Robos biográficos I

Un amigo mío me contó que un amigo suyo le contó una vez lo siguiente:
La primera vez que robé algo fue en el supermercado. Habitualmente le hacía la compra a mi madre. Al principio me gustaba. Con el tiempo, dejó de hacerlo. Quizás toda esa época de mi infancia marcó mi fascinación por los supermercados.
Para un chico pequeño, una responsabilidad es casi un placer. Poder traer las cosas de la tienda resultaba un lujo. Conforme iba pasando el tiempo se me hacía el viaje más largo, la tarea más rutinaria, todo era menos deseable.
No recuerdo por qué comencé a robar. Tecnicamente no era robar, sino un fraude en toda regla. Eran otros tiempos, los lectores de códigos de barras no existían en España y los productos tenían una pegatina con el precio – también las cajeras solían tener cierta cualificación y una gran memoria.


Era muy joven, tendría unos 10 años, pero ahora, mirando hacia atrás, encuentro la forma de actuar muy madura y racional. Sopesé mi habitual cesta de la compra. Valoré no solo los precios de los productos, sino la frecuencia con que éstos se vendían. No es lo mismo intentar engañar con el precio de la leche, que compran casi todos los clientes, que con el de la comida para gatos. Al final creo que la conclusión fue muy acertada: la botella de ginebra era la que admitía unas fluctuaciones mayores, hasta un aumento del precio del 20%.
Aquello no duró mucho. No lo hice más que cuatro o cinco veces. Luego, dejé de comprar en el supermercado, esa tarea le tocó a otro de mis hermanos. Pienso que tal vez decidí robar por convertir una tarea increíblemente monótona en algo creativo. Nunca lo hice por el dinero, ni por hacer el mal, simplemente por probar que algo así, era posible. Nunca me descubrieron.

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