Pons Asinorum

El hablar, por su facilidad, puede ser imitado por todo un pueblo; la imitación en el pensar, del inventar, ya es otra cosa.

Historia de mis relojes

Publicado el 22 de enero de 2018 | 7 comentarios

Estos son los cuatro relojes que tengo y esta es su historia.

Empezaré con el segundo por la izquierda, de la marca Duward, modelo Aquastar. Me lo regalaron mis compañeros del último trabajo normal que tuve, cuando me despedí. Fue un regalo muy elegante, old school. En el pasado, cuando la gente llevaba mucho tiempo en una empresa, se le solía regalar un buen reloj. Hoy en día nadie dura en un puesto de trabajo lo suficiente, así que es posible que mi reloj sea uno de los últimos que tengan algo que ver con la tradición.

En la empresa solíamos recoger 3 ó 6 euros para los regalos. Dependiendo de la persona y de la importancia del evento, se decidía un importe u otro. La tarifa era siempre discutida: de un lado estaban los que eran próximos al homenajeado ─más proclives a las mil pesetas─ y del otro los que simplemente pasaban por el aro de la presión social y el hoy por tí mañana por mí. Cuando se pedían 3 euros, casi todo el mundo apoquinaba, porque tampoco era el fin del mundo. Pero los regalos de 6 euros se encontraban con una participación siempre algo menor, que podía poner en cuestión la conveniencia de pedir más para acabar ganando menos.

Creo que ese Duward se corresponde con una recogida de seis euros: es ambicioso en las intenciones, pero falla en la realidad de compañeros que pasan de pagar dinero por alguien con quien no se llevaban tan bien. Era el último regalo que pudiera esperar: tenía ya otros dos relojes que solía llevar a menudo y normalmente los regalos que se hacían a otros compañeros eran mucho peores. Por superstición nunca me preocupé por mirar cuánto podía haber costado, pero ahora con Internet puedo estimar que el precio estaría en torno a los 150-180€, algo que se escapa por completo a los exiguos y llenos de ausencias presupuestos de seis euros. Así, termino por pensar que alguno de mis mejores compañeros puso bastante más que eso. Posiblemente fue un regalo diferente, en que unos pocos y muy buenos compañeros pusieron mucho dinero.

Que fuera un buen regalo no está reñido con que lo considerara totalmente inadecuado. Ahora tenía 3 relojes que alternar, cuando con uno bueno me hubiera bastado. De los cuatro relojes es posiblemente el más estiloso, pero el que menos se ajusta a mi estilo propio, de persona a la que viste su madre.

Vamos ahora con el primero por la izquierda: Zodiac Speed Dragon. Este reloj me lo regalaría mi expareja. Hace años, cuando se decía expareja era para dejar abierta la posibilidad de que esa persona fuera también un maromo. Con los tiempos modernos, hemos conseguido trascender y ahora también recoge connotaciones de malos tratos, denuncias falsas o no, pasos por juzgado y niños a los que no ves cuando quieres. En mi caso lo pongo no porque me dieran por culo ─de una forma u otra─ sino porque las digresiones sin sentido son la esencia misma de este blog.

Es posiblemente el regalo más desacertado que he recibido jamás. Lo vi un reloj pretencioso, quiero y no puedo con correa de cuero. Lo imaginaba el típico reloj de la gama más baja dentro de una categoría de relojes de calidad media. No digo que en su momento no me gustara, pero es solo ahora que me he dado cuenta de que ese reloj de segunda habría costado entre 200 y 300 euros, una cantidad totalmente desmesurada para un regalo de cumpleaños. Fue un acto muy generoso pero quedó totalmente oculto entre la humildad de la regaladora y la superstición y falta de conocimientos del mundo de los relojes por parte del agasajado.

Hay que tener mucha modestia para hacer un obsequio tan caro, que la otra persona no se de cuenta y no traer a colación la distracción que está ocurriendo. Era, desde luego, un regalo que habría sabido apreciar mucho mejor si hubiera sabido lo que había supuesto comprarlo. Ahora en perspectiva, lo veo un error: se suele decir que lo que cuenta es el detalle, pero si no eres conocedor del alcance del detalle, la estás cagando por completo.

Vamos ahora al tercer reloj empezando por la izquierda. Un Sturmanskie Traveller comprado como auto regalo en San Petersburgo. Me costó unos 150€ al cambio, pero con el deterioro implacable del rublo, desde que lo compré hasta que el banco se llevó el dinero de mi cuenta, me había ahorrado por lo menos un 10%. Antes de ese viaje había estado indagando sobre qué podía llevarme de recuerdo de un país asín. Con el total desconocimiento del mundo de los relojes que estoy plasmando en este artículo, me tropecé con alguna descripción de los relojes Raketa. Una de las pocas marcas rusas que tiene algo de prestigio en el exterior, sus relojes tienen cierto reconocimiento. Entre los modelos más famosos, existe una curiosa serie de relojes pensados para el Ártico.

En el Círculo Polar Ártico la medida del tiempo crea problemas inesperados por latitudes más soleadas: noches interminables alternadas con días sin luna hacen que algo tan baladí como distinguir entre las 8 de la mañana y las 8 de la tarde no siempre resulte obvio. Así, Raketa creó una serie de relojes que rompe uno de los patrones de diseño más común: el reloj con la esfera de 12 horas da paso a una versión diferente, con 24 horas.

Un cambio tan sencillo tiene sin embargo grandes implicaciones en el diseño. El minutero tiene que seguir recorriendo el mismo espacio de la esfera, pero ahora la división de 60 minutos en grupos de 5 no funciona: al tener 24 horas ya no hay una forma exacta de dibujar los minutos basados en las señales de las horas. Las horas pares coinciden con los bloques de minutos tradicionales, pero las horas impares quedan entre dos señales de minutos que causan algo de desasosiego estético.

Vamos ahora al último reloj, el primero por la derecha en la foto: un Swatch convencional, elegido en un Corte Inglés como regalo a la carta. Si los otros relojes no encajan del todo con mi gusto estético, este suple su adecuación con la impersonalidad de un regalo elegido por uno mismo, comprado antes de la verdadera fecha del cumpleaños y de precio conocido. La elección se corresponde con mi poca vista y el gusto por poder saber la hora sin tener que pensarla ni una fracción de segundo. Muchos relojes modernos están llenos de florituras que dan elegancia pero quitan claridad. El Deward, por ejemplo, no tiene escritas más que cuatro cifras: 2, 4, 8, 10 y las agujas tienen poco contraste sobre el dial. Otros relojes son literalmente oscuros. Este Swatch no es muy complejo, pero si tuvieras que elegir un reloj sobre el que explicar la hora a un niño, sería ese.

Su aparente simplicidad estética se compensaría con su compleja personalidad. Nada más salir de la tienda, de forma inexplicable, el reloj dejó de funcionar. Hubo que volver a la tienda a que lo miraran y un simple cambio de pila fue suficiente para que volviera a la vida. El caso es que pasaron los años y el reloj siguió funcionando con total normalidad. A cada año que pasaba, el cambio de pila se volvía más y más siniestro. Al final, puntual como un reloj, exigió un nuevo cambio a los 10 años, lo que me llevaría a pensar. ¿Cómo es posible que un reloj al que la pila le dura, literalmente, diez años, se agotara el mismo día que me lo compraron?

Ese reloj nunca tuvo muy buena presencia. Agotó tres correas de cuero, cumpliendo el dicho de que el dinero del pobre va dos veces a la tienda (o incluso tres), antes de aceptar el desembolso de una correa de metal que costaba casi tanto como el reloj original. Su presencia desgarbada, sería la causante de que años después, primero una expareja y luego unos compañeros de trabajo, consideraran que necesitaba un reloj nuevo.

Incluso yo mismo, pasados los años, decidí que tenía que encontrar el reloj perfecto y que ese sería un Raketa Artic. Pero la conjunción de un rublo débil con una extraña moda prehipster llevó a que los Raketa estuvieran a precios exorbitantes para cuando tenía pensado hacer mi viaje a San Petersburgo. El Sturmanskie era una buena alternativa, encajando totalmente con mi estilo: parece un reloj más barato, como el Zodiac de la correa de plástico. Muestra mi totalmente desprecio hacia las marcas, entrando casi en una versión de marca blanca de un reloj famoso. Y tiene la esfera más clara que un reloj tan complicado puede permitirse.

Ese Sturmanskie alimenta su personalidad con el hecho de que lo compré a pocos pasos de donde solía vivir Dostoievski, entre las calles que él menciona en algunas de sus más famosas novelas. No es del todo descabellado pensar que en la misma tienda donde conseguí ese reloj de pijo low cost, Dostoievski había comprado el pan hace casi dos siglos.

En algún momento impreciso de esta historia, tras su puntual cita con el cambio de pila, el Swatch del principio había dejado de funcionar. Con tan elegante competencia, no fue un mayor problema. No sé si tanto por ser un regalo como por el hecho de que, de alguna forma, los relojes capturan la historia que hay detrás de ellos, decidí darle una oportunidad con un cambio de pila que, desgraciadamente, no fue suficiente. El reloj pasó a una caja como paso previo a acabar en la basura ─los objetos tienen un ritual según el cual van degradando su existencia antes de desaparecer. Primero van a una caja elegante, luego a un cajón de sastre. En cuanto entran en una bolsa, ya están con un pie en el contenedor de la basura.

