Por qué es bueno tener hermanas

En su extenso e interesantísimo libro Gladiadores, El gran espectáculo de Roma, Alfonso Mañas cita un texto clásico que nos muestra lo duro que era viajar en la antigüedad. ¿Te han robado el bolso estando de viaje? ¿La cartera en Barcelona? ¿Has perdido las maletas? En la antigüedad, si te robaban en tierra extraña, simplemente te dejaban en la mendicidad para el resto de tu vida, y así el protagonista, tras sufrir un hurto, entiende que matarse es casi la opción más sensata.

También el texto nos traslada a una época de amistades inimaginables hoy en día, en la época en que los amigos se han convertido en seguidores.

Escribe Luciano de Samósata en su libro Toxaris:

Movido por el deseo de conocer la cultura griega, partí de mi casa (en Escitia) camino a Atenas. El barco puso destino a Amastris, ciudad a la orilla del [pontus] Euxinus (el mar Negro) y que está en la ruta natural desde Escitia, no lejos de Carambis.

Sisinnes, que era amigo mío desde la infancia, me acompañaba en este viaje. Habíamos sacado todas nuestras pertenencias del barco y las habíamos dejado en una pensión cerca del puerto. Mientras estábamos en el mercado, sin sospechar que nada fuese mal, unos ladrones forzaron la puerta de nuestra habitación y se lo llevaron todo, sin dejarnos siquiera con qué pasar ese día. Bueno, cuando regresamos y vimos lo que había ocurrido consideramos inútil pedir indemnización legal a nuestro posadero o a los vecinos; había muchos de estos, y si hubiésemos contado nuestra historia —que nos habían robado 400 dáricos y nuestras ropas y mantas y todo— la mayoría de la gente habría pensado que estábamos montando un alboroto por una nimiedad.

Así que nos pusimos a pensar qué debíamos hacer; ahí estábamos, sin absolutamente nada en un país extraño.
En cuanto a mí, pensé que bien podría meterme una espada entre las costillas en ese mismo momento y lugar, y poner así punto final a todo, antes que soportar la humillación que el hambre y la sed podría hacer caer sobre nosotros. Sisinnes adoptó una visión más optimista y me imploró que no hiciera eso: “Pensaré en algo” dijo, “y seguro que nos irá bien”.

Hasta entonces había hecho lo suficiente como para conseguirnos un poco de comida, dedicándose a traer madera desde el puerto. A la mañana siguiente dio una vuelta por el mercado, donde parece que vio un grupo de jóvenes bien formados que, como resultó, estaban alquilados como gladiadores e iban a luchar dos días después. Lo averiguó todo sobre ellos y entonces regresó donde yo estaba. “¡Toxaris!”, exclamó, “¡Da por terminada tu pobreza! ¡En dos días te convertiré en un hombre rico!”.

Pasamos esos dos días como pudimos, hasta que llegó el del espectáculo. Cuando tomamos asiento como espectadores Sisinnes me dijo que me preparase para todas las novedades de un anfiteatro griego. Lo primero que vimos al sentarnos fue a varias bestias salvajes: algunas estaban siendo abatidas con jabalinas, otras cazadas con perros y otras eran soltadas sobre hombres atados de pies y manos, los cuales nosotros supusimos eran criminales. Tras esto aparecieron los gladiadores. El heraldo llevó hacia delante a un joven fornido, y anunció que quien estuviese dispuesto a luchar contra él bajara hasta la arena y tomara su premio, 10.000 dracmas (unos 500 €). Sisinnes se levantó de su asiento y saltó a la arena, expresando su voluntad por luchar, y pidió las armas. Le dieron el dinero y él me lo entregó a mí. “Si gano”, dijo, “regresaremos juntos y no nos faltará de nada.

Si caigo me enterrarás y volverás a Escitia”. Yo quedé muy conmovido. Entonces él recibió las armas y se las puso, a excepción del casco, pues él combatía a cabeza descubierta. Fue el primero en ser herido; la hoja curva de su enemigo* le hizo sangrar en la ingle. Yo estaba medio muerto de miedo. Pero Sisinnes estaba preparando su momento: el otro le atacó entonces con más confianza y Sisinnes arremetió contra el pecho de él y le hundió la espada limpiamente, de modo que cayó sin vida a sus pies. Él mismo, exhausto por la pérdida de sangre, cayó sobre el cadáver y la vida casi le abandona. Corrí a asistirle, le levanté y le dije palabras de ánimo. Había conseguido la victoria y era libre de marcharse. Por tanto lo recogí y lo llevé a casa.

Al final mis esfuerzos tuvieron éxito: él se recuperó y vive en Escitia hasta el día de hoy, tras haberse casado con mi hermana, aunque, sin embargo, aún está cojo por la herida.

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Un comentario sobre “Por qué es bueno tener hermanas”

  1. Cuando estuve de viaje por Turquía, uno de los lugares que visité fue Pamukkale. Una espectacular formación en terrazas y piscinas naturales de bicarbonatos y calcios que parecen talladas en nieve. Pamukkale en turco significa Castillo de algodón.
    Ha sido un balneario desde el siglo II antes de Cristo cuando el rey de Pérgamo Eumenes estableció la ciudad de Hierápolis. En los siglos II y III después de Cristo perdió todo su carácter helenístico para transformarse en una ciudad completamente romana a la que acudían a tomar baños nobles de todo el Imperio. A las afueras de la ciudad está el cementerio. Lleno de hermosos mausoleos en forma de pequeños templetes que a fuerza de terremotos, van desapareciendo. Uno de los que todavía está en pie tiene un curioso epitafio. Su propietario había viajado de Roma a Hierápolis nueve veces, ida y vuelta y había sobrevivido a los nueve viajes. Le parecía una hazaña tan reseñable que decidió que debía pasar a la posteridad inmortalizando su gesta.
    Unos estudiantes de Stanford han hecho un mapa al estilo de Google Maps en el que puede calcularse cuánto tiempo se tardaba en viajar en el Imperio Romano y los medios de transporte que había que utilizar. Para llegar a Hierápolis había que recorrer 3254 km. e invertir 29.4 días:
    http://orbis.stanford.edu/#map

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