La crisis, en retrospectiva

Afortunadamente en 2016 se acabó la crisis económica española. Bueno, quizás se acabó antes, pero no fue hasta 2016 en que se dejó de hablar de que la crisis seguía estando ahí.

A pesar de haber sido una experiencia devastadora para muchas personas, y haber comprometido las opciones de futuro de casi toda una generación, resulta sobrecogedor ver como la mayoría de la gente no ha aprendido nada de ella.

Con el tiempo se ha ido simplificando la explicación de la crisis y por qué sucedió hasta niveles de Pocoyó. ‘La crisis fue culpa de los bancos y la corrupción de los políticos’ es la opinión de una inmensa mayoría de la población española.

Es cierto que gran parte de la responsabilidad de la crisis la tienen bancos y políticos. Pero reducir los culpables a estos dos simples grupos, o apurando aún más, al Partido Popular como representante de los políticos y a Bankia – o hasta tan solo Rodrigo Rato – es un ejercicio de infantilismo.

Allá en la época dorada de los blogs, había unos cuantos contando los riesgos a los que se enfrentaba España, inmensa en una enorme burbuja inmobiliaria. Mientras sonaba la orquesta, nadie hacía nada al respecto. Todo el mundo era próspero y se decía aquello de “la cosa va p’arriba”, que era una forma de entender que se soñaba con un mundo de perpetua prosperidad.

Muchos acabarían viendo como el sueño se convirtió en pesadilla. Familias enteras arruinadas, que pasaban de la bonanza y la vida acomodada a un mundo de precariedad y vergüenza. Ahora bien, todas esas personas ya han olvidado a todos los culpables de su situación. No es de extrañar que dentro de unos años, cuando la situación se repita, vuelvan a tropezar con las mismas piedras. Ellos o sus hijos, asesorados por sus consejos.

No voy a decir aquí “quienes son los verdaderos culpables”. Hay muchos. Los políticos y su intervención en los bancos, tienen el puesto de honor. Pero me parece muy injusto cómo tantos otros actores se han marchado de la fiesta sin pagar las consumiciones.

Quizás el mayor responsable de la crisis que ha salido de rositas ha sido el mundo de los medios de comunicación. Eran ellos los que jamás publicaban una noticia negativa de un banco o de un directivo importante. Dependientes de la publicidad que estos pagaban, durante los años previos a la crisis siempre hubo una total falta de periodismo crítico.

Era responsabilidad de los medios de comunicación el alertar sobre los riesgos de lo que estaba a punto de suceder. Si lo hubieran hecho adecuadamente, muchas personas no habrían pedido ese crédito justo en la cima de la burbuja, o no se hubiera inflado un 10% más el precio de la vivienda o no se hubiera comprado ese tentador Porsche Cayenne. Del mismo modo, los políticos y los banqueros se hubieran cortado un poco en su forma de actuar, tan a cara descubierta. El Cuarto Poder también miró para otro lado durante la crisis.

Resultaba patético ver cómo había que informarse en medios alternativos, como preparacionistas o conspiracionistas. Nunca una noticia alertando de riesgos, peligros. Para colmo de males, luego los medios de comunicación han hecho caja con programas y personajes que explicaban la crisis de forma sencilla, a toro pasado. Al Rojo Vivo, de la Sexta, ha sido un referente, trayendo la economía al Prime Time de las televisiones. Aunque este programa ha hecho cosas muy buenas, ¿Por qué no surgió cuando se le necesitaba de verdad, cuando todo iba bien? Luego también es penoso ver cómo han ganado mucho dinero durante la crisis economistas y personajes que no tenían ni idea de lo que estaba a punto de ocurrir, pero se mostraron muy expertos en contar la realidad y sus causas con meses de retraso. Los periodistas económicos, de notables culpables, a figuras ensalzadas y libres de toda culpa.

Los políticos son muy responsables de lo que ocurrió. Y resulta triste ver como ninguno ha sufrido consecuencias por ello, salvo aquellos que han robado descaradamente y se les ha descubierto con multitud de pruebas. Cuando se empezaba a hablar de nueva política, con los partidos de Podemos y Ciudadanos, se mostró una gran verdad: todos los políticos que estaban antes de la crisis, siguieron en sus cargos durante y después de la crisis. Un puesto de gran responsabilidad que, sin embargo, no tiene ninguna. Pase lo que pase, ellos seguirán como el dinosaurio de Monterroso.

Ahora bien, ¿Por qué seguían esos políticos ahí? Porque la gente los votaba. Recuerdo como si fuera ayer la campaña electoral de las Elecciones Generales del 2008, ganadas por el Partido Socialista. Tras haber gobernado los cuatro años anteriores – de bonanza económica – se centraron en negar la existencia de síntomas de declive económico. En medio de una situación insostenible, en que cada indicador era peor que el anterior, se atrevieron a negarlos y lo mejor de todo fue…que la gente les votó.

Mentir salía gratis y dar malas noticias, como hizo el Partido Popular en la campaña del 2008, restaba votos. Del mismo modo, en regiones con futuros escándalos de corrupción, como Andalucía o Valencia, todo iba bien. Se renovaban mayorías una tras otra. A la gente le gustaba la campechanía de los dirigentes públicos, que vivían en una perpetua euforia del 3%. Nadie votaba a los políticos de la oposición, con aspecto de aguafiestas y amargados.

Puede decirse que la gente les votaba porque aún no sabían que eran corruptos. Lo cual es cierto solo en parte. Cierto es que los periodistas no se atrevían a decir nada sobre ellos hasta que estuviera reconfirmado cien veces. Todo el mundo sospechaba la existencia de tejemanejes. Pero como hemos podido ver en las Elecciones de 2016, la corrupción es uno de los mayores problemas para los españoles pero no es uno de los factores más decisivos a la hora de elegir el voto.

Así, nos guste o no, hemos votado de forma irresponsable una y otra vez. Y lo seguiremos haciendo.

