Pasta de dientes


Si por algo destaca la pasta de dientes Elmex es por la sobreingeniería en el diseño del tubo. Primero tienes que usar el tapón para quitar el precinto, una extraña argucia que demuestra que en esa compañía se respeta más a los ingenieros que a los dentistas. Luego incluye la extraña peculiaridad ─que algo tiene de inquietante─ de que el bote siempre se apura hasta el último milímetro, sin tener que retorcerlo hasta la extenuación. Parece como si hubieran pensado mucho el cómo empezar y terminar con la pasta, y eso crea incertidumbre sobre si han trabajado tanto para fabricar una buena pasta de dientes.

Aún así, con el uso frecuente me había acostumbrado a la pasta de dientes Elmex y para comprarla siempre me tocaba ir a la farmacia y pagar un exagerado sobreprecio. Un auténtico drama personal que de haberlo conocido, podría haber inspirado una novela a Dickens.

Intentando ahorrarme el sobreprecio de la venta en farmacias, buscando como un mendigo por internet, acabé con la idea genial de buscar la pasta en el Amazon alemán y encontré una oferta brutal: menos de la mitad del precio de España. La única pega: que tendría que comprar ocho tubos. Ningún problema para un preparacionista aficionado. Y es que aquello, más que un chollo increíble, parecía una anomalía de Matrix.

Lo que aparentemente no daba ni para escribir un twitt de los inicios de Internet ─en que la gente anunciaba cuando se acababa de levantar─ con el paso de los meses se convertiría en una extraña maldición. Llámalo karma llámalo una energía, como diría el personaje de Fermin Trujillo. Pero aquella oferta de ocho tubos de pasta de diente Elmex colgaba del árbol del conocimiento del bien y del mal y no podía disfrutarse sin pagar un precio muy elevado.

Todavía disfrutando de mi primer tubo empezaron los problemas dentales. Un modesto pero constante sangrado matutino. Como buen paciente de la Seguridad Social, la primera medida siempre es evitar ir al médico. Decidí dejarlo hasta que tuviera la siguiente revisión con el dentista. Igual pasaron un par de meses hasta entonces.

La primera vez que fui a ese dentista, hace años, lo hice recomendado por terceras personas. El odontólogo no era ni bueno ni malo, pero el ambiente que allí se vivía, parecía más propio de las escenas introductorias de una película pornográfica. Y por eso, seguí yendo mucho años. Supongo que angustiado por la discriminación que sufre la mujer en el ámbito laboral, ese dentista había decidido que en su clínica sólo trabajarían mujeres. Concienciado con los problemas de empleo juvenil que vive nuestro país en la actualidad, optó porque no hubiera ninguna de más de 30 años. Tratándose de una profesión muy relacionada con la estética, por motivos profesionales las eligió a todas guapas.

Más que una clínica, tenía un aire de mansión playboy de barrio, o al menos así me lo parecía a mí que arrastro problemas con la imaginación. Las había rubias, morenas, latinas, de países del este. La única pega era que la mayoría de las asistentes tenían poca experiencia, poco sueldo y pocas esperanzas de seguir trabajando en una puesto donde no parecía que la gente se jubilara. En mi revisión una de las más expertas y veteranas me avisó de que tenía una dolencia en las encías. Me dio un mensaje preocupante a la vez que no me aportaba una solución clara. Unos productos para intentar atajar el problema y de vuelta para casa y mirarlo mejor en Google, que es el médico de verdad. Cuando me marché de la clínica sabía que ese paraíso para los ojos e infierno para la boca no me volvería a ver jamás.

El cambio fue traumático: una argentina que hablaba más que un sacamuelas y más que un argentino. De edad próxima a la jubilación y con una asistente de la misma generación. La experiencia del dentista en su máxima expresión. No quiero cerrar el párrafo sin mencionar algún aspecto positivo del cambio: era una excelente dentista y muy comprometida con sus pacientes.

