Salteado de patata

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Dicen que en sus inicios, los congelados fueron muy difíciles de introducir en el mercado. Las mujeres se negaban a usarlos. No porque tuvieran menos sabor o nutrientes, sino porque entonces ellas dejaban de tener un lugar tan importante en la cocina. Poco a poco fueron cediendo, hasta llegar al punto actual en que existen congelados tan extraños como el arroz precocido o la pasta – cualquiera con ideas madmaxistas debería dar de comer estos últimos a sus hijos, al menos una vez en la vida.

Los platos congelados fueron un invento de las grandes compañías que, como tantos otros, fueron copiados por las marcas blancas. Estrellas que siempre estarán ahí son las croquetas, los revueltos de gambas y los palitos de merluza – abominable producto desde el punto de vista nutricional, amparado en la simplificación “el pescado es sano”.

En España hay una interesante lucha por conseguir la mejor paella posible. La variedad de versiones para la paella fascinaría a un extranjero. Existen platos completos de paella, productos de “incluir arroz y listo”, otros que sólo congelan “los tropezones” (marisco, carne). Siempre con el afán de alcanzar una paella que, de ser servida en un restaurante, sería considerada bazofia. Al contrario que en las croquetas, donde se han logrado excelentes productos, a veces mejores que los caseros, en la paella estamos ante una lucha tan patética como nuestras representaciones en Eurovisión. El objetivo es no hacer el ridículo o no quedar de los últimos.

Mientras todo el mundo afilaba sus armas, LIDL, como siempre, iba a su aire. Ofrecía una paella en un formato extraño: paquete de un kilo u ochocientos gramos y que era, de largo, la que menos sabía a paella. Ahora bien, cualquiera que haya disfrutado algo parecido a comida asiática es capaz de apreciar platos de arroz más allá de la paella. La paella de LIDL era como si le das a comer un plato de paella a un chef chino y luego le pides que sea capaz de reproducirlo. Fracasará en la imitación pero triunfará en el resultado. Esa era la paella de LIDL: el mejor plato de todos, la peor paella por parecido.

En la época anterior a Twitter uno no podía alabar esos productos. Al fin y al cabo, los congelados van a estar siempre ahí. O no. Explicablemente e inexplicablemente, LIDL acabó retirando del mercado su fascinante paella meets Nasi Goreng. Al tratarse de un plato fallido, uno puede estar seguro de que ese crimen contra la humanidad nunca podrá ser reparado.

Pasaron muchos años. Y aunque esa afrenta nunca será borrada de mi memoria, y con un poco de suerte, tras este artículo, tampoco de la vuestra, apareció otro peso pesado en la escena de los congelados: el salteado de patata de Mercadona, que muestro en la foto del principio.

En este caso estamos ante un producto sencillísimo: trozos de patata en cuadrados, beicon, pimiento, tortilla, salchicha, guisantes. Es un plato pensado para los niños con átomos de color verde para que las madres se crean que tiene verdura. Deber ser sencillo de cocinar en casa, pero a pesar de su simplicidad, la proporción está muy lograda hasta el punto de atreverme a decir lo siguiente: el revuelto de patata de Mercadona es la Mona Lisa de los congelados. Es el único plato congelado que consumo habitualmente y es responsable en, por lo menos, un 25% de que compre habitualmente en ese supermercado. Aparte de que se prepara en casi nada de tiempo, para un soltero es una perfecta comida o cena de emergencia.

Siempre había pensado en el revuelto de patata como una reconciliación con el mundo tras el drama sufrido con la paella LIDL. Cuál sería mi sorpresa al ir a comprar un día cualquiera y encontrarme con que el estante donde aparece este producto estaba dividido en dos. Cada congelado tenía su espacio, menos éste que tenía que compartirlo con otro: mi historia de amor y hielo tiene los días contados.

Sé que los blogs son espacios para reivindicar la verdadera democracia, o contar biografías de personajes desconocidos, pero no puedo dejar de manifestaros mi drama personal. Es como si cierra tu restaurante favorito. Aparte del sufrimiento individual, me surge la duda. ¿Es mi gusto culinario tan malo como el que tengo con las mujeres? ¿Cómo es posible que la gente compre paquetes de dos kilos de pasta congelada y un revuelto de patata que está magistralmente cocinado caiga en el olvido?

Sirva este artículo como tributo a su memoria. Aprovecho para contaros mis productos de supermercado favoritos, esos que no venden en los otros y que son realmente buenos:

Mercadona: 50 toallitas limpiadoras de baños. Perfecto producto para limpiezas de emergencia o de zonas puntuales. Precio ridículo.

Corte Inglés: Chocolate negro 99% Excellence Lindt. La calidad del chocolate va en proporción a la cantidad de cacao del mismo. No puedes hacer un chocolate de alta proporción con cacao de baja calidad, el producto no sería comestible. Está demostrado cientifícamente que, al igual que el cacao es muy saludable, pierde gran parte de sus beneficios al mezclarse con leche, pasando a ser un producto nocivo. El azúcar, es el gran enemigo de la salud. Lindt tiene varios formatos, pero el 99% sólo lo venden, que yo sepa, en el Corte Inglés. He llegado a tener 6 tabletas en casa.
Corte Inglés: Twinings. Té verde Gunpowder. El té verde es una bebida que puede costar apreciar, pero se pueden notar grandes diferencias si se prueba uno que no sea de bolsas. Este té es ridículamente bueno para el precio que tiene, y lo venden en una lata que puedes usar por si compras té verde en otra parte. Yo lo he dejado de comprar porque estaba harto de acumular latas de té verde, pero por su excelente calidad-precio, tendré que volver a él una y otra vez.

Lidl: Aunque no he vuelto a encontrar sustituto de la paella, cualquier producto del batiburrillo que ofrecen semanalmente, si se corresponde con tus necesidades de consumo, es de una calidad-precio excepcional. Incluso la ropa, que siempre tiene un aspecto tosco, es mucho mejor de lo que parece.

Mercadona: Pescado fresco. Aunque los puristas de las zonas de costa desprecian el del supermercado, tiene una calidad bastante buena y los precios son ridículamente bajos. Aparte que si no te obsesionas con un pez concreto y te dejas llevar por las ofertas, puede ser un regalo. Conforme pasa el día van tirando los precios, hasta llegar a puntos obscenos. Un día estaba mirando otra cosa y se me acercó la pescadera regateándome a la baja el precio de las caballas – pez infravalorado donde los haya. El caso es que llegamos a un precio que me hizo comprar, pero aún así me ofreció otro aún más bajo si le compraba todas las que le quedaban (que serían unas ocho). Eso ya me pareció propio de un comercial a comisión en Trípoli.