Luego basta con mirar a cualquier colectivo damnificado por la crisis para encontrar su parte de culpabilidad. Los afectados por el escándalo de las preferentes de Bankia por ejemplo. Se ha incidido en el caso de personas mayores que no sabían escribir, gente que no podía ni tan siquiera ver, que habían perdido ‘los ahorros de toda una vida’.

Sin embargo, en España nadie ahorraba. Una gran parte de esas personas mayores tenían ese dinero como parte de una venta de vivienda. Muchas de estas inocentes personas, estafadas por los bancos, habían sido los que se habían lucrado enormemente durante la bonanza de la burbuja inmobiliaria. El paradigma de compraventa era una pareja joven, sin hijos pero con planes de tenerlos, que compraba sobre plano. Y luego, ya a un nivel más modesto, que compraba un piso o local comercial a reformar a una persona mayor.

Uno de los aspectos más dramáticos previos a la crisis era ver cómo se producía una transferencia de riqueza de la gente joven – en muchos casos riqueza futura o riqueza que jamás alcanzarían – hacia las personas mayores. Durante los años posteriores hemos podido ver cómo se revertía este proceso. El abuelo con una modesta pensión acogiendo a sus hijos desahuciados o ayudándoles a llegar a fin de mes.

Con una población cada vez más envejecida, los mayores y sus pensiones son intocables, mientras los jóvenes tienen que elegir la forma en que se evaden de la realidad donde no tienen cabida: pagar con impuestos las pensiones de varios jubilados, o ser tratados como escoria una y otra vez (puteros, ni-nis, obsesionados con los videojuegos). Antes de la crisis había un problema generacional muy grande. Sigue habiéndolo y se sigue mirando para otro lado. Esta es una especie de burbuja que nos arrasará lentamente. Habrá una generación que prácticamente sólo pague impuestos para pagar las pensiones de sus mayores, mientras que cuando les llegue su jubilación, no percibirán casi nada.

Pero no fue la crisis una cuestión de jóvenes o mayores. Todos estábamos inmersos en una locura colectiva, la sociedad entera estaba enferma y no se empezaron a ver valores humanos hasta que estalló la crisis. La solidaridad entre familias, ayudando al que se quedó sin techo era antes un continuo duelo de cuñados a ver quién se había comprado el piso más adosado, a ver quién había metido más extras en la hipoteca, quién tenía la deuda más grande.

Unas forma de ocio más grotescas que ponerse a cazar Pokemons. Más viajes a Punta Cana que a Torremolinos. Turismo burdo de capitales europeas sin dejar jamás una propina. Todos los fines de semana de turismo rural a alguna parte, para no morirse de vergüenza en el trabajo por no tener nada que contar. Ocio tan a crédito como la vivienda. Restaurantes fuera de las estrellas Michelin con listas de espera de años. Comprar marcas blancas era de pobre. Toda la ropa, de marca. Menos mal que los smartphones no empezaron a aparecer hasta después de la crisis o no sé qué cosas habríamos visto. Todo el mundo tenía Audis porque los Seats eran para los muertos de hambre. Un mercado de segunda mano prácticamente inexistente.

Con la crisis llegarían medidas razonables: veranear en el piso de la playa de tu cuñado. Comer fuera pero en sitios baratos, convirtiendo a Ikea en uno de los principales proveedores de comida rápida del país. Pasar tiempo en casa, pasear. Visitar a los familiares, alargar la vida útil de coches que siguen funcionando perfectamente.

Uno de los mayores responsables de la crisis era una sociedad enferma, egoísta, sólo preocupada de aparentar. La riqueza – ficticia – y el dinero en el centro de todo lo que se hacía. Operaciones de estética sin parangón en toda Europa. Era normal incluir una operación de aumento de pecho a los gastos de la hipoteca. Las parejas se divorciaban no por falta de amor – que nunca hubo mucho – sino por falta de ambición de sus cónyuges. Antes de la crisis se vivía un egoísmo generalizado y era casi imposible escapar a él.

Blogs como Sanchiguarro, los colonos del Páramo, en tono humorístico, mostraban la irracionalidad de la sociedad en medio de la verdadera crisis : la de valores. Una cita que lo resume todo:

El problema no es que los pisos sean caros: es que nos hemos convertido en unos animales de bellota.

Inmersos como estábamos en una sociedad enferma, la crisis era en cierto modo una consecuencia inevitable.

Finalmente, antes de la crisis había un mercado de trabajo totalmente disfuncional. Todo el mundo vivía, directa o indirectamente, de negocios bancarios, inmobiliarios o una mezcla de ambos. Mucha gente cobraba una parte de su sueldo en negro, o vivía directamente de comisiones de venta que parecía nunca acabarían. La gente sin estudios ganaba mucho más dinero y tenía mejores condiciones laborales. Pero claro está, con decenas de miles de personas que estudiaban carreras profesionalmente inútiles por aquello de que uno tiene que estudiar aquello que realmente le gusta. Luego basta con desearlo mucho para que surja una trabajo soñado de Filosofía y Letras, o de Historia del Arte. Estudiar Empresariales sin vocación nunca será la solución.

El mercado laboral era una auténtica locura: empleados con intocable antigüedad que no sabían – ni querían – tocar un ordenador, mientras los jóvenes llegaban con contratos precarios debajo del brazo y palmaditas en el hombro. El aluvión de la crisis no ha arreglado nada de esto pero al menos ha servido para mostrar el inquietante aspecto de la realidad que nos podemos permitir, mientras no tengamos ningún tipo de industria.

En resumen, la crisis tuvo muchos culpables. Unos más que otros, pero me parece muy triste, e infantil, que muchas personas duerman con una total sensación de inocencia. Sobre todo porque la vida es una rueda que da continuos giros. Y si dentro de 15 años se repite algo parecido a todo esto, por lo menos que sepamos darnos cuenta y tomar las medidas que estén en nuestra mano.

El mitin

Todo el mundo ha visto cientos de mítines por televisión. Por las imágenes siempre se percibe un ambiente ficticio: jóvenes y milfs que aparecen detrás del candidato para dar una aire de prosperidad y triunfo. Euforia y aplausos ante cualquier frase, por predecible que sea. Banderitas y un público inquietantemente uniforme.

