Una historia de cerveza

Partido de la Selección Española de fútbol: obligatoria dieta a base de cerveza y patatas fritas. Voy a comprar al supermercado, siempre el día previo a un partido la sección de cervezas está devastada, no queda casi nada. A mi la que me gusta es la Mahou y claro, no quedaba ninguna. A elegir entre males menores: marca DIA% o Cruzcampo.
Estaba pensando lo absurdo de comprar la cerveza caliente, sin tiempo para el partido, y sin ser la que me gusta. En la tienda de los chinos venden cervezas frías y siempre tienen Mahou; Es un poco más caro.
Al final con la excusa de comprar otras cosas me llevo una de DIA% y otra de Cruzcampo. La final estará cubierta, aunque sólo sea para animar a Alemania.
Mientras me acerco a la cola hay una trifulca. En el DIA% es imposible formar una única fila que se vaya distribuyendo según van terminando los clientes. Está demostrado que de media se espera la mitad menos que con dos filas separadas. Pero claro, la gente siempre piensa que eso te pasa si eliges la fila equivocada, así que este sistema no dura ni dos minutos.
Al parecer un negro se ha colado, y le cae una buena reprimenda por parte de uno de los típicos personajes que compran en el DIA%. Que si hay una cola única, que si hay que esperar atrás. Está claro que el negro tiene mucha cara o mucho despiste. Pero luego el espabilado ha empezado a arengar al negro, explicándole como funciona el mundo:
– Tienes que aprender el español. Hablarlo bien. – y hablando más despacio para dejar la idea clara – Tienes que aprender a hablar correctamente el español de España.
El negro consiguió pasar delante, pero cuando hace rato que ha salido de la tienda, el español se jacta de haberle perdonado la vida.
– Hoy porque me pilla de buenas que si no…No me voy a liar a tortas, que eso no, pero no le dejo pasar.
Y otro le responde
– Estos extranjeros, sólo aprenden lo que les interesa. Están en España nada más que para lo bueno, para lo malo no quieren estar.
El primero, viendo que este otro, ya en la cincuentena, estaba más exaltado de la cuenta, se hace el loco y se despide, orgulloso por su buena acción educadora, de su audiencia: todo el supermercado.
Salgo del supermercado ajeno a estas disputas. En medio de la calle una botella de cerveza, Mahou, destrozada.
-¿Has visto lo que ha pasado? Unos les han robado unas cervezas al del chino, y ha salido el chino detrás de ellos con un palo de hierro. Al final se les ha caído la cerveza y una se ha reventado. El chino ha dejado de perseguirlos y se ha llevado las demás. Un niño que allí había le ha preguntado que qué le había pasado y el chino le ha dicho que le habían robado. El chino se ha ido a la tienda diciendo, «estos españoles son muy raros».
España, cerveza, extranjeros, racismo, delincuencia, todo es complicado, pero me han hecho que hoy entone con un poco de menos ganas el ¡Arriba España!

El que espera a que lo recojan en coche

Paria por antonomasia, ser de baja ralea. Te lo encuentras por las calles a todas horas. Suele estar en cruces de grandes calles, siempre cerca de un semáforo. Casi siempre lleva una mochila con sus pertenencias. Si tuviera coche propio podría guardar discretamente en el maletero las toallas, las raquetas de tenis, los zapatos de deporte, los libros de la Universidad.
Pero como no tiene coche tiene que ir siempre cargado con su hatillo, a expensas de que otros lo lleven a su destino. Lo ves siempre mirando furtivamente a todas partes, con la duda de que el encuentro no fuera exactamente en ese cruce sino en el siguiente, de que fuera a esa hora, de que el recogedor no se haya quedado dormido. Siempre con algo de miedo en esos minutos hasta que llega el desgraciado encargado de transportarle.
Todo son penurias: te tienes que levantar cinco minutos antes que el del coche, porque si llegas después que él te puedes quedar en tierra. Normalmente el punto de encuentro le viene mejor al que tiene coche que a ti, lo cual no deja de ser paradójico siendo el otro el que goza de mayor movilidad. El que llega en coche suele llegar tarde, siempre con la excusa de asegurarse el no llegar antes de que el paquete esté esperando. A expensas de la música que el conductor quiera oír, de a lo que huela ese coche, se fuma o no en función de lo que el conductor decida. Salvo que quien conduzca sea tu novia o novio eres una especie de gorrón, de aprovechado.
Cuando pasas mucho tiempo siendo el que espera a que lo recojan en coche acabas con un malestar tal que decides comprarte el tuyo. No porque te guste conducir, no por la libertad que consigues, no por el estatus, no porque ligues más. Lo haces por puro asco, por no poder seguir siendo ese indocumentado que espera en los cruces con una mochila, dudando si era un Seat Ibiza o un Ford Focus el coche que te tendrá que recoger. ¿Blanco o gris perla? ¿Pero no hay alguien ya sentado donde el copiloto?
Te dejan tirado y te toca pegar un telefonazo para despertar al otro y luego no puedes apenas echarle la bronca porque al fin y al cabo te están haciendo un favor. Y las vueltas, aunque menos penosas, no dejan de ser tristes, a expensas del otro. Si se quiere tomar una cerveza más, te aguantas y pides otra. Si quiere acercarse a un sitio pues allá tendrás que ir con él. Si decide hacer media hora extra de trabajo, con él te quedas porque no hay otra.
Nunca he tenido coche y he vivido tantas veces esta situación, desde pequeño en que ni mi padre tenía coche, que sólo por eso decidí sacarme una vez el carné de conducir. De pequeño tenía una familia mochilera, siempre colgados esperando que nos repartieran en distintos coches. Aquello era patético. Si nos queríamos ir de una reunión familiar – y siempre queríamos porque eramos lo peor – nos tocaba esperar a que los otros quisieran llevarnos. Y como éramos muchos, hacían falta varios coches con lo que no quedaba otra que irse en el momento en que más gente lo hiciera.
Luego viajaba a cualquier sitio y tenía que hacer juegos malabares con los transportes públicos o pasar por la perpetua infamia de ir mendigando asientos en los coches de los amigos. Algunos decían que ya estaba lleno, otros se excusaban y hay que entenderlos, resulta también patético para el conductor el tener que ir a por uno de estos indigentes sociales. No te hablo de amigos del alma, con los que irías al fin del mundo. Te hablo de relaciones intermedias, más que conocidos pero que no sabes si invitarías a tu boda. Bueno, en España se invita a cualquiera a la boda de uno porque es económicamente rentable.
Ahora con los móviles será diferente, pero en el pasado estaba uno esperando como el naúfrago que mira al horizonte esperando que llegue un barco. Y claro, 99 de cada 100 veces llegaba ese barco, pero el problema está en esa vez, que podía ser una fiesta importante, un examen, un sesión de teatro, la cita para las pruebas de la alergia que te dan con nueve meses de antelación. Porque las 100 veces que ese desgraciado se queda esperando a que lo recojan en coche es porque las alternativas son horribles. Porque en muchos casos esa persona habría preferido dormir media hora menos e ir en transporte público, antes que pasar la vergüenza de esperar con una mochila en uno de los cruces más concurridos de la ciudad.

