Pons Asinorum

El hablar, por su facilidad, puede ser imitado por todo un pueblo; la imitación en el pensar, del inventar, ya es otra cosa.

J.P. Morgan

Publicado el 29 de marzo de 2009 1 comentario

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Biografía de J.P. Morgan

Empezaré explicando porqué me leí una biografía de J.P. Morgan. La razón principal es muy sencilla: porque vi un libro sobre su vida cuando estuve en Strand Books (Nueva York).
El libro era de esos que están usados pero parecen nuevos. Sólo costaba 7 dólares, lo que al cambio en euros es una cantidad ridícula, menos de lo que cuesta una revista técnica.
Desde luego, a nadie en su sano juicio le llama la atención la vida de J.P. Morgan. Ese es quizás uno de los atractivos. Normalmente las personas a las que admiramos producen unas biografías decepcionantes. Aquel que creíamos grande se nos antoja demasiado humano. Lo que entendíamos como genialidades se nos presentan como consecuencias de influencias anteriores en su vida. Es como la explicación técnica de una gran historia, mejor no saberla.
Así, partimos de la biografía de una persona que no nos interesa o por la que no sentimos nada en particular. Nos podemos fijar más en los detalles intrascendentes, apreciamos más los personajes auxiliares. Y sobre todo no hay partes de la historia que ya conozcamos.
John Pierpont Morgan (1837 – 1913) es conocido como el banquero más importante de la Historia. Fue una de las personalidades fundamentales de finales del siglo XIX en Estados Unidos, una época histórica de enorme interés. Sólo por conocer mejor su tiempo, merecía la pena intentar leer el libro.
He de reconocer que tras 100 páginas decidí dejar de leerlo, porque me parecía muy aburrido. Pero al final pensé en continuar con un capítulo más y para mi sorpresa acabé terminando el libro (tiene 700 páginas, más otras 100 en notas y bibliografía) y disfrutándolo.

