Unfollowers en Twitter

SayonaraApp es una nueva aplicación para Iphone que permite conocer quién ha dejado de seguirte en Twitter.

Personalmente no uso apenas Twitter y mi teléfono no es Iphone, pero aún así os recomiendo que los que podáis os la instaléis en vuestro teléfono.

Antes se hablaba del hambre en el tercer mundo, de los negritos con los estómagos hinchados. Ahora se piensa más en desahucios de familias múltiples que viven de la ayuda al hijo que tiene una enfermedad incurable. Cada vez resulta más fácil conocer casos de primera mano de gente con problemas enormes. Pero eso no cambia las vidas de aquellos, entre los que me incluyo, a los que no les va del todo mal. Siguen saliendo a cenar, siguen viajando en los puentes, siguen comprando en las rebajas.

Cuando no te va tan mal del todo, sigues pensando que tienes problemas. La mente se adapta al tamaño de nuestro infortunio. No salen en las noticias los suicidios de personas con trabajo, con hipotecas pagadas, con viajes de envidia que, sin embargo, se sienten tremendamente infelices.

Nos cuesta encontrar ese equilibrio, relativizar nuestros problemas viendo los de nuestro vecino. Y aunque esto no deja de ser publicidad gratuita, os recomiendo realizar el proceso. Pagar dos dólares por la aplicación y empezar a preocuparos de aquellas personas que han perdido el interés en lo que escribís en Twitter. ¿Por qué lo habrán hecho? ¿Qué hice mal? ¿Cómo puedo enmendar mi comportamiento? Cada vez que una persona deje de seguirte en Twitter, y lo sepas, sentirás una pequeña punzada en el corazón. Pero al mismo tiempo te acordarás de esta entrada. No te embargan pasado mañana. Puedes comer algo más que pasta hervida. No serás pobre toda tu vida. No tendrás que dejar el país. Cada vez que alguien te haga unfollow, serás un poco más feliz con tu vida.

Muerte por asfixia

Una noticia que cada cierto tiempo salpica los noticiarios es la de la muerte de una persona, más o menos famosa, en una práctica masturbatoria conjugada con una asfixia parcial. La Wikipedia le da el romántico nombre de «asfixia autoerótica«.

El caso más conocido, sin lugar a dudas, es el de David Carradine, pero continuamente aparecen casos de personalidades públicas que sucumben ante tan arriesgada práctica.

No tiene sentido siquiera considerar si bajo los efectos de estas asfixias aumenta la sensación erótica. El riesgo es simplemente demasiado elevado. Si la restricción del aire se realiza apretando el cuello, como en un ahorcamiento, las consecuencias son totalmente imprevisibles. El cuerpo tiene una reacción automática ante la presión sobre la vena carótida, limitando el oxígeno que accede al cerebro y restringiendo el ritmo del corazón. Es demasiado fácil que se produzcan daños cerebrales irreversibles o la muerte. Si pierdes la conciencia en plena asfixia, no podrás hacer nada para recuperar el flujo del oxígeno y aunque pudieras tal vez sea ya demasiado tarde.

En España murieron durante el año 2010, 71 mujeres víctimas de violencia machista o doméstica (crímenes pasionales en el pasado). En Estados Unidos mueren entre 250 y 1.000 personas en prácticas de asfixia «lúdica» (muertes accidentales). Si ponderamos estas tan indeterminadas como cuestionables cifras al tamaño de España, estaríamos hablando de que en España morirían entre 40 y 160 personas cada año por estas macabras prácticas.

De estas muertes por asfixia hay que realizar una división en dos grupos. Está por un lado la práctica autoerótica, realizada casi siempre en solitario. Y por otro, una terrible sucesión de muertes que se producen en juegos entre adolescentes, alentados por la leyenda urbana (y nunca mejor aplicado el término) de que en los primeros momentos de la ausencia de oxígeno se produce una especie de «colocón».

No es mi intención revolcarme en los lodazales de estas prácticas ni atraer visitas que dan muy mal fario. Me llama la atención de todas estas muertes el hecho de que siempre se las relaciona con el suicidio. Y esta asfixia es la antítesis del suicidio simulado. El suicidio simulado es aquel en el que se quiere aparentar que se va a morir pero lo importante es llamar la atención. El caso clásico es la despechada mujer que se atiborra a pastillas y tras tragar la última descuelga el teléfono de las emergencias o de su desatento marido. En estos casos la víctima no quiere morir, y normalmente no lo hace, pero se deja llevar por una extraña parafernalia mental que le lleva a seguir tan tortuoso camino.

En las asfixias autoeróticas o causadas por «amigos» sucede diametralmente lo contrario. La persona se acerca a la muerte mucho más de lo que cree y bajo ningún concepto querría llegar a ella. Su mayor interés es que aquello no trascienda y nadie sepa de tan bizarra práctica.

