Mi compra en Elcorteingles.es

Fueron una mezcla de pereza, optimismo e instinto de investigación las que me llevaron a realizar mi primera compra en la página web de El Corte Inglés.

Me habían enviado un enlace directo a dos de sus productos, como sugerencia de regalo – viva el factor sorpresa. Me gustó la presentación de la web, nada que ver con el antiguo diseño ochentero que tuvo durante décadas. El precio parecía razonable, no había gastos de envío y se podía recoger en la misma tienda. Incluso contaban la posibilidad de entrega en dos horas.

Personalmente nunca he sido centimero en las compras online. Si lo tiene Amazon, asumo que su precio es competitivo y lo compro. Es una empresa que me ha devuelto productos sin rechistar, y que me ha perdonado una deuda de un fraude con la magnanimidad de un Emperador. La experiencia de compra siempre ha sido excelente, es un sueño hecho realidad.

Pero al mismo tiempo Amazon es una empresa monstruosa. Lleva décadas ignorando ganancias con el simple objetivo de crecer y crecer. Ha llegado a un punto en que es una auténtica temeridad abrir una tienda online. De lo que sea. Incluso para gigantes como MediaMarkt, Carrefour o El Corte Inglés, las opciones de no ganar nada de dinero con su negocio online son enormes. Muchos gurús de la época dorada de los blogs dirán “que aprendan de Amazon”. Pero hay un problema muy grave: ni siquiera Amazon está ganando dinero. Personalmente me gustaría vivir en el mundo donde Amazon – o su equivalente chino – no existieran. Seria todo algo más caro, pero también más interesante.

No soy quién para dar lecciones a El Corte Inglés, cuando me cuesta mantener mi casa ordenada, pero si tengo un blog, es para dar mi opinión. Como empresa, me parece más que respetable. Ha conseguido un nicho único, donde equivalentes de otros países han ido desapareciendo, sobreviviendo durante décadas a los vaivenes financieros. Respetan a sus trabajadores – hay gente que ha envejecido trabajando en sus tiendas. No trasmiten imagen de cutrerío a pesar de ser una empresa que no puede expandirse internacionalmente – por su tan específico modelo de negocio.

La idea de competir con Amazon en lugar de con el precio con otros servicios, como la entrega casi inmediata, o la recogida en tienda sin las traumáticas entregas de mensajería, suenan muy bien y son un factor diferenciador. La opción de pagar con Paypal también me pareció espectacular. El problema es cuando tienes una web muy bonita pero todo se quedan en palabras vacías.

Mi compra de dos pequeños electrodomésticos no me corría ninguna prisa. Según la web, podría tenerlos en casa en dos horas, pero prefería ir a por ellos a la tienda más tarde. Al poco rato de tramitar el pedido me llama una señora para decirme que uno de los productos lo tienen en tienda y el otro no, que ya me avisarán cuando esté.

Ese fue el primer error, gravísimo: mentir con la disponibilidad del producto para conseguir una compra impulsiva. Como cliente ya te da la impresión de que estás en un mercadillo, donde todo vale. Y genera mucha desconfianza.

No obstante lo dejé estar. Pasaron varios días y nadie me llamaba para avisar del pedido. Llamé al Corte Inglés y tras algunos interlocutores me dijeron que el producto tenía que venir de otra tienda. De la espera, la conversación y los hechos subsiguientes pude ver que la transferencia de productos entre tiendas de El Corte Inglés no es ineficiente, sino lo siguiente. Posiblemente no haya protocolos para organizar el paso de productos entre tiendas sin pasar por la Central. Y aun pasando por ellas, el proceso debería ser ágil. Más de 48 horas es una barbaridad. En mi caso, llegamos a la semana.

Tras pasar diez días, tiempo suficiente para que me hubiera llegado el producto directamente de China con Aliexpress, decidí llamar al Corte Inglés para cancelar uno de los productos y comprar el otro, que llevaba en el almacén desde el primer minuto. No estaba nada enfadado, más apenado por saber que comprar a través de la web de El Corte Inglés jamás sería una opción en el futuro.

La recogida tampoco mejoró mi experiencia de compra lo más mínimo. Literalmente tuve que pasar por el aparcamiento para ir a una oficina donde parece que tramitaban las devoluciones de IVA a extranjeros y las grandes facturas. Todo el espacio detrás del mostrador estaba lleno de máquinas defectuosas con folios pegados donde se explicaba la tara o cómo había que usarlas para que funcionaran.

Me atendió una señora muy cordial que, sin embargo, necesitó la ayuda de una tercera persona para asesorarle con la transacción. Había que realizar una cancelación parcial, entregar un producto, dar un ticket enmendado. De la máquina registradora salían más papeles que de la mochila de un buzoneador. Unos cuantos se los quedaron ellos, otros me los dieron, otros los tiraron.

Como había comprado con Paypal y no había recibido un email inmediato alertando de la devolución sabía que algo iba mal. Les pedí uno de los papeles donde se indicaba dicha cancelación, ya arrugado y rescatado de la basura.

Efectivamente, no se había producido la cancelación parcial del ticket. Tuve que pedir una devolución a través de Paypal – algo típico de empresas fraudulentas que venden servicios online. En este caso no culpo a El Corte Inglés, simplemente estaban pagando el precio de usar este medio de pago: perder mi confianza en su garantía de devolución sin preguntas. El proceso de devolución fue lento, desesperanzador y cutre. Básicamente tuve que escribir las razones por la que quería que me devolvieran mi dinero. El Corte Inglés tardó en responder casi una semana. Y luego Paypal se sentó en ese dinero tanto como pudo – argumentando que estaban ‘estudiando el caso’ tienen la potestad de tardar un mes en responder, cuando está claro que El Corte Inglés aceptó mis explicaciones.

A las dos semanas largas, tuve buenas noticias: habían decidido pagarme la parte correspondiente al producto no entregado. Quedando mal conmigo y con El Corte Inglés.

En resumen, mi experiencia de compra con El Corte Inglés online ha sido bastante mala. No he encontrado ninguna ventaja y todos los problemas. Me han engañado, mareado y hecho perder el tiempo.

Luego el añadido de que se suponía que todo eso era para un regalo. El regalo llegó un mes después, e incompleto. Cuando se serenó todo y recuperé mi dinero en Paypal – decidí comprarlo ‘en la tienda de toda la vida’. Más barato, más rápido, más fiable. Me dicen que lo tienen el próximo martes. Luego más tarde tengo un email diciendo que será el lunes. Esa es toda la diferencia: en lugar de 2 horas, me dijeron 4 días y me pareció bien. Luego lo cambian a 3, y quedan como Dios. Nada de falsas promesas, que ya no estamos de elecciones.

Votar

Desde siempre me ha fascinado la actitud de la gente hacia las votaciones. La mezcla de emociones y absoluta irracionalidad con la que la mayoría de la gente decide su voto.

