High-end devices

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Cuando Adsense muestra los datos de ingresos por publicidad, los divide de acuerdo a tres categorías: Tablets, Móviles y Ordenadores.

tablets

Desde hace años se ha tratado de separar a los usuarios de móviles. Primero porque eran una rareza y usaban pantallas muy pequeñas, lo que causaba problemas. Pero pronto pasaron a ser la guinda del pastel publicitario. Usuarios de los que se podía saber prácticamente todo: edad, sexo, localización física en cada instante. Además, con cierto poder adquisitivo, demostrado al menos por el hecho de tener un teléfono carísimo.

Por eso, los clicks en publicidad se pagaban de forma diferente dependiendo del origen del usuario. Los que pinchan en la publicidad desde teléfonos móviles son considerados automáticamente clientes de mejor calidad que los que lo hacen desde el ordenador. La empresa anunciante tiene que pagar más por esos clicks.

Pero han pasado ya bastantes años. Los usuarios de móviles, o como menciona Adsense en su detalle ‘High-end mobile devices‘ (teléfonos móviles de calidad superior) se han ido convirtiendo poco a poco en usuarios Low-end o de calidad inferior.

Una tendencia inevitable es ver cómo los ordenadores ‘de toda la vida': portátiles y sobremesas, acabarán volviéndose las auténticas high-end devices, aparatos que nos hablan de usuarios avanzados, con verdadero poder adquisitivo. Al fin y al cabo, serán usados por aquellos que tienen un puesto de trabajo en el sector servicios, mientras que los teléfonos móviles serán algo más democrático, y por lo tanto usados en su mayoría por clases medias y bajas.

La fantasía publicitaria, que sólo se puede aplicar en unas pocas ciudades enormes del mundo, es la de un usuario que busca algo en internet y, gracias a la geolocalización, recibe un anuncio de un servicio que está a pocos metros de distancia de donde él se encuentra. En ese caso, un anuncio adecuado se convierte en un cliente y el anunciante tiene que pagar por eso. La realidad es que ese tipo de búsquedas de última hora sólo suelen aplicarse a restaurantes. El resto son rarezas o servicios de emergencias – situaciones excepcionales.

El verdadero cliente buscará una peluquería, un taller o una tienda especializada desde el ordenador del trabajo, como se ha venido realizando toda la vida. El usuario de móvil – que puede ser a veces ese mismo que antes empleó el ordenador – buscará letras de canciones y memes.

No es una reflexión muy profunda pero creo que merece ser señalada. Con los teléfonos móviles estamos llegando a una situación inusual en que los clientes con más poder adquisitivo no serán los que usen el soporte más costoso.

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Regalos

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Cuando me fui de Madrid tuve que deshacerme de un montón de cosas que había ido acumulando durante más de diez años.

Recuerdo que llegué a la capital del Reino con una bolsa grande y que a cada mudanza aquello iba ganando en complejidad. Primero dos viajes en Metro. Luego un amigo me ayudó con su coche. Finalmente tuve que contratar a un desgraciado con una furgoneta.

La sensación de dar, sin tratarse de un regalo planeado o sin un falso trasfondo humanitario, es compleja. No me sentía especialmente bien por dar cosas de gran valor a cambio de nada, en plan buen samaritano. En cierto modo era una paz al saber que un objeto que valorabas ha encontrado un buen destino. Como los que buscan casa para perros abandonados.

Una experiencia en gran parte liberadora, pero no exenta de matices. Hay algo decididamente destructivo en regalar gran parte de tus pertenencias. Las semanas antes de marcharme de Madrid estuvieron llenas de sensaciones extrañas.

Me deshice de un coche con el que llevaba el suficiente poco tiempo como para no estar enamorado de él. La historia de ese coche está contada en ese artículo, bastante cuidado comparado con lo que últimamente publico.

También estuve regalando libros. Unos cuantos a una asociación cultural. Lo mejor de mi colección los regalé a través de la página http://nolotiro.org. Quedé con una chica joven y estuvo un rato en mi casa mientras hablábamos de los libros. Cada uno de ellos tenía una larga historia detrás. Las Vidas Paralelas completas. Vida de los Doce Césares. Ishmael. Trampa 22. Los Ensayos de Montaigne.

La chica era una glotona de la lectura, de esas personas que igual se leen un best seller que una novela clásica o literatura para adolescentes. Todo lo disfrutan igual – lo cual es envidiable. Nunca supe qué fue de ella, tras llevarse de golpe y porrazo casi toda mi selección de favoritos. Supongo que sería una experiencia al todo o nada. Prefiero no indagar al respecto.

