Votar

Desde siempre me ha fascinado la actitud de la gente hacia las votaciones. La mezcla de emociones y absoluta irracionalidad con la que la mayoría de la gente decide su voto.

Por un lado están esas personas que se niegan a decirte lo que han votado. Para ellos, el concepto de que el voto es secreto es un pilar que sostiene su imagen del mundo. El hecho de no decir lo que votan es, la más de las veces, simplemente porque sienten algo de ridículo en la opción elegida.

Eso nos lleva a otro grupo singular: los que no votan, porque son incapaces de elegir. Saben que todas las opciones son pésimas y que no importa quien elijas, siempre será una opción de la que sentirse avergonzado a corto o medio plazo.

En esta caso estamos ante una actitud chirriante: pensar que hay que votar a un buen partido. Se habla de la Democracia en grandes términos para la realidad es que no es más que un restaurante de kebab donde te dan la opción de elegir. No importa lo que escojas, todas las opciones son una basura. Veo que muchas de esas personas entran al restaurante con pretensiones de Adrià y se encuentran con un menú carcelario. La realidad es que, te guste o no, tienes que comer algo.

Lo triste es ver que ciertos gobiernos autoritarios funcionan mejor que algunas democracias. Como en los restaurantes de premio en que no hay carta, te sientas, te sirven lo que les de la gana, y aún así sales por la puerta borracho y extasiado.

Mi opinión es que no puedes creer que la Democracia es el mejor de los sistemas posibles, o el menos malo, y que luego haya unas elecciones y te comportes como una nenaza incapaz de elegir entre partidos de pacotilla.

Hay tres opciones de votar que me parecen totalmente respetables. En primer lugar, aquellos que siempre votan al mismo partido. Lo han hecho desde que se instauró la Democracia e insisten en él, hasta la muerte. Nada les importa los escándalos, los resultados de años anteriores, lo que prometan. Ellos van a seguir votándoles hasta el fin de sus días. Es una aproximación apasionada que roza el fanatismo deportivo. Afrontan la idea de que la Democracia es una elección con la actitud de que esa decisión solo se tiene que tomar una vez en la vida.

Luego están los que votan partidos que saben que son intrascendentes. Es una vía de escape lúdica, ante la incapacidad de elegir una opción que les repulsa, elijen alguna que les parece divertida. La papeleta en blanco, el voto nulo, el partido con nombre grotesco, los anti algo. La idea es expresar con un voto irrelevante que uno no se doblega a elegir entre blanco o negro.

Finalmente están los que tratan de realizar una decisión racional, sopesando programas, comentarios y el discurso de los políticos. Es de una inocencia infantil pero idealista. Son los que luego se sienten decepcionados cuando los políticos reculan, ignoran o tergiversan las opiniones inicialmente manifiestas. Pero hay gente que una y otra vez se deja llevar por un optimismo de que esta vez, tal vez, sí que hagan lo que dijeron. Una y otra vez. Escuchando mítines y debates.

Vaya por delante que considero que el gobierno en funciones y en minoría del Partido Popular en estos seis meses ha sido probablemente el mejor gobierno que ha tenido España en la Historia de la Democracia (repugnante locución repetida hasta la nausea). Un gobierno por inercia donde apenas se pueden tomar decisiones importantes y en que cualquier traspiés puede significar un futuro descalabro electoral.

En un giro kafkiano, el Partido Popular ha tenido que silenciar los logros obtenidos durante ese periodo, donde más ha bajado el desempleo en España: son mejores gobernantes en funciones que en la realidad.

Aunque soy de derechas, en estas elecciones votaré a Podemos. Con ello, por un lado, habré votado a todos los partidos no grotescos que han existido en España en los últimos años, al menos una vez.

El discurso de Podemos, sus propuestas económicas y sociales, muchos de sus políticos, me parecen una auténtica basura. ¿Por qué les voy a votar entonces?

En primer lugar porque creo que una persona tiene que votar siempre. Ser capaz de equivocarse, saber elegir entre opciones que no te gustan.

Por otro lado, hay que votar sabiendo que los políticos mienten en sus propuestas. En este caso voto a Podemos esperando que no cumplan casi nada de lo que prometen.

Como soy incapaz de votar al mismo partido siempre – me gusta estar equivocado, me gusta tener una opinión y poder replanteármela cada pocos años – y como pienso que votar a un partido que no va a salir es casi como no votar, no me queda más que hacer una elección estratégica.

Volviendo al ejemplo del restaurante de kebab, en el menú sólo hay tres opciones. Las otras dos opciones ya las probé en el pasado y al día siguiente tuve gastroenteritis. Prefiero un plato con una mala foto, pésimo nombre y sobreprecio antes que algo que ya me hizo enfermar.

Si luego el país empeora, la economía se va al sumidero, no será culpa mía. Otro aspecto pernicioso de la Democracia es pensar que porque hayas votado a un partido ya estás apoyando todas sus medidas. Votaré a ese partido que tan poco me gusta porque los otros han creado un país corrupto, en blanco y negro, de puertas giratorias y comisiones al 5%. Cualquier otro partido, ya prometa instaurar la pena de muerte, la prohibición del alcohol, volver al Comunismo o al Feudalismo, me vale.

Ridículo

Hace unas cuantas semanas fui al espectáculo de ‘El Circo de los Horrores‘. Lo que podría calificarse como ‘circo moderno’ es una mezcla de números de extraordinaria habilidad, musicales y humor ácido.

Como en todos los espectáculos de pago, está totalmente prohibido grabar vídeos o realizar fotos. Aunque siempre hay alguien que ignora la prohibición, no creo que en esta representación se atreviera casi nadie a saltársela.

