En el museo

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Lo peor de ir a una exposición de arte es tener que oír los comentarios del resto de visitantes. Y peor aún, si cabe, es oír el comentario antes de ver una obra en cuestión. «Me gustan los colorines tan brillantes, se nota que el tío sabía mucho de pintura». Para ver que se trata de un Mondrian. «Ah!, Pero no sabía que era en blanco y negro», antes de llegar a El Guernica. «Pues lo he tocado y está suavito» ante un Velázquez del Museo del Prado.

PUES LA NETA QUE PASADOS DE VERGA SON LOS QUE HACEN ESAS MAMADAS Y VAYAN A CHINGAR A SU MADRE LOS HACKEARON LA PAGINA

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Casi peor es tener que oír los comentarios de los que andan pasados de rosca. Los autoproclamados artistas: «Fíjate el trazo grueso para el lomo del caballo y pincel fino fino en el detalle de las patas». «Esto es de su época azul, la influencia de Picasso es evidente». «Este es como el que vimos en Nueva York, sólo que más pequeño, más como el que tienen en el Hermitage
Afortunadamente las páginas web tienen los comentarios al final del artículo para que, si uno lo desea, no se emponzoñe con las opiniones de los demás. Y, en el peor de los casos, éstas no dejen mal sabor de boca antes de empezar a leer lo que uno realmente quería leer.

alejandro eres el mejor del mundo tienes una voz hermosa y un carizma y una sensualidad fantastica besos alejandro sanz tu fans 1 en peru

Es absurdo que en cualquier película proyectada en un cine, por manida y previsible que resulte, esté prohibido hablar, mientras que en una exposición artística, donde a veces la necesidad de concentración resulta mucho mayor, cualquiera se sienta legitimado para enunciar su veredicto de la obra en voz bien alta.
Si vas a una exposición artística sigue estas tres reglas:
1) Habla poco.
2) Habla bajo.
3) Un buen cuadro habla bien alto un lenguaje sin palabras, que tus palabras no impidan a los demás oír ese mensaje. Nunca hables de un cuadro justo al lado de él.


II


Cuando uno va a una exposición junto a otras personas, es habitual que haya una persona que se pare mucho tiempo a contemplar cada cuadro. Eso lleva a que al final uno haya visto todo lo que le interesaba mientras que esa persona lenta aún tiene varias salas por visitar. Un entretenimiento para esos momentos de espera es el ejercicio del relleno. En su momento pensé hacer una página al respecto pero como en cualquier caso el ejercicio está patentado ©zrubavel 2000-2007, no tengo problema en contar de qué se trata.
Se elige un cuadro, preferiblemente uno grande. Se piensa en el cuadro no como una obra de arte, sino como un trabajo humano, hecho en unos plazos de tiempo, con una determinada pintura y en un determinado lugar. A continuación, se busca el defecto dentro de dicho cuadro. No importa lo grande que sea la obra de arte, ni lo famosa ni lo antigua o moderna, siempre hay varios defectos. Una cabeza humana dentro de una multitud que se ve a lo lejos, donde los ojos no están alineados. Un trazo donde se nota un pegote de pintura que sobra y que, al autor le dió pereza quitar. Una línea que no está muy derecha, dentro del marco de una ventana que se ve al fondo. Una sombra evidente que falta en un personaje secundario. Una gradación de color desacertada. No hay cuadro que se libre de un análisis exhaustivo del ejercicio del relleno. Cuando Velázquez pintaba la escena de las lanzas estaba preocupado en las caras de los personajes que aparecen en el centro del cuadro, los que ocupan la tercera fila no son más que caras a rellenar, a dibujar con desgana. Y esto mismo ocurre con cada uno de los cuadros que se han dibujado en la Historia de la Humanidad.
Descubrir defectos de cuadros es un excelente entretenimiento, un gran ejercicio para desarrollar la capacidad de observación y una forma de desmitificar a cualquier gran artista.

6 comments

  1. «Pues lo he tocado y está suavito» > Esto da escalofríos.
    Son las consecuencias del neo-paletismo. El boom de la especulación inmobiliaria ha provocado que estos ingenieros de la pala y el azadón se hayan reconvertido al móvil de 600 euros y al coche de 60000. Pero en esencia siguen siendo paletos y no lo pueden ocultar aunque lo cubran de capas de visones, almuercen en restaurantes de cuatro estrellas Michelin o visiten con asiduidad el Guggenheim.
    Paradigmático de esa nueva subclase social es el mafioso Roca, que decoraba su baño con cuadros originales. El coleccionismo compulsivo y la tendencia a la ostentación son las señas de identidad de los neo-paletos, consecuencia de su profundo complejo de inferioridad.

  2. Desde que la «cultura» (muy genérico el concepto) se ha convertido en consumo basura -usar y tirar- nos vemos obligados a soportar esta creciente ola de neo-paletismo, que parece tardará mucho en finalizar.
    No se trata ya de una cuestión de defensa de una élite; Ortega ya nos avisó de esto hace bastantes años. De todas formas trato de permanecer inmune al advenimiento de las masas pero, por más que lo intento, me resulta muy rechinar los dientes cuando tengo cerca a algún neopaleto.
    Pero ya no solo nos atacan en los museos, los tenemos por todos lados: está el redneck que se va a la multisala y le da igual ver una película de Lars von Trier que de Santiago Segura o Garci (a ver quien de los tres es más plasta) y también está la Mari que conduce el Cayenne para llevar a los niños al colegio concertado que hay dos calles más abajo.

