46

Previendo que me acercaba al fatídico número redondo, decido celebrar, a bombo y platillo, mi post nº 46. No es que sea mi número favorito, ni que coincida con algo especial, pero es un número que merece ser dignificado. No tiene ninguna mención en la Biblia, al diferencia del 3, el 7 y el 12. Está ahí en medio de todo. Lo dividimos por 2 y tenemos 23, la temperatura ideal para el termostato del aire acondicionado; los cromosomas del ser humano. Lo multiplicamos y topamos con el 92, un número muy español, por aquello de descubrir América, por la celebración de 500 años de explotación y barbarie coincidente con unos Juegos Olímpicos.
Pero el 46 tiene personalidad propia, los goles que se marcan en su minuto tienen un sabor aún más amargo para el que los recibe.
El cine, se ha fijado también en él. Desde la grotesca película pornográfica “46 cm de polla”, que supongo será de culto en ciertos ambientes, hasta el futurista y recomendable “Code 46”, en el que participa el recientemente premiado Tim Robbins.
Muchas cosas ocurren cuando tienes 46 años. Goya, que había nacido en 1746, se quedó sordo a los 46 años, lo cual influyó sobremanera en su personalidad. Kant obtuvo su cátedra de Lógica y Metafísica con esa edad, lo que le permitiría caer más profundamente en sus especulaciones. En 1846 se descubrió la primera anestesia eficaz.
También hemos de recordar a los que murieron: Lovecraft, uno de los padres de la ciencia ficción, murió a los 46 años. También Orwell, padrastro del Big Brother por su novela 1984 y autor de más dignas creaciones. El doctor que descubrió la famosa fiebre asiática murió a causa de ella… a los 46 años. El brillantísimo escritor Albert Camus también murió con dicha edad.
Diego Rivera, el mexicano, murió con los 46 años cumplidos. Su esposa, Frida Khalo, apenas aguantaría un año más que él. Lutero murió en 1546. Con la iglesia hemos topado.

De muerte virtual

Bromeaba con uno de mis mejores amigos, que se marcha a vivir fuera de España, sobre la posibilidad de perder el contacto para siempre. Entonces me recordó que hay una serie de amigos a los que solo ves en dos circunstancias: bodas y funerales.
Mi falta de respecto ante la muerte me llevó a sugerirle que, pensándolo bien, en muchos casos uno no tiene tiempo material de enterarse a tiempo. Con la familia es sencillo, cualquiera te llama para avisarte de lo que ha ocurrido. Si tienes un círculo cerrado de amigos, también acabas sabiéndolo. Cuando las relaciones son tangenciales, con los compañeros aislados, que a fin de cuenta son los mejores porque no tienen ninguna necesidad de fingir la amistad, es posible la desaparición, sin noticias.
Antes era sencillo, te enterabas de lo ocurrido con un lamentable retraso, te apenabas a posteriori, que duele menos, y santas pascuas. Ahora sin embargo, pensé, hay nuevas formas de desaparecer.
Si por ejemplo muero mañana, Dios no lo quiera, mi página quedará desierta. Aquel que la visite, si lo hay, pensará que no tengo nada que decir. Luego tal vez lo achaque a otras ocupaciones. Si no se ha olvidado de la existencia de la página, acabará siendo testigo del cierre por defunción más triste que quepa esperar – los dueños del dominio me exigen escribir una vez al mes – la página seguirá mis pasos hacia el más allá.
Si soy activo en un foro de cocina, y tengo amigos virtuales, mis hijos no se preocuparán de entrar en ellos, aunque solo sea para avisar. Mis contactos del Messenger se aburrirán de mi apatía. Se demostrará lo irreal de Internet, que a diferencia de la vida normal, no acepta a los muertos.
Me apena esa sensación de fatuidad, mayor que en el mundo en que vivo, esa certeza de que las ideas van también al cubo de la basura. Internet aún tiene mucho que aprender de la vida real.

