El ajedrez ruso durante la guerra fría/

El éxito de la serie de Netflix Queen’s Gambit (Gambito de dama) —que trata sobre la ficticia vida de una ajedrecista americana en los años 60— ha despertado el interés por el ajedrez de la época en que la URSS era la incuestionable dominadora.

Aunque la serie tiene muchos errores, son muchos más los aciertos y se ha respetado la realidad llegando a unos niveles de veracidad jamás logrados en ningún relato sobre el ajedrez. En un momento de la serie la protagonista tiene que marchar a un torneo en Rusia, donde se enfrentará a la élite mundial. Creo que puede ser interesante hablar un poco sobre cómo era ese mundo de verdad y las opciones narrativas que se abren de cara a la segunda temporada de dicha serie.

Paradójicamente, aunque los mejores jugadores del mundo vivían casi en su totalidad en la URSS, los principales torneos se solían celebrar en otros países. Basta revisar los lugares donde se celebraron los Torneos de Candidatos (el previo para la elección del rival que desafía al Campeón del Mundo) o La Olimpiada de Ajedrez (una competición por equipos en que se enfrentan 4 jugadores de cada país contra otros 4 rivales).

Candidatos: 1950: Budapest, 1953: Zürich, 1956: Amsterdam, 1959: Yugoslavia, 1962: Curaçao

Olimpiadas: 1950: Dubrovnik, 1952: Helsinki, 1954: Amsterdam, 1956: Moscú (la excepción), 1958: Munich, 1960: Leipzig, 1962: Varna, 1964: Tel Aviv, 1966: La Habana, 1968: Lugano, 1970: Siegen.

Aunque la URSS tenía todo el derecho del mundo a declarar su supremacía ajedrecista, no podía decir lo mismo de su poderío económico. No disponía de mucho dinero para organizar las competiciones —de las que al mismo tiempo podían ausentarse los participantes extranjeros, dada la dificultad burocrática para viajar a la URSS por aquel entonces— a la vez que muchos de sus mejores jugadores conseguían su principal fuente de ingresos de dichos viajes. Un muy buen jugador era pagado con la opción de viajar al extranjero y ahí ganar dinero que valía muchísimo más de vuelta en su país.

El nivel de pobreza era surrealista: el Campeón del Mundo podía viajar a Estocolmo a competir en una Olimpiada de Ajedrez, ser la mayor celebridad de la competición y, al mismo tiempo, no poder permitirse hacer una llamada de un minuto a casa o tomar una bebida en el bar del hotel—o considerar lo mismo que cualquiera de nosotros pensaría de pedir una botella de champán, sin preguntar el precio antes, en un restaurante de Dubai.

Así, aunque los torneos no se solían celebrar en la URSS, a veces ni siquiera en países del bloque comunista, su supremacía era incuestionable. En el torneo de Candidatos de Curaçao 1962, donde se elegiría al rival del campeón del mundo (que ya era soviético), participaron 8 de los mejores jugadores del mundo. Dos eran estadounidenses, uno checo y los otros cinco, soviéticos. Uno de los americanos había ocupado su puesto porque el jugador clasificado, Leonid Stein, era también soviético y se había impuesto una norma que limitaba el número de jugadores de un mismo país que podían participar.

Pero es que en el torneo previo, del que se habían extraído seis de esos ocho mejores jugadores, Estocolmo 1962, donde figuraban jugadores españoles, argentinos, colombianos, sólo habían tomado parte cinco jugadores rusos, de los que se habrían clasificado cuatro, quedando fuera el quinto por la limitación antes indicada.

Si los rusos hubieran podido enviar 20 jugadores, habrían acabado entre los 18 primeros lugares. Si fueran 50 jugadores, hubieran copado la mayoría de los 60 primeros puestos, sin el menor atisbo de duda. En el torneo de élite de Curaçao había jugadores peores que jugadores rusos que jamás abandonaron su ciudad natal para jugar una competición.

En dicho torneo de Curaçao uno de los jugadores participantes fue el brillante jugador americano Bobby Fischer, que acabaría logrando la proeza de ser Campeón del Mundo. La serie The Queen’s Gambit está parcialmente basada en aspectos de su vida, su genialidad y capacidad de lucha. Asímismo el hecho de aprender ruso como paso previo a mejorar su capacidad ajedrecística. Afortunadamente la serie es una ficción y usa una protagonista más ejemplar: la vida de Fischer está plagada de aspectos poco edificantes, como su obsesión patológica contra los judíos.

Como aparece en la citada serie, ganar a los rusos, aún cuando fuera puntualmente, era difícil, pero posible. Lo que resultaba totalmente imposible era intentar arrebatarles el título de Campeón del Mundo.

La ruta era simplemente demasiado difícil. Uno debía ganar el campeonato nacional, para después competir en un torneo continental. Los mejores de cada continente se enfrentaban luego en el torneo de Candidatos, donde ya había un par de jugadores clasificados del ciclo mundial anterior (el perdedor del anterior Campeonato del Mundo y el subcampeón del anterior torneo de Candidatos) . Estos dos jugadores, casi con toda seguridad, iban a ser soviéticos.

En el citado torneo de Curaçao de 1962, Fischer criticó la actitud de los jugadores rusos. Según él, al tener tantos jugadores del mismo país, y tener que enfrentarse todos los jugadores entre sí, cuando había un jugador ruso que ya no tenía opciones matemáticas de quedar en los primeros puestos, este se dejaba ganar fácilmente contra los rivales rusos que iban mejor clasificados, mientras ofrecía la máxima oposición posible al resto de rivales.

En un ejemplo futbolístico, imaginad que los equipos de Madrid jugaran pensando en el bien común de la región. Si el Atlético de Madrid hubiera empezado muy bien la liga, ver como Real Madrid o Getafe se limitan a jugar con suplentes contra ellos, mientra que intentan destruir con todas sus fuerzas al Barcelona, Real Sociedad y Sevilla. En una liga con pocos equipos y con muchos más equipos de Madrid, puede verse como esa actitud pondría las cosas muy fáciles para hacer ganador al Atlético de Madrid.

La acusación de Fischer era en gran parte teoría de la conspiración, pero tenía su parte de verdad. Los rusos eran muy superiores a sus rivales, pero al mismo tiempo tenían órdenes expresas de pensar en el bien común de su gran nación, lo que los hacía aún más difíciles de superar.

Cuando un jugador no soviético tenía una partida aplazada, tenía que estudiarla precariamente por sí mismo, a veces restándole horas de sueño a su ya larga jornada. Los soviéticos sin embargo trabajaban en equipo. Mientras el jugador se dedicaba a descansar, el resto trabajaban de forma coordinada en encontrar los mejores planes para la continuación de la partida.

Muchos años después, en Sevilla 1987, Kasparov y Karpov se enfrentarían por el Campeonato del Mundo. Uno de los factores decisivos para la victoria de Kasparov sería, en sus propias palabras, disponer de un mejor equipo de preparadores para las partidas aplazadas, en particular al genial Sergey Dolmatov.

En la época de los años 60, los soviéticos eran los únicos que contaban con ayuda para las partidas aplazadas. Efim Geller, un fortísimo jugador que nunca llegó a Campeón del Mundo, era mucho mejor en esa faceta del juego que durante las partidas. En la Olimpiada de Varna de 1962, el vigente campeón mundial Botvinnik aplazó una partida contra la estrella americana Fischer. La posición de Botvinnik parecía desesperada, pero un desquiciado Geller, trabajando en ella durante toda la noche, fue capaz de encontrar un plan salvador para su compañero.

Todo eran dificultades para conseguir apenas acercarse a desafiar al Campeón Mundial para alguien que no fuera soviético. Incluso Fischer, durante algunos años, descartó la idea, al considerarla imposible. En 1970 ni tan siquiera tomó lugar en el torneo nacional, primer paso para poder llegar a ser un aspirante al campeonato mundial. En un gesto muy cinematográfico, su amigo Paul Benko le cedió su plaza para que Fischer viajara a Palma de Mallorca en el torneo Interzonal, torneo que ganaría el americano.