Y es que en la parte de humor los artistas se pasean sobre el escenario y vituperan e insultan despiadadamente a todo aquel que se cruza en su camino. Pero los que fuimos allí a verlo sabíamos a lo que íbamos, en una función que gira en torno al diablo, el infierno y el pecado. Se va dispuesto a reírse de los demás o de nosotros mismos, según quien fuera el foco de atención de los actores.

En uno de los momentos más extremos, suben a dos chicos al escenario para que hagan un stripe tease. Lo que empieza con una camiseta fuera acaba en ropa interior – o aún menos – según lo que la situación permita.

Ante una audiencia de más de dos mil personas, a nadie le apetece quedarse casi desnudo y rodeado de personajes bizarros que no inspiran tranquilidad. Sin embargo, lo que hace veinte años podía haber sido el momento más embarazoso de sus vidas para los que accedieron a subir al escenario a desnudarse, hoy en día no fue más que una divertidísima noche, para voluntarios y público.

Me llamó la atención la enorme diferencia que supuso aquí el que no hubiera móviles que todo lo graban. Hoy en día resulta mucho menos vergonzoso desnudarse en un escenario ante un público masivo que dar un discurso ridículo en un cumpleaños familiar o cantar con los amigos.

Además, la puntilla la da Facebook, que automáticamente reenvía a todos tus conocidos cualquier locura en que hayas podido tomar parte y haya quedado registrada. La obsesión por los vídeos y las fotos lleva a que cada vez haya menos momentos verdaderamente espontáneos, de acciones que se hacen en el momento sin pensar en las consecuencias. O más bien porque se sabe que no tienen que tener mayores consecuencias.

Simplemente quería compartir esta reflexión con vosotros.

Crisis alternativas

En los años que nos está tocando vivir en España, los dramas humanos son el plato habitual de los telediarios: familias expulsadas de sus casas, embargadas, sin ingresos. Gente viviendo de la beneficencia, de los abuelos, subsistiendo sin electricidad o agua corriente. Estudiantes que no pueden terminar la carrera, por no tener dinero para pagar la matrícula. O estudiantes que carecen de todo futuro, que han vivido en el paro todos los años posteriores a su licenciatura y ahora, cuando todo remonte, serán arrasados por las nuevas promociones. Todos estos dramas son terribles, pues en muchos casos suponen la muerte financiera, moral o emocional de los implicados.

Eclipsados entre tanta miseria, hay sin embargo otros problemas, menores, pero quizás más interesantes. El drama de los que no viven una situación tan terrible y, que por lo tanto, no tienen siquiera derecho moral a quejarse.

En los años de bonanza, la superficialidad llevaba a muchos a ir abandonando trabajos «para tener más tiempo para uno mismo». Pasar a trabajar media jornada, que la mujer extendiera la baja de maternidad y luego decidiera que no le gustaba trabajar. Un año sabático viajando por aquí y por allí. Muchos planes que suenan estupendamente pero que están empapados en irresponsabilidad. Muchos se encontraron atrapados en ellos: tras el año de viaje, no te dejaron volver, quedando en un ambiguo estatus de excedencia. La mujer que se quedó de ama de casa ya es casi irrecuperable para el mercado laboral. La media jornada se transforma en un despido sin apenas indemnización o subsidio de desempleo.

Ahora sin embargo, las cuatro hormigas – o cigarras con suerte, que muchas hormigas también se han visto arrasadas y desahuciadas – se encuentran con que no hay forma de rechazar el trabajo. Parejas que han hecho las cosas bien, asegurando su futuro financiero, sienten que no pueden extender esa baja maternal, porque los tiempos actuales no aceptan rechazar un trabajo. Alguno llevaría media vida ahorrando para ese año sabático y ahora se dan cuenta de que eso nunca ocurrirá, sintiendo que su vida y sacrificios, han sido para nada.

Algunas personas se ven abocadas a trabajar más de lo que necesitan o desearían, porque ahora no se puede decir no a un empleo. No estoy hablando el caso de alguien que se tenga que buscar la vida, sino alguien al que le vaya bien y le lleguen ofertas de trabajos extra. Habrá albañiles que terminarán su jornada el viernes y seguirán todo el fin de semana haciendo chapuzas a domicilio, porque no se puede decir que no. Una persona así se enfrenta a situaciones mentales muy complejas; de un lado no necesita ese trabajo, por otro, nadie tiene estabilidad para garantizar que una renuncia voluntaria a uno no venga seguida de un inesperado despido en el otro puesto. Sí, es cierto que trabajar más para cobrar menos es muy jodido. Pero tal vez sea peor cuando te encuentras en una situación sin culpables, sin sueños y sin opción a quejarte.

Hay quienes se encuentran en situaciones delirantes: el exceso de trabajo en jornadas laborales interminables provoca por fuerza el empobrecimiento de la vida social y familiar. Más de uno se habrá encontrado con un kafkiano divorcio «porque no pasaba apenas tiempo con los hijos», debido a que la mujer se miraba en el espejo de sus dos mejores amigas, cuyos esposos estaban desempleados.

El que trabaja de sol a sol no tiene tiempo para ver series, para tomar el sol en la playa, para hacer deporte, para ver «La Voz». Se puede encontrar con que es «poco interesante», «una persona aburrida», «descuidado». Tener mucho trabajo, o aunque sea alguno, en la época de crisis puede afectar a las relaciones sociales de esas personas.

En resumen, mal de muchos, consuelo de tontos. Pero cuando un tiene un mal que no comparte con casi nadie, o que incluso muchos no son capaces de percibir, se puede vivir una situación muy complicada, y la mente humana está más preparada para luchar contra problemas graves pero sencillos, que ante complejas situaciones que apenas si tienen trascendencia.