La historia del Swatch sin embargo se cruzaría con la del Deward. Este, más pijo pero con peor corazón, acabó gastando la pila poco tiempo después de ser regalado. El Sturmanskie, que se activa con el movimiento de la muñeca, no necesita pilas, pero aún no era ni siquiera un proyecto. Antes de llevar el Deward a recargar, pasó un tiempo descansando junto al Swatch cadáver. En un gesto desesperado y que en realidad acercaba más al Swatch al contenedor de la basura, lo paseé hasta la tienda del relojero el mismo día que preparaba la vuelta a los ruedos del Deward.

El relojero, un personaje peculiar que daría para otra historia en sí misma, limpió el reloj con la esperanza del que está acostumbrado a producir milagros, y ese gesto, junto con un cambio de pila, fue suficiente para que el destrozado Swatch volviera a la vida con una promesa firme de vivir diez años más.

Años después, volvería al mismo cirujano con mi reloj de ajedrez, que es como el de la siguiente foto.

Los relojes de ajedrez sirven para medir el tiempo que tiene cada jugador para reflexionar en una partida. Tienen dos botones encima, cuando uno se pulsa, se para uno de los relojes y se activa el otro. Es de esa forma como se registra el tiempo que cada jugador ha consumido en una partida de ajedrez. Estos relojes se han convertido en auténticas reliquias, sustituidos hace décadas por los electrónicos, mucho más claros en mostrar el tiempo restante. Con los relojes electrónicos sufro la brecha tecnológica en mis carnes. Un jugador muy asiduo de ajedrez en la época analógica, la llegada de los relojes electrónicos me pilló retirado y ahora soy como uno de esos abuelos que no saben manejar un teléfono móvil: a pesar de mi muy digno nivel ajedrecístico, no sé cómo se ponen en hora los relojes analógicos de ajedrez.

El reloj de ajedrez de madera de esta historia fue muy probablemente un regalo, pero ya no consigo precisar exactamente de quién y en qué condiciones. Era una de esas tecnologías antiguas pensadas para durar toda la vida. Y así sería, lo tengo desde hace unos 30 años. La única pieza frágil en un mecanismo casi perfecto diseñado en Alemania es la manecilla de plástico que se usa para ajustar la hora del reloj. Con el paso del tiempo, dichas manecillas no se rompieron sino que se desintegraron.

Tras haber sido testigo del milagro del relojero, pensé que para él sería una fruslería simplemente encontrar unas piezas de plástico compatibles. Pero no fue tan sencillo como esperaba. No pudo, desde luego, hacerlo en un primer intento. Le dejé el reloj, con la promesa de una llamada una vez estuviera solucionado el problema. Pero la llamada tardó demasiado en llegar. Tras un par de visitas infructuosas a su tienda, me lo llevé de vuelta a casa tal y como lo había dejado. Es curioso como un mismo profesional puede dar dos imágenes tan distintas: en la primera salvó un reloj que otros habían dado por desahuciado de la vida. En la segunda dejó totalmente olvidado mi encargo durante meses. Creo que en la vida uno no debe guiarse por los promedios, prefiero un relojero como este, con sus ventajas e inconvenientes, a uno anónimo del que no sé nada.

Otros tiempos, otras costumbres. Ahora la gente tiene relojes para medir los pasos y las pulsaciones. Los jóvenes ─o aspirantes a no dejar de serlo─ posturean con los Casios que vuelven a la moda. Los que como yo sean viejos atrapados en el cuerpo de un joven, comprenderán algo de esta historia. Ahora con mi reloj automático y sin pilas del barrio del Dostoievski, siento que la historia se ha vuelto contra mí. Ahora soy yo el que tengo que alimentar la vida del reloj, moviendo la muñeca de vez en cuando. Si quiero que estos relojes traidores sigan contando mis horas, tengo que seguir cuidando de ellos hasta que se me acaben las horas: nunca regaléis relojes.

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Mal de altura

Publicado el 12 de enero de 2018 | 3 comentarios

Jon Krakauer es un periodista americano muy aficionado al montañismo, al que una revista de escalada le propuso en marzo de 1995 escribir un articulo sobre la comercialización de la ascensión al Everest.

Como en todos los trabajos interesantes, las condiciones laborales eran bastante precarias. La revista dio a Jon 5 días para decidir si aceptaba o no el encargo ─que hubiera supuesto un viaje de unos tres meses al Himalaya en una expedición que partía de inmediato. Qué tiempos para el periodismo en que un reportero podía pensarse si aceptar o no una propuesta así, con todos los gastos pagados por parte de la revista.

Si Jon rehusó la oferta no fue porque no le tentara, sino por el hecho de que era un periodista especializado de verdad. Hasta el punto de que la idea de ir al campamento base, situado a 5.400 metros de altura y contar desde allí cómo un grupo de ricachones se planteaba subir al techo del mundo, con sus 8.848 metros, le parecía insuficiente. Su rechazo sin embargo vino acompañado de una alternativa aún más ambiciosa: contaría esa historia el año que viene ─tras la necesaria preparación física─ si la revista, en lugar de pagarle los gastos para ir al Himalaya, subía un poco la apuesta y le inscribía como uno más de esos millonarios. Jon subiría el Everest con los demás y podría contarlo todo en primerísima persona.

La revista hizo sus cuentas: algo así se salía totalmente de presupuesto (inscribirse con una de las agencias que ayudaban a subir al Everest era un gasto de 65.000 dólares, aparte de los necesarios desplazamientos, seguros, permisos y equipamientos). No obstante estamos hablando de los años 90, mucho antes de la época de Internet en que se pasaría a pagar 30 euros por artículo publicado. La revista dijo que algo así se salía totalmente de su presupuesto, pero que lo intentarían.

Jon tenía una buena papeleta en casa. Su mujer también era una seria aficionada al montañismo, lo suficiente como para entender los riesgos. Una de cada cuatro personas que habían subido al Everest había acabado muerta. El periodista no estaba en la mejor forma física. Como tantos otros montañeros, su pasión por el deporte estaba limitada por su presupuesto. Quizás había escalado montañas de una dificultad técnica muy superior, pero los medios económicos siempre lo habían mantenido alejado del Himalaya y sus grandes cumbres. Distanciado por necesidad, era uno de los que echaba pestes del Everest, hasta que el mundo le puso una oportunidad en bandeja: y sin pensarlo mucho, aceptó de inmediato la propuesta.

Así es como comienza el libro ‘Mal de altura’ de Jon Krakauer. Lo que no cuenta la introducción del libro, y lo que lo hace aún más fascinante, es que en 1995, mientras se preparaba para la expedición al Everest, estaba escribiendo su primer libro: Into the Wild (Hacia rutas salvajes) que se convertiría en un éxito de ventas y del que años más tarde se haría una también famosa versión cinematográfica. Dicho libro, basado en hechos reales, cuenta la historia de un chico joven de clase acomodada que decide comenzar un viaje en solitario y sin contar nada a nadie, sin un plan claro hacia Alaska, con el fin de conocerse a si mismo.

Pero volviendo al libro del que yo había venido a hablar, imaginaos la situación. El periodista partía en marzo de 1996 hacia el Everest, una montaña a la que solo se puede subir en unas fechas muy específicas por cuestiones de climatología ─en su caso con una coronación prevista para comienzos de mayo. Según lo que he podido averiguar, el libro fue publicado en enero de 1996 ─una fecha terrible para publicar un libro, alejada de la Navidad u otras fechas donde la gente compra más libros. Imaginaos la sorpresa del autor al encontrarse con que el libro se convierte en un superventas. Y en lugar de recrearse en la promoción o el éxito, no tiene otra sino que marcharse, en el mejor momento de su vida, al Everest, a una expedición donde el 25% de la gente, acababa muriendo. Igual ese porcentaje no os dice nada, pero imaginad, la próxima vez que subáis a un ascensor, que uno de los que estáis en él, va a terminar falleciendo en un mes. Sí: podrías ser tú.

Entonces, ahora sí volvemos a Mal de altura. Tenemos a un escritor de éxito, que sabe contar historias. Tenemos una historia real y como último giro de tuerca el destino nos brinda el ingrediente que falta: una tragedia extraordinaria que destrozaría la estadística de ‘un muerto cada cuatro personas’.

Era el 10 de mayo de 1996, a primera hora de la tarde. Hacía cincuenta y siete horas que no dormía. La única comida que había sido capaz de tragar en los tres días precedentes era un bol de sopa de ramen y un puñado de cacahuetes. Semanas tosiendo con violencia me habían dejado dos costillas separadas que convertían en un tormento el mero hecho de respirar. A 8.848 metros, en la troposfera, me llegaba tan poco oxígeno al cerebro que mi capacidad mental era como la de un niño retrasado. En aquellas circunstancias, poca cosa podía sentir a excepción de frío y cansancio.