Aunque la victoria de Fischer en el Campeonato del Mundo pudo explicarse en la URSS como un fallo de Matrix su supremacía se acabaría resquebrajando desde dentro. Era tal su superioridad que muchos jugadores muy buenos veían pasar su vida y sus opciones sin siquiera tener la oportunidad de competir en Torneos Internacionales. El pastel se cocinaba en la URSS, pero sólo podían comer de él unos pocos privilegiados. El resto se fueron marchando lentamente, en la medida de sus posibilidades. Muchos marcharon a los Estados Unidos, cuando les dejaron.

Un ejemplo es el de Boris Gulko, hijo de un soldado ruso destinado en la Alemania del Este. En 1977 ganó el Campeonato de la URSS, una de las competiciones más complicadas que uno pueda imaginar. Tras esta victoria, ante la ausencia de invitaciones para torneos internacionales — la URSS no andaba corta de otros jugadores talentosos que promocionar antes que a él— solicitó abandonar el país, permiso que no le fue concedido hasta 7 años más tarde, en 1986. Durante todo ese tiempo, su carrera quedó en suspenso. Aceptado en Estados Unidos, allí sería uno de sus principales jugadores, también ganando el Campeonato de EEUU. Gulko, Shabalov, Alburt, Yermolinsky, serían los nombres más comunes de los jugadores de Estados Unidos en la Olimpiada de Ajedrez. Rusia B, como se la solía llamar, de forma peyorativa. Una puntera selección nacional hecha con jugadores sobrantes.

Los jugadores que abandonaban la URSS dejaban de existir. Genna Sosonko, uno de ellos que marchó para Holanda, cuenta muchas de esas historias en su interesante libro Russian Silhouettes. En la URSS, cuando daban las noticias sobre un campeonato, no mencionaban a los disidentes. Y cuando digo que no los mencionaban es literal. Si daban la crónica de un torneo que había ganado Sosonko, el recorte de prensa del diario ruso narrando la crónica de la competición, sólo mencionaba al segundo y tercer clasificados, con total normalidad.

De todos los jugadores exiliados de la URSS, el más pintoresco de todos fue Viktor Korchnoi. Con 10 años se vio atrapado en 1941 en el asedio de Leningrado, viviendo con su abuela y la hermana de esta. Fue esta una experiencia parecida a nuestro actual confinamiento, sólo que sin internet, prolongado durante 3 años ininterrumpidos, sin comida ni calefacción y con continuos bombardeos. Korchnoi tuvo que convivir con el cadáver de su abuela parcialmente congelado durante más de una semana, porque intentar salir a enterrarla era una sentencia de muerte. Para Korchnoi la nueva normalidad era no comer y tuvo que ser tratado por su desnutrición de esos años tan duros.

Con una infancia así, Korchnoi no tuvo tiempo de ser un niño prodigio del ajedrez. A todo llegó tarde. Si Kasparov jugó su primer mundial con apenas 21 años y Magnus Carlsen con 22 años, Korchnoi tuvo su primera final por el Campeonato del Mundo con 45 años. Luego llegaría a los 70 años conservando un temible nivel de juego, algo a lo que no se ha acercado ni los campeones del mundo más laureados.

En la época del americano Bobby Fischer, Korchnoi era uno de sus principales rivales. Cuando Fischer ganó el torneo de Palma de Mallorca, pasó al sistema de eliminatorias que dirimiría el aspirante al Campeonato Mundial. Ese sistema se había creado, sustituyendo al antiguo torneo de Candidatos, en gran parte por las peticiones de Fischer, que argumentaba, con motivo, que un torneo con tantos representantes soviéticos era imposible de vencer para un jugador que no lo fuera.

Fischer fue eliminando a todos sus rivales, de forma despiadada, hasta llegar a la final. En la otra parte del cuadro, Korchnoi se enfrentaría a Petrosian, duelo de soviéticos. Las autoridades rusas plantearon la cuestión abiertamente: ¿Cuál de los dos sería un rival más difícil para Fischer? Petrosian fue mejor vendiéndose como un candidato más complicado y las autoridades, muy probablemente, sugerirían que ese era el resultado deseable de su semifinal. En aquella época, la diferencia entre recibir órdenes y sugerencias no era tan clara. Una sugerencia mal entendida podía llevarte a la cárcel.

Así, Korchnnoi perdió ese encuentro (y más tarde, Petrosian perdería contra Fischer) pero empezó a darse cuenta de que estaba malgastando posibilidades profesionales simplemente por estar en el país equivocado. La URSS tenía tantos buenos jugadores, que no podía promocionarlos a todos. Siempre tenía un joven talento y un ex-campeón que había caído en gracia a las autoridades. No había sitio para tanta gente, Korchnoi no era ni joven ni simpático y acabaría exiliándose de forma bastante tormentosa para su familia.

Para pesadilla de las autoridades de la URSS, tras el torbellino Fischer —que se retiró del ajedrez tras ganar el Mundial, quedando para siempre con un aura de leyenda — el siguiente rival externo por el título Mundial acabaría siendo Victor Korchnoi, un exiliado demasiado fuerte para ser ignorado de las crónicas periodísticas. Así, en los artículos detallando su lucha por el Campeonato Mundial contra Karpov (spoiler: ganaron los rusos) en lugar de su nombre se decía ‘El Innombrable’.

En conclusión, la época del ajedrez soviético de los años 60 y 70 fue muy interesante, aunque la mayoría de sus deportistas individuales sólo tuvieron uno o dos momentos apasionantes. La superioridad de este país era tal, que resultaba imposible simplemente intentar plantarles cara. Eran muchos, muy buenos y encima estaban bien organizados. Podían dedicarse al juego profesionalmente y tenían auténtica devoción en su propio país. Tenían tantas ventajas que no consideraron seriamente a los rivales como Fischer, al menos al principio, y no volcaron todos sus recursos políticos. Su apabullante superioridad acabó volviéndose contra ellos, porque muchos de sus jugadores terminarían marchándose y convirtiéndose en sus propios enemigos.

Extra:

Me ha gustado este vídeo similar hablando sobre el tema:

Es un claro ejemplo de la batalla ganada por Youtube a los blogs.

La simultánea

La idea de dar una partida simultánea de ajedrez (simultánea, para mayor brevedad) en el colegio de mi sobrino no fue, desde luego mía. Sus padres insistían, y aunque me negué en varias ocasiones, acabé cediendo. Sabía que lo hacían por presumir. En un mundo en que cualquier niño normal tiene todos los juguetes de la televisión, y en un tiempo en que esforzarse para conseguir algo está hasta mal visto, la única forma de mostrar que se es más que los demás es mediante muestras de estatus, tan taimadas como sea posible.

Mi idea de ser el tío austero que en lugar de avasallar con regalos lo hace con enseñanzas, había fracasado hacía años. Realmente no creo que fuera una idea, sino más un deseo. Con el tiempo, abandoné toda esperanza hasta de que mi nombre fuera recordado. La simultánea era una buena oportunidad de hacer algo bueno por mi sobrino de una vez por todas.

Se suponía que estaría todo organizado y yo sólo tendría que jugar contra algunos niños. Perder un par de horas de trabajo, poco más. Sin embargo me acabé complicando un poco mediando para que el colegio consiguiera los tableros de ajedrez de la Federación. Pero he de reconocer que la dirección del colegio era bastante competente.

Para los hombres que no tenemos hijos, el mundo de los niños es un territorio totalmente vedado. A priori somos violadores y pederastas. Estuve saliendo unos meses con una chica que tenía una hija. Cuando la niña quería invitar a alguna amiga suya, tenía que pedir permiso a los padres, y la habitual respuesta era la negativa. Al fin y al cabo, no me conocían lo suficiente, y no podían dejar a su hija con un desconocido.

No era algo que me importara lo más mínimo, pero siempre me hacía sonreír conseguir una nueva negativa. El proceso era complejo y protocolario. La niña quería que su amiga viniera a algún sitio. Se lo preguntaba a la madre y ésta a mi. Tras conseguir el primer aprobado, la cuestión era elevada a la familia de la amiga.