Pero tanto en un caso como en el otro, si se llega a un desenlace fatal, la víctima está muy cerca de ser identificada con un suicida. En el primer caso, siempre se considerará que se trataba de un suicidio. Y es que el suicidio simulado sólo puede ser ficticio si este no llega a su aparente fin. Una persona que se tome una sobredosis de pastillas, llame a todos los números de atención, deje la puerta de casa abierta, llame a los vecinos y pida un taxi para ir a un centro de salud, y aún así muera, es considerada una suicida y recibe el correspondiente tratamiento legal.

Las asfixias autoeróticas son tan vergonzosas que lo habitual es que la familia de la víctima trate de disimular las pistas que pudieran llevar a dar un veredicto forense acertado. Si el muerto aparece colgado, desnudo, con pornografía, su dolida y arrepentida madre se encargaría de vestirlo, ocultar la literatura y darle una vestidura decente – como tanto preocupaba al protagonista de la novela de Delibes.

Ahora bien, ¿Hasta qué punto es esto legal? No deja de estar interponiéndose en la investigación de una muerte, de forma deliberada. Casi con toda seguridad el forense dará un veredicto erróneo. Y qué importa si ya está muerto y no va a haber asesinos.

Lo más curioso de todo el tema es que parece que sólo mueren con esta práctica personas famosas. Y es que aparece uno de los tabús del suicidio: los seguros. Normalmente ningún seguro pagaría cantidad alguna por una muerte voluntaria. Pero una muerte accidental, eso ya es otra cosa. Los pobres diablos de más imaginación que vida sexual poco pueden dejar, más que un recuerdo no demasiado malo a los familiares que les sobrevivan. Pero las celebridades tienen mucho dinero y un suicidio impide cobrar algunas primas interesantes. Así, cuando lo más normal es que se taparan las vergüenzas de los famosos y se airearan las de los pobres diablos, en este caso suele suceder totalmente lo contrario. También hay otro punto a tener en cuenta y es la necesidad de justificar que no se ha producido un asesinato. A un desconocido, no lo quiere matar nadie, pero ante una persona de posición, hay que dar alguna explicación extra.

Del mismo modo que los medios de comunicación tienen un pacto de silencio – más o menos razonable – sobre el suicidio, sobre estas muertes tienen una actitud de absoluta glotonería. Que demuestra hasta qué punto es necesario dicho pacto, o de lo contrario la crueldad y el morbo se apoderarían de las televisiones hasta límites que aún no conocemos. ¿Quién no supo de la muerte de David Carradine por televisión? Sin embargo se produce un daño enorme al dejar caer aquello de la práctica autoerótica. Porque muchos se preguntarán, ¿Si el marido de una supermodelo se entretenía haciendo esas cosas, qué límites del placer no se traspasarán con ello? Se despierta la curiosidad de personas con muy pocas luces. Y es que el tratamiento de estas noticias es como el de algo muy conocido que «ahí está» y que de vez en cuando se muere uno por ello.

El juego de las parcelas de interés también se muestra en estas muertes. Los psiquiatras prefieren pensar en las 1.000 muertes anuales, tratando de crear especialidades nuevas, muertes que acercar a su corral.

El tratamiento que da uno de los expertos a este tipo de prácticas de asfixia por placer, a parte de la medicación con antidepresivos, es realmente brutal:

Personalmente he empleado anti-andrógenos y, en un caso, la castración.

Más sobre todo esto.

Gavión atlántico

La gaviota del Atlántico es oportunista y consigue la mayoría de su comida de la basura (esta llega a ser más de la mitad de su dieta) y capturando pescado. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de las gaviotas, son muy depredadoras y frecuentemente cazan y matan a presas más pequeñas que ellas mismas, comportándose más bien como un ave rapaz más que como una típica gaviota.

No disponiendo de los talones curvados y afilados como cuchillas, capaces de arrancar de una rapaz, el gavión atlántico depende del asalto, fuerza física y resistencia mientras caza, atrapando la presa, reduciéndola a una posición de la que no pueda escapar y sea incapaz de defenderse efectivamente (por ejemplo clavándola en el suelo o manteniéndola en el aire) y dejándola que luche hasta la exhaustación. En ese momento, la gaviota cambia de posición a su captura tratando de partirle el cuello de un bocado o de un fuerte zarandeo, o le reventará el cráneo a picotazos.