Educación de J.P. Morgan

Un hecho fundamental para entender la vida de Morgan es que su padre, Junius Spencer Morgan (1813-1890) fue también un banquero importante, que comenzó a trabajar en la firma inglesa George Peabody & Co.
Junius Morgan (el padre de J.P. Morgan) había nacido en Estados Unidos pero desarrolló su carrera profesional en Inglaterra, tratando de hacer a las empresas, particulares y al propio gobierno americanos más fácil el acceso a la financiación con dinero europeo.
La familia de J.P. Morgan era bastante acomodada pero el padre no le dio a su hijo una educación entre almidones. Desde muy pronto se vio que Morgan era un niño enfermizo. Tuvo que realizar viajes desde muy joven (con apenas quince años) sólo. Por ejemplo pasó casi un año entero en Madeira, esperando que el aire sano de esas islas le fuera bueno para los pulmones.
J.P. Morgan estudió un año en Suiza – en francés – porque su padre pensaba que los idiomas eran muy importantes para los negocios (estamos hablando de 1850). Tras estudiar durante un año allí y aprender esa lengua, estudió en la Universidad alemana de Göttingen, donde aprendió un alemán aceptable.
Durante su formación europea J.P. Morgan consiguió algo que era muy infrecuente en el mundo de los negocios: ser una persona culta. En su juventud J.P. Morgan tuvo la oportunidad de viajar a menudo por Italia, conociendo las enormes riquezas culturales de dicho país, antes de que las Guerras Mundiales pasaran sobre él. También estuvo con frecuencia en París y Londres, por lo que no sólo conoció el mundo del arte sino que le gustó.
Hay que puntualizar que en aquella época había una división entre las clases cultas y las empresariales. Normalmente el que era culto lo era por ser de buena familia y no necesitaba trabajar para sustentarse. Antes era incluso más complicado ser culto y vivir de ello. En el otro lado, los empresarios se volcaban en cuerpo y alma a sus empresas. Era una tarea que exigía las 24 horas del día. Uno no podía hacerse un hueco en la jungla de los negocios. Además que antes aprender de arte era mucho más difícil que ahora, por cuanto la información estaba mucho más dispersa. Por todo esto, J.P. Morgan se convertiría en un personaje absolutamente excepcional.
Al terminar su formación el padre lo mandó a las oficinas de su banco en Nueva York.
Como ya hemos dicho, Junius Morgan trabajaba para un banco británico especializado en “colocar” productos americanos. Era como una especie de empresa de exportación, pero en lugar de traer madera o textiles lo que traía eran acciones de empresas americanas o deuda de un banco estatal o bonos convertibles. Como en tantos otros negocios, lo importante no es lo que fabricas sino el poder venderlo, de ahí que la actividad principal se desarrollara en Londres, donde se fabricaba el dinero. La oficina americana de Nueva York proponía y la de Londres decidía si entrar en el negocio y se encargaba de vender el producto.
Así, J.P. Morgan marchó para la menos importante oficina de Nueva York y tuvo un trabajo de poquísima categoría, simplemente recibiendo y enviando los mensajes (por entonces por correo mediante barco) entre las dos oficinas.
El trabajo no tenía ningún interés, pero su padre le quiso justificar la importancia y trascendencia de ese puesto: “El chico de los recados se entera de todo de primera mano. Tienes que estar siempre muy atento a lo que ocurra en todas partes. Abre bien los ojos.”
Esto contrastaba con la vida del joven Morgan, que era muy acomodada y no exenta de lujos. Este tipo de pruebas “empezando desde abajo” ahora son muy comunes en las grandes fortunas empresariales. Un par de semanas en los infiernos. Los ejecutivos de McDonald’s pasan una semana al año en las cocinas de una de las franquicias. Todos los años.
El caso es que J.P. Morgan se sentía menospreciado por su padre. Pronto le pasó a trabajar en otro banco en un mejor puesto, pero siempre bajo la supervisión de su padre.
En esa época el enchufismo era muy habitual. Pero no endogamias empresariales, sino que se aceptaban familiares entre distintos bancos. Yo contrato a tu sobrino y tú a mi yerno. La historia de los bancos en que trabajó Morgan siempre está rodeada de los mismos apellidos.
Los primeros intentos de J.P. Morgan por hacer algo propio, al margen de su padre, fueron compras de acciones en bolsa. Su padre sin embargo le dijo que no hiciera algo así, que era una muy mala práctica, en contra del negocio bancario. Con los años J.P. Morgan iría cada vez oyendo más a su padre y menos a sus propios instintos iniciales.
Las aventuras especuladoras en bolsa de J.P. Morgan le dejarían el mal sabor de boca de las pérdidas. Por un lado no le gustaba la larga sombra de su padre, un banquero tal vez no muy importante pero sí de un prestigio y buen nombre notables. Había probado seguir su propio camino y no había funcionado.
En más de una ocasión Morgan se plantearía la retirada completa del negocio bancario. Le gustaba viajar, las mujeres y los lujos. Le gustaba el arte y lo exquisito. Pero trabajar era muy aburrido. Al principio se escudó con largas vacaciones, de a lo mejor cinco y seis meses seguidos. En cierta ocasión anunció su definitiva retirada. Pero acabó volviendo al trabajo.

Vida amorosa de J.P. Morgan

Su vida amorosa se vería truncada con la muerte de su primera mujer, Amelia Sturges, probablemente de tuberculosis. Morgan, un hombre de salud débil y con tendencia a la depresión, tuvo la desgracia de casarse con una mujer que le hacía inmensamente feliz pero que murió pocos meses después de su boda.
Esta experiencia le marcaría para siempre, tal vez no sería feliz pero le ayudaría para tener ese punto de indolencia, de no importarte las cosas tan necesario para sobrevivir. Si quieres salvar lo que tienes, te vuelves conservador y te mantienes. Pero si no tienes nada que perder, porque ya lo has perdido todo, eres realmente audaz y valiente.
Años después Morgan se casaría de nuevo, con Frances Louisa Tracy. Pero este matrimonio sería un fracaso. Fanny simplemente sería la madre de sus hijos, pero harían vidas totalmente separadas. De hecho se solían evitar. Cuando el uno estaba en Europa el otro se marchaba a América y para cuando el primero pretendía retornar el otro ya estaba pensando en hacer lo mismo. Esta forma de comportarse la había aprendido Morgan de sus propios padres.
En realidad era algo bastante común en aquella época. Uno se casaba y luego se buscaba una mujer que le gustara. A diferencia de ahora en que tal vez se optaría por las prostitutas o mujeres jóvenes ajenas a nuestro círculo, lo que se estilaba a finales del siglo XIX eran las relaciones con otras mujeres en condiciones similares a la que uno despechaba. Así, Morgan tuvo relaciones con esposas de algunos de sus amigos, mientras que sus amigos las tenían con esposas de otros amigos. Aunque nada dice el libro, probablemente la mujer de Morgan estuvo con alguno de sus amigos.
Desde luego no era una orgía desenfrenada. Uno elegía una mujer que fuera acorde a sus gustos y tenían una aventura que aunque era más o menos evidente, no del todo clara. Los periódicos se financiaban no contando estos cotilleos, recibiendo dinero a cambio de no publicar lo evidente. Una extraña forma de prensa rosa por omisión. El periodista narraba los hechos sin dar los nombres de los amantes, de forma velada. “Un acaudalado chico joven de familia irlandesa ha sido visto con la hija de un empresario de telas”. Entonces el acaudalado chico joven pagaba un dinero y no se volvía a hablar del tema. Su nombre completo nunca aparecía impreso.