La amiguita hablaba con su madre, que teóricamente lo consultaba con el padre. Luego llegaba la madre y explicaba que por ella no era problema, pero no así por el padre, que era algo desconfiado. La moción no pasaba la segunda cámara y la amiguita se quedaba llorando, mientras que nosotros nos podíamos marchar con un problema menos del que ocuparnos.

La situación era aún peor para el padre de la niña. Cuando era él quien tenía a su hija, ninguna de sus amigas iba tan siquiera a su casa. Un hombre solo, aunque sea un buen padre, siempre es peligroso.

Supongo que si se hubiera cumplido la ley al 100%, tendría que haber solicitado algún tipo de documento policial para dar la simultánea en el colegio. Nunca se sabe si alguien está, o ha estado en el registro de delincuentes sexuales. Pero me imagino que con lo complicado que resultó conseguir todos los tableros de ajedrez, la dirección no prestó mucha atención.

Así, llegué el día indicado y me encontré que la biblioteca estaba totalmente preparada. Las sillas, las mesas, el espacio para pasar, sólo hacía falta poner las piezas, sentar a los niños, y empezar a jugar. Me presentaron a la plana mayor del colegio, directores, jefe de estudios, la responsable de la biblioteca. La escuela estaba llena de mujeres. Dos tercios del profesorado en España son mujeres y un 95% de los estudiantes de magisterio son también mujeres. Una forma más de opresión por parte de los hombres, que por el contrario se aglomeran en los consejos de dirección de empresas del IBEX35.

Cuando llegaron los niños, me sorprendió su comportamiento ejemplar. Nunca olvidaré una simultánea que di en mi barrio, hacía décadas. Muchos de los niños eran de familias desestructuradas y tenían el típico comportamiento agresivo e incontrolado de los hijos de delincuentes, que tan bien retratan en The Wire. Casi ninguno fue capaz de terminar las partidas sin lanzar las piezas o directamente pelear con los compañeros de mesa. Aquello acabó mal.

Pero en el colegio de mi sobrino, todos los niños tenían unos modales británicos. Los profesores preguntaron quiénes querían jugar. Se apuntaron unos cuantos, suficientes como para llenar las mesas y que quedaran algunos a la espera. Luego llegaría otra clase más, lo que aumentaría la cola de espera. Mi sobrino y sus compañeros aparecían en ese segundo turno. La directora me explicó que entregarían tres premios a los mejores jugadores, aquellos que yo seleccionara.

Tras explicar el proceso de la simultánea a los niños, comenzaron las partidas. Para mi sorpresa, uno de los chicos, tan desorientado como los demás, desató la tormenta perfecta, hizo las dos peores jugadas posibles y se dejó el jaque mate del loco. Como no conozco a los niños de ahora, me guié por los criterios pandilleros, de mis tiempos de escolar. Para salvar de semejante ridículo a ese chico, le expliqué que perdía y que pusiera rápida y discretamente las piezas de nuevo, para empezar otra partida.

Estaba claro que en esa tanda de chicos no había ni uno solo que tuviera la más mínima idea. Vencerles a todos era trivial, mi única preocupación era cómo elegir a los tres ganadores de las medallas. Conforme los niños iban perdiendo, se iban marchando y sentando otros. Quizás uno había empezado muy mal, pero luego demostraba unas habilidades defensivas bastante dignas. En una partida de ajedrez, no juega mejor el que aguanta más tiempo, sino el que supone un desafío mayor.

Ya casi había terminado con todos los chicos de la primera ronda y elegí a uno de ellos un tanto por descarte. No era el tuerto en el país de los ciegos, era el ciego con mejores gafas de sol. Como curiosidad, el chico del mate del loco, que había tenido una segunda oportunidad, fue uno de los que más tiempo estuvo jugando. Lo cual no quiere decir que fuera de los mejores, ni mucho menos.

Llegaban los chicos del segundo turno y me quedaba la duda, ¿Entregar un segundo premio entre estos, o guardarlo para los siguientes? Había una chica que jugaba tan mal como los demás, pero que al menos mostró una cualidad que no tuvo ningún otro, ni de ese turno ni del siguiente: tener un par de huevos. Mientras todos los chicos se dedicaban a mover las piezas casi al azar, esa chica tuvo la osadía de plantar un par de amenazas. Triviales, pero intentos de hacer daño al fin y al cabo.

Ninguno de los niños sabía algo más que mover las piezas, así que a través de su forma de jugar, trasmitían un poco de su personalidad. Estaban los nerviosos, que se comportaban como si estuviesen ante una celebridad. Había otros que pensaban muchísimo, sin conseguir nada de tan aparente esfuerzo. Otros se dedicaban a dar consejos a los tableros de los lados, para luego jugar cualquier cosa en su partida. Muchos niños optan, por instinto, por jugar posiciones simétricas, casi siempre empezando con los peones de las esquinas (la peor estrategia posible). Pero algunos sorprendían con ideas relativamente potables. Sólo la chica mencionada antes intentó algún tipo de agresión y por ello se ganó todo mi respeto. Traté de recordarla como posible candidata a premio, pero en cuanto perdió, se marchó sin que pudiera indicársela a la directora del colegio.

Luego llegaron los niños mayores, entre los que estaba mi sobrino. Eran todos igual de malos, incluido él, que sin embargo sí había tenido alguna lección mía en el pasado. Su juego fue nefasto, lo cual me evitó cualquier atisbo de duda sobre si darle un premio a él o no. Uno de sus compañeros sabía jugar aperturas, lo cual fue toda una sorpresa, pero tras unas pocas jugadas, una vez se acabó lo que sabía de memoria, se desmoronó como un castillo de naipes.

Poco a poco se fueron marchando todos los niños. Me quedaban dos premios por repartir y sólo uno de ellos estaba claro. La simultánea comenzó con 15 niños, e iba moviéndome de tablero en tablero, para volver al inicial tras haber jugado en los otros 14. Conforme se iban eliminado tableros, mi vuelta era cada vez más pequeña, hasta que llega el momento mágico, muy fotogénico, en que el simultaneador se enfrenta a un único niño. Se acabó el pasear por la sala. Se toma una silla, y pasa a ser un encuentro de verdad, uno contra uno.

De pequeño fui ese niño que se quedó en la rueda final de la simultánea. Jugaba contra un tipo con aspecto de profesor de colegio de curas. Era una competición que organizaba El Corte Inglés. Al comenzar las partidas, el maestro sabía que yo era el hueso a roer y dedicó el tiempo suficiente a reflexionar contra mi como para llegar a ese final con una posición ganada. Me molestó mucho perder esa partida y lo tome como un aliciente para que no volviera a ocurrir en el futuro. Pocos años después, ganaría a ese maestro – que no era maestro de ajedrez, sino profesor de universidad – en una partida de torneo. Y también acabaría probando la satisfacción de estar del otro lado en esa misma competición del Corte Inglés, siendo ahora yo uno de los simultaneadores.

Así, en esta simultánea del colegio de mi sobrino, sólo quedaba un chico. Estaba totalmente perdido, con una pieza de menos, pero le permití disfrutar de la experiencia. Él sería uno de los ganadores de los tres premios, y el tercer premio acabaría en manos del chico que al menos sabía jugar las aperturas. Por instinto, me hubiera gustado más habérselo concedido a la chica, pero había desaparecido y estaba claro que mostró más actitud que capacidad de jugar bien.

Tras liquidar al último chico, que pudo presentar la imagen de último superviviente a todos sus compañeros, tuve una conversación de café con la directora. Era una profesora de raza, no sé si tenía tres o cuatro hijos. Disfrutaba con su trabajo y había demostrado una total competencia en la organización.

