La anarquía de la ilusión

I

A mi hermano pequeño, cuando tenía siete u ocho años, le dió por los mapas. No me atrevería a decir la geografía, porque lo único que le interesaban eran los mapas propiamente dichos. Eran unos que habíamos encontrado en un contenedor de la basura, formaban parte de un atlas y ahora no eran sino páginas arrancadas.
Los mapas habían estado rondando por casa algún tiempo hasta que él los tomó. Resultó ser una excelente forma de tenerlo entretenido. Lo dejábamos allí, mirando el mapamundi, u observando las cordilleras de África y estaba quieto y callado.
Al cabo de unos días comenzó a hacer preguntas. Se refería a lugares que nunca antes había oído. Su forma de aproximarse a los mapas había sido totalmente autónoma, sin más criterio que las formas de los propios continentes. Así, le había llamado mucho la atención la Antártida. Se conocía la región como la palma de su mano, podía identificar cualquier lugar del continente. También podía dibujarlo de memoria con mucha precisión.
No era el único lugar que conocía, en realidad había acumulado un montón de conocimientos extraños: regiones del Congo, islas del Pacífico sur, las principales ciudades de Brasil.
Me resultaba divertido ver cómo conocía lugares tan inusuales pero no sabía ni cuáles eran las provincias de Cataluña o la capital de Francia. Un día le dije que debía centrarse en contenidos más prácticos: España y Europa, primero las capitales de los países, y luego si acaso entrar en conocimientos más profundos.
Poco tiempo después me di cuenta de que ya no pasaba tiempo con los mapas. Dejaron de interesarle y nunca volvió con ellos.

II

Una parte de mí se siente culpable por haberle tratado de sistematizar. La que era una afición pura se había convertido en una especie de profesión. El Mar de Ross y Dumont d’Urville eran sus descubrimientos y le parecieron más interesantes que el Mediterráneo o París. Seguramente, con el tiempo, si aquello hubiera perdurado, habría acabado acercándose, por la Costa Azul, poco a poco, a todos esos lugares más cotidianos.
Tal vez era cuestión de tiempo que lo acabara dejando, desde luego por culpa de ciudades como París, Berlín y Madrid perdió un poco de la ilusión de vivir.

III

Cuando pienso en mi forma de aproximarme a la música clásica me doy cuenta de lo anárquica que resultó. Comencé con los discos de Luis Cobos, una auténtica aberración para cualquier auténtico melómano. Era como adentrarse en la literatura de la mano de Corín Tellado o iniciarse en el sexo yendo de putas.
Sin embargo, los discos de Luis Cobos, formados por uniones más o menos acertadas de piezas populares de música, sirvieron como acicate. Iba a la caza de cada una de esas piezas. Eso era ya de por sí un gran entretenimiento. Las grababa para oírlas más veces, hasta acostumbrarme a ellas y descubrir que eran buenas. Ya tenía un repertorio más o menos amplio de autores con música pegadiza: Chaikovski, Strauss, Verdi, Beethoven.
Ese círculo, lejos de ampliarse gradualmente, cambió de forma brusca. Hubo una época en que tenía toda la música de Chaikovski. Luego llegó la época de la música barroca. Después sólo me interesaba la música para piano de Chopin. Algunos meses después, la fascinación por el siglo XX: Stravinsky y Ravel. Luego algunas vueltas extrañas, como Henry Purcell o las matracas para clave de Scarlatti. Nunca había oído una pieza de Mozart pero ya era un enamorado de la música.
Han pasado muchos años desde entonces. Prácticamente he pasado por todas las etapas posibles, siempre adelante y atrás, saltando de lo más conocido a los autores de segunda fila. Primero amando a un músico, luego repudiándolo. Otros quedan para siempre. Si por algo se ha caracterizado este aprendizaje es por la falta de coherencia, de rigor, de sentido lógico.
Si ahora tuviera que iniciar a alguien en la música, no sabría hacerlo, cometería los mismos errores que con los mapas y mi hermano. Lo mandaría a Beethoven o a Bach y quizás acabarían hartos. No hay nada más bonito que aprender algo de esa forma anárquica, ilógica pero tan humana.
Una de las principales ventajas es la de saber que hay aún mucho bello por conocer. Las sinfonías de Mozart, los caprichos para violín de Paganini, la ópera de Wagner. De cualquier selección sobre «Lo mejor de lo mejor» aún me falta algo por oír. No tengo prisa. Es como ser un turista sin haber estado en Londres, París o Berlín. La ilusión nunca acaba. Para aprender a viajar hay que hacerlo como hizo mi hermano, empezando por la Antártida.

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6 comentarios sobre “La anarquía de la ilusión”

  1. Qué razón tienes, me ha encantado la historia de tu hermano y los mapas.
    Y sí, creo que tienes razón con respecto a aprender de forma anárquica. Yo creo que a todos nos gusta mucho más aprender todo tipo de cosas en nuestra casa por nuestra cuenta que de forma obligada y sistemática como en la escuela o la universidad.
    Al menos a mí me pasa con muchos temas, que en clase no me gustan una mierda, o no me entero y, luego, en casa me encuentro con ellos casualmente y me divierto estudiándolos.
    Saludos!

  2. Qué razón tienes, me ha encantado la historia de tu hermano y los mapas.
    Y sí, creo que tienes razón con respecto a aprender de forma anárquica. Yo creo que a todos nos gusta mucho más aprender todo tipo de cosas en nuestra casa por nuestra cuenta que de forma obligada y sistemática como en la escuela o la universidad.
    Al menos a mí me pasa con muchos temas, que en clase no me gustan una mierda, o no me entero y, luego, en casa me encuentro con ellos casualmente y me divierto estudiándolos.
    Saludos!

  3. Un post maravilloso.
    A mí me encanta el cine, no creo que haya nada que me apasione más. Me cuesta pensar en personajes más interesantes que Godard, Bresson, Ozu, Antonioni o Bergman, por ejemplo.
    De siempre me ha gustado mucho devorar películas, cuando empecé uno de mis directores favoritos era… Brian de Palma ;-)

  4. Un artículo muy acertado, y muy bonito. Yo muchas veces he pensado lo mismo, y es que realmente, cuando a uno le gusta algo, acaba descubriéndolo igualmente, aunque quizás de la maera más extraña.

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