Finalmente quedó el típico trasto que todos tenemos: un ordenador que funciona pero que fue reemplazado por un ordenador que funcionaba mucho mejor. Guardado durante dos o tres años, estaba más que desactualizado, aún cuando funcionara perfectamente.

A través de la misma página, contactaron conmigo decenas de personas, cada una te explicaba por qué necesitaba el ordenador. El caso más común era el de una casa donde había un ordenador compartido y alguien quería tener uno propio para poder mirar en su propia habitación…páginas de la Wikipedia.

De entre todas las peticiones sin embargo se destacó una de inmediato. Era la típica mujer mayor latinoamericana que emplea un español sobre educado no exento de gruesas faltas de ortografía. Mientras todo el mundo me respondía de inmediato a las dudas que le planteaba y estaban dispuestos a recoger el ordenador, esta señora me respondía al día siguiente e insistía en que no podría recogerlo, tendría que ser yo el que se lo llevara más o menos por donde ella vivía con su familia.

No intercambiamos muchos mensajes y quedé con ella para entregarle el ordenador. Algo dentro de mi me decía que puestos a regalarlo todo, en este caso al menos iba a acertar con la persona adecuada.

Tuve que conducir hasta Alcobendas, quedar en una rotonda, enfrente de donde graban casi todas las citas de Mujeres y Hombres y Viceversa. En apenas un par de minutos me empapé del drama humano que vivía esta familia, anterior a la crisis de deuda griega. Una pareja mayor, físicamente maltratada por los años, con un hijo de apenas diez años. El hombre había sufrido algún tipo de percance y su capacidad mental estaba mermada. Podía conducir por lugares conocidos pero simplemente era incapaz de aprender nuevas rutas, entrar en Madrid para él hubiera acabado en tragedia. Amén que tenían un coche de esos que ya han dejado de soñar con pasar la ITV, empezando a flirtear con convertirse en un clásico.

Una extraña pareja con un único teléfono móvil que compartían. El marido sin trabajo y sin esperanza alguna. La mujer, algo aquí y allí. Para colmo, su hijo estaba sordo y se notaba que por negligencia – por otro lado totalmente comprensible – de sus padres, no había tenido una educación adecuada.

No eran como algunos mendigos, que te empiezan a contar problemas en busca de conseguir dar pena. Era una gente que a poco que abría la boca, ampliaba un drama humano terrorífico. Aún hablando de temas alegres, los detalles de fondo eran sobrecogedores.

Como pude me despedí de ellos, contento de haber encontrado un destino inesperado para un ordenador que acumulaba telarañas. Sabiendo que eran, de largo, la gente que más lo necesitaba. Con la meridiana sensación de que había mucho más que era mejor ni oír.

Al deshacerme de ropa que apenas usaba, de libros que no leería, de muebles y hasta del coche, sentí cierta sensación de alivio. Pero al dar el ordenador a quienes de verdad lo necesitaban, sentí todo lo contrario. En lugar de quitarme un peso de encima, me eché uno más grande sobre mi conciencia.

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Bauer Café

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Una de las grandes desventajas del desarrollo de Internet es que hoy en día resulta casi imposible sorprenderse. La historia más extraña que oíste en tu juventud resulta inocente comparada con las tres o cuatro que habrás podido leer esta misma semana.

Hubo un tiempo en que un buen restaurante podía ser un relativo secreto. Si de repente un cocinero empezaba a hacer las cosas bien, hasta que no pasaran varios meses – incluso años – y fuera reconocido por los críticos, no aparecería en los libros y guías. En ese periodo de gracia uno podía tener la suerte de descubrir esa pequeña joya y hacer correr la voz de alarma entre los conocidos.

Ahora sin embargo todo es inmediato. En pocas semanas se consiguen un montón de referencias positivas y se actualizan los rankings de las páginas que comparan los mejores lugares. Por eso algo tan trivial como descubrir un buen sitio para comer puede ser sorprendente.

El sitio que os quiero recomendar no es otro que la Cafetería del Leroy Merlín de Málaga.

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Se trata de un local minúsculo, con apenas cuatro mesas, dos de ellas altas. La mitad del mostrador la ocupa bollería industrial y las bebidas las sirven en latas: señal de antro que no tiene mucho volumen de ventas.