Le expliqué que para mi había sido un alivio que mi sobrino jugara tan mal, pues ni de lejos había aspirado a alguno de los premios. No le expliqué lo de la chica que se quedó sin medalla, porque con tanto niño, ya ni recordaba si era rubia o morena y mi criterio de selección podía parecer un poco irracional – que lo era. La directora me comentó que el chico que llegó hasta el final, el único ganador incuestionable de una de las medallas, era el hijo del subdirector. Por ser su hijo, y para evitar suspicacias, nunca podía ganar nada en el colegio. Era uno de los mejore estudiantes, pero estaba vetado de todas las competiciones escolares. El premio al experimento de ciencia, que había ganado mi sobrino y que se entregaría en la misma gala, quizás tuvo que haber sido para el hijo del subdirector, que vivía en una continua frustración. Tuvo que venir una persona de fuera, aparentemente imparcial, para que ese pobre genio tuviera su primer reconocimiento público.

Ajedrez en la escuela

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Hay cientos de artículos que exponen las virtudes de aprender a jugar al ajedrez. Son tantas, que incluso parece que una persona no debería aprender ninguna otra cosa. En mi opinión están muy exageradas. Las listas, escritas por aficionados al juego o directamente personas que tratan de sobrevivir de él, me recuerdan al horóscopo, donde se plasman un montón de cualidades positivas sobre un signo como forma encubierta de auto halago.

Un Aries es una persona llena de energía y entusiasmo. Pionero y aventurero, le encantan los retos, la libertad y las nuevas ideas. A los Aries les gusta liderar y prefieren dar instrucciones a recibirlas. Son independientes y preocupados por su propia ambición y objetivos. Tienen una energía envidiable que a veces les lleva a ser agresivos, inquietos, argumentativos, tercos. Es fácil ofender a los Aries y, cuando se sienten ofendidos, es difícil hacer las paces con ellos. Aries es el primer signo del zodiaco y, en este sentido, su papel es empezar algo y liderar. Si un Aries empieza a creer en una buena causa, luchará sin descanso para promocionarla.

Diferentes investigadores concluyen que el Ajedrez estimula la creatividad, la concentración, el pensamiento crítico, la memoria, el éxito académico, la resolución de problemas, el enriquecimiento cultural, la madurez intelectual y la autoestima, entre otros aspectos de la personalidad.

En mi opinión, y es algo que tengo muy meditado, el ajedrez no aporta ninguna virtud de especial valor en sí mismo. Pero es un medio muy favorable para desarrollar determinadas cualidades.

Empecé con en el ajedrez en el colegio. Había jugado en casa antes pero no le encontraba nada especial al juego. Hasta que en mi clase organizaron un campeonato, que acabé ganando. Lo que me fascinó y acabó atrapándome para siempre fue la competitividad. Nunca antes había participado en una competición. Era un tiempo en que una editorial organizaba un concurso de dibujo. Todos los niños ganaban medallas de oro y, a la hora de recogerlas, los padres se enfrentaban a una charla comercial tratando de convencerles de que compraran una enciclopedia. Hoy en día esta tendencia es aún mayor. Era un tiempo edulcorado en que ganar estaba mal visto, no podía haber perdedores, lo importante era participar.

Pero el campeonato de ajedrez, por sistema de eliminatorias, tenía un único ganador. Por pura casualidad, aunque aún recuerdo el tesón con el que luchaba posiciones perdidas, acabé ganando. Luego jugué contra el campeón de la otra clase, que me ganó con suma facilidad. Ahí me enfrenté al fracaso y la derrota. Todo lo que podía darme el ajedrez lo conseguí en esa primera competición, sin profesores, sin clases, sin libros.

Los niños de hoy en día viven en un entorno almibarado donde no está bien visto ser mejor que otros. ¿Por qué estudiar de más si las únicas calificaciones posibles son apto y no apto? El ajedrez me hizo descubrir la competitividad, un concepto nuevo inexistente en el actual sistema educativo. Una cualidad intrínsecamente masculina – la sencilla razón por la que los hombres son mejores, en términos estadísticos, que las mujeres en el ajedrez. Esa agresividad característica del signo Aries, signo de famosos los ajedrecistas Gari Kasparov y Viktor Korchnoi.

La vida de los niños es a veces brutal. Los padres vuelven a casa totalmente enfadados porque alguien les ha dicho algo irrespetuoso en el trabajo. Mientras que en el colegio los insultos despiadados eran diarios, pegar, rutinario. Casi todos se llevaban una paliza – a veces entre varios – al año. Se robaban bocadillos y cromos. Fuera de las aulas entendías que el mundo era una jungla, pero luego te sentabas en el pupitre y el 75% acabaría obteniendo palmaditas en el hombro sin hacer prácticamente nada. En el ajedrez encontré una actividad intelectual que tenía algún paralelismo con la competitiva vida real.

Como toda persona de vida desestructurada, me cambié de colegio y por casualidad acabé en una escuela donde había mucha afición al ajedrez. Un profesor era un fuerte aficionado al juego y como era el director del centro, hacía en su cortijo lo que le daba la gana. Competiciones, partidas simultáneas, me hice agnóstico para cambiar las clases de religión por partidas con el director en la sala de profesores. A la mayoría de la gente no le interesaba el juego pero había unos cuantos que jugaban y casi todos eran mejores que yo.

En un irracional proceso mental, asumía que, como ganador del otro campeonato, también tenía que ganar el de ese nuevo colegio. Aunque el libro ‘The Secret‘ cuenta que basta con desear mucho una cosa para que ocurra, la realidad es que para conseguir lo que uno desea casi siempre hay que esforzarse. Esa aquí donde encontré gracias al ajedrez otra cualidad que la escuela no fomentaba: la cultura del esfuerzo. Se habla mucho de ella, pero todos sabemos que, al menos en España, hasta que no llegas a la Universidad no tienes apenas que esforzarte, salvo que seas un estudiante por debajo de la media.

La tercera cualidad, que conseguí con el ajedrez, quizás la mejor de todas, fue la del estudio. Llegó un momento en que me di cuenta de que no bastaba con jugar mucho para progresar. Había que estudiar libros. Pero no era como en el colegio, donde te decían qué página de qué libro tenías que estudiar qué día. Con los libros de ajedrez no tenía ningún tipo de criterio a seguir. Un día estudiabas aperturas y por la tarde tenías una partida que perdías por jugar un mal final. Otro día estudiabas finales y cuando jugabas estabas atrapado en una posición perdida desde el principio. Luego sabías finales de torres pero te ganaban en un final de damas. Aprendías de la defensa siciliana y todo el mundo te jugaba la defensa francesa. Entonces te aprendías la defensa francesa y te topabas con gente que se la sabía mejor que tú.

Nunca sabías lo suficiente. Pero cada vez sabías más. Y otra de las grandes cosas que descubrí en ese proceso fue a cuestionar los libros. Recuerdo una variante de la apertura ‘Gambito Budapest’ que estudié de un libro argentino. El manual te explicaba una serie de jugadas y recuerdo una posición, que calificaba como igualada. Pero en la que había una jugada más o menos obvia que me parecía que desequilibraba totalmente la posición. Dediqué horas a tratar de encontrar ese equilibrio que anunciaba el libro. Meses después, pude preguntarle a un profesor sobre dicha posición. ¿Qué sucede si las blancas hacen esta jugada? ¿Parece que ganan no? También a él le pareció acertada mi opinión. Así es como me di cuenta de que, en algunas cosas, sabía más que lo que estaba escrito en los libros. Era una sensación poderosa que jamás habría conseguido en la escuela.

Para aquel entonces ya no era un estudiante de ajedrez, me había convertido en un bicho raro, mejor que ningún otro niño de mi edad en mi entorno. Del ajedrez había aprendido todo lo que tenía dentro de mi que no podía desarrollar con ninguna otra herramienta a mi alcance. La agresividad o competitividad, el deseo de ganar. La cultura del esfuerzo y la responsabilidad ante los éxitos o fracasos personales. El estudio a alto nivel, estudio entendido como una labor infinita. Profundizar en una materia hasta el punto de cuestionar algunas ideas publicadas. El ajedrez me ayudó a desarrollar mi personalidad y me aportó una autoestima exagerada. Me permitió ser algo más que una de esas personas clónicas cuyas aficiones son escuchar música, salir de tapas e ir a la playa. En ese proceso encontré a cientos de otros chicos que renunciaban a aprender de libros, que no tenían ese ansia por ganar. A los que les daba pereza pararse a pensar en una posición complicada. ¿Qué hubieran conseguido esos chicos del ajedrez si se les hubiera enseñado como una asignatura en el colegio? Prácticamente nada. Además, que el hecho de formalizar el ajedrez como materia de estudio implicaría caer en los errores de la educación general: nula competitividad, esfuerzo deliberadamente limitado, estudio cuadriculado.

