Apología de la telebasura

Vaya si existe la depresión post-boda!!!!!!!!!!
Me casé hace 3 meses y pico y todo salió muy bien.

Sin embargo, ahora siento como si llevara casada mil años, añorando el ajetreo de los preparativos del que antes me quejaba!!

Dediqué tanto esfuerzo trabajo a la boda que me siento vacía e inútil.

Ya no soy esa persona radiante que sale en las preciosas fotos del álbum … porque la verdad, no me reconozco. No tengo ese brillo en los ojos. Mi marido tampoco lo tiene.

Creo que en la boda, estás en el piso mil y de repente, te pegas una leche bestial. Ya no eres la princesa por un día de la que todo el mundo está pendiente. Ya no tienes nada que organizar. No tienes metas!!

Un tema recurrente sobre el que escribir es el futuro de la televisión, y su competición con Internet. Gente que vive de Internet, que no de la televisión, suele argumentar que es un medio poco menos que acabado y que necesita reinventarse. Como suele ocurrir en estos casos, igual que con la música, nadie da recetas de éxito, en todo caso se apuntan algunos ejemplos de excepciones que se sugieren como posibles guías, ni tan siquiera como abiertas sugerencias.

Se suele decir que la gente está dejando de ver televisión, usando el ejemplo propio de las costumbres de ver series subtituladas descargadas de Internet. Al mismo tiempo se intenta sugerir que la solución está en que ofrezcan más de estos contenidos que vemos por Internet. Y de paso que dejen de ofrecer telebasura, que pongan más documentales, más Punset, más cultura, más cine coreano.

A mi la verdad es que siempre me ha interesado saber cuál es la realidad, no convencer de que es la mía. Pero reflexionando sobre mis costumbres con la televisión, la verdad es que ni me planteo esperar a que sean las 23:00 horas de un martes para empezar a ver el programa de Punset. Tenga o no publicidad. Pero es más, si veo un documental no lo sigo ni un segundo, hago zapping de inmediato. Y si veo una serie americana, con o sin subtítulos, normalmente no le presto atención (salvo a las comedias) porque sé que forma parte de una trama de la que no vas a entender nada si no has visto los episodios anteriores. Imaginad empezar a ver Lost a mitad de la tercera temporada. Puedes tener un ataque epiléptico esa misma tarde.

Creo que lo que ocurre es que hay una serie de contenidos que ya son carne de Internet, y otros, carne de televisión. Antes no había esa primera mitad del pastel, pero eso no quiere decir que ya todo sean contenidos interneteros. En España al menos, no hay nada que hacer para atrapar ese trozo de mercado de vuelta a la televisión. Si una serie norteamericana adictiva está traducida en 72 horas por un equipo de esmerados dobladores, o en 48 horas subtitulada profesionalmente, mucha gente va a preferir siempre el contenido que está en apenas 4 horas desde la emisión americana. Y además lo van a preferir porque lo pueden ver cuando quieran, y siempre gratis.

Las audiencias, que se antojan millonarias, para series descargadas de Internet, luego no tienen el mismo éxito si se emiten por televisión.

Con los documentales a mi lo que me sucede es que me parece ridículo ponerse a ver las costumbres sexuales de la marsopa, o una teoría que reconstruye la vida en Atapuerca, justo después de apretarme un platazo de cocido. Pero no es sólo por el cocido, o por la hora. Es que gracias a Internet me he convertido en un consumidor exigente que selecciona lo que ve. No me interesa Atapuerca, aunque sea más interesante – a priori – que lo que diga Belén Esteban. Si tengo ganas de ver un documental, veré uno de un tema que me interese en este momento, como por ejemplo la historia de Rusia. O sobre permacultura. O sobre deportistas que hicieron trampas para ganar la Maratón olímpica. Porque sé que existen, es sólo cuestión de buscar un poco en Internet. O me dejaré seducir por los brutales y costosísimos documentales premiados de la BBC. Pero la verdad, ponerme a ver a Félix Rodríguez de la Fuente o Jacques Cousteau no me apetece nada de nada.

Hay un público que se escapa, que normalmente veía poca televisión y que ahora ve cosas que antes no veía. Pero que nunca usará la televisión. Como todos esos muertos de hambre que nunca irán a un concierto pero que tienen los 40 principales siempre puestos en el coche. No hay que pelear por ese público, no interesa.