Así, por las pasadas elecciones, decidí que asistiría a algún mitin. Mi preferencia natural era el Partido Popular. Siempre me parecieron sus campañas políticas las más impostadas, con un aire de figurantes entre las personas que asisten de público. Izquierda Unida era el partido que menos interesante me resultaba, no tanto por afinidad política, sino porque siempre ha sido un partido pobre, que no llena estadios, con gente muy heterogénea. Me interesaba vivir la experiencia, y en este caso el Partido Popular era garantía de carnaza de primera calidad.

Mi primera sorpresa fue ver la inexistente publicidad que existe de los actos. No hay apenas carteles anunciando que el Presidente del Gobierno o alguno de los candidatos van a ir a tu ciudad. Y sin embargo, luego los ves en las noticias, en Prime Time. Tras haber decidido que iría a algún mitin, el que fuera, pude ver cómo se desvanecían mis opciones con el Partido Socialista o el Partido Popular simplemente porque no lo anunciaron en ninguna parte.

Tuve suerte de oír un anuncio en la radio – ¿Quién oye la radio si no está conduciendo? – mencionando que ese mismo día Ciudadanos daría un mitin en mi ciudad. Me cuadraba con el horario de trabajo así que me apunté a dicho plan sin darle muchas vueltas. Era el partido al que pensaba votar, lo cual en cierto modo justificaba la asistencia.

El mitin se celebraría en el Salón de Actos del Palacio de Congresos. Una sala enorme. Mi primera impresión era que no llenarían. Aún así, llegué 15 minutos antes del comienzo. Para mi sorpresa había una larga fila de personas esperando.

Las personas que tenía tanto delante como detrás venían en grupos relativamente numerosos. Por lo que hablaban los de delante, supe que eran miembros del partido, de la delegación de algún pueblo. Pronto me daría cuenta de que la inmensa mayoría de los asistentes al evento eran políticos de segunda o tercera fila. Se rumoreaba que en el mitin que se había celebrado el mismo día, en otra ciudad, no se había llegado ni a media entrada. La gente se movilizaba para evitar que el líder se sintiera casi solo en la provincia.

Cuando entraba en el Salón de Actos pude ver que se iba a llenar con total seguridad. Los asientos de las primeras filas, los que salen en las fotos, estaban todos reservados, con papeles pegados al respaldo de las sillas. Según había oído en la espera, se trataba de los gerifaltes de la política provincial. Luego la gente se sentaba tan cerca como podía. Al haber muchos grupos enormes, veías filas enteras reservadas. Tuve relativa suerte de encontrar un asiento por el centro, algo detrás de la fila que ocupaba la prensa. En apenas diez minutos la sala se llenó y hubo gente que tuvo que quedarse fuera.

El público me dio la impresión de ser de mi misma clase social. El vagón de cola de la clase alta, que se cree clase media porque es muy mala en matemáticas. Pocos Iphones y muchos Samsung. Pero nada de tatuajes, chanclas, gente comiendo pipas, gritones, vestidos con chándal o repartidoras de romero. Estudiantes universitarios, gente con trabajos no manuales, de todas las edades pero más bien treintañeros. No muy bien vestidos, pero no descuidados. Una audiencia que me hacía pasar desapercibido.

Luego comenzó el mitin en sí mismo. Empezaban hablando los políticos locales, los que se presentaban a las elecciones. Luego el cabeza de lista regional, para terminar con el famoso candidato nacional.

La parte en que hablan los locales no sale nunca en los telediarios y es, quizás, la más interesante. Se trata de gente a la que el evento le viene grande. El único acto al que tendrán que asistir, mientras que el líder nacional puede repetir el discurso, que se sabe de memoria, en cada provincia. En este caso la candidata estaba muy nerviosa y tenía poca capacidad oratoria. Hablaba de sus propuestas para mejorar la ciudad, pero a grandes rasgos y sin apenas entrar en datos sólidos. La anécdota y el chascarrillo por delante de la propuesta concreta.

Esperaba una puesta en escena convincente, que rematara las dudas de los asistentes. Pero estaba equivocado. A un mitin solo va la gente que está absolutamente convencida. El 100% de la gente que asistía al mitin acabaría votando al partido, aunque se prometieran barbaridades. En realidad el mitin se convertía en una especie de complejo meta ejercicio de propaganda política: no se hablaba apenas de programa, de propuestas. No es algo para convencer, sino para obtener un buen resumen en televisión. Proyectando al mismo tiempo la imagen de éxito y verosimilitud propia del que habla y es aclamado y recibe fervorosos aplausos.

La euforia del público me resultaba incomodísima. Emocionarse con un equipo de fútbol o con un personaje famoso es algo que, hasta cierto punto, se entiende. Por muy irracional que sea la pasión por un cantante famoso, por un deportista, es alguien a quien se admira. Pero un político, por muy bueno que sea, jamás se merece eso. Se trata de una persona experta en lenguaje tendencioso, dobles sentidos premeditados, respuestas evasivas. Propuestas que ni por un momento piensa cumplir. Todos hemos sentido decepción por los políticos una y otra vez. Incluso aunque sea el partido al que pensaba votar, jamás aplaudiría a su candidato.

Con el trascurso del mitin, mi desapasionamiento comenzaba a resultar llamativo. La única persona en la sala que no aplaudía nunca, que no se levantaba como un hooligan político. La progresión en el discurso político, creando tensión hasta que por fin aparecía el gran líder, sirvió para despertar un estado de pseudo euforia entre la audiencia, una vez este pisó el escenario. Era una pasión imposible de creer, aunque temporalmente real, de gente que aplaudía mucho pero que, al terminar el mitin, se marchaba a casa con pulsaciones en números negativos.

Al final del acto todo fueron aplausos, ovaciones y buen rollismo. La gente se mataba por el selfie junto al candidato. Salí como pude, contento por la experiencia, tan interesante como innecesaria. Supongo que si hubiera sido el Partido Popular, habría sido una experiencia mítica. Pero creo que mi carrera política termina aquí.

