Palabras inexistentes

Lo que demuestra que los rumíes son el pueblo más avaro que existe es que la generosidad no tiene en su idioma una palabra que la designe.

Al-Yahiz, Libro de los avaros.

I

Muchas confusiones se han producido a lo largo de la historia causadas por el insuficiente conocimiento del idioma de otros países. Seguramente el autor de la anterior frase preguntó a un rumí cómo se decía generosidad en su idioma y ante la ineficaz formulación de la pregunta, o el inadecuado conocimiento de su propia lengua, la pregunta quedó sin una contestación correcta.
Es de actualidad el caso de un médico y unas enfermeras que han sido condenados a muerte en Libia por contagiar el SIDA a cientos de niños, según parece, la condena es totalmente injusta.

Montagnier cree que los errores del juicio se basaron, al menos en parte, en la mala traducción del inglés al árabe del término recombinant: en vez de referirse a la recombinación natural de virus salvajes, que era la traducción real, fue interpretado como una manipulación genética intencionada.

II

De entre todas estas confusiones, que habrá muchas de ellas, la más famosa es la de la nieve de los Inuit y los esquimales. Según la leyenda, pues no es más que eso, los esquimales tienen decenas de palabras para designar a la nieve.
El enredo comenzó con la publicación del libro The Handbook of North American Indians, del antropólogo Franz Boas, en que hacía notar que los esquimales tenían cuatro términos distintos para la nieve: aput (nieve sobre el suelo), gana (nieve mientras cae del cielo), piqsirpoq (nieve en movimiento), y qimuqsuq (nieve arrastrada por el viento).
Edward Sapir y Benjamin Whorf defendían la hipótesis de que el lenguaje que hablamos es un reflejo de nuestra forma de ver el mundo. En un artículo bastante popular de 1940 sobre el relativismo del lenguaje, Whorf indicó que el idioma de los esquimales tiene hasta siete palabras diferentes para la nieve. Los escritores posteriores fueron inflando la cifra. Ya en 1978 la cifra que se daba giraba en torno a las 50 palabras para la nieve. The New York Times, el 9 de febrero de 1984 se atrevió a decir que eran 100 palabras en uno de sus editoriales.


La verdadera causa de este enredo es el desconocimiento que por entonces existía del lenguaje de los esquimales. El principal pero es que no existe un idioma de los esquimales. Hay decenas de idiomas esquimales y dentro de cada uno de ellos numerosos dialectos. Es por ello lógico que cada uno de ellos tuviera al menos un término para la palabra nieve. Además, estos idiomas son, como el alemán, polisintéticos, es decir, que los modificadores del nombre se añaden a este, formando palabras muy largas. Así, si un español diría nieve helada y brillante un esquimal que se exprese en el idioma Inuinnaqtun usaría una sola palabra, patuqutaujuq, aunque de ella, patuqunes la que significa nieve.
Si en el pasado las mentiras que sonaban bien se propagaban como la pólvora, hoy los desmentidos son casi más cansinos y la principal causa de que nunca me haya decidido ha repetir esta historia, que ya es repetitiva. Tiene su propia entrada en la Wikipedia (que prácticamente he copiado, pobre de mí) y numerosísimas referencias entre tanta curiosidad que ya aburre.
Quizás sea curioso indicar que según he estado mirando cientos de miles de páginas al respecto, los defensores de tan bello concepto y los enemigos de tan elaborada mentira son casi mitad y mitad. De ahí que cualquier búsqueda en Google arroje resultados grotescos; las dos primeras páginas hablan de leyenda urbana, las dos siguientes lo ensalzan como la curiosidad de las curiosidades.

III

Si esta historia de palabras que no existen es aburrida, la historia de la siguiente palabra me parece sin embargo interesante, aunque posiblemente igual de falsa. Permítanme que les introduzca en la figura de Uku Masing, un profesor universitario de Estonia. Aunque al terminar el instituto ya hablaba cuatro idiomas, se haría famoso en primer lugar por salvar la vida de un judío – Uku Masing no era judío – de las garras de la Gestapo en 1939. Por ello recibiría el premio Righteous Among The Nations(algo así como «Gentiles Justos»). No es un premio muy especial – casi 6.000 polacos lo tienen, aunque sólo tres estonios. En cualquier caso fue una especie de héroe, pues tuvo que arriesgar su vida para salvar la de otra persona.
Con el tiempo se haría famoso como uno de esos enfermos políglotas, siendo capaz de hablar en unos 65 idiomas, muchos de ellos lenguas muertas y extrañas, como dialectos de los países nórdicos. De su estudio de los ancestros de la lengua Sami (la que hablan los lapones) es la siguiente cita sobre los antiguos habitantes de Finlandia:

De acuerdo a su mentalidad, tenía sentido oponerse a las fuerzas de la Naturaleza, enfermedades y demonios, pero no contra los propios seres humanos, lo que se rechazaba como una enfermedad mental. Las culturas «primitivas» no conocían las guerras, o al menos durante su época de mayor auge no hubo guerras. Especialmente los indígenas del norte no conocían las guerras. Por ejemplo, los idiomas Samis no tenían una palabra propia para el término guerra. Los conflictos se resolvían entre personas individualmente mediante concursos de canciones, como hacen Väinämöinen y Joukahainen en el poema épico del Kalevala.

Me imagino que esta aseveración también tendrá algo de errónea. Afortunadamente, quizás pasen cientos de años antes de que alguien se atreva a embarcarse en el complicado mundo de las lenguas muertas del norte de Europa con el suficiente ahínco como para cuestionar el resultado de Masing. Mientras tanto me parece más bello pensar que hubo una época en que no existieron las guerras, antes que pensar en un mundo de sutiles diferencias entre copos de nieve.
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