Contar o no contar

Hace unos días, el hombre máquina escribía un interesante post sobre el hecho de incluir un contador de visitas. Estoy de acuerdo con su opinión de que ese es un hecho que debe ser meditado, en la conveniencia, en las causas, en su pertinencia o no.
Y es que hacer una página Web pasa por una serie de etapas más o menos predecibles. Y una de ellas es ese ser o no ser del contador de visitas. Porque por un lado, escribimos para satisfacer una inquietud, pero por encima de todo está el hecho de querer compartir algo, aunque sea porquería, malestar y descontento. Pero aspiramos a ser leídos. Nos gusta recibir comentarios que nos hacen sentir que además de nosotros, hay quienes se interesan por lo que escribimos. Porque el hombre es débil por naturaleza y necesita del apoyo de los demás, para sentirse importante, en un mundo que te trata como a un producto de desecho. Así, a veces nos surge la duda de cuánta gente habrá visitado nuestra página, si es que alguien lo ha hecho. Y satisfacer esa duda, que en el fondo no es más que saber si somos leídos, que es como sentirnos valorados, se consigue con el contador. Pero tiene el doble filo del desencanto de descubrir la realidad, que son cuatro los que se interesan por lo que dices, y este miedo, también hace que algunos opten por no saber, porque la debilidad también puede expresarse negándose a colocar el contador, para no ser testigo directo del abandono.
Por encima del juicio sobre la conveniencia o no, que se me escapa, terminar diciendo que me parece una reflexión inteligente, en la que casi coincido plenamente. Recomiendo su lectura.

Albania

Alguien dijo una vez “Dichoso el país cuya historia es aburrida”. Me cuesta recordar el autor de la frase, pero ineludiblemente me viene a la cabeza Suiza, que evitó la mayor catástrofe del siglo XX, y aún le saco provecho. Su naturaleza montañosa motivó que en el pasado fuera considerado más un estorbo a mitad de camino que una interesante conquista. Pudo salvarse de los constantes repartos de poder que se daban a su alrededor, hasta permitirse en la actualidad dar la espalda a la ONU. Me sorprendió enterarme que este correcto país no formaba parte de la gran organización, hasta que recientemente, por referéndum, se decidiera su inclusión. Consiguieron dar la vuelta a la tortilla, de pasar a ser el gran olvidado por los poderosos a no querer saber nada de ellos.
Repasando mi solitario tomo de la enciclopedia, tratando de engañar al sueño, me topé con la entrada de Albania. Después de leerla, entiendo que este país se encuentra casi en el polo opuesto a Suiza. En Albania, todo son problemas.
En el pasado, se encontraba demasiado cerca de todas partes: de Grecia y de Roma, aún del Imperio Persa. Cambió de manos con mayor facilidad que la falsa moneda. Después de la caída de Roma aún pasó por diversas manos, resultándome especialmente curiosa la época de dominación búlgara. Y es que siempre pensé que este país resaltaba por su anonimato. Así, su identidad es demasiado ecléctica. Tocado por diversos alfabetos: el occidental, el cirílico, el árabe y el griego, su idioma debe ser una pesadilla. Para colmo de males, existen dos dialectos principales, que parece ser difieren bastante. Según cuenta, no existió apenas literatura albanesa hasta comienzos del siglo XX, y es que con tal follón, cualquiera se aclara.
El país es tremendamente pobre y practica una economía de subsistencia. Sin embargo, hasta 1970 su principal suministrador de exportaciones era China, lo cual no deja de ser sorprendente.
Así, pude poner en práctica aquello del nunca te acostarás sin saber algo más.