Tras el diagnóstico de mi problema la solución pasaba por usar un tipo de pasta de dientes especial para encías. Siete tubos de pasta almacenados cuidadosamente y me tocaba comprar una marca nueva…que sólo se vendía en farmacias. Y sí, con un enorme sobreprecio.

Pero la maldición era más profunda que todo eso. Por alguna extraña razón, siempre que hacía un viaje pequeño, se me acababa olvidando la pasta de dientes. En las vacaciones, además, se me cayó el tubo dentro del váter. ¿Quién necesita dos tubos de pasta de dientes para un viaje de una semana? Empecé a acumular botes prácticamente enteros de todas las marcas imaginables. Los cajones de mi cuarto de baño empezaban a apuntar costumbres bizarras de potenciales psicópatas. Luego tenía botes pequeños de muestra que me daban los dentistas ─fascinante que te recomiendan una marca pero te dan de otra porque es gratis. Llegó un momento en que opté por ir guardando los envases en lugares diferentes de la casa, para evitar sentir la desazón visual causada por tan involuntaria colección.

La puntilla me la daría un viaje a Asia. Ahí encontré en los supermercados la pasta de dientes que me habían recetado a un precio razonable. Me traje dos tubos para España. Una vez abrí el primero, pude comprobar que tenía un sabor muy diferente al de España, con el consiguiente dilema: ¿Me habrán dado gato por liebre, y tendré una pasta de dientes de ínfima calidad, o es simplemente que allí la hacen de otra forma? Como buen muerto de hambre, me creí la opción que más me convenía, y la seguí usando, imaginando esta vez que allí tenían una fórmula mejorada.

Ahora tenía dos docenas de botes en casa, de todas las marcas, algunos con la etiqueta en alemán, en ruso, otros en chino o tailandés. Cuando algún extranjero se olvidaba la pasta de dientes en mi casa, la tiraba sin pensarlo dos veces. Tenía pasta como para dos vidas.

He ido regalando botes sin empezar, deliberadamente olvidando en hoteles algunos de las marcas menos atractivas. Vivo una guerra contra la pasta de dientes que sólo ahora parece que estoy empezando a ganar. He querido escribir este post para explicar un aspecto que podría quedar poco claro si alguna vez muero y mis herederos se ponen a hacer inventario de los cajones. Tengo muchas costumbres raras, algunas perversiones inconfesables, pero lo de la pasta de dientes, ha sido una batalla librada directamente contra Dios.

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3 comentarios en “Pasta de dientes”

  1. En el caso de mis padres su herencia consistió en una bolsa de basura llena de cepillos de dientes. El enjuague bucal que usaron los últimos años de su vida regalaba un cepillo de dientes con cada bote, en tiempos en que ya la familia (incluidos ellos) se había pasado al cepillo de dientes eléctrico. Como única usuaria de un cepillo de dientes analógico entre los herederos, llevo más de diez años sin comprar cepillo de dientes, y todavía no he acabado.