Con el paso de los años fue encontrándome con retos nuevos, hasta llegar al punto de empezar a enfrentarme a jugadores muy superiores. Llegó un punto en que ya no bastaba con estudiar más, con el ajedrez descubrí que sencillamente hay gente que es mejor que tú. Y que siempre lo será. Aunque se dedicara todo el PIB español a mi progreso en el juego durante 20 años, jamás seré mejor que el mejor jugador español. Otra lección de las que no te enseñan en el colegio: simplemente hay gente que es mejor que tú y no pasa nada. Años después encuentras a gente con un puesto laboral mejor que el tuyo, o que tiene más dinero. Ante eso, uno siempre puede argumentar aquello de ‘pero no es mejor que yo’. En el ajedrez encontré a esas personas que sí son mejores que yo y eso me ayudó a tener una saludable humildad.

Ahora bien, yo llegué a esa conclusión cuando lo había dado todo de mi. En el colegio, niños que renuncian al esfuerzo, a estudiar, claudican y aceptan de inmediato el que hay jugadores mejores que ellos. Uno de los jugadores más talentosos que he conocido siempre se quejaba de que él podría haber sido mucho mejor si hubiera estudiado – y es verdad. Gracias a mi recorrido vital por ese juego tengo la certeza de que yo no y es una sensación que tiene algo de tranquilizadora y justa.

Aún aprendería una última importante lección, pero ya fuera de la época de estudiante, que guardo para otra ocasión.

En conclusión, le debo mucho de como soy al ajedrez. Y es un juego que me sigue encantando. A diario veo partidas o juego con desconocidos por internet. Pero no creo que sea la panacea. Precisamente el estructurarlo como una asignatura escolar aniquila ciertas de sus virtudes, las más valiosas en mi opinión. Y sobre todo está el hecho de que las horas del día son limitadas. Todo el mundo quiere, como yo hiciera en su momento, sustraer horas de religión para dárselas al ajedrez. Pero también se las quieren quitar para dárselas a la ética, la economía, las matemáticas, la programación. Habría que empezar por tener tres horas diarias de religión en las clases para luego poder satisfacer a todos con el reparto.

A la pregunta, ¿Que enseñarías durante dos horas a la semana a niños de colegio de forma que cambiaras la vida de la mayoría de los estudiantes para mejor? jamás respondería ajedrez. Yo les enseñaría economía práctica.

España: Una potencia en ajedrez

A todos los españoles nos gusta criticar a España. Total, España son todos menos mi familia, mis amigos y yo. Cada vez lo hago menos porque me parece fácil. Y porque normalmente es injusto.

Hace unos días vi una estadística de esas que se hacen con Excel y mucho aburrimiento, que mostraba información sobre los jugadores de ajedrez de la lista de la Federación Internacional. Sin mucho ruido, sin salir en ninguna parte porque el ajedrez ya no interesa a nadie, destacaba un tremendo absurdo: España es una potencia mundial en ajedrez.

Y no digo potencia como en Formula 1, que corren dos, o en gimnasia artística que coincida que tengamos al mejor del mundo…y luego nada. Los ajedrecistas españoles son buenos, pero a nivel mundial nunca han sido nada. O nada como para estar en la superélite (Paco Vallejo que me perdone).

En lo que es España una potencia, y de las más difíciles de conseguir, es en la masa. Sin tener al Campeón del Mundo, sin haber ganado nunca nada, a fuerza de esfuerzos pequeños de gente que han ido creando un ecosistema de escuelas de pacotilla, de torneos de medio pelo que siempre ganan rusos – con o sin papeles. Poco a poco, sin que nadie se entere, España se ha consolidado y convertido en un país donde juega al ajedrez mucha gente.

Obviamente hay mucha más gente interesada en los toros, el fútbol o el balonmano. Pero aún así son muchos.

Las dos primeras estadísticas muestran que España tiene muchos jugadores:

Número de jugadores con puntos del ranking internacional

La siguiente indica que la tendencia reciente es de mucho crecimiento en España, somos el país donde más aumenta el número de jugadores. De todo el mundo.

Aumento en el número de jugadores con puntuación internacional

Y luego una muestra de la modestia de nuestra élite ajedrecista, a nivel mundial y tras ver que en volumen hay muchos jugadores:

Jugadores con Título Internacional (en los años se indican Grandes Maestros)

Puede decirse que la antítesis de España es Inglaterra, que tiene poquísimos jugadores pero está cansada de tener a maestros de altísimo nivel.

¿Qué es mejor, tener a dos gatos, a ser posible extranjeros nacionalizados, que sean muy buenos, o tener a un montón de gente que echa las mañanas de los domingos en eso?

Con la salvedad de que hay países muy poderosos que no tienen puntuación internacional, porque para eso hay que pagar unas cantidades de dinero, aún siendo modestas, España es la tercera potencia mundial después de Rusia. Te pasas.

Fuente: Chessbase, que cita a esta fuente original.

Ordenadores y ajedrez en 1985

Gary Kasparov, en su reciente libro sobre sus enfrentamientos por el título mundial con Anatoly Karpov, menciona sin más detalle una de sus primeras experiencias contra ordenadores:

A finales de mayo llegué a Hamburgo, donde vencí en mi match contra Hübner 4,5-1,5 (3 ganadas, 3 tablas), di una simultánea de cinco horas contra computadoras de ajedrez (32-0) y tuve una larga entrevista con la revista alemana Der Spiegel, que financió la gira.

Indagando un poco al respecto se pueden ver online algunas de esas partidas:
Garry Kasparov vs Superstar 36K
Garry Kasparov vs Superstar 36K

En la primera de ellas, la máquina es abierta en canal como cerdo en matadero. En la segunda, la lucha por la victoria es mucho más compleja y difícil para el futuro campeón mundial.

Sin conservar la partida citada, Kasparov menciona en un interesante artículo de Chessbase, de donde se han tomado las fotos que muestro, las dificultades que le opuso una de las máquinas:

Llegado a un punto, me di cuenta de que estaba deslizándome en terreno pantanoso en una de las partidas, contra uno de los ordenadores de la marca “Kasparov”. Si esa máquina ganaba o aunque tan sólo empatara, la gente lo primero que diría es que me habría dejado la partida para llamar la atención de la empresa, así que intensifiqué mis esfuerzos. Eventualmente encontré una forma de engañar a la máquina con un sacrificio que esta no debía haber aceptado.

Sería muy interesante poder ver esa partida, en la que el mismo Kasparov reconoció que probablemente estaba perdiendo, ya en 1985.

Los personajes que se ven en segundo plano, encargados de las máquinas, tienen toda la pinta de usuarios avanzados de Unix, en la segunda foto se ve a uno que es idéntico a Dwight Schrute, el personaje de la serie “The Office”.

¿Con qué sueñan los peones?

I

En los inicios del ajedrez, cuando un peón llegaba a la octava y última fila obtenía como premio su conversión automática en reina. Este proceso se denomina coronación.

Lo que hoy se nos antoja como un sueño hecho realidad para el humilde peón, no lo era tanto. La reina era una pieza relativamente modesta, con mucha menos movilidad que la torre o el caballo. Era como un alfil venido a menos pues sólo podía mover un paso en diagonal.
Así, la conversión del peón a reina no era sino una especie de promoción militar. El soldado raso asciende a Cabo pero no a General.
Sin embargo la figura de la reina acabó convirtiéndose en la pieza de más movilidad y por tanto más importante del tablero. Pero la regla se mantuvo: el peón podía seguir convirtiéndose en reina al llegar a la última línea.

