Sinfonía nº2 de Mahler

Qué queréis que os diga. Si no habéis oído el primer movimiento de la sinfonía nº2 de Mahler, en la interpretación de la Philarmónica de Viena, y dirigida por Gilbert Kaplan os estáis perdiendo uno de los mayores momentos musicales de la historia. Como vivir sin haber leído a Dostoyevski, como nunca haber bebido un buen champán, como nunca haber hecho el amor.

La sinfonía completa no me acaba de gustar. Pero el primer movimiento, que tiene la friolera de 23 minutos y 21 segundos es un todo, es como una obra completa, una música de una perfección y una belleza indescriptibles.

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Canciones tristes

La tercera sinfonía del compositor polaco Henryk Gorecki es una de las piezas musicales más bellas que jamás hayan sido compuestas. Especialmente famoso es su segundo movimiento, escrito para orquesta y soprano. Esta pieza, junto con el Adagio para cuerdas, de Samuel Barber, es la compañía de todos los reportajes catastróficos que suelen emitir en televisión. Si bien la tristeza del Adagio de Barber sugiere la contemplación de la barbarie, esta pieza de Gorecki evoca más bien a la pena posterior a una enorme desgracia.
Dos de cada tres reportajes sobre los atentados suicidas tenían una u otra pieza como música de fondo, así que aunque creas que nunca has oído el segundo movimiento de la tercera sinfonía de Gorecki, te aseguro que sí lo has hecho.
Cuando conoces lo que canta la soprano te resulta aún más triste la melodía. Se trata de un mensaje, escrito en 1944 por una joven prisionera polaca durante la Segunda Gerra Mundial en una cárcel de la Gestapo, dice algo así:

No, Madre, no llores,
La muy casta Reina de los Cielos
Siempre me ayudará.
Bendita María.

Compuesta en 1976, esta sinfonía, llamada Sinfonía de Las canciones tristes, tuvo cierto éxito, pero sería en 1993 cuando pasaría a entrar en la historia con mayúsculas de la música. Se grabó una versión, dirigida por David Zinman, con la soprano Dawn Upshaw y con la London Symphonietta.

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El experto aficionado

I
Quizás me equivoque. Tres son las carreras más difíciles que existen en el mundo: medicina, arquitectura y la dirección de orquesta.
Por supuesto, hay países donde se puede ser médico con algún que otro curso bianual. Hay arquitectos que no hicieron estudios oficiales y a los que le fue bien. Y directores de orquesta que pasan a la historia por cualquier otra cosa.
No son carreras especialmente complejas, pero exigen un nivel de esfuerzo constante durante mucho tiempo. Son profesiones liberales que pueden ejercerse en cualquier parte del mundo. Y son creativas.
II
Gilbert Kaplan ganó mucho dinero en Wall Street entre los años 70 y 80. Fundó la revista Institutional Investor, algo así como la revista RollingStones, pero orientada a los banqueros. Y ganó, la verdad, algunos cientos de millones de dólares con ese y otros negocios. Sin embargo, si sólo fuera por esa actividad, Kaplan nunca tendría una página en la Wikipedia.
Y es que Kaplan se hizo famoso por una obsesión. Allá por 1965 asistió a un concierto, invitado por uno de sus amigos – la hija de éste tocaba en la orquesta-. Kaplan era un aficionado a la música clásica, pero nada más que eso. La pieza en concierto: la sinfonía nº2 de Mahler. La interpretación no era mala: no en vano la hija de su amigo tocaba en la American Symphony Orchestra y en la dirección estaba Leopold Stokowski.

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Mahler suerte

Mahler es uno de los compositores que más pasiones levanta. Por un lado, es un compositor del siglo XX, por lo que algunos de sus devotos incluso lo llegaron a conocer en vida. Era un grandísimo director de orquesta y dejó algunas grabaciones de sus interpretaciones. No habría que dejar de indicar que su música es excelente.
Tuvo una vida muy interesante. Se dice que componía sus sinfonías con el amor que profesaba hacia su mujer – Alma Mahler – como fuente de energía. Así, hay quienes dicen que el suyo ha sido uno de los amores más fuertes que jamás hayan existido, y que su música desprende amor en cada una de sus notas. No un amor bucólico, sino uno puro, con mayúsculas.
Aparte de todo eso, la superstición inunda su biografía. Entre 1901 y 1904, compuso los Kindertotenlieder – canciones de los niños muertos. Para ello, puso música a algunos de los poemas que escribiera el poeta alemán Rückert en 1833, tras perder a dos de sus hijos en apenas dos semanas. Mahler dijo que para componerlas»se puso en la situación de que uno de sus hijos hubiera muerto».
Trágicamente, cuatro años después de componerlas, una de sus hijas moriría, dejando la obra como una especie de presagio póstumo, réquiem anticipado sobre el que al autor dijo «nunca podría haber compuesto una obra así después de la muerte de mi hija».

