Pedir en el restaurante

Cuando uno va por primera vez a un restaurante indio, ante lo desconocido suele uno dejarse llevar por las recomendaciones del camarero, de quien nos ha llevado al lugar, o acabar optando por el menú degustación. En los tres casos acabará tomando más o menos lo mismo: samosas y pakoras de primero, pollo tandoori con arroz basmati de segundo.
Si el estómago es propicio, uno saldrá contento del restaurante y con la clásica fanfarronería que nos caracteriza pronunciaremos aquello de «me gusta la comida india».
La segunda vez que vas al restaurante no serás tan pardillo de pedir el menú degustación, habrá que pedir platos distintos a la vez anterior. Y aquí comienza el drama: con la restricción de no poder pedir lo ya probado la carta empieza a empequeñecerse (palabra con seis ‘e’ seguidas, como si nada). La probabilidad de pedir algo que no sepa bien es cada vez más alta.
Cuando vamos a un restaurante casi nunca pedimos lo que realmente nos apetecería comer. Es un absurdo constante. En todos los estudios en que se ha preguntado por los platos favoritos de la gente, los primeros puestos eran para los huevos fritos con patatas, la tortilla, el cocido. Y raro es el restaurante que no los ofrece en su carta. Pero cuando llegamos allí nos sentimos tentados de pedir algo extraño, intrigante. Los huevos fritos con patatas pasan a ser aburridos, el cocido es de paletos y la tortilla de patatas algo que venden en el supermercado, listo para ser descongelado.
De la lista de platos, tras descartar a los sencillos, que seguramente serán los mejores, se tiende a pedir de entre lo que queda. En el caso del indio es muy probable que la segunda visita resulte desencantadora. Entonces se dice aquello de «el otro restaurante indio era mejor», cuando en realidad simplemente en el otro se pidieron mejores platos.
Otra restricción terrible es cuando se come en grupo. Es frecuente aquello de pedir platos para compartir. En tal caso, se siente uno obligado a probarlo todo. Pero si hay alguien que tiene un plato preferido – por ejemplo las croquetas – no lo quedará sino comer una pequeña cantidad de la que le gustaría. Y es absurdo. Si comen cuatro personas, se pueden pedir cuatro entrantes. Como las listas de entrantes no son infinitas, de los cuatro platos un posiblemente no atraiga a priori a ninguno de los comensales. Otro se pida por el capricho de uno de ellos. Así sólo quedan dos platos sobre los que poder opinar. Precisamente el hecho de pedir en grupo despierta la vena experimental a la hora de pedir, provocando platos más extraños que los que uno pediría para él solo. Uno que podía haber comido muy a gusto sus cinco o seis croquetas se ve obligado a zamparse dos – quedando como el tragón – y picotear de platos que quizás nunca jamás habría querido comer.


Constantemente veo el caso de dos personas que piden sus platos. Una de ellas es tremendamente conservadora: va sobre seguro y pide lo que cree saber que sabrá bien. La otra va de valiente; Siempre pide lo más experimental de la carta. Las más de las veces le toca comer algo que no sabe demasiado bien y muchas veces, tras apenas comer de su plato, propone el cambio con su compañero de mesa, que acaba cediendo y tragándose lo que queda de un plato pretencioso pero que si lo cambian es porque sencillamente no es gran cosa.
Nunca me gustó aquello del picoteo; primero porque me sienta mal al estómago. Pero también porque me parece una ilusión absurda, la de tratar de probarlo todo. El mismo término probar está devaluado. Se hace uno a la idea de una chaqueta que vemos en la tienda, nos la probamos y antes de meternos la segunda manga ya estamos pensando en que no la queremos. Probar sin embargo también puede entenderse como en un plazo más largo. Como ponernos unos zapatos y llevarlos durante todo un día, para ver qué tal nos sentimos con ellos.
Con la comida hay una tendencia a entender la prueba en el plazo breve, el de la chaqueta. Para mí, probar es algo más elaborado, no es sólo tantear el sabor de la primera cucharada, sino medir las sensaciones de la segunda, ver cómo se va asentando en el estómago la comida. El regusto que se queda al terminar el plato. Para mí probar es algo que requiere un tiempo y una cantidad razonables.
Otra idea que no comparto es la de la inmersión total. Vas al restaurante indio y tienes que dejarte llevar por completo. No puedes aferrarte al postre conocido o pedir una bebida convencional. Parece que tuvieras miedo a la experiencia. Sin embargo, no es infrecuente que después de haber probado decenas de platos, varias bebidas, tanteado los postres de todos los compañeros de mesa, no tengas sino una enorme bazofia en el estómago, la incertidumbre sobre lo que realmente has comido y sobre lo que te haya podido gustar. Si tomas el plato extraño con la salsa extraña, con la bebida extraña y el pan extraño, al final acabas con una confusión de sensaciones. Porque quizás te guste el pan pero no la salsa, pero ante la dificultad de valorar quienes son los buenos y los malos de la película, el veredicto del plato acaba siendo siempre incierto.
Tras haber encontrado con un plato que nos gusta, nos vemos en la necesidad de no pedirlo de nuevo. No vamos a comer a los mismos restaurantes muy a menudo, así que esa obligación de pedir algo nuevo nos coloca en la extraña situación de que la mayoría de las veces, incluso de forma consciente, no pedimos lo que realmente nos apetece.

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