Inmigrantes

Durante las últimas semanas se ha incrementado masivamente el número de inmigrantes ilegales que entran en Europa. Gran parte de ellos provienen de Siria, un país destrozado por complicados conflictos internos y externos que van más allá de una guerra civil.

En muchos países europeos se ha planteado el debate de si debe acogerse a toda esa población y, en caso de que sí, cómo debe hacerse. Se han discutido cuotas y se ha hablado de países solidarios e insolidarios.

El debate que se ha puesto sobre la mesa me parece absolutamente fuera de toda sentido común. Se ha producido una crisis humanitaria sin precedentes y los periodistas se han encontrado con mucho interés por parte de la opinión pública. El mismo interés que pueden ocasionar asesinatos de niños, casos de maltrato o escándalos financieros. Los periodistas detectan que a la gente le interesa y hablan más sobre el tema, la gente, bombardeada por la información, adopta una postura más firme en torno a este problema y se produce un círculo virtuoso o vicioso, según se mire.

La postura inicial de España en este problema ha sido la de siempre: no queremos inmigrantes ni en pintura. Poner todo tipo de trabas para que puedan quedarse legalmente, facilitar todo tipo de mapas donde se indique claramente dónde está Francia y en qué dirección se va hacia Alemania.

El gobierno no adopta esta estrategia porque sí. Ni exclusivamente porque sea un gobierno de derechas. Simplemente hace lo que cree que la gente, o al menos sus potenciales votantes, quiere. Es por ello que se han encontrado con una necesidad de cambiar de rumbo bastante paradójica. Ahora la gente quiere otra cosa.

¿De verdad quiere la mayoría que se acojan a todos los sirios que sea posible? En mi opinión es un caso más de borreguismo provocado por los medios de comunicación. Este tipo de espejismos se provocan por la continua polarización de todos los temas que se tratan en la televisión. O blanco o negro. O Cataluña o España. O derechas o izquierdas. A favor de los toros o en contra. Solidario o insolidario.

La mayoría de la población española es solidaria – ojo, sólo en este mediático asunto – por ceguera económica. A diferencia de otros países, en España los gastos indirectos nunca nos han preocupado demasiado, porque la gente está acostumbrada a ignorar que todo gasto del país está siendo sufragado por sus bolsillos. Si sube el IVA del pan un céntimo, se puede desatar una nueva Guerra Civil, pero si se grava con un impuesto ecológico de 5 céntimos por kilo de trigo a los productores, a la gente le dará absolutamente igual.

Así, la solidaridad que se espera con los refugiados sirios es – salvo los casos de personas que realmente se han implicado a nivel personal, a veces hasta ofreciendo espacio en sus propias casas – una solidaridad que se espera que ejerza el gobierno sin preocuparse de los gastos o problemas que pueda acarrear.

Recuerda la postura de un niño pequeño que ve un perro en la calle y quiere adoptarlo. Son los padres los que ven los problemas, los gastos y sobre todo la certidumbre de que ese niño, cuando pase un tiempo, se olvidará del perro.

La superficialidad del debate sobre los refugiados sirios lleva al punto de que todo lo que escriba aquí será reducido a ‘un artículo donde se compara a los sirios con perros’.

Uno de los aspectos más miserables de la crisis humanitaria Siria es la omisión del resto de crisis simplemente ‘porque los niños sirios se parecen a nuestros niños’. Del África subsahariana han estado llegando miles de personas todos los años y la opinión pública mayoritaria siempre ha sido el rechazo. Vidas miserables de venta infructuosa en el top-manta, alejados de la realidad social. Siempre solos o con otros compañeros de sus países de origen, las opciones de integración para los subsaharianos han sido, en gran parte, inexistentes. No hay mayor miseria que el aislamiento social al que se les somete y las vidas perpendiculares al mundo de riqueza donde se encuentran. Muchos pasan de un mundo sin oportunidades para nadie a un mundo sin oportunidades…para ellos.

También se habla de que los emigrantes sirios son clases medias, muchos con estudios universitarios, muchos saben idiomas. Se supone que por ello será fácil integrarlos. La realidad es que España es un país que estaba lleno de jóvenes de clases medias con estudios universitarios e idiomas que se tuvieron que marchar del país. Se va a producir la delirante situación de acoger a algunas decenas de miles de sirios tras haber tenido que dejar marchar a cientos de miles de españoles.

¿Cuántas profesiones de refugiados sirios son compatibles? Desde luego que los médicos y enfermeros pueden trabajar inmediatamente en nuestro país. Pero, ¿De qué nos sirven policías, funcionarios, traductores, comerciales, profesores o fruteros? El verdadero drama de España es que no hay trabajo para casi nadie, si entra más gente, que además tiene el hándicap del idioma, la cultura y la falta de contactos, ¿Cómo se van a poder integrar?

A mi no me preocupa tanto si España debe o no acoger refugiados sirios como el hecho de pensar que no estamos en condiciones de acoger a nadie. Y la misma gente que se queja de la falta de perspectivas profesionales para sus hijos, pide que se acojan a más personas sin siquiera considerar que son más bocas que alimentar, que tendrán que buscar trabajo, alquilar pisos y, si se hace como parece que la gente pide, eso se tendrá que pagar de nuestros impuestos, al menos al principio.

Un problema real que han vivido muchos países de Europa – y no España – es el haber acogido muchos inmigrantes de países musulmanes sin control. Luego se han encontrado con guetos que han crecido hasta dimensiones preocupantes. Hay barrios enteros de Berlín donde sólo viven turcos. 1.500 franceses se han ido a combatir apoyando al Estado Islámico. Un cuarto de la población de Bruselas es musulmana. Normalmente se habla en términos multiculturales de forma positiva. Pero aquí estamos hablando de casos de no integración, de mundos aislados dentro de un país. Que una mujer no pueda caminar tranquila por ciertas calles de Bruselas si no lleva pañuelo no es preocupante, sino lo siguiente.

¿Es la población Siria fácil de integrar? Según con quiénes se los compare. De nuevo se ha entrado en la descalificación a cualquier argumento negativo, diciendo que hablar de que entre los refugiados tiene que haber posibles integristas es de una total xenofobia. Pero sí, claro que los habrá y por supuesto que no hay que pasarse de guays, dando palmaditas en el hombro.