II

Aún suscita dudas entre los aficionados la regla. ¿Si uno corona su peón y no le han comido la reina, puede colocar una segunda reina sobre el mismo tablero?
Lo cierto es que sí, uno llega a la última línea y elige la figura que quiera. Pero tampoco esta regla fue siempre así. En el pasado sólo se podía elegir entre las piezas ya capturadas por tu rival. Lo cual puede ser un problema, ¡Sobre todo si tu rival no ha capturado ninguna! En tal caso se llegaba a una situación realmente peculiar: el peón se quedaba en la última línea, esperando una captura de pieza propia. En el momento de que aparecía una de ellas, era canjeada por el peón.
Esto puede llevar a situaciones interesantes, incluso a jaques mates espectaculares causados por dejarse capturar una pieza, que en lugar de desaparecer del tablero se traslada de lugar.

III

Aún a mediados del siglo XIX, con el férreo apoyo del campeón del mundo Steinitz, existía una regla reminiscencia de la anterior: si el peón antes se quedaba en la octava esperando su transmutación, también estaba permitido dejarlo como tal. Es decir, al coronar un peón era posible elegir entre cualquiera de las piezas del juego de ajedrez, salvo el rey, o bien elegir peón.

Esta fatídica regla número 13, de redacción altamente imprecisa, decía lo siguiente:

Cuando un peón alcanza la octava fila, el jugador tiene la opción de elegir una pieza, haya sido esta previamente capturada o no, cuyo nombre y poderes asumirá, o decidir si el peón permanecerá como peón.

Esta regla no era universal. Sólo era propia de la Federación Británica de Ajedrez (y por tanto también empleada en otros territorios como Canadá) y tratando de unificar las leyes a nivel mundial en el Congreso de 1862 se decidió que el peón no podría quedarse como peón.
Este singular peón, el peón tonto (dummy), fue motivo de debate. Steinitz estaba a favor de que se pudiera quedar en la octava fila, como si nada. Aunque altamente improbable, podría servir como recurso defensivo en situaciones en que un bando busque el ahogo de su rey, y las consiguientes tablas.
La regla era además muy imprecisa, al no definir si uno podía pedir una pieza de color contrario al propio al coronar su peón, lo cual también podría resultar un recurso defensivo tan espectacular como improbable.

En este problema de fantasía, las blancas consiguen dar jaque mate en un movimiento, aplicando la histórica regla nº13. La única forma es coronando su peón y eligiendo como pieza ¡Un caballo negro!

La Wikipedia tiene un artículo muy extenso y completo sobre los diferentes tipo de coronaciones de peones.

El título del post es el de un capítulo del clásico libro de Alexander Koblenz El mundo mágico de las combinaciones.

Este artículo es de un borrador del 2008, no podéis imaginar la cantidad de basura que me tengo a medio publicar.

Jeopardy

Jonathan Schaeffer (nacido en 1957) es el investigador detrás de Chinook, un desconocido programa informático responsable de uno de los hitos de la programación: el primer programa informático capaz de “ganar” al campeón del mundo de damas, Marion Tinsley, en 1994.

Era la primera victoria de un ordenador en un juego lo suficientemente complejo para no ser “cálculo puro”. Los juegos en que el número de posibilidades son finitas – casi todos los conocidos – son juegos deterministas, en que a priori una máquina de potencia lo suficientemente poderosa podría determinar las posibilidades de victoria y elegir siempre la mejor opción posible.

El número de jugadas posibles en las damas es mucho menor que en el ajedrez, pero aún así en los años 90 la capacidad de cálculo de los ordenadores era lo suficientemente limitada como para que el programa Chinook marcase un hito importante en la inteligencia de las máquinas.

Aunque la repercusión de este logro fue mucho menor que la victoria de Deep Blue sobre Kasparov, reflexionando un poco creo que hay quizás mucho más mérito en el trabajo de Jonathan Schaeffer tratando de resolver el juego de damas. Por un lado es un trabajo mucho más ingrato, al no aspirar al aplauso de la Humanidad. Todo lo más esperar aparecer en algunos noticieros pequeños y alguna que otra referencia científica. Por otro lado, el equipo de Schaeffer se encontró con la dificultad del juego de damas donde las diferencias entre los jugadores son abismales.

Si escribiera un programa de ajedrez, podría contar con por lo menos 200 jugadores en todo el planeta que me podrían asesorar, con un margen de error mínimo, indicándome si ese programa sería capaz de ganar o no al mejor jugador de ajedrez del mundo.

Pero con las damas no sucedía lo mismo. El mejor jugador del mundo, Marion Tinsley, era tan superior a todos los demás, que dejó de participar en el campeonato del mundo durante diecisiete años porque no tenía rivales. Ganó el campeonato del mundo de damas durante los periodos 1955–1958 y 1975–1991. Y en el hiato de enmedio ¡No participó! Tinsley fue el mejor jugador del mundo durante 36 años. Solo perdió cinco partidas en sus 45 años de carrera. Un récord insuperable en cualquier otra disciplina competitiva.

La única forma de demostrar que el juego de damas era lo suficientemente bueno era ganando a Tinsley. Por mucho que programaran sus autores, no tenían otro jugador tan bueno como para valorar la calidad del programa. Aunque ganase al segundo jugador del mundo por un resultado abultado, eso no quería decir nada, pues también Tinsley lo hacía.

Pero a diferencia del campeón del mundo de ajedrez, que sólo se mostró dispuesto a competir contra Deep Blue por muchísimo dinero, Tinsley había pasado toda su vida frustrado al ser el mejor jugador de un juego en que no tenía rivales. Este campeón del mundo de damas estuvo dispuesto a jugar un match contra la máquina, que había vencido en el campeonato de los Estados Unidos, lo que teóricamente le daba el derecho a jugar por el campeonato del mundo – cosa que la Federación no permitió.

Justo en el ocaso de la carrera de Tinsley el equipo de Jonathan Schaeffer tenía un programa lo suficientemente competitivo. En 1992 consiguieron organizar un match – Campeonato del Mundo extraoficial – contra Marion Tinsley en el que la máquina perdió 4-2 – los encuentros de damas están abarrotados de partidas que acaban en tablas y no se cuentan. Las dos victorias contra Tinsley son todo un récord, recordar el récord del campeón que sólo había perdido cinco partidas en toda su carrera anterior.

Dos años después, en 1994, el ordenador estaba preparado para la revancha. Cuando Tinsley y Chinook iniciaron este match del hombre contra la máquina sucedió la tragedia: el campeón humano, que se había retirado del juego y sólo competía por mostrar si la máquina era lo suficientemente buena, tuvo que abandonar el encuentro cuando sólo se llevaban seis empates disputados. Le habían diagnosticado un cáncer de páncreas del que moriría pocos meses después.

El encuentro quedó empatado pero para la gente de Schaeffer eso no podía ser un empate. Porque a partir de ahí podrían ganar a todos los jugadores del mundo, siempre, pero no por ello tendrían la seguridad de que la máquina era lo suficientemente buena. Había que ganar al mejor jugador de todos los tiempos.

Ese encuentro, suspendido por motivos de salud, cuenta como victoria de la máquina, una agria victoria por abandono del rival. El match fue retomado al año siguiente, 1995, por el campeón del mundo de damas oficial, que perdió contra Chinook por un resultado de 1-0 y 31 empates.

A partir de ese momento el equipo de Schaeffer anunció que dejaría de competir, algo que ya no tenía sentido, y se limitaría a resolver el juego de damas. Resolver el juego de damas es algo tan ambicioso como garantizar el resultado de la partida antes del comienzo. Como era de esperar, el resultado de una partida de damas perfecta es el de empate. Pero ningún jugador humano puede garantizar ese empate. Muchos años después, doce años para ser exactos, en 2007, pudieron terminar el desarrollo de un programa que nunca pudiera perder a las damas.

En el camino, Deep Blue había vencido en 1997 a Kasparov, con enorme revuelo de medios de comunicación. Los investigadores canadienses dirigidos por Schaeffer seguían en su tarea ingrata y casi infinita de resolver el aparentemente sencillo juego de damas. Dieciocho años volcados en resolver un juego al que nadie juega, al que nadie aprecia y sin poder jamás demostrar que es el mejor jugador de todos los tiempos.

