que le dijera si era auténtico y en tal caso el valor justo para el libro. Tras examinarlo detalladamente llegó a demostrar que no sólo era una falsificación sino una muy burda. Le mostró a William Ireland una forma más refinada de hacer parecer que la tinta era antigua, usando una tinta especial y exponiendo después el papel al calor. William observó el método y en lugar de vender un libro, acabó comprando un bote de tinta.
De nuevo en la quietud de su despacho, preparó una nueva dedicatoria a la reina. El resultado de la nueva falsificación superaba con creces a la anterior. Esta vez marchó con el libro a casa de su padre, mostrándole la ganga que había encontrado en un anticuario.
Su padre observó con cuidado la dedicatoria, dándola por auténtica. Y felicitó a su hijo por haber tenido tanto ojo descubriendo un libro así. Entonces le dijo que siguiera mirando, a ver si era capaz de encontrar un libro autografiado por Shakespeare. “Daría la mitad de mis libros por conseguir algo así”.

¿Qué no es capaz de hacer un hijo por conseguir el reconocimiento de su padre? A partir de ese momento la travesura de una tarde se convertiría en una profesión de años.

El primero fue del todo inocente. Un acuerdo legal entre Shakespeare y John Heminges, editor y manager teatral. Firmado personalmente por el famoso escritor inglés.
Con él llegó a su padre que no dudó ni un instante en la veracidad del documento. Maravillado, pidió a su hijo que tomara lo que deseara de su colección, a cambio del falso contrato. William Ireland era un hombre feliz.
Poco a poco fue sirviendo a su padre un reguero de documentos, todos relacionados con Shakespeare. Todos de un valor documental extraordinario. Todos completamente falsos. Como coartada le contó que un misterioso Señor H. que quería permanecer en el absoluto anonimato le había proporcionado esos documentos que podrían ser de Shakespeare.

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Carta supuestamente escrita por Shakespeare.

Los documentos tenían una clara tendencia hacia lo que se deseaba encontrar. “Ojalá tuviera un documento firmado por Shakespeare”. Aparece un documento firmado. En aquella época se dudaba sobre la religión que profesaba el poeta. Eran malos tiempos para el catolicismo pero una referencia en Hamlet al Purgatorio hacía pensar lo peor: que la mayor pluma inglesa profesó esa religión.

Fácil para William Ireland fue descubrir una Profesión de Fe en que se desvelaba que para descanso de todos Shakespeare repudiaba el catolicismo.
El número de falsificaciones fue en continua progresión. Hasta aparecer los manuscritos originales de obras de teatro, como Hamlet, algo que hoy en día tendría un valor incalculable. En lugar de confiarse, William Ireland había ido perfeccionando sus métodos hasta la absoluta perfección.
Pero para su desesperación, el padre no se conformaba con poseer la mejor colección de documentos originales relacionados con Shakespeare. Tenía que contarlo y no dudó en mostrar sus joyas a expertos en la materia. William Ireland no dudó que el entretenimiento para agradar a su padre acabaría descubriendo su mentira. Pero para su sorpresa, los peritos dieron los documentos por auténticos.
Con el beneplácito de los expertos, las falsificaciones derivaron en una orgía creativa. William Ireland descubrió un manuscrito de El rey Lear, pero en lugar de transcribir el original decidió modificar algunos apartados, eliminando algunas bromas originales que le parecían de mal gusto. Luego apareció un Hamlet, que resultó llamarse originalmente Hamblette. La pérdida de papeles iba en aumento.
Porque aunque no había tenido oportunidad hasta entonces, William Ireland tenía inquietudes literarias propias. Maravillado con la aceptación de sus Shakespeares decidió ir un paso más lejos: ¿Por qué no escribir una obra de teatro? Dicho y hecho, William Ireland descubrió en 1795 una nueva obra del más grande escritor en lengua inglesa, una obra de teatro desconocida hasta el momento: Vortigern.
La obra había sido escrita de principio a fin por William Ireland. Desde luego no tenía la calidad de las obras mayores de Shakespeare, pero bien podría tratarse de una de sus primeras creaciones.

Hacia el final de ese año nacería un libro recopilatorio con todos los escritos acumulados hasta la fecha. Este libro fue compilado por el padre de William y recibió el título de Miscellaneous Papers and Legal Instruments under the Hand and Seal of William Shakespeare y fue publicado al comienzo de 1796.

Este libro hizo que lo que hasta el momento era una curiosidad conocida por un pequeño círculo, se divulgase por toda Inglaterra. Muchos expertos pudieron observar de primera mano los textos descubiertos del autor. Y fue entonces cuando comenzaron a surgir las primeras sospechas.
Al mismo tiempo se planteaba el reestreno triunfal de la nueva obra teatral, Vortigern, de la que William y Samuel Ireland cobrarían un suculento porcentaje de los ingresos. Sin embargo cuando se acercaba la fecha del estreno las voces que indicaban que aquello no podía ser Shakespare aumentaban. William Ireland pensaba que lo peor ya había pasado. Y presentó una nueva obra: Henry the Second, también atribuida a Shakespeare.
Cuatro días antes del estreno se publicaba un libro de más de cuatrocientas páginas, escrito por Edmond Malone, uno de los mayores expertos en la obra de Shakespare, titulado An Inquiry into the Authenticity of Certain Miscellaneous Papers and Legal Instruments. En él demostraba con cuidadoso detalle que cada uno de los documentos presentados eran falsos.
El estreno de Vortigern fue un desastre, en gran parte debido al esfuerzo de Edmond Malone por dinamitar la obra. Muchos de sus conocidos fueron allí sólo para armar bronca. Al final consiguieron su objetivo y no hubo más representaciones.

