La simultánea

La idea de dar una partida simultánea de ajedrez (simultánea, para mayor brevedad) en el colegio de mi sobrino no fue, desde luego mía. Sus padres insistían, y aunque me negué en varias ocasiones, acabé cediendo. Sabía que lo hacían por presumir. En un mundo en que cualquier niño normal tiene todos los juguetes de la televisión, y en un tiempo en que esforzarse para conseguir algo está hasta mal visto, la única forma de mostrar que se es más que los demás es mediante muestras de estatus, tan taimadas como sea posible.

Mi idea de ser el tío austero que en lugar de avasallar con regalos lo hace con enseñanzas, había fracasado hacía años. Realmente no creo que fuera una idea, sino más un deseo. Con el tiempo, abandoné toda esperanza hasta de que mi nombre fuera recordado. La simultánea era una buena oportunidad de hacer algo bueno por mi sobrino de una vez por todas.

Se suponía que estaría todo organizado y yo sólo tendría que jugar contra algunos niños. Perder un par de horas de trabajo, poco más. Sin embargo me acabé complicando un poco mediando para que el colegio consiguiera los tableros de ajedrez de la Federación. Pero he de reconocer que la dirección del colegio era bastante competente.

Para los hombres que no tenemos hijos, el mundo de los niños es un territorio totalmente vedado. A priori somos violadores y pederastas. Estuve saliendo unos meses con una chica que tenía una hija. Cuando la niña quería invitar a alguna amiga suya, tenía que pedir permiso a los padres, y la habitual respuesta era la negativa. Al fin y al cabo, no me conocían lo suficiente, y no podían dejar a su hija con un desconocido.

No era algo que me importara lo más mínimo, pero siempre me hacía sonreír conseguir una nueva negativa. El proceso era complejo y protocolario. La niña quería que su amiga viniera a algún sitio. Se lo preguntaba a la madre y ésta a mi. Tras conseguir el primer aprobado, la cuestión era elevada a la familia de la amiga.

La amiguita hablaba con su madre, que teóricamente lo consultaba con el padre. Luego llegaba la madre y explicaba que por ella no era problema, pero no así por el padre, que era algo desconfiado. La moción no pasaba la segunda cámara y la amiguita se quedaba llorando, mientras que nosotros nos podíamos marchar con un problema menos del que ocuparnos.

La situación era aún peor para el padre de la niña. Cuando era él quien tenía a su hija, ninguna de sus amigas iba tan siquiera a su casa. Un hombre solo, aunque sea un buen padre, siempre es peligroso.

Supongo que si se hubiera cumplido la ley al 100%, tendría que haber solicitado algún tipo de documento policial para dar la simultánea en el colegio. Nunca se sabe si alguien está, o ha estado en el registro de delincuentes sexuales. Pero me imagino que con lo complicado que resultó conseguir todos los tableros de ajedrez, la dirección no prestó mucha atención.

Así, llegué el día indicado y me encontré que la biblioteca estaba totalmente preparada. Las sillas, las mesas, el espacio para pasar, sólo hacía falta poner las piezas, sentar a los niños, y empezar a jugar. Me presentaron a la plana mayor del colegio, directores, jefe de estudios, la responsable de la biblioteca. La escuela estaba llena de mujeres. Dos tercios del profesorado en España son mujeres y un 95% de los estudiantes de magisterio son también mujeres. Una forma más de opresión por parte de los hombres, que por el contrario se aglomeran en los consejos de dirección de empresas del IBEX35.

Cuando llegaron los niños, me sorprendió su comportamiento ejemplar. Nunca olvidaré una simultánea que di en mi barrio, hacía décadas. Muchos de los niños eran de familias desestructuradas y tenían el típico comportamiento agresivo e incontrolado de los hijos de delincuentes, que tan bien retratan en The Wire. Casi ninguno fue capaz de terminar las partidas sin lanzar las piezas o directamente pelear con los compañeros de mesa. Aquello acabó mal.

Pero en el colegio de mi sobrino, todos los niños tenían unos modales británicos. Los profesores preguntaron quiénes querían jugar. Se apuntaron unos cuantos, suficientes como para llenar las mesas y que quedaran algunos a la espera. Luego llegaría otra clase más, lo que aumentaría la cola de espera. Mi sobrino y sus compañeros aparecían en ese segundo turno. La directora me explicó que entregarían tres premios a los mejores jugadores, aquellos que yo seleccionara.

Tras explicar el proceso de la simultánea a los niños, comenzaron las partidas. Para mi sorpresa, uno de los chicos, tan desorientado como los demás, desató la tormenta perfecta, hizo las dos peores jugadas posibles y se dejó el jaque mate del loco. Como no conozco a los niños de ahora, me guié por los criterios pandilleros, de mis tiempos de escolar. Para salvar de semejante ridículo a ese chico, le expliqué que perdía y que pusiera rápida y discretamente las piezas de nuevo, para empezar otra partida.

Estaba claro que en esa tanda de chicos no había ni uno solo que tuviera la más mínima idea. Vencerles a todos era trivial, mi única preocupación era cómo elegir a los tres ganadores de las medallas. Conforme los niños iban perdiendo, se iban marchando y sentando otros. Quizás uno había empezado muy mal, pero luego demostraba unas habilidades defensivas bastante dignas. En una partida de ajedrez, no juega mejor el que aguanta más tiempo, sino el que supone un desafío mayor.

Ya casi había terminado con todos los chicos de la primera ronda y elegí a uno de ellos un tanto por descarte. No era el tuerto en el país de los ciegos, era el ciego con mejores gafas de sol. Como curiosidad, el chico del mate del loco, que había tenido una segunda oportunidad, fue uno de los que más tiempo estuvo jugando. Lo cual no quiere decir que fuera de los mejores, ni mucho menos.

Llegaban los chicos del segundo turno y me quedaba la duda, ¿Entregar un segundo premio entre estos, o guardarlo para los siguientes? Había una chica que jugaba tan mal como los demás, pero que al menos mostró una cualidad que no tuvo ningún otro, ni de ese turno ni del siguiente: tener un par de huevos. Mientras todos los chicos se dedicaban a mover las piezas casi al azar, esa chica tuvo la osadía de plantar un par de amenazas. Triviales, pero intentos de hacer daño al fin y al cabo.

Ninguno de los niños sabía algo más que mover las piezas, así que a través de su forma de jugar, trasmitían un poco de su personalidad. Estaban los nerviosos, que se comportaban como si estuviesen ante una celebridad. Había otros que pensaban muchísimo, sin conseguir nada de tan aparente esfuerzo. Otros se dedicaban a dar consejos a los tableros de los lados, para luego jugar cualquier cosa en su partida. Muchos niños optan, por instinto, por jugar posiciones simétricas, casi siempre empezando con los peones de las esquinas (la peor estrategia posible). Pero algunos sorprendían con ideas relativamente potables. Sólo la chica mencionada antes intentó algún tipo de agresión y por ello se ganó todo mi respeto. Traté de recordarla como posible candidata a premio, pero en cuanto perdió, se marchó sin que pudiera indicársela a la directora del colegio.

Luego llegaron los niños mayores, entre los que estaba mi sobrino. Eran todos igual de malos, incluido él, que sin embargo sí había tenido alguna lección mía en el pasado. Su juego fue nefasto, lo cual me evitó cualquier atisbo de duda sobre si darle un premio a él o no. Uno de sus compañeros sabía jugar aperturas, lo cual fue toda una sorpresa, pero tras unas pocas jugadas, una vez se acabó lo que sabía de memoria, se desmoronó como un castillo de naipes.