Los cuadernos de Prospero

Mucho antes de empezar con esto, solía rellenar mis ideas en cuadernos. Eran libros muy heterogéneos, imposibles de entender salvo para su autor.
Esos cuadernos han ido perdiéndose, conforme iba mudándome de un sitio a otro. No son una gran pérdida pero a buen seguro serían una lectura más interesante que esa cosa tan aburrida de los blogs.
De pequeño, mi madre me reprimía por la infantil costumbre de ir arrancándole las páginas a los cuadernos de alambre para dibujar o hacer aviones de papel. Constantemente tenía que comprarme cuadernos nuevos, porque las hojas arrancadas eran siempre más que las que permanecían.
Una vez tomó cartas en el asunto. A torta limpia me inculcó la sana costumbre de no arrancar ni una sola página. Es increíble cómo se asientan los comportamientos infantiles. Todavía me cuesta hacerlo. Al finalizar el cuaderno mi madre contaba las páginas y veía que coincidían con las iniciales. No era como la madre de Norman Bates, había un margen de flexibilidad, dentro de lo razonable.
Hoy en día no puedo arrancar ni una sola página. Por eso los cuadernos permanecen, aunque los vaya perdiendo enteros. Ahora tengo la extraña costumbre de continuar unos con otros. Por ejemplo, el que estoy usando ahora.
1. Empieza con unos apuntes de redes.
2. De inmediato pasó a ser usado para las clases de la academia de inglés.
3. Ejercicios de selectividad de física. Vectores.
4. De nuevo verbos en inglés.
5. Una breve explicación de la historia de la música.
6. Inglés.
7. Detalle del resultado de las elecciones. Listado de escaños por autonomías.
8. Lista de cosas que llevar en la mudanza.
9. Ejercicios de alemán.
10. Apuntes para una historia.
11. Apuntes de informática.
12. Lista de ficheros del ordenador de los que hacer backup.
Pero lo mejor de todo es la última página, donde lo abandone hace varios años. Es una lista de palabras de difícil divisibilidad en sílabas. Hubo un tiempo en que estuve planteando un programa que separaba una palabra en sus correspondientes sílabas. Las siguientes palabras eran muy problemáticas:

  • aconcagüina
  • acuática
  • acuícola
  • aeronaútica
  • agnusdéi
  • agüío
  • aindamáis
  • aloética
  • alvéolo
  • anihilación
  • dermofarmaceútica
  • duunvir
  • ecuórea
  • interviú
  • pechblenda
  • samuhú

Para nota:

Lo bueno de esos problemas es que cuando has avanzado algo en la materia te das cuenta de que lo que andas haciendo no tiene ningún sentido. El concepto de sílaba no está nada claro y por eso hay palabras que podrían dividirse de diferentes formas, en función de criterios subjetivos.
El título hace referencia a la película Prospero’s Book. Hay películas que para algunos son una basura y para otros son una obra de arte. Prospero’s Book es una de esas, como casi todas las de Peter Greenaway, que te permite sentir las dos opiniones simultáneamente. Como acertadamente comentan en IMDB:

A notable work, but come prepared

(Video de 3’04», con sonido)

Jovenes artistas

I

Una noticia curiosa de Estados Unidos: Una cadena de ropa organiza un concurso de redacción para niños. El premio eran cuatro entradas, con alojamiento y vuelo incluido, a un concierto de ‘Hannah Montana’, uno de los grupos de más éxito del momento en el país y para el que todos sus conciertos programados están agotados desde hace semanas.
La vencedora fue una pequeña de seis años, original de Garland, en Dallas. La chica comenzó su conmovedor relato con la frase «Mi padre murió este año en Irak». Su redacción fue la elegida ganadora y la chica tuvo su momento de gloria en prensa y televisión. Sin embargo para el primer periodista que trató de documentar mínimamente su historia, no fue difícil constatar que el padre de la chica no había muerto en Irak.
Pronto se destapó que todo había sido mentira. Y el relato lo había escrito la madre. La familia se quedó sin las entradas para el concierto y sufrió el escarnio público.