Banqueros de segunda categoría

Junius Spencer Morgan, el padre del famoso banquero, fue escalando posiciones en la banca mundial de forma tranquila. Trabajando bien y dando confianza a los clientes. Fue un ascenso lento pero constante. Las crisis que golpeaban Europa a finales del siglo XIX iban eliminando competidores de la carrera mientras que los que trabajaban bien sobrevivían. Poco a poco la figura del mayor de los Morgan iría adquiriendo una posición de mayor importancia.
No dejaban sin embargo de ser banqueros de segunda categoría. El bacalao lo cortaban los Rothschild y los Baring. Estas dos sagas de banqueros eran los primeras espadas de la banca mundial. Cualquier movimiento importante de dinero pasaba por sus manos. El resto de bancos podía colaborar con ellos, pero siempre en un segundo plano.
Ese era el lugar de los Morgan, que aún así destacaban en el vagón de los segundones. La apuesta por la economía americana de Junius Morgan sería lo que les haría brillar con el tiempo. Aunque Junius Morgan se había marchado de su país para hacer fortuna en Inglaterra, tenía una confianza absoluta en que los Estados Unidos eran el futuro. Y tras la Guerra Civil, la economía americana crecería a unos ritmos vertiginosos.
Una frase que me ha dejado marcado y en la que no puedo dejar de pensar es la que dijera sobre la economía de los Estados Unidos. Dice J.P.Morgan:

Una cosa que siempre me decía mi padre era que no fuera pesimista sobre el futuro de América. “Recuerda hijo mío”, decía, “que todo hombre que sea bajista (bear) sobre el futuro de este país, se arruinará. Siempre habrá muchas ocasiones cuando las cosas se oscurezcan y los nubarrones se ciernan sobre América, cuando la incertidumbre causará mucha desconfianza y la gente pensará que se ha llegado a niveles de sobreproduccion, demasiada construcción de ferrocarriles y demasiado desarrollo de otras empresas. En esas épocas y siempre, ten en mente que el crecimiento de este gran país se encargará de todo eso.”

Poco a poco J.P. Morgan fue asumiendo su lugar respecto de su padre. Empezó a entender la forma de entender los negocios de Junius y acabó aceptando su lugar secundario respecto de su padre. Pero lo haría de una forma positiva, como el que se supedita a un buen General. Morgan entendió que su padre era un gran banquero y que a pesar de que se podían hacer las cosas de una forma diferente, el estilo correcto era el seguido por su padre: trabajo duro, ganarse el respeto de los clientes, precaución en las inversiones.