El gavión atlántico puede también intentar aprovecharse del entorno en su favor, manteniendo la cabeza de víctima bajo el agua, hasta ahogarla, machacándole el cráneo contra el suelo o una roca, o dejándola caer desde alto contra una superficie dura, seguido de un golpe letal con el pico. Este comportamiento puede verse a menudo en zonas urbanas y en los vertederos, donde estas gaviotas se alimentan de palomas salvajes, ratas y ratones. A menudo roban a otras aves marítimas sus capturas y se las ha visto siguiendo a ballenas jorobadas, marrajos sardineros o atunes rojos tratando de robarles algo de pescado traído por estos animales mucho mayores.

El gavión atlántico es uno de los principales depredadores de aves marinas menores, matando y comiéndose sus huevos, crías y hasta pájaros adultos. Frailecillos del Atlántico, araos comunes, gaviotas de razas menores, golondrinas de mar, charranes rosados, pardelas, somormujos y gaviotas son capturados habitualmente por el gavión atlántico. Generalmente buscan crías porque son fáciles de encontrar, transportar y tragar. Pueden tragarse enteros a frailecillos (los pingüinos del Atlántico norte), gaviotas y patos pequeños.

[…] El águila calva y el águila de cola blanca son las únicas aves capaces de cazar gaviones atlánticos adultos y sanos. Las ballenas asesinas y los tiburones también pueden capturarlos.

La edad máxima que se ha registrado para un gavión atlántico es de 27 años y medio.

Salvo por algunos puntos y aparte, la descripción del comportamiento de este tipo de gaviota, ubicua en el norte de Europa, es más brutal que un episodio de Dexter. Teniendo un rango de alimentos casi infinito, capturando animales de todos los tamaños, tipos y desarrollos. Sin hacerle ascos a basuras. Un animal brutal, fuerte e inteligente (se ha visto a gaviotas usar trozos de pan para pescar peces). Además, es un animal que vive muchos años y sin apenas depredadores. Luego con razón se puede ver el indicativo de «Con el mínimo riesgo de extinguirse»:

En la búsqueda del animal mítico e indestructible estas gaviotas se han ganado un lugar de privilegio.

Demonio de Tasmania

El demonio de Tasmania es, evitando las innecesarias e imposibles definiciones técnicas (Sarcophilus harrisii) una especie de perro pequeño que vive en la isla australiana de Tasmania. El género del animal, Sarcophilus, es todo un despropósito pues la Wikipedia dice de él:

Sarcophilus es un género de marsupiales dasiuromorfos de la familia Dasyuridae. Se conocen tres especies, de las cuales sólo una, el diablo de Tasmania, sobrevive en nuestros días.

Es decir, que el animal pertenece a un género del que es el único representante (vivo). Sus compañeros de género sólo se conocen por fósiles del Pleistoceno. En eso se parece al hombre, que carece de otras especies vivas dentro del género Homo.

El demonio de Tasmania es un animal muy especial por varias razones. De un lado es el mayor marsupial (animal con cesto en la tripa) carnívoro que existe. Hasta hace menos de 100 años ocupaba el segundo lugar, tras el tilacino o lobo marsupial, extinto desde 1930. El tilacino tenía la bizarra característica de que también el macho tenía la cesta marsupial. Y digo bizarra porque la empleaba para guardar su aparato reproductor dentro de ella cuando tenía que correr por zonas de vegetación espesa, en una especie de ropa interior natural de máxima calidad.

Aún no hemos terminado con el tilacino pero volvamos al demonio de Tasmania. Es el mayor marsupial carnívoro y un animal que sólo existe en la enorme isla de Tasmania. En los mapas de Australia, Tasmania se percibe insignificante pero es una isla enorme, unas 20 veces más grande que Mallorca. Es decir, se podrían colocar veinte islas como Mallorca dentro de Tasmania. Tasmania está a mitad de camino entre la superficie de Andalucía y la de Aragón. Las cifras están en la Wikipedia (me encanta enlazar a esta página tan absurda como es la de la portada de la Wikipedia).

El demonio de Tasmania también vivió en el territorio continental de Australia y en la isla de Nueva Guinea. Geológicamente estos tres territorios tienen un origen común, aunque esta tercera isla, al escapar al influjo australiano aparece en tierra de nadie, ausente del pensamiento de todos. Nueva Guinea es una isla gigantesca (la segunda más grande del mundo, un 50% más grande que España). La isla de Nueva Guinea está dividida entre Indonesia, la parte que aparece a la izquierda en los mapas, y la independiente Papúa Nueva Guinea a la derecha. La linea de división fronteriza entre estos dos territorios es altamente inquietante pues traza una línea recta salvo por una insignificante e inexplicable protuberancia en el centro de la divisoria. La observación de un mapa de Indonesia puede llevar a la pérdida del juicio a más de uno. Es un país cuya geografía es incapaz de ser abarcada por la mente humana, tiene la superficie de México repartida en más de 17.000 islas, tres de las cuales son enormes pero cuyo territorio no le pertenece por completo a Indonesia (Timor, Nueva Guinea, Borneo).