La escalada al Everest es muy diferente a cualquier otra montaña. De un lado, es la más deseada de todas, por lo que representa. Por otro, es una de las más fáciles, por el negocio que se ha creado en torno a ella.

«Puede decirse que básicamente hay una cuerda que va desde el Campo Base [5.400 metros] hasta la cima [8.800 metros]», según un guía veterano.

El negocio del Everest surgió justo cuando Jon Krakauer se unió a una expedición para escribir su artículo. Más de 20 años han pasado de aquello y hoy en día su escalada es una empresa totalmente establecida, con docenas de empresas diferentes que compiten entre sí en precios y servicios. El coste de la ascensión se mueve entre los 30.000 y los 120.000 dólares, dependiendo de las condiciones.

Todo esto ha multiplicado la asistencia de escaladores, más o menos preparados. Hoy en día se ha triplicado el número de personas que consiguen subir a la cima, comparado con el de aquellos que lo hacían en los 90.

Como contaba el periodista de National Geographic que hizo la fotografía de más arriba, el problema hoy en día se que hay tanta gente que sube que puede darse el caso de que no puedas pisar la cima porque literalmente no hay sitio donde poner el pie, de tantos escaladores que suben cada día ─sólo puede subirse una serie muy limitada de días al año.

Desde que Tenzing Norgay y Edmund Hillary lo ascendieran en 1953, hasta 4.000 personas han llegado a la cima del Everest. Es una cifra de locura. El Caminito del Rey, una famosísima ruta escénica de montaña en Málaga ─que posiblemente pueda realizarse hasta en silla de ruedas─ apenas si consigue ese número de visitantes en una semana. Y aunque la comparación suene paradójica la idea es mostrar que estamos hablando de cifras de turismo casi masivo.

En 1996 apenas si estaban comenzando todos estos problemas. Krakauer cuenta a la perfección cuáles eran las verdaderas dificultades. Como la muy acertada traducción española ─por una vez mejor que el título original de Into Thin Air─ el verdadero protagonista de la subida al Everest es la enfermedad. Las poblaciones previas a la escalada en solitario son unas auténticas cochiqueras donde los montañeros contraían todo tipo de enfermedades: gastroenteritis más o menos agudas y problemas respiratorios. En esas condiciones, tenían que afrontar semanas de escalada, sin terminar de curar sus enfermedades y con un extraño protagonista: el mal de altura.

Conforme se sube más y más, los niveles de oxígeno en el aire se van contrayendo hasta valores que son totalmente insalubres. Bajo esas condiciones, el cuerpo vive en estado de total emergencia. Aparecen enfermedades mortales como el edema pulmonar y el edema cerebral. Y cuando se cruza la raya, aparecen las congelaciones de dedos, que acabarán teniendo que amputarse. La ausencia de oxígeno además afecta a cada persona de una forma diferente. En general hay un cansancio absoluto, no se puede dormir bien, la comida no se digiere y la inteligencia está muy mermada (‘mi capacidad mental era como la de un niño retrasado’).

En los últimos tramos de la escalada, todos los miembros del equipo se encuentran con la peor versión posible de sus compañeros: personas que dejan de razonar, que toman decisiones propias de drogadictos, afectadas por la ausencia de oxígeno en uno de los lugares más peligrosos del mundo. Para Krakauer uno de los hechos más traumáticos de su narración en primera persona es la total incertidumbre sobre lo que cuenta del día en que llegó a la cumbre. Sus capacidades sensoriales y su memoria estaban tan dañadas que no es capaz de trazar la línea entre ficción y realidad, viéndose obligado a contar una versión de consenso tras entrevistar al resto de participantes en su traumática expedición.

A diferencia de otros libros que os he destrozado, en este no voy a daros la oportunidad. Es uno de los mejores libros que vais a poder leer en vuestra vida, y si lo dejáis pasar, aparte de tener una vida mucho menos interesante, se os congelarán un par de dedos de los pies.

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Quiero una sopa

Publicado el 28 de enero de 2018 | 1 comentario

Traducido libremente de un comentario en Reddit a la pregunta, ¿Cuál es la obsesión más ridícula que has visto?

Hace tiempo trabajé en un buen restaurante dentro de una ciudad con una amplia proporción de ingenieros y trabajadores de empresas tecnológicas. No es que tenga nada contra ellos, pero qué duda cabe que algunos dentro de ese sector son bastante peculiares.

Uno de los pocos platos cutres que servíamos en el restaurante eran las sopas. Llegaban en bolsas industriales desde British Columbia y simplemente le añadíamos caldo, las calentábamos y las decorábamos un poco con pan tostado y tonterías similares. Nunca promocionábamos las sopas, simplemente era un plato que esperas encontrar en un restaurante grande como el nuestro.

Sin embargo teníamos un cliente habitual que estaba obsesionado con ellas. Venía varias veces a la semana y siempre pedía un filete con sopa. Depende de a qué camarero preguntaras, el tipo estaba en un punto entre síndrome de Asperger y un genio autista. Pero era muy generoso con las propinas y según veíamos no era más que un tío solitario que disfrutaba mucho con su solomillo al punto y su sopa (que venía de un paquete).

En uno de los cambios de nuestro menú, decidimos retirar las sopas de la carta. Como podéis imaginar, este cliente no lo tomó nada bien. Nos lo imaginábamos, así que pedimos un paquete extra de la sopa industrial sólo para él. Al fin y al cabo era un cliente habitual que dejaba buenas propinas.

Cuando la bolsa se acababa, empezó una cruzada personal para que las sopas volvieran al menú. Cartas escritas a mano dirigidas al Presidente de la cadena del restaurante, el Chef Ejecutivo, el Consejo de Administración y cualquiera que estuviera dispuesto a escucharle. Se quejaba desaforadamente ante todos los encargados del restaurante, pidiendo que trajeran las sopas de vuelta. Tiempo más tarde me enteré de que la cuenta de Twitter de la empresa le había bloqueado. Escribió decenas de opiniones en Yelp quejándose de la desaparición de las sopas.

Antes de que se le vetara del restaurante llegó a arrinconar al jefe de cocina en el aparcamiento, exigiéndole la receta de su sopa favorita. Al final, el cocinero se lo contó: «tío, esas sopas son industriales, simplemente cómpralas tú mismo. Echarle el caldo a la sopa no cuesta nada». El cocinero estaba tan asustado que hasta le dio los datos de contacto de la fábrica. Tiempo más tarde me enteré de que mandó emails al Presidente, Director Financiero y al Jefe de Ventas de la fábrica de sopa, implorando que recuperaran el contrato de distribución con nuestro restaurante.

Al final, se volvió demasiado agresivo hacia los camareros y un día le tiró un bol de sopa —uno de nuestros mejores intentos de recrear su favorita— a una de las camareras. Se cursó una orden de alejamiento contra él y jamás volvió por allí.

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Autor invitado

Publicado el 26 de enero de 2018 | Sin comentarios

Como acción especial veraniega, un artículo nuevo por un autor invitado: el negro de Asinorum, pseudónimo de mi hermano (al que dediqué el libro que arrasa en Amazon).

La dedicatoria, entre otras razones, era porque siempre ha estado en la sombra de algunas entradas muy interesantes. En este caso él ha escrito la historia y yo me he limitado a convertirla desde el Word. Espero que la disfrutéis.

La beca Guggenheim.

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La beca Guggenheim

Publicado el 26 de enero de 2018 | 2 comentarios

La beca Guggenheim se creó en 1925 con un fondo de tres millones de dólares, equivalente a unos 41.9 millones de 2017. Supone un subsidio otorgado a profesionales avanzados en todos los campos del saber salvo en las artes escénicas. Fue creada por Simon Guggenheim (senador norteamericano) y su esposa como una forma de recordar a su hijo John, que había fallecido de mastoiditis en 1922. A partir de 1929 la Fundación comenzó a entregar becas fuera de los Estados Unidos. Desde su creación se han concedido alrededor de 15000 becas por un importe que ronda el cuarto de billón de dólares.

Las becas se otorgan en dos concursos anuales, uno para ciudadanos y residentes permanentes en Estados Unidos y Canadá y otro a ciudadanos y residentes en América Latina y el Caribe. Los subsidios no están abiertos a estudiantes ni instituciones, sólo a «profesionales avanzados en media carrera» como, por ejemplo, autores publicados. Quienes resulten elegidos y subsidiados pueden gastar su dinero libremente, ya que el propósito es otorgarles «bloques de tiempo en los cuales puedan trabajar con tanta libertad creativa como sea posible», pero también deben estar «suficientemente libres de sus deberes regulares». Se requiere a los solicitantes que envíen referencias, currículum y un portafolio. Para acceder a la oferta, el modelo de solicitud y los requisitos hay que entrar en la página de la Fundación a partir del 15 de junio.

