La evolución del concursante

El 14 de abril de 1987 escribían en «El País» sobre un nuevo concurso:

Con mucho ritmo y agilidad que será presentado por Constantino Romero.

Ese concurso sería «El tiempo es oro».
En la programación de televisión de hoy, también «El País» dice de otro concurso:

Un concurso diario ágil, dinámico y cargado de premios.

En este caso se trata del concurso «El negociador».

Han pasado 20 años entre uno y otro. Los tiempos han cambiado tanto que lo que antes se consideraba ágil es totalmente lo contrario de lo que ahora.
En su momento «El tiempo es oro» sería un concurso de enorme éxito que convertiría a su presentador en una celebridad. Era un concurso a la antigua usanza: preguntas complicadas y concursantes sumamente cultos y preparados.

Buenos premios. Si el concursante acertaba preguntas ganaba mucho dinero. Si no las acertaba, era descartado.
Hoy en día «El negociador» es un concurso nuevo en que el concursante pierde su papel principal. Ya no depende de sus habilidades, sino que su premio dependerá del azar eligiendo unos sobres.
Hay que entender que con el paso de los años los concursos hayan ido cambiando. La gente ya no disfruta oyendo a un tipo recitar datos que nadie conoce. En «El tiempo es oro» cada concursante tenía que elegir un tema, aquello que mejor conociera.
Recuerdo cuando participó Lincoln Maiztegui, un tipo conocido por su afición al ajedrez. Cuando lo vi en pantalla no dudé que hablaría del ajedrez. Sin embargo para mi sorpresa su tema fue «La zarzuela».
De ese tema se le hacían todo tipo de preguntas, normalmente muy complejas porque se entendía que si el concursante era un experto, tenía que demostrarlo. No importaba sin embargo lo que le preguntaran a Lincoln, respondió a todas las preguntas correctamente, y eran muchísimas.
Luego tenía que responder a preguntas de cultura general, se defendía admirablemente en ellas, pero no dejaba de ser un concursante más. Porque para participar en «El tiempo es oro» tenías que ser extraordinario.
Ahora para participar en un concurso se exigen otras habilidades. Se ha de pasar un casting en el que normalmente será más importante la simpatía y la espontaneidad.
Incluso para concursos como «Cifras y letras» que aún tienen un regusto intelectual. Tienes que contar una anécdota personal. Si no lo haces con cierta gracia y soltura, no importa lo bueno que hubieras sido en las pruebas de cifras y números. No te llamarán para participar. Así de absurdo.
De un lado han cambiado los gustos del público. Ya resulta molesto estar oyendo una sucesión de preguntas sobre las que uno no puede opinar, ni de lejos.
¿En qué año terminó la Guerra de los Cien Años? Para la mayoría de la gente es como elegir un número entre el 800 y el 1900, al azar.
¿Con quién mantuvo George Sand su relación amorosa más conocida? Y bastará con decir un nombre cualquiera de mujer.
Son preguntas demasiado complejas para un país en el vagón de cola de los datos de Educación.

Primero llegaron las respuestas tipo test. Uno al menos tenía que elegir entre algunas opciones, podía decir «algo que le sonaba». En este caso, los despropósitos son constantes. Uno puede lamentarse oyendo razonamientos incorrectos, o ridículos, para llegar a la respuesta acertada.
Sólo con suerte se puede llegar lejos en algunos concursos. A veces una mala elección de las opciones posibles es suficiente para «por descarte» acertar la respuestas.
Poco a poco el perfil de los concursantes fue cambiando. Cada vez eran menos cultos y más mundanos. En algunos casos hasta llegar a la pura chabacanería, aceptando a concursantes que parecieran ser pura clase media. Amas de casa que nunca han leído un libro, jubilados agresivos pero de poco conocimiento. Fanáticos del deporte que no estudiaron mucho por falta de tiempo.