Por un lado están esas personas que se niegan a decirte lo que han votado. Para ellos, el concepto de que el voto es secreto es un pilar que sostiene su imagen del mundo. El hecho de no decir lo que votan es, la más de las veces, simplemente porque sienten algo de ridículo en la opción elegida.

Eso nos lleva a otro grupo singular: los que no votan, porque son incapaces de elegir. Saben que todas las opciones son pésimas y que no importa quien elijas, siempre será una opción de la que sentirse avergonzado a corto o medio plazo.

En esta caso estamos ante una actitud chirriante: pensar que hay que votar a un buen partido. Se habla de la Democracia en grandes términos para la realidad es que no es más que un restaurante de kebab donde te dan la opción de elegir. No importa lo que escojas, todas las opciones son una basura. Veo que muchas de esas personas entran al restaurante con pretensiones de Adrià y se encuentran con un menú carcelario. La realidad es que, te guste o no, tienes que comer algo.

Lo triste es ver que ciertos gobiernos autoritarios funcionan mejor que algunas democracias. Como en los restaurantes de premio en que no hay carta, te sientas, te sirven lo que les de la gana, y aún así sales por la puerta borracho y extasiado.

Mi opinión es que no puedes creer que la Democracia es el mejor de los sistemas posibles, o el menos malo, y que luego haya unas elecciones y te comportes como una nenaza incapaz de elegir entre partidos de pacotilla.

Hay tres opciones de votar que me parecen totalmente respetables. En primer lugar, aquellos que siempre votan al mismo partido. Lo han hecho desde que se instauró la Democracia e insisten en él, hasta la muerte. Nada les importa los escándalos, los resultados de años anteriores, lo que prometan. Ellos van a seguir votándoles hasta el fin de sus días. Es una aproximación apasionada que roza el fanatismo deportivo. Afrontan la idea de que la Democracia es una elección con la actitud de que esa decisión solo se tiene que tomar una vez en la vida.

Luego están los que votan partidos que saben que son intrascendentes. Es una vía de escape lúdica, ante la incapacidad de elegir una opción que les repulsa, elijen alguna que les parece divertida. La papeleta en blanco, el voto nulo, el partido con nombre grotesco, los anti algo. La idea es expresar con un voto irrelevante que uno no se doblega a elegir entre blanco o negro.

Finalmente están los que tratan de realizar una decisión racional, sopesando programas, comentarios y el discurso de los políticos. Es de una inocencia infantil pero idealista. Son los que luego se sienten decepcionados cuando los políticos reculan, ignoran o tergiversan las opiniones inicialmente manifiestas. Pero hay gente que una y otra vez se deja llevar por un optimismo de que esta vez, tal vez, sí que hagan lo que dijeron. Una y otra vez. Escuchando mítines y debates.

Vaya por delante que considero que el gobierno en funciones y en minoría del Partido Popular en estos seis meses ha sido probablemente el mejor gobierno que ha tenido España en la Historia de la Democracia (repugnante locución repetida hasta la nausea). Un gobierno por inercia donde apenas se pueden tomar decisiones importantes y en que cualquier traspiés puede significar un futuro descalabro electoral.

En un giro kafkiano, el Partido Popular ha tenido que silenciar los logros obtenidos durante ese periodo, donde más ha bajado el desempleo en España: son mejores gobernantes en funciones que en la realidad.

Aunque soy de derechas, en estas elecciones votaré a Podemos. Con ello, por un lado, habré votado a todos los partidos no grotescos que han existido en España en los últimos años, al menos una vez.

El discurso de Podemos, sus propuestas económicas y sociales, muchos de sus políticos, me parecen una auténtica basura. ¿Por qué les voy a votar entonces?

En primer lugar porque creo que una persona tiene que votar siempre. Ser capaz de equivocarse, saber elegir entre opciones que no te gustan.

Por otro lado, hay que votar sabiendo que los políticos mienten en sus propuestas. En este caso voto a Podemos esperando que no cumplan casi nada de lo que prometen.

Como soy incapaz de votar al mismo partido siempre – me gusta estar equivocado, me gusta tener una opinión y poder replanteármela cada pocos años – y como pienso que votar a un partido que no va a salir es casi como no votar, no me queda más que hacer una elección estratégica.

Volviendo al ejemplo del restaurante de kebab, en el menú sólo hay tres opciones. Las otras dos opciones ya las probé en el pasado y al día siguiente tuve gastroenteritis. Prefiero un plato con una mala foto, pésimo nombre y sobreprecio antes que algo que ya me hizo enfermar.

Si luego el país empeora, la economía se va al sumidero, no será culpa mía. Otro aspecto pernicioso de la Democracia es pensar que porque hayas votado a un partido ya estás apoyando todas sus medidas. Votaré a ese partido que tan poco me gusta porque los otros han creado un país corrupto, en blanco y negro, de puertas giratorias y comisiones al 5%. Cualquier otro partido, ya prometa instaurar la pena de muerte, la prohibición del alcohol, volver al Comunismo o al Feudalismo, me vale.

El mitin

Todo el mundo ha visto cientos de mítines por televisión. Por las imágenes siempre se percibe un ambiente ficticio: jóvenes y milfs que aparecen detrás del candidato para dar una aire de prosperidad y triunfo. Euforia y aplausos ante cualquier frase, por predecible que sea. Banderitas y un público inquietantemente uniforme.

Así, por las pasadas elecciones, decidí que asistiría a algún mitin. Mi preferencia natural era el Partido Popular. Siempre me parecieron sus campañas políticas las más impostadas, con un aire de figurantes entre las personas que asisten de público. Izquierda Unida era el partido que menos interesante me resultaba, no tanto por afinidad política, sino porque siempre ha sido un partido pobre, que no llena estadios, con gente muy heterogénea. Me interesaba vivir la experiencia, y en este caso el Partido Popular era garantía de carnaza de primera calidad.

Mi primera sorpresa fue ver la inexistente publicidad que existe de los actos. No hay apenas carteles anunciando que el Presidente del Gobierno o alguno de los candidatos van a ir a tu ciudad. Y sin embargo, luego los ves en las noticias, en Prime Time. Tras haber decidido que iría a algún mitin, el que fuera, pude ver cómo se desvanecían mis opciones con el Partido Socialista o el Partido Popular simplemente porque no lo anunciaron en ninguna parte.

Tuve suerte de oír un anuncio en la radio – ¿Quién oye la radio si no está conduciendo? – mencionando que ese mismo día Ciudadanos daría un mitin en mi ciudad. Me cuadraba con el horario de trabajo así que me apunté a dicho plan sin darle muchas vueltas. Era el partido al que pensaba votar, lo cual en cierto modo justificaba la asistencia.

El mitin se celebraría en el Salón de Actos del Palacio de Congresos. Una sala enorme. Mi primera impresión era que no llenarían. Aún así, llegué 15 minutos antes del comienzo. Para mi sorpresa había una larga fila de personas esperando.

