The year of the car

Mis expectativas eran realmente bajas: no acabar en una silla de ruedas. Tenía todavía el carné provisional y ya estaba dispuesto a comprarme un coche. Y cuando digo dispuesto quiero decir que venía con las tareas hechas de casa. El mismo mes que me saqué el carné de conducir ya estaba dando volantazos sin un impertinente al lado que me salvara la vida con sus indicaciones.

¿Por qué me compré un coche? Uno puede ser un ferviente defensor del transporte público, de que los coches contaminan, de que es una compra económicamente injustificable. Pero qué duda cabe que saber conducir es una habilidad básica de la vida moderna, del mismo modo que saber algo de ordenadores o poder manejarse con el inglés. Porque me diréis que el inglés es más práctico que saber conducir. Mucha gente nunca se encuentra en una situación en que realmente necesite el inglés. No que sea práctico, sino que sea necesario. Es mucho más normal que uno sienta que, en un momento de su vida, le hubiera gustado poder conducir un coche.

Pero yo no quería tener un coche, vacilar de carrazo o cambiar mi forma de vida. Quería aprender a conducir, no ser un buen conductor, simplemente uno más. Por eso cuando me compré el coche tenía muy claro que iba a ser uno de segunda mano. Los objetos de segunda mano tienen la ventaja de que los sientes como menos tuyos. Y es importante no identificarse con los objetos, porque no es fácil controlar qué tienes tú y qué te tiene a ti. Un coche de segunda mano es un objeto rechazado por otro, venido a menos, con un pasado de felicidad que tú no has vivido. Lo tomas sin pensar tanto “es mi coche”, sino más en la línea de “es el coche”.

Para comprar coches de segunda mano cualquiera puede dar opiniones mejores que yo, a falta de conocimientos mecánicos elementales, y tras leer mucho por Internet, me quedé con algunas ideas generales. Lo primero es que si intentas conseguir el chollo del siglo ¡Lo puedes conseguir!, pero al mismo tiempo hay un factor de incertidumbre importante. Evitar riesgos vale dinero. Yo pagué bastante más del precio “de mercado” del coche pero a cambio de comprarlo de una persona conocida. Tenía claro que quería un coche que estuviera al tanto de revisiones, porque eso dice que el conductor lo ha cuidado y no ha pensado sólo en el gasto inicial. Que sabe que un coche tiene un mantenimiento mínimo que hay que pagar. Pensaba en comprar un coche “de chica” porque al final sabes que tienen menos kilómetros, menos burradas hechas con los amigos, menos aerodinámica y menos chorradas. Un coche modesto.

En resumen, para comprar un coche uno encuentra que hay una total disparidad entre oferta y demanda. Al menos en modelos intermedios. Uno está enamorado de su coche y no lo vende por menos de 6.000 euros. Va al concesionario y le ofrecen por él sólo 2.500 euros. El aspirante a vendedor se vuelve indignado ante la abochornante oferta. Lo pone en venta de segunda mano y se encuentra con que sólo le hacen ofertas muy a la baja. Hay una disparidad de precio del 50% que lleva a todo tipo de situaciones absurdas:

  • El vendedor indignado se queda con el coche y se plantea tener dos coches antes que malvender el antiguo.
  • El vendedor espera durante meses a que aparezca ese mirlo blanco que esté dispuesto a comprar el coche por un precio justo.
  • El vendedor sucumbe a la ley de la oferta y la demanda.
  • El vendedor se compra otro coche y lo deja al concesionario por lo que estén dispuesto a darle, por mísero que sea. Ya que pagan una miseria, por lo menos que sea una miseria sin papeleo.

En mi caso, yo fui el pardillo que hizo de mirlo blanco. Pero en ningún momento me sentí pagando mucho por poco. La misma persona que se ríe de mi forma de comprar segunda mano, luego se compra un coche de kilómetro cero en Alemania, se monta una historia tremendamente compleja, arriesgada y susceptible de acabar mal con tal de ahorrarse dos mil euros en un coche mejor pero que cuesta el triple que lo que costó el mío. ¡Me he ahorrado más que tú!

A la hora de comprar suelo ser mísero, pero en lo que nunca ahorro es en incertidumbre, en hacer de aseguradora. Porque prefiero pagar X por tener X, que pagar la mitad por tener X, con probabilidad del 50% ó 0, con probabilidad del otro 50%. No me gustan los gatos de Schrödinger.

