Miserere de Allegri

Con la caída del Imperio Romano cambiaron mucho las cosas en el mundo. Uno de los grandes afectados fue el Teatro. El teatro romano no tenía tanta calidad como el griego pero era un espectáculo en el sentido moderno de la palabra.
El circo romano era algo tan maravilloso que si hoy en día se reabriera, y nos olvidáramos por un momento de nuestro moderno concepto de la ética, produciría unas taquillas más suculentas que cualquiera de los musicales de éxito. No habría que cambiar ni modernizar nada.
Las naumaquias o batallas navales, no tan conocidas por nosotros, han sido posiblemente el mayor espectáculo de la Historia de la Humanidad con unos presupuestos que dejarían en ridículo a cualquier superproducción de Hollywood. En las naumaquias se reproducían batallas navales famosas. En algunos casos las reproducciones eran versiones ampliadas de la batalla: si allí lucharon 100 barcos la naumaquia era de 200 y un volumen de actores colosal, muchos de los cuales morían en la fidedigna representación.
Con el fin del Imperio el Teatro (occidental se entiende) cayó en las manos de la Iglesia Católica. Por supuesto que siguieron existiendo gañanes que se disfrazaban y hacían reír a la gente con sus comedias aficionadas e itinerantes. Pero no dejaba de ser un Teatro de segunda categoría. Durante la Edad Media y el Renacimiento las mejores representaciones teatrales eran organizadas por la iglesia. La misma Misa Católica no deja de ser una obra teatral que se tenía lugar con periodicidad conocida y a la que el público llenaba casi todas las sesiones.
La Semana Santa siempre ha sido tiempo de grandes actos religiosos. Uno de los mayores eventos del año era el que ocurría en Roma, en la Capilla Sixtina. El Jueves y el Viernes Santo se celebraban unos oficios tenebrosos de enorme impacto emocional. El oficio se iniciaba a las tres de la mañana. La iglesia estaba iluminada con 27 velas que iban siendo apagadas sucesivamente.
Para tan importante celebración era fundamental una música de fondo. Ya en 1518 bajo el reinado del Papa León X (1513-1521) el compositor Constanzo Festa compuso en 1514 un canto que acompañase a la liturgia. La obra, llamada Miserere por el comienzo del texto cantado, era una obra para doble coro, de cuatro y cinco voces respectivamente, usando como letra el Salmo LI de la Biblia en latín (el L de acuerdo a la griega).
Dicho salmo reza así:

Miserere mei, Deus: secundum magnam misericordiam tuam.
Et secundum multitudinem miserationum tuarum, dēlē iniquitatem meam.
Amplius lavā me ab iniquitate mea: et a peccato meo mundā me.
Quoniam iniquitatem meam ego cognōscō: et peccatum meum contra me est semper.
Tibi soli peccāvī, et malum coram te fēcī: ut justificeris in sermonibus tuis, et vincās cum judicaris.
Ecce enim in inquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea.
Ecce enim veritatem dilexisti: incerta et occulta sapientiae tuae manifestasti mihi.
Asperges me, Domine, hyssopo, et mundābor: lavābis me, et super nivem dēalbābor.
Auditui meo dabis gaudium et laetitiam: et exsultabunt ossa humiliata.
Averte faciem tuam a peccatis meis: et omnes iniquitates meas dele.
Cor mundum crea in me, Deus: et spiritum rectum innova in visceribus meis.
Ne projicias me a facie tua: et spiritum sanctum tuum ne auferas a me.
Redde mihi laetitiam salutaris tui: et spiritu principali confirma me.
Docebo iniquos vias tuas: et impii ad te convertentur.
Libera me de sanguinibus, Deus, Deus salutis meae: et exsultabit lingua mea justitiam tuam.
Domine, labia mea aperies: et os meum annuntiabit laudem tuam.
Quoniam si voluisses sacrificium, dedissem utique: holocaustis non delectaberis.
Sacrificium Deo spiritus contribulatus: cor contritum, et humiliatum, Deus, non despicies.
Benigne fac, Domine, in bona voluntate tua Sion: ut aedificentur muri Jerusalem.
Tunc acceptabis sacrificium justitiae, oblationes, et holocausta: tunc imponent super altare tuum vitulos.