II

Los concursos infantiles carecen de sentido. Los ganadores son casi siempre personas mayores que firman en nombre de niños. Y vencen adultos no porque sean genios de la literatura, la música o la pintura, sino porque tienen un estilo flojo según los estándares generales pero un estilo muy original suponiendo que el autor es un niño. Los vencedores de concursos infantiles dan la impresión de una obra en pañales, un talento al que le falta poco para brillar. Los miembros del jurado desconocen que ese talento no da para más y proviene de padres, tíos y amigos de los niños que se limitan a poner el nombre del jovencito.
Lo que digo lo sé de primera mano. Estando en el colegio gané algunos concursos de dibujo de pequeño, concursos en los que participaban decenas de miles de pinturas. Mis dibujos eran los que se llevaban el premio y el dinero en metálico.
Lo dramático del asunto es que dibujo rematadamente mal. Soy sucio con los lápices en la mano, los trazos suelen estar torcidos, las cosas que dibujo no se parecen en nada al original. En el juego Pictionary nunca he conseguido que me adivinen nada. Me desagrada dibujar.
El primer concurso transcurrió del siguiente modo: se convocaba un premio entre todos los colegios de la provincia. Tenías que dibujar algo relacionado con la Semana Santa. Nuestro profesor de la asignatura nos dio un par de días para que cada uno tratara de participar pintando lo que le pareciera. Como ayuda mostró unos cuantos dibujos que él había hecho, que podían servir de ejemplo.
Cada cual se aplicó en desarrollar su idea. Yo mareé la perdiz durante las horas y terminé mi horrorosa reproducción de alguno de sus dibujos. El profesor seleccionó los mejores, tomó nota de los nombres de los chicos y los guardó en el sobre para enviarlos.
Cosa de un mes después el jurado se había pronunciado: de entre todos los dibujos enviados por miles de niños, el mío era el mejor. Lo absurdo es que ni siquiera había enviado un dibujo. Le pregunté al profesor de la asignatura que me explicó que él había enviado los dibujos que puso de ejemplo, firmados con nombres de alumnos que eran buenos estudiantes. Tuve suerte porque de entre todos los dibujos que él envió, el que tenía mi nombre fue el ganador.
Habría una entrega de premios con autoridades y fotografía en los periódicos. No tuve más remedio que asistir a la exposición pública de los dibujos vencedores en una galería de arte en la ciudad. Ni siquiera sabía cómo era mi dibujo ganador.
Fui allí y reconocí perfectamente la obra de mi profesor. No era la única premiada: algunos premios menores también eran dibujos suyos, con nombres de otros alumnos de mi colegio. Con ojos alucinados tras vencer en un concurso en el que no había participado, notabas que todos los dibujos tenían el mismo tufillo: resoluciones de aficionado para ideas originales. Parecía que si esa persona tuviera una técnica un poco mejor podría llegar a algo. Todos los cuadros eran aparentemente sencillos pero con algo ingenioso, diferente.
No sería el único concurso que ganaría ese año. Tenía suerte hasta con el azar de la adjudicación de falsos autores. Volví a vencer en otra competición, tal vez más importante aún. Organizada por «El Corte Inglés». Todos los concursos en que participaba mi colegio estaban amañados. No importaba si era redacción, manualidades, pintura. Los alumnos preparaban su bodrio y los profesores enviaban los modelos creados «como ejemplo». Y casi nunca ganábamos. El colegio también sacaba su tajada: al ser premios para estudiantes, y tratando de fomentar la competición, casi todos los premios tenían una parte para el colegio, que a veces era incluso mayor que la que se llevaba el premiado. No habiendo trazado ni una línea de estos dibujos, no iba a protestar por eso.

III

No todos los concursos están amañados. Tengo un amigo que solía vencer en los concursos de literatura para niños y adolescentes. Él dice que es porque tenía un estilo que venía como anillo al dedo para el formato. La gente del jurado suele ser muy uniforme y quiere exactamente lo que él sabía escribir. Cuando por la edad tuvo que dejarlos para participar en concursos «para adultos» terminó su racha. Desde entonces no ha vuelto a ganar ningún otro concurso.
La historia de mis fraudulentos premios de dibujo es tan absurda que la gente a la que se la cuento no me cree. Pero os puedo asegurar que es verdad.