El gran J.P. Morgan

Al final la grandeza de Morgan como banquero no es más que la consecución de los triunfos del padre, que fue una hormiguita que apostó a caballo ganador. J.P. Morgan brilló en algo que le caracterizaría: elegir buenos caballos.
La apuesta de Junius por Estados Unidos acabó dando buenos resultados y en poco tiempo la oficina de su banco en Nueva York era la realmente importante. Para entonces J.P. Morgan estaba al cargo de la misma y los buenos negocios abundaban. Además, la cautela de Morgan le impidió dar un pelotazo pero le sirvió para anotarse numerosos éxitos modestos y continuados.
El tiempo puso a J.P. Morgan en el centro de la economía mundial. Con una formación excelente, contactos por todo el mundo y de calidad, una forma de trabajar impecable y un toque de suerte, Morgan continuó el trabajo de su padre demostrando la valía. Si su padre hubiera vivido 170 años habría sido el mejor banquero del mundo. Al no tener tanta longevidad, el título fue a parar a su hijo.
Mérito propio de J.P. Morgan fueron sus inversiones en productos por entonces muy novedosos: la electricidad de Edison, una apuesta personal de Morgan, que siempre creyó en las posibilidades de Thomas Edison y financió sus invenciones. Los ferrocarriles y otras formas de transporte, que siempre fueron algo muy azaroso, para cuando J.P. Morgan tomó las riendas del banco eran una inversión con enormes posibilidades de éxito.
De la forma de trabajar de Morgan destacan dos aspectos. El primero era su habilidad para destrozar empleados. Conseguía que la gente se implicara tanto con él, que muchos se dejaban la salud en el camino. Esto se llegó a convertir en una de las mayores desventajas de trabajar para Morgan y la razón por la que le rechazaban generosas ofertas de trabajo. Muchas de las personas que trabajaron para Morgan murieron muy jóvenes.
Y esto en parte se debe a la segunda de sus peculiaridades con el trabajo. A pesar de haberse criado en un entorno en que las relaciones siempre eran casi aristocráticas, con sagas familiares de banqueros, Morgan eligió el camino de trabajar con los mejores, sin importarles ni su origen ni su familia. El hecho de que contratara a un banquero italiano, Egisto Fabbri, en sus inicios ya fue casi un escándalo. Con el tiempo su padre le reconocería su acierto eligiendo a una persona tan válida. Para dirigir su propia biblioteca eligió a una mujer, que además era extranjera (en realidad era americana e hija de un negro pero prefirió hacerse pasar por portuguesa para disimular sus exóticos rasgos).
Morgan tenía problemas para delegar, pero no para elegir a personas muy capaces. No era tímido ofreciendo condiciones generosas, a veces extraordinarias, a los mejores hombres de negocios. Y cuando confiaba en alguien, era casi imposible que perdiera esa confianza. Esto es más un defecto que una virtud, pues algunos se aprovecharon de él. En el momento que elegía a alguien para un cargo, le exigía lo máximo, pero confiaba plenamente en su subordinado. Le dejaba trabajar con total libertad.