El coche lo compré a través de una gestoría de esas que hay justo enfrente de las oficinas de tráfico. Para mi que fue una gran decisión. Me ahorré todo tipo de dudas, excursiones a trámites burocráticos y esperas – lo peor que te puede pasar en una compraventa es que esta se quede a medias y tú ya hayas pagado el coche entero – y tampoco fue por mucho dinero. De nuevo es la típica situación en que uno se ha gastado 5.000 euros en un coche pero luego piensa que pagar 150 euros a una gestoría es un robo a mano armada. Con este coche tuve suerte, porque ya habiendo terminado con la venta, la chica que la llevaba se dio cuenta de que en realidad el coche estaba a nombre de dos personas y que el vendedor tenía que traer a su mujer para que firmara o no hubiera sido aceptada por tráfico.

Y lo mejor de la gestoría es que sales de allí con papeles que acreditan que el coche es tuyo y que puedes conducirlo. Con todo provisional, el carné, el permiso de circulación y el seguro, vas conduciendo con más miedo que vergüenza. No vas sólo, porque te da miedo hasta abrir el coche, como para girar sin tener al menos a una persona que te diga que no, no te vas a matar.

Fue llegar a casa, aparcarlo de rebote justo enfrente de mi ventana y quedarme mirándolo luego desde casa, durante un largo rato. Ese coche era mío. Ahora tenía algo más de que preocuparme. Los gitanos que se subirían en el capó, los niños que me pintarían “Lávalo guarro” sobre el polvo del parabrisas. Los espejos retrovisores, que tarde o temprano me reventarían. Y el miedo perpetuo a olvidar algo ridículo entre los asientos y encontrarme un cristal roto por la mañana.

El primer día miré mucho tiempo a mi coche desde la ventana. Estaba preocupado por él, era como mi hijo, ahí fuera, sin que pudiera cuidarlo. Me levanté por la mañana, al día siguiente y ahí seguía.

Sin embargo seguí yendo al trabajo en metro. Porque no es lo mismo dar una vueltecita por ahí que enfrentarse a las míticas M30 y M40 de Madrid, en hora punta. A la despiadada lucha por una plaza de aparcamiento. Siempre de copiloto, estaba acostumbrado a no fijarme en las rutas, no sabía cuándo había una incorporación, cuándo tocaba ir pegándose a la izquierda. No sabía nada. El día antes de llevarme el coche por primera vez al trabajo no pude dormir, estaba aterrorizado, para ese día mis expectativas eran mucho más bajas: bastaba con no morir.

En perspectiva cometería todo tipo de errores. Sin el GPS, la mejor compra que he hecho en mi vida, no habría llegado al trabajo. Tal vez no habría podido volver a casa tampoco. El GPS es un invento increíble cuando no sabes nada, es como los subtítulos de las películas en inglés. Estás todo el rato leyendo sí, pero por lo menos te enteras de lo que pasa.

Los primeros viajes fueron desquiciantes. Me despistaba un segundo y se me había pasado la salida correcta, y tenía que desviarme hasta el quinto pino, donde había otra salida. Pero esta salida estaba llena de coches y nadie me dejaba acercarme al carril de la derecha. Me pitaban y me acababa rajando, me pasaba otra vez de salida.

Aún con GPS, y habiendo llegado casi sin ningún problema el primer día, a finales de la primera semana me encontré en medio de la ciudad, yo que sólo tenía que pisar las rondas de circunvalación, viendo todas las señales que iban hacia mi destino en el carril contrario, sudado, obsesionado con la vocecita de la chica del GPS que daba vagas indicaciones, llegando tarde al trabajo, donde no encontraría ya aparcamiento. Era una situación donde costaba mucho encontrar la calma.

Poco a poco fui haciéndome con la monótona ruta. La gente se reía de mí porque seguía el camino que recomendaba el GPS, camino que nadie haría porque era más lento que otro más hacker. Me aferraba a malo conocido como gato panza arriba. Y si el circular a 80 kilómetros por hora, cuando todo el mundo iba a otras velocidades y me esquivaba en un continuo y peligrosísimo para mí slalom, era de por si preocupante, los peores momentos los vivía a la hora de aparcar.