Una historia de democracia

Cuando estudiaba en el instituto tuve a un profesor que le daba bastante al tinto. Más de una vez llegó a clase con un fuerte olor a alcohol. A las chicas de la clase les decía barbaridades propias de un piropeador de Cine de barrio, pero siempre lo hacía en forma genérica. Hablaba de las alumnas de la clase pero no de una concreta.
Me imagino que hoy en día por menos de la mitad de lo que el decía en clase estaría de patitas en la calle y con videos en youtube. Pero al margen de su desparpajo no era un mal profesor.
Cuando llegaron los meses de calor las vestimentas comenzaron a hacerse más cortas. A este profesor no le importaba decir que si por él fuera todas las alumnas tendrían que venir a clase en minifalda y que la que no estuviera conforme con su nota podría revisar el examen pero que no se olvidara ese día de llevar una falda bien corta.
Este comentario no tenía la maldad que pudiera pensarse porque al fin y al cabo los profesores de instituto no tienen despacho y la revisión del examen se hace en dos minutos delante de toda la clase.
Un día al volver de la clase de educación física el profesor le prohibió el entrar en la clase a un chico porque vestía pantalón corto.
– Esto no es la playa, aquí se viene en pantalón largo o no se entra en clase.
Muchos murmullos se oyeron de fondo. De todos era sabida la recomendación de que las chicas vinieran en falda o pantalón corto pero por lo que se veía esta regla no se aplicaba a los hombres hasta el punto de prohibirse ese tipo de prendas.
Cuando salimos de clase no se hablaba de otra cosa e incluso se propuso llevar el tema a oídos del tutor de clase. Pero mientras tanto fueron días de continua discusión hasta que el se le dijo al delegado que tendría que mostrar el rechazo a lo ocurrido el día anterior.
La nueva clase con el profesor comenzó con la indicación del delegado: no era justo que las chicas pudieran llevar pantalón corto y los chicos no. El maestro captó a la primera que aquella no era una opinión espontánea sino que provenía de muchas discusiones previas y en términos moderados explicó que los pantalones cortos no resultan adecuados para una clase. Que en sus tiempos en la universidad los alumnos debían vestir con traje y corbata, por mucho calor que hiciera.
Aprovechando su tono más conciliador los chicos comenzaron a hablar por turnos. Entendían su postura pero ahora comenzaron a proponer que entonces las chicas no deberían llevar pantalón corto ni falda. Se empezó a solicitar el veto y se propuso una votación.
El profesor no prestó mucha atención al asunto y comenzó con la clase. Con las cosas de la edad pronto dejó de hablarse de pantalones cortos. Pero resulta sorprendente hasta qué punto puede llegar la irracionalidad de la Humanidad, diciendo el refrán con verdad que no hay quince años feos y en una época con las hormonas a cien y las manos encallecidas los chicos de mi clase trataron de prohibir que sus compañeras pudieran ir en minifalda.

Comedor de empresa

Mi primera experiencia con el comedor de empresa fue volviendo del restaurante. Se oía un enorme estruendo y le pregunté a uno qué era aquello. «El comedor de empresa», me respondió.

Lo que tendría que haber sido una experiencia de negación y rechazo, se convirtió en la llamada de la selva. Yo sabía que mi sitio estaba allí. Entre vociferantes comensales y no en restaurantes a precio tasado que perjudicaban mi hígado, mi estómago y mis niveles de colesterol. Poco después de aquella revelación, fui por primera vez con mi tartera a comer a donde los pobres y ya no volvería salvo ocasionalmente al menú de falso ejecutivo.

Aparentemente se establece una división entre dos tipos de comensales: Los que prefieren la quietud del tupper conocido y los que dan prioridad a la cocina profesional. Está el que huye del aceite de enésima fritanga y el que evita la molestia de transportar comida de casa. Sin embargo, ocurre a veces que uno se encuentra en una de las dos opciones sin haber tenido capacidad de elegir. A veces donde trabajas no hay comedor. O no hay restaurantes. O uno no gana lo suficiente como para comer fuera. O te pagan en parte con tickets de restaurante. Salvo en mi actual empresa, nunca antes pude elegir. Siempre fue comer en casa o en restaurante. Ahora sin embargo soy un animal del comedor de empresa.

¿Quiénes comemos en el comedor de empresa? Es difícil encontrar patrones definidos, pero creo haber llegado a algún tipo de conocimiento del asunto. En el comedor no suelen comer:
– Los que no saben cocinar. Y es que aunque sorprenda hay muchísima gente que no tiene ni idea de lo más elemental, hay quienes se sienten torpes hasta en el manejo del microondas. Lo veo a menudo y me muevo entre clase media muy medianita.
– Los que no saben limpiar. Hay quienes no están sueltos en el manejo de cubiertos de plástico o de doble uso. Hay quien no puede comer sin manchar dos vajillas, sin un plato para el primero, otro para el segundo y otro para el postre. Cuando uno no está suelto en el no ensuciar es porque no conoce bien ese infame oficio del limpiar.

También hay un grupo enorme de gente, quizás el que más, que entiende el comer en comedor de empresa como algo cutre, propio de chusma, un sucedáneo de otra cosa. Lo veo en aquellos que aprovechan cualquier oportunidad para comer fuera: hoy porque es viernes, mañana porque tienen paella, hoy porque dentro de un mes es mi cumpleaños. Hay gente que come casi a diario en el comedor pero que siente la necesidad de salir al menos una vez en semana.