Día: No está tan mal como en otra época, casi cualquier producto es bueno. Eso sí, mil ojos con la cadena de frío. Donde mejor se nota es en los jamones cocidos envasados. Es habitual ver paquetes que están rancios. Se ve que este producto es uno de los más delicados, excelente termómetro para medir la calidad de una cadena de supermercados.

Y para vosotros, ¿Cuáles son vuestros productos estrella?

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El Facebook de mi padre

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Una amiga me cuenta la siguiente historia, totalmente verídica. Creo que puedo contárosla sin causar ningún perjuicio. Si lo hago en primera persona es porque suena mejor.

Mi padre está jubilado, con 67 años y vive con mi madre. Un día, no sabemos muy bien por qué, le pidió a uno de sus nietos que le hiciera una cuenta de Facebook. Éste, con total desgana, se la creó. Le puso una contraseña un tanto ridícula – cocodrilo44 -, para que no la olvidara y preguntara por ella continuamente y ahí comenzaron las andanzas de este abuelo por internet.

No supimos de lo que estaba haciendo hasta pasados unos meses. Esta vez me preguntó a mi que cómo era eso de enviar flores por internet. Las alertas saltaron cuando me enteré que las flores no eran para mi madre.

No costó mucho entender lo que había ocurrido. Entre su ausencia de disimulo y su desconocimiento de las nuevas tecnologías, descubrí que mi padre había entendido que internet era el escenario perfecto para saltarse el férreo control de mi madre, que lo acompaña a dondequiera que va. Aún no sé de dónde tomó la idea, pero el caso es que llegó a la conclusión de que en Facebook se pueden conocer a muchas mujeres. Y sin que nadie se entere.

Gracias a la ridícula contraseña, que casi todos conocíamos, pudimos desvelar el comportamiento de mi padre en Facebook. Había estado agregando como amiga a todas las mujeres que se habían prestado. Todas, sin importar nacionalidad o edad. Luego les mandaba un mensaje, que era siempre el mismo, personalizado de acuerdo a la ciudad de origen de la chica. Y a partir de ahí, en un juego de números, esperaba que de los miles de mensajes, algunos funcionaran.

Su personalidad era del todo fraudulenta: mentía con la edad y con su estatus económico. En la finca del pueblo tiene una burra, pero explicaba en la foto que era comerciante de caballos. Su estado civil, casadísimo, se transformaba en separado en las redes sociales.

Al menos había conseguido engañar a una incauta, bastante más joven que él. La chica de las flores. Al final mi padre anunció su propósito de irse a vivir con ella. Se produjo el intenso drama familiar y mi padre dejó a mi madre, marchándose a la casa del pueblo.

Pero a los cuatro días estaba de vuelta. No porque echara a mi madre de menos, ni porque se acumulara la plancha. Porque en la casa del pueblo, no había internet ni Facebook. Volvió como si nada, sin dar mayores explicaciones.

Entre mi familia se corrió la voz de lo que estaba sucediendo. Era todo un escándalo. Pero entre los más jóvenes, también se popularizó un nuevo deporte: entrar en el Facebook de mi padre a leer qué había estado haciendo durante el día. Como todo el mundo disponía de su contraseña, no había quien no pasara unos minutos diarios leyendo sus robóticos mensajes de seducción 2.0. A pesar del sufrimiento de mi madre y lo complejo de la situación, nos partíamos de risa con sus rudimentarios modos de conquista y con lo pardillas que eran sus conquistas virtuales.

Sólo nos ha faltado crear un grupo de Whatsapp para comentar el Facebook de mi padre. Creamos perfiles falsos para alertar a la que estaba a punto de marcharse con mi padre, la incauta de las flores, de la situación real a que se exponía. Afortunadamente, desapareció. Lo pudimos leer todo, casi en directo, en las redes sociales.

Mis padres vuelven a estar juntos, sin felizmente. La última fechoría que hizo mi hermano fue cambiar el estado de relación de mi padre a “es complicado”. Era desternillante leer luego los mensajes de mi padre con sus muñequitas, explicando que hay un bug raro y se le está cambiando el estado solo todo el rato. Nos hemos tenido que poner serios con mi hermano, que cada pocos días vuelve a cambiarle el estado. No podemos permitir que una fuente diaria de humor de primera magnitud acabe siendo descubierta.

Mi padre es, hoy por hoy, una de las personas que tiene un modo de vida más similar a Matrix. Dedica casi todo su tiempo libre a seducir a paletas por el mundo, ignorando a mi madre. Pero Matrix le castiga, avisando a las ingenuas cuando las cosas van demasiado lejos. Nada de lo que cree que está sucediendo es real. Nunca podrá encontrar el amor, por muy cerca que crea estar de él.

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Economía para los pobres

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Hace ya varios meses que leí un excelente libro: Poor Economics: A Radical Rethinking of the Way to Fight Global Poverty. El libro trata sobre qué medidas eficaces pueden tomarse – y se están tomando – por parte de programas de ayuda humanitaria, para mejorar la situación de los más pobres.

La mayoría de la gente se preocupa por los pobres de forma burda y superficial. Ayudar en el tercer mundo se ha convertido en una patética forma de estatus. Pasar unos meses en un país de África es una peligrosa moda, tan extendida como tirarse un año de Erasmus “porque yo lo valgo”.

Porque “ir a ayudar” no significa que se ayude. La mayoría de las habilidades de un joven de 20 años en un país desarrollado son inútiles en uno muy pobre, especialmente cuando ni siquiera se habla el idioma del país de destino. Incluso los conocimientos médicos a veces no son directamente aplicables, por la falta de medios. Casi todos los que van a uno de esos países como misioneros lo único que hacen es perder el tiempo, sentirse muy bien, especiales y quedar de lujo con los amigos cuando se está de vuelta.

Cuando se da dinero a una causa humanitaria casi nunca se piensa si ese dinero estará bien invertido. Se asume que un porcentaje más o menos grande se perderá por el camino. Pero lo que no se piensa nunca es que, en muchos casos, lo que se haga con ese dinero no servirá casi para nada. Incluso puede ser contraproducente.

Uno de los principales problemas de cualquier ayuda al tercer mundo es el daño en la economía local. El libro cuenta el caso de la distribución de redes antimosquitos: una de las medidas más importantes para conservar la salud en regiones tropicales. Muchos planes de distribución gratuita de estas redes han acabado arruinando a empresas locales que se dedicaban, con mayor o menor éxito, a su venta.

No es trivial cómo solucionar el problema. Si se le da el dinero a la gente para que compre las redes, acaban gastándoselo en otras cosas, porque no son conscientes de cuáles son sus verdaderas necesidades. Los precios de venta y modos de distribución de esas empresas locales no son competitivos para una compra a gran escala. Algo tan simple como darle a la gente lo que más necesita dista de ser sencillo.