La Fundación tiene un comité de selección para cada zona geográfica, pero la decisión final se toma tras consultar con eruditos y artistas reconocidos, quienes darán su opinión y punto de vista acerca de las posibilidades y condiciones del solicitante. Para acceder a la beca se puede estar disfrutando de otras así como formar parte de otros centros de investigación, aunque la fundación dará prioridad a aquellos que soliciten por primera vez las becas Guggenheim.

Las becas generalmente son concedidas por un año, y en ningún caso por un período menor de seis meses consecutivos. En 2006 las becas para América Latina y el Caribe fueron 34 por un total de millón doscientos mil dólares (un promedio de 35.294€ por beca). La solicitaron 434 personas entre los 29 y los 62 años. Desde su creación, más de 1800 artistas e investigadores latinoamericanos han recibido la beca.

En 2005, un año después de su muerte, a Mario Levrero, escritor uruguayo que en 2000 ganó la beca de la Fundación Guggenheim para terminar de escribir un texto literario al que llevaba dándole vueltas veinte años, le publicaron La novela luminosa, considerada una de las más importantes obras de la Literatura Latinoamericana de los últimos tiempos. A pesar de darle el título de novela, más de cuatrocientas páginas del texto es el “Diario de la beca”. La novela, propiamente dicha, sólo serán cien páginas casi al final del libro. El Diario se estructura como prólogo y epílogo a la obra, en el que el narrador en primera persona cuenta la historia de su relación con la propia escritura, con el dinero de la beca, como todo ello afecta a su salud y transforma su cuerpo y como no, es el relato de su relación con la Fundación Guggenheim.

Mario Levrero es un autor excéntrico con una obra excéntrica, sin embargo no es un autor impostado, siempre estuvo al margen de las modas e influencias, sin pudor alguno en mostrar sus opiniones por muy políticamente incorrectas que fueran y aunque en ellas dejara claro su desconocimiento de la literatura o del mundillo literario, donde siempre parece obligatorio mostrar una erudición que deje claro a los lectores que escritor no puede ser cualquiera. Levrero olvidaba siempre las fechas y por eso no las decía, pero con las fechas olvidaba los datos y los nombres. Como a Sherlock Holmes que creía que el Sol giraba alrededor de la Tierra, si algo no le interesa, no le interesa lo más mínimo, y si algo no le gusta, no se deja influenciar por la opinión de nadie. En La novela luminosa llegará a decir que no sabe si los frescos de la Capilla Sixtina son frescos o si son de Miguel Ángel, no lo recuerda. Para él lo único importante de la obra es el contacto del dedo de Adán con el de Dios. Flaubert le parece un autor de mamotretos falsos basados en fichas que sólo transmite información falsa y deprimente. Beethoven le recordaba a un niño tocando el tambor a la hora de la siesta opinión que vio reforzada en Maestros Antiguos de su admirado Thomas Bernhard: Escuchamos continuamente un cómico desvalimiento cuando oímos a Beethoven, lo retumbante, lo tiránico, la estupidez de la música militar. Sin embargo confesaba tener un gusto perverso por las canciones de Julio Iglesias diciendo que lo descubrió un día mientras rechinaba los dientes.

Siempre fue un artista marginal, un artista de culto, un escritor de los que gustan a los escritores. En definitiva un autor no leído y poco vendido, por lo que tuvo que vivir de otras actividades poco artísticas como por ejemplo dirigir talleres literarios, en los últimos tiempos incluso online; editar revistas de crucigramas componiendo los propios crucigramas o vender libros usados.

La novela puede resumirse como el relato de cómo se gasta el dinero de la beca sin escribir ni una línea. Es el relato pormenorizado de esa no escritura, de la pérdida de tiempo, el detalle absurdo de lo cotidiano: “hice venir al electricista y cambié de lugar los enchufes de la computadora”, “no, hoy tampoco me afeité”, “vino mi amigo, se fue mi amigo”, “me picó un mosquito”, “fui hasta el cajero automático y saqué doscientos dólares del señor Guggenheim”, “estoy listo para el proyecto, ya tengo aire acondicionado”. Profundiza en las vicisitudes de su cargo de conciencia culpando en el fondo a las condiciones de trabajo, defendiéndose porque aquello no es “verdaderamente un trabajo”, de la transformación destructiva que se produce en el proceso artístico cuando la literatura pasa a ser un trabajo. La beca se convierte en un problema, sobre todo al estar gastándola. El artista necesitado, el crucigramista que nunca había estado patrocinado, en su madurez, no tiene nada que crear. Por lo tanto Levrero, desesperado explora el vínculo entre el dinero y literatura, mecenazgo y creatividad, se transforma en víctima y delincuente, se interroga y confiesa, como San Agustín se convierte en un ente confesional, más bien confesante, esa confesión es el making off de la escritura de la novela. Su culpabilidad —que no es más que la imposibilidad de devolver el dinero de la beca— le obsesiona, sabe que está incumpliendo un contrato pero también se rebela porque arte y dinero deberían ser universos antagónicos.

Ese es su mayor descubrimiento, no hay disociación entre literatura y dinero. Esto que parece una obviedad, no se traduce en su obra de cualquier forma sino que define su propia vida en actos literarios. Su primer acto literario será comprar un sofá para poder sentarse confortablemente y tener tiempo para leer novelas policiacas. Luego compra librerías para llenarlas con esas novelas policíacas de segunda mano, de las que se confiesa adicto. En realidad la base de todas sus lecturas son novelas policiacas de ínfima calidad que se vendían en los quioscos. Sus mayores referentes eran Dashiell Hammett y Raymond Chandler. En La novela luminosa dirá: “Las adicciones actúan así, y uno puede llegar a sufrir grandes humillaciones por necesidad de droga. Ya sé que un día voy a terminar leyendo a Agatha Christie”. Gran parte del libro describe su búsqueda de esas novelas por Montevideo, por supuesto de forma intrascendente. El hecho de que sean de segunda mano también es un acto literario, puesto que lo hace para preparar el libro, si fueran nuevas sería un dispendio. Cuando llega el verano se comprará un equipo de aire acondicionado y un nuevo teclado para el ordenador. En todo momento está mejorando la infraestructura para escribir, sin escribir, pero detallando cada proceso. Compra una escultura de una amiga que mucho antes de ganar la beca quería poseer y que tenía un nombre muy apropiado El libro, y aunque no luzca en su casa y quede apretada en el salón forma parte del proceso creativo, además insiste en que la ha comprado por un precio muy inferior a su valor de mercado. No puede evitar defenderse de cualquier gasto que hace. A medida que avanza en estas mejoras se da cuenta que nada le ha ayudado, han sido malas inversiones, porque ha logrado mejorar su vida pero no su literatura y por supuesto la novela no avanza.

El dinero es tiempo y se gastan al mismo ritmo. Su siguiente paso es organizar su tiempo: horarios para dormir; tiempo para navegar en Internet; para escribir, leer, comprar libros, comer, ver amigos y amigas, tomar antidepresivos. Diseña entonces un programa informático que lo ayude a manejar el tiempo y cumplir el propósito final de terminar la novela. Su situación además tiene un agravante, ha pedido la beca Guggenheim para reescribir un viejo manuscrito que llevaba veinte años en un cajón. El texto sigue inalterado y sigue escribiendo, pero sólo el Diario de la beca, el relato de su incapacidad para escribir. La Fundación Guggenheim le está juzgando y debe justificar su trabajo. La literatura, su vida diaria está siendo vigilada por el señor Mr. Guggenheim. Es una traducción del universo literario de Kafka trasladado a la vida cotidiana. Su vida es el texto que escribe. El escritor se transforma en un esclavo, el narrador explora formas de evasión, pero al haber confundido la literatura con su vida, no hay fuga posible. Su vida es una trampa y ya está condenado. Posiblemente toda su vida no ha tenido sentido hasta que la beca se lo ha dado. En sentido socrático, la beca le ha descubierto quién es.

Incapaz de escribir la novela, inventa nuevas formas de perder el tiempo, pasa los días espiando la vida de unas palomas del edificio contiguo y visitando páginas pornográficas. Resuelve problemas domésticos, reflexiona en como le afectan el calor, la comida o el insomnio. La culpabilidad le produce dolor de estómago, le sube la tensión y le va transformando su propia personalidad, agudiza su agorafobia y deja de salir a la calle. En este proceso de desintegración pierde incluso a la mujer que ama.

El incumplimiento de los fines para los que se daba la beca de la Fundación Guggenheim tuvo un antecedente con el artista argentino Federico Peralta Ramos. Después de diferentes intervenciones en el vanguardista Instituto Di Tella de Buenos Aires y un ingreso en un hospital psiquiátrico para evitar una pena de cárcel por haber comprado un toro semental en una subasta sin tener dinero, Peralta Ramos recibió la beca Guggenheim en 1968 y decidió utilizarla en una cena pantagruélica para 25 amigos en uno de los restaurantes más caros de Buenos Aires, el Alvear Palace, fiesta que continuó en una discoteca, la Boité Áfrika. Con el dinero de la beca, además, se mandó hacer tres trajes a medida, pagó deudas pendientes de una exposición y compró cuadros a sus amigos. El resto del dinero lo invirtió en una entidad financiera y con el capital y los intereses que generó compró tres obras más de amigos.