Poco a poco se fueron marchando todos los niños. Me quedaban dos premios por repartir y sólo uno de ellos estaba claro. La simultánea comenzó con 15 niños, e iba moviéndome de tablero en tablero, para volver al inicial tras haber jugado en los otros 14. Conforme se iban eliminado tableros, mi vuelta era cada vez más pequeña, hasta que llega el momento mágico, muy fotogénico, en que el simultaneador se enfrenta a un único niño. Se acabó el pasear por la sala. Se toma una silla, y pasa a ser un encuentro de verdad, uno contra uno.

De pequeño fui ese niño que se quedó en la rueda final de la simultánea. Jugaba contra un tipo con aspecto de profesor de colegio de curas. Era una competición que organizaba El Corte Inglés. Al comenzar las partidas, el maestro sabía que yo era el hueso a roer y dedicó el tiempo suficiente a reflexionar contra mi como para llegar a ese final con una posición ganada. Me molestó mucho perder esa partida y lo tome como un aliciente para que no volviera a ocurrir en el futuro. Pocos años después, ganaría a ese maestro – que no era maestro de ajedrez, sino profesor de universidad – en una partida de torneo. Y también acabaría probando la satisfacción de estar del otro lado en esa misma competición del Corte Inglés, siendo ahora yo uno de los simultaneadores.

Así, en esta simultánea del colegio de mi sobrino, sólo quedaba un chico. Estaba totalmente perdido, con una pieza de menos, pero le permití disfrutar de la experiencia. Él sería uno de los ganadores de los tres premios, y el tercer premio acabaría en manos del chico que al menos sabía jugar las aperturas. Por instinto, me hubiera gustado más habérselo concedido a la chica, pero había desaparecido y estaba claro que mostró más actitud que capacidad de jugar bien.

Tras liquidar al último chico, que pudo presentar la imagen de último superviviente a todos sus compañeros, tuve una conversación de café con la directora. Era una profesora de raza, no sé si tenía tres o cuatro hijos. Disfrutaba con su trabajo y había demostrado una total competencia en la organización.

Le expliqué que para mi había sido un alivio que mi sobrino jugara tan mal, pues ni de lejos había aspirado a alguno de los premios. No le expliqué lo de la chica que se quedó sin medalla, porque con tanto niño, ya ni recordaba si era rubia o morena y mi criterio de selección podía parecer un poco irracional – que lo era. La directora me comentó que el chico que llegó hasta el final, el único ganador incuestionable de una de las medallas, era el hijo del subdirector. Por ser su hijo, y para evitar suspicacias, nunca podía ganar nada en el colegio. Era uno de los mejore estudiantes, pero estaba vetado de todas las competiciones escolares. El premio al experimento de ciencia, que había ganado mi sobrino y que se entregaría en la misma gala, quizás tuvo que haber sido para el hijo del subdirector, que vivía en una continua frustración. Tuvo que venir una persona de fuera, aparentemente imparcial, para que ese pobre genio tuviera su primer reconocimiento público.

Ajedrez en la escuela

20150228042924

Hay cientos de artículos que exponen las virtudes de aprender a jugar al ajedrez. Son tantas, que incluso parece que una persona no debería aprender ninguna otra cosa. En mi opinión están muy exageradas. Las listas, escritas por aficionados al juego o directamente personas que tratan de sobrevivir de él, me recuerdan al horóscopo, donde se plasman un montón de cualidades positivas sobre un signo como forma encubierta de auto halago.

Un Aries es una persona llena de energía y entusiasmo. Pionero y aventurero, le encantan los retos, la libertad y las nuevas ideas. A los Aries les gusta liderar y prefieren dar instrucciones a recibirlas. Son independientes y preocupados por su propia ambición y objetivos. Tienen una energía envidiable que a veces les lleva a ser agresivos, inquietos, argumentativos, tercos. Es fácil ofender a los Aries y, cuando se sienten ofendidos, es difícil hacer las paces con ellos. Aries es el primer signo del zodiaco y, en este sentido, su papel es empezar algo y liderar. Si un Aries empieza a creer en una buena causa, luchará sin descanso para promocionarla.

Diferentes investigadores concluyen que el Ajedrez estimula la creatividad, la concentración, el pensamiento crítico, la memoria, el éxito académico, la resolución de problemas, el enriquecimiento cultural, la madurez intelectual y la autoestima, entre otros aspectos de la personalidad.

En mi opinión, y es algo que tengo muy meditado, el ajedrez no aporta ninguna virtud de especial valor en sí mismo. Pero es un medio muy favorable para desarrollar determinadas cualidades.

Empecé con en el ajedrez en el colegio. Había jugado en casa antes pero no le encontraba nada especial al juego. Hasta que en mi clase organizaron un campeonato, que acabé ganando. Lo que me fascinó y acabó atrapándome para siempre fue la competitividad. Nunca antes había participado en una competición. Era un tiempo en que una editorial organizaba un concurso de dibujo. Todos los niños ganaban medallas de oro y, a la hora de recogerlas, los padres se enfrentaban a una charla comercial tratando de convencerles de que compraran una enciclopedia. Hoy en día esta tendencia es aún mayor. Era un tiempo edulcorado en que ganar estaba mal visto, no podía haber perdedores, lo importante era participar.

Pero el campeonato de ajedrez, por sistema de eliminatorias, tenía un único ganador. Por pura casualidad, aunque aún recuerdo el tesón con el que luchaba posiciones perdidas, acabé ganando. Luego jugué contra el campeón de la otra clase, que me ganó con suma facilidad. Ahí me enfrenté al fracaso y la derrota. Todo lo que podía darme el ajedrez lo conseguí en esa primera competición, sin profesores, sin clases, sin libros.

Los niños de hoy en día viven en un entorno almibarado donde no está bien visto ser mejor que otros. ¿Por qué estudiar de más si las únicas calificaciones posibles son apto y no apto? El ajedrez me hizo descubrir la competitividad, un concepto nuevo inexistente en el actual sistema educativo. Una cualidad intrínsecamente masculina – la sencilla razón por la que los hombres son mejores, en términos estadísticos, que las mujeres en el ajedrez. Esa agresividad característica del signo Aries, signo de famosos los ajedrecistas Gari Kasparov y Viktor Korchnoi.

La vida de los niños es a veces brutal. Los padres vuelven a casa totalmente enfadados porque alguien les ha dicho algo irrespetuoso en el trabajo. Mientras que en el colegio los insultos despiadados eran diarios, pegar, rutinario. Casi todos se llevaban una paliza – a veces entre varios – al año. Se robaban bocadillos y cromos. Fuera de las aulas entendías que el mundo era una jungla, pero luego te sentabas en el pupitre y el 75% acabaría obteniendo palmaditas en el hombro sin hacer prácticamente nada. En el ajedrez encontré una actividad intelectual que tenía algún paralelismo con la competitiva vida real.

Como toda persona de vida desestructurada, me cambié de colegio y por casualidad acabé en una escuela donde había mucha afición al ajedrez. Un profesor era un fuerte aficionado al juego y como era el director del centro, hacía en su cortijo lo que le daba la gana. Competiciones, partidas simultáneas, me hice agnóstico para cambiar las clases de religión por partidas con el director en la sala de profesores. A la mayoría de la gente no le interesaba el juego pero había unos cuantos que jugaban y casi todos eran mejores que yo.