Gran parte de este desprecio a la comida del comedor se debe al tupper con que nos presentamos. Si es un tupper de subproducto recalentado, algo que sabemos que no va a estar muy bien, podemos añorar nuestras costillas de cerdo con patatas descongeladas del restaurante. O la monótona ensalada mixta. Si lo que nos espera es una lata mal abierta y peor presentada, es normal evitarla a toda costa.

Después de tanto tiempo de observación en el comedor de empresa me sorprende ver cómo la gente no tiene apenas nada que comer en casa. El lunes son sobras del fin de semana, normalmente algo preparado por la suegra o la madre, restos del cocido. El martes un intento fallido de plato interesante, austero pescado al horno con verdura de guarnición. El miércoles se trata de restaurar los niveles de colesterol: albóndigas de un tupper rescatado del congelador. Y patatas fritas de bolsa. El jueves se cierne la desesperación: pasta con tomate frito de bote. El viernes se consuma el desastre: cogollos enteros, un tomate que se trocea en la misma sala de operaciones, una lata de atún. El chorro de aceite que todo lo mancha salva aquello de ser una ensalada esperpéntica.

Peores menús veo a diario. Sobre todo las mujeres que con la excusa del comer sano se castigan con mayores ausencias. Se llevan una menestra paupérrima que tratan de rescatar a base de chorreones de aceite de oliva. El comer ensalada mixta casi tres veces en semana. Y de plato único. Las grotescas raciones de verdura tratadas de salvar con un trozo de queso.

La lucha de los hombres es más digna, con filetes constantes, con el tomate de bote en todas partes. La preparación es menor pero al menos se resuelve la papeleta de llenar el estómago.

El comedor de empresa es un lugar enormemente íntimo. No sólo ves lo que uno come y cómo lo hace sino que puedes evocar la preparación de ese plato: anoche de prisa y corriendo, por la madre cariñosa, por la esposa que desatiende, por el marido con el que no se puede contar. Ves lo que cada cual entiende como una situación de emergencia. En mi caso siempre es la lata de albóndigas del DIA%, un subproducto digno de las tomas falsas de Viven. Para otros es la lasaña congelada del Mercadona. O una de esas latas de conservas con átomos de verdura.

Muy a menudo se ven mayores crímenes contra el estómago propio: los bocadillos. Porque nada terrible hay en los bocadillos, sino por el hecho de que a menudo el que recurre a esta última solución lo hace en régimen de absoluto abandono. Se van a las tristes máquinas de la empresa, se compran un rancio sándwich de pronóstico reservado, aderezado con la perpetua lata de coca-cola y a vivir que son dos días.

Salvo casos contados, la norma es el comer mal, el llevar productos de primera subsistencia. A mi me redime con mi situación personal, pensando que hay tantos otros que visten mejor y se encuentran mucho más cerca de la indigencia. Muchas chicas pasan hambre, no por los estragos de la anorexia, sino por los de un frigorífico desamparado. Hombres a una pieza de embutido pegados. Gentes a las que te costaría imaginar sobreviviendo dos años más así. Pero que a buen seguro lo harán.

Hay tantas cosas, que resulta difícil contenerse al torrente de información sobre la Humanidad entera que un comedor de empresa nos brinda. Los olores, basta con que alguien pasee su impúdica loncha de salmón para que todo quede apestado. O la macabra coliflor con mayonesa. Es una forma de comer irreverente, en que no se piensa en el lugar donde se hará: un comedor de empresa con microondas rotatorios de escasa limpieza. Uno sólo piensa que le apetecen unas coles, y eso se prepara la noche anterior.

Las comidas exóticas de pacotilla: los reconocibles tuppers de la comida take away de los restaurantes chinos, la comida mexicana de Tex Mex con su repugnante salsa de guacamole por la que alguien merecería morir. Comidas mundi de tres minutos en el microondas.

Es tanto lo que podría decirse. Me resulta difícil decir algo concreto, pero siempre quise escribir sobre el comedor de empresa, un lugar casi onírico. Al final lo que define al comedor de empresa es cada uno de sus comensales. El menú no lo componen croquetas o porciones de pizza, sino personas.

De primer plato, una mujer de cuarenta años que no sabe cocinar. De segundo, un hombre hecho y derecho que sobrevive a base de bocadillos. De postre, una manzana purulenta, de las baratas. De primero, un jefe de sección que lleva productos de olor repugnante. De segundo, una secretaria que come un menú sorprendentemente justo y equilibrado. Un aspirante a gran jefe que no es capaz de sacar la lasaña la noche anterior del congelador. De segundo, una paella de dudosa factura. ¿Si no eres capaz de cocinar una paella decente, por qué tendría que seguirse tu propuesta de reestructuración del Departamento?

Hemos perdido algo tan sencillo como nuestra capacidad culinaria. Los mismos que se mueren de asco a base de bocadillos critican con descaro el menú del restaurante, el día que comieron pagando. Los mismos que toman tortilla precocinada son los que hablan de haber estado en El Chistu. Ver comer a alguien en el restaurante de empresa es como verlo desnudo. Todos nos volvemos más gordos y más viejos en el comedor de empresa. Los romanos no preguntaban ¿A quién conoces?, preguntaban ¿Y tú con quién has comido?