Tienen las cuatro tapas típicas de emergencia y luego, de la nada, dos o tres tipos de bocadillos.

En lugar de seguir el sota, caballo y rey de la gastronomía de carretera, con sus bocadillos de jamón, jamón y queso, queso, tortilla, atún y chorizo, se desmarca por completo con dos o tres opciones únicas y que son carne al cien por cien.

Es el típico bocadillo que te pondrían en casa de tu abuela: carne cocinada de forma casera, con su propio jugo, dentro de un pan. Poco Ferrán Adriá pero mucha calidad.

Es comida rápida, pero de máxima calidad y a un precio ridículo, muy inferior a un menú de McDonald’s.

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¿Cómo puede un sitio así no ser más conocido? Está claro que no es un restaurante propiamente dicho. Luego el hecho de que para la mayoría de las mujeres, que evitarían la opción del bocadillo, no es más que un bar limitadísimo.

Además, está en la zona de los polígonos comerciales. La peregrinación de los sábados de cientos de familias les acaba llevando a un lugar familiar, donde se preocupen de lo que comen los niños. Ahí es donde Ikea arrasa, con su comedor a precios ridículos totalmente orientado a atraer al público infantil.

No obstante la masificación puede llevarte a probar sitios diferentes, como fue mi caso. Y así, sería cuestión de poco tiempo que la gente se fuera dando cuenta de su valor. Si no fuera porque lleva el nombre de la superficie comercial, Leroy Merlín.

Cualquier comentario sobre su cafetería irá asociado a dicha multinacional. Las pocas opiniones se mezclarán con cientos relativas a la tienda de bricolaje y construcción, hasta directamente desaparecer. No habrá un artículo sobre la cafetería de Leroy Merlín – que además será distinta en cada ciudad – sino sobre toda la tienda.

Un caso parecido es el del Café Central de Madrid.

Todo el mundo conoce a este local por el jazz: es el local más emblemático de este género musical de todo Madrid, con una prolongadísima historia de conciertos en vivo.

Cientos de miles de opiniones que se escriben sobre él, casi siempre se referirán a sus veladas nocturnas, con o sin música en vivo. Sin embargo, a medio día tiene un servicio de menú de día que es de los mejores de Madrid: dos o tres opciones de primeros y de segundos donde se pueden repetir guarniciones y salsas. Pero todo cocinado en el mismo día. Buenos postres, también caseros. Y precio de menú del día. Uno de mis sitios favoritos de Madrid que no sale en ninguna guía porque está en un local que es para otra cosa.

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Extranjeros

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iglesias-votando

Cuando ayer veía la imagen de Pablo Iglesias en las Elecciones Regionales y Municipales de Madrid lo primero que se me vino a la cabeza no fue aquello que recomendé de que había que votar a Podemos – ya Ciudadanos es una alternativa perfectamente válida – o que se iba a producir un cambio histórico en la política en España.

Porque para mi es pensar en Elecciones Municipales y lo primero que se me viene a la cabeza es que son las elecciones en que los extranjeros residentes pueden votar. Y casi siempre pienso en Pablo Iglesias como un político en el destierro: mientras se pelea por el bacalao en Madrid, Iglesias tiene que hacer su trabajo…en Bruselas. Muchas veces pierde oportunidades importantes ¡Por estar trabajando! Algo infrecuente en los políticos nacionales, que no importa lo que estén haciendo, casi siempre pueden dejarlo si hay una noticia más importante.

Así, se me ocurría que si Iglesias aparece, como en la foto puede verse, con dos sobres, es porque va a votar en las Elecciones Municipales. Y si va a hacerlo, es porque no es un extranjero residente en Bélgica, donde tiene un cargo en el Parlamento Europeo.

En España estamos habituados al clásico caso del deportista español con residencia en Andorra para pagar menos impuestos. Este tipo de irregularidades son muy comunes y la gente se escandaliza durante el día que sale la noticia hablando de ellos. No eligen Andorra por su calidad de vida, sino por su sistema tributario. En este caso se aprovechan de alguna argucia legal – al fin y al cabo los deportistas se pasan casi todo el año viajando por todo el mundo. Pero estamos ante una clara irregularidad.

Que un político trabaje en un país europeo a tiempo completo y no tenga por obligación que tener la residencia en dicho país es, en mi opinión, otra irregularidad. Y digo opinión porque no trato de crear ninguna polémica – especialmente con el político español que mejor valoro – y tampoco voy a preocuparme en investigar la legislación sobre residencia a efectos fiscales y de derecho al voto.