En un irracional proceso mental, asumía que, como ganador del otro campeonato, también tenía que ganar el de ese nuevo colegio. Aunque el libro ‘The Secret‘ cuenta que basta con desear mucho una cosa para que ocurra, la realidad es que para conseguir lo que uno desea casi siempre hay que esforzarse. Esa aquí donde encontré gracias al ajedrez otra cualidad que la escuela no fomentaba: la cultura del esfuerzo. Se habla mucho de ella, pero todos sabemos que, al menos en España, hasta que no llegas a la Universidad no tienes apenas que esforzarte, salvo que seas un estudiante por debajo de la media.

La tercera cualidad, que conseguí con el ajedrez, quizás la mejor de todas, fue la del estudio. Llegó un momento en que me di cuenta de que no bastaba con jugar mucho para progresar. Había que estudiar libros. Pero no era como en el colegio, donde te decían qué página de qué libro tenías que estudiar qué día. Con los libros de ajedrez no tenía ningún tipo de criterio a seguir. Un día estudiabas aperturas y por la tarde tenías una partida que perdías por jugar un mal final. Otro día estudiabas finales y cuando jugabas estabas atrapado en una posición perdida desde el principio. Luego sabías finales de torres pero te ganaban en un final de damas. Aprendías de la defensa siciliana y todo el mundo te jugaba la defensa francesa. Entonces te aprendías la defensa francesa y te topabas con gente que se la sabía mejor que tú.

Nunca sabías lo suficiente. Pero cada vez sabías más. Y otra de las grandes cosas que descubrí en ese proceso fue a cuestionar los libros. Recuerdo una variante de la apertura ‘Gambito Budapest’ que estudié de un libro argentino. El manual te explicaba una serie de jugadas y recuerdo una posición, que calificaba como igualada. Pero en la que había una jugada más o menos obvia que me parecía que desequilibraba totalmente la posición. Dediqué horas a tratar de encontrar ese equilibrio que anunciaba el libro. Meses después, pude preguntarle a un profesor sobre dicha posición. ¿Qué sucede si las blancas hacen esta jugada? ¿Parece que ganan no? También a él le pareció acertada mi opinión. Así es como me di cuenta de que, en algunas cosas, sabía más que lo que estaba escrito en los libros. Era una sensación poderosa que jamás habría conseguido en la escuela.

Para aquel entonces ya no era un estudiante de ajedrez, me había convertido en un bicho raro, mejor que ningún otro niño de mi edad en mi entorno. Del ajedrez había aprendido todo lo que tenía dentro de mi que no podía desarrollar con ninguna otra herramienta a mi alcance. La agresividad o competitividad, el deseo de ganar. La cultura del esfuerzo y la responsabilidad ante los éxitos o fracasos personales. El estudio a alto nivel, estudio entendido como una labor infinita. Profundizar en una materia hasta el punto de cuestionar algunas ideas publicadas. El ajedrez me ayudó a desarrollar mi personalidad y me aportó una autoestima exagerada. Me permitió ser algo más que una de esas personas clónicas cuyas aficiones son escuchar música, salir de tapas e ir a la playa. En ese proceso encontré a cientos de otros chicos que renunciaban a aprender de libros, que no tenían ese ansia por ganar. A los que les daba pereza pararse a pensar en una posición complicada. ¿Qué hubieran conseguido esos chicos del ajedrez si se les hubiera enseñado como una asignatura en el colegio? Prácticamente nada. Además, que el hecho de formalizar el ajedrez como materia de estudio implicaría caer en los errores de la educación general: nula competitividad, esfuerzo deliberadamente limitado, estudio cuadriculado.

Con el paso de los años fue encontrándome con retos nuevos, hasta llegar al punto de empezar a enfrentarme a jugadores muy superiores. Llegó un punto en que ya no bastaba con estudiar más, con el ajedrez descubrí que sencillamente hay gente que es mejor que tú. Y que siempre lo será. Aunque se dedicara todo el PIB español a mi progreso en el juego durante 20 años, jamás seré mejor que el mejor jugador español. Otra lección de las que no te enseñan en el colegio: simplemente hay gente que es mejor que tú y no pasa nada. Años después encuentras a gente con un puesto laboral mejor que el tuyo, o que tiene más dinero. Ante eso, uno siempre puede argumentar aquello de ‘pero no es mejor que yo’. En el ajedrez encontré a esas personas que sí son mejores que yo y eso me ayudó a tener una saludable humildad.

Ahora bien, yo llegué a esa conclusión cuando lo había dado todo de mi. En el colegio, niños que renuncian al esfuerzo, a estudiar, claudican y aceptan de inmediato el que hay jugadores mejores que ellos. Uno de los jugadores más talentosos que he conocido siempre se quejaba de que él podría haber sido mucho mejor si hubiera estudiado – y es verdad. Gracias a mi recorrido vital por ese juego tengo la certeza de que yo no y es una sensación que tiene algo de tranquilizadora y justa.

Aún aprendería una última importante lección, pero ya fuera de la época de estudiante, que guardo para otra ocasión.

En conclusión, le debo mucho de como soy al ajedrez. Y es un juego que me sigue encantando. A diario veo partidas o juego con desconocidos por internet. Pero no creo que sea la panacea. Precisamente el estructurarlo como una asignatura escolar aniquila ciertas de sus virtudes, las más valiosas en mi opinión. Y sobre todo está el hecho de que las horas del día son limitadas. Todo el mundo quiere, como yo hiciera en su momento, sustraer horas de religión para dárselas al ajedrez. Pero también se las quieren quitar para dárselas a la ética, la economía, las matemáticas, la programación. Habría que empezar por tener tres horas diarias de religión en las clases para luego poder satisfacer a todos con el reparto.

A la pregunta, ¿Que enseñarías durante dos horas a la semana a niños de colegio de forma que cambiaras la vida de la mayoría de los estudiantes para mejor? jamás respondería ajedrez. Yo les enseñaría economía práctica.

España: Una potencia en ajedrez

A todos los españoles nos gusta criticar a España. Total, España son todos menos mi familia, mis amigos y yo. Cada vez lo hago menos porque me parece fácil. Y porque normalmente es injusto.

Hace unos días vi una estadística de esas que se hacen con Excel y mucho aburrimiento, que mostraba información sobre los jugadores de ajedrez de la lista de la Federación Internacional. Sin mucho ruido, sin salir en ninguna parte porque el ajedrez ya no interesa a nadie, destacaba un tremendo absurdo: España es una potencia mundial en ajedrez.

Y no digo potencia como en Formula 1, que corren dos, o en gimnasia artística que coincida que tengamos al mejor del mundo…y luego nada. Los ajedrecistas españoles son buenos, pero a nivel mundial nunca han sido nada. O nada como para estar en la superélite (Paco Vallejo que me perdone).

En lo que es España una potencia, y de las más difíciles de conseguir, es en la masa. Sin tener al Campeón del Mundo, sin haber ganado nunca nada, a fuerza de esfuerzos pequeños de gente que han ido creando un ecosistema de escuelas de pacotilla, de torneos de medio pelo que siempre ganan rusos – con o sin papeles. Poco a poco, sin que nadie se entere, España se ha consolidado y convertido en un país donde juega al ajedrez mucha gente.