En general los pobres no tienen ni idea de cuáles son sus mayores problemas: viven al día. No piensan que estadísticamente un 20% de ellos contraerá SIDA y un 25% morirá a causa de enfermedades iniciadas con picaduras de mosquito. Si tuvieran suficiente dinero, se comprarían una televisión.

Los pobres carecen de partes de información fundamentales y creen en cosas que no son verdad. Cuando tienen una creencia firme suele ser incorrecta, acaban tomando decisiones equivocadas, a veces con consecuencias dramáticas.

Muchos de los esfuerzos en crear escuelas y escolarizar a los niños son vanos. Los alumnos atienden cientos de horas de clase donde no aprenden casi nada práctico. Los profesores son pésimos y faltan a menudo. Los planes de estudio son ineficaces. Millones de euros invertidos en una enorme pérdida de tiempo, que al mismo tiempo erosiona la imagen de la educación ante los ojos de esos pobres. Si en un futuro consiguen algo de dinero, jamás lo dedicarán a aumentar la formación de sus hijos.

Si se le da directamente el dinero a los pobres, se lo suelen gastan en tonterías o con poca cabeza.

Le preguntamos por qué había comprado un televisor, un DVD, etc. si pensaba que su familia no tiene suficiente para comer. Se rió y dijo “¡Oh, pero la televisión es más importante que la comida!”

En muchos casos hay que pagar a la gente para que haga algo que es bueno para ellos. Por ejemplo, dar más comida a aquellas familias en que todos los hijos vayan a la escuela. Si no se les paga, las familias no enviarían a sus hijos, aún cuando fuera gratis.

Quizás el mayor problema del tercer mundo no es el hambre, ni la guerra, sino que las mujeres tienen demasiados hijos. Cada embarazo es una situación de enorme riesgo para la salud de la madre. Una familia con muchos hijos está condenada a ser pobre para siempre y a verse rodeada de problemas – “Una familia pequeña es una familia feliz”. Etiopía tiene 6.12 hijos por familia, una barbaridad. Así, casi lo mejor que puede hacerse con el dinero que se dona al tercer mundo, son planes de esterilización – algo que suena nazi, pero que es una cruda realidad. Una delirante pero muy eficaz medida fue la de multar de forma diferente a los que usan el tren sin pagar en la India. Si el infractor está esterilizado, la multa es menor. Este tipo de ideas geniales nunca las verás en documentales molones sobre ONGs. Pero hay mucha gente muy ingeniosa trabajando en ayudar a los pobres, a veces de formas que son poco intuitivas pero muy eficaces.

En la lucha contra el SIDA, medidas “occidentales” como distribuir preservativos, son totalmente ineficaces. Uno de los mejores métodos resultó ser puramente estadístico: la probabilidad de que un hombre tenga SIDA aumenta con su edad. Convenciendo a las niñas de este hecho, se consiguió disminuir la diferencia de edad entre maridos y mujeres – lo habitual es que una mujer se case con un hombre mucho mayor – y con ello, los datos de contagio se redujeron considerablemente.

Hay un capítulo bastante interesante sobre los microcréditos. Aunque se mencionan a menudo en los medios de comunicación, poco se sabe sobre ellos. Es muy curioso que los tipos de interés que aplican – a veces hasta un 25% – serían considerados usura en occidente. El problema es que la situación crediticia es tan débil en esos países que es frecuente encontrar créditos a un 4% diario, con lo que los microcréditos pasan a ser mucho más baratos en comparación. No obstante no sirven para todo el mundo, pues a veces sus condiciones son demasiado inflexibles para la vida de personas que se pueden tambalear por una inesperada enfermedad o la muerte de algún hijo. Los pobres tienen un serio problema en la inexistencia de un sistema bancario. Nadie ahorra nada, y de esa forma, cualquier situación provoca la desgracia de toda la familia.

Sobre los emprendedores del tercer mundo, el libro cuenta que en la mayoría de los casos surgen por una necesidad, al no poder conseguir un trabajo por otros medios. Una estadística que seguramente se pueda extrapolar al primer mundo:

Uno de cada cinco negocios que sólo tenían un empleado (autoempleo) en 2002, pasaron a tener otro empleado en 2005. Pero casi la mitad de esos negocios de un sólo empleado habían desaparecido en 2005.

(Esta segunda frase no hace falta que la pongáis en el Twitter).

Y otra frase totalmente aplicable a nuestro mundo, y que se ha visto con la crisis actual:

La estabilidad en el puesto de trabajo es lo que distingue a la clase media de los pobres.

Algunas ideas del libro son de ciencia ficción pero muy creativas. El concepto de subcontratación de ciudades. Ceder la soberanía temporal de ciudades a países más capacitados para que las dirijan y las lleven hacia la prosperidad, usando el ejemplo – no voluntario – de Hong Kong.

Para terminar, una frase que resume la idea de tener hijos en el tercer mundo:

Para muchos padres, los hijos son su futuro económico: una póliza de seguros, un producto de ahorro y algunos billetes de lotería, todo envuelto en un paquete de pequeño tamaño.

Os recomiendo la lectura del libro, es muy revelador y pragmático.

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Perdona si no te llamo, amor

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Ayer me terminé el libro “Perdona si no te llamo, amor”, del bloguero – Dios, que mal suena esto – Juanki. Juanki es un conocido afiliado al eje del mal Alexliam-Hugo, por lo que viene muy bien recomendado.

Es un libro muy desenfadado sobre la primera relación de un chaval de 14 años, contada por un chico que ahora tendrá unos 19. Es decir, cuenta cómo se relacionaba con las mujeres una persona que no tenía ni idea, desde el punto de vista de otra persona que casi no tiene ni idea. Es como empezar a escribir tus memorias con 40 años, aún te falta un montón de perspectiva. Al tratarse de un esfuerzo vano, o erróneo, el resultado es mucho más interesante, pues muestra lo complicado de la evolución de las relaciones interpersonales. Nos cuesta décadas corregir errores y detectar comportamientos dañinos.

En la novela, el autor describe a su primera novia, con la que acaba casi por accidente, como una loca. Pero la descripción que sigue a lo largo de todo el libro describe a una chica totalmente corriente. Según como se mire, de un modo u otro, casi todas las mujeres están locas ante los ojos racionales de un hombre.

Por contra a lo que uno puede esperar de un libro proveniente de Internet y de una persona muy joven, la redacción es impecable, sin una sola falta de ortografía o sintaxis. Es muy divertido y fresco, tiene calidad hasta el punto de que me lo he leído entero – la mayoría de los libros los descarto tras leer los primeros capítulos- y lo he disfrutado. Además, es gratis total en formato electrónico.