Lo que si le pediría a la gente de Podemos es que controle muy bien los matices legales de cara a que Pablo Iglesias pueda presentarse a las Elecciones Generales, no sea que por algún oscuro aspecto legal relativo a la residencia pueda ser apartado de la cabeza de lista – Podemos sin Pablo Iglesias es como el Barcelona sin Messi.

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Los ricos son más ricos, los pobres son más pobres

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La del título es una frase que se repite en los medios de comunicación hasta la saciedad. Como es lógico y uno se siente más empobrecido, al tiempo que critica a los ricos, todo el mundo se queda contento.

Sin embargo el dato es prácticamente una falacia en el momento en que se entiende cómo ha sido calculado. Lo que suele hacerse es comparar un porcentaje o cantidad absoluta de personas de los grupos más pobres y más ricos respectivamente.

En un periodo de crisis, ambos grupos van a estar perdiendo riqueza: esto es de sentido común. Pensar que los ricos no pueden perder dinero es tener una mentalidad infantil, la misma que hace caer en la idea de que existen inversiones seguras – como las preferentes de Bankia – o que si alguien con mucho dinero nos sugiere cualquier inversión, esta nunca puede salir mal.

La estadística que justifica que los ricos sean más ricos y los pobres sean más pobres es un enorme fiasco pues falla en la esencia de cómo se realiza el cálculo.

Imaginemos un país de cuento en que hay dos niños, Antonio, que es de piel blanca y Zacarías, que es de piel negra. Estudian juntos en la misma escuela. Como en todo cuento que se precie, el niño blanco, Antonio, tiene una paga de 20 euros a la semana, mientras que Zacarías, por ser negro y tratarse de un cuento no políticamente correcto, apenas si recibe 4 euros a la semana de sus padres.

Un día llegan un equipo del Instituto Nacional de Estadística al país de este cuento. Quieren medir la desigualdad económica así que registran los ingresos de los niños de la clase. Pero desafortunadamente para ellos, el día que acuden a realizar la medición ocurren una serie de desgracias. Por un lado, hay una intensa tormenta, que hace que sólo dos niños acudan a la escuela: Antonio y Zacarías. Por otro, el Instituto decide enviar al becario que había entrado por enchufe. Este considera que se puede dar por válida la medición con tan sólo esos niños, llegando a la conclusión que los ricos ganan cinco veces más que los pobres.

Al día siguiente, en gran parte debido a la tormenta registrada, el país del cuento entra en una importante crisis económica que dura aproximadamente diez años. Pasado ese tiempo, en un nuevo censo, el Instituto Nacional de Estadística vuelve a realizar una medición para confirmar lo que todos esperan: que los ricos son más ricos y los pobres son más pobres.

Para la nueva medición, sin embargo, el Instituto contaba con dos personas, de un lado el mayor experto en la materia, por otro el mismo becario de hace diez años – que ahora tenía un contrato en prácticas.

Como suele suceder en esos casos, el mayor experto tenía que guardar cierto respeto al antiguo becario: aunque él supiera mucho más, la antigüedad en cualquier empresa es todo un grado. Así, entraron en conflicto sobre cómo se debía realizar la nueva medición.

El becario propuso que, dado que la vez anterior sólo había dos chicos, se volviera a realizar el mismo cálculo, tomando al chico con menos ingresos y al que tuviera mayores ingresos.

El experto, sin embargo, dijo que eso era una locura, que lo lógico era, dado que no se podía enmendar el error inicial, llamar a Antonio y Zacarías y preguntarles qué tal les había ido en la vida.

Ambos estaban discutiendo en un bar cuando me los encontré. Cada uno argumentaba sobre cuál sería el mejor método de medición. Me preguntaron mi opinión.

Empecé pensando en el caso de simplemente medir los ingresos, diez años después de Antonio, el chico blanco, y Zacarías, el chico negro. En un caso tan concreto como este, con tan sólo dos personas, no me quedaba nada claro que se mantuviera el mito de que el rico es más rico y el pobre lo es en mayor medida. Es cierto que seguramente Antonio acabaría trabajando en la empresa de su padre y Zacarías acabaría traficando con drogas, pero también es posible que el padre de Antonio fuera funcionario del grupo A y el de Zacarías lo fuera del grupo E y pasado un tiempo, la situación de ellos fuera más bien similar.