Sin embargo el demonio de Tasmania se extinguió tanto de la Australia continental como de Nueva Guinea mientras que fue capaz de sobrevivir en Tasmania. La principal teoría al respecto – teoría que no se considera tal sino verdad incuestionable – es que el dingo, el perro salvaje australiano, un animal trasplantado hace unos pocos miles de años desde Asia, acabó con el demonio de Tasmania. Por un lado los dos animales competían por la misma comida. Por otro el dingo podía comerse a los demonios de Tasmania. Ante un enemigo así, no hay quien no sucumba. La suerte del demonio de Tasmania estuvo en que el dingo no llegó hasta la isla donde encontraría su refugio.

La característica más sorprendente del demonio de Tasmania es la fuerza de sus mandíbulas. En proporción a su tamaño, es el mamífero con mandíbulas más fuerte que existe, la fuerza de las suyas es cuatro veces más poderosa que la de un perro. Esto lleva a que sea capaz de comerse a sus víctimas casi por completo, salvo por los huesos más grandes. Qué duda cabe que es un animal idóneo para quien necesite hacer desaparecer un cadáver.

El demonio de Tasmania es un depredador cómodo que también se acostumbra a la vida del carroñero. Aparte de por la despreocupada vida de los animales protegidos – el demonio de Tasmania es una especie protegida – que siempre encuentran alimento ofrecido por los cuidadores, la principal fuente de comida para el demonio de Tasmania son las carreteras: animales atropellados por automóviles son su principal fuente de sustento.

¿Por qué se le llama demonio? Principalmente por su forma de comer. De un lado sus poderosas mandíbulas destructoras, de otro la agresividad que muestra hacia sus congéneres que le molesten mientras está comiendo, emitiendo un gruñido molestísimo y bastante desapacible. Además es un comedor incansable que puede ingerir un tercio de su peso en menos de media hora. Uniendo todo esto a sus costumbres nocturnas, tenemos un ruido que tuvo que causar no pocos miedos a los primeros pobladores occidentales de la isla de Tasmania.

Pocas veces, sin embargo, un sobrenombre a un animal ha causado tanto daño como el del demonio de Tasmania. Los primeros científicos que se tropezaron con él en 1807 le dieron una denominación más amable, Didelphis ursina que quiere decir oso amante de la carne, por su hábito de no estar comiendo otra cosa que carne y de hacerlo constantemente.

Pero con el paso del tiempo el nombre que cuajó fue el de Diabolus ursinus, el oso diabólico. A nivel coloquial estaba bastante extendida la denominación de «la mascota de Belcebú», que tampoco trasmite las mejores vibraciones.

Lo que parecía un juego de palabras trivial hacia un animal condenado a la extinción tendría consecuencias para los propios colonos de la isla. Para entenderlas hay que remontarse al propio descubrimiento de la isla de Tasmania.

Como ya hemos indicado más arriba, la isla tiene un tamaño gigantesco en términos europeos de superficie. Pero a nivel austral es una isla insignificante comparada con Australia.

Tras el descubrimiento de América el dibujo más o menos acertado de un mapamundi mostraba numerosos territorios prácticamente desconocidos, como la Alaska que pertenecía a España sobre el papel pero que nadie nunca se preocupó de visitar. En gran parte ese desconocimiento lo provocaron España y Portugal con sus sucesivos repartos del mundo por conquistar mediante diversos tratados (de los cuales siempre se recalca el de Tordesillas pero fueron varios de términos más o menos precisos y acatados con rigores variables).

Conquistar territorios siempre ha sido más romántico que económicamente rentable y si además la conquista puede desembocar una guerra con otras potencias de la época, desde luego que se pierden las ganas de ver mundo. El reparto de Tordesillas desincentivaba las conquistas de España y Portugal, que ya sobre el papel eran dueñas de todo. Pero al mismo tiempo del resto de países europeos, dificultando que se potenciara la colonización de los nuevos territorios.

Una de las teorías más difíciles de imaginar, descabelladas y próximas a la verdad de toda la historia de la humanidad es la que sitúa a Portugal descubriendo Australia entre 1521 y 1524. Siempre me han gustado las teorías de la conspiración relativas a la manipulación consciente de la historia en la antigüedad. Pero esta teoría, a la que cada vez se le da más credibilidad, sostiene nada más y nada menos que los portugueses descubrieron Australia, todo un continente. Y que, como estaba en el área de influencia española, por lo que por derecho le debía pertenecer aunque aún no estuviera descubierto, decidieron callarse el descubrimiento para no darles ningún tipo de ventaja.