Homofobia

Una aversión del lenguaje es el uso que se hace de la palabra «homófobo» (parecido ocurre con «racista» o «xenófobo»), tratando de establecer una dualidad: eres homófobo si no aceptas, mentalmente o en tu comportamiento, la igualdad absoluta entre personas que tienen una determinada tendencia sexual.

El diccionario no es tan radical, o más bien exige que para ser homófobo uno debe tener una postura radical, definiendo homofobia como:

Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales.

Con ese significado, uno puede odiar a todos los homosexuales y casi no ser homófobo, basta con que ese odio apenas ocupe un espacio de tiempo en la mente de esa persona.

No me gusta ni un extremo ni el otro en las definiciones. Pero creo que en los medios se abusa del término con el significado de aceptar la igualdad absoluta, tratando de hacer sentir mal a los que han cometido el error de tener un comportamiento homófobo.

En derechos y deberes, la igualdad es innegociable, de ahí que las bodas de homosexuales sean incuestionables – los homosexuales tienen derecho a cometer los mismos errores que los demás. Pero en mi opinión, es perfectamente aceptable y sano que haya personas que no acepten esa igualdad en su interior, sin causar mal a nadie por ello. Resulta que todas las tendencias sexuales son válidas, pero las opiniones o sentimientos no pueden serlo.

Todos tenemos sentimientos y opiniones totalmente equivocados, no hay más que ver los patéticos patinazos que se cometen en nombre del amor. Peor persona es quien se enamora de quién está claro que es una mala persona, que aquel que no abraza la absoluta igualdad entre condiciones sexuales. Porque ese rechazo se suele vender siempre como una muestra de odio, cuando en muchas ocasiones – quizás no la mayoría – es algo instintivo y sin ningún tipo de maldad, no es más que una conclusión a la educación que uno ha recibido toda su vida.

Siempre he pensado que en la homofobia se pueden establecer niveles y siempre se llegaría a un punto en que uno se baja del burro y no es totalmente igualitario. Posibles niveles, sin pensarlo mucho:
1) Desear que no exista persona homosexual alguna y en caso de que las haya, desear su muerte, incluso a ser posible causarla uno mismo.
2) Desear que no existan, sin mancharse las manos.
3) Desear que no existan, pero que no mueran los que ya hay, pero mostrar ese rechazo siempre que se pueda, incluso de forma activa.
3) Desear que no existan, pero no hacer nada al respecto.
4) Pensar que son peores personas, desear que se les trate peor y tratarlos peor.
5) Pensar que son peores personas, desear que se les trate peor, pero no hacer nada malo al respecto.
6) Pensar que son peores personas, pero no desearles mal.
7) Pensar que son iguales para casi todo, pero que una persona (jefe, vecino, amigo), mejor si es heterosexual. Mostrar esta opinión en público.
8) Pensar que son iguales para casi todo, pero no atreverse a reconocer en público que mejor si es heterosexual. Mentalmente preferirías un vecino heterosexual, pero nunca lo dirás tal cual a otros.
9) Pensar que son iguales en todo, pero preferir que tus hijos nazcan heterosexuales.
10) Pensar que son iguales en todo, no tener ningún tipo de preferencia sobre tus hijos.

El punto 10) demuestra una actitud guay – que no gay – que muchos se atreven a decir, pero que con un poco de honestidad uno debe darse cuenta de que tal vez tenga alguna preferencia.

Gracias al Couchsurfing uno se enfrenta ante ese tipo de debates. Si tuvieras que alojar a una persona de la que a priori no conoces casi nada, ¿Qué preferirías?

a) Que sea un chico homosexual.
b) Que sea un chico heterosexual.
c) Que sea una chica lesbiana.
d) Que sea una chica heterosexual.

Es increíble la cantidad de gente que responde «cualquiera por igual» pero luego se atreve a decir «pero yo nunca alojaría a nadie desconocido». Ese ejercicio mental demuestra que no somos honestos con nosotros mismos, en gran parte porque la sociedad nos bombardea con mensajes del tipo «tienes que evitar ser homófobo». Para mi, es peor una persona que no es honesta consigo misma, antes que alguien que no es capaz de aceptar plenamente a un subconjunto de los demás.

Del mismo modo, uno puede pensar en elegir alojar:

a) Una persona de raza negra.
b) Una persona de raza asiática.
c) Una persona de raza blanca.

O también:

a) Una persona de Estados Unidos.
b) Una persona de Rusia.
c) Una persona de Alemania.
d) Una persona de Turquía.

Todo el mundo suele fingir con eso del «me da igual». Y digo fingir porque a mi sí que me da igual lo que cada uno opine de los demás, siempre que no tenga posturas extremas. Igual que respeto a los homosexuales, respeto a los homófobos moderados.

En mi opinión, una persona madura tiene que tener posicionamientos y preferencias, ser capaz de decidir entre A ó B, igual que en el menú de un restaurante. Porque cuando digo elegir una cosa, no significa que se rechace la otra.

Otro ejemplo chocante: imagina que vas a hacer un viaje en avión bastante largo. ¿A quién preferías de compañero de asiento?

a) Que sea un chico homosexual.
b) Que sea un chico heterosexual.
c) Que sea una chica lesbiana.
d) Que sea una chica heterosexual.

Ahora para mi, que soy un hombre, la peor opción de todas es el chico heterosexual.

¿Cómo te gustaría que fuera el taxista que recoge a tu novia borracha a las 4 de la mañana?

a) Que sea un chico homosexual.
b) Que sea un chico heterosexual.
c) Que sea una chica lesbiana.
d) Que sea una chica heterosexual.

Hay que ser muy deshonesto con uno mismo, o muy simple, para no tener preferencias.