Mi carrera militar

Mi primera opción cuando terminé la universidad era trabajar en el ejército. Ni grandes empresas, ni la gran teta del Estado, ni montar mi propio negocio. Mi idea era entrar en el ejército y hacer carrera.
Ahora con la perspectiva creo que no hubiera sido una gran idea. Que tenía una visión poco realista de lo que sería el ejército. Pero el caso es que siempre me ha gustado lo militar: las grandes batallas de la historia, las armas blancas y de fuego, pegar tiros, ganar medallas, ir todo el mundo vestido igual, comer en bandejas de plástico.
Con un título universitario en el bolsillo iba camino de la escuela de suboficiales. Porque una cosa es que a uno le guste el ejército y otra que quiera dedicarse la mitad de su vida a limpiar letrinas, cargar sacos de arena o desmontar fusiles. Es como en la cocina, puedes ser un fanático de las espumas de Ferrá Adriá pero no ves tu futuro en la cocina cortando pimientos y fregando encimeras. Porque lo bonito de la cocina es crear, así lo bueno del ejército es dar más órdenes que recibirlas.
Tenía buena forma física, la cabeza más o menos bien amueblada y ganas. Podría pasar con holgura los exámenes psicotécnicos y las pruebas físicas. Pero sin embargo había un gran impedimento que hizo que tuviera que descartar mi vocación: era un tarado.
Hoy en día los criterios para acceder al ejército han cambiado mucho. Ahora no hace falta ser español, basta con vivir en España o haber visto muchas películas españolas. Antes había que tener un cociente intelectual determinado ahora basta con saber pronunciar cociente intelectual o con saber disparar a alguien que sepa pronunciarlo.
En mi época había que hacer un filtro porque no había necesidad de soldados. Hoy en día, con ejército profesional y sin la mano de obra barata que eran los soldados de reemplazo, hay una demanda que nunca está suficientemente cubierta.
Como veía menos que un gato de yeso no podía acceder a la Escuela de Oficiales. Mis opciones de guiar un caza eran más bien escasas pero es que según los baremos no servía ni para organizar la tarea de los encargados de limpiar los suelos.
Así, viendo que porque tenía una tara no podría ser oficial y caballero no me lo pensé dos veces: si no puedes unirte a ellos, lucha contra ellos. Y fue entonces cuando aproveché mi condición de lisiado para librarme del servicio militar.
Porque en los años 90 aún los jóvenes tenían que hacer el servicio militar. Sólo los que estaban estudiando se podían librar del mal trance de manera temporal, pero al final tenían que pasar el compromiso con la Madre Patria.
Quiso el tiempo y un gobierno de derechas que esto cambiara. Si hubiera continuado prorrogando mi paso por el ejército – a base de inscribirme en absurdas oposiciones o en cursos universitarios – me habría librado como hicieron casi todos mis compañeros de estudios.
Pero en mi caso, tenía problemas de vista y podía aprovecharlos para aclarar mi situación. Y asín lo hice.
Lo primero fue hacer un examen médico. Fui a la seguridad social y me dieron cita para el oftalmólogo para dentro de tres meses. Como la prisa apremiaba opté por ir a un médico de pago pagado de mi propio bolsillo. Me tocó hacer la pregunta que tanto desagrada y que sólo hacen los muertos de hambre, tras pedir cita tuve que preguntar «¿Y cuánto me costará todo incluido?».
Con el papel del médico rellené unos documentos y luego me tocó esperar una barbaridad de tiempo. Después de un montón de meses me llamaron para hacer el examen médico militar. Me tocaría ir a Sevilla, la capital de Andalucía. Y como tenía el examen a las nueve de la mañana tendría que hacer noche en la ciudad de la Torre del Oro.

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Cartas del pasado

I

Toda mi vida me han estado ocurriendo cosas surrealistas. En parte por cómo soy, en parte porque me gustan y no pongo impedimentos a que sucedan. Pero sobre todo porque estoy predispuesto a ver las cosas con otros ojos.
Antes me carteaba con alguna gente, de ahí que conozca el correo convencional y mire los buzones con más interés que el que sólo espera recibir publicidad y facturas.
La carta más sorprendente que me han enviado – y creo que esto ya lo he escrito antes – es una que recibí escrita por mí mismo. Uno mismo es la última persona del mundo que esperarías que te escribiera una carta, aún por detrás del Rey de España y Paris Hilton. Por eso la impresión que me causó fue inexplicable.
Tardé cosa de un minuto en entender lo que sucedía, pero fue un minuto muy largo. La carta venía del pasado. La había escrito unos seis meses antes. En realidad no había escrito la carta, sino el sobre. Era el permiso de conducir de mi padre, renovado. El papeleo iba del siguiente modo: enviabas la documentación para la renovación junto con un sobre en el que figuraba tu nombre y dirección, ya con el sello pegado. El funcionario tramitaba el nuevo permiso y lo metía dentro del sobre, lo cerraba y colocaba en el buzón de correos. Todo esto podía llevar casi seis meses, el tiempo que tardé en recibir una carta escrita por mí mismo.

