Coronavirus

No soy muy fan de escribir sobre temas de actualidad, porque son comentarios que suelen envejecer muy mal. Pero como ya no soy tampoco muy fan de escribir en general, supongo que la regla dejó de tener sentido.

Cuando pensaba en cómo podría ser el mundo en el futuro —asumiendo un escenario pesimista— nunca imaginaba el colapso del peak-oil, o la gente muriendo envenenada por plásticos. Tampoco una Guerra Mundial o que fuéramos sojuzgados por las máquinas inteligentes. Siempre veía un escenario similar al que ahora se está viviendo con el coronavirus, sólo que con una enfermedad más seria y resistente. No una plaga apocalíptica, sino algo mucho más moderado, digamos que con un índice de mortalidad del 5 al 10 por ciento.

El proceso sería bastante parecido al que ahora se nos presenta, sólo que exacerbado y persistente en el tiempo es muy posible que nunca más volvamos a saber de este virus después del verano.

Los países cerrarían fronteras, y ciertos países, como ahora lo son Corea del Sur o Italia, se convertirían en apestados: nadie querría saber nada de sus nacionales. Este desprecio, más o menos motivado, generaría diferencias que serían irreconciliables en el corto y medio plazo.

La economía mundial se iría al garete lentamente. Desaparecería la globalización por medios naturales: si dependes de un proveedor en Corea del Sur, mejor que te busques otro. Y no es muy realista elegir Tailandia cuando sabes que la situación con ese otro país puede acabar siendo similar. Mejor cerrarse en uno mismo. Habrían un colapso de las monedas nacionales y la deuda de los países: casi todos los países tendrían deudas impagables con el resto y sería complicado volver a un patrón común.

Sería un apagón lento y en parte inexplicable en la perspectiva de los libros de historia. Vivimos en un mundo tan perfecto, que cualquier riesgo nos vuelve inmensamente vulnerables.

Pero esa era mi visión imaginaria de un futuro peor al actual, que nada tiene que ver con la situación que ahora estamos viviendo. El coronavirus es como una gripe común, o no, mejor aún que ella.

Sobre la gestión de la crisis sanitaria por parte de España se insiste en el adagio de que tenemos la mejor sanidad del mundo. O al menos la mejor europea. O una de las mejores. No es algo que cuestiono, pero lo que sí me resulta sorprendente es que se intente convencer que en caso de que lo fuera, esto significa que la gestión de la crisis sanitaria iba también a ser la mejor del mundo.

Esta crisis es, ante todo, un insulto a la estadística (como ciencia). Se puede tener la mejor sanidad del mundo (en promedio) y no ser el mejor país para el tratamiento del cáncer, ni tener las listas de espera más cortas del mundo, ni los mejores médicos, ni los mejores hospitales. Es como en la competición del decatlón: uno puede ser el mejor del mundo en ese deporte y seguramente no sea el mejor del mundo en ninguno de los diez deportes que lo componen.

Probablemente un país con una sanidad deficiente, pero acostumbrado a problemas, pueda gestionar mucho mejor una crisis así. Mención aparte a los países más totalitarios, como Rusia o China, que están dando un tratamiento a veces brutal, pero indudablemente mucho más efectivo.

Con la mascarilla de la autocomplacencia y seguros de nuestra capacidad de respuesta, no queda otra que cometer muchos errores.

La situación actual de España (276 afectados) es similar a la que tenía Italia el día 24 de febrero. Es razonable esperar que la situación española dentro de 11 días sea exactamente la misma que tiene ahora Italia: 3.800 casos y tomando medidas de emergencia, como el cierre de colegios.

Si la medida es adecuada una vez se llegue a ese volumen de casos, será mucho más adecuada (y producirá menos pérdidas) si se produce 11 días antes.

Sólo se me ocurren dos motivos por los que esto no debiera hacerse: que sean medidas antes las que no se ve final (colegios cerrados hasta el verano) y ante las que uno sólo puede enfrentarse cuando sea la opinión pública la que las solicite. O que se piense que Spain is different, y no hay ningún motivo para esperar que nos va a ocurrir lo mismo que Italia. Esa segunda explicación es, lamentablemente, bastante probable. Y muestra hasta qué punto nos hemos desconectado de la realidad algo por cierto presente en nuestras noticias desde mucho antes de que el virus existiera.

Las opiniones de personas relacionadas con pacientes en España muestran un escenario patético: no se realizan pruebas, salvo que la situación sea más que obvia. Incluso entre familiares muy próximos a enfermos, ni insistiendo se les hace una analítica. Hay gente a la que no se le ha detectado el virus hasta después de muerta. Los pasajeros provenientes de los países con más afectados se pasean por los aeropuertos con total libertad. Está bastante claro que los casos reales en España están muy alejados de las estadísticas oficiales. No creo que haya ni el doble ni el triple, será otro orden de magnitud mucho mayor.