Considerando el punto de vista del becario, está claro que la desigualdad se debe mantener, si no acrecentar: ¡Vamos a buscar al más pobre de todos y compararlo con el más rico! No había forma de darle la razón, a pesar de que el antiguo becario era un tipo muy simpático.

Fue entonces cuando uno de los parroquianos que había oído toda la discusión dijo:
No entiendo por qué tienen que discutir, este quizás sea un caso excepcional, pero puedo garantizarles, yo que llevo viviendo en el país del cuento toda mi vida, que pueden cumplir las dos formas de tomar la muestra. Resulta que tanto Antonio como Zacarías siguen aquí. Ambos trabajan en el colegio y por coincidencias de la vida, uno de ellos es el más rico del país, mientras que el otro, es el más pobre.

Cerramos tan afortunada coincidencia con un gran brindis. Los estadísticos realizaron sus cálculos y se marcharon al día siguiente. Luego publicaron un estudio que demostraba que los ricos eran más ricos y los pobres, más pobres.

Tuve que ir al colegio pasados varios meses, al parecer mi hijo era problemático. Me sorprendió que el director del colegio fuera negro, mientras que el conserje era blanco. En el camino a casa, me di cuenta de la situación: ese director debía ser Zacarías, el niño pobre de las estadísticas de hace diez años y rico según las nuevas.

La falacia del cálculo de los ricos son más ricos es no pensar que si un rico deja de serlo, o incluso un pobre, desaparece de la lista sobre la que se realiza el cálculo. En el caso extremo de ese penoso cuento, puede darse el caso de que un pobre que aparecía en la lista inicial de pobres ahora se haya movido a la lista de ricos. ‘Los ricos son más ricos’ ignora el hecho de que hay muchos ricos que han dejado de serlo con la crisis y por lo tanto, desaparecen del cálculo.

Sí que es cierto que aumenta la desigualdad, pero eso es otra cosa distinta.

Para colmo de males, en España tenemos a uno de los hombres más ricos del mundo – Amancio Ortega. Pero su fortuna es tan grande que mediatiza cualquier estadística (gana tanto como los 13 siguientes más ricos juntos). Si se eligen a los 100 más ricos de hoy y se los compara con los 100 más ricos de hace un año, el dato decisivo para saber si tienen más dinero ahora que hace un año es ver si Amancio Ortega ha ganado más dinero o no. Y ese dato, depende casi exclusivamente de la cotización en bolsa de Inditex, que ha sido siempre creciente.

Así, la frase “los pobres son más pobres y los ricos son más ricos” en realidad sólo significa “la cotización de Inditex sigue subiendo”.

Ahora imaginemos que por la crisis la gente hubiera dejado de comprar en Mercadona – cuyo mayor propietario es Juan Roig, tercera mayor fortuna de España. Hasta el punto de que no entra a comprar en dichos supermercados nadie. La cadena desaparecería y su dueño acabaría en la total ruina. Todos los clientes de Mercadona pasan a comprar en Supermercados Dia%. Y el mayor accionista de esta cadena, asciende, desde el anonimato, hasta ocupar el tercer puesto abandonado por Juan Roig. Si ahora se vuelve a mirar la lista, los ricos siguen siendo igual de ricos, o más. Pero estamos ignorando que ha entrado un no rico y en la lista y ha salido otro.

Thomas Piketty, autor del best seller económico Capital in the Twenty-First Century argumenta en su libro que los ricos consiguen enriquecerse más rápidamente que las clases más populares porque se consigue mayor retorno a la inversión a través del capital que mediante el trabajo.

Sin embargo, The Economist publica un interesante artículo en que contrarresta su teoría con las propias armas que suelen esgrimirse cuando se defiende que los ricos lo son más: la lista Forbes.

En el pasado, las mayores fortunas empresariales mundiales se agrupaban en familias emblemáticas como los Rothschild, los Rockefellers o los DuPont.

En la primera lista Forbes de las mayores fortunas, había 13 Rockefellers y 25 DuPonts. En 2014 ya sólo quedaba 1 Rockefeller. A través de herencias la riqueza se había distribuido entre más personas.

Otro caso significativo es el de la familia Vanderbilt, herederos del mítico empresario americano del siglo XIX que hizo su fortuna con los ferrocarriles y barcos Cornelius Vanderbilt. Apenas 100 años después de su muerte, en una reunión familiar a la que asistieron 120 descendientes ni uno sólo de ellos era siquiera millonario (!).