En la primera semana de tener el coche viví mis momentos más oscuros. La primera vez que aparqué lo hice en el espacio suficiente como para estacionar un autobús. Y lo mejor de todo es que en los diez minutos en que lo hacía, el coche que estaba al final del todo también se fue. Era casi como aparcar en un descampado. Aún así me costó dejarlo a medio metro de la acera. Todo esto aderezado con unos borrachos que estaban al lado descojonándose de mi y dándome indicaciones tan delirantes como las maniobras que yo hacía.

Aparcar siempre fue desagradable. Me daba cuenta de que lo hacía mal, tardaba mucho y era una maniobra del altísimo riesgo. En la primera semana le hice un tremendo arañazo al coche. Cuatro años con su dueño y ni un rasguño. Una semana conmigo y parecia una fragoneta de transportista. Y eso no fue todo, el arañazo ese lo hice al darle a otro coche, que no tuve el valor de quedarme a mirar cómo quedó. De eso no se vive pero realmente ha pasado mucho tiempo de todo esto y todavía me siento fatal pensando en ese pobre conductor que se encontrara el destrozo que le había hecho un hijo de puta como yo.

No puedo intentar justificar el haberme ido sin dejar una nota, pero quiero explicar la sensación de miedo en que vivía cuando iba con el coche. Vas por la calle y te puedes tropezar con una persona, puedes estar cerca de morir atropellado. Pero no tiene nada que ver con la sensación de miedo – y encima justificada – por tener una máquina enorme con la que puedes causar mucho daño a los demás. De que un error puede provocar un accidente, un gran destrozo. Que te tropiezas con cualquiera y no suele pasar nada, pero que en la carretera la gente pierde la cabeza y las reacciones de la gente son totalmente desproporcionadas, casi propias de tiempo de guerra.

El coche estaba desconchado, aparcaba de pena, conducía con miedo, estaba perdiendo peso a un ritmo que ya empezaba a preocupar. Los errores sin embargo disminuían a gran velocidad. Y es que es fácil mejorar cuando vienes de hacerlo todo mal. Es curiosa la cantidad de cosas que se pueden hacer mal en pocos segundos. Imagina que estás en un paso de peatones, antes de una rotonda. Van pasando los peatones y cuando es tu turno de salir estás despistado, te pitan, te pones molesto, resulta que tenías el coche en segunda, se te cala, arrancas de nuevo, estaba en segunda y se te vuelve a calar, pones primera, te pitan ya tres, vas a arrancar y el que estaba detrás te ha adelantado invadiendo el carril contrario, tienes que frenar para no darle, llegas a la rotonda y no te quieres parar. Pero tienes que hacerlo. Sin quererlo te quedas con medio coche dentro de la rotonda y medio fuera. Te pitan los que están dentro de ella y los que tienes detrás. Luego te metes y ya te da igual todo, sales de la rotonda asqueado y sin señalizar, ha habido un par de ocasiones en que te las has podido pegar, justo en los dos ratos en que estabas ya pasando de todo.

Pero la idea no es pintar todo lo malo que tienen los coches. Hay muchas sensaciones increíbles y que compensan todo lo malo. Me acuerdo de mis tiempos oscuros en que iba al Ikea a comprar y me volvía en el metro, con cuatro tontadas pero que parecía que estaba pasando el Estrecho, cargado como una mula. El viaje era interminable, molesto e infructuoso. Con el coche esa penosa experiencia era trivial, no era mucho mejor, era tan neutra, tan inocua que no te dabas cuenta de todo lo que te habías librado. Aparcabas a cinco metros de la puerta, cargabas todo lo que quisieras y más sin tener que levantar nunca nada de peso y luego hasta la puerta de casa. Era tan bueno, que no lo llegabas a disfrutar.

O la opción de irte un fin de semana sin un plan concreto y organizado. Sales con el coche porque hace buen tiempo. Apareces en Segovia, donde comes como un cerdo. O te plantas en un parque natural, no en el manido y masificado Retiro. O haces las dos cosas y te sobra medio domingo para lo que te de la gana. Sin coche, esas excursiones eran siempre molestas, viajes incómodos en autobuses con horarios incompatibles y que nunca te dejaban donde querías. Todo el rato mirando el reloj. Los viajes en coche tienen la enorme ventaja de que el tiempo cunde mucho más. Sin coche puedes ver dos cosas, con él puedes ver cuatro, comer donde quieras y encima estás mucho más descansado.