En favor de esta teoría hay numerosos puntos. El más flagrante de todos es el hecho de que circulaban mapas dibujados en Portugal que incluían gran parte de la costa de Australia. Estos mapas acabaron siendo robados por los ingleses (espionaje industrial a gran escala) y sirvieron de guía al Capitán James Cook para «redescubrir» el continente dos siglos más tarde.

Desde luego que lo más difícil de creer de todo el asunto es que se pudiera mantener un secreto tan grande durante tanto tiempo. Lo que sí que es cierto es que todo el mundo sabía, o se imaginaba viendo los mapas, que en el enorme vacío donde se ubica Australia debía de existir alguna masa terrestre bastante grande, incluso un continente. El nombre de Australia es casi el de ese continente que, en una intuición estadística plenamente acertada, se imaginaba debía andar por ahí.

España buscó durante infructuosas décadas ese continente, en una triste sucesión de fracasos. Hoy en día parece difícil de creer que se pudiera viajar de África a América, pasando por debajo o por encima de Australia y siempre sin tropezársela. Hasta qué punto esto es posible lo demuestra el descubrimiento de la isla de Tasmania en 1642 por Abel Tasman. En este mapa se observa la ruta de este explorador (señalada en rojo) que pasó sin darse cuenta rodeando todo el continente.

Peor fue la suerte de Luis Váez de Torres quien en 1606 a las órdenes de la Casa de Austria pasó por todo el norte de Australia casi por casualidad sin darse cuenta de que estaba bordeando el gigantesco continente. En el mismo mapa he señalado esa parte de su recorrido en negro. Sorprende que ambos navegantes pasaran tan cerca de Australia sin darse cuenta de dónde estaba.

Abel Tasman descubrió la isla de Tasmania y le propuso un nombre en honor a su patrocinador, Anthoonij van Diemen: Anthoonij van Diemenslandt, La Tierra de Anthoonij van Diemen. Para cuando la isla pasó a ser territorio británico y ser colonizada, en 1803, su nombre se había acortado hasta Van Diemen’s Land: La Tierra de Van Diemen.

Ahora bien, la colonización de Australia fue una de las más inusuales de la historia. Cook redescubre el continente y en lugar de tantear con posibles opciones – viajes en busca de algo de valor, intentos de establecer colonias – los ingleses mandaron en el siguiente barco un cargamento de presos. Australia sería una prisión, o expresado más precisamente, una serie de prisiones.

Van Diemen’s Land sería una de dichas cárceles. Aislada de Australia que a su vez estaba totalmente aislada del resto del mundo. No había ninguna posibilidad de escapar, aunque hubo quien lo consiguió.

Con el paso de los años Australia fue adquiriendo una extraña forma híbrida: llegaban colonos (emigrantes) que aprovechaban la mano de obra de los presos para crear una colonia verdadera, como en su momento lo fueran Estados Unidos o Canadá.

Pero las situación de Van Diemen’s Land nunca llegó a ser tan próspera como en el continente. La vida era mucho más dura en la isla y las condiciones de vida de los presos eran de las peores de entre todas las cárceles y circulaban todo tipo de leyendas sobre las atrocidades a las que se les exponía. A pesar de los maltratos, torturas y asesinatos de presos lo que peor fama daría a esta isla sería el hecho constatado de que en una prisión de máxima seguridad donde miles de presos peligrosos se hacinaban sin esperanza alguna de ver una mujer, la práctica de la homosexualidad forzada estaba a la orden del día. Delito abominable, innombrable y asociado siempre con el mismo diablo.

Poco a poco la mala fama de Van Diemen’s Land fue apropiándose hasta del nombre. Si bien la isla se llamaba como el patrocinador de la expedición, muchos lugares de la misma tenían el nombre de su descubridor, Tasman. Poco a poco se acuñó la palabra demonio de Tasmania, pero no solo para aplicarse a los hambrientos animales. De Diemen a Demon (demonio) había una distancia demasiado corta y la isla empezó a llamarse demasiado la isla del Demonio. El gentilicio de Vandemonian dejaba las cosas aún peor.

Esto explica por qué en 1856, cuando se organizó políticamente la isla, se decidió cambiarle el nombre hacia el de Tasmania. Un nombre sin publicidad y que de paso les permitió eliminar muchas bromas fáciles sobre su demonismo. Funcionó.

Muchos os preguntaréis si el demonio de Tasmania es un animal domesticable. Su apariencia dulce puede cautivar el corazón de los amantes de los animales. A pesar de la fiereza ante sus pares, cuando está rodeado de personas no se muestra tan fiero y es uno de los pocos animales que se deja arrancar de la comida sin protestar, cosa que ni siquiera los perros hacen. Las opiniones están muy divididas al respecto, hay quien dice que, criados desde pequeños, se comportan casi como perros. Alguien contaba que tuvo un demonio de Tasmania como mascota durante casi un año, sin que tuviera ningún comportamiento salvaje o extraño. Pero un día, de la noche a la mañana, destrozó el cuero del recibidor de la casa y se marchó de la vivienda, para volver varias semanas después en un estado que desaconsejaba cualquier intento de domesticación. El adjetivo del demonio de Tasmania como mascota es «impredecible». Y ese es quizás el menos recomendable en una mascota, que puede ser muy peligrosa.