Obviamente hay mucha más gente interesada en los toros, el fútbol o el balonmano. Pero aún así son muchos.

Las dos primeras estadísticas muestran que España tiene muchos jugadores:

Número de jugadores con puntos del ranking internacional

La siguiente indica que la tendencia reciente es de mucho crecimiento en España, somos el país donde más aumenta el número de jugadores. De todo el mundo.

Aumento en el número de jugadores con puntuación internacional

Y luego una muestra de la modestia de nuestra élite ajedrecista, a nivel mundial y tras ver que en volumen hay muchos jugadores:

Jugadores con Título Internacional (en los años se indican Grandes Maestros)

Puede decirse que la antítesis de España es Inglaterra, que tiene poquísimos jugadores pero está cansada de tener a maestros de altísimo nivel.

¿Qué es mejor, tener a dos gatos, a ser posible extranjeros nacionalizados, que sean muy buenos, o tener a un montón de gente que echa las mañanas de los domingos en eso?

Con la salvedad de que hay países muy poderosos que no tienen puntuación internacional, porque para eso hay que pagar unas cantidades de dinero, aún siendo modestas, España es la tercera potencia mundial después de Rusia. Te pasas.

Fuente: Chessbase, que cita a esta fuente original.

Ordenadores y ajedrez en 1985

Gary Kasparov, en su reciente libro sobre sus enfrentamientos por el título mundial con Anatoly Karpov, menciona sin más detalle una de sus primeras experiencias contra ordenadores:

A finales de mayo llegué a Hamburgo, donde vencí en mi match contra Hübner 4,5-1,5 (3 ganadas, 3 tablas), di una simultánea de cinco horas contra computadoras de ajedrez (32-0) y tuve una larga entrevista con la revista alemana Der Spiegel, que financió la gira.

Indagando un poco al respecto se pueden ver online algunas de esas partidas:
Garry Kasparov vs Superstar 36K
Garry Kasparov vs Superstar 36K

En la primera de ellas, la máquina es abierta en canal como cerdo en matadero. En la segunda, la lucha por la victoria es mucho más compleja y difícil para el futuro campeón mundial.

Sin conservar la partida citada, Kasparov menciona en un interesante artículo de Chessbase, de donde se han tomado las fotos que muestro, las dificultades que le opuso una de las máquinas:

Llegado a un punto, me di cuenta de que estaba deslizándome en terreno pantanoso en una de las partidas, contra uno de los ordenadores de la marca “Kasparov”. Si esa máquina ganaba o aunque tan sólo empatara, la gente lo primero que diría es que me habría dejado la partida para llamar la atención de la empresa, así que intensifiqué mis esfuerzos. Eventualmente encontré una forma de engañar a la máquina con un sacrificio que esta no debía haber aceptado.

Sería muy interesante poder ver esa partida, en la que el mismo Kasparov reconoció que probablemente estaba perdiendo, ya en 1985.

Los personajes que se ven en segundo plano, encargados de las máquinas, tienen toda la pinta de usuarios avanzados de Unix, en la segunda foto se ve a uno que es idéntico a Dwight Schrute, el personaje de la serie “The Office”.

¿Con qué sueñan los peones?

I

En los inicios del ajedrez, cuando un peón llegaba a la octava y última fila obtenía como premio su conversión automática en reina. Este proceso se denomina coronación.

Lo que hoy se nos antoja como un sueño hecho realidad para el humilde peón, no lo era tanto. La reina era una pieza relativamente modesta, con mucha menos movilidad que la torre o el caballo. Era como un alfil venido a menos pues sólo podía mover un paso en diagonal.
Así, la conversión del peón a reina no era sino una especie de promoción militar. El soldado raso asciende a Cabo pero no a General.
Sin embargo la figura de la reina acabó convirtiéndose en la pieza de más movilidad y por tanto más importante del tablero. Pero la regla se mantuvo: el peón podía seguir convirtiéndose en reina al llegar a la última línea.

II

Aún suscita dudas entre los aficionados la regla. ¿Si uno corona su peón y no le han comido la reina, puede colocar una segunda reina sobre el mismo tablero?
Lo cierto es que sí, uno llega a la última línea y elige la figura que quiera. Pero tampoco esta regla fue siempre así. En el pasado sólo se podía elegir entre las piezas ya capturadas por tu rival. Lo cual puede ser un problema, ¡Sobre todo si tu rival no ha capturado ninguna! En tal caso se llegaba a una situación realmente peculiar: el peón se quedaba en la última línea, esperando una captura de pieza propia. En el momento de que aparecía una de ellas, era canjeada por el peón.
Esto puede llevar a situaciones interesantes, incluso a jaques mates espectaculares causados por dejarse capturar una pieza, que en lugar de desaparecer del tablero se traslada de lugar.

III

Aún a mediados del siglo XIX, con el férreo apoyo del campeón del mundo Steinitz, existía una regla reminiscencia de la anterior: si el peón antes se quedaba en la octava esperando su transmutación, también estaba permitido dejarlo como tal. Es decir, al coronar un peón era posible elegir entre cualquiera de las piezas del juego de ajedrez, salvo el rey, o bien elegir peón.

Esta fatídica regla número 13, de redacción altamente imprecisa, decía lo siguiente:

Cuando un peón alcanza la octava fila, el jugador tiene la opción de elegir una pieza, haya sido esta previamente capturada o no, cuyo nombre y poderes asumirá, o decidir si el peón permanecerá como peón.

Esta regla no era universal. Sólo era propia de la Federación Británica de Ajedrez (y por tanto también empleada en otros territorios como Canadá) y tratando de unificar las leyes a nivel mundial en el Congreso de 1862 se decidió que el peón no podría quedarse como peón.
Este singular peón, el peón tonto (dummy), fue motivo de debate. Steinitz estaba a favor de que se pudiera quedar en la octava fila, como si nada. Aunque altamente improbable, podría servir como recurso defensivo en situaciones en que un bando busque el ahogo de su rey, y las consiguientes tablas.
La regla era además muy imprecisa, al no definir si uno podía pedir una pieza de color contrario al propio al coronar su peón, lo cual también podría resultar un recurso defensivo tan espectacular como improbable.

En este problema de fantasía, las blancas consiguen dar jaque mate en un movimiento, aplicando la histórica regla nº13. La única forma es coronando su peón y eligiendo como pieza ¡Un caballo negro!

La Wikipedia tiene un artículo muy extenso y completo sobre los diferentes tipo de coronaciones de peones.

El título del post es el de un capítulo del clásico libro de Alexander Koblenz El mundo mágico de las combinaciones.

Este artículo es de un borrador del 2008, no podéis imaginar la cantidad de basura que me tengo a medio publicar.

Jeopardy

Jonathan Schaeffer (nacido en 1957) es el investigador detrás de Chinook, un desconocido programa informático responsable de uno de los hitos de la programación: el primer programa informático capaz de “ganar” al campeón del mundo de damas, Marion Tinsley, en 1994.

Era la primera victoria de un ordenador en un juego lo suficientemente complejo para no ser “cálculo puro”. Los juegos en que el número de posibilidades son finitas – casi todos los conocidos – son juegos deterministas, en que a priori una máquina de potencia lo suficientemente poderosa podría determinar las posibilidades de victoria y elegir siempre la mejor opción posible.