Como este artículo no habla a favor de los homosexuales, ni es neutral, no queda otra que sea calificado de homófobo. Seguramente cause inexplicables molestias. Así que quiero tratar de buscar un motivo.

Recientemente nos hemos encontrado con dos noticias importantes sobre homofobia: por un lado Rusia, que aplicó unas nuevas leyes que no son igualitarias con los homosexuales, por otro, el presidente de una compañía de alimentación, dijo que no saldrían parejas homosexuales en los anuncios de su empresa.

En ambos casos se ha manipulado exageradamente la información. Las leyes aplicadas por Rusia son:

Prohibir la «propaganda homosexual»
Prohibir la adopción de niños rusos por homosexuales extranjeros

Pero en las noticias que se han dado al respecto, se ha malmetido, mezclando actos de grupos neonazis con la postura del gobierno. Es como si en España mezclamos información sobre la Ley Wert con estudiantes agredidos por los Latin King. Está relacionado en parte, pero una cosa no tiene que ver con la otra.

El caso del anuncio de Barilla se ha cogido totalmente por los pelos, exagerando hasta niveles delirantes. Se ha pedido un boicot, aún cuando lo único que dijo el presidente fue lo del anuncio, y aún se disculpó por ello. La misma gente que no mueve una ceja por la corrupción manifiesta de su gobierno, se lleva las manos a la cabeza y dedica valiosos minutos de su vida a tratar de hundir a Barilla.

Lo mejor de todo es que el foco de atención ha salido de Rusia en cuanto se ha podido, buscando un rival mucho menos culpable, pero también más débil. Porque todos sabemos que si vas a Rusia a protestar, las cosas pueden salir muy mal.

En resumen, no creo que haya dicho nada malo, ni tan siquiera polémico. Lo triste con la homofobia es que no se acepta ninguna opinión que no sea anti homófoba. Y digo yo que alguien tendrá que contar algo de la realidad. Personalmente soy muy tolerante con las personas homosexuales. Pero si tuviera un hijo, a priori preferiría que fuera heterosexual.

Cómo hacer cosas nuevas

Con el paso de los años, con el mirar atrás, mirar adelante, me doy cuenta de que algo que le cuesta a mucha gente es el hacer cosas nuevas. A mi también me cuesta, pero las acabo realizando.

A la hora de intentar algo nuevo, tal vez lo más importante a tener en cuenta es el plantearse objetivos razonables. Vivimos un tiempo delirante en que se nos ha hecho pensar que disfrutamos de un estado de total libertad, donde cada potencialidad puede llegar a cumplirse. Que si tenemos noventa años y queremos estudiar Medicina, o nos falta una pierna y queremos ser jugador de fútbol, estamos en nuestro derecho y es más, nada debería impedirnos seguir adelante con nuestro proyecto. El cuento guay de libro de autoayuda que a muchos parece bastar. Que no hay que limitarse, hay que aspirar a lo máximo. Se encuentran dos casos excepcionales de superación que ilustran el libro y nada, a otra cosa.

Así, en mi opinión, el primer paso es razonar: ¿Lo que quiero hacer, lo podría llegar a hacer? Y aquí no hay que ser excesivamente optimista porque eso lleva a un callejón sin salida. Tampoco tenemos que machacarnos, hay que intentar encontrar el equilibrio justo. Marcar un objetivo racional, posible. Si por ejemplo tienes 20 kilos de sobrepeso, el típico objetivo sería quedarse delgado, es decir, perder más de 20 kilos. Y es el objetivo que no se conseguiría en la mayoría de los casos, aunque todos conocemos excepciones. Un objetivo pragmático se puede cumplir. Y un objetivo así, podría ser perder diez kilos, o tan sólo cinco.

Y es que soy de la opinión de que hay un riesgo muy importante y que no he visto escrito en ninguna parte, aunque seguro que se ha dicho cientos de veces antes. Cada cosa que hacemos condiciona nuestra forma de ser y cómo será nuestro futuro. Intentar cosas que acabamos no cumpliendo nos mella la autoestima, nuestra capacidad de superación y la confianza en nosotros mismos. Cuando uno ha intentado dejar de fumar diez veces, ni él mismo se cree que pueda conseguirlo en la undécima. Haberlo intentado mal diez veces fue un grave error que está dificultando el éxito de este penúltimo intento. Los traumas surgen a veces por situaciones que no se solucionaron a su debido tiempo, en la debida forma. Dejar cosas a medias, proyectos sin completar, nos causa un daño. No tanto por lo que ese proyecto en sí mismo pudiera significar, que normalmente no sería más que una fruslería para salir del aburrimiento. Como personas que somos, necesitamos tener una imagen personal positiva. Describirnos en formas ideales. Cuando uno trata de definirse y se encuentra con cursos de inglés a medias, kilos que no se van, cigarrillos que no se apagan, uno no se siente mejor. Fumar nunca me ha parecido algo malo; dejar de intentar dejar de fumar, sí.

Para los que llegan tarde, el primer punto es que nos fijemos objetivos asequibles. El segundo es que seamos conscientes de que no conseguir lo que nos propongamos va a suponer un daño, tal vez trivial pero no inexistente, a nuestra autoestima. Y ahora el tercero es entender que el fracaso es casi la norma.

Los gimnasios se alimentan de las cuotas de septiembre y enero. Los cursos de idiomas saben que pueden permitirse el overbooking a partir de las pocas semanas de comienzo. Dependiendo de la actividad, el índice de fracaso será más o menos mayor, pero el no terminar, no completar lo propuesto, es el resultado más habitual. Esto se usa en muchos casos como excusa salvadora, ante los demás pero sobre todo ante nosotros mismos. ¿Quién no conoce a alguien que ha empezado un curso de idioma raro? ¿Que ha dejado de ir al gimnasio a las dos o tres semanas? ¿Que ha empezado en la UNED una carrera de la que sólo ha comprado los libros? Le puede suceder a cualquiera, no es nada terrible.