Lo que no se puede hacer es denegar sistemáticamente el acceso a argentinos, peruanos, ecuatorianos, colombianos, que se integrarían en España en un abrir y cerrar de ojos y luego aceptar sin pestañear a todos los sirios simplemente porque salgan en televisión.

No tengo una postura definida en este conflicto, a pesar de las críticas. Me parece demasiado complicado. Lo que me indigna verdaderamente es la superficialidad rozando la infantilidad con que se juzgan todos los problemas. Porque este es el país donde se supone que, tras tantos años viviendo en él, debería estar integrado.

Podemos

Borgen es una serie de televisión danesa que comenzó a emitirse en 2010. Trata sobre la política en Dinamarca y fue un éxito extraordinario de crítica y audiencia. Para sorpresa de todos tuvo también muchísimo éxito en Reino Unido.

En el primer episodio se plantea un país que está a punto de realizar elecciones generales. Están los dos partidos principales peleándose por el poder, mientras que los partidos secundarios prometen lo que pueden esperando entrar como bisagra. En un momento dado el presidente del gobierno tiene que pagar un bolso a su mujer en una situación comprometida y, no disponiendo de alternativa de pago, lo hace con una tarjeta del gobierno.

El pago acaba convirtiéndose en un escándalo que, unido a un desafortunado debate en televisión entre los candidatos, lleva a que, de la noche a la mañana, gane las elecciones uno de los partidos secundarios. Sobre esa base se plantea toda la serie.

No voy a contar más sobre ella por el simple hecho de que, como en tantas otras ocasiones, me quedé en ese primer episodio. Una clave del éxito de la serie es que para los daneses tiene mucho parecido con la realidad. Desde mi perspectiva española la descarté, aparte de por el insufrible idioma, porque me resultaba una ficción más insostenible que Gym Tony.

La trama política no se parece en nada a la política que un español conoce. Incluso resulta ofensiva en algunos momentos porque el mundo, desafortunadamente, no es tan edulcorado.

Podemos, el partido político sorpresa, permite soñar con la trama que plantea Borgen. Acabar con los partidos de siempre. En la versión española, es un proceso de meses, tal vez años. En lugar de un bolso, un encadenamiento de escándalos. En lugar de un desafortunado debate, una perpetua sucesión de errores, patinazos y decir una cosa y hacer la contraria por sistema.

Una de las bases del planteamiento de Podemos es decir que los partidos que han estado gobernando los últimos años han estado robando por sistema. Es decir, han creado estructuras organizativas cuyo único objetivo era el auto enriquecimiento. Algo parecido a lo que en Italia se considera la Mafia. No es lo mismo tener que hacer una autovía y ya que puedo, llevarme un 4% de comisión, en que la comisión es un efecto y la autovía la causa, que hacer un aeropuerto para poder llevarme una suculenta comisión del 4%. En este caso, el aeropuerto es el efecto, mientras que el robo es la causa.

Lo que dicen en Podemos, y parece que no se alejan mucho de la realidad, es que se han tomado muchas medidas simplemente porque permitían robar más. Que eso es lo que tenemos por gobierno y que ellos están dispuesto a cambiarlo.

Sin embargo, a poco que Podemos (o Ciudadanos) aparecieron como posibles amenazas electorales, comenzó a aflorar que algunos de sus miembros no estaban totalmente exentos de irregularidades. El mensaje aterrador no es el de ‘Podemos está lleno de ladrones’ sino uno mucho más descorazonador: ‘Nadie que entre en política lo hace por motivos honestos, no hay nueva política: los nuevos serán como los viejos’.

A mi no me gusta un partido que tome ejemplo de Venezuela – aunque la exageración con Venezuela es delirante. No veo sentido en alejarse del Euro o los Mercados. No hay que regalar dinero a los pobres, ni parar los desahucios. Pensándolo fríamente creo que no hay ni una sola cosa de las que ha dicho Podemos con la que esté de acuerdo. Pero el ‘fracaso’ de SYRIZA negociando la deuda griega demuestra que a pesar de las grandes intenciones, un partido nuevo no nos llevaría a la Edad Media económica.

Una gente que diga que se acabó el estar en política para robar. Aunque luego algo roben. Que hacerse ricos no sea su principal objetivo. Me basta con eso. Votaré a Podemos.

Apología de Halloween

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Halloween es una de las fiestas que más gustan. Y no porque sea un fanático del cine de terror o los disfraces.

Por un lado es una fiesta muy breve: apenas si dura una noche, aunque en LIDL estén vendiendo disfraces, caramelos y decoración varias semanas antes. No llega a ser algo tan agotador como la Navidad española. La Navidad es tan brutal que se empiezan a vender los dulces en octubre y es casi imposible encontrar existencias a finales de diciembre. Llegado reyes, no hay quien tenga estómago de tomarse otro mantecado y aunque nadie quiere volver al trabajo o a la escuela, la sensación es de asco y saturación.

Halloween es una fiesta muy libre. Realmente no está claro lo que uno debe hacer. ¿Disfrazarse? ¿Dar caramelos a los niños? Lo mejor de todo es que puedes ignorarla con toda tranquilidad. Intenta comportarte como si no pasara nada el día de Fin de Año.

No gira en torno a nada. Al contrario que la cansina Semana Santa. Halloween es una idea abstracta y sobre todo lo que cuenta es pasárselo bien. No es necesario quedar con la familia por obligación, o una cena opípara. Ni siquiera arreglarse para salir.

Es una tradición que los hijos inculcan en los padres. Al revés que todas las demás. Los niños se disfrazan en el colegio, hacen cosas y obligan a los padres a participar en el circo, por presión del grupo. Los padres odian Halloween porque implica gastarse dinero en un horrendo disfraz de único uso, pero pasan por el aro viendo que los niños se sienten a gusto con la idea.

La base de Halloween es el miedo. Reírse del miedo. Reírse de la muerte. La mayoría de las tradiciones son super aburridas en su esencia. Lo único que las salva es el comer y beber mucho, pero Halloween no pone trabas ante esto.