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La obra a cantar en el servicio de Semana Santa fue cambiando con el tiempo. Pero los sucesivos autores decidieron respetar la letra y el estilo originales de Constanzo Festa. Hasta diez compositores prestaron su música a la mágica celebración. Sin embargo en 1638 Gregorio Allegri realizó una versión musical del texto bíblico que tuvo tanto éxito que el entonces Papa Urbano VIII decidió que perdurara en el tiempo. Hasta hoy en día.
En la actualidad enciendes el televisor y tienes varias decenas de espectáculos a tu disposición. Internet es casi infinito. En el siglo XVII apenas si había sucesos más interesantes que ver como el caballo montaba a la yegua. Una obra musical que sólo se interpretaba dos veces al año, en la sala más majestuosa de la Cristiandad, con las mejores voces de Italia – o sea del mundo – asistiendo a la misa el propio Papa. Celebrándose a las tres de la mañana. Con el terrorífico juego de luces. Ni qué decir tiene que pasó a ser uno de los actos culturales más importantes del mundo.
Lo que en el pasado no era sino marketing es hoy recordado como censura. Ante el éxito del Miserere de Allegri el Papa dio un paso adelante para aumentar dramáticamente la fama de estas Misas de Semana Santa: prohibió la copia de las partituras de Allegri. Nadie podría salir de la Capilla Sixtina con alguna de ellas. So pena del castigo eterno: la temible excomunión.
El objetivo no era prohibir por prohibir. La idea era aumentar la mística que envolvía esta obra. Y desde luego que el Papa lo consiguió.
El Emperador de Austria Leopoldo I de Habsburgo (1640-1705) había oído hablar de la obra a algunos de sus dignatarios que habían estado en alguna visita a Roma. Le contaron maravillas del Miserere de Allegri. Hasta el punto de que el monarca solicitó al Papa una copia de la partitura para que pudiera ser representada en su capilla real.
El Papa no tuvo sino que aceptar, llegando por primera vez una copia legítima del Miserere fuera de Roma con dirección a la Librería Imperial de Viena. Pero tras la representación el Emperador quedó muy decepcionado con la pieza, hasta el punto de creer que el Papa le había engañado, enviándole una obra menor en lugar del auténtico Miserere del que tantas maravillas había escuchado. El Papa pidió explicaciones a su Maestro di Cappella y lo destituyó.
Este pobre hombre sin embargo solicitó dar una explicación al Papa en una audiencia. Y consiguió convencerle hasta el punto de recuperar su puesto: la partitura era lo de menos. La música de Allegri no tenía nada de extraordinario. Era el conjunto simbólico que conseguían formar en un día y un lugar tan especiales. Pero el Maestro de Capilla le habló al Papa de las improvisaciones. Porque a pesar de tener una partitura que cantar, el coro de la Capilla Sixtina disponía de unas técnicas especiales de improvisación basadas en el original que convertían la pieza en algo único cada vez que era representado y más allá de la mera partitura musical. Como director del coro, él sería capaz de trasmitir al menos esa música al Emperador de Viena. Tras dirigir al coro austríaco el Papa y el Emperador recuperaron la confianza mutua y el músico su puesto de trabajo.
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Esta historia no serviría sino para aumentar el prestigio del Miserere de la Semana Santa de Roma. Hacia 1770 se conocía que existían tres copias de la partitura de Allegri: la copia de la Librería Imperial de Viena, otra que tenía el rey de Portugal y una tercera en manos del renombrado pedagogo y compositor italiano Giovanni Battista Martini (1706-1784).
Y entonces apareció Mozart. Con trece años y acompañado de su padre Leopold, también compositor, el pequeño Mozart visitó durante 15 meses Italia, aprendiendo música de algunos de los mayores expertos de su tiempo y conociendo las bellas ciudades italianas. De tal suerte que el 11 de abril de 1770, jueves, Mozart tuvo la oportunidad de asistir a una de las interpretaciones del Miserere de Allegri en la Capilla Sixtina.
Al volver a su alojamiento el joven Mozart puso en práctica una de sus habilidades tan bien retratadas en la película Amadeus: recordar la música con sólo oírla una vez. Y se dispuso a trascribir la partitura completa del Miserere. Esta facultad extraordinaria no tenía sin embargo ninguna utilidad, salvo para ocasiones tan excepcionales como el Miserere de Allegri. Al día siguiente Mozart volvió a oír la pieza, para sólo realizar algunas correcciones menores a su texto inicial.
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Este es un punto delicado. La única información fiable de que se dispone es la que el propio padre de Mozart contó, en una carta que envió a Salzburgo, donde ambos vivían. En ella decía:

“Habrás oído hablar del famoso Miserere en Roma, que es tan apreciado que hasta los intérpretes tienen prohibido bajo pena de excomunión el llevarse aunque sólo sea una parte de él, copiarla o dejársela a nadie. ¡Pero nosotros ya lo tenemos! Wolfgang lo ha trascrito y lo enviaríamos a Salzburgo con esta carta si no fuera porque es totalmente imprescindible que nosotros estemos allí para la representación. La forma de interpretarlo contribuye mucho al efecto que produce la música más que la pieza en sí. En cualquier caso, siendo uno de los secretos de Roma, no queremos dejarlos caer en otras manos.”