Pero entonces, ¿Qué debería hacer la televisión? ¿Emitir las 24 horas del día los documentales premiados de la BBC? Pues no, seguramente debería hacer lo que está haciendo, lo que les atrae anunciantes, lo que les hace pagar nóminas, a veces muy abultadas. Emitir lo que la gente real, la mayoría de los que ven la televisión, ve.

Pero si en televisión sólo echan basura…Bueno, la televisión entretiene, da compañía. Un aspecto llamativo de la llamada telebasura es esa sensación de proximidad, que no la dan contenidos más elevados. Opinar de la vida, bastante mejorable, de otras personas, te hace sentir bien. Estás de acuerdo con hacer leña de ese árbol caído. Hay una sintonía que sin embargo no consigue Punset cuando lo oyes hablar simultáneamente en español e inglés. Que tu opinión sobre lo que estás viendo tenga algún valor, te hace sentir bien. Oír la reseña del nuevo libro de un escritor premiado significa oír y callar. Opinar sobre el posado veraniego de Ana Obregón tiene mucho sentido. Es más, a veces lo que tú piensas es más interesante, no importa si eres ama de casa, parado o pensionista, que lo que piense la misma protagonista de la noticia.

La telebasura tiene una conexión y alguna forma de interacción superior a poder comentar en Twitter lo que estás viendo. Así, telebasura son los programas de cotilleo, las crónicas exageradas de sucesos, España directo y similares, la telerealidad y hasta los vacíos de contenido programas de cocina. La gente los ve, la gente los vive. Son perfectos para un público más instantáneo, conformista, menos preparado. Pero también exigente con lo suyo.

Pero si no eres una de esas personas necesitadas de comprensión, que con lo que echan se conforma, también la televisión tiene una función muy saludable. Uno tiene tendencia natural a alejarse de la realidad, es decir, de lo que le pasa al común de los mortales: un Presidente de Gobierno que nos sabe lo que cuesta un café.

La televisión en general, y la telebasura en particular, nos muestran la realidad descarnada. La que muchos prefieren obviar encerrándose en series americanas subtituladas. Belén Esteban, lejos de ser un monstruo televisivo, es famosa por ser muy cotidiana, muy similar a otras muchas mujeres que existen en nuestro país. Algunas las imitan, muchas la sobrepasan.

Si tu objetivo es vender productos, fabricar cosas para que las use la gente, tienes que saber qué gente hay en el mundo. Quiénes son ellos. La mayoría de la población no tiene smartphone – aunque lo quiera. Muchísimos iphones que ves por la calle son robados. Nadie tiene Twitter aunque casi todo el mundo sabe lo que es. Esa es la realidad, no la que ves en tu micromundo.

De entre toda esa maraña emerge una juventud, la generación más preparada de la historia, que sin embargo se ve reflejada – no todos, pero sí la media – en el mítico programa Hombres, mujeres y viceversa. Ahí puedes ver cómo son los jóvenes españoles promedio. Sí, la mayoría no son tan guapas ni están tan fuertes. Pero esas son las preocupaciones de los que no llegan a ese nivel: parecerse a eso.

Relacionadas:

Hombres, Mujeres y Viceversa.
La evolución del concursante.
Operación vacaciones (Hay gente que llegó a conocer este blog por esta entrada).

4 comments

  1. En alguna ocasión llegué a discutir con mi jefe sobre qué porcentaje de la población tiene smartphones, ya que por la radio un tipo mencionaba que ya no se les debe llamar teléfonos si no dispositivos móviles.

    Yo comentaba que era algo prematuro, a lo que mi jefe respondió que actualmente ya todo el mundo los usa… desde luego viviendo en su entorno donde hasta el ahijado de 4 años tiene un teléfono mejor que el mío, es difícil ver que la mayoría de la población aunque quiera, no puede permitirse pagar por un equipo de gama alta.

  2. Llevo unos ocho meses viviendo sin televisión y al principio pensaba que la echaría de menos, simplemente porque la pones, hace ruido y, como dices, acompaña. Con el tiempo me he dado cuenta de que realmente no la echo de menos porque antes no veía gran cosa interesante en ella más que las puramente rutinarias: comer con Los SImpson y preparar la cena con Matías Prats. Y bueno, que no se va a caer el mundo porque los que ya casi no veíamos la televisión dejen/dejemos de verla del todo.

  3. Yo, aún no tengo smartphone. El problema es que o es un iphone o no es ninguno.
    Soy tonto ya lo sé.

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