II

La segunda carta fue, si cabe, más extraña. Mis adorados vecinos tenían costumbre de robar correspondencia (no para leerla porque leer es aburrido sino en la remota esperanza de encontrar giros postales y billetes envueltos en papel de periódico) así que siempre podía uno esperar encontrar un sobre abierto o que llegara varios días después de la fecha del matasellos.
La carta en cuestión tenía matasellos de por lo menos hacía seis meses. Pero no estaba abierta.
Lo más intrigante no era eso, sino que el destinatario no era yo – ni nadie de mi casa. No coincidía la dirección. Aunque el nombre de la calle era parecido, el número no tenía nada que ver y el código postal tampoco. Aunque en el destinatario coincidía el primer apellido (bueno, se le parecía mucho) el nombre y el segundo apellido, no acertaban ni de lejos.
La carta no era, evidentemente, para ninguno de nosotros, pero la leímos con mucho interés.Tenía unas tarjetas de un pub y unas breves líneas que poco decían. No tenía remite ni datos que nos sirvieran para determinar el origen o el verdadero destinatario. La falta de Internet hizo que dedicáramos mucho tiempo a especular sobre el origen y el destino correcto para esa carta.
Pasaron varios meses y mi hermano tuvo que ir a una farmacia del centro de la ciudad. Al traspasar la puerta se fijó en que el Licenciado de turno tenía un apellido parecido al suyo. Al salir por la puerta tenía todos los cabos atados. La dirección escrita en la carta no coincidía con la de la Farmacia, pero el nombre era más parecido que el de la nuestra. El segundo apellido del supuesto destinatario también era diferente; En conjunto había divergencias pero las similitudes eran las suficientes como para probar suerte. Mi hermano le llevó la carta y efectivamente era para el farmacéutico.
¿Cómo pudo ocurrir algo así? ¿Cómo llegó la carta hasta mi casa, cuando nada coincidía?
La explicación menos probable es que un genial cartero recibió una carta que tenía, evidentemente la dirección errónea – era una calle inexistente en mi ciudad.
En lugar de devolverla, pues no tenía remite, trató por su cuenta de encontrar el destinatario. Necesitó varios meses hasta poder limitar la elección a dos posibles candidatos, el farmacéutico y mi hermano. El farmacéutico era el destinatario más probable, pero en caso de error la carta nunca habría llegado a mi casa. Tras haberse tomado tantas molestias el cartero estudió un poco a los aspirantes. Finalmente prefirió la segunda opción, pues en caso de error era más probable que mi hermano encontrara al otro sujeto, puesto que este atendía un negocio público y porque mi hermano era muy observador.
Tal vez no todo fue tan sorprendente como lo he contado. Lo que sí que es cierto es que la carta era imposible que llegara a mi casa y aún más imposible era que después pudiera llegar de vuelta al destinatario correcto. Y asín ocurrió.