Las personas que tenía tanto delante como detrás venían en grupos relativamente numerosos. Por lo que hablaban los de delante, supe que eran miembros del partido, de la delegación de algún pueblo. Pronto me daría cuenta de que la inmensa mayoría de los asistentes al evento eran políticos de segunda o tercera fila. Se rumoreaba que en el mitin que se había celebrado el mismo día, en otra ciudad, no se había llegado ni a media entrada. La gente se movilizaba para evitar que el líder se sintiera casi solo en la provincia.

Cuando entraba en el Salón de Actos pude ver que se iba a llenar con total seguridad. Los asientos de las primeras filas, los que salen en las fotos, estaban todos reservados, con papeles pegados al respaldo de las sillas. Según había oído en la espera, se trataba de los gerifaltes de la política provincial. Luego la gente se sentaba tan cerca como podía. Al haber muchos grupos enormes, veías filas enteras reservadas. Tuve relativa suerte de encontrar un asiento por el centro, algo detrás de la fila que ocupaba la prensa. En apenas diez minutos la sala se llenó y hubo gente que tuvo que quedarse fuera.

El público me dio la impresión de ser de mi misma clase social. El vagón de cola de la clase alta, que se cree clase media porque es muy mala en matemáticas. Pocos Iphones y muchos Samsung. Pero nada de tatuajes, chanclas, gente comiendo pipas, gritones, vestidos con chándal o repartidoras de romero. Estudiantes universitarios, gente con trabajos no manuales, de todas las edades pero más bien treintañeros. No muy bien vestidos, pero no descuidados. Una audiencia que me hacía pasar desapercibido.

Luego comenzó el mitin en sí mismo. Empezaban hablando los políticos locales, los que se presentaban a las elecciones. Luego el cabeza de lista regional, para terminar con el famoso candidato nacional.

La parte en que hablan los locales no sale nunca en los telediarios y es, quizás, la más interesante. Se trata de gente a la que el evento le viene grande. El único acto al que tendrán que asistir, mientras que el líder nacional puede repetir el discurso, que se sabe de memoria, en cada provincia. En este caso la candidata estaba muy nerviosa y tenía poca capacidad oratoria. Hablaba de sus propuestas para mejorar la ciudad, pero a grandes rasgos y sin apenas entrar en datos sólidos. La anécdota y el chascarrillo por delante de la propuesta concreta.

Esperaba una puesta en escena convincente, que rematara las dudas de los asistentes. Pero estaba equivocado. A un mitin solo va la gente que está absolutamente convencida. El 100% de la gente que asistía al mitin acabaría votando al partido, aunque se prometieran barbaridades. En realidad el mitin se convertía en una especie de complejo meta ejercicio de propaganda política: no se hablaba apenas de programa, de propuestas. No es algo para convencer, sino para obtener un buen resumen en televisión. Proyectando al mismo tiempo la imagen de éxito y verosimilitud propia del que habla y es aclamado y recibe fervorosos aplausos.

La euforia del público me resultaba incomodísima. Emocionarse con un equipo de fútbol o con un personaje famoso es algo que, hasta cierto punto, se entiende. Por muy irracional que sea la pasión por un cantante famoso, por un deportista, es alguien a quien se admira. Pero un político, por muy bueno que sea, jamás se merece eso. Se trata de una persona experta en lenguaje tendencioso, dobles sentidos premeditados, respuestas evasivas. Propuestas que ni por un momento piensa cumplir. Todos hemos sentido decepción por los políticos una y otra vez. Incluso aunque sea el partido al que pensaba votar, jamás aplaudiría a su candidato.

Con el trascurso del mitin, mi desapasionamiento comenzaba a resultar llamativo. La única persona en la sala que no aplaudía nunca, que no se levantaba como un hooligan político. La progresión en el discurso político, creando tensión hasta que por fin aparecía el gran líder, sirvió para despertar un estado de pseudo euforia entre la audiencia, una vez este pisó el escenario. Era una pasión imposible de creer, aunque temporalmente real, de gente que aplaudía mucho pero que, al terminar el mitin, se marchaba a casa con pulsaciones en números negativos.

Al final del acto todo fueron aplausos, ovaciones y buen rollismo. La gente se mataba por el selfie junto al candidato. Salí como pude, contento por la experiencia, tan interesante como innecesaria. Supongo que si hubiera sido el Partido Popular, habría sido una experiencia mítica. Pero creo que mi carrera política termina aquí.

Economía colaborativa

Se ha sugerido, por ejemplo, que un gran desarrollo de las industrias de servicios puede dar trabajo a los seres humanos. Así, la gente pasaría su tiempo limpiándose los zapatos unos a otros, llevándose unos a otros en taxi, haciéndose artesanía, esperando en la mesa de otros, etc.

Casi todas las citas acertadas sobre cómo será el futuro, de escritores de ciencia ficción y científicos, están totalmente sacadas de contexto. Dos párrafos más abajo de aquel en el que se vaticinaba la creación de Internet, o de los móviles, o los selfies, hay uno donde se mencionan coches voladores, relaciones sexuales con extraterrestres y un mundo sin guerras.

La cita inicial es, sin embargo, totalmente coherente y acertada con el resto del libro al que pertenece. Se trata de La sociedad industrial y su futuro, obra escrita en 1995 donde claramente se expone lo que ahora se denomina como “Economía Colaborativa“.

Lo malo de ese libro es que es más conocido como “Manifiesto Unabomber”, la obra de Theodore Kaczynski – un asesino en serie.

El autor estaba loco pero es un libro muy cuerdo e interesante. Iquietamente acertado en su visión del futuro hacia el que se encaminaba el mundo por la excesiva tecnificación.

Muchos expertos hablan sobre las bondades de la economía colaborativa desde su tribuna. O desde la aparente posición de autoridad que da el haberla usado en algunas ocasiones. ¿Quién no ha alquilado nunca un apartamento con Airbnb? ¿O viajado en coche con Blablacar? ¿O usado un taxi de Uber?

Hay sin embargo una gran diferencia en mirar esta economía colaborativa sólo del lado del consumidor. Estamos hablando de servicios entre personas. Al otro lado no hay una enorme corporación despiadada por la que uno no debe sentir la más mínima solidaridad. De lo que no se suele hablar cuando se habla de Economía Colaborativa, es de que a veces el proveedor de servicios no está ganando casi nada.

Una importante salvedad en este tipo de Economía es mencionar que hay muchos servicios que se realizan sin un verdadero interés económico – o sexual. La mayoría de la gente que aloja usando Couchsurfing o gran parte de los que comparten coche con Blablacar lo hacen simplemente por ayudar a otras personas y porque ayudando a otros, te ayudas a ti mismo.

Pero luego está la verdadera economía entre particulares, cuyos máximos exponentes son Uber – taxi entre particulares – y Airbnb – alquiler de apartamentos.

