Parsifal

Richard Wagner
El compositor Richard Wagner (1813-1883) pasó a la Historia por sus extraordinarios ciclos operísticos. Quizás ninguna de sus óperas pueda considerarse la mejor de la Historia. Pero en conjunto son una obra de dimensiones colosales. Especialmente su tetralogía de El Anillo del Nibelungo puede considerarse una de las creaciones artísticas más extraordinarias del ser humano.
El Anillo del Nibelungo es una serie de cuatro óperas: El Oro del Rhin, La Walkiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses. Esta serie de óperas ocupa 18 CDs en unas 15 horas de música. Richard Wagner necesitó de 26 años para componerlas todas.
La figura de Wagner no es fácil de entender hoy en día. En su momento fue un personaje famosísimo. Una especie de J.K. Rowling (la autora de Harry Potter) mezclado con George Lucas (el autor de Star Wars). Todo el mundo conocía a Richard Wagner, muchos lo admiraban y no pocos lo idolatraban. Incluso sus detractores reconocían la valía de su música.
Las óperas de Wagner destacan como obra de arte total. Normalmente una ópera es una pieza de trabajo en equipo. Un poeta escribe un libreto, normalmente basado en una historia de otro autor. El compositor le da la música a esa narración. Y el director de escena se encarga de poner a punto los decorados, el vestuario y organizar el trabajo propiamente teatral.
En las óperas de Wagner esto no ocurre. Porque Wagner hacía todo el trabajo. Y aunque esto complicaba mucho la tarea, el resultado es espectacular. Y es que Wagner era un hombre multidisciplinar. Era un gran compositor, pero también un gran escritor. Y su capacidad para la organización no era peor que sus otras cualidades. Con todo ello, sus óperas tienen algo que no tienen las de los demás: una coherencia y una integridad casi perfectas. Escribía los textos pensando en la música y la música pensando en la escena.
La temática de sus óperas era además espectacular. En lugar de románticas historias corteses, Wagner trataba la mitología germánica. Esto le daba un aire muy tipo Señor de los Anillos a sus puestas en escena: batallas y combates. Seres mitológicos, vestuario de la época medieval.
El público se volvía loco con las óperas de Wagner. Era como un director de cine moderno, pero antes de que se inventara el cine. Hacía todo lo que el medio entonces existente le permitía.
Las estrecheces económicas
Richard Wagner era un gigante que pensaba a lo grande. Sus planes eran demasiado ambiciosos para la realidad que le había tocado vivir. Aunque los estrenos de sus óperas podían ser éxitos de público, las costosas representaciones a veces le llevaban a pérdidas económicas que solventaba de la mejor forma que existía: escapando de los acreedores. Así tuvo que dejar su trabajo en Riga y moverse de una ciudad a otra.
Para colmo de males, se mezcló en política, como uno de los instigadores de una revolución en Sajonia. Aquello salió muy mal y Wagner tuvo suerte de no ser detenido, pero pasaría los siguientes doce años exiliado de Alemania, viviendo en Zurich. Estar fuera de Alemania era como no participar en el mundo de la música.
A pesar de todo, Wagner seguía trabajando en sus óperas. Y endeudándose. Tuvo sin embargo un golpe de suerte extraordinario: Maximilian II de Bavaria murió de forma repentina y subió al trono su hijo, Ludwig II de Bavaria, que contaba con apenas 18 años.
Y resultó que Ludwig II era uno de los fanes de música de Wagner y se decidió a apoyarlo hasta las últimas consecuencias. Así, lo atrajo a la corte de Munich donde el compositor dispuso de todas las facilidades posibles para estrenar sus óperas. Gracias al patronaje de Ludwig II, Wagner podría componer y estrenar sus ambiciosas cuatro óperas del Anillo del Nibelungo.
Con el tiempo el rey Ludwig II y Wagner se distanciarían. A importantes miembros de la Corte muniquesa no les gustaba la influencia que ejercía Wagner en su rey y se las arreglaron para empeorar las relaciones. Aún así, seguiría siendo un apoyo fundamental para la vida de Wagner.
Wagner no sólo se preocupaba de la música de sus óperas. Para él, la ópera era un espectáculo total y el escenario de sus óperas era una parte fundamental de las mismas. Ante la dificultad para representar sus obras en las condiciones que le gustaría, Wagner se lanzó a un proyecto aún más ambicioso: crear su propio teatro, específicamente diseñado para sus óperas.
El proyecto, que sería realizado en la pequeña ciudad de Bayreuth, trató de realizarlo mediante suscripciones populares. Pero nunca consiguió el dinero necesario a pesar de sus numerosos defensores y seguidores. Tuvo que recurrir una vez más a Ludwig II que puso el dinero necesario para la construcción de su teatro: El Bayreuth Festspielhaus.
Bayreuth
El teatro de Bayreuth, diseñado por y para Wagner, sería un portento de la tecnología teatral de la época. Las dimensiones de la escena eran muy superiores a las habituales. El espacio reservado para la orquesta estaba parcialmente oculto de la vista del público. Muchas peculiaridades específicas de Wagner se reflejarían en ese teatro creado también como todas las obras de Wagner: mientras diseñaba las trampillas estaba pensando en el uso que tendrían en cada una de sus óperas compuestas.
Era un teatro en la medida de Wagner y la representación de sus óperas. Desde entonces, tendría una marcada diferencia: podías oír Wagner en cualquier sala de conciertos, por importante que fuera o hacerlo en el teatro perfecto pensado por el compositor. La diferencia era considerable.
Parsifal