El surnormal

Tengo un primo que cuando nacio se vió que no andaba muy católico de cráneo para adentro. Sin embargo para los padres, mis tíos, era un niño absolutamente normal y así se le tenía que tratar. Ahora con la distancia no sé qué es lo que tenía. No parece que fuera Síndrome de Down pero desde luego se notaba a golpe de vista que algo fallaba.
En presencia de mis tíos todo era de lo más normal en el niño pero cuando volvíamos a casa se hablaba sin tapujos de que habían tenido un niño subnormal, con una poca de maldad porque mi tío era un hijo de puta «y se merecía algo asín».
El niño fue creciendo y su sur(porque era un niño del sur de España) y normalidad (porque era perfectamente normal a los ojos de sus padres) se iban haciendo más y más evidentes. Tenía más cabeza que un burro blanco y gestos bruscos con la cabeza que no hacían presagiar nada bueno.
Con mi primo di mis primeros pasos en la hipocresía y en la tolerancia. Puede pensarse que tengo más desarrollada la primera cualidad o incluso algo atrofiada la segunda. El caso es que me resultaba tremendamente absurdo oír los planes de los padres sobre los futuros estudios universitarios de su hijo. Derecho estaría muy bien, pero habrá que esperar a ver qué decide él.
Las historias sobre sus problemas en el colegio eran constantes, casi siempre culpa de profesores y compañeros. El tratarlo como a una persona normal se convertía en un perpetuo problema. Los padres no querían entender por qué los niños se metían con él o se peleaban con un niño perfectamente sur-normal.
Las reuniones familiares eran tristes porque la mayoría de la gente se alegraba de que si algo así tenía que ocurrir le hubiera ocurrido a mi tío, que era un degenerado. Aunque tenían que tratar a mi primo como a un niño normal el trato era de forma inconsciente como el que recibe un niño pequeño. Los regalos por su cumpleaños eran de dos y tres años menos de su edad física y a él le encantaban.
Mis tíos seguían sin embargo hablando de su paso por el instituto, de cuando se echara novia y su inevitable paso por la universidad. Era mi tía la que sobre todo se preocupaba por él, tanto por hacerle la vida lo más normal posible como por hacernos creer a los demás que aquello alguna vez ocurriría.
Cuando mi primo despertó a la adolescencia lo hizo como un animal de bellota. Era un tipo corpulento, muy superior a su edad física y cuando le daba un calentón y se encontraba con la chica de la limpieza no atendía a razones. Esta lo conocía de hace muchos años pero no dejaba de ser un tío como un armario con la polla en la mano y más dura que el cemento armado. Esta lo rechazaba con mano izquierda pero cada vez le era más difícil. Al final la tuvieron que despedir.
Su despertar a la sexualidad fue infernal, lo hizo incontrolable. Las anécdotas se contaban con demasiada seriedad. Al niño le gustaba más un culo que a un tonto un lápiz. Quizás recibió algún tipo de medicación para detener lo que podía acabar en tragedia. No lo sé porque no le pregunté a mis tíos.
Estos se separaron. Los motivos son lo de menos. Llevaban muchos años sufriendo a un hijo perfectamente normal. Se echaban la culpa mutuamente por tener un ADN defectuoso. Mi tía porque fumaba durante el embarazo. Mi tío por ser medio estéril. En el divorcio salieron todos los trapos sucios del mundo. Mi tía, por no ser de sangre, quedó marcada por mi familia como la culpable de todo: del nacimiento del niño, de su incorrecta educación, de la separación. Además se quedó con el niño y con la casa.
En este caso la custodia fue una bendición para mi tío que nunca había hecho nada por su hijo y que por fin lo podía perder de vista. Tenía los fines de semana pero iba a por él uno sí uno no, y eso si no estaban las vacaciones de por medio. Además, por ser un niño perfectamente normal no tenía que pagarle ninguna manutención especial. El niño era culpa de mi tía y ella tuvo que encargarse de él.
Un día mi tía entendió que algo no había ido bien y decidió apuntar al niño a una formación profesional agrícola para que aprendiera alguna cosa práctica. En mi familia se vió como una rendición y motivo más para insultar a mi tía: había renunciado a la sur-normalidad de mi primo, echándolo a los leones de la Formación Profesional. Aparte esta era una formación profesional para tontos.
De esta historia tengo sólo un regusto amargo. Sé que mi tía es, fue y será una persona íntegra y admirable. Y mi tío un desgraciado. La supuesta normalidad de mi primo fue un continuo problema por cuanto mis tíos tenían que sufrir constantemente las frustraciones que da el no cumplir los objetivos de una vida normal. El no poder entender determinadas matemáticas o filosofía elemental, el no tener verdaderos amigos, el no poder dejar al niño solo, el que no quisiera salir con los amigos por las tardes, el no poder encontrarle novia, el no saber controlar sus instintos.
Gran parte del problema creo que estuvo en no aceptar una situación desde su origen. Mi primo era un subnormal, o deficiente mental, o necesitado de educación especial. De haberlo sido cualquiera de sus resultados (como aprender a jugar al ajedrez, terminar la primaria con cierta normalidad, el no jugar mal al fútbol) se podía entender como un pequeño triunfo. Pero al ser una persona absolutamente sur-normal se convertían en trivialidades que no merecían la más mínima celebración.
Esto por un lado frustraría a mi primo, que nunca tenía nada de qué alegrarse o que le hiciera sentirse mejor que los demás. Por otro acababa con la paciencia de mis tíos que sólo vivían en continua derrota. Mi tía podría haber recibido comprensión por parte de su familia y la vida habría sido más llevadera. Pero eligió un camino demasiado duro y lleno de sufrimiento.
Por eso mi opinión es que las personas diferentes tienen que serlo y no deben esforzarse lo más mínimo en tratar de conseguir la normalidad, que además suele ser patológica. La búsqueda de una normalidad inexistente causa enormes frustraciones y al final suele terminar en la rendición tras una agotadora lucha. Derechos para todos, igualdad ante la ley y ante los ojos de los demás, pero con diferencias.
Gracias a mi primo aprendí que merece la pena ser subnormal.
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Como arruinar una reserva

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Cosas que odio de los restaurantes
Pedir en el restaurante
se puede llegar a la afirmación de que tengo una relación de amor-odio con los restaurantes. Y es asín. Vamos a seguir ahondando en la herida. Hoy voy a hablar de las quedadas.
Hay una serie de personas que resultan tremendamente peligrosas a la hora de concertar una cita para comer. Es frecuente que te arruinen un plan impecable. Las más de las veces no lo hacen por maldad, sino por su forma de ser. Veamos algunas situaciones que provocan determinados tipos de personas que finalizan casi siempre en malas experiencias. Esta clasificación sólo se refiere a la forma de enfrentarse al hecho de reservar por parte de ciertas personas.
a) El multiplicador. Es aquella persona a la que llamas y propones un plan y si le gusta, lo hace extensivo a más amigos suyos, sin plantearse si eso te gustará o no. Por ejemplo, os vais a juntar los antiguos compañeros del instituto y llega uno que dice «me voy a llevar a unos amigos del gimnasio».
Este individuo es totalmente disruptivo: primero porque quita cohesión al grupo. Pero además porque te destroza las reservas. Tú a lo mejor tenías pensadas a unas diez personas pero ahora, sin saber el alcance de los amigos del gimnasio, no estás capacitado para cerrar la reserva sin consultar a esta persona.
b) El anulador. Muchas veces coincide con el anterior. Es el que ha provocado una serie de comensales en la cena y de repente realiza una gran anulación. Reservásteis para diez pero ahora resulta que sólo sois cuatro. Esto provoca un enorme malestar en el personal del restaurante. Mejor fallar a una reserva que convertir un grupo mediano en uno pequeño. Muchas veces tendrán que intentar reestructurar las mesas, a veces sin éxito. Y a menudo habrán perdido esas mesas, ese dinero, con el que al final todos pagas sus facturas. La situación crea tiranteces con los camareros que ya no os tratarán bien durante toda la cena.

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