Hace unos meses leí un artículo muy interesante sobre Uber. Buscándolo he encontrado esta nota, que es un grotesco inciso, pero interesante.

En el otoño de 1969 la Policía de Montreal fue a la huelga durante 16 horas. Montreal era y sigue siendo una ciudad de primer nivel en un país considerado uno de los más estables y legales del mundo. ¿Y qué pasó durante esa huelga? El caos. Hubo tantos robos de bancos a plena luz del día, que virtualmente todas las oficinas bancarias tuvieron que cerrar. Los saqueadores arrasaron el centro de Montreal, rompiendo escaparates. Lo más chocante de todo fue una disputa que existía desde hacía tiempo entre los taxistas de la ciudad y un servicio de alquiler de vehículos llamado Murray Hill Limousine Service, sobre el derecho a recoger pasajeros del aeropuerto. Aprovechando la huelga, ambas compañías recurrieron a la violencia, como si de dos facciones rivales en la Europa Medieval se tratasen. Los taxistas cargaron contra las oficinas de Murray Hill con bombas de gasolina. Los guardas de seguridad de Murray Hill dispararon contra ellos. Los taxistas prendieron fuego a un autobús y lo estrellaron en llamas contra las puertas cerradas del garaje de Murray Hill. Pero estamos hablando de Canadá, en cuanto la policía volvió al trabajo, el orden se restauró totalmente.

Volviendo al artículo sobre Uber, un periodista decidió hacerse taxista de Uber ante la escasez de testimonios de primera mano que expusieran cómo es esta Economía Colaborativa desde el asiento del piloto.

Dicho artículo no tiene desperdicio y en él el autor expone los grandes males de intentar ganarse la vida – o una parte de ella – conduciendo. La experiencia se refiere a Philadelphia, en los Estados Unidos. Está claro que en un país menos desarrollado los números sólo pueden ser…peores.

a) Sueldo mínimo. Cuando se hace balance de lo que se ha cobrado por hora, y se quitan las comisiones y gastos del vehículo – ignorando gastos genéricos pero elevados como el seguro del vehículo o los gastos de limpieza – se llega a un sueldo similar a trabajar en un McDonald’s. Pero sin Seguridad Social.
b) Es por ello que la inmensa mayoría de las personas que se dedican a llevar estos taxis acaban siendo inmigrantes.
c) Obsesivo control por parte de Uber. Si no tomas suficientes pasajeros, si tardas demasiado, si no te valoran elevadamente, la calidad del servicio empeora progresivamente. Los mejores conductores reciben los mejores pasajeros mientras que los peores – o simplemente los que lo hagan de forma menos profesional, aunque solo sea por dedicar a ello pocas horas – tendrán las carreras que nadie quiere hacer. Esto se traduce en un enorme estrés ante cada aspecto del trabajo, al conocer que todo está siendo monitorizado y valorado.
d) Dependencia de las valoraciones. Al tratarse de un servicio social, las valoraciones son fundamentales para todos los aspectos. Eso lleva a una escalada de calidad del servicio que es excelente para los viajeros, pero simplemente insostenible. Aparte de cobrar menos que en un Burguer King, tienes que hacer más que un taxista normal: tienes que tener periódicos, cargadores de móvil, refrescos gratis, caramelos. Todo sirve para garantizar el 5/5, en un mundo en que un 4,5 no es suficiente.
e) Experiencias bizarras. Es inevitable que, al realizar cualquier trabajo de este tipo, te tropieces con gente extraña. Los taxis los usan personas que están drogadas, que huelen mal, que ligan agresivamente con la conductora. Y lo peor de todo es que esa gente, también te vota.

El resumen del periodista era el que se encuentra en numerosos foros de conductores:

Mi consejo es que busques un trabajo mejor. No te cargues tu coche y malgastes tu tiempo con este trabajucho. Esto no lleva a ninguna parte y está quemando a los conductores.

Vivimos en un mundo complicado. Basta tomar un taxi en Rusia para entender que Uber es un negocio con mucho sentido. Pero un taxi en Estambul te hace cuestionarlo – Uber en Turquía es más caro que un taxi convencional, que además no tiene riesgos ni engaños. Paradójicamente en la Economía Colaborativa de las personas es sólo una gran multinacional la que gana mucho dinero, mientras que los empleados a veces hasta lo pierden.

Aprovechando que tengo un apartamento decidí probar el otro lado de la barrera de la Economía Colaborativa con Airbnb. Como todo en la vida lo hice por múltiples razones, una de ellas poder escribir este artículo.

Decidí alquilar una habitación que tengo en mi casa y en la que a veces alojo – gratis – a gente mediante Couchsurfing. ¿Por qué no ganar algo de dinero?

Preparé mi anuncio con el detalle de alguien que lleva años publicando artículos con gancho en Internet. Por supuesto que podría hacer mejores fotos, escribir descripciones más atractivas y venderme mejor, pero puedo garantizaros que mi anuncio era muy bueno.

Llegaba sin embargo el amargo momento de fijar un precio por la noche en esa habitación. Airbnb sugiere implacablemente un precio de 12 euros por noche. Unas cuantas búsquedas en zonas similares, para apartamentos de características similares te muestra que efectivamente, ese es el precio de mercado. Hasta el grotesco punto de que 11 euros por noche llevaron a que tuviera mi primera reserva en cuestión de minutos y que a 14 euros la noche, nadie quiso realizar una reserva durante semanas.

Ahora bien, el precio de Airbnb es tan bajo – en la habitación pueden dormir dos personas que se quieran razonablemente – que es menos de la mitad de lo que cuesta un albergue, con la ventaja añadida de que tienes una habitación privada y un cuarto de baño que, aunque compartido, no recuerda a un cuartel militar.

La primera noche como anfitrión de Airbnb recibí a dos chicas de Filipinas que, probablemente, eran de la burguesía del país. Es divertido el mundo colaborativo porque a menudo el proveedor del servicio tiene menos dinero que el prestatario. Aunque las chicas habían pagado 11 euros en total por la habitación, estaba claro que ellas tenían bastante más dinero que yo – que tampoco estoy nada mal.

La situación no me suponía ningún trastorno porque he alojado a cientos de miles de personas – aproximadamente – con Couchsurfing, pero había definitivamente algo diferente. No se trataba de una relación despreocupada entre desconocidos a los que les falta un tornillo. Notabas la distancia de dos personas que esperan profesionalidad en su servicio.

Pocas veces puedes tener mejor suerte que la que tuvieron ellas. Habían alquilado otro lugar pero luego tuvieron un cambio de planes y decidieron volar a mi ciudad una noche antes. Ese otro alojamiento no tenía disponibilidad para esa noche pero justo se pusieron a buscar una alternativa en el mismo instante en que yo publicaba mi anuncio. Mi casa estaba a escasos 10 metros de la otra vivienda y yo la estaba alquilando básicamente por curiosidad.