La mayoría de los que critican Halloween lo hacen argumentando que es una tradición importada que no tiene arraigo en España. ¿Acaso eso importa? La bizarra costumbre de las uvas en Fin de Año tiene mucho menos años de los que imaginas, ¡Posiblemente menos que tú! Las más asentadas tradiciones han ido evolucionando y cambiando. La Semana Santa es una evolución de una festividad romana. Y la Semana Santa del siglo XXI es totalmente diferente a la del siglo XIX.

Un dato curioso de Halloween es que es una fiesta anglosajona, pero el día 1 de noviembre no es festivo en ninguno de estos países, mientras que en España sí que lo es. ¡Hasta nos viene bien por fechas!

Vida Eterna

Las pirámides de Egipto o el Ejército de Terracota de Xian son dos muestras de construcciones funerarias en las que un Emperador trata de fortalecer su presencia en la vida después de la muerte. Sus desmesurados esfuerzos pueden parecer vanos, pero qué duda cabe que en al menos estos dos ejemplos lograron con creces su objetivo.

La única forma de persistencia en el tiempo que de momento conocemos: la fama. Para que Qin Shi Huang pasase a la historia, aún siendo el primer Emperador de la China unificada, tenía que construir algo que perdurara más que sus imperios. Arte de primerísima categoría, con una dimensión colosal para que ni el deterioro del tiempo o las ambiciones de otros pudieran destruir su legado.

Aunque la hipótesis de una construcción deliberada, en la busca del recuerdo de las generaciones venideras, es completamente absurda, tiene sus puntos de justificación. Tendemos a pensar en las generaciones históricas como seres cándidos y crédulos. Pero su visión del tiempo, mucho más allá del espacio definido por la longitud de sus vidas, era mucho más avanzada que la que solemos tener hoy en día.

La destrucción del templo de Artemisa en Éfeso fue deliberada, por un simple pastor que pretendía, de ese modo, pasar a la Historia. Esto ocurrió antes de que naciera el padre de Qin Shi Huang. Si un pastor fue capaz de reconocer una forma tan brusca de aparecer en los libros de Historia, un emperador bien podría tratar de perdurar en el imaginario de la Humanidad, con la construcción de un ejército de terracota, réplica del que el emperador tuvo bajo su reinado. Aunque sea una insensatez pensar que el trabajo de Qin Shi Huang trataba de construir una ruina tan grande y elaborada que ninguna civilización fuera capaz de destruir parte de su memoria, no lo es menos pensar que este monarca estaba totalmente convencido de que en el más allá dispondría de este ejército con solo incluir una réplica en piedra junto a su tumba.

Igualmente las tumbas egipcias pueden entenderse como acumulaciones de riquezas, tantas como fuera posible, y tan ocultas a los ladrones como el ingenio permitiera, con el simple objetivo de que aparecieran muchos siglos más tarde, permitiendo la Vida Eterna de verdad, la de los libros y enciclopedias colaborativas.

Tal vez fueran inocentes, pero muchos consiguieron su objetivo.

Extravaganza

Hablaba el otro día sobre las extravagancias de algunos famosos cuando viajan de gira, ya sea dando conciertos o presentando películas. Nos parecen personas desquiciadas con mil manías y con exigencias a los organizadores que suelen ser costosas, sofisticadas y a menudo inútiles.

Los famosos, qué raros son ellos. Luego se van a un hotel de 10.000 euros la noche, se compran un coche que nunca llegan a conducir, papel higiénico que cuesta miles de euros, escobillas del váter que se mueven en las tres cifras.

Parece como si no supieran gastar el dinero que tan bien nos vendría a nosotros. Pero pensando un poco, ¿Son ellos tan raros?

Britney Spears se gastó 1.700 euros en papel higiénico de Louis Vuitton. Pero es quizás su gasto más desorbitado y extravagante, por eso llegó a las noticias. ¿Pero cuánto dinero gana Britney? Supongamos que ganara 20 millones de euros al año. En tal caso está gastando en papel higiénico una parte entre doce mil de su sueldo. Para un sueldo de 20.000 euros al año, el equivalente sería gastar mil veces menos en papel higiénico. Es decir, gastar 1,7 euros en papel al año.

Obviamente es imposible comparar la capacidad de gasto de una persona media con alguien que es multimillonaria en ingresos. Pero sí se puede razonar que si alguien decide comprar rollos de 1,7 euros (marca blanca de la peor ralea) y otro prefiere unos más suaves y elegantes que cuestan 2,2 euros, esta segunda persona está malgastando su dinero en una forma mucho más desproporcionada que Britney Spears.

Quizás el ejemplo del papel no sea el mejor de todos. Pensemos en coches. Un jugador de fútbol de primer nivel confesó tener un problema con los coches. Se había comprado uno que costaba en torno al medio millón de euros, casi una sexta parte de su sueldo como futbolista y uno de los coches más caros del país, al menos entre los deportistas. Pero, ¿A cuantas personas conoces que se gastan más de la mitad de su sueldo anual en un coche? Son o somos los mismos que luego decimos que cierta marca un poco más barata es una castaña. Gastar medio millón de euros en un coche cuando no se es el dueño de la Tierra es una locura. Pero lo que la mayoría de las personas hacemos continuamente, con coches por encima de nuestras posibilidades, lo es mucho más.

Creo que no se deben censurar las conductas de los millonarios de forma absoluta. Tienen que sopesarse de acuerdo a lo que ellos ganan. Si medimos las extravagancias de forma proporcional, valorando ingresos y gastos, nos daremos cuenta de que no hay nada más irracional y censurable que la conducta habitual de una persona media.

Los requisitos extraños de los famosos en los hoteles no lo son tanto si se comparan con las hilarantes quejas de usuarios medios de hoteles. En las tan comunes páginas de opiniones se perciben todo tipo de manías e ideas preconcebidas en torno a lo que uno espera de un hotel. Personas que ganan 15 euros a la hora y que van a hoteles de 150 euros la noche, donde esperan piscinas de determinados metros cuadrados, toallas de un esponjor concreto. Los que se quejan de restaurantes donde los camareros no saben servir y los postres son algo escasos y luego en casa cenan croquetas congeladas día sí día también.