Como en cualquier profesión, si cualquiera puede hacer el trabajo, no puede esperarse que obtenga unos enormes ingresos. El monto de los premios fue bajando considerablemente hasta llegar a la situación actual, en que lo habitual es salir del concurso con lo mismo con que se entró: nada.
La ironía es que en estos concursos se suelen establecer premios delirantes. 1 millón de euros, 500.000 euros, 100.000 euros. Eso sí, sólo están al alcance del concursante si son capaces de responder a preguntas tan dispares como difíciles. ¿Nombre de la cuarta ciudad más poblada en Nigeria? ¿Teniente de alcalde en San Salvador en 1981? ¿Que carrera estudió Dolph Lundgren?
O se le promete ese premio en caso de que elija una opción entre cincuenta. Azar puro.
La ineptitud de los nuevos concursantes les lleva a pensar que cualquiera de sus elecciones condicionadas con el azar se debe a una especie de sabiduría. Un torpe participante de «Allá tú» (el concurso de las cajas) que por pura casualidad de con el premio máximo es capaz de justificar su elección del número «sabía que el 14 tendría un buen premio».

Todo esto abochorna a los que tienen dos dedos de frente que ya ni intentan participar. Si algún incauto lo intenta, queda descartado en los castings preliminares. ¡Queremos gente normal, no cerebritos! Si no sabes cantar, no te queremos en nuestro concurso de preguntas.
Como ya indicaba, la bajada en la cotización de los concursantes ha ido de la mano con el descenso en los premios. Es frecuente ver como una persona que ha tenido una actuación «aceptable» sale con un premio de 300 o 600 euros. Puede incluso darse el caso de que un concursante que permanezca varios concursos, en aquellos que sean por eliminatorias, pierda dinero. Porque al ser los premios tan bajos puede que acabe hasta ganando menos que en su empleo habitual, aún habiendo quedado «ganador» durante varias semanas.

La vuelta de tuerca fue cambiar la orientación del concurso. Antes el presentador era un tipo que leía preguntas, un busto parlante que daba el protagonismo a los concursantes. Con la desprofesionalización de los participantes, empezaron a perder relevancia, hasta caer en la situación actual en que parece que fueran simples actores. Ahora el protagonista es el presentador.
Nadie recuerda a ningún concursante del 50×15, pero todos conocen a Carlos Sobera, capaz de hacer cambiar la respuesta al participante que había señalado la opción correcta. Ahora lo importante es tener un buen presentador. Que saque lo peor de cada concursante. Que se ría de él. Que juegue con su endeble pysche para que acabe renunciando a un premio millonario y optando al de consolación. Para ver después su cara de derrotado.

El desafío es hacerle creer que va a ganar el máximo premio. O que pierda el que tenía. O forzarle a responder una pregunta de la que no tiene ni idea, tras ensalzar sus inexistentes cualidades. Los presentadores cada vez tienen más protagonismo. A veces, el único, como en el citado concurso de «El negociador».
Ya no se va a concursar, sino a figurar. Se obtiene un sueldo de figurante, si es que se cobra. Se pasa ridículo. Se pierden días de trabajo. Todo por salir en la tele. Gracias a Youtube, cada vez este sueño es menos inalcanzable.

2 comments

  1. Sobre el impresionante video de Cifras y Letras (que ahora está por doquier en Internet) y sin quitar mérito al concursante, a diferencia de el juego español, aquí uno de los participantes puede escoger todas las cifras de donde quiera.
    En este caso, el participante toma todas las cifras grandes (asegurándose por tanto que estén el 75,50,25 y 10) y sólo dos pequeñas.
    Claramente es una estrategia preparada que le obliga a controlar las operaciones con estos números tan grandes de una forma tan por encima a cualquier concursante de este planeta.

  2. La historia te da la razón.
    En el concurso «Lo sabe no lo sabe» ya ni siquiera se trata de saberse todas las preguntas. Lo más divertido del programa es encontrar gente con pinta de zote para que no se sepa la respuesta! Y para ver si pueden hacer más sangre siempre le preguntan después de responder si cree que le han elegido por que creían que la sabría o no…

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