Aquí lo que estoy tratando de plasmar es la importancia de ser honestos con nosotros mismos. No se gana nada dejándonos pasar todo, dándonos palmaditas en el hombro. ¿Quieres aprender a bailar sevillanas? Ten claro antes de empezar que si todo sucede como suele suceder, no lo conseguirás.

Y por ello, hay que acercarse a las actividades con enorme modestia. No hay que apuntarse al gimnasio por un año, aunque regalen otro y sea una oferta irresistible. Hay que ver si hay una cuota de sólo un día, una sola semana, un único mes. Casi nadie pasa del primer mes.

Si nuestro objetivo ha sido modesto y hemos sido conscientes desde el principio de que hay grandes posibilidades de que no lleguemos hasta el final, no está de más que tengamos una idea vaga de los grandes peligros que nos acechan.

Uno muy inocente es el de los horarios. ¿Por qué la gente se apunta a los gimnasios tras los grandes periodos vacacionales? Porque vienen de un tiempo de ocio, con muchas horas libres, tantas que uno se ha llegado a aburrir. Fruto de ese vacío surge la idea de empezar algo nuevo. Tiempo se tiene, sería bueno para nosotros mismos el conseguirlo. Se tiene el apoyo positivo de los amigos y la familia. Luego llega la rutina del día a día y cuesta, tras una dura jornada de trabajo, encajar en la media hora que queda ese curso de yoga. Un día no se puede ir, por el trabajo, otro porque hace mal tiempo, el tercero por falta de ganas y se acaba dejando. Por eso creo que los propósitos deben llevarse a cabo desde el mismo meollo de la rutina. Ni septiembre ni enero: marzo y noviembre. No tenemos que engañarnos con eso, el llegar de un tiempo de ocio es nuestro enemigo.

Otro aspecto a tener en cuenta es el encanto de lo material. Empezar a estudiar idiomas significa, entre otras cosas, tener que comprar un cuaderno, bolígrafos, libros de clase y ejercicios. Y luego la lista, se puede estirar tanto como se quiera. Hay algo psicológico que engancha en las actividades de ocio, nos encanta revestirlas, darles parafernalia. Los ciclistas o corredores se pasan el tiempo comprando gadgets electrónicos, vestuario, complementos, para optimizar el rendimiento. Se disfruta mucho más comprando un GPS para correr, que corriendo.

Si nos lanzamos a una nueva actividad, nos va a fascinar la idea de tener que comprar cosas y es interesante pararse a pensar ¿No me estaré apuntando a inglés para saciar las ganas locas que tengo de comprar un cuaderno? ¿No quiero dejar de fumar porque en realidad quiero comprar chicles de diez sabores diferentes? Si tenemos un objetivo de consumo de fondo, no va a funcionar. No puede funcionar. Si empiezas comprándote las zapatillas Nike Free antes de ir a correr el primer día, no llegarás muy lejos.

Otro peligro es la fascinación por lo nuevo. Estudiar chino suena apasionante, más cuanto menos se conozca el idioma. Pero a las pocas semanas, esa fascinación se trocará en problemas concretos: no me sale no se qué sonido, no consigo recordar las diferencias entre ciertos verbos. El profesor es insoportable. Si estamos totalmente rendidos ante un plan inminente, como el que se va a vivir a otro país y está aprendiendo por necesidad, o porque siempre se quiso hacer algo pero nunca se dispuso del dinero, estas razones parecerán estúpidas. Pero lo más normal es que no se tenga tanta motivación para adentrarse en algo nuevo. Hay a quien le gustan un par de canciones francesas y ya quiere aprender el idioma. Luego se encuentra con la realidad de la tarea, que tiene mucho de aburrido aprendizaje, y las ganas desaparecen. Distinguir si una cosa nos atrae sólo porque es nueva o desconocida, es una forma de evitar el batacazo antes de que se produzca.

Un riesgo terrible es el instinto de autodestrucción. A unas personas más que a otras les sucede que se enfrentan a situaciones que no pueden salir bien bajo ningún concepto. Hay una atracción morbosa, a veces patológica, hacia lo que no podemos conseguir, buscando inconscientemente el fracaso. Una forma de hacerse daño a uno mismo tan mala como cualquier otra.

Finalmente decir que veo como hay gente que nunca cambia nada en su vida, otra gente que está en un perpetuo cambio. Los que poco a poco mejoran, los que lo intentan todo, los que no se atreven con nada. Detrás de cada actitud vital se esconde una visión y un comportamiento general ante la vida. Siento cierto miedo de las personas que solo tienen aficiones nuevas y recientes, viven en una marea regenerativa, de perpetua mutación, que me inspira mucha desconfianza. Si con cierta edad no se ha pisado ningún terreno sólido, tal vez sea porque no hay tierra firme en el interior.

Pero al margen de todo eso, al hilo de lo que estoy intentando expresar, creo que hay dos grupos definidos: los que lo intentan, los que lo consiguen. Pues bien, creo que para conseguir cosas es importante no intentar (en vano) muchas actividades. Y si venimos de un pasado atroz, pavimentado de buenas intenciones, nuestro objetivo debe ser fugaz, inmediato. No aprender inglés: hacer un curso intensivo de una semana. No empezar a correr: llegar a ser capaz de correr cinco kilómetros. Luego, si Dios quiere, más. Y empezar simultáneamente a correr e inglés: jamás en la vida.

