Radioactividad

Ahora nos invade una mezcla de diversión y pena cuando vemos que a comienzos del siglo XX, poco después del descubrimiento de la radioactividad, existían todo tipo de productos «radioactivos» como si de una ventaja añadida se tratase. De estos productos, los mejores eran los fraudulentos, los que en realidad no eran radiactivos. Los otros sirvieron para disparar los casos de cáncer de forma alarmante.
Estos incautos que se dejaron embaucar por lo nuevo, fuese sano o no, nos parecen inocentes, cándidos, un poco estúpidos. Pero yo me pregunto qué pensarán de nosotros las generaciones futuras cuando vean nuestra actitud de comienzos del siglo XXI hacia la energía nuclear:
Tenían la tecnología necesaria, los métodos para evacuar los residuos radioactivos sin que produjeran ningún daño. Había uranio suficiente y no era demasiado caro. La seguridad suficiente para que un accidente fuera casi imposible. Sin embargo, un miedo patológico les invadía. No conocemos las causas exactas. Quizás fueran simplemente razones de índole religiosa, lo cierto es que preferían agotar hasta la última gota de petróleo. Sin importarles lo caro que fuese ese combustible o el perjuicio que causara en sus economías. La lucha contra la energía atómica figuraba en las campañas de los partidos políticos. Daba votos y nadie se atrevía a defenderla mínimamente, al menos antes de las elecciones.
Intentaron en vano desarrollar nuevas tecnologías basadas en energías que llamaban no contaminantes: eólica, solar. Mediante subsidios se fomentó su comercialización. Se llegó a hablar de llenar de paneles solares toda la superficie del desierto del Sahara. Cambiaron las cosechas para producir combustibles de tipo biológico. Era como si el hombre de las cavernas hubiera descubierto el fuego y lo rechazara: donde se ponga una buena piel que se quiten esas modernidades.

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3 comentarios sobre “Radioactividad”

  1. Amén. Yo también hace bastante tiempo que opino que el brutal rechazo a las centrales nucleares es totalmente desproporcionado.
    Hace mucho que también digo que es mucho mejor para el planeta que los paneles solares o los destructivos campos eólicos, y que los verdaderos ecologistas son los que las prefieren a estas otras tecnologías.
    Pero desgraciadamente la mayoría son ecologistas de panfleto.

  2. ¿Os suena Chernobil? ¿Annobon?
    ¿Sabéis que hay un grupo de expertos que estudian que lenguaje, simbolo o pictograma usar para advertir del peligro de los cementerios de resíduos radioactivos a futuras generaciones ya que estos perduraran en el tiempo más allá de nuestra civilización?
    No es razonable hipotecar el futuro (Hablamos de miles de años) de las generaciones venideras para poder nosotros seguir derrochando energía como si no hubiera un mañana.
    Otra cuestión es la rentabilidad de las nucleares, se contruyen con subvenciones, la explotación es privada y el desmantelamiento tras su vida útil vuelve a ser cosas de dinero público. Se calcula que su rendimiento contando con los costes energéticos de su construcción y posterior desmantelamiento es muy bajo.
    Por último ¿vivirías tú cerca de una central nuclear? ¿De un cementerio de resíduos nucleares? Yo no, por lo que no deseo que nadie se vea obligado a hacerlo.

  3. Me encantó el artículo! :)
    Sobretodo el enfoque dado.
    Personalmente la energía nuclear me parece un poco como los vuelos en avión. La gente se sube a un avión y tiene más miedo que cuando se sube a un coche por mucho que digan las estadísticas que es mucho más probable morir en la carretera.
    La centrales térmicas son como los coches, un lento goteo de muerte lanzando a la atmósfera miles de toneladas de gases contaminantes. Pero la gente las prefiere escudándose en los poquísimos accidentes nucleares que ha habido, y en un tiempo en que la tecnología y medidas de seguridad no tienen nada que ver con las de hoy en día.
    [Comentario zrubavel: Has dado en el clavo con el ejemplo. Imagínate que tras lo de Barajas dijera Zapatero «Aquí se acabaron los aviones, todos los transportes en tierra firme». Y claro, que la gente le aplaudiera y nos quedáramos ahí atrasados, llegando tarde a los sitios, pagando más por lo mismo.]

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