  3. A mi no me gustan los museos. Parece que suene a herejía decir eso, pero es que me saturan. Me gusta disfrutar de las obras de arte en tranquilidad y en cantidades reducidas. Los museos no reunen ninguna de esos requisitos. Ir a un museo es como ir a una perfumería y ponerse a oler todos los frascos uno tras otro.
    También me pasa que sufro del efecto plato lleno: «bueno, ya que he pagado por la entrada voy a ver un poco más». Y mi mente se cierra y el acabar la ronda acaba por convertirse en una obligación.
    Otra opinión que tengo es que apreciar la calidad de una obra es algo dificil. Vale, habrá cuadros que salte a la vista la maestría, en otros, sin embargo, sin algo de preparación previa resulta una experiencia decepcionante. Kandinsky me decepcionó la primera vez que lo vi. Tiempo después, leí sobre sus teorias musicales del color y sus composiciones tomaron otro sentido para mi.
    Supongo que mi capacidad intelectual está por debajo de los neo-paletos. Ellos al menos entienden algo, y yo frecuentemente me voy con la cabeza gacha. En particular me pasa con el arte abstracto.
    Claro, que siempre puede decirse aquello de que no hace falta entender nada. A mi me gustaría que los artistas dieran recomendaciones para ver su cuadro, o en su defecto, indicaciones sobre si se ha de ver relajado, de pie, sentado, 10min o una hora, etc. En los libros y en las pelis no hace falta, el autor te lleva de la mano todo el rato. Con los cuadros, ya que te van a dejar perdido en la inmensidad del océano artístico, que al menos que te den un flotador, ¿no?

  4. Es una interesante cuestión, David C. Creo que los museos deberían hacer abonos de una semana, para que pudieras visitarlos una media hora cada día, y no tener la «obligación» de recorrértelo enterito. De hecho, ¿está avanzando mi Alzheimer o creo recordar que hace un par de décadas El Prado era gratuito para los nativos españoles?
    Pero por Blas, decir que los neo-paletos «entienden algo» (aparte de descargar politonos para móvil o rellenar una quiniela) es ponerlos a la altura de los equinodermos, lo que es ser demasiado generoso. Otra cosa es lo que presuman en el bar o en la pelu, casi siempre a base de aprenderse de carrerilla lo que proclaman los blogs hechos a su medida.

  5. «A mi no me gustan los museos. Parece que suene a herejía decir eso, pero es que me saturan. Me gusta disfrutar de las obras de arte en tranquilidad y en cantidades reducidas. Los museos no reunen ninguna de esos requisitos. Ir a un museo es como ir a una perfumería y ponerse a oler todos los frascos uno tras otro.»
    Yo tengo ocasión de viajar con frecuencia, y he pasado frente a la puerta de casi todos los grandes museos de Europa. Para desesperación de mis acompañantes, no me he animado a entrar en casi ninguno, salvo en días de tiempo perruno en los había que refugiarse en algun sitio. Y para excusarme, les decía siempre esa frase. Exctamente esa misma frase, textual palabra por palabra. Me reconforta saber que no soy el único que se siente saturado o intimidado por los museos, y es cuioso encontar que alguien lo exprese con las mismas palabras y ejemplos :-)
    Es evidente que en una galería que expone, pongamos, 100 obras, no vas a poder dedicar ni 5 minutos a cada una de ellas. Y cinco minutos ya es una cantidad de tiempo ridícula para observar un cuadro con el detenimiento suficiente como para «extraer» algo.
    La única forma en que yo disfruto del arte, es abriendo un buen libro por una página al azar y leyendo un capítulo entero dedicado a tal o cual obra o pintor. Algo con cierta substancia, un mundo en el que puedes sumergirte durante 30 o 40 minutos y del que luego salir habiendo comprendido algo acerca de la forma de pensar de ese artista.
    Algunas obras con las que me familiaricé de esa forma sí que luego las he visto en vivo, y sí lo disfruté. Pero porque me centré en ellas y pasé absolutamente de todo lo demás. Por ejemplo, cuando después de varias visitas a París por fin me decidí a entrar al Louvre, me fuí específicamente a mirar 4 o 5 obras concretas. Y luego me piré. Visto así, me salió cara la entrada. Pero de otra forma no lo hubiera disfrutado.

  6. A Mced:
    Creo que no me he expresado bien en mi comentario. Cuando uno le tira un palo a un perro y éste lo trae a su amo moviendo la cola orgulloso, es probable que el perro sienta satisfacción. Cuando uno se pasa la tira de años estudiando oposiciones y finalmente las aprueba, también es probable que sienta satisfacción. El nivel de satisfacción desde un punto de vista subjetivo, es el mismo para los dos, pero obviamente la escala que tiene cada uno para medir la satisfacción es distinta. De ahí que diga que los neo-paletos me hayan superado «entendiendo algo», porque quizá mis espectativas eran no sólo más altas que las de ellos, sino también más de lo que yo mismo podía alcanzar.
    Te doy la razón en que lo mejor es visitar un rato al día el museo, aunque por desgracia uno no suele vivir en la misma ciudad o quedan lejos. Quizá llegará un día que se pueda tener pantallas en casa de tamaño guernica a precio reducido. Sería fantástico poder escoger cada día una obra de arte.
    A David Llada:
    Me apunto tus consejos para ponerlos en práctica. Hasta ahora me informaba del arte a través de internet, pero creo que un libro es mucho mejor. La red es algo demasiado intangible y la «huella» que le pueden dejar a uno es demasiado superficial. También lo de hacer «la lista de la compra» antes de ir de visita me parece una idea muy buena!

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