El 14 de julio de 1971 en una carta personal dirigida a Mr. Mathias, el representante de la Fundación, Peralta Ramos le describe el uso que le dio a los fondos de la beca.

Cuando la Fundación Guggenheim recibe la carta, no se siente satisfecha y le pide que le devuelva el dinero, al menos 3000 dólares. Peralta Ramos le responde en otra carta: “ustedes me dieron esa plata para que yo hiciera una obra de arte, y mi obra de arte fue la cena”; “Leonardo Da Vinci pintó La última Cena, yo, en lugar de pintarla, la di”, y añade: “Una organización de un país que ha llegado a la Luna, que tenga la limitación de no comprender y valorizar la invención y la gran creación que ha sido la forma en que yo gasté el dinero de la beca, me sumerge en un mundo de desconcierto y asombro. Devolver los tres mil dólares que Uds. me piden sería no creer en mi actitud, por lo tanto he decidido no devolverlos. Esperando que estas líneas sean interpretadas con temperamento artístico, saludo a Uds. muy atentamente, Federico Manuel Peralta Ramos”.

La carta de Peralta Ramos se expone hoy enmarcada en la sede neoyorquina de la Fundación Guggenheim. Tras recibir esta carta, los responsables de la institución decidieron no volverle a pedir cuentas a ningún artista y se dejó de exigir la justificación de en qué se gastaban sus becas los beneficiarios.

Como lector anárquico Mario Levrero seguramente no conocía esta historia.

Este texto está basado:
El artículo publicado por Sara Mesa en Jot Down por Sara Mesa titulado El famoso Flaubert. Puaj y otras opiniones contundentes de Mario Levrero.
https://www.jotdown.es/2018/07/el-famoso-flaubert-puaj-y-otras-opiniones-contundentes-de-mario-levrero/
El artículo de Graciela Montaldo publicado en la revista Coroto 3 de 2012, págs. 45-52 titulado La culpa de escribir:
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/5228295.pdf
Información sobre la beca Guggenheim de la Wikipedia:
https://es.wikipedia.org/wiki/Beca_Guggenheim
Artículo de Eduardo Bravo sobre Federico Peralta Ramos publicado el 13/06/2017 en Yorokubu:
https://www.yorokobu.es/peralta-ramos/

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Estadísticas sorprendentes

Publicado el 12 de enero de 2018 | 4 comentarios

Leyendo por encima los comentarios más votados del artículo ¿Cuál es una estadística sorprendente? publicado en Reddit, algunas que me han parecido merecen ser destacadas:

Hay más gente de Líbano viviendo en Brasil que en Líbano. A lo que uno añade: también hay más gente de Tayikistán en Afganistán, que en el propio país; y más gente de Afganistán viviendo en Pakistán que en el propio Afganistán.

Casi el 60% de los hombres adultos de China fuma. La proporción más alta quizás de todo el mundo. En España fuma en torno a un 29% de la población.

Las mujeres cometen más intentos (fallidos) de suicidio que los hombres, mientras que los hombres mueren de suicidio en una proporción muy superior a las mujeres. En España, un 75% de las víctimas son hombres. Y además la cifra es enorme: 3.500 muertes al año, casi las mismas que por violencia de género si se escribe el número al revés (0053).

Al mismo tiempo, las mujeres sufren (no provocan) más accidentes de tráfico, pero son más hombres los que mueren en accidentes de tráfico.

Ahora mismo —y no importa cuando leas esto— hay en el cielo entre medio millón y un millón de personas, volando en aviones. Puede verse en tiempo real en esta página. Así, puede decirse que hay más gente en el aire que en la ciudad de Sevilla, que tiene 690.000 habitantes.

Los veterinarios tienen tasas de suicidio muy superiores a médicos y dentistas y hasta cuatro veces más altas que la población general. Fuente.

De las 163 muertes por electrocutamiento de 2010 en Estados Unidos, el 100% de las víctimas fueron hombres. Es razonable que haya más víctimas entre los hombres, pero altamente improbable que se llegue a un número del 100%. Fuente.

El 12.8% de los gays que viven en Londres tienen VIH (Sida). La cifra va entre uno de cada siete o uno de cada ocho. El dato es enorme teniendo en cuenta que menos del 1% de la gente del país tiene la enfermedad. Fuente.

Lo mejor de esos estudios es cuando se atreven a decir «hay más de cuatro mil personas que tienen la enfermedad y no lo saben». Es algo muy habitual en los informes de ONGs que parecen disponer de total carta blanca a la hora de enumerar los datos. Imaginad cualquier encuesta en que se le preguntara a la gente información personal y luego se pudiera decir ‘pues a los que dijeron que sí, añado 4.000 que dijeron que no, pero por desconocimiento’.

Las negligencias médicas son la tercera causa de muerte en Estados Unidos, tras el cáncer y las enfermedades cardiovasculares.

El 65% de todos los presos en los Estados Unidos están a la espera de juicio. Sólo un 35% de los presos están ya condenados.

La esperanza de vida de una transexual en Latinoamérica es de 35 años. Fuente.

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Cómo volar de Londres a Londres

Publicado el 25 de enero de 2018 | Sin comentarios

En su libro Skin in the game Nassim Nicholas Taleb menciona de pasada que desplazarse entre dos aeropuertos en la misma ciudad (Nueva York) mediante un vuelo ‘no es el método más eficiente’. La pregunta interesante es, ¿Hasta qué punto es posible?

Utilizando un ejemplo europeo, con la más conocida Londres, si uno quisiera volar entre sus dos aeropuertos principales, Gatwick y Heathrow, ¿Qué vuelos tendría que tomar?

Obviamente no hay vuelos directos entre dichos aeropuertos, por lo que una escala es necesaria. Supongamos que partimos de Heathrow. ¿A dónde podemos volar que no sea muy lejos y tengamos vuelos de vuelta a Gatwick?

La mayoría de herramientas de búsqueda de vuelo habituales no permiten realizar búsquedas cuando el origen y el destino son la misma ciudad – por el enorme peligro de que el mundo se colapsara en caso de realizar los cálculos necesarios.

Google nos sugiere un trayecto en coche de apenas 39 minutos, al tiempo que nos indica que se niega a buscar algo así usando el avión.

Con una búsqueda menos algorítmica y a la antigua usanza, miremos hacia dónde se puede volar desde el aeropuerto de Heathrow.

La opción más clara sería ir hasta Manchester, en un vuelo que puede durar exactamente una hora. Pero resulta que no hay vuelos desde Manchester a Gatwick, todos van a Heathrow. Por lo que la ruta queda descartada. Del mismo modo sucede con Leeds o Newcastle.

Incluso con vuelos internacionales, como a Bruselas – que tiene un aeropuerto de mucho tráfico – no existe la opción de hacer la vuelta hasta Gatwick.

La opción internacional más próxima es Dublín.

Asumiendo que no habría esperas en el aeropuerto – algo optimista entendiendo que es un vuelo internacional entre un país que no es Schengen – se podría volar entre los dos aeropuertos de Londres sin cambiar de compañía en unas 3 horas y 35 minutos.

En un tránsito más realista, evitando fronteras internacionales (al menos a fecha de 2018), la mejor opción parece ser Edimburgo.

Con un cambio de vuelos que apenas deja 15 minutos entre la ida y la vuelta, también sin cambiar de compañía, es posible volar de Londres a Londres en tan sólo 3 horas y 15 minutos.

Una pregunta especulativa ante una entrada que lo es aún mas: ¿Qué sistema de Inteligencia Artificial no se pondría muy nervioso ante un cliente con un plan de vuelo tan poco razonable?

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Por qué España no gana Eurovisión

Publicado el 16 de enero de 2018 | 1 comentario

Turquía

El LIX Festival de la Canción de Eurovisión, celebrado en 2014 en Copenhague, terminó con la controvertida victoria de Conchita Wurst de Austria. Conchita Wurst, definida por la Wikipedia como ‘un personaje artístico’ que representa a una mujer barbuda, no era la típica cantante y recibió bastantes críticas por parte de los países más tradicionalistas. Rusia estaba a la cabeza de dichas críticas y durante los meses posteriores al Festival amenazó con abandonarlo definitivamente o crear una especie de festival paralelo. Al final, no cumplió sus amenazas.

Gracias al siempre confuso discurso progresista, en la población de algunos países se asoció a Turquía como país damnificado. Tradicionalista donde los haya, había renunciado a participar en el Festival de Eurovisión, pero no por la participación o la victoria de Conchita Wurst. La realidad es que Turquía había abandonado la competición en 2013, un año antes de la controvertida victoria de Austria.

Para los que no sepan mucho de geografía, la no participación de Turquía es tan significativa como la ausencia de Armenia o Azerbaiyán. Del mismo modo, son muchos los que no se sienten cómodos teniendo a Rusia en el concurso. Pero para la organización de Eurovisión, que piensa en el negocio subyacente, estos dos países son totalmente fundamentales. Turquía tiene 80 millones de habitantes, Rusia 144 millones. Su población combinada es un 50% de la de todos los países de la Unión Europea juntos.