El demonio de Tasmania es especialmente famoso por el personaje de dibujos animados de Looney Tunes de Warner Bross. Con el mote de Taz se representa como un animal impaciente, siempre gruñendo, tosco, torpe y capaz de morder cualquier cosa. Es un personaje complejo dentro del mundo de los dibujos animados porque se le ha presentado tanto en los papeles de héroe como el de villano.

Las cosas se vuelven extrañas cuando pensamos en el personaje de Taz trasladado a una serie que trata sobre los personajes de dibujos animados cuando eran pequeños: Baby Looney Tunes. Las características de Taz se han identificado con un niño que tenga síndrome de Down. Estas asignaciones nunca traen nada bueno y es normal si se quiere cambiar un poco al personaje o se le hace pasar por desventuras poco envidiables surjan voces que protesten al olvidar que no es más que un dibujo animado.

La situación del demonio de Tasmania animado es altamente conflictiva para el gobierno de Australia. El demonio de Tasmania es el símbolo de la isla pero al mismo tiempo la representación del demonio que figura en el imaginario popular es la del dibujo animado. Esto lleva a que el souvenir más típico de Tasmania sea un peluche de Taz, un personaje de la Warner Bross sobre el que el gobierno de Tasmania no tiene ningunos derechos. Es más, tiene que tener mucho cuidado a la hora de emplear el término demonio de Tasmania porque en muchos casos es una marca protegida de la empresa americana. La relación entre la multinacional y la región australiana es del todo viciosa. Los americanos sólo ganan dinero con el personaje en la isla de Australia y no le dan ni un milímetro de facilidades o exenciones a los tasmanos. Estamos encantados de que usen nuestro personaje. Pero que no se olviden de que tienen que pagar por él.

Pero esto no es nada comparado con todo lo que tiene que ver con la extinción del demonio de Tasmania.

Como ya mencioné más arriba, se trata de un animal que ya se ha extinguido en otras regiones (a causa del dingo) y que ha superado riesgos de desaparición enormes. El primer riesgo, el más grave, fue la aparición de occidentales en la isla. Desde principios del siglo XIX la colonización de Tasmania se convirtió en una caza despiadada y sin cuartel a cualquier potencial depredador de la oveja – animal que se crió masivamente en la isla, especialmente a causa de que durante las guerras napoleónicas los ingleses perdieron toda posibilidad de importar lana de ovejas merinas españolas.

Por aquel entonces se trató de eliminar la especie pagando un precio por cada cabeza de demonio de Tasmania. Con este sistema se consiguió hacer disminuir la colonia a cantidades insignificantes, mientras se conseguía extinguir al más grande tilacino, el lobo marsupial. Una mezcla de su facilidad reproductora, lo pequeño de su tamaño, lo austero de su régimen de comidas y sus costumbres nocturnas permitieron que el demonio de Tasmania sobreviviera a la extinción, mientras que muchas otras especies más poderosas desaparecían para siempre, entre ellas la más resistente de todas: el hombre. Antes del siglo XX ya se habían extinguido los aborígenes de Tasmania. Estremecedor pensar que el hombre fue capaz de extinguir toda la población humana autóctona de una isla en apenas cien años, sin que fuera totalmente premeditado o por medio de una guerra. Un perro extinguió al demonio de Tasmania en el continente y el hombre no pudo terminar con el demonio de Tasmania australiano pero sí con su congénere.

Había dicho antes que el demonio de Tasmania encuentra la mayoría de su comida en las carreteras de Tasmania. Esto sin embargo no está exento de riesgos. El animal atropellado que el demonio de Tasmania empieza a comer traslada su destino al depredador, que a menudo acaba también aplastado sobre el pavimento. Por su pequeño tamaño no llega a ser un problema de seguridad para los conductores pero qué duda cabe que la misma industria que da de comer al demonio de Tasmania está acabando con él.

Sin embargo el demonio de Tasmania es un superviviente y ante todo es capaz de salir adelante. Hay un peligro ante el que no consigue sobreponerse: una enfermedad natural, la enfermedad del tumor facial del demonio de Tasmania.

Se trata de un tumor contagioso, algo tan infrecuente que sólo se conocen casos en enfermedades de perros, hamsters sirios y demonios de Tasmania. Como además el cáncer se produce en la cara y los demonios de Tasmania son muy dados al flirtear con el mordisco en las muestras de estatus – peleas por la comida y por conseguir reproducirse – la enfermedad se está trasmitiendo a la velocidad del rayo. Con una diversidad genética insignificante, más de la mitad de los demonios de Tasmania han muerto no a manos de cazadores, ni de conductores, ni de dingos: de una enfermedad natural.