Lo que más me ha gustado, tal vez porque es una autobiografía, es la inclusión de los métodos actuales de comunicación en la narrativa. Aunque no lo parezca, es algo que es muy difícil, por eso tantos escritores tratan de crear historias en el pasado, donde como mucho hay llamadas de teléfono fijo. Intentar comunicarse por Whatsapp, Messenger, llamadas, SMS, todo aderezado con las habituales excusas de que no hay cobertura, estado invisible, no he visto tu llamada, etcétera. Situaciones que todos hemos vivido de una forma u otra, pero que pocas veces hemos leído de forma divertida.

El autor deja un enlace a descarga directa de su libro, aquí.

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Bingo

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bingo

Hay tres experiencias eminentemente bajunas: ir a un prostíbulo, a un casino y al bingo. Quizás el bingo sea el menos interesante de los tres lugares, pero faltaba en mi listado de experiencias imprescindibles – que ni incluye plantar un árbol ni tener un hijo.

Fui con un amigo al bingo más famoso de mi ciudad, que tiene hasta una parada de taxis propia. Ahora los bingos no se entienden como forma de ocio, pero en su momento eran una de las principales alternativas – casi todos nuestros padres han estado en el bingo y muchos de forma habitual. Salir de copas pero ir al bingo antes o después. La cita del bingo era un clásico en la estrategia de seducción. Basta con examinar la ubicación privilegiada de algunos de los locales para darse cuenta de que ese negocio, alguna vez, fue muy próspero.

Lo curioso de sitios como el bingo es que el público habitual es personas con poca formación. Y todo el mundo sabe cómo se juega al bingo. Pero cuando entras en uno, estás totalmente perdido. Sirva esta entrada como guía para aquellos que tengáis un lado bajuno que os neguéis a ignorar.

Lo primero es dejar tu DNI para que te preparen una ficha y comprueben que tienes la edad mínima. También que no estás en la lista de personas que se han autoexcluido de los locales de juego. Nos dejaron pasar sin incidencias.

Delante nuestra, tres clientas de libro: gitanas desaliñadas, con ropa de mercadillo, pelo no Pantene y surtido de bisutería. Mientras se juega al bingo se exige un silencio absoluto, por lo que no te dejan entrar en la sala hasta que concluye la partida en vivo. Ahí nos tocó esperar unos minutos con tan grata compañía.

Entramos en la sala. El aspecto oscuro recuerda a los casinos. Un montón de mesas enormes, como para sentarse ocho personas. En cada mesa, apenas dos o tres jugadores. Buscamos mesa desesperadamente, sin encontrar nada libre. Como dos hoygan, nos sentamos en una mesa apartada, hasta que alguien del personal nos dijo que ahí no nos podíamos sentar. Eso al menos, sirvió para que nos explicara un poco: lo normal es compartir mesa con otra gente.

Volvimos a buscar sitio, esta vez considerando los posibles compañeros de mesa. Las opciones eran todas malas: parejas de más de sesenta años. Grupos de jubiladas de más de setenta. Hombres solos y no exentos de problemas. Gitanas. Barajando entre pésimas opciones, encontramos una mesa libre. Comienza la diversión.

Ganar a la banca

A pesar de querer vivir la experiencia, las intenciones de perder dinero eran mínimas. Es más, nos planteamos el reto de ganar dinero. Todo basado en un hecho poco conocido por la mayoría de la población: la comida y la bebida en los bingos es muy barata. Así que si vas buscando tomarte unas copas tiradas de precio, el bingo es uno de los locales más a considerar. Precios de bar de barrio lleno de borrachos. En nuestro caso nos lanzamos de cabeza a la oferta del día: cena gratis.

Si sólo vas por la comida gratis, es importante ir bien vestido. Así que desempolvé el traje que sólo uso para experiencias extremas y llegamos al bingo con un aspecto Ocean’s Eleven que sabíamos era totalmente inapropiado. La gente que va al bingo no sólo viste con ropa de calle, en muchos casos son modelitos que pasarían por un pijama. Vestidos con traje y corbata, el cantazo estaba asegurado.

– Venimos por la cena gratis.
– Para eso, hay que jugar.

El objetivo pasaba a jugar lo mínimo posible para tener derecho a esa cena. Jugamos dos cartones de trámite. Costaban dos euros, de los cuales el Estado se queda con 0,40€. La empresa se queda otros 0,40€ y el resto, se juegan entre todos los participantes. La tensión se corta con un cuchillo mientras se dicen los números a toda velocidad. Una partida no durará más de dos minutos y el ganador del bingo suele serlo tras unas 75 bolas – entre las que se ha cantado una línea. La velocidad es frenética, así que si pierdes un número, porque alguien te ha distraído, se despiertan tus ansias de matar. Evita ser el causante de ese ruido.

Cuando se canta el bingo o la línea, se dispone de un sistema automático que detecta inmediatamente entre todos los cartones vendidos si hay un ganador. La verificación es casi instantánea y no admite errores. En la sala estábamos unas 80 personas. Por ganar un bingo, el premio eran unos 100 euros y se paga en efectivo en el acto.

Tras quedarnos a varios números de esperanza de premio, pusimos cara de tener hambre y pedimos al camarero. Había que jugar más.

Entre partida y partida hay un descanso de unos tres minutos, que sirve para que la gente hable, coma, tome sus bebidas, tenga algo parecido a un descanso. Los vendedores reparten los cartones a 2€ y los camareros sirven la cena. Nosotros observábamos de tapadillo la fauna de semejante circo humano. Dejamos pasar un par de partidas y volvimos a comprar dos cartones, con certidumbre de derrota.

Tras volver a perder, el camarero nos vio con mejores ojos. Pudimos pedir la bebida, la comida era menú único. Al rato aparecería la sopa, pero para entonces ya habíamos vuelto a perder: dos cartones más. Dos por dos por tres ya son 12 euros perdidos.

Qué decir de la sopa. Tomarte una sopa templada, mientras cantan números, en semi tiniebla, rodeados de personas hostiles que insisten en que compres más cartones. Al margen del desfavorable entorno, era peor que comida carcelaria. Tropezones escasos, salados y duros. Todo aderezado con el típico chusco de pan imprescindible en los menús del INMSERSO, que ni me molesté en quitar del envoltorio de papel.

Entre primero y segundo, y para tratar de digerir la sopa, fuimos a por otro cartón más. Jamás tuvimos opciones de acercarnos a un premio. Algunos se enfadaban por no haber conseguido su bingo – haberse quedado a falta de un número. Para nosotros era cuestión de tener nuestra cena low cost.

Llegó el segundo y aunque el aspecto era aceptable, la calidad era inexistente. Una ensalada embadurnada en un aceite muy poco virgen. Una sepia rebozada, más bien templada. Aunque se dejaba comer todo, era rancho de la peor calaña y nutricionalmente un crimen de lesa humanidad.