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A partir de ese momento comenzó la desgracia para los Ireland. Todo el mundo acusaba al padre de ser el autor de las falsificaciones, entendiendo que el hijo sería incapaz de conseguir algo tan logrado. El padre le pedía al hijo que le pusiera en contacto con el misterioso señor H. para desvelar la originalidad de los documentos. Y William Ireland sólo pedía que le tragase la Tierra.
Samuel Ireland moriría en 1800 arruinado y sin saber que los documentos que tanta felicidad y sufrimiento le habían causado eran falsos. En 1805 William Ireland publicaría su libro An Authentic Account of the Shakesperian Manuscript en el que detallaba cómo había falsificado la obra de Shakespeare. A pesar de todo nadie le creyó, todo el mundo lo consideraba incapaz de algo tan refinado. Pensaban que había escrito el libro no para limpiar su conciencia sino en un desesperado intento de limpiar el nombre de su padre.
A pesar de que era ampliamente conocido el alcance de las falsificaciones de los Ireland, la subasta de los bienes del padre, Samuel Ireland, en 1801 atrajo mucho interés por parte de los bibliófilos. Gran parte de las falsificaciones fue adquirida por Edmond Malone, el hombre que con su escrito había derribado la autenticidad de su obra. Y es que es posible que a pesar de atacar tan fieramente a los Ireland pensara que había algo de cierto en los documentos.

Con el paso del tiempo la falsa obra de Shakespeare creada por William Ireland fue creciendo en interés por parte del público. William Ireland tuvo que comprar una copia de pésima calidad del trabajo de su padre Miscellaneous Papers and Legal Instruments under the Hand and Seal of William Shakespeare a un precio elevadísimo.

De repente alguien le preguntó por los documentos. ¿Conservaba alguno de los originales? ¿Tal vez el original de la falsa obra de teatro Vortigern?
La respuesta correcta era que no, pero desde luego William Ireland vio una excelente oportunidad. Y fue entonces cuando ingresó con honores en la Historia Universal del Engaño al falsificar sus propias falsificaciones. A partir de ese momento su principal medio de vida sería crear falsificaciones de sus anteriores falsificaciones. Y era tan bueno en esta metafalsificación que hoy en día se conservan siete copias “originales” de Vortigern y es imposible saber cual de las siete era la “auténtica”.

Teóricamente un autor no puede hacer falsificaciones de su obra. Goya realizó varios de sus cuadros dos veces y ambos son considerados originales. Sin embargo el caso de William Ireland es bien diferente. Por cuanto sus nuevas creaciones fueron realmente falsas, tratando de engañar a los clientes y obtener algún beneficio. Y son obras diferentes porque las primeras eran falsos Shakespeares pero las nuevas eran falsos Irelands.
William Ireland murió en 1835. Observando fríamente su obra se puede decir que aparte de un extraordinario falsificador fue un buen escritor. Su obra Henry the Second, que no fue jamás representada, aunque falsamente atribuida a Shakespeare no dejaba de ser una excelente obra teatral, hasta el punto de que si la hubiera presentado en lugar de Vortigern habría alcanzado un gran y merecido éxito. Una obra que a gusto habría firmado como suya Shakespeare.

El tiempo dio una nueva vuelta de tuerca a la obra de William Ireland. El libro que publicara su padre recopilando la obra falsa de Shakespeare es una obra cotizadísima entre los libreros de antiguo. Y los “originales” de las falsificaciones son tan valiosos que se han comenzado a falsificar en la actualidad. Así, es posible que quien posea uno de los manuscritos originales de Vortigern no tenga más que una falsificación actual de una falsificación hecha por William Henry falsificando su original de 1795 de una supuesta obra teatral que Shakespeare no escribió jamás.

Esta historia y doce más figuran en el libro “Banvard’s Folly”, de Paul Collins. Uno de los libros más interesantes que he leído en mi vida. Trata sobre trece personas que en su tiempo fueron enormemente conocidas, de las más famosas de su época, pero que el tiempo y las desgracias han hecho caer en el mayor de los olvidos. A ese libro llegué recomendado por Amazon. Es la primera vez que un robot me recomienda un libro maravilloso. Ese libro merecería ser mucho más famoso de lo que ha llegado a ser. Está traducido al español como “Gloriosos fracasos“. Y no soy de halago fácil.

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4 comentarios en “Henry Ireland. El metafalsificador”

  1. Genial historia. Qué grande el Henry Ireland este. Me ha encantado lo de falsificar sus propias falsificaciones. Vaya a lo que se llega con tal de halagar a un padre…
    ¡Saludos!

  2. “Gloriosos fracasos” fue editado en castellano por Mondadori en el año 2002.

    [Comentario zrubavel: Gracias por el dato, el libro está bastante distribuido y se puede encontrar en muchos países.]

  3. Me he quedado impresionada acerca de la personalidad de Henry Ireland y como tuvo el valor de falsificar e inventar obras supuestamente escritas por shakespeare. No hay duda que fue perfeccionandose con cada obra que escribía.

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