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Historia de una reforma

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Como contaba en una anterior historia, me compré un piso para hacerle una reforma integral.

Mientras esperaba a que se acabara de formalizar la compra, empecé a informarme por internet de todo lo relacionado con las reformas. Que es como informarse de la vida en la cárcel a través de las series de HBO. Cuanto más miraba, más cuenta me daba de que apenas si existía información de primera mano fiable.

De un lado están las reformas de revista: gente con mucho dinero que se compra un local antiguo y se gasta una cantidad obscena en reformarlo hasta dejarlo como un pequeño palacio. Y por otro se encuentra uno con cientos de tutoriales y vídeos para hacer arreglos de medio pelo en tu casa. Pero era poco lo que podía leer a medio camino, sobre reformas reales de personas con economía limitada.

Nunca he sido mañoso y no quería empezar a erradicarlo en una casa en que estaba todo por hacer. Necesitaba contratar a una empresa que me lo hiciera bueno, bonito y barato. En una conversación con amigos uno me dejó caer aquel clásico ‘yo conozco a uno que conoce a uno que se dedica a eso’. Cuánta historia de terror que empieza así. Pero al no tener muchas referencias en Internet, decidí hacerle caso, también por aquello de que si luego la cosa salía mal, y ni siquiera hubiera contactado con esa persona, tendría que oír muchos ‘tenías que haber hablado con mi amigo’.

Así que pasado un tiempo, cuando se formalizó la compra, hice la fatídica llamada al amigo de mi amigo. Fue una larga conversación y más o menos me estuvo orientando sobre qué tendría que hacer. Quedamos para ver el piso juntos.

Una vez allí estuvimos considerando las opciones posibles. Qué paredes se podían tirar y cuáles levantar. Posibles problemas y soluciones. Me llamó la atención que, una vez metidos en gastos, tirar paredes era una de las cosas menos caras de hacer. Alejado de las reformas de ciencia ficción – donde la gente instala la cocina donde estaba el salón, el salón donde estaba el baño, el baño donde el dormitorio, el dormitorio donde la terraza – los cambios eran mínimos, condicionados a la situación inicial, pero orientados a tener algo razonable.

Una idea que me dio este chico y que resultó muy buena fue la de crear un proyecto de obra. Un neófito como yo hubiera contactado con distintas empresas de construcción y habría contado ‘aquí quiero echar abajo este tabique y levantarlo más allá’, cerrar la ventana y poner vidrios dobles. En su lugar él me preparó un proyecto profesional en que se detallaba que, por ejemplo, había que realizar una demolición de tabique L.H.D con medios manuales, sobre una superficie de 2,60 metros cuadrados. En lugar de palabrería sujeta a interpretación, chanchullos y estafas posteriores, se especificaba cada tarea con el nombre que los constructores entienden y con medidas concretas no sujetas a engaño posterior.

Lo que en principio podía haberse expresado como una reforma que era unir la cocina con el lavadero, mover un tabique, ampliar el baño si es posible y cambiar puertas y ventanas, se convirtió en un proyecto realizado con Presto – el software más o menos estándar, con mediciones concretas y descripciones al detalle.

Supongo que sólo con eso me ahorré un millón de quebraderos de cabeza posteriores. Y le estaré eternamente agradecido a este amigo de mi amigo. La siguiente fase no era menos compleja: había que encontrar a un constructor que quisiera hacer el proyecto a un precio razonable. Este amigo me hizo una estimación de lo que costaría aquello. Que era un 20% más de lo que me había imaginado al comprar el piso. Tras unos recortes un tanto chuscos, llegamos a la idea de lo que sería la construcción.

En la descripción inicial se habían marcado directrices muy básicas: los sanitarios más básicos y estándares posibles. Enchufes, tomas de luz e interruptores contados. Faltaban cosas que se añadirían al presupuesto posterior, como la mampara de la ducha. En los azulejos se había asignado un presupuesto muy justo que luego seguramente habría que extender. Lo bueno es que todas las compañías tendrían que ajustarse a lo expuesto en el proyecto. Porque el siguiente paso era mostrar el proyecto a varios constructores y que ofrecieran presupuestos.

Así, considero que el paso de conseguir un proyecto fue uno de los grandes aciertos de la reforma. Para mi fue gratis pero creo que es un gasto inicial que permite ahorrar mucho dinero posteriormente.