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Ives, el músico aficionado

Uno de los compositores más sorprendentes de la historia de la música es el norteamericano Charles Ives ( 1874 – 1954 ).
Hoy en día se le considera uno de los compositores fundadores de la música americana y uno de sus autores más internacionales. Sin embargo, Ives no fue un compositor profesional.
Ives trabajaba en una empresa de seguros. Tuvo una formación musical en la Universidad de Yale – junto con otras disciplinas. Poco a poco fue dejando en segundo plano su interés por la música – como forma de vida – y centrándose más y más en su carrera profesional. Consiguió independizarse y crear su propia firma de seguros junto a otro socio.
La mayoría de su obra tardó muchos años en tocarse. Resultaba demasiado revolucionaria para la época. Aquello no preocupaba demasiado a Ives, que como he indicado antes, tenía otra profesión.

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El aburrimiento de Shostakovich

No todo es negativo en el comunismo. En el comunismo, un butanero y un arquitecto pueden ganar casi lo mismo. Esto es bueno y malo. Lo bueno es que hay más arquitectos vocacionales – el dinero no es un atractivo de la profesión.
Sin ser ni una cosa ni otra, la vida de Dimitri Shostakovich y su obra no habría sido la misma si hubiera nacido en un país capitalista.
Mucho se ha escrito sobre los problemas que tuvo este compositor ruso en la difícil época que le tocó vivir en Rusia. Hoy en día es, sin lugar a dudas, el mejor compositor ruso del siglo XX (y posiblemente de todos los tiempos) – Stravinsky fue un «ciudadano del mundo». Atravesó periodos de aclamación por parte del público y el Estado, como con su famosísima Sinfonía Leningrado (la nº7) que fue erigida como un símbolo de la resistencia rusa a la invasión alemana y periodos en que su obra fue repudiada por el Estado ( sin ir más lejos, la hoy famosísima Sinfonía Stalingrado (la nº8) fue prohibida por las autoridades ).
Al margen de todas estas disputas propias de un gobierno autoritario, el hecho indudable es que Shostakovich no era un músico megalómano con aspiraciones de obtener grandes éxitos de público, aclamaciones por parte de revistas o entrevistas en televisión. En un país comunista, no era más que un compositor. Esa libertad, le llevó a realizar obras realmente excepcionales, sobre todo por la valentía que demostró encarándolas.

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Año Mozart

Mucho se hablará sobre Mozart este año, la mayoría tonterías. Si el aniversario del Quijote nos venía grande – la mayoría de la gente no ha leído el libro, pocos lo han disfrutado – qué decir ante el de un músico clásico y extranjero.
La mayoría de la gente no conoce la música de Mozart. Y de los otros, a muchos no les gustará la música que compuso. Soy uno de esos y por eso me voy a permitir criticarlo un poco.
¿Quién es el mejor escritor de la historia? Goethe, Dante, Cervantes, Shakespeare. ¿Quién es el mejor músico de la historia? Mozart.
Mucho se insiste sobre la genialidad de Mozart, su capacidad para componer música de gran calidad a toda velocidad. Fue uno de los mayores prodigios de todos los tiempos. Su melodías son de las más originales que jamás se hayan compuesto. Sus óperas son las más representadas a día de hoy, y las que mejores resultados de público obtienen. Sin embargo hay algo sorprendente en la música de Mozart: es totalmente prescindible en la Historia de la Música.

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Las Ondas Martenot

Si se realizara una encuesta entre los mayores expertos de música clásica del siglo XX, y se les pidiera que indicaran las que son, a su juicio, las cinco principales piezas compuestas durante el siglo XX, pocos serían los que no indicaran entre ellas a la Sinfonía Turangalila del francés Olivier Messiaen.
Esta sinfonía catapultaría a la fama a su creador hasta considerarlo, de un plumazo, como el mejor compositor del momento. Estrenada en 1949, tuvo un éxito de crítica enorme.

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Einstein on the beach

¿Has oído alguna vez la ópera Einstein on the beach? Seguro que no. Porque cuando oyes esta obra crees que estás ante una tomadura de pelo. Reconocer que te gusta algo así es difícil. Quizás más que reconocer que eres cleptómano o alcohólico. Es la típica música que harías bien en oír con auriculares.
Un gran artista se hace conocer dando un zapatazo en el panorama artístico de su época. O lo hace con el trabajo de toda una vida. Lo infrecuente es, como en este caso, que más de un artista de el zapatazo con la misma obra. Eso ocurre con la ópera Einstein on the beach.

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Ravel y los derechos de autor

Maurice Ravel fue uno de los más grandes compositores franceses. Capaz de crear, a partir de melodías sencillas, casi mínimas, piezas de una gran belleza, nadie duda de su importancia en la historia de la música.
Sin lugar a dudas, su pieza más conocida es «El Bolero». Algunos incluso creen que el título de la obra es «El Bolero de Ravel». Se trata de una obra, un tanto repetitiva, que va aumentando en intensidad, desde un hilo de voz hasta una explosión orquestal. Con un éxito rotundo desde su estreno, ha ganado popularidad como música de fondo ideal para practicar sexo (por su gradual aumento de ritmo y sonoridad, se le iguala al acto sexual). Este protagonismo, sin lugar a dudas, lo consiguió gracias a la película «10: la mujer perfecta», en la puesta en práctica llevada a cabo por Dudley Moore y Bo Derek.

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