Fue pasando el tiempo, las experiencias se fueron volviendo más rutinarias. El GPS intentaba no usarlo nunca, más que saber aparcar, sabía dónde se podía aparcar y a qué horas. Aunque prometí que iría en coche al trabajo tres o cuatro veces en semana, ya iba todos los días y aunque los viernes tardaba mucho más yendo en coche, por los atascos que se formaban, lo prefería al asqueroso transporte público. Había pasado de leer tres libros al mes a leer un libro cada tres meses. Había engordado un poco, tenía un poco peor las cervicales, pero era algo parecido a una persona feliz.

Con las averías siempre estaba preocupado. No sabía cambiar una rueda, pero es que tampoco sabía mirar la presión de los neumáticos. Una vez que le puse gasolina al coche hice algo mal y se salió un borbotón que me manchó el pantalón – que quedó para tirar – y dejó un pequeño charco en el suelo – que no debía ser la cosa más segura. Cuando pensaba que le estaba cogiendo el tranquillo siempre pasaba algo que me recordaba que era mortal. Que me recordaba que no dejaba de ser un pardillazo.

Me robaron un embellecedor del coche, una rejilla, que llevó lo suyo encontrar por internet cómo se llamaba. Luego la pieza la compré online, con los típicos imprevistos de que te envían por error un tubo de escape, y cuando la tuve y la puse resulta que no encajaba perfectamente. Luego me di cuenta de que no era porque la pieza fuera falsa, sino porque al robármela me habían doblado los enganches. No hice mucho mal del hijo de puta que se la llevó, con sólo recordar mi fuga tras aquel fatídico aparcamiento en la primera semana. El caso es que puse la pieza y estaba rara y a lo mejor llegaba un día del trabajo y la veía medio salida y la ponía de nuevo bien y subía a casa con las manos sucias y esa sensación agridulce de cuando te has esforzado mucho en algo pero sabes que el resultado es muy flojo. Llegaría el día en que miraría y esa pieza ya no estaba, en uno de los viajes se había salido entera y la había perdido.

Volví a comprarla por internet y ya tenía una sensación de derrota. De nuevo no encajaba bien, esta vez me di cuenta que era cosa de los enganches. Probé todo y nada funcionó. Al final compré un pegamento especial, que lo único especial que tenía era el precio. Entre el pegamento y los enganches parece que se quedó bien, pero fue un trabajo de poca precisión, yo siempre veía algún chorreón de pegamento sobre el plástico y que la pieza no encajaba del todo bien.

Viví muchas experiencias con ese coche. Pasé la ITV, pasé una revisión gorda en que me cambiaron la correa de distribución. El hombre del taller sólo sabía hacer facturas a los que venían con el seguro a todo riesgo, cómo será el país y el dinero en B, cuando pienso que lo llevé al concesionario oficial de una marca que no era la de mi coche. Tuve que justificar ante el gerente, que era un conocido, que quería la factura y el IVA, aunque me costara más.

Después de un año tenía la misma sensación conduciendo que con la vida en general, que tienes mucho a tus espaldas pero que notas que no es suficiente, que siempre hay algo importante que todavía no sabes. Cuando tienes cierta edad sabes que ya todo es un aprendizaje lento y doloroso. Podía haber seguido conduciendo cinco años más, que seguiría yendo casi todo el tiempo por la derecha, aparcando con temeridad e incómodo cuando llevaba de pasajeros a mejores conductores.

El accidente

Fui el martes a lo de la ITV y había una fila infinita, me daban esperanzas de tener que esperar por lo menos tres horas más. Así que me volví a casa y pedí cita por Internet, que me dieron para ese mismo sábado. El coche estaba impecable, salvo por el molesto arañazo, ese memento mori que, aunque había prometido arreglar en cuanto pudiera y que me llevó a horas perdidas, buscando el color, dónde comprar la pintura, métodos de hacer chapuzas, etc., nunca llegué a arreglar. Había tenido que cambiarle bombillas al coche y una la había dejado medio torcida, con lo que la luz no iría del todo recta el día de la ITV.

Entre una cita y otra para la ITV, tuve un accidente. Se dice accidente cuando hay muertos y quieres parecer tremendista – como es mi caso – pero en realidad fue un golpe que se llevó mi coche. Los golpes lo bueno que tiene es que siempre te los dan. Todo el mundo no los tiene en cuenta a la hora de contar su historial negro con el coche. Nadie ha tenido nunca un accidente.