Simplificando mucho la historia, dejando detalles muy interesantes atrás, la situación económica de Wagner no mejoraba con el tiempo, a pesar de su éxito incuestionable. Aunque Wagner poseía los derechos de representación de sus óperas, en muchas ciudades los había perdido por completo a causa de sus deudas. Y constantemente recibía peticiones y demandas que mermaban su economía considerablemente. De cada euro que llegaba a sus bolsillos, los acreedores se llevaban una parte.
Wagner ya tenía casi 65 años y pensaba más en el futuro de su esposa (mucho más joven que él) y el de sus hijos. Aunque había sido capaz de darles una vida libre de preocupaciones financieras (vivían en una buena casa y podían pagar las facturas, a pesar de las deudas de Wagner) sus maltrechos derechos de composición le hacían presagiar una mala herencia para su familia.
Wagner temía dejarlos en la miseria tras su muerte. Y entonces se le ocurrió la idea de Parsifal. No la ópera Parsifal, en la que había estado pensando y trabajando desde 1857, veinte años antes de su estreno. Wagner tuvo la idea de Parsifal como modo de vida para su familia.
La ópera en sí sería como cualquier otra de las de Wagner. Eso sí: más madura, al ser la última ópera del compositor. Más meditada, más profunda. Con una temática más mística que las anteriores: los Caballeros del Santo Grial. Con sus magos y sus encantos, ambientada en la Edad Media y en un exótico y misterioso castillo de Monsalvat, cerca de Barcelona.
Todas sus obras tienen algo de especial, esta una de las que más. Pero ciñéndonos a la historia, Wagner se limitó a componer otra de sus óperas, con la idea de que sirviera de sustento a su familia. Para eso consiguió un acuerdo enormemente benévolo: los ingresos que se obtuvieran sobre Parsifal no servirían para pagar deudas contraídas con otras óperas.
La ópera sería estrenada, de cara al público, en 1882, en Bayreuth. Un año antes de la muerte del compositor. Entonces se estableció una regla excepcional para el mundo de la música clásica: el monopolio del Bayreuth sobre Parsifal. Quedaba prohibida su representación en todo el mundo.
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El objetivo de esta prohibición era doble: por un lado, impulsar el lado místico de la obra. En Parsifal el protagonista homónimo consigue rescatar a los defensores del Santo Grial con su pureza, despreciando los encantos de una mujer que trabajaba para el malvado mago Klingsor. La idea de pureza impregna toda la obra de Parsifal y Wagner quería lo mismo para su ópera: que superficiales representaciones que enfatizaran lo menos importante dañaran el efecto deseado para su obra.
Por otro lado lo ya indicado: Wagner esperaba que con los derechos de Parsifal y el monopolio del Bayreuth, su familia tuviera una perpetua fuente de ingresos.
La suerte de Parsifal
La jugada le saldría redonda a Richard Wagner. La suerte que nunca tuvo con el dinero la tendría su ópera-testamento. Puede decirse que al contrario que con la Ley de Murphy, si algo podía salir bien, salía bien.
Lo primero fue la muerte del compositor. Porque si Wagner hubiera vivido más allá de la composición de Parsifal, seguramente habría arriesgado los derechos de la obra. Muerto el perro, se acabó la rabia.
A pesar de sus deseos, Wagner se había visto obligado a incluir Parsifal dentro de las compensaciones a la Ópera de Munich, por unas representaciones de su tetralogía. A su muerte, el respeto que causaba la figura benefactora de Ludwig II les impidió tratar de recurrir a la última ópera de Wagner. Pero cuando murió el rey, en 1886, en Gobierno de Bavaria retomó sus pretensiones recaudatorias tratando de obtener derechos sobre Parsifal.
El siguiente golpe de suerte vendría con la firma de la Convención de Berna para la protección de las obras artísticas y literarias, firmada en 1886 por los principales países europeos. En dicha Convención se forjaron los conceptos de derechos de autor que ahora tanto quitan el sueño a muchos. Los autores y sus herederos serían los únicos poseedores de los derechos que generaran las obras y estos derechos se extenderían por 30 años desde la muerte del creador.
Así, al morir Wagner en 1883, la familia tendría los derechos sobre Parsifal hasta al menos el 1913. La suerte no podía dejar de serles propicia: justo cuando moría Ludwig II aparecía una Ley que les venía como anillo al dedo.
Cosima Wagner, la segunda esposa del compositor, pudo mantener el deseo de su marido: que sólo se representara Parsifal en la sala de conciertos de Bayreuth.
La tercera buena estrella vendría de la mano del tiempo. Con el paso de los años, el interés por la música de Wagner no sólo no había disminuido, sino que había crecido considerablemente. La demanda por óperas del compositor era enorme y las representaciones abundaban tanto en Europa como en América.
Y claro está, con su última ópera fuera de la posibilidad de ser representada, muchos se atrevían como en una especie de peregrinación intelectual, a hacer el viaje a Bayreuth para cumplir el sueño de ver la última ópera, la que sólo se podía ver en el escenario donde el compositor la planteó.
Muchos fueron los que viajaron a Bayreuth para ver las representaciones de Parsifal. Al contrario de lo que pudiera pensarse, estas nos eran para nada abundantes. Especulaban con Parsifal, haciéndolo especialmente escaso, para darle aún más valor. Y claro está, esto aumentaba la experiencia hasta casi lo místico.
A la americana
Los Estados Unidos tienen fama de resolverlo todo a golpe de talonario. Si tienes algo que me gusta, te lo compro y no me importa el precio.