Cuando se marcharon tocó la rutina de cambiar las sábanas – un lujo que te puedes permitir obviar con los invitados de Couchsurfing – y quitar pelos del baño. Es cierto que había ganado 11 euros sin salir de casa. Y que si lo hiciera cada día del año podría tener una especie de alquiler de habitación por 350 euros – caro para su valor de mercado, pero jamás compensado por el trabajo que eso lleva.

Luego alojé a otras cuatro personas más. Nunca fue una experiencia que me gustase o que percibiera como remotamente rentable. Además, fui subiendo gradualmente el precio – lo máximo que pude conseguir fue 16 euros la noche para dos personas – y notabas que esas personas lo percibían como un valor justo. Al fin y al cabo en el mercado había alternativas de calidad similar al mismo precio.

Incluso con un anuncio sin ánimo de lucro y un precio que tuve que ocultar a mis amigos de Facebook, había gente que te escribía con propuestas raras buscando mayores descuentos.

Leyendo y preguntando sobre el otro lado uno se da cuenta de que efectivamente, hay una forma de vida posible simplemente en el hecho de usar tu casa alquilando habitaciones. Eso ha existido desde los tiempos de Franco y es sólo ahora mucho más fácil de organizar. Si tienes una casa grande, con tres habitaciones que son susceptibles de ser llamadas dormitorios, puedes tener algo parecido a un modo de vida si vives en una ciudad muy turística. Es una especie de albergue de tamaño reducido – incluso algunos se anuncian como tal en Tripadvisor! Pero qué duda cabe que es un negocio trapero, sin garantías para ninguna de las partes. Es ridículo que una gran empresa tenga que cumplir extensísimos reglamentos de todo tipo, hasta en la calidad de las sábanas que ofrecen sus camas, mientras que en mi casa puedo alojar a cuatro belgas en una misma cama que no pienso lavar hasta que sea domingo. Si a alguien le desaparece algo de su habitación, no hay cobertura legal de ningún tipo. Y el seguro de Airbnb en estas situaciones será digno del Club de la Comedia.

También he probado Blablacar, pero sólo del lado del pasajero. La Economía Colaborativa es tan favorable al consumidor que cuesta pensar en volver a la “economía normal”. Un conductor de Blablacar me recogió casi en la puerta de casa. Y hubiera esperado unos minutos si yo hubiera llegado tarde. Me dejó en la puerta del hotel en mi destino, evitando tener que hacer trasbordos que ni siquiera el tren me hubiera evitado. Pararon cuando me apetecía ir al baño. Al consumir un servicio de este tipo, puedes conseguir un trato incluso superior a si viajaras con un familiar.

Haber probado todos estos servicios desde ambos lados me llevan a la conclusión de que uno debe usarlos tanto como sea posible, porque básicamente son prestaciones a precio de saldo. En muchos casos el prestador de los mismos no está ganando nada, pero con una enorme sonrisa a la caza de sus soñadas cinco estrellas.

A pesar de que el anterior párrafo hubiera sido un elegante final, hay que mencionar que, como todo negocio, puede usarse con inteligencia para obtener mucho provecho si se pesca en río revuelto. A nadie le hace daño tener un perfil creado en Airbnb o Blablacar y conseguir alguna review alta a precio de saldo. Esto luego puede ser aprovechado para anomalías en la oferta y demanda. ¿La final de la Champions League, un concierto de los Rollings, un festival multitudinario, Eurovisión, un Mobile Congress se celebran en tu ciudad? Puedes ganar una pequeña fortuna alquilando tu casa mientras duermes en el coche. Momentos como los trágicos atentados en Bruselas llevan a picos de demanda de vehículos para ir a otras ciudades a cualquier precio.

En resumen, mi visión es que la Economía Colaborativa es parte de nuestra vida. Algo de que aprovecharse como consumidor pero que entender los abusos a que expone al proveedor del servicio. Y que como todo, puede ser usado con cierta mano izquierda para ganar algo de dinero extra en determinadas situaciones. La próxima vez que veas a un conductor de Blablacar o la persona que te recibe en Airbnb, imagínatelo por unos segundos con la sonrisa falsa, la gorra y el inevitable olor a fritanga de McDonald’s.

El buzón

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Cuando aún no había comprado mi casa, el vendedor ya me hablaba de que no tenía la llave del buzón. Conforme se iba cerrando el trato, el destino de la llave era cada vez más incierto. Solo pasada la firma de la compraventa, se confirmó que jamás la conseguiría.

Me tocó reventar el buzón y buscar una cerradura compatible. No fue tarea sencilla, al tratarse de un modelo antiguo de buzones.

El buzón tenía correspondencia de varios meses, más de un año con toda seguridad. Entre el aluvión de publicidad de Carrefour, Media Markt, Telepizza aparecían cartas de bancos, documentos de la Seguridad Social y de Hacienda que más o menos iban dibujando una historia de los habitantes anteriores de la casa.

Al parecer había una persona empadronada en mi vivienda que actualmente vive en Marruecos pero sigue percibiendo algún subsidio social. Todo un clásico. Y una estudiante a la que enviaron el carné de conducir, y con la que tuve que quedar a través de Facebook para entregárselo. Y una familia cuyo exangüe saldo en la cuenta del Santander palidecía ante las notificaciones de comisiones: por tener la cuenta, por tener poco saldo, por recibir correo diciendo que se cobraban comisiones.

Tras tan desigual lectura, decidí que tiraría todas las cartas que llegaran a partir de ese momento. La rutina era sencilla: bajar a mirar el correo cuando tuviera que salir por cualquier motivo. Tirar las cartas al contenedor y hacer lo que tuviera planeado.

Un día sin embargo me di cuenta de que, a la misma distancia que el contenedor de la basura y también de paso, tenía un buzón. Como amante de lo bizarro no pude evitar la tentación de tirar un par de cartas en el buzón.

Para mi sorpresa, sin embargo, las cartas volvieron a mi buzón a los pocos días. Y digo sorpresa porque suponía que esas cartas, con franqueo pagado, supondrán un coste que ni el emisor ni Correos querrán tener que hacer frente en más de una ocasión.

Irremediablemente me vi forzado a echar las cartas de nuevo en el buzón de Correos. Esta vez camuflado como un activista contra las empresas del IBEX-35. El sobrecoste de tener que tramitar esa carta de nuevo tendría que ser pagado o bien por el banco o entidad de turno, o por Correos. En ambos casos dos enormes corporaciones que no tienen paridad en su Consejo de Administración. La realidad es que lo hice porque me costaba lo mismo que tirarlas a la basura: nada.

Así comenzaría un círculo vicioso entre Correos y yo. Las cartas iban y venían durante semanas hasta que ellos se hartaban e incluían un matasellos especial o yo me cansaba de hacer el idiota y las tiraba a la basura. Pero en la mayoría de los casos, las cartas podían cumplir más de 10 reenvíos sin que su destino de ser leídas se cumpliera.