En mi caso, tuve mucho de culpa: iba como siempre, atento a la mitad de las señales y con el sol de frente. Me vi un semáforo en rojo cuando lo tenía justo encima y me paré en seco. Y el coche de detrás me dio un golpe.

Otra experiencia incómoda al volante. Tuve la suerte de que el otro conductor tenía seguro, no era étnico y no tenía permiso de armas. Cuando nos juntamos para rellenar el parte del accidente, mi contrario tenía claro que era culpa mía. Yo sabía que lo ocurrido había pasado en parte, o gran parte, por mi inadecuado frenazo. Pero el caso es que yo no iba a ceder en la razón por el algoritmo básico de la circulación, que si te dan un golpe por detrás la culpa es del de atrás.

Me sorprendió lo poco que le había pasado a los coches, casi nada. Mi coche parecía que tenía más un golpe dado aparcando que un encontronazo por detrás. Luego pasaría la ITV con una indicación de que la chapa no estaba perfecta. La discusión con el otro conductor fue en términos cordiales. Pusimos una consensuada descripción de los hechos, pero al final los seguros son estrictos. Uno de los dos tiene la culpa, cuando en realidad la teníamos los dos, tal vez en un 60%-40% o 70%-30%. Uno de los dos se tendría que pagar el arreglo – los dos teníamos el coche asegurado a terceros, yo no tenía un todo riesgo por la sencilla razón de que mi seguro básico costaba lo que un todo riesgo por no tener años de carné. El todo riesgo costaba casi tanto como el coche.

Luego volvería a pasar muchas veces por el sitio donde me había dado el golpe y siempre iba acojonado, pero sobre todo con la sensación de que no importa que sepas que es un punto peligroso, que es que dos metros más adelante te vuelve a poder pasar lo mismo. Y que el coche había respondido muy bien y que no había sido nada. Y que rellenar un parte es trivial, y que ya tenía otra experiencia más, tan desagradable como necesaria.

Y el ruido cuando oyes el ¡Clock! del impacto contra tu coche, los nervios, tener que salir a ver, tener que aparcar a un lado, todo el mundo mirándote. Me acuerdo que dormí fatal esa noche porque sabía que lo normal es que tengas secuelas en el cuello y que no lo notas hasta el día siguiente. Y que afortunadamente no lo noté tampoco al día siguiente.

Todo en el coche eran sensaciones contradictorias, muy positivas y negativas. La vida sin coche es muy sencilla, es como no tener hijos, todo mucho más fácil pero no necesariamente mejor.

Siempre se lee que el problema de un coche es la gasolina y sus precios pero a mi me parece como los que se amargan al tener que pagar el hosting de su blog, que cuesta 50 euros al año como mucho, y luego se tiran horas y horas escribiendo y eso no les parece suponer nada. En un coche el gasto de gasolina, salvo que hagas muchos kilómetros para ir al trabajo o que tengas un trailer, es ridículo comparado con todo lo demás. Al mismo tiempo me llamó la atención que era más barato ir en coche que en transporte público, siempre y cuando en la ecuación sólo pongas el coste de la gasolina.

El caso es que estuve con el coche casi un año justo. Lo iba a vender justo cuando me pasó lo del golpe y me encontré con la difícil situación de cara a la posible venta. Tenía muy claro que no iba a entrar en el juego del vendedor que no quiere vender. Le puse un precio muy bajo y un conocido estuvo interesado. No me lo compró sin más, y eso después de probarlo, lo que me confirmó que el precio era barato sin ser regalado, luego era un precio justo. Era una venta condicionada: tras leer muchas opiniones en Internet yo daba por hecho que el seguro me daría la razón, pero no sabía cuánto podía tardar eso. Tuve suerte de que el seguro arregló todo muy rápido, gracias a haber dado una versión conjunta por parte de los dos afectados. Me habían dado la razón y se lo comuniqué a este posible comprador, que a los pocos días me dijo que lo aceptaba, pero que lo compraba cuando estuviera arreglado. Yo que lo vi indeciso, pues barajaba varias ofertas y que andaba escaso de efectivo, le ofrecí una rebaja del 10%, sobre un precio ya bajo, si él se encargaba de tramitar el arreglo con el seguro y la compra se hacía de inmediato.