Boda tradicional

No sé como fue, pero oí la estadística de que España, Reino Unido y Rumanía son los países donde más se aborta de Europa y venírseme a la cabeza la idea de que las bodas en España son un esperpento.

España ha avanzado mucho en muchas cosas en las últimas décadas. Nos parecemos mucho más a Reino Unido que a Rumanía, aunque hubo un tiempo en que estaríamos más cerca del tipo de sociedad rumana que de la británica (ojo, no estoy en modo alguno diciendo que una sea mejor que la otra).

Poco a poco se han ido racionalizando muchos comportamientos aberrantes de nuestro modo de vida. Otros no había ni que tocarlos porque eran mucho mejores que lo del resto de países de nuestro entorno. Ahora ves una obra en Alemania y otra en España y los niveles de seguridad y profesionalidad son equivalentes. Vas a un taller y la probabilidad de encontrarte con un trabajo bien hecho (con factura, te dan las cajas de los repuestos, te dan la pieza rota, los precios son coherentes) es la misma en un sitio que en otro. Nos cuesta pensar que muchas de estas cosas antes no eran asín.

Pero en toda esta marea de cambios, una de las que se ha quedado absurdamente atrás son las bodas que organizamos en España. Lo primero, básico ante el resto de lo que voy a observar, es que las bodas españolas no son tradicionales.

Hace cien años, una boda no tendría casi nada en común con una de ahora. Se salvan detalles ínfimos, como que la novia vista de blanco, el novio de chaqueta y que se presenten dos testigos. Pero muchas de las cosas que ahora damos por supuesto son de hace casi nada, y tienen muy pero que muy poco de tradicional y muy pero que muy mucho de aberración. Siempre tenemos que estar alertas ante «lo tradicional». Te puede gustar más o menos, como los toros. Pero en casos de «tradiciones» que son de hace casi nada (como la de tomarse las uvas) hay que andarse con pies de plomo.

¿Casarse en una iglesia es tradicional? No, es la única forma que antes existía de casarse, igual que matar a un cerdo en un matadero no es algo tradicional, sino un requisito para poder vender luego la carne. Ahora tratamos de salir con que es que hay que casarse por la iglesia por respeto a las tradiciones. No, se hace porque a uno le puede gustar más o menos, pero el verdadero motivo por el que la gente se casaba ahí es porque no había ningún otro lugar donde se pudiera uno casar.

El arroz, los anillos, las flores, son pequeñas piezas tradicionales, que no piden pan y que bien pueden perdurar por los siglos de los siglos. ¿Gastarse una obscena fortuna en un traje de novia, para un único uso? Es algo que siempre ha existido, pero entre las familias pudientes.

Ahora una familia puede gastarse ese dinero, porque dispone de él, pero no deja de ser algo a extinguir, en el momento en que se racionalice un poco el concepto de boda. Supongo que el origen, que a lo más tiene dos generaciones, se debe a que en su momento una mujer vestía un traje especialmente bonito el día de su boda. Hoy en día esto resulta complicado, ya que cualquiera puede vestir bien casi a diario. Y se ha optado por el extraño camino de conseguir algo especial entrando en precios extraordinarios.

Otra barbaridad es el invitar a cientos de personas. Esto no ocurre en otros países y con el tiempo también en España entraremos en razón. Pero nos está costando. El incomparable absurdo de invitar a cerca de doscientas personas, y en muchos casos a bastantes más, se sumerge en la repugnante tradición de la boda rentable.

El hecho de que los invitados tengan que hacer un regalo de coste mayor o igual al estimado precio de su menú en el banquete parte de otro error, similar al del vestido. Antaño a los novios, pareja joven y que no tenía donde caerse muerta, se les realizaba una colecta para darles al menos un poco de dinero con el que empezar una nueva vida. Aparte de la existencia de dotes. Hoy este concepto no tiene lógica, ya que para irse a vivir en pareja no hace falta demasiado. Además que las personas se casan después de encontrar un trabajo, con lo que no necesitan de ese empujón inicial. Sin embargo ha perdurado lo peor, la idea de que «de una boda se sale ganando».

El viaje de novios, otra tradición inexistente, bien puede permanecer entre nuestras costumbres. Se ha de ir a un destino «de viaje de novios», normalmente un sitio estereotipado como Nueva York o Las Vegas.

Pero los conceptos de:

  • Hay que casarse en la iglesia.
  • Vestido de boda de más de 1.000 euros (1.000 euros es lo que cuesta un vestido de novia «de lo peor»).
  • Invitar a cientos de personas.
  • La boda negocio.

Tendrán que erradicarse pues son un reducto de nuestro pasado autóctono y original, pero que a muchos europeos les resultan – en mi opinión con mucho motivo – absurdas.

Ve al medico no a Internet

Uno de los tópicos, quizás el principal, de la desinformación en internet, es el del paciente que se informa en la red sobre su hipotética enfermedad.

La medicina es la ciencia que conocen los médicos. Uno que consulte en la red, sin saber lo que hace, corre enormes riesgos.

Si esto mismo lo dijéramos de cualquier otra disciplina científica que no fuera la medicina, muchos responderían violentamente. No es así. Todo el conocimiento está en la red. Puedes aprender más sobre cualquier tema usando exclusivamente Internet, y eligiendo bien, que asistiendo al mejor master del mundo (y sin poder usar Internet). Y la medicina no es, ni mucho menos, una excepción.

Claro está que si tengo un tumor, no voy a aprender a extirparlo consultando páginas web. O aunque lo hiciera, lo suyo sería que un médico se dedicara a tan peliaguda tarea. Tampoco voy a elegir la medicación contra el SIDA basándome en lo que lea de la Wikipedia. Mejor consultar a un médico.