Ucrania

Eurovisión es un enorme negocio, con audiencias masivas y cuantiosos derechos de publicidad. La organización del evento cobra onerosos derechos a las televisiones de cada país que pretende participar. Las cuotas son tan elevadas, que los países que atraviesan crisis económicas a veces deciden no competir. Portugal ganaría el concurso en 2017, pero había decidido no participar en 2013. Ucrania, ganadora en 2016, había descartado su participación en 2015, a pesar de obtener excelentes clasificaciones en 2013 (tercer puesto) y 2014 (sexto puesto).

Siempre es interesante pensar la perspectiva y los debates ideológicos vacíos en torno a la participación española en Eurovisión —problemas del primer mundo, o problemas de gente que no tiene problemas— mientras que en Ucrania se preocupan de si tendrán dinero suficiente para participar al año siguiente, a pesar de sus excelentes resultados.

Chipre

Cuando uno se encuentra tan notables ausencias en el Festival de Eurovisión, no queda sino sorprenderse de que Chipre, un país minúsculo, aparezca una y otra vez. La clave está en que los onerosísimos derechos de televisión están ponderados a la población y el tamaño del país participante. Turquía, Rusia y Ucrania son los grandes perjudicados a la hora de pagar. Junto con los grandes países de la Unión Europea. Pero estos llevan tantos años participando y pagan tanto dinero, que tienen un trato totalmente diferenciado y prioritario: si cualquiera de ellos dejara de participar, el espectáculo perdería mucho dinero.

Big Five

Así, hay cinco países especialmente destacados en la organización de Eurovisión: Reino Unido, Alemania, Francia, Italia y España. Este grupo recibe el nombre de Big Five (Los Cinco Grandes) y tiene un privilegio sobre todos los demás: el pase garantizado a la final, sin tener que pasar el filtro previo de las semifinales.

Las semifinales de Eurovisión, un subproducto tan poco interesante que son emitidas por La 2, son un paso previo para acceder al gran Festival de Eurovisión. Algo menos de la mitad de los países participantes se quedan en este filtro, una derrota aún más deshonrosa que la que España suele sufrir: no tener siquiera el derecho a participar.

Momento para ir recapitulando. ¿Por qué Turquía no participa en Eurovisión? No es porque los turcos sean racistas, sexistas, integristas u homófobos. Es porque Turquía se siente perjudicada —al igual que Rusia— por tener que participar en una semifinal, mientras que los grandes países democráticos disfrutan de derechos dinásticos que parece que nadie pudiera cuestionar.

Para colmo de males, los países que tienen que pasar por la semifinal se encuentran con que Los Cinco Grandes tienen derecho a voto en las mismas. No solo pasan automáticamente, sino que tienen derecho a opinar si los demás pueden hacerlo o no.

Real Big Five

Y mientras España, Francia, Alemania, Italia y Reino Unido disfrutan sus beneficios, hay otros países que sufren para pasar, una y otra vez, el suplicio de las semifinales. Azerbaiyán, Rumanía, Rusia, Ucrania y Australia forman el grupo de Los Cinco Grandes Auténticos: aquellos que siempre consiguen pasar a la final, por méritos propios. No es sorprendente, por tanto, que entre dichos nombres aparezcan algunos de los más recientes ganadores del concurso.

Del grupo de Los Cinco Grandes —ignorando a Italia que se incluyó en 2011 y ha obtenido resultados muy aceptables— las decepciones son continuas y solo han conseguido una victoria recientemente: Alemania en el 2010.

Sirva como muestra el resultado de Viena 2015, donde Los Cinco Grandes fueron masacrados inmisericordemente. En ese varapalo se incluyó al país organizador, que también tiene un puesto directo en la final.

La votación

La elección del ganador de Eurovisión se realiza mediante la votación de un grupo de cinco expertos de cada país que toma partido en la final. Hay también un voto popular, otra forma enmascarada de ganar más dinero para la organización, que en 2018 tuvo el mismo peso que la votación de los expertos.

La forma de ponderar el grupo de expertos y los votos de la audiencia son otro motivo de polémica. La Unión Europea tiene mucha experiencia enseñando que no hay que dejar a la gente que vote libremente, porque luego no vota lo que debería. Cuando se deja valorar con independencia, la gente elige a menudo aquellos países que le resultan más simpáticos, o simplemente aquellos países con mejores relaciones internacionales o más inmigrantes. Portugal a España, España a Reino Unido, Reino Unido a Irlanda, Suecia a Noruega…en este intercambio de estampitas, los grandes damnificados suelen ser los países pequeños. Andorra, Luxemburgo o Mónaco renuncian a participar. Mientras tanto, Turquía se sabe beneficiada de un sistema de votación que da más peso a la gente y menos a los expertos, la última de sus protestas para dejar de participar en el Festival. Rusia está cansada de protestar por lo mismo: los jurados no les votan nunca, pero el voto popular les trata muy bien.

Sobre el papel, tener la clasificación directa a la final es una ventaja competitiva enorme para Los Cinco Grandes. Pero la realidad es diametralmente opuesta: el resto de países y audiencias se dejan las uñas en las semifinales, esperanzados en ver pasar a sus naciones a la final. Y cuando lo consiguen, se encuentran con un grupo de países elitistas, que se han saltado la cola de espera y que tienen la absurda pretensión de ganar sin siquiera haberse manchado las manos.

Skin in the game

Los países que tienen que luchar en una semifinal se han jugado la piel para llegar a la final. Por un lado tienen que llevar una canción lo suficientemente buena como para, al menos, llegar a la final. No les basta con una canción cualquiera que quizás dé la campanada y acabe ganando. Tiene que tener más calidad que la media, para no quedarse en el filtro preliminar, que es una forma de ridículo. Por otro lado, han pasado la prueba de una votación previa. El resto de países ha estudiando sus actuaciones, ha valorado su esfuerzo. La noche de la final todo el mundo espera a ver con qué sorprende Reino Unido o Francia, mientras que los países perjudicados cantan canciones que ya se han oído una vez antes. Y las buenas canciones suelen gustar aún más la segunda vez que las oyes.

El público de los países sin privilegios suele ver sus semifinales y llega a la gala final con alguna canción candidata, que por supuesto no será una de Los Cinco Grandes, que aún no ha tenido oportunidad de oír. Siempre es posible que cambie de favorita en el último momento, pero ya existe una desventaja de salida. Luego están las apuestas, que por un lado llevan al voto con el bolsillo —votar a aquello a lo que has apostado— y por otro a sugestionar sobre cuáles son las canciones con más opciones. Las casas de apuestas suelen puntuar más alto a los países que han obtenido los primeros puestos en las semifinales.

Pero por encima de todo está el sentimiento de injusticia inherente a que un país tiene ventaja sobre otros, lo que lo convierte en un favorito forzado, una rueda de molino con la que el sistema intenta que comulgues: eso nunca funciona.

El underdog (desvalido o desamparado en español) siempre tiene el favor del público. Olvidémonos por un momento de que Eurovisión es un concurso de canciones. ¿A quién votarías, a Albania, que ha pasado por una semifinal o a Alemania, que no? Hay una simpatía natural hacia el país desfavorecido que además ha llegado donde los grandes por su propio esfuerzo, no por tener una clasificación automática. Eso se trasmite automáticamente a las votaciones, que deciden al ganador.

Así, al margen de la elección de cantantes, de los errores en las actuaciones, del estilo musical, España tiene una losa por el simple hecho de ser finalista de forma directa. El resto de países lo perciben como una injusticia y solo por eso, son reacios a votarla. En el debate posterior a una debacle eurovisiva todo el mundo tiene una opinión al respecto pero me llama la atención que nadie argumente con el que parece obvio es el principal problema y el motivo de queja de casi todos los demás países: la existencia del ‘Big Five’.

Paradójicamente la mejor forma para que España pudiera ganar sería que tuviera que correr el riesgo de quedar excluida de la final de Eurovisión.

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Más sobre el libro

Publicado el 21 de enero de 2018 | 3 comentarios

Tras el anuncio, las Navidades y Reyes, el libro ya habrá alcanzado la madurez de ventas. Luego quedarán lectores rezagados, sorprendentes nuevos lectores y personas que me conozcan y tengan curiosidad por ver qué clase de libro he escrito. Pero todos esos serán ya solo unos pocos ejemplares.

Se han vendido 23 ó 23.000 ejemplares en papel (sin contar los que yo he comprado para alimentar la hoguera de mi propio ego) y 9 ebooks. Así que de momento son 32 ventas reales, casi cuadrando el mágico número apuntado por Hugo de ‘dos docenas‘.

Es un número ridículo, pero dentro de mis expectativas. Es un libro imposible de promocionar, de salida no pertenece ni siquiera a un género concreto. El único posible reclamo es ‘de los autores del blog Pons Asinorum’, que tampoco llama mucho la atención. Lo bueno es que permite trasladar la lectura de un blog —que es algo muy moderno— a otro tipo de lectores: vuestros amigos, padres y familiares, como era el caso que contaba Gerardo en comentarios.