Me quité el coche de encima con un gran rebajón. Me dio una pena enorme. Todavía me la da. Pero solucioné el problema en tiempo récord. Miré precios de coches similares, le desconté el absurdamente costoso arañazo, tiré por lo más bajo y por esa cantidad lo vendí. Estaba dispuesto a regatear 10 euros pero no a esperar un mes a que llegara un comprador pardillo.

A las dos semanas de no tener coche volví a leer, volví a sudar en el metro, pero volví a una vida más tranquila. Fue una experiencia muy interesante y compleja. No he vuelto a conducir desde entonces. Echo de menos el coche y me alegro de no tenerlo.

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15 comentarios en “The year of the car”

  1. gran artículo, además de que comulgo con todo lo que escribes. tienes esa gran habilidad de poner en palabras formas de vida.

  2. Fascinante artículo.

    Nadie de mi familia (cercana) conduce, y yo no sé conducir. Pero ahora casado y con un hijo de dos meses, me encuentro en la necesidad de comprar un transporte, por lo que ya he ido viendo precios.

    Pero sigo pensando lo mismo: no sirvo para conducir, soy demasiado distraído; y toda la angustia que describes es algo así como lo que preveo para mi futuro, aunque quizá potenciada.

    [Comentario zrubavel: Niños y coches, a mi siempre me recalcaron que no se puede tener hijos sin tener coche y es una de las principales razones para tener que enfangarse en esa turbulenta piscina. Si tienes los niños y el coche a la vez, probablemente habrá momentos muy duros. Que Dios te conserve el equilibrio, que lectores tan antiguos como tú no abundan.]

  3. Los conductores “sobrados” (a patadas) negarán incluso en el potro de tortura que también pasaron por esta época inicial de nervios, vergüenza y falta de asertividad.

    Por cierto, la culpa del accidente fue claramente del otro vehículo. Pero en este puto país es más fácil ver desaparecer todos los bares que respetada la distancia de seguridad.

    De uno que va a comprarse una bicicleta para ahorrar gasoil.

  4. Admiro como consigues que estos cuentos, que contados por otros carecerían de interés, se conviertan en artículos entretenidísimos y hasta con momentos de tensión.

    En cuanto al contenido, te entiendo perfectamente. Además todavía me acuerdo de aquel otro artículo en el que hablabas de “el que lo llevan en coche” y empiezo a encajar piececitas de una personalidad. Personalmente cumplo esta semana un año con el carnet de conducir y he tenido fases de sensaciones parecidas, aunque gracias a dios creo que ya las he pasado. Es verdad es que los dos coches que conduzco regularmente no son míos, pero en lo que respecta a la conducción poco a poco he ido perdiendo los nervios y ganando seguridad (lo cual seguramente sea peor porque te lleva a un exceso de confianza) y ahora si voy al trabajo conduciendo es porque disfruto de la música en los atascos, las curvas en la calle que va a mi facultad e incluso el buscar aparcamiento. Lo cojo poco pero me gusta mucho la parte fácil del coche. Aunque la otra parte, que es qué le puede pasar al coche cuando no está contigo, no la conozco y no sé qué es dejar un cacharro de 5 mil euros en la calle cada día, así que seguramente tenga suerte de las circunstancias en las que he empezado a conducir.

  5. Estupendo artículo, imposible no sentirse identificado con esa sensación de acojone típica de las primeras veces que uno se pone al volante en solitario.

    Me pregunto si te llegó a gustar conducir. Me sorprende que un tío tan práctico como tú eres nunca se haya organizado un viaje con un coche de alquiler. El coste es muy razonable para considerarlo de cuando en cuando, y puedes volver a plantarte en Segovia en un pispás y comer lechón hasta reventar. Con las innumerables ventajas de usar un coche nuevecito y sobre el que apenas tienes responsabilidad.

    [Comentario zrubavel: Pues al final hay momentos en que realmente los disfrutas, pero es una experiencia discontinua. Mi objetivo está claro y apunta a ser un habitual de los coches de alquiler. En realidad una de mis principales motivaciones era esa, poder ir de viaje a sitios como EEUU y luego alquilar un carrazo para ir a todas partes. En proporción los coches de alquiler están tirados, pero ojo, hay muchas historias negras con problemas de chapa con ellos, de tener que pagar un dineral por un bollito de aparcamiento.]