El número de jugadas posibles en las damas es mucho menor que en el ajedrez, pero aún así en los años 90 la capacidad de cálculo de los ordenadores era lo suficientemente limitada como para que el programa Chinook marcase un hito importante en la inteligencia de las máquinas.

Aunque la repercusión de este logro fue mucho menor que la victoria de Deep Blue sobre Kasparov, reflexionando un poco creo que hay quizás mucho más mérito en el trabajo de Jonathan Schaeffer tratando de resolver el juego de damas. Por un lado es un trabajo mucho más ingrato, al no aspirar al aplauso de la Humanidad. Todo lo más esperar aparecer en algunos noticieros pequeños y alguna que otra referencia científica. Por otro lado, el equipo de Schaeffer se encontró con la dificultad del juego de damas donde las diferencias entre los jugadores son abismales.

Si escribiera un programa de ajedrez, podría contar con por lo menos 200 jugadores en todo el planeta que me podrían asesorar, con un margen de error mínimo, indicándome si ese programa sería capaz de ganar o no al mejor jugador de ajedrez del mundo.

Pero con las damas no sucedía lo mismo. El mejor jugador del mundo, Marion Tinsley, era tan superior a todos los demás, que dejó de participar en el campeonato del mundo durante diecisiete años porque no tenía rivales. Ganó el campeonato del mundo de damas durante los periodos 1955–1958 y 1975–1991. Y en el hiato de enmedio ¡No participó! Tinsley fue el mejor jugador del mundo durante 36 años. Solo perdió cinco partidas en sus 45 años de carrera. Un récord insuperable en cualquier otra disciplina competitiva.

La única forma de demostrar que el juego de damas era lo suficientemente bueno era ganando a Tinsley. Por mucho que programaran sus autores, no tenían otro jugador tan bueno como para valorar la calidad del programa. Aunque ganase al segundo jugador del mundo por un resultado abultado, eso no quería decir nada, pues también Tinsley lo hacía.

Pero a diferencia del campeón del mundo de ajedrez, que sólo se mostró dispuesto a competir contra Deep Blue por muchísimo dinero, Tinsley había pasado toda su vida frustrado al ser el mejor jugador de un juego en que no tenía rivales. Este campeón del mundo de damas estuvo dispuesto a jugar un match contra la máquina, que había vencido en el campeonato de los Estados Unidos, lo que teóricamente le daba el derecho a jugar por el campeonato del mundo – cosa que la Federación no permitió.

Justo en el ocaso de la carrera de Tinsley el equipo de Jonathan Schaeffer tenía un programa lo suficientemente competitivo. En 1992 consiguieron organizar un match – Campeonato del Mundo extraoficial – contra Marion Tinsley en el que la máquina perdió 4-2 – los encuentros de damas están abarrotados de partidas que acaban en tablas y no se cuentan. Las dos victorias contra Tinsley son todo un récord, recordar el récord del campeón que sólo había perdido cinco partidas en toda su carrera anterior.

Dos años después, en 1994, el ordenador estaba preparado para la revancha. Cuando Tinsley y Chinook iniciaron este match del hombre contra la máquina sucedió la tragedia: el campeón humano, que se había retirado del juego y sólo competía por mostrar si la máquina era lo suficientemente buena, tuvo que abandonar el encuentro cuando sólo se llevaban seis empates disputados. Le habían diagnosticado un cáncer de páncreas del que moriría pocos meses después.

El encuentro quedó empatado pero para la gente de Schaeffer eso no podía ser un empate. Porque a partir de ahí podrían ganar a todos los jugadores del mundo, siempre, pero no por ello tendrían la seguridad de que la máquina era lo suficientemente buena. Había que ganar al mejor jugador de todos los tiempos.

Ese encuentro, suspendido por motivos de salud, cuenta como victoria de la máquina, una agria victoria por abandono del rival. El match fue retomado al año siguiente, 1995, por el campeón del mundo de damas oficial, que perdió contra Chinook por un resultado de 1-0 y 31 empates.

A partir de ese momento el equipo de Schaeffer anunció que dejaría de competir, algo que ya no tenía sentido, y se limitaría a resolver el juego de damas. Resolver el juego de damas es algo tan ambicioso como garantizar el resultado de la partida antes del comienzo. Como era de esperar, el resultado de una partida de damas perfecta es el de empate. Pero ningún jugador humano puede garantizar ese empate. Muchos años después, doce años para ser exactos, en 2007, pudieron terminar el desarrollo de un programa que nunca pudiera perder a las damas.

En el camino, Deep Blue había vencido en 1997 a Kasparov, con enorme revuelo de medios de comunicación. Los investigadores canadienses dirigidos por Schaeffer seguían en su tarea ingrata y casi infinita de resolver el aparentemente sencillo juego de damas. Dieciocho años volcados en resolver un juego al que nadie juega, al que nadie aprecia y sin poder jamás demostrar que es el mejor jugador de todos los tiempos.

La resolución de juegos ha llegado al límite con el anuncio – de menor repercusión aún que las victorias de Chinook – de que IBM tenía un programa capaz de vencer a los mejores jugadores de Jeopardy, un popular programa de preguntas y respuestas en Estados Unidos. Estamos hablando de un programa que puede responder a la pregunta “¿Cual es la obra más popular del poeta más popular de Inglaterra que tiene lugar en Italia?” o a la de “¿Cuál es el nombre de la menor de edad que testificó en el juicio contra un primer ministro europeo?”.

Para llegar a responder a esas preguntas un ordenador tiene que tener una capacidad de comprensión del lenguaje extraordinaria y eso es un hallazgo que supera de largo a la televisiva derrota de Kasparov contra Deep Blue o la presentación del penoso traductor de Android. Es un paso de gigante en la hipotética posibilidad de que escribas en un cuadro de texto “¿Cuál es la hipoteca que más me conviene, siendo como soy un gañán?” y que el programa te responda con una sugerencia concreta y acertada “La de Caja Caminos” – todo lleno de publicidad a los lados, se sobreentiende.

Fuentes: Gonzalo S. me envió por correo la apasionante figura de Tinsley. Muchas gracias.
Seth Roberts, por el enlace al vídeo sobre la máquina que responde al Jeopardy.

Desempate por subasta

En las competiciones de ajedrez en que se requiere de un ganador claro, como suelen ser los campeonatos nacionales o mundiales, se está generalizando el uso de sistemas de desempate directos en que los jugadores que terminan empatados a puntos tengan que enfrentarse entre sí para dilucidar un ganador.

A diferencia de otros deportes que funcionan por sistemas de liga o de eliminatorias, en ajedrez es bastante común que los rivales se enfrenten a un número limitado de oponentes y es perfectamente posible que el primer y el segundo clasificados no se hayan enfrentado entre sí. Es habitual que el primero y el segundo hayan empatado en su encuentro particular y tampoco es imposible que el segundo le haya ganado incluso al primero.

Todo esto desvirtúa la figura del ganador y es por eso que en los últimos años cuando hay un empate en el primer puesto muchos torneos exijan que los rivales se enfrenten entre sí, ya sea por eliminatorias o en una liga en que todos los empatados juegan una partida contra los demás.

Aún así, la siempre posible figura de las tablas hace que también estos sistemas disten de ser perfectos. Por problemas de agenda – los jugadores tienen vuelos de vuelta pendientes, los hoteles y locales de juego se contratan por un tiempo limitado – los desempates tienen que ser ágiles. Pero si aún estos pueden volver a concluir en otro empate, la situación no deja de ser problemática.