Dimos cuenta de esa porquería, esperando al postre que era la crónica de una muerte anunciada. Piña y melocotón en almíbar, sin paños calientes. Menú carcelario, de camping, de scouts, de escuela de verano, de comedor social. A euro la tonelada. Ya no recuerdo bien si jugamos algún cartón más. Incluso contando casos de comida en mal estado y cenas en China señalando un amasijo de signos en la carta, era lo peor que había comido en toda mi vida. Ahora bien, tirando de money-value, había sido una cena para dos a unos 16 euros. Precios de McDonald’s con opciones de haber ganado un premio de 100 euros.

Mientras estábamos en los postres se nos sentó una pareja en la misma mesa. En los cincuenta largos, ambos parecían estar bastante borrachos y trataban de hacerse los simpáticos mientras tachábamos números con menos esperanza que un náufrago. Cuando terminó la partida, se pelearon por elegir entre los dos cartones que les habían vendido – uno traía suerte, el otro no. Nosotros ya estábamos en retirada, la típica sensación de haber ganado a la banca y hecho un poco el gilipollas. Luego pensé que si escribía sobre nuestra experiencia y lo llenaba todo de publicidad contextual, recuperaría algo de mi dignidad perdida.

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Preguntas de difícil respuesta

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Hoy en día con Internet casi cualquier pregunta puede ser relativamente sencilla de responder:

Un oso camina 10 pasos al norte, 10 pasos al sur y 10 pasos al oeste ¿De qué color es el oso?

Si se quiere establecer un juego en el que las respuestas no estén “al alcance de internet” hay que encontrar preguntas más elaboradas, más abiertas. En algunos casos se pueden suscitar debates interesantes. Os propongo tres. Por favor, evitad centraros en lo improbable de los escenarios presentados.

1) El médico sin estudios.

Me fascina el estatus de los bomberos en España. Son el otro extremo de la balanza ocupada por los taxistas. Pocas profesiones tienen mayor reconocimiento social, a la par que dificultad para acceder al puesto, cuando en realidad se trata de una profesión “mediocre” en casi cualquier otro lugar del mundo. En España es más fácil ser médico que bombero.

Ahora bien, si por casualidad una persona consiguiera una plaza de bombero, sin haberse preparado para nada las oposiciones, no sería tan difícil que se consiguiera adaptar al trabajo, y con el tiempo lo desempeñara correctamente. No hay que hacer 100 dominadas con un brazo o correr los 1.500 en menos de 3 minutos 30 segundos para apagar fuegos.

El escenario es el siguiente: Has conseguido un título de médico en el mercado negro. ¿Cómo podrías aprovechar al máximo ese título de la mejor forma posible, sin poner en peligro la salud – de casi nadie, si sólo tienes conocimientos médicos “de lo que has visto en la tele”?

Una respuesta sencilla sería hacer cualquier oposición para la que sólo exijan un título universitario. Gracias a ser médico, se consiguen puntos extra o simplemente la opción de participar. Pero hay que pensar en algo más ambicioso, tal vez exista una especialidad donde puedas “tirar de Google”. En mi opinión médico es la carrera donde es más difícil sacar partido a un título falso – sin correr grandes riesgos para los demás. Y como bonus, otra pregunta.

¿Cuál es la carrera en que sería más complicado sacar partido de un título falso? Posibles respuestas: profesor de idiomas, músico de orquesta.

2) Las llaves.

Vives en el centro de la ciudad. Te vas de vacaciones de Semana Santa y justo quieren venir a tu casa unos amigos en esa fecha. Necesitas dejarles las llaves, pero no quieres dárselas a un vecino o amigo. No hay tiempo de enviarlas por correo. ¿Cómo les dejarías las llaves para que fuera casi seguro que las podrían encontrar sin problemas? En este escenario los amigos que vienen a tu casa no conocen la ciudad, no han estado antes.

Se me ocurre enterrar las llaves en una maceta que no esté al lado de la casa – hay que evitar que alguien se las lleve. Es complicado dar indicaciones precisas de una maceta. El sistema “debajo del felpudo” es demasiado arriesgado, cualquiera podría encontrarlas. No es trivial esconder algo tan pequeño como las llaves en un sitio al que hipotéticamente podría llegar cualquiera. ¿Qué se te ocurre?

3) El móvil de Bill Gates.

Esta pregunta la plantee en Quora con un resultado patético. El escenario es el siguiente: Te encuentras en el tren con una de las personas más importantes del mundo económico mundial, pongamos Bill Gates. Por un despiste, se levanta al cuarto de baño y deja su teléfono móvil desbloqueado en el asiento. Volverá en 45 segundos, porque no se lava las manos tras ir al baño ¿Cómo podrías sacar el máximo provecho personal de la situación, sin llevarte el móvil, dejando la ética en casa e ignorando si perjudicas a Bill Gates?

El objetivo es pensar qué partido podría sacarse de un teléfono móvil de última generación. Simplemente poder copiar el número de Bill ya es algo de gran valor. O el de su mujer. O el de algún ex-presidente de los Estados Unidos. Tal vez podrías incluir tu teléfono en la agenda con un nombre falso (por ejemplo “Director de Recursos Humanos en Microsoft”) Y conseguir algún que otro chanchullo lucrativo. O revisar la cartera de acciones de Bill Gates – valiosísima información privilegiada. También podrías llamar a su mujer y decir “su marido se ha dejado el teléfono aquí”. No estaría de más que Bill Gates te debiera un favor. No sé si la opción de instalar un programa espía puede ser viable o dada por válida.

Todas estas propuestas pueden conseguir un puñado de miles de dólares, pero me cuesta creer que uno no podría hacerse rico simplemente con tener el teléfono móvil de Bill Gates durante un minuto.

Podéis responder a estas preguntas en los comentarios. Recordad que aunque los escenarios sean estrafalarios, lo ideal sería dar respuestas lo más inteligentes posibles.

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Ucrania

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Érase una vez un país que se debatía, por su localización geográfica y su historia, entre sus vecinos del este y del oeste.

Los del este compartían un pasado a veces traumático, pero tenían mucho en común con ellos, cultural e históricamente. Hasta compartían el idioma.

Los vecinos del oeste sin embargo significaban lo nuevo, el futuro, que siempre se presume como mejor.

Cada vez que había unas elecciones, a diferencia de en otros países, la discusión entre derecha e izquierda era literal: unos defendían las relaciones con el este, otros con el oeste. Está claro que no importa quién ganara, el oponente siempre iba a tener un importante porcentaje.

En las últimas elecciones de este país ganó el este – digamos que por un 60% sobre un 40%. Se podría cuestionar si estas elecciones fueron justas o no, o si los oponentes tuvieron las mismas oportunidades – algo que casi nunca ni sucede ni importa. Pero fue el resultado electoral.