  6. Cuando somos novatos al volante, no deja de ser curiosa esa percepción que tenemos de los conductores “sobrados”. Es gente con la que podríamos entablar fácil conversación en un bar o en una reunión de trabajo, o incluso considerar como pareja sentimental. En ningún caso, cara a cara, los catalogaríamos de agresivos.

    Pero cuando los ves por el retrovisor interior acercándose a una velocidad muy superior a la tuya y frenando justo a la distancia del cabello de una ameba de tu defensa trasera, para luego quedarse ahí haciendo bruscos movimientos laterales a lo Raikkonen como si se les estuviera quemando la casa y adelantarte les supusiera salvar a su familia de morir abrasada, no tienes otra imagen de ellos que la de psicópatas de libro.

    Y no, no estoy hablando sólo del típico “poligonero” de 21 años y 206 tuneado. Estoy harto de ver señores maduritos con su Clase E o señoras con niños en su Picasso, empañarme con su aliento la luneta trasera.

    Hace más de cincuenta años, Disney hizo un genial corto de animación (creo que con Goofy como protagonista) en el que se reflejaba la transformación de un ciudadano “a lo Ned Flanders” (con una urbanidad y educación casi excesivos) en una bestia sedienta de sangre, en cuanto se ponía tras el volante. Sigue de plena actualidad.

  7. “Pero la idea no es pintar todo lo malo que tienen los coches. Hay muchas sensaciones increíbles y que compensan todo lo malo. Me acuerdo de mis tiempos oscuros en que iba al Ikea a comprar y me volvía en el metro, con cuatro tontadas pero que parecía que estaba pasando el Estrecho, cargado como una mula. El viaje era interminable, molesto e infructuoso. Con el coche esa penosa experiencia era trivial, no era mucho mejor, era tan neutra, tan inocua que no te dabas cuenta de todo lo que te habías librado. Aparcabas a cinco metros de la puerta, cargabas todo lo que quisieras y más sin tener que levantar nunca nada de peso y luego hasta la puerta de casa. Era tan bueno, que no lo llegabas a disfrutar.”

    Me quedo con este párrafo :)

  8. Joder, tu problema es que te regalaron el carnet. Te hacían falta unas cuantas decenas más de prácticas y ya no serías tan patoso ni tendrías miedo. Para eso están las autoescuelas, para aprender a conducir, no tienes porqué jugártela tú solo.

  9. Mick, cuando nunca has conducido, o en tu familia más cercana no hay choferes, al llegar a adulto tendiendo de repente la necesidad de conducir y comprender que no sólo tu vida y de tu familia está en riesgo, sino también la del prójimo, y que aún siendo un conductor precavido alguien puede darte un golpe fatal, ten por seguro que al menos algo de nervios si te da.

    Sin embargo, en la familia de mi esposa que el padre se ganaba la vida con el volante, no es de extrañar que sus hermanos con menos de 12 años ya estaban realizando bien sus prácticas.

  10. ¿Trasportarse sentado y calentito de un lado a otro escuchando música y sin soportar gente? Eso no tiene precio.

  11. He llegado a este post desde tu post de «Regalos». Y me ha encantado, precisamente por un paralelismo con mi experiencia. De repente me siento menos raro, menos freak.

    Yo vendí mi coche, al revés que tú, cuando me fui a vivir a Madrid. En esa ciudad, me dije, el coche no me iba a ser útil. Y así es: en cinco años aquí no lo he necesitado.

    Pero por cambios en mi situación vital, me vi comprando un coche hace unos meses (sí, uno de segunda mano, que además de no pagar el sobre precio de «quitar el lacito al coche» tiene esa componente como de «yo este vicio lo dejo cuando quiera»). El tema es que en Madrid sigo sin coger el coche más que para esos viajes para los que lo compré. Y en este camino de vuelta a eso de tener coche he descubierto lo mucho que me he acostumbrado a que me lleven. Lo mucho que se disfruta el camino cuando vas leyendo y no al volante. Es algo que al joven que hace muchos años compró su primer coche (obvio, también de segunda mano; aunque más nuevo y algo más caro; imprudencias de juventud), no le habría entrado en la cabeza. Madrid me ha enseñado algunas cosas, y el gusto por no conducir es una de ellas.

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