Cuando se publica un libro con una editorial, las ventas reales son siempre un misterio. Se obtienen informes con meses de retraso y números aproximados (una librería puede aceptar diez libros tuyos y luego devolver los diez pasadas unas semanas). Tratándose de un libro poco comercial pero con un aparente público fiel, que sirvan estos datos de referencia a los que se planteen editar su obra. A mi personalmente me bastaba con los ejemplares que he comprado yo mismo (y alguno más, para no hacer un ridículo comercial total).

La experiencia ha sido interesante, de recibir comentarios de desconocidos sobre lo que había escrito, a tener a amigos y familiares opinando sobre historias que escribí hace años. En muchos casos con puntualizaciones, especialmente cuando se ven retratados en situaciones de las que son, directa o indirectamente, protagonistas.

Editar el libro también ha servido para calibrar el volumen real de seguidores de la página. Entiendo a los que no han querido comprar el libro, ya sea porque no leen en papel, o porque todo es contenido que ya han leído o simplemente porque les parece caro. Ya he indicado que las ventas me traen sin cuidado por lo económico, pero me ayudan a distinguir qué volumen de gente lee la página porque le gusta (todos, porque hoy en día la atención es una virtud escasa) y los que la leen porque les gusta y además es gratis —la inmensa mayoría.

Gracias a las indicaciones de los lectores he conseguido pulir muchos de los errores de edición y las erratas que quedaban. He eliminado la paginación de las páginas de cortesía y hasta he cambiado la portada por una que ha hecho uno de mis hermanos y que es mucho mejor que la anterior. Ahora que el libro es técnicamente impecable, nadie lo comprará. Además he eliminado una historia, Status quo ante bellum que era de las más peñazo de todas y la he sustituido por páginas en blanco al final del libro, que ya no parece tan apurado, manteniendo el número total de páginas. Este cambio intrascendente tiene sin embargo algo inquietante: si reemplazando en un libro textos por páginas en blanco este mejora, es que algo no funciona bien en el libro.

Y creo que no hay nada más que añadir sobre el libro. Ahora volvemos al mundo del blog, donde no estoy escribiendo tanto como antes porque ya es muy difícil sentarse a contar algo complicado. Porque hoy en día todo es políticamente incorrecto, y casi todo lo que me gusta o en lo que creo, lo es aún más. Y porque la gente luego me manda mensajes por Whatsapp con opiniones en lugar de comentar en la propia página. Pero sobre todo porque gracias a haber estado revisando artículos durante meses he llegado a poner el listón de la calidad mínima tan alto, que ya me cuesta hasta a mí mismo el poder alcanzarlo.

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El mito vegetariano

Publicado el 14 de enero de 2018 | 11 comentarios

El mito vegetariano es un libro de Lierre Keith publicado en 2009. En el narra su traumática transformación desde el veganismo hacia la alimentación omnívora (o simplemente: normal).

Con el paso de los años las dietas vegetarianas y veganas —que en el pasado eran una alternativa prácticamente marginal— se ha ido convirtiendo en una de las opciones más comunes, especialmente entre aquellos con educación superior. Los porcentajes no pueden saberse con precisión, pero es muy posible que superen al 10% de la población de los países más avanzados —en los países pobres se come lo que se puede.

Los paradigmas veganos o vegetarianos se basan en tres premisas principales:

  • Eludir la explotación de los animales criados en condiciones brutales para ser convertidos en alimento humano.
  • Alertar sobre la insostenibilidad del modelo de alimentación actual, considerando que destruye el planeta y no puede tener una continuación indefinida en el tiempo.
  • Defender la dieta sin alimentos de origen animal como más saludable. O al menos, como una opción viable.

La autora del libro hace una dolorosa destrucción de esos tres principios. Y digo dolorosa por cuanto toda su vida fue una vegana activista y muy instruida. Sin embargo, su propia experiencia personal y el paso de los años le han llevado a dar el nada fácil paso de cambiarse de bando. Y no solo abandonar el veganismo, sino sentirse obligada a convencer a los que aún lo practican de que deben aceptar su error.

Es obvio que un libro así ha sufrido durísimas críticas y ataques. Se trata de un colectivo con un nivel educativo elevado, que suele tomar una decisión bastante informada. Pero aún así, para tratar de defender un mundo más justo y pacífico, tienen una actitud enfervorecida contra aquellos que los critican, tengan o no razón.

Uno de los primeros resultados cuando se busca el libro es una crítica desde un blog vegano:

Es casi imposible hacer una crítica de este libro: está tan lleno de informaciones equivocadas y confusas que refutar cada una de sus premisas necesitaría de un libro en sí mismo.

La nota media de las valoraciones de Amazon es 3,7/5 pero está llena de votos de 1/5 con críticas feroces.

Referencias de baja calidad, simplemente sin sentido

Decepcionante

Tonterías

Basura

Desinformación, ¡No lo leas!

Personalmente me ha parecido un libro muy trabajado, lleno de referencias personales a la vida de la autora. Sirve para condensar todas las ideas que uno tiene sobre las incoherencias de esta dieta —o de la mayoría de las personas que la siguen.

Comienza con una visión de la pirámide alimentaria mucho más extensa que la trivialmente simplificada que se centra en el hombre, los animales de granja y las plantas. Es interesante la visión que plantea: hay una dualidad entre animales y plantas que jamás se considera. Cuando piensas en naturaleza no te imaginas un campo sembrado de trigo, o de patatas —no dejan de ser lugares bastante desolados y un tanto lúgubres— imaginas el Amazonas y largas selvas llenas de espesa vegetación. Del mismo modo, se piensa en animales y se imagina uno tiernos perros o simpáticas ovejas. Pero no despiadados tigres o simplemente la extensísima variación del mundo de los insectos. En la defensa del veganismo se suele jugar con estas dualidades a conveniencia pero la realidad es sencilla: si tú te comes una patata, no se la comen los insectos que viven de la patata. Y si no se la comen ellos, se mueren. Muriendo esos insectos, mueren los pájaros que viven de alimentarse de ellos. Se forma una cadena de destrucción inevitable que se basa en una premisa brutal de la Tierra: o comes o eres comido. Así, cuando comes una patata, eres libre de ignorar los cadáveres de molestos insectos. O las víctimas colaterales. Pero están ahí.

Luego se puede mirar el otro lado de la balanza: los animales salvajes que se alimentan de otros animales son considerados un problema por una parte de la comunidad vegana. Es una desquiciada controversia discutir si los tigres y los lobos tienen o no derecho a vivir asesinando otros animales. No hay moral en el instinto animal, ellos entienden que hay que comer para vivir y no tienen mayores preocupaciones. Cuando un lobo consigue entrar en una granja de pollos suele matar a docenas de ellos, su instinto destructor es incluso superior a su instinto de conservación.

Al mismo tiempo surge la despiadada pero aparentemente pacífica vida de los animales. Criamos a los pollos que nos comemos en unas condiciones indignas: a veces viven encerrados en una jaula toda su vida, son alimentados sin descanso y no se les apaga la luz por la noche para que duerman menos y coman más, engordando en menos tiempo. Pero, ¿Has visto alguna vez cómo es la vida de una comunidad de pollos libre de la presencia humana? Se establecen las típicas jerarquías entre animales: los más grandes y fuertes comen casi todo. Los pequeños suelen sobrevivir al borde de la desnutrición y a menudo están llenos de heridas por agresiones de los animales dominantes. Una vida envidiable comparada con la de jaula: vivir enfermo, con miedo y hambre toda tu existencia.

Limitarse entonces a no comer animales en una especie de acto por salvar el mundo es moralmente noble pero simplista hasta casi rozar lo infantil. En una historia de cientos de páginas, quedarse con la bonita portada y las imágenes fáciles de comprender.

El argumento que más me ha gustado de todo el libro es la defensa de un tercer agente en que nunca se piensa: el suelo. La base de toda la cadena alimentaria, sus minerales son los nutrientes que alimentan las plantas. Pero no solo a ellas: millones de minúsculos insectos, gusanos, hongos, bacterias y un cultivo vivo que, la moderna agricultura, destruye irremediablemente.

Porque la verdadera naturaleza sostenible no son plantaciones de manzanos ni de lechugas: son los bosques, el ecosistema donde se consigue un verdadero equilibrio, donde todos los agentes, desde el suelo hasta el tigre, tienen opciones de encontrar su alimento sin que ninguno de ellos sea abocado a la destrucción.

En la argumentación contra la defensa política del veganismo como un sistema sostenible de alimentación se establecen un par de puntos irrefutables.

De un lado, los supuestos cultivos sostenibles, donde se plantan diversas especies —normalmente recurriendo a las legumbres— que consiguen complementar el consumo de minerales. Un cultivo así es bastante respetuoso con el suelo, permitiendo al menos en el plano teórico cosechas ilimitadas. ¿El problema de un cultivo así? Es prácticamente inviable una dieta basada exclusivamente en estos cultivos de tan pocos productos, que además sólo pueden darse en ciertas partes de clima suficientemente benévolo. Imagina una dieta vegana sin cereales de ningún tipo y sin soja: morirías. Además, condenarías a regiones enteras del planeta, como los países nórdicos, donde el clima hace esta agricultura totalmente imposible.