Una idea que se suele emplear como último recurso es la partida desigual en que en caso de empate, sean las negras las que se declaren vencedoras. Este sistema sólo suele usarse como desempate al desempate del desempate. Y es que es un recurso que gusta poco ya que, cuando en caso de empate son vencedoras las piezas negras, todo el mundo quiere jugar con negras.

Entonces, para intentar equilibrar la situación en que los dos rivales querrían jugar con negras, lo que se suele hacer es dar algo más de tiempo a las blancas. Y como el tener más tiempo sólo se nota en partidas con ritmos de tiempo muy cortos, se llega a la necesidad de que la partida sea más o menos rápida.

Un sistema sencillo de desempate definitivo es el que da a las blancas 6 minutos de reloj y a las negras sólo 5 minutos y la ventaja de que el empate les cuente como victoria. Aún así, todo el mundo prefiere ser las negras en esta situación. Y al final quien juega con negras suele decidirse por el sistema de desempate de toda la vida: lanzando una moneda al aire. Con lo que a pesar de lo sofisticado de estos sistemas de desempate, gran parte de la solución gira en torno al sistema de desempate más injusto que existe: el puro azar.

En chessbase muestran una nueva vuelta de tuerca que se produjo en el Campeonato Juvenil de los Estados Unidos. En una última ronda cargada por el diablo se dieron las condiciones para que se produjera un triple empate en el primer puesto entre Sam Shankland, Ray Robson y Parker Zhao. Que sean tres los empatados no hace sino empeorar las condiciones. Pero la organización había fijado un sistema de desempate realmente enrevesado.

En primer lugar Ray Robson, como primer clasificado de entre los empatados, podía elegir si quería jugar la primera partida o descansar y pasar directamente a la final. Su decisión era bastante compleja ya que el llegar a la final es de por sí ventajoso pero en tal caso tendría que bailar con la más fea: jugar con blancas en la final con la obligación de ganar. Aún así, Ray Robson elegió ir directamente a la partida final, dejando a sus dos rivales con otra patata caliente.

Ahora se eligió como sistema de desempate entre Parker Zhao y Sam Shankland el jugar una partida en que las blancas tienen obligación de ganar y más tiempo que su rival. Ahora bien, para que no todo el mundo quisiera jugar con negras, se les ofreció un sistema de subasta inversa de tiempo: ¿Cuál es el mínimo tiempo con el que estarías dispuesto a jugar con las negras?

Las blancas jugarían con 45 minutos de reloj (más cinco segundos por cada jugada que hagan, igual que la negras) y las negras tendrían que subastar el tiempo con el que contarían, partiendo de un máximo de 60 minutos. Quien eligiera el número más bajo conseguiría las negras, pero tendría que jugar con ese tiempo de reloj.

La subasta fue realmente ajustada ya que Sam Shankland solicitó 31 minutos y Parker Zhao 29 minutos y 54 segundos, por lo que el ganador (de la subasta) fue Parker Zhao que jugó con negras ante Sam Shankland, con casi un 50% menos de tiempo pero con el empate de su parte.

Al final el campeonato terminó del siguiente modo: Sam Shankland ganó con blancas cuando tenía la obligación de ganar y fue a la final contra Ray Robson, esta vez con la tranquilidad de poder empatar la partida. Ray Robson arriesgó en la búsqueda de la victoria y acabó perdiendo, por lo que Sam Shankland se proclamó Campeón Juvenil de los Estados Unidos en uno de los torneos que pasarán a la historia más por lo complejo de su sistema de desempate que por ninguna otra cosa.

Ajedrez. La mejor jugada

Un interesante estudio estadístico sobre las partidas de ajedrez, tomando los datos de una base de datos aceptable (4.200.000 partidas) que no son exclusivamente de Grandes Maestros, permite obtener unos datos representativos de la partida de ajedrez:

La media de jugadas de una partida es de 57,63 medias jugadas (una de blancas o de negras). Lo que en jugadas normales se traslada a 28,8 jugadas. Es menos de lo que esperaba (me imaginaba 35 aproximadamente).

Las blancas ganan mayor porcentaje de partidas en septiembre, mientras que las negras alcanzan su máximo de victorias en abril (!).

La apertura más veces jugada, según los códigos Informator, es la B22 (Variante Alapin de la defensa Siciliana).

La fuente muestra una interesante lista con las aperturas en que hay más victorias de blancas y de negras. Esto tiene una posible explicación: hay aperturas “de blancas” (como la variante del cambio de la apertura española, el ataque Keres, o el gambito de rey) en las que el jugador de blancas suele estudiar sus variantes favoritas mientras que el de negras suele improvisar o tener una sola forma de respuesta. Igualmente hay aperturas de negras (son las más, como el gambito Budapest, la variante Svesnikov o el ataque Marshall). Cuando un rival conoce mejor su apertura y sorprende a su rival, suele obtener buenos resultados.

También hay aperturas que son sencillamente malas para uno de los dos bandos (C00, variantes irregulares de la defensa francesa (el irregular es el juego del blanco)) y tienen que ofrecer malos resultados.

El punto más interesante de toda la estadística es, en mi opinión, obtener la mejor jugada posible. ¿Cuál es la jugada que, caso de hacerla un bando, gana mayor porcentaje de partidas?

Al final por lógica, se aúnan tanto la potencia de convertir un peón en reina (al llegar a la última fila) con el hecho de que esa llegada puede hacerse mediante una captura (¡Dos pájaros de un tiro!) . Y puestos a elegir sitio, el mejor de todos es capturar con el peón blanco de f7 una pieza en g8.

Así, la jugada que más probablemente lleva a la victoria de todas es f7xg8 =D!! Con ella las blancas tienen una probabilidad de ganar mucho más elevada que las negras (de 6.4 a 1).

Como curiosidad (y por aportar algo), una partida en la que las blancas hicieron la mejor jugada posible y aún asín, perdieron: Minasian-Tiviakov, Frunze 1989.

1. e4 c5 2. Cf3 d6 3. c3 Cf6 4. h3 Cc6 5. Ad3 d5 6. e5 Cd7 7. e6 fxe6 8. Cg5 Cf6 9. Axh7 Cxh7 10. Dh5+ Rd7 11. Cxh7 De8 12. Cf6+ exf6 13. Dxh8 b6 14. O-O Aa6 15. Te1 Dg6 16. d4 cxd4 17. Dh4 e5 18. Cd2 Ad6 19. Cf3 Ad3 20. cxd4 e4 21.Ch2 Cxd4 22. Af4 Cf5 23. Dg4 Dxg4 24. hxg4 Axf4 25. gxf5 Ae5 26. Tad1 Axb2 27.Te3 Rd6 28. Tg3 a5 29. Txg7 a4 30. Cg4 a3 31. f3 Ac4 32. fxe4 Axa2 33. e5+ fxe5 34. Tg6+ Rc5 35. f6 Ac4 36. f7 Tf8 37. Ch6 d4 38. Tg8 Txg8 39. fxg8=D Axg8 40.Cxg8 a2 41. Cf6 d3 42. Rf2 Rc4 43. Ce4 a1=D 44. Txa1 Axa1 45. g4 Ad4+ 46. Re1 Ac5 47. g5 Af8 48. g6 b5 49. Cd6+ Rc3 50. Rd1 b4 51. Ce4+ Rd4 52. Cg5 b3 53.Rc1 e4 0-1

Simétricamente, la mejor jugada para las negras es también una coronación. En este caso de un peón en a2 capturando en b1 una pieza y a la vez coronando. a2xb1=D!!.