Con semejante desatino, pude comprobar cómo el servicio de envío de cartas – con toda la razón del mundo – se ha ido convirtiendo en uno de las pocas prestaciones que han empeorado con la aparición de Internet. El envío de cartas se ha reducido dramáticamente – es razonable pensar que tenga que desaparecer. Y con ello los tiempos de entrega se han disparado. Antes recibías una carta de cualquier punto de España en menos de dos días. Ahora una carta local, enviada desde enfrente de mi casa, puede tardar 10 días en volver a llegar a mi buzón.

Con delirios de grandeza empiezo a pensar que mi esfuerzo para destruir al Banco de Santander es, al mismo tiempo, una labor solidaria, manteniendo la función de Correos, que al menos deberá mantener una sucursal para dar servicio a este bucle analógico.

País solidario

Siempre que se produce una catástrofe se acaba oyendo, de una forma u otra, que España es un país de gente solidaria. También suele ir de la mano el mencionar que España es un país tolerante con otras religiones, especialmente el Islam.

Spain is one of the less racist, anti-Islamic countries. Spaniards and solidarity are two very well connected concepts. We have close ties with the Islamic culture and with countries like Morocco, so Arab migrants don’t face as many integration problems as they may do in other European countries. As well, and despite of the crisis, there is no big extreme-right xenophobic party in Spain, Le Pen style.

Ahora bien, decir que España es menos racista o más solidaria que otros países implica decir que estos conceptos son, de alguna forma, susceptibles de medida y comparación. Y que en esas métricas, España puntúa alto.

Antes de entrar en otras consideraciones, merece la pena sacar de la ecuación aquello de que “España es líder mundial en donaciones de órganos”. Es así, y es algo de lo que estar orgullosos. Pero no se trata de una decisión particular de los ciudadanos, sino de haber decidido que todo el mundo sea donante salvo que opine lo contrario – una excelente medida.

¿Qué es un país solidario? Se han intentado algunas clasificaciones al respecto, como el World Giving Index, que compara las respuestas de ciudadanos de distintos a países a preguntas del tipo:

¿Has ayudado a algún extraño, o alguien que no conocieras que necesitara ayuda?
¿Has donado dinero a una ONG?
¿Has realizado trabajo voluntario en una ONG?

Los resultados son extraños, liderando el ranking Myanmar (!) seguida de Estados Unidos y algunos de los países más ricos del mundo intercalados con Sri-Lanka o Malasia en el top 10 y España en la posición 58 (de unos 150 países).

Aceptando estos datos España estaría ligeramente por encima de la media. Nada de que avergonzarse, pero tampoco para estar especialmente orgullosos.

Sin embargo el ranking es enormemente subjetivo. Deja a Grecia, el país que prácticamente inventó el concepto de hospitalidad, en el puesto 140, casi el último. Una gran cantidad de países parecen ordenados al azar, sobre todo cuando se observan en el mapa de distribución. Según la cita más arriba señalada, la solidaridad española está relacionada con países como Marruecos. que, sin embargo, aparece en un pésimo 126º puesto en dicho listado.

¿Es al menos España un país con bajo anti islamismo? Esto es aún más complicado de cuantificar. El 7.5% de la población francesa es musulmana y un 6% de la población belga pero apenas un 2.3% de la española. Prácticamente cualquier clasificación que se haga al respecto debería ponderar estas diferencias – pero esto nunca se hace. Francia tiene el triple de musulmanes que España, es una enorme minoría. ¿Hay rechazo en España a los albaneses, georgianos o guatemaltecos? Desde luego que no. Y no porque seamos muy solidarios, sino porque no conocemos a casi nadie de dichos países.

Una medida interesante para medir el rechazo a otras religiones es recurrir a los judíos. Son una comunidad enormemente minoritaria por toda Europa y al mismo tiempo son muy dados a cuantificar los que son hostiles con ellos.

El índice ADL global realiza una clasificación por países de su aceptación o rechazo hacia los judíos. Los participantes tuvieron que responder a preguntas del tipo:

¿Cree que los judíos tienen demasiado poder en el mundo de los negocios?
¿Cree que los judíos pasan demasiado tiempo hablando de lo que les sucedió en el Holocausto?
¿Con qué frecuencia hay violencia contra los judíos en tu país?

En el ranking de Europa Occidental, España consigue un notable tercer puesto con un 29% de antisemitismo. Grecia lidera implacablemente dicho listado con un inalcanzable 69% – muy por encima incluso de Irán (56%), acérrimo enemigo de Israel.

Incluyendo el resto de países de Europa, España ocupa una posición intermedia. No somos más antisemitas que otros, pero tampoco mucho menos.

Al final España no se destaca ni en lo positivo ni en lo negativo en ninguno de estos aspectos. Somos un país más, ni mejor ni peor que otros. Para mi sorpresa sin embargo, Grecia puntúa muy alto en el ranking de los peores países y esta vez no por razones económicas.

Conciliación laboral

Hace unos días estuve viendo el programa de Salvados sobre la conciliación laboral. En dicho programa se comparaba la difícil situación para conciliar vida laboral y personal en familias de España y Suecia.

En general el concepto del programa ‘Salvados’ no me gusta nada y este episodio no fue una excepción. Solo la idea de comparar un aspecto de la vida de dos países, de forma totalmente aislada, es simplista o manipuladora. O una deliberada mezcla de ambas cosas.

¿Por qué comparar con Suecia? Desde luego que es uno de los países más ricos del mundo. Pero aún dentro de esta lista, hay numerosos países donde apenas hay cobertura social suficiente como para poder cuidar holgadamente de un hijo mientras se trabaja. Estados Unidos, Alemania u Holanda no tienen coberturas que se parezcan a las que ofrece Suecia, pareciéndose mucho más a España en ese aspecto.

Cierto es que la inexistente conciliación laboral en España, que en muchísimos casos sólo es posible gracias a los abuelos, es un problema. Pero ese programa no exponía ninguna solución posible, salvo la manida: España tiene mucha corrupción – que la tiene – y con el dinero de la corrupción, se podrían pagar un montón de compensaciones sociales.

Pero ese dinero de la corrupción tiene que dar también para la memoria histórica, para poner un policía a cada mujer maltratada, para el cuidado de personas dependientes, para una Sanidad que cubra cada aspecto mejorable. Tiene que dar para mejorar la educación y subsidiar la compra de coches y casas. Y para que haya un salario básico universal. Robamos, pero no tanto para poder pagar todo eso con el dinero de la corrupción.

Luego el programa mencionaba que ‘los políticos no quieren’, o más finamente dicho ‘no hay voluntad política’.

En mi opinión el problema de la inexistente tasa de natalidad española es uno de los más graves para el país de cara a su posición mundial dentro de digamos 50 años. Si la población no crece, es casi inevitable que la economía se mantenga en niveles de escaso crecimiento. España es, a día de hoy, el 30º país del mundo por población. En 50 años, bien podríamos estar pasado el puesto 50º. Y la población de un país es uno de los más importantes factores económicos, especialmente en países que ya no están en fases de desarrollo.