Las propuestas de colaboración que había sobre la mesa eran bastante diferentes. El este prometía mucho dinero en efectivo, sin condiciones. El oeste dejaba sobre la mesa una cantidad ridícula, pero prometía el infinito, siempre y cuando se fueran cumpliendo sus condiciones.

Llegaba el momento de decidir qué acuerdo tomar. El gobierno optó por la que parece una decisión inteligente – se pueden tomar decisiones acertadas incluso cobrando maletines – asociarse con el país que prometía más por menos. Pero a pie de calle se veía como una simple decisión entre un amor viejo y uno nuevo.

El pueblo ni entiende de cifras ni parece que le importen demasiado, hasta que estás acaban llegando a sus bolsillos.
– ¿Un acuerdo con Suecia o con Kenia?
– Prefiero con Suecia.
– ¿Has leído el acuerdo?
– ¿Había que mirarlo?

Y como no echaban mucho el televisión, los miembros de ese 40% que había perdido las elecciones, se echaron a la calle a protestar. Como siempre ocurre con cualquier tipo de protesta, no hay forma razonable de manejarla. Si eres blando, los manifestantes se crecen. Si eres duro, se enfadan. Al final la protesta se fue recrudeciendo.

La prensa del oeste, a la que le encanta la democracia popular y las buenas fotos, se volcó en difundir las manifestaciones en este dividido país. Hasta el punto de dejar en un segundo plano a Venezuela, histórico favorito para mostrar imágenes que hacen que parezca que está al borde de la guerra civil.

El mensaje de la prensa, siempre benévola en sus intenciones, era sin embargo que en este país el gobierno estaba tomando decisiones impopulares, sin tener en cuenta a la gente de la calle. También la prensa se ensañó en mostrar que el oeste estaba tendiendo la mano: queremos ayudaros, venid con nosotros.

Que murieran 100, 1.000, 100.000 personas en esas manifestaciones, no cambia ni una coma de que el gobierno – corrupción de por medio o no – había tomado una decisión económica probablemente muy acertada, e importante para un país que se encontraba en una delicada situación económica.

Llamativo era, sin embargo, que el oeste, famoso por su defensa de la democracia como el mejor de los gobiernos posibles, estuviese tan contento con que un gobierno democráticamente elegido tuviese serios problemas para sobrevivir merced a revueltas civiles. Está claro que los gobiernos pueden tener agendas secretas, pueden tratar de usar mano izquierda para conseguir que ese país tan problemático firmara el acuerdo que ellos querían. Pero, ¿Y la prensa? ¿Por qué tenía que ofrecer un apoyo tan trapero, con una lectura de discurso tan simplista? En el oeste todo el mundo tenía claro quiénes eran los buenos y quiénes los malos. En el este sin embargo, un relativo silencio imperaba.

Como no podía ser de otra forma, las cosas se fueron de madre y acabó dimitiendo casi todo el gobierno de ese país. El presidente tuvo que abandonar la capital. Un gobierno interino, formado por la oposición a los que ganaron las elecciones, tomó el control del país.

Este gobierno se encontró con un país bastante peor a como estaba antes de que comenzaran las revueltas. Mientras la gente protestaba en la calle, los recibos de la luz y el gas seguían llegando religiosamente. Los intereses de la deuda habían aumentado, una deuda que de por sí ya era bastante molesta.

En el oeste la prensa se jactaba del triunfo de la democracia. Realmente costaba creerlo, con solo usar un poco de imparcialidad. Nos interesaba esta democracia porque es la que se quería aliar con nosotros. Pero no es el tipo de democracia de la que hablan los libros de texto, en que los votos de retrasados mentales, personas que no saben leer y de jubilados deciden quien gobierna un país.

Al final el oeste se había salido con la suya: tenía un nuevo gobierno y el acuerdo sobre la mesa, dispuesto a ser firmado. Pero tras ser pisoteados e ignorados durante varias semanas, el 60% que había perdido la manifestación empezó a hacerse notar. Al parecer, también querían formar parte de las decisiones de su país.

Y fue entonces cuando se produjo un extraño giro de los acontecimientos: una parte de ese país, donde los simpatizantes con el este eran la inmensa mayoría, decidió realizar una revuelta. En este caso la revuelta no fue sangrienta, ni hubo represión policial o militar. Casi toda la población estaba de acuerdo. Aunque a ojos del oeste, se trataba de una revuelta ilegal. Que extraña doble moral: manifestarse con cócteles molotov sí era democracia.

Y esta región de este problemático país tiró de democracia de libro: votaron en su parlamento que querían irse con el vecino del este. Pero por si acaso, convocaron también un referéndum, que se votó y ganó por una mayoría que no se consigue ni con las elecciones manipuladas de algunos países de África. ¿Si la gente vota, no es democracia directa?

Pero no, al parecer la base de la democracia tiene más que ver con que las fronteras de un país no cambien jamás, aunque luego la historia nos recuerde que están en continuo movimiento.

Desconcertado, el país del oeste decidió cargar contra el del este: era culpa suya. Pero por si acaso lo hizo de forma velada, amenazando con amenazar. Porque al final, ese país del este tenía la clave a gran parte de la distribución de energía que necesitaba el vecino más democrático.

¿Pero por qué un país tan moderno e inteligente se mostraba tan frágil en un aspecto tan estratégico? En gran medida porque la energía siempre ha sido una cuestión impopular. La gente quiere pagar lo menos posible, y no le importa el acuerdo que se firme para ello. Si un gobierno democrático quiere quedarse en el poder, tiene que poner sobre la mesa un recibo de la luz asequible. Nadie está dispuesto a pagar más por tener más libertad en el futuro. Las alternativas reales – energía nuclear y renovables – hacen perder elecciones.

La única forma de mantener la democracia en el oeste era firmando un acuerdo energético con el este. Pero ese país dividido entre el este y el oeste tendría que haber firmado el acuerdo con nosotros.

Las actitudes directas del este pueden resultar chocantes, demasiado bruscas para la actitud velada, pasivo-agresiva, femenina, de los gobiernos más democráticos. Si piensas en los dirigentes del este y el oeste, como si fueran dos padres que vienen a defender a sus hijos tras una disputa en el colegio, está claro que todo el mundo querría que su padre fuera el tipo duro del este. Pero como nos ha tocado el otro, tenemos que racionalizar, nuestro padre y sus formas veladas, son el camino.

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Palacio para perros

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Los anuncios por palabras son un fascinante mundo, lleno de de ventas intrascendentes, ofertas imposibles y algunas joyas que no deben dejarse pasar.

Un anunciante que parece ser un gran amigo de los animales.