La resolución de juegos ha llegado al límite con el anuncio – de menor repercusión aún que las victorias de Chinook – de que IBM tenía un programa capaz de vencer a los mejores jugadores de Jeopardy, un popular programa de preguntas y respuestas en Estados Unidos. Estamos hablando de un programa que puede responder a la pregunta “¿Cual es la obra más popular del poeta más popular de Inglaterra que tiene lugar en Italia?” o a la de “¿Cuál es el nombre de la menor de edad que testificó en el juicio contra un primer ministro europeo?”.

Para llegar a responder a esas preguntas un ordenador tiene que tener una capacidad de comprensión del lenguaje extraordinaria y eso es un hallazgo que supera de largo a la televisiva derrota de Kasparov contra Deep Blue o la presentación del penoso traductor de Android. Es un paso de gigante en la hipotética posibilidad de que escribas en un cuadro de texto “¿Cuál es la hipoteca que más me conviene, siendo como soy un gañán?” y que el programa te responda con una sugerencia concreta y acertada “La de Caja Caminos” – todo lleno de publicidad a los lados, se sobreentiende.

Fuentes: Gonzalo S. me envió por correo la apasionante figura de Tinsley. Muchas gracias.
Seth Roberts, por el enlace al vídeo sobre la máquina que responde al Jeopardy.

Desempate por subasta

En las competiciones de ajedrez en que se requiere de un ganador claro, como suelen ser los campeonatos nacionales o mundiales, se está generalizando el uso de sistemas de desempate directos en que los jugadores que terminan empatados a puntos tengan que enfrentarse entre sí para dilucidar un ganador.

A diferencia de otros deportes que funcionan por sistemas de liga o de eliminatorias, en ajedrez es bastante común que los rivales se enfrenten a un número limitado de oponentes y es perfectamente posible que el primer y el segundo clasificados no se hayan enfrentado entre sí. Es habitual que el primero y el segundo hayan empatado en su encuentro particular y tampoco es imposible que el segundo le haya ganado incluso al primero.

Todo esto desvirtúa la figura del ganador y es por eso que en los últimos años cuando hay un empate en el primer puesto muchos torneos exijan que los rivales se enfrenten entre sí, ya sea por eliminatorias o en una liga en que todos los empatados juegan una partida contra los demás.

Aún así, la siempre posible figura de las tablas hace que también estos sistemas disten de ser perfectos. Por problemas de agenda – los jugadores tienen vuelos de vuelta pendientes, los hoteles y locales de juego se contratan por un tiempo limitado – los desempates tienen que ser ágiles. Pero si aún estos pueden volver a concluir en otro empate, la situación no deja de ser problemática.

Una idea que se suele emplear como último recurso es la partida desigual en que en caso de empate, sean las negras las que se declaren vencedoras. Este sistema sólo suele usarse como desempate al desempate del desempate. Y es que es un recurso que gusta poco ya que, cuando en caso de empate son vencedoras las piezas negras, todo el mundo quiere jugar con negras.

Entonces, para intentar equilibrar la situación en que los dos rivales querrían jugar con negras, lo que se suele hacer es dar algo más de tiempo a las blancas. Y como el tener más tiempo sólo se nota en partidas con ritmos de tiempo muy cortos, se llega a la necesidad de que la partida sea más o menos rápida.

Un sistema sencillo de desempate definitivo es el que da a las blancas 6 minutos de reloj y a las negras sólo 5 minutos y la ventaja de que el empate les cuente como victoria. Aún así, todo el mundo prefiere ser las negras en esta situación. Y al final quien juega con negras suele decidirse por el sistema de desempate de toda la vida: lanzando una moneda al aire. Con lo que a pesar de lo sofisticado de estos sistemas de desempate, gran parte de la solución gira en torno al sistema de desempate más injusto que existe: el puro azar.

En chessbase muestran una nueva vuelta de tuerca que se produjo en el Campeonato Juvenil de los Estados Unidos. En una última ronda cargada por el diablo se dieron las condiciones para que se produjera un triple empate en el primer puesto entre Sam Shankland, Ray Robson y Parker Zhao. Que sean tres los empatados no hace sino empeorar las condiciones. Pero la organización había fijado un sistema de desempate realmente enrevesado.

En primer lugar Ray Robson, como primer clasificado de entre los empatados, podía elegir si quería jugar la primera partida o descansar y pasar directamente a la final. Su decisión era bastante compleja ya que el llegar a la final es de por sí ventajoso pero en tal caso tendría que bailar con la más fea: jugar con blancas en la final con la obligación de ganar. Aún así, Ray Robson elegió ir directamente a la partida final, dejando a sus dos rivales con otra patata caliente.

Ahora se eligió como sistema de desempate entre Parker Zhao y Sam Shankland el jugar una partida en que las blancas tienen obligación de ganar y más tiempo que su rival. Ahora bien, para que no todo el mundo quisiera jugar con negras, se les ofreció un sistema de subasta inversa de tiempo: ¿Cuál es el mínimo tiempo con el que estarías dispuesto a jugar con las negras?

Las blancas jugarían con 45 minutos de reloj (más cinco segundos por cada jugada que hagan, igual que la negras) y las negras tendrían que subastar el tiempo con el que contarían, partiendo de un máximo de 60 minutos. Quien eligiera el número más bajo conseguiría las negras, pero tendría que jugar con ese tiempo de reloj.

La subasta fue realmente ajustada ya que Sam Shankland solicitó 31 minutos y Parker Zhao 29 minutos y 54 segundos, por lo que el ganador (de la subasta) fue Parker Zhao que jugó con negras ante Sam Shankland, con casi un 50% menos de tiempo pero con el empate de su parte.

Al final el campeonato terminó del siguiente modo: Sam Shankland ganó con blancas cuando tenía la obligación de ganar y fue a la final contra Ray Robson, esta vez con la tranquilidad de poder empatar la partida. Ray Robson arriesgó en la búsqueda de la victoria y acabó perdiendo, por lo que Sam Shankland se proclamó Campeón Juvenil de los Estados Unidos en uno de los torneos que pasarán a la historia más por lo complejo de su sistema de desempate que por ninguna otra cosa.

Ajedrez. La mejor jugada

Un interesante estudio estadístico sobre las partidas de ajedrez, tomando los datos de una base de datos aceptable (4.200.000 partidas) que no son exclusivamente de Grandes Maestros, permite obtener unos datos representativos de la partida de ajedrez:

La media de jugadas de una partida es de 57,63 medias jugadas (una de blancas o de negras). Lo que en jugadas normales se traslada a 28,8 jugadas. Es menos de lo que esperaba (me imaginaba 35 aproximadamente).

Las blancas ganan mayor porcentaje de partidas en septiembre, mientras que las negras alcanzan su máximo de victorias en abril (!).

La apertura más veces jugada, según los códigos Informator, es la B22 (Variante Alapin de la defensa Siciliana).

La fuente muestra una interesante lista con las aperturas en que hay más victorias de blancas y de negras. Esto tiene una posible explicación: hay aperturas “de blancas” (como la variante del cambio de la apertura española, el ataque Keres, o el gambito de rey) en las que el jugador de blancas suele estudiar sus variantes favoritas mientras que el de negras suele improvisar o tener una sola forma de respuesta. Igualmente hay aperturas de negras (son las más, como el gambito Budapest, la variante Svesnikov o el ataque Marshall). Cuando un rival conoce mejor su apertura y sorprende a su rival, suele obtener buenos resultados.

También hay aperturas que son sencillamente malas para uno de los dos bandos (C00, variantes irregulares de la defensa francesa (el irregular es el juego del blanco)) y tienen que ofrecer malos resultados.

El punto más interesante de toda la estadística es, en mi opinión, obtener la mejor jugada posible. ¿Cuál es la jugada que, caso de hacerla un bando, gana mayor porcentaje de partidas?

Al final por lógica, se aúnan tanto la potencia de convertir un peón en reina (al llegar a la última fila) con el hecho de que esa llegada puede hacerse mediante una captura (¡Dos pájaros de un tiro!) . Y puestos a elegir sitio, el mejor de todos es capturar con el peón blanco de f7 una pieza en g8.