Online

Internet tiende a ser considerado como un lugar enorme, casi infinito, donde está toda la información. Soy de la opinión de que este juicio es muy desacertado.
Parto del hecho de que su famosa extensión es más bien aparente. Recientemente Google hacía sus búsquedas en base a 3 307 998 701 páginas( esa 1 última debe ser interesante). Quizás no sean todas las páginas de Internet, pero son gran parte de ellas. ¿Son eso tantas páginas?
Tuve un profesor en la Universidad que, aparte de su fama de loco e irregular, tenía ideas muy originales. Nos enseñó a perder el miedo a los números, a tratar de entenderlos. ¿Qué es 3 307 998 701? nos preguntaba. Y la verdad, es que apenas si teníamos para responder “un número muy grande”. Él quería que buscásemos un ejemplo, una referencia que nos lo hiciera entendible. Baste el ejemplo de reunir a todos los españoles en un sitio concreto. Que cada uno lleve un libro, no necesariamente distinto. Juntaríamos más páginas que en todo Internet. Tras esta humanización de la cifra, de repente, se le pierde el respeto y pasa de ser un número grande a uno abarcable, casi cotidiano.
De esas páginas, las más no pueden llegar a interesarnos:
-Páginas escritas en idiomas que no podremos distinguir.
-Páginas para las que hay que estar suscrito y pagar.
-Páginas de periódicos de hace varios años. Artículos científicos obsoletos.
-Foros sobre videojuegos, acupuntura o formas de adelgazar, que tal vez no nos interesen en absoluto.

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Viajar solo

Cuando cuento alguna de las veces que he viajado sólo la respuesta más común que recibo es la de “yo no sería capaz de hacer eso”, o “¿y no te aburrías?”. En realidad no hay nada más aburrido que viajar en pareja. Hoy en día, en que el mundo es turístico, todos los viajes son demasiado parecidos. Nada que ver con la época en que un hombre blanco llegaba a un terreno donde nadie antes había estado. Ahora los nativos de la más perdida tribu polinésica fabrican souvenirs y venden coca-colas. Así, pasar el verano en Benidorm o en Madagascar no es tan distinto como pueda parecer. La burguesa cobardía nos hace que para ir a tan exótica isla hayamos comprado previamente la estancia en un hotel lujoso, del que hasta hemos podido ver por Internet cómo son las habitaciones. Y entonces, las diferencias son de grado, en el calor, la humedad, la comida(y no tanta), la gente que habla extraño pero a la que de todas formas no íbamos a oír. Porque viajar acompañado no te permite la más bella de las cosas, que es conocer a otras personas, y así, tal vez, conocer otras culturas, cómo se vive en otros países, de verdad, porque si sales del hotel, y caminas durante media hora- algo que te han prohibido en el hotel- encontraras las ruinosas chozas, la miseria, que es la realidad. Y por encima de todo eso, está el hecho mágico de soportarte a ti mismo.
Porque peor que esta forma de evasión, que no es del todo real, es el hecho terrible del miedo que nos tenemos a nosotros mismos. El ¿no te aburrías estando solo? más que una pregunta me parece una tremenda afirmación, “no me gusta como soy, ¿A ti acaso puede gustarte como eres?”. Porque necesitamos contar nuestros problemas a los demás, o hacer como que oímos los de ellos, pero no, en realidad, tratamos de huir de ellos, de nosotros, de todas partes. Y al final de toda huida se encuentra lo ineludible, que es la muerte. Como Séneca me dijo, hay que prepararse para la muerte lo antes posible, pues puede abordarte en cualquier momento, y sería recomendable estar pertrechado para recibirla.
Vivimos de los demás, pero no socialmente, sino como parásitos. No disfrutamos de nosotros mismos. Y cuando la gente lee esos nefastos libros de autoayuda con la media sonrisa que se les dibuja, no es capaz de entender que el único posible mensaje, es el de estar en paz contigo mismo, y eso no se consigue con el yoga, sino amándonos a nosotros mismos, que es más difícil que hacerlo hacia otra persona, porque no esperamos nada a cambio, y porque no necesitamos engañarnos con virtudes inexistentes. Somos como somos y eso, ha de ser bello.

Conócete a ti mismo

Hace ya algún tiempo que me comentó la idea un gran amigo mío, pero por lo visto ahora está empezando a ponerse de moda. Si no sabes de un amigo tuyo desde hace tiempo, o tienes curiosidad por saber algo más de tu compañera de trabajo que resulta tan hermética, no tienes más que meter sus datos en el Google y esperar.

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