Tengo un palacio par perros gran espacio para jugar avitaciones independientes para dormir de noche atencion constante estaran encantados disfruta tus vacaciones ellos estaran vien cuidados te estreñaran pero tanbien estan de vacacione ya que es un entorno distinto al que estan abituados solo 5 euros dia y commida ven aver las intalciones vas a flipar nada de jaulas gran espacio plasas limitadas apurate y no lo dejes en una jaula el no lo merese

Parece una oferta interesante para dejar tu perro durante el periodo de vacaciones. Pero cada vez que veas un anuncio, debes indagar el número de teléfono de esa persona. Porque si no es trigo limpio, puede que haya dejado algún rastro por internet.

En este caso, el mismo anunciante del palacio para perros, ofrece su casa a quien necesite compañía.

Ola nesecito copañera de casa vivo solo con mis perros que cuido y la casa es muy grande no tendria gastos solo su consumo yo pago todo lo demas avitacion independiente con llave no busco sexo solo compañia por si me pasa algo de noche tengo guasa hay internet llamame y ablamos. Playa a unos 3 kilometros.

El anuncio muestra a un amante de los animales que, no obstante, echa en falta la compañía de alguna amiga. Y es capaz de ofrecer su casa sólo por no sentirse solo. De nuevo grandes muestras de su humanidad.

Pero la fotografía que acompaña a este anuncio ya despierta ciertas suspicacias.

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Aunque el anuncio habla de una playa a 3 kilómetros, si la foto está tomada desde la casa, parece que estamos a considerable altura sobre el nivel del mar, aparte de que la vivienda está en medio de la nada. No creo que el acceso al mar sea muy claro.

El siguiente anuncio, bajo el título “¿Quieres ser libre?” es más inquietante.

Ola, tus padres te quieren controlar porque vives con ellos y saven que no tienes a donde hir pues se cabo te ofresco mi casa vivo solo casa de 4avitaciones 3 baños dos planta piscina ballada pago la lus el agua todo a canbio de comerte el coño dos ho tres veces por semana tu haces tu vida y yo la mia y si no trabajas te doy alimentacion hay internet solo eso comerte el coño es el precio de ser librete gusta tengo wuasa ablamos vale canbia tu vida sal de la rutina chicas entre 20 y 35 años. Edad 60 años

Empieza con el tono de ONG para bruscamente saltar a una descarnada propuesta sexual, que además hace presagiar unos gustos sexuales bastante bizarros. ¿Qué fue de ese hombre falto de compañía y amante de los animales? La oferta es desquiciante: sal de la rutina; vete a vivir con el Hannibal Lecter malagueño.

La nueva foto del anunciante es de agradecer.

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Y otro anuncio más, la subida de tono ya es brutal.

Casa sola ballada con piscina si quieres dejar a ese capullo que lo que hace es joderte la vida ven conmigo sin compromisos tu hqces lo que quieras solo tendremos sexo dos hotres veses por semana comerte el coño no follar y masturbarme si deceas hacer algo mas te complasco pero el trato es ese no le aguqntes mas a ese jilipolla que no te valora te espero chao tengo wuasa. Playa a unos 3 kilometros.

Haces lo que quieras, pero tienes que hacer lo que te digo que es más específico que las reglas del ajedrez. ¿Tu novio no te valora? Vete con un viejo depravado de salud mental cuestionable.

El último anuncio que he encontrado de este presunto potencial asesino en serie, es un puro desquicie:

Si no tienes donde vivir y tienes hijos y una esposa que seas capas de compartirla conmigo acanbio de vivir sin pagar alquiler ni agua ni lus solo tendrias que dejarme comerle el coño delante deti ho hacemos u trio y vivimos como una familia si no tienes hijo me da higual vivo en nueba andalucia casa solitaria ballada tengo guasa puedo mandarte fotos. Playa a unos 3 kilometros.

El palacio de los perros se convierte en un lugar de pesadilla donde puedes compartir tu mujer con el psicópata del Peugeot. La especificidad de la propuesta sexual es casi dolorosa.

En uno de los anuncios parece que se da una indicación de la ubicación de la casa (Calle Hércules 139, Marbella, ver alrededores en Google Maps). Si no tuviste bastante con las temporadas de Dexter, agrega al Whatsapp a este anunciante, o directamente pásate por su casa a saludar.

Actualización:

Parece ser que tan imaginativo anunciante es un conocido refugiado político.
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La vida en la cárcel

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Uno de los libros más antiguos que tenía en mi lista de deseos de Amazon era el titulado “Tu vas a ir a la cárcel” (You Are Going To Prison). Nunca lo llegué a comprar por el prohibitivo precio (45$, sin versión electrónica).

Hace unos días, revisando la lista en busca de libros que se hayan empezado a editar en versión electrónica, decidí buscar libros relacionados con este: no puede ser la única guía que exista sobre lo que a uno le espera en la cárcel. Y fue cuando di con “Dentro: La vida tras los barrotes en Estados Unidos”Inside: Life Behind Bars in America. Con buenas opiniones y buen precio, decidí comprarlo.

El libro trata sobre eso: cómo es la vida real en una cárcel de Estados Unidos, desde el punto de vista del prisionero. Está contado desde dentro de la cárcel por alguien que pasó 25 años encerrado por un delito de tráfico de drogas que sí había cometido. Michael G. Santos entró en prisión con 21 años y una condena de 45 años que consiguió reducir a los 25 años antes citados.

No es que el libro me parezca interesante o muy bueno. Es que se trata probablemente del mejor libro de no ficción que he leído en mi vida y desde luego el que más es disfrutado en muchos años.

El autor continuamente tiene que excusarse, como ha sido un traficante de drogas y un preso se asume que todo lo que cuenta tiene una parte de mentira, aparte de que se ve obligado a cambiar las historias para evitar incriminar a los implicados que conoció de primerísima mano. A pesar de tener que reafirmar que lo que está contando es cierto una y otra vez, al margen de que ese libro se ha tenido que escribir parcialmente en cuadernos, es una narrativa de gran calidad literaria. El estilo no desmerece del idolatrado Malcolm Gladwell, a veces un poco pasional al narrar situaciones realmente espeluznantes.

Cuando piensas que Michael G. Santos se convirtió en escritor no por vocación, sino porque no le dejaban hacer ninguna de las otras actividades en las que se mostró interesado (desde la cárcel consiguió una carrera universitaria, luego un doctorado, pasó a interesarse por la bolsa, ganando una fortuna en la burbuja punto com, todo esto rodeado de criminales peligrosísimos y continuos ajusticiamientos internos) se te quitan todas las ganas de escribir hasta en Twitter.