Así, la jugada que más probablemente lleva a la victoria de todas es f7xg8 =D!! Con ella las blancas tienen una probabilidad de ganar mucho más elevada que las negras (de 6.4 a 1).

Como curiosidad (y por aportar algo), una partida en la que las blancas hicieron la mejor jugada posible y aún asín, perdieron: Minasian-Tiviakov, Frunze 1989.

1. e4 c5 2. Cf3 d6 3. c3 Cf6 4. h3 Cc6 5. Ad3 d5 6. e5 Cd7 7. e6 fxe6 8. Cg5 Cf6 9. Axh7 Cxh7 10. Dh5+ Rd7 11. Cxh7 De8 12. Cf6+ exf6 13. Dxh8 b6 14. O-O Aa6 15. Te1 Dg6 16. d4 cxd4 17. Dh4 e5 18. Cd2 Ad6 19. Cf3 Ad3 20. cxd4 e4 21.Ch2 Cxd4 22. Af4 Cf5 23. Dg4 Dxg4 24. hxg4 Axf4 25. gxf5 Ae5 26. Tad1 Axb2 27.Te3 Rd6 28. Tg3 a5 29. Txg7 a4 30. Cg4 a3 31. f3 Ac4 32. fxe4 Axa2 33. e5+ fxe5 34. Tg6+ Rc5 35. f6 Ac4 36. f7 Tf8 37. Ch6 d4 38. Tg8 Txg8 39. fxg8=D Axg8 40.Cxg8 a2 41. Cf6 d3 42. Rf2 Rc4 43. Ce4 a1=D 44. Txa1 Axa1 45. g4 Ad4+ 46. Re1 Ac5 47. g5 Af8 48. g6 b5 49. Cd6+ Rc3 50. Rd1 b4 51. Ce4+ Rd4 52. Cg5 b3 53.Rc1 e4 0-1

Simétricamente, la mejor jugada para las negras es también una coronación. En este caso de un peón en a2 capturando en b1 una pieza y a la vez coronando. a2xb1=D!!.

The Fascinating King’s Gambit

Descreído de “la inteligencia colectiva” o “la revolución de los amateurs” no puedo despreciar sin embargo alguna de las obras extraordinarias creadas por aficionados. Este es el caso del sorprendente libro The Fascinating King’s Gambit.

El libro fue escrito por el sueco Thomas Johansson, que sólo tiene un rating de fuerte aficionado: 2206 (sólo en España habrá más de 200 jugadores que superen ese rating).

¿Cómo puede un aficionado escribir no ya un libro bueno sino importante sobre ajedrez? Pues no sólo puede, sino que debe porque los jugadores profesionales de ajedrez no suelen dedicar apenas tiempo a esta tarea, secundaria fuente de escasos ingresos. Los libros de reconocidos Grandes Maestros suelen ser malos o muy malos. Lo triste es que en estos casos lo mejor que puedes esperar es que el libro lo haya escrito otro y simplemente la figura famosa haya firmado con su nombre. Porque si lo ha hecho el propio profesional, el resultado puede ser catastrófico.

Los Grandes Maestros de ajedrez sólo escriben buenos libros si se refieren a sus propias partidas. Mención aparte merece la serie “escrita” por Kasparov de Mis Grandes Prededecesores, con algunos de los mejores libros de las últimas décadas, en especial los que tratan sobre Karpov o él mismo.

Los libros de ajedrez se centran principalmente en el estudio de las aperturas. Los primeros movimientos, al ser los únicos que se pueden preparar en casa, son los más estudiados. Además son los más transcendentales ya que una buena posición inicial facilita mucho el resto de la partida. Así, por lo menos dos de cada tres libros que se escriben, tratan sobre las aperturas.

Al tratar sobre aperturas, existen dos fuentes de información: partidas ya jugadas o ideas nuevas, aún no experimentadas. Las partidas jugadas están ahí fuera. Hay bases de datos en el Emule con millones de ellas y cualquier tiene acceso a todas ellas. Las ideas realmente interesantes son las nuevas, las nunca jugadas. Las habituales “recetas caseras”: movimientos mejores a los existentes, que dan la vuelta a la evaluación de una posición. Todo el mundo pensaba que una posición estaba igualada, pero gracias a ese movimiento, la cosa cambia: resulta que las negras están mejor.

Las recetas caseras son el germen de muchas victorias. Gracias a una de ellas, Anand venció en el reciente Campeonato Mundial a Kramnik y fue esto lo que le acabó coronando como campeón del mundo.
Ante una sorpresa inesperada, los jugadores se ven descolocados y acaban cometiendo errores. Es por eso que las jugadas nuevas y buenas son minas de oro.

Por eso los autores de libros no suelen regalar estas revelaciones a pobres aficionados. Se las suelen guardar para sí, para ponerlas en práctica ante otros maestros. Al final el posible beneficio económico de escribir un buen libro no compensa los resultados que se pueden conseguir en competiciones mediante el trabajo secreto de las aperturas.

Así, los jugadores profesionales que escriben (que no escritores profesionales que juegan) dan informaciones poco interesante sobre las aperturas:

  • Dan información que está disponible para todo el mundo, apenas si hacen algo más que ordenar.
  • Ocultan las nuevas ideas.
  • Incluso dan ideas “equivocadas”. De este modo, tienden trampas a sus rivales que a veces creen las recomendaciones del escritor del libro, pensando que este jugará tal y como sugiere. Pero luego no es así: el profesional saca el as de la manga, el as que no quiso escribir en el libro. Y engaña a su rival.

Hay jugadores profesionales que tras retirarse se dedican rutinariamente a escribir libros de ajedrez. Se convierten en escritores profesionales, pero de peor calaña aún: sacan libros como churros, a cual peor. Es como con un blog: obtienes más ingresos con muchas entradas malas que con una buena.

En general es sencillo detectar a estos farsantes. Basta ver cuántos libros han escrito en su vida. Si en un año escriben cuatro o cinco, pues va a ser que no se han esmerado mucho con ellos. Sin embargo tienen títulos de Gran Maestro o Maestro Internacional y eso basta como reconocimiento y justificación de que sus libros pueden ser buenos.

Thomas Johansson

Thomas Johansson simplemente ha escrito un libro de aperturas como se debería hacer:

  • Ha elegido una apertura sin preocuparse si estaba de moda, si la jugaban los Grandes Maestros, si tiene mucho futuro. Simplemente ha elegido la apertura en que es un experto.
  • Ha contrastado todos sus análisis con el ordenador. Con lo que no hay errores de cálculo, ni variantes que dicen “y las blancas están mejor” para luego demostrar que las negras tienen un golpe que da un enorme giro a la situación. Las valoraciones son todas correctas y para asegurarse de no meter la pata, por no ser un profesional, ha repasado cada comentario al detalle.
  • Le ha dedicado mucho tiempo a la escritura del libro. Más de dos años.
  • Al tratarse de una apertura poco conocida, puede decirse que la ha explorado totalmente, pasando a convertirse en la obra de referencia.

A pesar de ello, las críticas al libro no han sido todo lo favorables que se pudiera esperar. Los Grandes Maestros se atreven a menospreciar sus valoraciones “de aficionado”. Pero seamos serios: con un motor de cálculo como Rybka, que está en el Emule, cualquiera puede dar valoraciones mejores a las de un profesional en un 99,99% de las ocasiones.

El caso es que el libro de Johansson permanece en el olvido. A pesar de tener tres años seguirá siendo totalmente actual. Sólo ha tenido el éxito moderado de un aficionado: conseguir saltar de una página de autoedición a la más visible de Amazon – nadie quiso publicarle el libro no porque fuera malo sino porque era demasiado marginal: dirigido a un público demasiado pequeño.

Eso sí, el libro será bueno pero el título es pésimo: The Fascinating King’s Gambit no es un libro sobre el King’s Gambit (gambito de rey) sino sobre una variante en particular de ese gambito y eso lleva a confusión a algunos lectores y potenciales compradores.

The Fascinating King’s Gambit, en Amazon.