A la hora de elegir constructores, traté de buscar por mi cuenta, mientras ese amigo buscaba los que él conocía. Siempre he sido un fanático de las opiniones de internet, a las que valoro más que los siempre limitados consejos de amigos. A pesar de la ayuda prestaba, no estaba exento de suspicacias a la hora de asignar el trabajo a alguien del que sólo tendría una referencia positiva. Así, se establecieron dos vías: mis investigaciones por Internet de un lado, que llevaron a una empresa como firme favorita, y del otro las sugerencias de mi amigo, que quedarían reducidas a un constructor del que tenía muy buenas experiencias.

En la mitad del camino quedó mucha gente que fue en parte usada como herramienta de presión para obtener un razonable precio orientativo con el que negociar con las empresas más fiables. Las malas empresas abundan. En un mundo de clientes cicateros, se lucha a brazo partido por colar un gol al otro. Si instalar un lavabo tiene un precio de venta de 75 euros, está el cliente rácano que insiste en que a él le cobren nada más que 70. Y el constructor trapero que dice que sí, que él lo hace por 70, pero que luego, una vez iniciada la obra, indica que ha habido un imprevisto al picar en la pared y hay que usar más cemento de lo que se pensaba inicialmente. Y acaba consiguiendo instalarlo por 80 euros. Esta guerra sin cuartel tiene también sus terroristas, constructores que una vez consiguen el proyecto se aprovechan de la situación para hacer lo que les da la gana y cobrar del mismo modo, aprovechando la situación de casi indefensión del cliente. Si el constructor te dice que hay que cambiar las tuberías, porque las antiguas están inservibles, tienes la opción de buscar una segunda opinión – de nuevo en alguien que no conoces. Pero cuando tienes que cuestionar decenas de decisiones cada día, llega un momento en que no queda otra que confiar en los obreros y las subidas de precio que quieran.

Como decía, al final se llegó a dos empresas que se acercaron al piso para dar una estimación de primera mano. La primera era el Apple de las reformas: una página web exquisita, actualizaciones reales e interesantes en redes sociales, fotos de proyectos, consejos. Valoraciones altísimas en las páginas de reformas: clientes contentos por todas partes. La típica empresa que tiene una imagen tan buena que acaba pareciendo que se irá de presupuesto. La segunda era una empresa chusca de toda la vida con un constructor educado pero parco en palabras.

En la visita de la primera empresa vinieron el dueño de la empresa y la secretaria/oficinista – que haya una chica guapa de por medio nunca perjudicará mi decisión de compra. Tenían un Ipad donde podían verse fotos de otros proyectos. Según nos movíamos por las habitaciones iban resaltando posibles ideas y explicaban lo que se podría hacer para solucionar las dificultades técnicas, a la vez que sugiriendo aspectos estéticos que no se habían mencionado inicialmente. Fue una visita que dejó una impresión a la altura de lo que había visto por internet.

La otra visita fue más hermética, el constructor apenas realizó algunas puntualizaciones. Le pregunté por su forma de trabajar. Usé de referencia la entrevista anterior en que la otra empresa había explicado mucho sobre su metodología. Hubo una pregunta que resultaría decisiva. La empresa de internet me había comentado que ellos jamás comenzaban a trabajar antes de las 09:00, para no molestar demasiado con los ruidos, especulando con el horario de entrada en colegios. Me comentaron que en una ocasión tuvieron que hacer una reforma junto al piso de un estudiante de música y llegaron un acuerdo para no hacer las tareas más ruidosas en el horario en que él se ponía a tocar. Al preguntar al otro, me dijo que él estaba allí a las 08:00 y que se ponía a trabajar sin preocuparse de nada más.

Por cuestión de precio, se llegó a un casi empate. La empresa pija costaba apenas 500 euros más que la otra, una cantidad insignificante comparada con el coste de la obra. Había mucho que poner en la balanza: el constructor tradicional venía refrendado de primera mano por mi amigo, diciendo que era alguien muy profesional y honrado. La otra empresa, por todo internet y una impresión personal estupenda. Preguntando a unos y otros, cada uno te sugería algo distinto. Me pasé un fin de semana entero tratando de decidir que hacer.

El lunes por la mañana tome el teléfono. Con gran dolor de mi corazón, acabé llamando a la empresa del Ipad, de la chica guapa y las referencias por internet, para decirles que lo haría con la otra empresa.