The Fascinating King’s Gambit

Descreído de “la inteligencia colectiva” o “la revolución de los amateurs” no puedo despreciar sin embargo alguna de las obras extraordinarias creadas por aficionados. Este es el caso del sorprendente libro The Fascinating King’s Gambit.

El libro fue escrito por el sueco Thomas Johansson, que sólo tiene un rating de fuerte aficionado: 2206 (sólo en España habrá más de 200 jugadores que superen ese rating).

¿Cómo puede un aficionado escribir no ya un libro bueno sino importante sobre ajedrez? Pues no sólo puede, sino que debe porque los jugadores profesionales de ajedrez no suelen dedicar apenas tiempo a esta tarea, secundaria fuente de escasos ingresos. Los libros de reconocidos Grandes Maestros suelen ser malos o muy malos. Lo triste es que en estos casos lo mejor que puedes esperar es que el libro lo haya escrito otro y simplemente la figura famosa haya firmado con su nombre. Porque si lo ha hecho el propio profesional, el resultado puede ser catastrófico.

Los Grandes Maestros de ajedrez sólo escriben buenos libros si se refieren a sus propias partidas. Mención aparte merece la serie “escrita” por Kasparov de Mis Grandes Prededecesores, con algunos de los mejores libros de las últimas décadas, en especial los que tratan sobre Karpov o él mismo.

Los libros de ajedrez se centran principalmente en el estudio de las aperturas. Los primeros movimientos, al ser los únicos que se pueden preparar en casa, son los más estudiados. Además son los más transcendentales ya que una buena posición inicial facilita mucho el resto de la partida. Así, por lo menos dos de cada tres libros que se escriben, tratan sobre las aperturas.

Al tratar sobre aperturas, existen dos fuentes de información: partidas ya jugadas o ideas nuevas, aún no experimentadas. Las partidas jugadas están ahí fuera. Hay bases de datos en el Emule con millones de ellas y cualquier tiene acceso a todas ellas. Las ideas realmente interesantes son las nuevas, las nunca jugadas. Las habituales “recetas caseras”: movimientos mejores a los existentes, que dan la vuelta a la evaluación de una posición. Todo el mundo pensaba que una posición estaba igualada, pero gracias a ese movimiento, la cosa cambia: resulta que las negras están mejor.

Las recetas caseras son el germen de muchas victorias. Gracias a una de ellas, Anand venció en el reciente Campeonato Mundial a Kramnik y fue esto lo que le acabó coronando como campeón del mundo.
Ante una sorpresa inesperada, los jugadores se ven descolocados y acaban cometiendo errores. Es por eso que las jugadas nuevas y buenas son minas de oro.

Por eso los autores de libros no suelen regalar estas revelaciones a pobres aficionados. Se las suelen guardar para sí, para ponerlas en práctica ante otros maestros. Al final el posible beneficio económico de escribir un buen libro no compensa los resultados que se pueden conseguir en competiciones mediante el trabajo secreto de las aperturas.

Así, los jugadores profesionales que escriben (que no escritores profesionales que juegan) dan informaciones poco interesante sobre las aperturas:

  • Dan información que está disponible para todo el mundo, apenas si hacen algo más que ordenar.
  • Ocultan las nuevas ideas.
  • Incluso dan ideas “equivocadas”. De este modo, tienden trampas a sus rivales que a veces creen las recomendaciones del escritor del libro, pensando que este jugará tal y como sugiere. Pero luego no es así: el profesional saca el as de la manga, el as que no quiso escribir en el libro. Y engaña a su rival.

Hay jugadores profesionales que tras retirarse se dedican rutinariamente a escribir libros de ajedrez. Se convierten en escritores profesionales, pero de peor calaña aún: sacan libros como churros, a cual peor. Es como con un blog: obtienes más ingresos con muchas entradas malas que con una buena.

En general es sencillo detectar a estos farsantes. Basta ver cuántos libros han escrito en su vida. Si en un año escriben cuatro o cinco, pues va a ser que no se han esmerado mucho con ellos. Sin embargo tienen títulos de Gran Maestro o Maestro Internacional y eso basta como reconocimiento y justificación de que sus libros pueden ser buenos.

Thomas Johansson

Thomas Johansson simplemente ha escrito un libro de aperturas como se debería hacer:

  • Ha elegido una apertura sin preocuparse si estaba de moda, si la jugaban los Grandes Maestros, si tiene mucho futuro. Simplemente ha elegido la apertura en que es un experto.
  • Ha contrastado todos sus análisis con el ordenador. Con lo que no hay errores de cálculo, ni variantes que dicen “y las blancas están mejor” para luego demostrar que las negras tienen un golpe que da un enorme giro a la situación. Las valoraciones son todas correctas y para asegurarse de no meter la pata, por no ser un profesional, ha repasado cada comentario al detalle.
  • Le ha dedicado mucho tiempo a la escritura del libro. Más de dos años.
  • Al tratarse de una apertura poco conocida, puede decirse que la ha explorado totalmente, pasando a convertirse en la obra de referencia.

A pesar de ello, las críticas al libro no han sido todo lo favorables que se pudiera esperar. Los Grandes Maestros se atreven a menospreciar sus valoraciones “de aficionado”. Pero seamos serios: con un motor de cálculo como Rybka, que está en el Emule, cualquiera puede dar valoraciones mejores a las de un profesional en un 99,99% de las ocasiones.

El caso es que el libro de Johansson permanece en el olvido. A pesar de tener tres años seguirá siendo totalmente actual. Sólo ha tenido el éxito moderado de un aficionado: conseguir saltar de una página de autoedición a la más visible de Amazon – nadie quiso publicarle el libro no porque fuera malo sino porque era demasiado marginal: dirigido a un público demasiado pequeño.

Eso sí, el libro será bueno pero el título es pésimo: The Fascinating King’s Gambit no es un libro sobre el King’s Gambit (gambito de rey) sino sobre una variante en particular de ese gambito y eso lleva a confusión a algunos lectores y potenciales compradores.

The Fascinating King’s Gambit, en Amazon.

David Y Goliat

I
Como siempre que escribe un artículo, Malcolm Gladwell presenta una pequeña obra de arte. La última es un excelente ensayo del New Yorker donde habla sobre el baloncesto de categorías inferiores.

En él plantea la lucha por parte de equipos que son muy inferiores. Sugiere que en lugar de tratar de hacerlo “de igual a igual” hay que realizar una aproximación de guerrillas: provocar un combate desigual. Es el método que mejores perspectivas de éxito da.

En el caso del baloncesto, muestra el sorprendente caso de algunos equipos que basaban su estrategia exclusivamente en la defensa a todo el campo, complicando ya desde el primer instante el juego a su rival. El artículo narra interesantes casos de éxito a nivel preuniversitario (que es casi profesional) y el caso desproporcionado de un equipo de niñas de 12 años.

Para las niñas, el método de combate era una aproximación sugerida por el padre de una de ellas, forrado empresario tecnológico de Silicon Valley: las chicas sólo disponen de cinco segundos para realizar el saque desde la línea de fondo. Si se impide con todas las fuerzas que este se produzca, es muy posible conseguir el robo de un balón.