Pero en España apenas si se llevan a cabo correcciones cuyos efectos no se notarían en menos de cuatro años. ¿Para qué arreglar un problema que aún no tenemos y por el que no se pueden conseguir votos?

Volviendo a Suecia, ¿Por qué no es legítimo comparar la conciliación laboral en ese país con la del nuestro? Básicamente porque tienen una economía totalmente diferente. Dice la Wikipedia que la economía sueca es una economía orientada hacia la exportación – saludable ventaja de tener un país con poca población – mientras que de la economía española, destaca el relevante factor del turismo.

Nada nuevo bajo el sol, pero un aspecto fundamental si simplemente queremos comparar un típico puesto de trabajo sueco con un típico puesto de trabajo español. Las decisiones sociales en ambos países giran, por fuerza, en torno a empleos medios. En España no hay apenas empresas grandes y las pocas que hay, son continuamente machacadas mediáticamente, con el nuevo soniquete de ‘Las empresas del IBEX35′ popularizado por Podemos.

Como su propio nombre indica, el IBEX35 sólo tiene 35 empresas, entre las que están los supermercados Dia% (el artículo enlazado nada tiene que ver con la realidad actual).

Para sorpresa del presentador durante una de sus preparadas entrevistas, la empresa española que mejor plan de conciliación laboral tiene es Iberdrola. Un infame miembro del IBEX35. En general, casi todas las grandes empresas tienen políticas sociales muy superiores a las de empresas de menor tamaño.

Precisamente las empresas más castigadas por otros programas de ‘Salvados’ son aquellas que mejor tratan a sus empleados. Que pueden permitirse no distinguir si contratan a un hombre o una mujer. Que pueden extender una baja de varios meses sin que sea un insoportable coste.

Paradójicamente es el periodismo una de las profesiones donde menos conciliación laboral existe. Es muy posible que la productora que realizó el programa no tenga nada parecido a planes de conciliación laboral.

¿Qué conciliación laboral puede ofrecer el dueño de un bar, con dos camareros, si uno de ellos falta cada vez que el niño tiene fiebre? Como empresario, el dueño del bar será un hijo de puta. Pero también como empresario será una persona que hará números, que pondrá los precios en función de lo que cobra el bar de al lado y que tiene que pagar sueldos de miseria para poder ser competitivo. Porque su negocio es un negocio de escasos márgenes, mucha competencia y poca estabilidad.

El problema de la conciliación laboral en España es el de su sistema productivo – quizás el mayor problema de todos los que tiene España, por encima de la corrupción y el paro. Tenemos un sistema productivo que no escala, que solo permite racanear céntimos en cañas, en raciones de jamón, en habitaciones de hotel con una cama más pequeña. No tenemos empresas de verdad. O casi.

Una de las pocas empresas españolas de las que estar orgullosos a nivel mundial es Inditex. El gigante de la distribución textil fue, sin embargo, amargamente criticado en otro programa de ‘Salvados’ por contratar mano de obra infantil, mano de obra que no cumple las condiciones de seguridad laboral, etc. Puede que sea verdad que alguna de las camisetas de Zara que tienes en el armario la haya hecho un niño. La cruda realidad es que no importa de qué fabricante sea la camiseta que tienes en el armario para que la posibilidad de mano de obra infantil esté ahí.

Inditex está en un negocio que funciona así. Márgenes pequeños pero con economías de escala. Sería bonito que toda la ropa de Inditex se fabricara en Alicante, pero en tal caso Inditex no sería competitiva a nivel mundial – posiblemente ni siquiera a nivel nacional.

Un artículo muy interesante que leí hace unos meses se titula ‘Por qué es imposible comprar (ropa) éticamente’. En él aborda la problemática de este tipo de empresas. El artículo detalla que la industria textil funciona con una enorme cantidad de intermediarios y mayoristas. Inditex no tiene fábricas en Vietnam, China o Malasia. Tiene acuerdos con mayoristas en esos países que a su vez tienen acuerdos con empresas que operan en estos países.

En el articulo mencionan que son las grandes empresas – como Inditex – las únicas que tratan, a veces infructuosamente – de evitar a los fabricantes que permiten peores condiciones laborales. Así, si evitas a los grandes como Inditex, Mango, H&M, es posible que acabes en una marca de segunda fila que, esta vez ya sí, te puede garantizar al 100% que tu camiseta ha sido fabricada por un niño. Por lo tanto, la idea de comprar éticamente te acaba llevando precisamente a los comerciantes menos éticos.

Para tener opciones de conciliar vida laboral y personal necesitamos más Inditex en España. No necesitamos que España sea el nuevo centro de fabricación de camisetas, insistiendo en los empleos con poco valor añadido, de talleres pequeños. Necesitamos que haya puestos de alto nivel que se creen en España. Volviendo al ejemplo sueco, ¿Queremos un arsenal de reponedores y cajeros en los Ikea de España, o los asexuales ingenieros que diseñan los muebles de nombres impronunciables?

¿Pero cómo puede permitirse Suecia tener tantos servicios sociales? Para conseguirlo, ha llegado a un sistema impositivo bastante asfixiante, con una media del 45% del sueldo destinado a impuestos y un IVA del 24% en prácticamente todo. Si España aumentara su presión impositiva a estos mismos niveles, para permitir una mejor conciliación, podríamos llegar a unas coberturas similares a las suecas. ¿Pero, estaríamos dispuestos a hacer ese esfuerzo?

El programa de televisión simplísticamente culpabilizaba a los políticos pero ante un reto así, no se puede fabricar el dinero de la nada. Hay que tomarlo de alguna parte. Y lo tenemos que poner el resto de los españoles.

Así, en una economía de libre mercado, al estilo americano, cada uno tiene que pagar lo suyo. Compras un coche, pagas sus impuestos. Conduces sus carreteras, pagas sus impuestos. Tienes un hijo, pagas su guardería. El estilo sueco es más social: todo el mundo paga lo de todos – en los coches no. ¿Quiero yo, que he renunciado a tener hijos por la difícil conciliación laboral, pagar las guarderías del resto de españoles? ¿Y la dependencia de los abuelos que yo ya no tengo? ¿Y la educación con ordenadores de los hijos que no tengo? No es una pregunta retórica, sino directamente al bolsillo. ¿Estaría dispuesto a pagar 50 ó 150 euros al mes, cada mes, para que haya esa cobertura social a las personas que han tenido un hijo?

Si el programa se hubiera afrontado con esa pregunta la mayoría de la gente que no tiene hijos habría dicho que no, que prefiere España con sus cañas baratas a Suecia y sus días oscuros. Pero cuando se pinta todo en blanco y negro, con los malísimos políticos y empresarios, se llega a una historia fácil, pero que no es real. Y sobre todo, que no aporta soluciones, sólo lloriqueos.