  2. La Asociación Dental Británica (BDA), a propósito del informe anual de 2014 sobre higiene dental de la agencia de investigación de Mercado Mintel decía que en su preocupación por ofrecer una sonrisa blanca resplandeciente, muchas personas se sometían a métodos de blanqueamiento dental estéticos que muchas veces, ni eran administrados por un profesional de la salud dental registrado, ni eran adecuados para la salud.
    El método habitual de blanqueamiento se realiza aplicando una sustancia cuyo principal componente activo es el peróxido de hidrógeno, se presenta en gel y se aplica con un protector bucal durante un periodo específico en un proceso gradual que puede durar semanas para no dañar las encías.
    Si una pasta de dientes blanqueadora tiene un 0.1% de contenido en peróxido de hidrógeno, el gel del dentista tendría un 6%. Pero también se venden otros productos blanqueantes que contienen sustancias químicas peligrosas que pueden causar infertilidad y anomalías fetales. Una de estas sustancias prohibidas en la Unión Europea es el perborato de sodio.
    La pasta de dientes tal y como la conocemos, la inventó el Doctor Washington Sheffield Wentworth en 1892. En 1896 la empresa Colgate Dental Cream copió el sistema y empezó a envasar su pasta en los tubos plegables que se siguen usando hoy en día. En 1928 Colgate se fusiona con la compañía Palmolive. Y en 1954 la compañía Colgate-Palmolive constituye la filial española y da comienzo la actividad comercial en España.
    Mi madre nació en 1947. A pesar de criarse cuando ya se comercializaba la pasta de dientes, usaba, ya en el siglo XXI, bicarbonato sódico espolvoreado encima de un cepillo de dientes de color amarillo que se había comprado en los setenta. No procedía de una remesa de cepillos que llevara usando y todavía le quedara. No era el stock de una fábrica, ni una oferta comprada al por mayor en un contenedor de MAERSK. Siempre usaba el mismo cepillo de dientes. Los cepillos de dientes no renovados suficientemente, causan más problemas dentales que la falta de higiene absoluta. A mi madre eso no parecía importarle, por qué iba a desprenderse de su cepillo de plástico amarillo apagado de tanto limpiar aquella boca. Un culto al ahorro, digno del Harpagón de Moliere o del Torquemada de Benito Pérez Galdós, para ella se traducía en criticar el gasto en cepillos y pasta de dientes de los demás.
    Para evitar el despilfarro de una cosa que tiene un precio, en sus versiones más económicas, de menos de un euro el bote, aplicaba ella misma el dentífrico en nuestros cepillos; ocho cepillos, tan despeluchados como los de ella. Ya que se los sabía, no iba a aprenderse otros nuevos. El total de pasta utilizada para los ocho cepillos no daría ni para la mitad de la cantidad que me pongo ahora. Sus críticas iban también para la publicidad de Colgate o Licor del Polo, las marcas más comerciales de los ochenta y noventa. Según ella, nos metía en la cabeza que había que hacer gasto:
    —Eso es muchísima pasta. Eso es hasta malo para la boca.
    Por supuesto, otra de sus medidas de higiene bucodental era que los dientes sólo había que lavarlos una vez al día. Es tontería lavártelos varias veces si vas a comer al poco.
    —Los dientes se lavan por la noche, después del vaso de leche con galletas.
    Ella seguía usando el bicarbonato. Como había perdido todas las muelas con los ocho embarazos, terminaba rápido. Como la concentración de bacterias que le renovaba la flora infecta de su cepillo no le limpiaba, siempre tenía llagas e infecciones de encías. Para eso tenía otra solución decimonónica, las pastillas de perborato de sodio. De eso sí que tenía una remesa infinita.
    Decirle que la Unión Europea lo había prohibido porque podía producir esterilidad, era como para descojonarse en la cara de la Comisión, del Parlamento y del Consejo Europeo todos juntos. Que podía provocar malformaciones en los fetos o psicopatías es otra cuestión.
    Una pastilla de perborato tendrá dos milímetros de diámetro y una capacidad de disolución geológica, eso no se deshace nunca. Te aporta un mal sabor de boca eterno. Puedes optar, cosa que ella hacía, por chuparla un par de horas, sacarla, dejarla secar y seguir otro día. No sé dónde las guardaba. Espero que no con las pastillas sin usar.
    La visita periódica al dentista, para alguien que sólo iba a la Seguridad a hacerse extracciones cuando los dientes estaban tan picados que había que hacer trabajos de minería para sacar aquellos negros raigones, era otro gasto innecesario que podía posponerse al momento en que cada uno de nosotros pudiera costeárselo por sus medios. Utilizaba esa palabra: «costeárselo», también decimonónica, que recordaba a viaje a América apretado en la cubierta de un vapor y cuarentena en el Lazareto de la isla de Ellis.
    Consecuencia de ello es una camada completa con problemas dentales, con ortodoncias a los treinta y tantos, con fundas donde una limpieza anual de 50€ por persona hubiera puesto remedio, donde ocho euros mensuales dedicados a renovar cepillos hubiera evitado muchas caries y donde haberse tragado la pastilla de perborato hubiera ahorrado todos los males anteriores.

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