La enfermedad es suficientemente atroz: un tumor que se extiende por toda la cabeza hasta que interfiere con las posibilidades de alimentarse del animal, que muere de inanición.

La lucha contra reloj por salvar al demonio de Tasmania encuentra algunas esperanzas en ejemplares del animal que se han mostrado inmunes a la misma. Si se consigue detectar qué es lo que les protege, o si su descendencia también mantiene esta inmunidad hay una vía para salvar a la especie. Otro camino, más seguro, es el de salvar a la especie – que sólo supo salvarse en la isla de Tasmania – sacándola de la isla. Se ha trasladado una colonia de demonios de Tasmania totalmente libre de la enfermedad a la isla de María, isla deshabitada de 19 kilómetros cuadrados al sureste de Tasmania, en una suerte de destierro forzoso.

El destino del demonio de Tasmania va de la mano del del zorro en Tasmania en una simetría difícil de igualar.

El zorro es uno más de tantos animales que los europeos llevamos a territorios «salvajes» con el simple objetivo de ponerle las cosas más difíciles a la naturaleza. El pobre animal lo ha tenido enormemente difícil para adaptarse a la región. De un lado parte de unas pocas parejas introducidas subrepticiamente en la isla. En pocas generaciones la actitud del hombre hacia el zorro de Tasmania ha cambiado por completo, pasando a entenderlo como un animal intruso al que hay que aniquilar.

El zorro y el demonio de Tasmania son depredadores que luchan por las mismas presas, pero la mayor distribución del segundo pone las cosas al límite de la supervivencia al primero. Al mismo tiempo los zorros tienen puesto precio a sus cabezas, son tantos los esfuerzos del hombre por salvar al demonio de Tasmania como por extinguir al zorro.

La situación del zorro en Tasmania es similar a la del tilacino o lobo marsupial. Ambos están teóricamente extinguidos en la isla de Tasmania pero cada cierto tiempo se produce algún tipo de avistamiento que siembra la duda. En el primer caso sería una noticia sensacional y es por eso que, como los ovnis en otras regiones, el deseo de verlos fomenta todo tipo de especulaciones, fotografías desenfocadas y testimonios dudosos de testigos.

Con el zorro hay una picaresca muy humana. Aunque se le supone extinto en la isla, interesa que no lo esté para que el gobierno de Australia siga enviando fondos para su erradicación, de ahí que aparezcan cadáveres de zorros cada cierto tiempo, en formas muy sospechosas, con la idea de alimentar la idea de que siguen estando ahí fuera.

El ser humano es así de raro. Extingue animales autóctonos. Luego los salva. Luego quiere extinguir animales exportados. Pero finalmente encuentra tantos incentivos para no aniquilarlos del todo que deja al zorro como animal que no existe pero no está extinto. Y al tilacino como animal oficialmente extinto pero que muchos quieren creen que existe. Y en todo esto, el demonio de Tasmania, que se siempre sobrevivirá.

Muerte por ahorcamiento

El siempre interesante blog de Mindhacks expone en uno de sus artículos lo poco que conocemos sobre la muerte por ahorcamiento. La más eficaz y una de las más populares formas de suicidio, un habitual de los métodos de ejecución y realmente no se puede precisar con exactitud el proceso que lleva a la muerte del sujeto en la mayoría de los casos.

En los comentarios al artículo se exponen las dificultades para realizar dicho estudio. Obviamente no se pueden realizar experimentos con personas, pero hoy en día el hacerlo con animales también se sostiene como algo carente de toda ética científica. Por lo tanto no hay forma de investigar la cadena de sucesos que desembocan en la muerte. Toda la información científica al respecto es sobre textos del siglo XIX y comienzos del XX.

Ahora bien, aunque no es ético matar animales para realizar estudios, ¿Deja por ello de ser una materia de estudio interesante? Los defensores de los derechos de los animales se muestran excesivamente irracionales en este punto. La verdad es que no es lo suficientemente práctico como para que compensen las muertes (asesinar es un verbo sólo aplicable a personas) pero eso no le resta interés al asunto.

Aún no se ha encontrado el método de ejecución ideal, casi todos son poco confiables, causantes de gran dolor o simplemente atroces. El ahorcamiento era, hasta finales del siglo XIX, el método estrella. Incluso se desarrollaron mejoras, como la caída larga que trataban de optimizar los efectos. Curiosamente cuando se empezó a desarrollar la empatía hacia los ejecutados se consideró que el método no era el más humano posible y se emplearon alternativas poco o nada probadas, como la silla eléctrica. Incluso la injección letal, el método defendido como más indoloro de todos, tiene sus detractores que afirman que no siempre lo será así y en muchos casos causará un dolor horrible. Y todo esto es lógico porque no dejan de ser métodos que no han sido probados de verdad, sobre los que no hay siquiera investigaciones del siglo XIX.