Pero hay muchos casos en los que el conocimiento real está en Internet, no en el médico. Y no estoy hablando de excepciones raras, sino en la medicina de andar por casa, la que nos afecta a diario.

Pensemos en el siguiente caso. Todos sabemos de los peligros del sol. Sus rayos pueden castigar nuestra piel y causarnos daños graves, no sólo estéticos, sino de salud a corto, medio y largo plazo. Todos sabemos que hay que usar crema protectora contra el sol.

Así que vamos a la farmacia o al supermercado. Compramos la crema y nos la aplicamos, y sobre todo a nuestros hijos que son siempre los más vulnerables. Hemos actuado responsablemente y sin embargo surge un imprevisto: nuestro hijo tiene una alergia, presumiblemente a la crema solar.

El padre modélico, de libro, acudiría a su médico de cabecera, que tal vez le daría cita para el dermatólogo. Y lo que el dermatólogo le sugeriría es que probara con otra crema.

– ¿Qué crema?
– Otra, hasta que encuentres una que no de alergia.

El sistema es rudimentario, caro, pero funciona. Uno va probando con distintas cremas solares, hasta encontrar la adecuada, la que no da alergia y permite a nuestro hijo jugar con tranquilidad en la playa.

Ahora bien. El padre moderno e irresponsable que hubiera consultado en Internet, se habría encontrado con muchos otros casos como el suyo. La crema X causa alergia a mi hijo. Foros enteros dedicados a la alergia a la crema solar.

La solución final habría resultado la misma. Comprar otra crema, ver el resultado y si no es satisfactorio, ir por la siguiente.

Hay una enorme diferencia entre el tratamiento del médico y el de Internet. En el primer caso, uno actuaría a ciegas. Con Internet, uno podría saber fácilmente qué cremas resultan más alérgicas y cuáles han funcionado en otros casos.

La solución de Internet es la más barata, y por lo tanto la menos traumática. Siempre que se hubiera usado con un poco de cabeza, se habría encontrado una crema adecuada en menos tiempo.

¿El problema verdadero sabéis donde está? Pues en que ese médico probablemente tenga otro caso de alergia a la crema solar en todo el año. Y le dará la misma solución. Al ser una enfermedad rara y tener las mismas preocupaciones que una persona cualquiera, el médico daría la solución, que es correcta, y pasaría al siguiente paciente.

Cuando vas al médico a contarle que le diste la crema X a tu hijo y le dio alergia, y luego la crema Y y también, el médico no apunta X e Y en ninguna parte, ni siquiera en su memoria. Así, si dentro de un año le llega un paciente que ha sufrido alergia con la crema X, el médico sería capaz de sugerirle la crema Y.

Pero peor aún. Imagina que llevas a tu hijo al dermatólogo dentro de un año. Por un problema totalmente diferente. En este caso, si falla la memoria, no falla el historial. No es sólo cuestión de que los médicos tengan a muchos pacientes o que dispongan de pocos recursos. En una consulta privada ocurriría lo mismo. El médico nunca te preguntará que crema solar fue la que acabó funcionando con tu hijo.

Es decir, que después de la mala experiencia con el sol, tú sabes más sobre cremas solares y alergias que el médico. Y lo que es lo mismo, si alguien en un foro pregunta por una alergia a la crema, tu respuesta será más válida y más interesante que la de tu médico.

Por todo ello, es una temeridad y una exageración decir que Internet no es un sitio donde acudir a por información médica. El que tenga pocas luces será engañado, estafado y maltratado. Pero quien sepa distinguir el polvo de la paja, puede y debe acudir a este medio a informarse.

Otra limitación de la medicina está en los tratamientos. Contra la gastroenteritis, en España, hay un tratamiento sota-caballo-rey. 24 horas sin comer, beber mucha agua, dieta blanda y vuelta a la normalidad. Cualquier médico de España te dirá siempre lo mismo.

En este caso, es un problema sencillo. Pero en otros, la receta mágica puede no funcionar. O que no nos venga bien porque nos da asco el arroz y la patata cocida. Una consulta en Internet y uno se topa con la receta que emplea otro país europeo: hartarse de coca-cola. De nuevo Internet nos está resolviendo una papeleta.

Notas:

La idea del médico que no aprende de sus pacientes, es de Seth Roberts, el creador de la dieta Shangri-La. En su caso, perdió una enorme cantidad de kilos y el médico, al que se supone que debes acudir cuando tengas sobrepeso, cuando se lo encontró tan mejorado, ni siquiera le preguntó, por curiosidad, cómo había perdido todo ese peso.

Los médicos, en general, sólo aceptan la ciencia que llega de la publicación científica. Han olvidado que el método científico nace de la observación. Como ese dermatólogo del ejemplo no pensaba escribir ningún artículo sobre la alergia a la crema solar, descartó cualquier posibilidad de aprendizaje del mundo real. Algo que no está bien, por cuanto la ciencia está dándonos respuestas parciales e inexactas. Constantemente se retiran del mercado medicamentos que estaban más que probados y con una eficacia científicamente demostrada.

En este foro hablan sobre la alergia a la crema solar. Es la antítesis a lo que te diría un médico o farmacéutico (estos sí que están más acostumbrados a aprender de los pacientes). Por un lado, recomiendan las cremas más «ratoneras». Nivea, que es una de las más baratas, entre las que mejores resultados da a aquellos que sufrían alergia con marcas más estilosas.

Por otro lado, hablan de un producto ¡Que venden en Ebay! que es la panacea contra los casos más recalcitrantes. Lo último que esperarías oír de tu doctor.

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Viagra falsa.