La edad dorada

Hace unos meses publicó The Economist un especial sobre Nigeria. Se trata de un enorme desconocido pero con unas posibilidades de crecimiento enormes, aunque sólo fuera por la tracción que genera su enorme población actual: unos 170 millones de habitantes – cuatro veces España.

Los artículos mostraban un país lleno de contradicciones, en ciertos aspectos muy avanzado y en otros totalmente primitivo y rudimentario. Uno de los principales problemas que afronta es la falta de fiabilidad del suministro eléctrico. Vivir en Nigeria, ya sea en la capital o en ciudades pequeñas, en un barrio pobre o rico, significa que cualquier día puede haber un corte de electricidad de varias horas o días.

Nigeria se jacta de tener una enorme población de emigrantes. Unos 17 millones de nigerianos viven fuera de su país, una gran parte de ellos en Reino Unido y Estados Unidos. Muchos de sus expatriados mandan dinero a sus familias, siendo esta una importante fuente de ingresos para el país.

Leyendo todos los artículos, con la característica falta de posicionamiento de The Economist, uno se da cuenta de un sorprendente hecho: a pesar de la corrupción, los asesinatos y delitos sin siquiera investigar, la falta de infraestructuras y de luz eléctrica, muchos nigerianos, bien asentados en sus países de acogida, deciden volver a instalarse en su país.

Desde luego, el arraigo y la familia influyen mucho en su retorno. Pero son muchos los que mencionan un sorprendente motivo: Nigeria es un país interesante donde vivir.

Acostumbrados a vivir entre algodones rodeados de todo tipo de comodidades solemos olvidar que muchas incomodidades tienen partes positivas: nos hacen la vida más compleja y, por lo tanto, más rica.

Reflexionando sobre ese artículo – tiempo he tenido – me recuerda a la época de Internet que vivíamos hace 10 años. Nadie tenía Internet en el móvil y un elevado porcentaje ni siquiera tenía conexiones de alta velocidad. La gente se comunicaba por Messenger, Gmail era un sistema de correo minoritario. Terra trataba de ser un gigante tecnológico y tenía una elevada cuota de mercado de las visitas de Internet. Se cuestionaba si la Wikipedia tenía contenido de calidad o siquiera relevante.

Al mismo tiempo vivíamos en una especie de jungla. Las cartas nigerianas te llegaban al correo y tenían su público. El phishing también funcionaba y en Messenger se podía uno inventar la identidad porque nadie colgaba su verdadera foto o su nombre. Había arrestos puntuales por descargas ilegales. En el trabajo no te dejaban navegar por Internet.

Pero como diría García Márquez, el mundo olía como a nuevo. Todos los días había noticias sorprendentes, inesperados productos que se volvían imprescindibles con la misma velocidad que otros perdían todo el interés de inmediato. Las páginas no se veían bien fuera de Internet Explorer, pero ahí se veían muy bien y estaban llenas de detalles originales. Los gifs animados habían conquistado el mundo pero ya estaban en retirada. Los blogs un día florecían para al siguiente, desvanecerse.

En términos absolutos, el Internet de hace diez años era una puta mierda comparado con el de ahora. Pero del mismo modo, el Internet que ahora tenemos está dejando de ser interesante. No hay proyectos sorprendentes que no tengan detrás un montón de dinero. La mayoría de la gente se pasa el tiempo de forma pasiva, reenviando o haciendo me gusta. Nadie escribe, el teclado se ha convertido en una parte opcional de la interfaz, que aparece sólo bajo demanda explícita del usuario. Las búsquedas de Google arrojan resultados de hace 5 o 10 años – que siguen siendo las más relevantes. Internet está ya casi completado y eso lo hace muy útil pero también muy aburrido.

Debemos sentirnos privilegiados de haber vivido esta edad dorada. Volviendo a los nigerianos, uno entiende totalmente que decidan volver a su país.

A Walk in the Woods

A Walk in the Woods es el nombre de una novela que publicó en 1998 el famoso escritor de viajes – que alcanzó su mayor fama por un libro de divulgación científica – Bill Bryson. En ella narra la historia de dos viejos que, sin pensarlo demasiado, deciden realizar el Sendero de los Apalaches: una ruta de senderismo de unos 3.500 km, es decir, unos cuatro Caminos de Santiago – de los de verdad. La novela está basada en hechos reales que protagonizó el escritor de la misma junto con un amigo suyo.

Sobre dicha novela se ha llevado al cine recientemente una adaptación, protagonizada por Robert Redford. De la película me ha llamado muchísimo la atención el desquiciado uso de la edad por parte de esta versión.

Robert Redford protagoniza la película por el sencillo hecho de que es él el que decidió llevarla al cine, tras disfrutar mucho con la novela. Incluso había pensado que su compañero de reparto fuera su amigo Paul Newman.

Ahora bien, la esencia misma de la novela es un hecho real: dos tipos sin condición física, descuidados y con vidas muy sedentarias, se lanzan a un último reto físico que tiene pocas perspectivas de tener éxito. La historia gira en torno a dicho desafío y la edad de los participantes es aún más importante que el hecho de que se lleve a cabo en el Sendero de los Apalaches o cualquier otro lugar.

Sin embargo, hoy en día parece que no se puede decir que una persona de 47, la edad con que Bill Bryson escribió el libro, puede ser ya mayor y estar en declive. Bill Bryson es un gran escritor pero nunca se ha preocupado mucho por su dieta o por hacer ejercicio. No deja de ser una persona bastante común para su edad.

Ahora bien, para adaptar la novela no se puede usar un actor de su edad. George Clooney tiene 54 años y un aspecto mucho más deportivo del que encajaría en ese papel. No obstante, con Robert Redford, que cuenta con 79 años, se da un salto en la ficción totalmente delirante.

En la película se trata de solventar esa desproporcionada diferencia de edad haciéndolo pasar por alguien más joven. Rejuvenecer a un actor viejo para que parezca un viejo pero no demasiado, es bastante grotesco. Para colmo de males, en la película representa a la mujer del protagonista (Robert Redford) la actriz Emma Thompson, que tiene el mismo aspecto y corte de pelo que hace 30 años. Esta actriz tiene en la actualidad 56 años – 23 años menos que Robert Redford.

Elegir a una actriz que puede considerarse el equivalente femenino a Jordi Hurtado es un despropósito absoluto que hace aún más confusa la historia. Tenemos a un hombre de 79 representando a uno de 47 con una mujer de 56 que aparenta 40.

Estamos acostumbrados a que los actores tengan parejas femeninas mucho más jóvenes, pero en una película que va sobre viejos y el mismo acto de envejecer, se ha cometido un despropósito digno de mención.

Nota: Al margen de eso, es una película que no está mal, dentro de que es una historia donde no caben los giros inesperados, enredos de pareja o ningún tipo de aventura exagerada.