El recuento de enfermos recuerda al cálculo del IPC en los tiempos en que había mucha inflación, en que se trataba de maquillar el número, a veces retirando productos muy consumidos de la cesta de la compra. También recuerda al dato de desempleados que se recorta de forma desesperada con todo tipo de artimañas. O el cálculo del déficit que tenemos que rendir ante la Unión Europa. En España siempre hemos sido muy buenos maquillando cifras.

El mapa de contagios a lo largo del mundo muestra una sorprendente imagen: a diferencia del ébola, el zika o incluso el sida, estamos ante una enfermedad que está golpeando más fuerte en los países más desarrollados. Los países pobres no se salvan porque tengan la mejor de las sanidades posibles, ni porque sean más resistentes. Simplemente están obteniendo un inesperado beneficio de su propia miseria: muchos menos viajes comerciales. Y aún en el caso de tener infectados, la tranquilidad que brinda el desconocimiento. Como hemos visto en España, test que no sea hace, enfermo que no existe.

La gran ventaja que está salvando a los países pobres es la extraña regla de que cuanto peor sea el clima de un país, mayor nivel de vida suele tener. Noruega, Canadá o Nueva Zelanda tienen inviernos severos, pero economías sólidas. Docenas de países africanos estarán relativamente inmunes al coronavirus por el simple hecho de que están ya viviendo en el verano que acabará con el virus de España o Italia.

Decenas de miles de cancelaciones de viajes, destinos habituales dejan de ser seguros. Los pesos pesados del turismo europeo: Francia, Italia y España, están entre los países con más afectados. Una segunda oportunidad para destinos que habían sufrido mucho en el pasado: la gente vuelve a pensar en Túnez, Egipto o Turquía. Estos destinos no tienen nada que envidiar a los europeosen tanto en cuanto sigan siendo seguros y en el momento en que los turistas empiecen a probarlos, les costará volver a la rutina de nuestras playas, más que vistas.

Se suele manipular mucho con la mezcla de argumentos cuando se habla del coronavirus. Para intentar justificar la inacción, se habla de que la enfermedad es muy leve, apenas como una gripe. Hay dos aspectos muy diferentes. La enfermedad en sí misma no tiene nada que temer. Pero la crisis sanitaria sí es muy grave. Si el gobierno de turno dijera: señoras y señores, no vamos a hacer nada, no habría muertes masivas ni repetiríamos escenas de The Walking Dead sobre las playas de Benidorm. Moriría mucha gente, si se la compara con los feminicidios o los accidentes de tráfico. Pero un número razonable si se hace el paralelismo con las muertes por enfermedades comunes.

El verdadero problema serían las consecuencias indirectas. Italia ya está considerado un país insalubre. No creo que sea buena idea hablar en italiano en el metro de Moscú. Nadie se plantea visitar ese país en el medio plazo. Seguramente hasta la gente estará dejando de comer pizza. La imagen del Eat, Pray, Love, del país donde se puede ser feliz, se desvanece. Conseguir una buena reputación cuesta años de esfuerzo, perderla, apenas unas cuantas malas decisiones.

En Irán, la situación alcanza niveles dramáticos. Se trata de un país con lo peor de varios mundos. Sometido a creencias casi infantiles por la enorme influencia de la religión, con un gobierno tiránico pero incapaz. Se oculta información de forma sistemática y tienen un sistema sanitario bastante deficiente. Un país pobre donde nieva mucho. ¿Qué puede salir mal?

La gestión en Irán ha sido tan nefasta que puede equipararse con el ejemplo de no hacer absolutamente nada. Los hospitales están sólo para los pacientes VIP. Las cárceles están llenas de enfermos, que nadie quiere cuidar. Prácticamente todo el mundo está infectado, una gran parte de los miembros del Parlamento lo está ya de forma oficial. Pero como es una enfermedad leve, muchos no tienen síntomas y pasarán el trance sin enterarse.

En general no se tolera hablar negativamente de la situación. No se critica a los sanitarios, porque al fin y al cabo, son los que están en la primera línea de fuego. Pero eso como decir que no se debe criticar a los políticos porque son ellos los que nos gobiernan. La crisis sanitaria muestra muchas de nuestras vergüenzas: diagnósticos superficiales y paracetamol. Falta de medios, docenas de organismos y administraciones peleando entre sí. Enfermeros sin medios y Wallapop lleno de mascarillas robadas por médicos y de gente que regatea y marea con mensajes sin intenciones reales de comprar: eso somos.

Relacionado: Las mentiras del gobierno y las autoridades sanitarias españolas respecto al coronavirus

4 comments

  1. De pronto he pensado “fijo que el marmolillo ha publicado algo sobre el puto virus” y ahí está, puntual como siempre. Gracias.

  2. No lo leí al instante cuando se publicó, lo he leído justo después de que en Madrid anuncien el cierre de colegios. Qué rápido ha ido todo.

  3. Acabo de leer el artículo, a 24 de marzo. Genial, como siempre. Luego dicen que si era imprevisible y tal, en fin…

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