Todos tenemos nuestras rarezas pero en comportamientos extravagantes la gente normal es la más anormal de todas.

Añadido:
Al respecto de los comentarios, creo que el problema que tenemos a menudo es confundir necesidades básicas con decisiones de ocio que asociamos con la idea de que son imprescindibles. Justificamos que nuestro presupuesto es mínimo para acabar transigiendo con todo. Nosotros tenemos una barrera donde marcamos el lujo, normalmente en lo que nos está vedado. Pero tener un coche con un mal sueldo, ir de vacaciones a alguna parte, comer en restaurante fuera de casa son lujos para personas en situación mucho más precaria. ¿Por qué no puede Britney tener un papel higiénico que no vendan en supermercados? Y todo el dinero que ella tiene, ¿En qué me perjudica a mi y a mi forma de vivir? En nada.

Trabajos de espabilado

Mi primer contacto con un trabajo de espabilado vino de la mano de un amigo de la familia. Según contaban, se conocía los derechos del trabajador al dedillo y cada año conseguía darse de baja exactamente el máximo número de días posible. Había un número, una especie de constante áurea del escaqueo, a partir de la cual tantas bajas ya implicarían que tuvieran que declararlo inválido o que fuese examinado por un tribunal médico.

Este ocioso trabajador, celador y carente de todo celo, era un funcionario de la vieja escuela, de los que cobraban poco y no trabajaban. Pero con sus bajas fingidas conseguía sacar lo máximo del sistema y, contrariamente a toda lógica basada en principios éticos, era admirado por su habilidad.

Aunque no siempre traspasando lo legal y lo ético, las personas tenemos tendencia a admirar todos esos trabajos que tienen resquicios dentro de sus condiciones que los hacen aparentemente superiores. El de aquel amigo de la familia era un gran trabajo porque era sencillo conseguir las bajas. En otros nos aferramos a la triquiñuela del puesto para considerarlo superior a otros, sin tener una visión de conjunto. Nos aferramos al detalle singular que se pagan en sí mismo.

Los empleados del Corte Inglés, con su capacidad de comprar a crédito sin intereses todo tipo de productos de la propia cadena, son unos enormes privilegiados. Las chicas del Zara, con su tarjeta de descuento. Muchas sólo quieren trabajar en la compañía por conseguir dicho descuento, en una actitud que cuestiona seriamente las ventajas de dicho trabajo.

Y es que cuando alguien cambia de empleo no cuenta a los demás las posibilidades de promoción, las responsabilidades del puesto, las perspectivas de realización personal. Siempre se acaba resaltando el matiz que lo convierte en un trabajo de espabilado, buscando el detalle trapero que lo hace destacar.

Los que trabajan por turnos hablan de que trabajan dos días y libran tres. Eso suena a vivir en un estado perpetuo de vacaciones. Los controladores aéreos con sus sueldos de 200.000 euros, sin que nadie sepa ni quiera saber nada sobre sus trabajos. Algunos funcionarios que se llevan tacos de folios y material de oficina a casa. El informático que se puede pasar el día entero jugando o actualizando el Facebook. El militar que paga menos cuando viaja en tren. El de Iberia que tiene vuelos gratis para él y su familia. El guarda de seguridad que se prepara una oposición mientras se supone que está vigilando. El repartidor que si termina su turno antes trabaja menos horas, el albañil que no trabaja los días de lluvia. El que cobra un sueldo extra sólo por estar de guardia 24 horas. El que termina su trabajo a las 12:00 aunque haya empezado a las 4:00.

No sé si es algo del país o más genérico y de la naturaleza humana. Pero fijaros cuando habléis con los demás y os expongan su trabajo, veréis como de inmediato sale a colación el matiz que lo convierte en un trabajo de espabilado.
¿Y tú, tienes un trabajo de espabilado?

Ve al medico no a Internet

Uno de los tópicos, quizás el principal, de la desinformación en internet, es el del paciente que se informa en la red sobre su hipotética enfermedad.

La medicina es la ciencia que conocen los médicos. Uno que consulte en la red, sin saber lo que hace, corre enormes riesgos.

Si esto mismo lo dijéramos de cualquier otra disciplina científica que no fuera la medicina, muchos responderían violentamente. No es así. Todo el conocimiento está en la red. Puedes aprender más sobre cualquier tema usando exclusivamente Internet, y eligiendo bien, que asistiendo al mejor master del mundo (y sin poder usar Internet). Y la medicina no es, ni mucho menos, una excepción.

Claro está que si tengo un tumor, no voy a aprender a extirparlo consultando páginas web. O aunque lo hiciera, lo suyo sería que un médico se dedicara a tan peliaguda tarea. Tampoco voy a elegir la medicación contra el SIDA basándome en lo que lea de la Wikipedia. Mejor consultar a un médico.

Pero hay muchos casos en los que el conocimiento real está en Internet, no en el médico. Y no estoy hablando de excepciones raras, sino en la medicina de andar por casa, la que nos afecta a diario.

Pensemos en el siguiente caso. Todos sabemos de los peligros del sol. Sus rayos pueden castigar nuestra piel y causarnos daños graves, no sólo estéticos, sino de salud a corto, medio y largo plazo. Todos sabemos que hay que usar crema protectora contra el sol.

Así que vamos a la farmacia o al supermercado. Compramos la crema y nos la aplicamos, y sobre todo a nuestros hijos que son siempre los más vulnerables. Hemos actuado responsablemente y sin embargo surge un imprevisto: nuestro hijo tiene una alergia, presumiblemente a la crema solar.

El padre modélico, de libro, acudiría a su médico de cabecera, que tal vez le daría cita para el dermatólogo. Y lo que el dermatólogo le sugeriría es que probara con otra crema.

– ¿Qué crema?
– Otra, hasta que encuentres una que no de alergia.

El sistema es rudimentario, caro, pero funciona. Uno va probando con distintas cremas solares, hasta encontrar la adecuada, la que no da alergia y permite a nuestro hijo jugar con tranquilidad en la playa.