Si te gustan las películas carcelarias, este libro te fascinará. Aprenderás un montón. Y te portarás mucho mejor. No dejéis que la tentación de leer un resumen os arruine una gran lectura. Pero si os da igual, seguid leyendo:

El libro comienza con el dato de que de la población actual de Estados Unidos, se estima que 20 millones de personas pasarán por la cárcel. Es un dato escalofriante, que muestra que es un texto con un público potencial alto.

El autor hace un recorrido por su vida en prisión, pero tratando de ser exhaustivo utilizando comentarios de amigos de la cárcel para aquellas experiencias más extremas que sólo pudo conocer de oídas.

Uno de los detalles que más llaman la atención es la diferencia entre las cárceles. En muchas películas vemos cómo los fiscales negocian no ya la condena, sino la prisión a la que irá el acusado. Y es que hay una enorme diferencia entre prisiones de máxima, media, baja y mínima seguridad, incluso entre aquellas estatales y las federales (las estatales son mucho más tranquilas). Y por encima de todas, las supermax, prisiones delirantes donde la mayoría de los presos sólo tienen un objetivo en mente: matar y hacer daño. Un tipo de cárcel donde Hannibal Lecter encontraría personajes de su talla.

Todo el mundo siente la tensión, la posibilidad constante de violencia letal.

La vida en prisiones de máxima seguridad tampoco es un juego de niños. Muchos prisioneros van a todas partes con un arma casera, por lo que pudiera pasar. Uno de los trucos para esconder este tipo de artilugios, es hacerlo en las zonas comunes de la prisión. Son lugares que se registran con menos regularidad y que, en caso de ser descubiertas, no arrastrarían ninguna sanción al dueño del arma.

Las descripciones del armamento más común son muy interesantes, en parte se alejan de lo que uno suele ver en las películas.

Por encima de todo el autor, que quiere mostrar la falta de cualquier valor educativo en el sistema penitenciario, muestra el dolor a que se enfrenta una persona que se arrepiente de lo que ha hecho y está dispuesta a cambiar. En la prisión la máxima prioridad es la seguridad de los carceleros, que evitan cualquier tipo de actividad – aunque sea formativa – con tal de limitar el contacto con el mundo exterior al mínimo. Para Michael Santos la cárcel sólo queda como un sitio donde perder:

La mayoría de mis 20, todos mis 30 y casi todos mis 40 (años).

Además, dentro de la prisión se destruye cualquier preconcepción social con que uno ingresara.

Mientras que en la calle suelen ser las personas más educadas las que alcanzan los puestos de mayor estatus social, en la cárcel impera un conjunto de valores totalmente diferente. Los convictos por dirigir grandes cárteles de droga y los que tienen contactos con el crimen organizado son la élite.

Para muchas mentes pervertidas de la prisión, la capacidad de infligir miedo es una cualidad por encima de todas las demás.

En la cárcel tu reputación lo es todo. No puedes permitir bajo ningún concepto tener una mala imagen o tendrás que atravesar un auténtico infierno en vida.

En las prisiones de alta seguridad, si alguien llega a ser conocido por ser un soplón, nunca podrá redimirse ante los ojos de la incapaz de perdonar población reclusa. Caerá en el ostracismo. No le dejarán sentarse en el comedor, usar el área recreativa, ver la televisión. Un hombre así no encontrará la tranquilidad en ninguna parte.

En las prisiones de máxima seguridad la violencia es constante.

No pasaba casi ninguna semana sin que se oyera a los guardas correr para ayudar a un hombre que estaba siendo apuñalado o apaleado.

No es lugar para blanquitos. Las historias de violaciones son peores a como se ven en las películas. Puede suceder que el violador sea incluso tu compañero de celda. Ante una situación así, la única opción es estar preparado para luchar hasta la muerte. Los problemas no se pueden evitar y acudir a los carceleros puede generar todo un nuevo abanico de problemas. Pero las dificultades pueden ser muy diferentes, también puedes ser extorsionado en la cárcel: ser obligado a entregar una determinada cantidad de dinero cada mes a determinados presos.

Pero si algo me ha sorprendido del libro es la posibilidad de tener sexo con mujeres dentro de la cárcel. Los guardas de prisiones son de ambos sexos y en algunos casos acceden a tener relaciones con prisioneros. Muchas veces es por el dinero – una mujer de físico descuidado consigue cobrar tanto como una actriz porno de primera fila en la calle. Otras veces por habilidades seductivas de los prisioneros: los chicos malos siempre son populares, en la cárcel suelen estar los más malos de todos. La carrera profesional de una mujer que se acueste con un preso termina abruptamente, incluso se arriesga a pasar al otro lado de las rejas. Pero entre los carceleros siempre hay gente mal pagada y con poca educación. La línea que les separa de los prisioneros a veces es mínima. Conseguir corromperlos suele ser relativamente sencillo.

El libro muestra un aspecto que poco se ve en las películas: la economía de las prisiones es diferente a la del mundo exterior. En la cárcel todo es posible, pero a precios hasta 10 veces superiores a los de la calle. Es por ello que, al ser un mercado relativamente grande, las posibilidades de grandes beneficios son importantes. En la cárcel hay drogas, tabaco, alcohol, suplementos nutricionales, hormonas y prostitutas. Casi todo el mundo necesita algo y se ve obligado a pagar el precio de mercado. En determinados casos presos importantes dentro de la jerarquía carcelaria son los que mantienen a sus familias en el exterior. Incluso algunos ganan más dinero estando en prisión que cuando estaban fuera de ella.

Los presos que tienen un modo de vida legal, con trabajos dentro de la cárcel y sueldos ridículos (0.8 euro la hora) consiguen ahorrar en muchos casos más que personas libres, al no tener apenas gastos y poder economizar durante décadas, como verdaderas hormigas. Un preso detenido durante décadas puede salir con ahorros conseguidos honradamente de más de 5.000 euros.

En la lucha por la rehabilitación, muchos presos se encuentran con todo tipo de dificultades para aprender una profesión o realizar estudios. En muchos casos uno debe elegir entre una prisión de mínima seguridad – donde desaparecen muchos problemas – o poder continuar formándose para su futura rehabilitación. Un traslado de cárcel puede significar que no se te permita completar una carrera universitaria.

El autor se vio obligado a buscar una ocupación alternativa para matar las largas horas de confinamiento, tras encontrar problemas para continuar sus estudios en prisión. Probó con los mercados de valores con cierto éxito, hasta el punto de declarar ingreso de más de 150.000 dólares en un determinado año. Todo esto contándole por carta a su hermana qué comprar y qué vender. Y también tuvo que dejar esta actividad porque le fue prohibida por las autoridades carcelarias.

El libro te traslada a un mundo caótico y brutal. Te dan ganas de portarte bien y alejarte de cualquier problema. Incluso de desear la cárcel a cualquiera, aunque sea familia real.

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