Este texto es fundamental para entender lo que estaba a punto de ocurrir. Porque tras dejar Roma, los Mozart viajaron a Bolonia, a encontrarse con el compositor Martini, antes citado. Quiso el destino que en ese momento y en ese lugar coincidieran las dos (tres contando a Leopold Mozart) únicas personas del mundo que tenían la partitura, fuera de Roma y de las bibliotecas de dos reyes. Allí había ido Mozart a aprender del maestro italiano.
Por otro lado, el musicólogo inglés Charles Burney había dejado Londres hacía varios meses. Su objetivo era escribir un libro sobre la música de Francia e Italia. Quiso el destino que llegase a Bolonia justo en el momento en que los Mozart estaban visitando a Martini. Y entonces hay una parte que nadie conoce ni probablemente conocerá jamás. Se sabe el resultado: que Burney volvió a Inglaterra y publicó la partitura del Miserere de Allegri. Y es que los ingleses hacía algunos años que no tenían ningún respeto o miedo a la Iglesia Católica.
La versión más extendida por Internet, Wikipedia inclusive, es la simple: Wolfgang Amadeus Mozart liberó la pieza musical y la puso al alcance de todo el mundo. Se convirtió así en un príncipe de los hackers del siglo XVIII. Esta historia sin embargo es quizás la menos probable de todas.
Por un lado, Mozart no era más que un niño. Genial y un músico de talla adulta pero a fin de cuentas un niño que jamás habría hecho algo así sin el consentimiento de su padre. Más sospechosos resultan Martini y Leopold Mozart. Mozart padre parecía dispuesto a distribuir la pieza si esta podía aportarle algún beneficio económico, pero siempre con el respeto máximo a la Iglesia y al Papa. Giovanni Battista Martini tenía también una copia de la partitura, obtenida por métodos desconocidos. Quizás todos se aprovecharon de la triple coincidencia. Burney desde luego, pues fue capaz de publicar la obra y ponerla al alcance de todo el mundo, hasta hacerla una de las piezas de música religiosa más populares de la actualidad. Quizás Martini obtuvo un beneficio económico y trató de aprovecharse de la oportunidad de culpar a los Mozart. Leopold disponía de una buena forma de congraciarse con el público inglés y de aumentar la popularidad de su hijo pero cuesta creer que eso valiera más que el presentarse en Salzburgo con la partitura.
Pudiera darse incluso el caso de que Burney robara la obra o la copiara aprovechando algún descuido del equipaje de los Mozart. Incluso se cree que Burney la pudo obtener algunos días antes en la misma Roma, del Maestro de Capilla Santarelli. No podemos saberlo. Lo que sí que es cierto es que nunca mencionó el nombre de Mozart. Aunque puede que tan sólo para protegerle de las iras de la Iglesia Católica y para salvar su alma.
Pero casi exculpa por completo a los Mozart la versión publicada por Burney. Si hubiera incluido las improvisaciones ajenas a la partitura original la hipótesis mozartiana ganaría mucho peso. Pero al haber ocurrido justo lo contrario todo apunta a que aún disponiendo de la partitura obtenida por Mozart no habría sido capaz de obtener “la original”, sin las improvisaciones.
Lo cierto es que no se armó ningún alboroto con la publicación del Miserere. El Papa sabía que la música era lo de menos. Jueves Santo. Capilla Sixtina. Un coro a nueve voces. Tres de la mañana. ¿Quién necesita una partitura?
Fuentes:

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6 comentarios en “Miserere de Allegri”

  1. Lo mismo digo, sigue currándotelo asi. No sabia que sabia que obra era, cuando la he oído la he recordado. Creo que por asociación con esta entrada no se me va a olvidar.
    [Comentario zrubavel: Gracias a los dos, pero no deja de ser una traducción lo suficientemente alterada como para que no sea un plagio.]

  2. Maravillosa forma de contar la historia, sólo un detalle intrascendente: en algunas ocasiones escribiste Barney y no Burney.
    [Comentario zrubavel: Muchas gracias por avisar. Ya está corregido.]

  3. Excelente publicación que unifica dos temas importantes de mi afición por la música de calidad. Primero, un encanto por la música antigua y segundo, un respeto y admiración por Mozart (aunque mis simpatías van con Haydn).
    Sólo hace unos días escuché esta historia en una radioemisora y la encontré muy interesante, lo que me ha hecho hurgar en la web para interiorizarme en ella. Los sincronismos del destino hicieron que vuestro sitio fuera el primero en iluminarme con el tema.

    Felicitaciones por tan pedagógica exposición.

    Eduardo Bustamante

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