Jornada continua

En España, sobre todo en las grandes ciudades, es muy frecuente cambiar el horario de trabajo durante el verano. Se trabaja en jornada continua, se entra a las siete o las ocho y se trabaja hasta las dos o las tres.

Esto es una reminiscencia de los tiempos en que no existía el aire acondicionado y era casi imposible trabajar a determinadas temperaturas y horas. Hoy en día es innecesario, pero gracias a Dios se conserva la costumbre.

Uno se pasa todo el año haciendo más horas que un reloj y cuando llega el mes de mayo se empiezan a plantear cuentos de la lechera sobre los dulces meses de verano, en que uno dispondrá de toda la tarde «para hacer lo que te de la gana».

Es común tener planes grandilocuentes. Porque siempre nos falta tiempo para todo, y por fin existe la posibilidad de disponer de ese tiempo. Ha llegado la hora de cambiar el mundo.

Sin embargo la triste realidad es que casi todos acabamos consumiendo ese tiempo extra de que disponemos en tareas tan productivas como:

  • Dormir la siesta
  • Ver el Tour de Francia, las Olimpiadas o el Mundial de fútbol
  • Engancharte a una telenovela de la televisión
  • Jugar videojuegos

Y no es que me parezca mal o no sea uno de los que las practiquen. Lo que me llama la atención es que cuando pensamos en nuestros planes para el verano, cuando añoramos la jornada continua, nunca pensamos que dedicaremos ese tiempo extra a tareas tan gratificantes. Pensamos por supuesto que algún día nos pegaremos una siesta como Dios manda. O nos veremos un partido de fútbol, o mataremos algunos zombies, o iremos a la playa o la piscina.

Pero es que no es «algún día», es que es raro el día que no se acaba cayendo en esa dinámica. Queremos tiempo libre para tener más ocio. Los sueños de aprender a tocar la guitarra, ir al gimnasio o escribir un libro no se suelen ni siquiera empezar, se olvidan después de la primera siesta.

Banderas Azules

Siempre hay un día del año en que los noticieros nos sorprenden con el positivo dato de que España es el país con más banderas azules del mundo. Esto nos llena de orgullo y a muchos nos sirve para pensar que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

Y no es por tirar piedras en el tejado español, pero en cuanto uno oye aquello de que la playa más azul del mundo está en Galicia, lo menos que puede sentir es la duda de si será verdad. Porque poco turismo de sol y playa es el que acoge esta región. Muchos novios incluso tienen la temeridad de marchar a las playas de México. Tantos kilómetros cuando las mejores playas están en España.

Lo de las banderas azules es como la Guía Michelín. Es una empresa que se dedica a gestionar los premios. Pero el hecho de que ellos te concedan alguno no significa más que eso, que han votado a tu favor.

El caso de las banderas azules es aún más que eso. Una asociación radicada en Copenhague que se dedica a decidir quién consigue las banderas y quién no.

Y por eso no quiero decir que las concesiones sean fraudulentas o que sean arbitrarias. Es más, todo lo contrario. Son tan estrictamente reguladas, que escapan al sentido común.

¿O acaso crees que casi todas las mejores playas del mundo están en España? Lo primero es que muchos países no participan en el programa de las Banderas Azules, con lo que no pueden conseguir ni una sola. Y hay países con playas famosas, como México, Australia, Brasil o Estados Unidos, que no participan en el programa.

Lo siguiente es que los criterios para conseguir una bandera azul no son los mismos que los seres humanos tenemos para definir una playa «de puta madre». Según he podido leer, los lógicos son:

  • Que el agua esté limpia de bacterias.
  • El volumen de peces que haya en la costa.
  • Que no haya restos aceitosos en la superficie.

Pero luego vienen criterios que aunque están muy bien, en realidad no tienen nada que ver con la calidad de la playa. Como que haya servicios, que se pueda llegar a la playa en transporte público, que disponga de contenedores para el reciclaje o que esté habilitada para minusválidos. Con estos criterios quedan descartadas muchas playas desiertas de arenas infinitas de la costa gaditana. Mientras que estrambóticos pedregales rebosantes de apelotonados domingueros ondean orgullosos su bandera azul.

Enfermos y sanos

Supongo que todo el mundo entenderá mal lo que viene ahora, pero es lo malo de ir con la escopeta cargada por la vida.

Hoy en día está quedando claro en todos los niveles que la homosexualidad no puede jamás considerarse como una enfermedad. Posibles criterios:

  • No es «curable» y tampoco tiene sentido «curarla» aunque se pudiera.
  • No se es peor o mejor por tener una tendencia sexual u otra.
  • Mucha gente lo es.

Del mismo modo, ser zurdo, que en un momento se consideró algo vicioso, tampoco es una enfermedad. Posibles criterios:

  • No es «curable» y tampoco tiene sentido «curarla» aunque se pudiera.
  • No se es peor o mejor por tener una lateralidad u otra.
  • Mucha gente lo es.

Casi el mismo porcentaje que de zurdos y de homosexuales hay de celíacos (la mayoría con intolerancia leve). Ahora bien, ¿Por qué diablos se tiene que considerar el ser celíaco como una enfermedad?

  • No es «curable».
  • Mucha gente lo es.

Teóricamente el punto está en que los celíacos tienen más gastos y limitaciones a la hora de elegir lo que comen. ¿Pero es eso suficiente como para considerarlo una enfermedad?

Porque decir que las incomodidades que causa, son motivo de tratarla como enfermedad, me parece una razón insuficiente. ¿No lo pasa peor un homosexual en un mundo que los margina? Y porque los zurdos no encuentren abridores, ¿Hay que considerarlos maltratados? Bastantes enfermedades tenemos hoy en día como para inventarnos nuevas.