También en Estados Unidos Wagner era un compositor muy admirado. Y muchos habían viajado hasta la remota Bayreuth para ver esa ópera que pocos habían disfrutado. Aunque se habían realizado versiones de concierto, permitidas por el monopolio de Bayreuth, el público lo que ansiaba era ver la ópera representada.
Pero por aquel entonces los Estados Unidos tenían otra fama, aparte de la del talonario: la de no respetar los derechos de autor. Los libros que se publicaban en Europa se pirateaban de forma inmisericorde en Estados Unidos, hasta el punto de que las editoriales ni siquiera se planteaban llevar sus ediciones al territorio americano: sabían que era inútil y que ya habían llegado meses antes en innumerables tiradas fraudulentas.
Corría el año 1903 y la Metropolitan Opera de Nueva York acababa de cambiar de director. El nuevo director, el austríaco Heinrich Conried, se plantaría el ambicioso y arriesgado reto que nadie se había atrevido a realizar: saltarse a la torera el monopolio de Bayreuth.
No se trataba de un Teatro de Ópera de barrio, era uno de los más importantes del mundo. Y para atreverse a hacerlo, solicitó ante los jueces americanos un pronunciamiento oficial. El 24 de diciembre de 1903 recibieron la autorización del United States Circuit Court: la prohibición de representar Parsifal no se les aplicaba a los Estados Unidos, al no ser miembros de la Convención de Berna.
De nada sirvieron las amenazas de Cosima Wagner. Ni el veto a todos los miembros del elenco que tomaron parte en la representación newyorkina. Muchos no podrían volver a trabajar jamás en Alemania. Pero los americanos pudieron salirse con la suya y en 1904 presentaron por primera vez fuera de Bayreuth la ópera de Parsifal (bueno, los primeros no fueron, pero sí los primeros de entidad en atreverse a hacerlo).
La representación fue exitosa en todos los sentidos. No en vano el productor había cuidado hasta el más mínimo detalle, preocupándose de contratar a muchos de los cantantes y organizadores que habían trabajado para Wagner en Bayreuth. Aunque se trató de respetar al máximo las directrices generales de Wagner, lo cierto es que la representación americana trató de ser superior a las de Bayreuth.
La demanda era extraordinaria. El precio de las butacas se dobló a 10 dólares. Hubo doce sesiones agotadas antes del estreno. No sólo fue gente de Nueva York a las representaciones, sino que incluso se fletaron servicios especiales de trenes para que pudiera desplazarse público desde el lejano Chicago, el Parsifal Limited.
Fue tal el disgusto que causó este incidente en la viuda de Wagner que sufrió poco después un infarto y tuvo que retirarse de la dirección del teatro de Bayreuth, dejándola en manos de su hijo Sigfried.
El fin de la prohibición
El 31 de diciembre de 1913, a las 22:30 de la noche, se preparó la primera representación legal de Parsifal fuera de Bayreuth. Sería en Barcelona, que se aprovechó de que por aquel entonces, tenía una hora menos que en Bayreuth (donde ya eran las 23:30). Habían transcurrido los treinta años desde la muerte de Richard Wagner y puede verse hasta qué punto era la necesidad de preparar el Parsifal que se preparó una representación en el primer minuto en que estuvo permitido hacerlo.
Algo de marketing tenía la jugada catalana. No en vano han entrado en las páginas de las enciclopedias; En su momento conseguirían titulares en los periódicos de todo el mundo.
¿Había demanda para representar Parsifal? Cuenta la Wikipedia que desde enero de 1914 hasta agosto del mismo año se llegaron a realizar 50 diferentes puestas en escena de Parsifal, por teatros de todo Europa y América. La I Guerra Mundial dejaría en un segundo plano el fanatismo por Parsifal.
Parsifal, hoy en día
Hoy en día podemos ver la ópera, aunque sea en video, gracias al Emule. Pero no lo hacemos. Yo no lo he hecho para preparar este artículo (he visto algunos fragmentos del Youtube todo lo más). No podemos entender nada de lo escrito hasta aquí. Por eso no tiene mucho sentido tratar de justificar la ópera de Wagner.
Ya durante la II Guerra Mundial, los heridos en combate del bando alemán recibían como premio del Führer entradas para los festivales de verano de Bayreuth, donde podían ver óperas de Wagner totalmente gratis. Y la mayoría lo entendía casi como un castigo, porque les resultaban mortíferamente aburridas.
Sin embargo ahí queda esa ópera, en la que muchos han tratado de incluir símbolos de lo que no hay. Los judíos la detestan porque la pureza de los Caballeros del Santo Grial les parece presagiar las masacres llevadas a cabo por los nazis. A los nazis tampoco les gustaba especialmente Parsifal, por sus ideales cristianos y porque no encajaba con el resto de la obra de Wagner. Incluso la llegaron a prohibir.
Me ha sorprendido la aberración de que en Israel esté prohibido representar óperas de Wagner, es casi un berrinche de patio de colegio. Parsifal aún espera su oportunidad para ser estrenada en la tierra prometida.
Las representaciones de Bayreuth darían para escribir un artículo mucho más extenso que este breve retazo. Sólo decir que en las recomendaciones para los que pretendan asistir a su famosísimo Bayreuth Festival, dicen que:
Es muy complicado conseguir entradas para el Festival porque la demanda, estimada en medio millón de personas, supera con creces la oferta (58.000 entradas); el tiempo de espera está entre cinco y diez años.
La ópera Parsifal ocurre durante un Viernes Santo. Wagner se inventó que había concebido la idea de la ópera en un 10 de Abril de 1857, también Viernes Santo. Como hoy.
Fuentes:

Quien quiera oír o incluso comprar la ópera, las versiones de referencia son:
Parsifal de Raphael Kubelik.
Parsifal dirigido por Hans Knappertsbusch. Esta incluso está en las redes tipo Emule.
Ambos discos de los años cincuenta. Ni la tecnología, ni la experiencia son capaces de superar según que cosas.

7 comments

  1. Magnífico post, a pesar de no ser Wagner santo de mi devoción (con ciertas excepciones), el artículo me ha resultado interesantísimo, tanto, que igual le doy una oida a Parsifal, no sabía toda esta historieta.

  2. Por no hablar del asco que Nietzsche le tenía a la obrita, y que le hizo distanciarse de Wagner: «La predicación de la castidad constituye una incitación a la contranaturaleza: yo desprecio a todo aquel que no considere Parsifal como un atentado contra la moralidad.»
    –Friedrich Nietzsche: Nietzsche contra Wagner

  3. Bueno, pese a haber sido grandes amigos, tengo entendido que el distanciamiento entre ambos fue un poco de todo, pero especialmente por convicciones políticas e ideológicas más que por despreciar una obra —el argumento, como se deduce de la cita—. Además de que Nietzsche había evolucionado a una etapa en la que detestaría la música y las artes por alejarse del mundo terrenal y la realidad física.

  4. Me ha parecido una entrada interesantísima. Tanto, que hoy en mi examen de Sociología y Estética de la Música la he plasmado en gran medida, contestando una de las tres preguntas que lo conformaban. Por ello: gracias :)
    [Comentario zrubavel: Me alegro de que te haya sido de utilidad.]

  5. Al sentido profundo de la tardia controversia entre Nietzsche y Wagner quisiera añadir que el encono surgio principalmente en el sentido de Nietzsche hacia el autor de Parsifal, por su vuelta a la «moral» cristiana y a la «decadencia» que ello suponia, pero mas bien estimo que la causa intima y ultima de tan radical encono, fueran los indiscretos comentarios de Wagner a todos los amigos sobre la supuesta aficion del filosofo al «vicio solitario». !En aquellos tiempos nos podemos hacer una idea de tamaña agresion a la virtud y al buen nombre! Imposible pasarlo por alto. Asi estimo que la critica quedo excesivamente teñida de onanismo. ¿Quien lo hubiera soportado?

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