Como estrategia auxiliar, tratar de impedir que el equipo rival pase del medio campo en los diez segundos de que disponen. Y si no, aguantar el chaparrón, en el que sus chicas eran bastante malas.

Los sorprendente de su técnica ultradefensiva es que funcionó a las mil maravillas y las chicas llegaron lejísimos en la competición nacional, venciendo a equipos inmensamente superiores. Los robos de balón eran continuos y a veces los partidos empezaban por resultados abultadísimos como veinte a cero. Los equipos rivales no estaban preparados para resolver sobre el estadio la extraña estrategia.

Teóricamente la defensa a campo completo es muy poco recomendable porque un buen pase puede convertirse en una canasta segura. Pero dar el buen pase no es trivial. El método de defensa estaba basado en el propio fútbol americano: cubrir a toda costa el pase del quaterback.

El artículo es muy recomendable. Por aportar algo, mi modesta experiencia como pseudo entrenador de ajedrez. La situación a menudo era la misma que en los encuentros de baloncesto: tienes una alumna netamente inferior a otra. Si la partida se convierte en un duelo entre iguales, no hay nada que hacer.

II

Lo habitual era siempre usar una táctica gitana: jugárselo todo a una carta en la apertura.

La apertura en ajedrez es como cuando entras en un restaurante. Te indican donde te vas a sentar, ves de qué cubiertos dispondrás, eliges el vino. Vas viendo la sala y pensando en función de lo que ves si tomarás café allí o en otra parte. Te vas acomodando y preparando.

Pero hay aperturas en ajedrez que son como un fast-food. Nada más entras en el umbral de la puerta ya tienes a un impresentable preguntándote qué vas a tomar: antes de respirar ves que te ponen un puñado de servilletas y la elección del postre es instantánea.

En un restaurante no suelen matar a la gente, pero en una partida de ajedrez puedes salir destrozado de la misma apertura. Te acabas de sentar en la silla y ya tienes a un desgraciado que te está atacando a la misma yugular. No ha dado tiempo a las presentaciones, a las maniobras, a los cambios de cortesía. Ese desgraciado te quiere matar rápido.

Apertura tranquila es la española. Si todo sigue el guión principal, las blancas realizan una lenta maniobra de alfil (Ab5, Aa4, Ab3, Ac2) y luego otra más aún de caballo (Cd2,Cf1,Cg3). Las negras, a verlas venir.
Apertura fast-food es el ataque Marshall. Las negras sacrifican un peón y se dejan de preliminares: van a por el rey blanco.

Los métodos ultraagresivos no suelen funcionar. Algunos están refutados, basta pensar un poco, o incluso recordar un poco, y defenderse de los vanos aspavientos del rival. Es como el pase fácil desde la línea de fondo. Hay que darlo.

Por eso, las partidas en categorías inferiores eran un continuo de sobresaltos de apertura. Si tu alumno o alumna tenía oportunidad, le preparabas un gambito suicida contra el rival superior. Si el rival descubría la defensa, la partida terminaba pronto. Si no, podía tener problemas.

El inconveniente de este sistema es que estaba tan desarrollado por España que te encontrabas a timadores de ladrones y a embaucadores de timadores de ladrones. La rival superior, asustada ante el posible intento de engaño de su rival, era instruida a su vez en un método de apertura también engañoso y sorprendente.

Se jugaba al despiste sobre despiste. Por ejemplo, una chica llevaba toda su vida jugando la apertura española. A mi se me ocurría preparar a su rival con el complicado gambito Marshall. Pero los preparadores de la competencia se anticipaban con otro gambito, el Duras. Ahí mi alumna estaba totalmente perdida: no sabía nada y se enfrentaba a la rival superior.

Pero en cierto modo la ventaja se diluía. La mejor jugadora jugando una apertura realmente dudosa. Entonces tenías una posibilidad de vencerle: si nuestra alumna pensaba como una condenada y encontraba la refutación sobre el tablero, podía tener una partida muy superior.

Esto era lo que ocurría en los campeonatos finales, cuando los alumnos disponían de profesor, una notable excepción. Te encontrabas a un alumno nuevo y tratabas de sacar petróleo de donde no lo había. Era igual que David contra Goliat: tirabas una piedra nada más empezar. Y si no dabas en la diana, pues lo más seguro es que fueras hombre muerto.

III

El método de descubrir lo que podría estar tramando el equipo contrario y adelantarme siempre se me ha dado bien. Supongo que porque soy muy buen embustero. El caso más grave de David contra Goliat al que tuve que enfrentarme fue saliendo de las competiciones de barrio. Una vez pude tener un buen alumno y el alumno tuvo una enorme oportunidad, hasta que se enfrentó contra Goliat.

Goliat era uno de los mejores jugadores del mundo y hoy suele jugar todas las competiciones de altísimo nivel. Nosotros (porque éramos dos los embaucadores) teníamos a un gran jugador, mucho peor que la estrella, pero con sus posibilidades. Al fin y al cabo tenía las cualidades más extrañas en un niño pequeño: ambición y desconocimiento de sus propias carencias.

Supongo que este encuentro fue uno de los puntos culminantes de mi vida, de los que contaré una y otra vez a mis nietos cuando me lleven a cobrar la pensión. Normalmente todos hemos ganado a un rival muy superior alguna vez, la suerte sonríe a los insistentes más que los audaces. En este caso el milagro lejos de algo anecdótico podía cambiar el curso de la historia de una persona: ese pobre chico.

Por supuesto los cambios bruscos suelen ser para peor. En lugar de ser médico ahora sería un buscavidas del tablero o quizás estuviera en esa extraña élite del ajedrez. Pero el caso es que si dábamos con la receta mágica, con el engaño adecuado, podíamos atracar a ese genio desprevenido.

Por azares del destino, nuestro underdog era el último favorito para la competición y el rival el principal favorito, alguien a quien incluso Kasparov había señalado con el dedo.

Para nosotros, los entrenadores fue una pesadilla. Estábamos superados no sólo por el rival, sino por el peso de sus entrenadores, primeras espadas de la Escuela Soviética de Ajedrez, personas a las que admirábamos. Nuestra única baza era el gitanismo, algo que ellos no conocían.

Fue un trabajo científico de primer orden, del que estoy muy orgulloso. No era cuestión de una sorpresa de cálculo (el rival era como un ordenador) la opción posible era muy sencilla: llegar a una posición endiabladamente complicada en la que nuestro jugador se sintiera como pez en el agua.

Se me ocurre como ejemplo el de un opositor que se prepara sólo un tema. Se la juega a una carta, si sale ese tema, puede sacar la plaza. Si no sale, se acabó, los demás lo conocerán mejor que él. Nuestra tarea como entrenadores era elegir el tema, en base a cuestiones probabilísticas y lógicas.

Y el caso es que sorprendentemente lo conseguimos. Nuestro chico llegó a una posición muy complicada que habíamos analizado en detalle, todas las ideas posibles, todo lo que podía funcionar de su lado, las trampas, los trucos. Y el otro, tenía que verlo sobre el tablero.

Pero ni siquiera asín funcionó. Por eso nuestro alumno acabó como médico. Las batallitas de los abuelos siempre tienen finales penosos, esta no iba a ser menos.