Así, aunque para muchos resulte horrible pensar que se estudia algo «porque sí» en este caso hay razones prácticas de sobra para realizar dichos experimentos. Otra cuestión sería el pensar la forma de realizar dichos experimentos minimizando el número de muertes necesarias. Ahí es donde se ve el talento de los investigadores, obteniendo lo máximo de lo mínimo.

Finalmente, una cuestión ética peliaguda: ¿Qué le importa más a la gente, que los condenados a muerte tengan una muerte digna y poco dolorosa o la muerte de animales «inocentes» en aras de la investigación de lo anterior?

Más información: New Scientist.
Interesante lectura: La muerte por decapitación.

Contando más cadáveres

El número oficial de víctimas en la tragedia del 11 de Septiembre de 2001 no es un número cerrado. La última víctima oficial del atentado terrorista sobre las Torres Gemelas de Nueva York es Leon Heyward que murió en octubre de 2008.

En realidad Leon no sufrió daños inmediatos en el atentado. Simplemente estaba en la zona próxima a las Torres y estuvo ayudando en las labores de rescate de las personas que salían de los edificios. La inhalación de ese polvo altamente tóxico le acabó provocando serias enfermedades pulmonares que finalmente le han ocasionado la muerte.

Su caso no es único, hay muchas personas enfermas a causa de haber colaborado en los rescates del 11 de Septiembre. Puede sin embargo que el sea la última víctima oficial del atentado, pues conseguir el certificado de que la causa directa de la muerte ha sido ese hecho no es fácil… siete años después del mismo.

Héroe sin medalla

En el siglo XXI para ser un héroe lo único necesario es que te mueras. Me resultan tristes las medallas a personas que simplemente tuvieron la mala suerte de estar en Haiti en el momento del terremoto. Es un gesto, pero desvirtúa el valor de las acciones que consiguen ese galardón con verdadera valentía y esfuerzo.

Esas medallas me temo que van por convenio, y es triste que en el convenio colectivo de tu sector se rijan los criterios para obtener medallas. O tal vez sea justo hacerlo así pero pierde todo atisbo de romanticismo del héroe clásico.

El mal sabor de boca se me quitó al conocer la historia de un héroe de verdad: Aron Ralston.

Ya el nombre es bueno: Aaron es uno de mis nombres favoritos porque es en sí mismo una lucha alfabética por ser el primero.

Aron era un campista que se fue a la parte del Gran Cañón de Utah y en esas estaba cuando se encontró con un desprendimiento de rocas que acabó con su mano atrapada bajo un pedrusco de casi 400 kilos.

Sin opciones de pedir ayuda, se encontraba en un paraje lo suficientemente remoto como para que no pasara nadie por allí en cinco días.

Al borde de la deshidratación y enfilando la muerte, Aron hizo lo que cualquiera de nosotros habría hecho en su lugar: se fracturó los huesos del brazo, y a continuación se amputó la mano atrapada con una de esas diabólicamente ineficaces navajas multiusos que todo lo hacen mal, especialmente cortar. Y así, con su mano de menos, casi muerto de sed – del hambre no se habla cuando la sed también está ahí – se arrastró hasta su coche, que pudo conducir hasta un lugar civilizado donde consiguió encontrar ayuda y sobrevivir.

Cierto que no era español, y que no murió, pero pensar que ese hombre no tiene medalla y tantos otros sí, es algo que no ayuda a dormir mejor. La historia de Aron Ralston está narrada en un libro escrito por él, aunque creo que el resumen que he hecho es motivo suficiente como para que no queráis comprarlo.

En la amputación, sentí cada uno de los cortes. Duele cuando te fracturas el hueso, y desde luego duele cuando te cortas el nervio. Pero cortar tejido muscular no es tan terrible.

También es curiosa su opinión sobre la navaja multiusos. Lejos de las legendarias de la Armada Suiza, de la suya dijo: «era una de esas que te regalan cuando compras una linterna de 12€». Imaginaos la calidad del aparato.

La verdad es que el libro, pensándolo bien, tiene que ser una lectura demencial – y recomendable. Pues se centrará en la narración de un hombre que intenta durante cinco días destruir una piedra que le tiene atrapado. El incidente de cortarse la mano es casi anecdótico y justificado por Aron con aquello de que la mano ya estaba muerta.

En cualquier caso la película sobre su incidente ya se está rodando y se llamará «127 horas».

Fuente: Wikipedia.