El legado de J.P. Morgan

Lo que John Pierpont Morgan haría, a diferencia de su padre, fue centrarse en el negocio de las consolidaciones de empresas. Fusiones entre potenciales competidores en una época en que la situación casi lo exigía. Morgan era respetado por todos y gracias a ello conseguía tratos inverosímiles entre empresas enemigas acérrimas. Y en cada una de esas consolidaciones el conseguía un gran trozo del pastel, pero sobre todo el colocar a personas de su confianza en el Consejo de Administración de esas nuevas compañías.
Conforme se iba haciendo mayor, Morgan controlaba de forma indirecta más y más negocios. En los ferrocarriles tenía control sobre algunas de las líneas más importantes del país. En la electricidad consolidaría las competidoras formando General Electric. Y en el que se llamó El negocio del siglo (del siglo XX, y tuvo lugar en 1901) consolidó las principales empresas acereras, formando United States Steel Corporation, la empresa más importante del mundo.
Normalmente de estas consolidaciones Morgan obtenía más poder que dinero. Aunque es cierto que poco a poco las cantidades de dinero ingresadas fueron creciendo hasta llegar a unos niveles de riqueza desmesurados. Todo el mundo estaba ganando dinero porque la economía estaba en un enorme auge. Y encima no había guerras.
Según envejecía, Morgan fue desvinculándose poco a poco de los negocios. En cierto modo, ya era muy viejo y los nuevos tiempos exigían retos para los que no estaba preparado. Tras años controlando cada detalle del negocio, fue apartándose y dejando su lugar a las nuevas generaciones. Entonces se dedicó al arte, que había abandonado durante décadas.
A diferencia de otros millonarios de su época, que creaban colecciones ostentosas inspirados por la opinión de expertos, Morgan tenía opinión y conocimientos propios. Mientras otros como Henry Clay Frick conseguían pasar a la historia por el excelente Museo Frick de Nueva York, y no por las tropelías realizadas en los negocios del acero, Morgan coleccionaba por gusto, porque le gustaba el arte y las cosas que compraba.
Sólo por el legado artístico de Morgan, merece un lugar propio entre los benefactores de la Humanidad. La grandeza del Metropolitan Museum of Art, uno de las colecciones de arte más extraordinarias del mundo, se debe al afán de Morgan por atraer arte europeo a los Estados Unidos. También el Museo de Ciencias Naturales le debe mucho a este banquero. Y su joya entre las joyas: la Biblioteca Morgan.
Oculta entre tanta majestuosidad en Manhattan, la Biblioteca Morgan es una de las atracciones más ocultas de la ciudad de los rascacielos. Puesto que Morgan no podría conseguir las colecciones de pintura que cualquiera hubiera deseado, se especializó en piezas pequeñas. Y es en ellas en las que su colección no tiene igual. Nadie tiene tantas Biblias originales de Gutemberg como su colección. O tantos incunables. O primeras ediciones de obras maestras de la Literatura. O barajas de Tarot antiguas.
Pero si hubiera que resumir la vida de Morgan en un hecho, ese sería su actuación en la crisis de 1907. La Bolsa había caído un 50% desde máximos y los bancos quebraban uno tras otro. La situación económica era desesperada y el viejo Morgan, semi retirado de los negocios, se encargó personalmente de solucionarla. Para ello convocó a los banqueros de Nueva York, se reunió con el Presidente de los Estados Unidos y en unas actuaciones relámpago tomó las medidas necesarias para evitar el colapso del sistema económico.
Morgan actúo como siempre solía hacerlo: pensando en sí mismo como un hombre más allá del Bien y del Mal. No porque temiera perder sus propiedades o verlas mermadas, sino porque entendía la labor bancaria como un sostén de toda la economía. Y que por ello contraía una responsabilidad a la que debía supeditarse.
Por eso, en vez de mantenerse al margen, decidió hacer lo imposible, correr riesgos que había despreciado durante toda su vida, por salvar al país de una crisis atroz. Ahora que vivimos inmersos en una, entendemos la necesaria intervención de los Estados para controlar el caos y evitar las caídas en cadena. Morgan actuó por encima de los Estados, que no se sentían capacitados para intervenir, ni sabían cómo hacerlo.
Al final salvó la economía de los Estados Unidos, y de paso la Mundial, de una crisis que podría haber resultado terrible, quizás el preámbulo a lo que ocurriría en 1929. Y aunque en las altas esferas se le considerara un benefactor por su acción, era tal el odio que las clases populares le tenían que decidieron juzgarle no como el salvador sino como el provocador oculto de la crisis.
La compra de una de las empresas que hubo que forzar para evitar su quiebra y la consiguiente cadena de caídas se entendió como un negocio redondo. Se habló de que Morgan había provocado la crisis para poder salir reforzado de ella. Lo triste es que por ello tuvo un juicio muy severo, cuando ya estaba al margen de los negocios. Ese juicio destrozó su salud y le causó la muerte pocos meses después.
Es cierto que Morgan cometió numerosas irregularidades y delitos de cuello blanco durante su carrera profesional. Pero comparado con sus coetáneos, casi mereció ser santificado. Morgan nunca trabajó por conseguir más dinero, lo hacía por crear un mundo mejor. Un mundo con más dinero, eso sí.
La idea del crédito de J.P. Morgan quedaría plasmada en una de las sesiones de ese juicio a toda su carrera, el Pujo Committee. El fiscal le interrogaba sobre sus negocios y Morgan, de vueltas de todo, respondía con una honestidad preocupante. El fiscal pregunta, Morgan responde.

¿La base del sistema financiero es el crédito, verdad?
No siempre. El crédito es una evidencia del sistema financiero, pero no es el dinero en sí mismo. El dinero no es más que oro.
¿Entonces el crédito no está basado en el dinero? ¿Los bancos no prestan dinero a los hombres y las instituciones porque esperan que haya dinero que garantice estos préstamos?
No señor. Es porque la gente cree en esos hombres.
¿Y si esos hombres no tienen nada de valor?
Un hombre puede no tener nada de valor. En una ocasión un hombre vino a mi oficina y le di un cheque por valor de un millón de dólares cuando yo sabía que ese hombre no tenía ni un céntimo.
¿Pero eso no son negocios, no?
Si, desafortunadamente sí lo son. Aunque no creo que fuera un buen negocio en cualquier caso.
Pero entonces, ¿El crédito no se basa en el dinero o las propiedades?
No señor: por encima de todo está el carácter.
¿Por encima del dinero o las propiedades?
Por encima del dinero, de las propiedades o de cualquier otra cosa. El dinero no puede comprarlo, porque un hombre en el que yo no confíe no podrá conseguir ni un céntimo de mí aunque presente todos los bonos de la Cristiandad.

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Comentarios

Un comentario a “J.P. Morgan”

  1. Nivonog
    30 de marzo de 2009 a las 4:02

    Interesantísimo post, sobre todo a la luz de la crisis actual; J.P. Morgan es uno de los fundadores del sistema finaciero que ha derivado en ella y al poder entender un poco su manera de pensar y de actuar podemos entender un poco más el panorama actual :)
    Como siempre, felicidades, escribes poco, pero eliges excelentemente tus temas.

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