Ahora bien. El padre moderno e irresponsable que hubiera consultado en Internet, se habría encontrado con muchos otros casos como el suyo. La crema X causa alergia a mi hijo. Foros enteros dedicados a la alergia a la crema solar.

La solución final habría resultado la misma. Comprar otra crema, ver el resultado y si no es satisfactorio, ir por la siguiente.

Hay una enorme diferencia entre el tratamiento del médico y el de Internet. En el primer caso, uno actuaría a ciegas. Con Internet, uno podría saber fácilmente qué cremas resultan más alérgicas y cuáles han funcionado en otros casos.

La solución de Internet es la más barata, y por lo tanto la menos traumática. Siempre que se hubiera usado con un poco de cabeza, se habría encontrado una crema adecuada en menos tiempo.

¿El problema verdadero sabéis donde está? Pues en que ese médico probablemente tenga otro caso de alergia a la crema solar en todo el año. Y le dará la misma solución. Al ser una enfermedad rara y tener las mismas preocupaciones que una persona cualquiera, el médico daría la solución, que es correcta, y pasaría al siguiente paciente.

Cuando vas al médico a contarle que le diste la crema X a tu hijo y le dio alergia, y luego la crema Y y también, el médico no apunta X e Y en ninguna parte, ni siquiera en su memoria. Así, si dentro de un año le llega un paciente que ha sufrido alergia con la crema X, el médico sería capaz de sugerirle la crema Y.

Pero peor aún. Imagina que llevas a tu hijo al dermatólogo dentro de un año. Por un problema totalmente diferente. En este caso, si falla la memoria, no falla el historial. No es sólo cuestión de que los médicos tengan a muchos pacientes o que dispongan de pocos recursos. En una consulta privada ocurriría lo mismo. El médico nunca te preguntará que crema solar fue la que acabó funcionando con tu hijo.

Es decir, que después de la mala experiencia con el sol, tú sabes más sobre cremas solares y alergias que el médico. Y lo que es lo mismo, si alguien en un foro pregunta por una alergia a la crema, tu respuesta será más válida y más interesante que la de tu médico.

Por todo ello, es una temeridad y una exageración decir que Internet no es un sitio donde acudir a por información médica. El que tenga pocas luces será engañado, estafado y maltratado. Pero quien sepa distinguir el polvo de la paja, puede y debe acudir a este medio a informarse.

Otra limitación de la medicina está en los tratamientos. Contra la gastroenteritis, en España, hay un tratamiento sota-caballo-rey. 24 horas sin comer, beber mucha agua, dieta blanda y vuelta a la normalidad. Cualquier médico de España te dirá siempre lo mismo.

En este caso, es un problema sencillo. Pero en otros, la receta mágica puede no funcionar. O que no nos venga bien porque nos da asco el arroz y la patata cocida. Una consulta en Internet y uno se topa con la receta que emplea otro país europeo: hartarse de coca-cola. De nuevo Internet nos está resolviendo una papeleta.

Notas:

La idea del médico que no aprende de sus pacientes, es de Seth Roberts, el creador de la dieta Shangri-La. En su caso, perdió una enorme cantidad de kilos y el médico, al que se supone que debes acudir cuando tengas sobrepeso, cuando se lo encontró tan mejorado, ni siquiera le preguntó, por curiosidad, cómo había perdido todo ese peso.

Los médicos, en general, sólo aceptan la ciencia que llega de la publicación científica. Han olvidado que el método científico nace de la observación. Como ese dermatólogo del ejemplo no pensaba escribir ningún artículo sobre la alergia a la crema solar, descartó cualquier posibilidad de aprendizaje del mundo real. Algo que no está bien, por cuanto la ciencia está dándonos respuestas parciales e inexactas. Constantemente se retiran del mercado medicamentos que estaban más que probados y con una eficacia científicamente demostrada.

En este foro hablan sobre la alergia a la crema solar. Es la antítesis a lo que te diría un médico o farmacéutico (estos sí que están más acostumbrados a aprender de los pacientes). Por un lado, recomiendan las cremas más “ratoneras”. Nivea, que es una de las más baratas, entre las que mejores resultados da a aquellos que sufrían alergia con marcas más estilosas.

Por otro lado, hablan de un producto ¡Que venden en Ebay! que es la panacea contra los casos más recalcitrantes. Lo último que esperarías oír de tu doctor.

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Viagra falsa.

Reciclaje de cerebros

Una forma original de entretenimiento consiste en prenderle fuego a un contenedor de reciclaje de papel. Todo lleno de combustible, arde completo en pocos minutos, y suele bastar con una cerilla para iniciar la combustión.

Desde luego que estas personas justifican la existencia de cárceles como la de Guantánamo. Pero, ¿Qué decir de los voluntariosos ecologistas de salón que se encuentran el contenedor reducido al tamaño de una papelera, hecho cenizas? Llegan con su bolsita llena de botellas que tirar (normalmente el contenedor de vidrio está al lado del de papel y corre la misma suerte) o con el penúltimo tomo de una enciclopedia para tirar.

Para ellos es una enorme molestia encontrarse con la destrucción del contenedor. Lo que resulta realmente lamentable, y me incita a sugerir la existencia de contenedores para el reciclaje de cerebros, es que no les importa que el contenedor no exista. Van y dejan sus botellitas o sus papelotes entre las cenizas de lo que en un momento fue un contenedor.

Estas personas han desarrollado automatismos propios de protozoos, vidrio->contenedor de vidrio. Si el contenedor de vidrio no existe, lo tiro en el sitio donde estaba anteriormente.

Peor aún son algunos especímenes que, tras la retirada del contenedor quemado por parte del ayuntamiento, dejan la bolsa de reciclaje en el lugar donde antes había un contenedor de reciclaje. Esto ya recuerda a los perros que siguen visitando la tumba de sus antiguos amos.

Señoras y señores. El vidrio se tira en el contenedor de vidrio si hay contenedor de vidrio. Si no, se busca otro y se tira en ese. Y si no, pues en la basura de toda la vida.