El otro punto difícil de contrarrestar es que toda la industria de la agricultura se sustenta en los fertilizantes químicos. Estos son obtenidos en los cultivos a gran escala como un derivado más del petróleo: con un proceso químico que exige grandes cantidades de energía, se consigue extraer el nitrógeno de la atmósfera. Un proceso aparentemente muy ecológico si se ignora la necesidad de energía: el aire está lleno de nitrógeno. Como siempre, se puede argumentar que esa energía podría ser geotérmica o eólica, pero la realidad es que es petróleo quemado en la mayoría de los casos.

Así, para tomarte una lechuga necesitas de fertilizantes químicos, porque el suelo está agotado: las plantas que consumimos lo dejan sin nutrientes a corto plazo. Dependes del petróleo para tomar cualquier verdura.

El mayor problema que he descubierto leyendo este libro es la separación entre los animales y las plantas en las granjas. En el pasado —o en algunos países que viven en él— animales y plantas formaban un ecosistema bastante sostenible. Los animales comían hojas del campo, gusanos de la tierra y al mismo tiempo fertilizaban los campos. Con un sistema así, se puede llegar a un modelo casi autónomo y perdurable en el tiempo.

Pero la obsesión por la optimización ha convertido algo tan simple en una auténtica locura. Se ha mejorado tanto el cultivo de cereales— gracias a los fertilizantes químicos— que es más rentable darle cereales a los propios animales. Ahora bien, con la moda de ser intolerante al gluten puede entenderse esto: los animales de granja no han nacido para ser alimentados exclusivamente a base de cereales. Especialmente las vacas, cuyos voluminosos estómagos están diseñados para digerir hierba —con la ayuda de unas bacterias— en modo alguno trigo o maíz. Algo similar ocurre con los pollos: hoy en día se vende como una vuelta a lo tradicional y más sano, el pollo de corral alimentado exclusivamente a base de maíz. Los animales, alimentados así, engordan más y crecen más rápido, pero son animales enfermos, que no llegan a morir de esa enfermedad porque los matamos mucho antes. Santo Dios, simplemente imagina cómo será la vida de un pollo que ya está amarillo por dentro. Los pollos de forma natural tienen una dieta errática y confusa, pero en la que los gusanos son el plato más deseado.

Los animales, al mismo tiempo, son explotados de forma masiva por lo que sus desechos, que son un fertilizante natural, no pueden ser aprovechados correctamente. Es más, suelen convertirse en un problema y una fuente de contaminación del agua de la región donde se sitúa la granja.

Así, gran parte del problema con los animales no es cómo los matamos, o si nos miran a los ojos. Es que viven una vida miserable, comiendo lo que trae cuenta darles de comer, por los excesos de la agricultura.

Finalmente queda el punto de lo saludable que pueda resultar la dieta vegana. Está claro que el simple hecho de seguir una dieta ya implica una aproximación consciente hacia lo que se come y ya es parte de la solución. Pero de todos es sabido que es una dieta incompleta: no aporta vitamina B12, que tiene que ser aportada con suplementos nutricionales.

Ahora bien, no es solo el problema de la vitamina B12. Muchas otras vitaminas y nutrientes, que se encuentran de forma abundante y fácil de absorber en productos de origen animal, no son nada fáciles de encontrar en la dieta vegana. La autora del libro cuenta la lucha en su vida contra la continua enfermedad, que jamás quiso achacar a la dieta que ella seguía.

Los problemas de salud relacionados con la dieta vegana son un tema ineludible, a pesar de que en numerosas ocasiones se trate de argumentar justamente lo contrario. El gran punto a favor de la dieta vegana es que es una forma consciente de comer: hay que tener presente la composición de lo que se está tomando en cada comida para evitar tomar algún ingrediente de origen animal. Esto excluye a muchos de los productos más procesados o infames de la dieta, lo que de por sí es una gran ventaja. Pero en igualdad de condiciones, una dieta saludable es relativamente sencilla y barata cuando se comen productos de origen animal y un complicado ejercicio de perfección cuando se hace con una dieta vegana.

Las dietas sin alimentos de origen animal son especialmente complicadas cuando se traslada a niños y pueden afectar a su desarrollo normal.

Según un estudio, el 28 por ciento de los niños veganos tenían raquitismo durante el verano y en invierno el porcentaje subía hasta un 55 por ciento.

Un punto delicado y siempre negado agresivamente por los defensores del veganismo es su estrecha relación con la anorexia. Nadie ha podido estudiar su relación directa porque no hay patrocinadores al respecto, pero la estadística que muestra el libro es:

Entre un 30 y un 50 por ciento de las niñas y mujeres buscando tratamiento contra la anorexia y la bulimia eran vegetarianas.

Y en una cita no muy amigable:

El veganismo es, mitad secta, mitad trastorno alimenticio.

Y es que no pocos se aprovechan de la existencia de esta dieta ‘de moda’ para subirse al carro aprovechando uno de sus atributos: da una excusa para no comer lo mismo que los demás o cuando los demás lo hacen. Una excelente coartada para quienes no tienen una saludable relación con la comida.

El libro tiene uno de sus apartados más interesantes cuando empieza a referirse a la soja, especialmente en forma de tofu: uno de los productos milagro en que se sustenta la alternativa vegana. A mi la soja nunca me ha inspirado confianza, aunque solo sea por el hecho de que una gran mayoría de la que consumimos proviene de China. O peor aún, proviene de varios países —ninguno de los cuales es europeo— a la vez.

La soja se comenzó a plantar por sus raíces, al ser una planta para proteger el suelo de la erosión, no como alimento. La soja contiene tantos antinutrientes que no es comestible para los humanos salvo con un montón de procesamiento, muy superior al de otras especies.

El tofu, que no es un producto fermentado, se inventó en el año 164, mientras que el tempeh, su versión fermentada, comenzó a fabricarse en torno al 1600. Los monjes tomaban tofu porque les ayudaba a mantener su voto de castidad: los fitoestrógenos de la soja disminuyen los niveles de testosterona y de paso, la líbido. «Excepto en lugares con hambruna», escribe la experta en soja Kaayla Daniel, «el tofu se servía como condimento, consumido en pequeñas cantidades, normalmente en el caldo de pescado, no como un plato principal». En China se comía la soja sólo en las peores época de hambruna —momentos en los que también se comían a sus hijos.

La soja es también un conocido goitrógeno. Los investigadores saben desde la década de 1930 que la soja puede debilitar o permanentemente dañar la tiroides si se toma en demasiada cantidad.

Hay más de trescientas especies de plantas que producen fitoestrógenos, pero la soja es la única que consumimos los humanos.

Esto es lo que comes cuando comes soja: un subproducto industrial. La soja que crece en el campo no es de hecho baja en grasa. Tiene un 30 por ciento de grasa. Hace mucho tiempo se le plantaba por su aceite —no porque la gente lo comiera, sino para usarlo en la producción de pintura y pegamento. En 1913 el Departamento de Agricultura de EEUU mencionaba la soja como un material industrial, no como comida.

Eliminar el regusto que deja la soja es una tarea especialmente complicada. El indeseable amargor, el sabor agrio y astringente son características que vienen de fosfolípidos oxidados (lecitina rancia), ácidos grasos oxidados (aceite de soja rancio), los antinutrientes llamados saponinas y los estrógenos de la soja llamados isoflavonas. Estos últimos son tan amargos y astringentes que te dejan la boca seca. Esto ha dejado a la industria de la soja ante un dilema. La única forma de hacer que la leche de soja tenga un sabor que agrade a sus consumidores es eliminando algunas de las toxinas que precisamente han estado promocionando como beneficiosas para prevenir el cáncer y bajar el nivel de colesterol.

En la década de 1970, el aislado de proteína de soja consiguió la autorización para ser utilizado como ingrediente del cartón. Los investigadores estaban preocupados de que la nitrosamina y la lisinoalanina pudieran filtrarse del cartón y entrar en la comida. Cuarenta años después, es más seguro comerse el cartón que la propia comida. Cien gramos de proteína de soja al día pueden significar consumir treinta y cinco veces los niveles de nitrosamina considerados entonces como seguros.

El libro deja un regusto amargo, muy de soja, por mostrar tantos aspectos desagradables del modo de vida que vivimos. La población mundial es insostenible, siquiera en el medio plazo. La autora termina con un alegato a que no la hagamos aumentar aún más. Pero el problema son los países del tercer mundo, donde realmente crece la población de forma descontrolada y que no pueden permitirse el lujo de elegir lo que comen. El mundo es complicado, no hay soluciones sencillas.

Quiere hacer lo que está bien. Los vegetarianos tienen un plan completo para ella. Es simple. Puedes crear justicia para los animales, para los humanos empobrecidos y para la tierra si comes cereales y legumbres. Esta simplicidad es parte de su atractivo, en parte porque a las personas nos suelen gustar las reglas sencillas.

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