Estaba tan indeciso que podía decirse que ambas opciones me parecían buenas. El criterio que usé para decidir fue descartar a la empresa que parecía que lo haría todo más fácil. La segunda llamada fue para decirles que quería trabajar con ellos. La tercera llamada, de la empresa bien valorada contra ofertando el hacerlo todo por 1.000 euros menos del precio inicial. Está bien usar otras empresas para negociar antes de elegir. Pero aunque iré directo al infierno, me gusta pensar que tengo palabra y me quedé con la decisión inicial.

Si bien la primera empresa podía parecer el Steve Jobs de la reformas, con una presentación irresistible de un gran producto – no dudo que es una empresa más que recomendable – el otro constructor, una vez consiguió el trabajo, empezó a mostrar más de su personalidad, revelándose como el Wozniak o el Fischer de la albañilería. La otra empresa gestionaba muy bien los proyectos, la que elegí tenía a una especie de genio que todo lo tenía dentro de su cabeza. Y esto, lejos de lo que pudiera parecer, era algo excelente. El constructor se dedicó a todas las obras iniciales (básicamente tirar abajo todo lo que sobraba y empezar a levantar lo nuevo). A mi me preocupaba que al principio se avanzaba muy lentamente, pero luego vería que en realidad se estaba abonando el terreno para un desarrollo directo.

El constructor sugirió muchos cambios a la propuesta inicial, pero casi todos eran irrechazables, razonables y no especialmente caros. Su obsesión por marcar líneas más rectas – el piso estaba lleno de repugnantes líneas oblicuas y paredes redondeadas – sería un éxito estético posterior. En muchos casos renunciando a centímetros cuadrados pero en pos de una definición más razonable. Fue en sus propuestas en lo que más notaba que no estaba tratando de engañarme, pues eran casi siempre ideas muy racionalizadoras.

Acostumbrado a vivir de alquiler, donde no puedes ni elegir los agujeros que haces en la pared, el hecho de tener que definir una casa completa, partiendo de la forma de las habitaciones, tenía un punto irresistible pero al mismo tiempo desasosegante. Cada día había que decidir en minutos un par de puntos importantes de la construcción. ¿Modelo de lavabo? ¿Posición de enchufes en la cocina? ¿Color de azulejos del suelo? ¿El rodapié normal o doble grueso? ¿Color de la pared de esta habitación? ¿Dónde quieres la rejilla del extractor de humos? El miedo a que el constructor fuera un autista que apenas comunicara se desvaneció al poco tiempo, con continuas consultas sobre todo tipo de decisiones, a veces demasiado triviales pero que evitaban hacer algo sin consultar.

Desde luego la reforma fue angustiosa: retrasos, problemas con los vecinos, subidas de presupuesto que dejaron mi cuenta al límite, visitas para ver que en ese día nada había cambiado. Pero en general todo dentro de lo tolerable. Uno de los puntos que marcaría la reforma sería la esquina de la cocina donde iba la lavadora. Durante semanas, siempre que iba allí, me encontraba al constructor trabajando en ese espacio. Siempre me explicaba algo distinto: el pilar estaba torcido, pero había conseguido alinearlo un poco, incluso picando parte del hormigón. El techo estaba a dos niveles pero lo había logrado casi nivelar. El escalón del suelo había conseguido quedar invisible. No podía entender cómo podía dedicar tanto tiempo a tan pequeños detalles. Me explicaría que si se retrasaba con los plazos era porque le gustaba dejar las cosas bien hechas, aún a riesgo de recortar su margen de beneficios.

Según me decía, faltaban apenas dos semanas pero yo lo veía todo por hacer. El constructor tenía ese aire victorioso tras completar un proyecto pero no había ni cocina, ni puertas, ni ventanas, ni suelo y el cuarto de baño estaba totalmente vacío. La base, que era dejar bien trabajadas las superficies, era lo importante. El mismo día que entregaban el piso pude ver cómo se hacía todo lo que parecía mucho trabajo en apenas unas horas. Mientras bregaba con la instalación de Internet de Jazztel, había dos pintores pintando el salón, un tipo cortando los marcos de las puertas y otro colocando la tarima como si no hubiera mañana. El constructor terminaba de instalar el lavabo mientras en un visto y no visto, se colocaban los cristales de todas las ventanas. Parecía como en un programa de esos de reforma sorpresa pero en plan real: lo que horas antes era un piso a medio hacer se convertía en una casa. Cuando volví por la tarde me encontré la casa que había estado planeando durante meses.

La gran virtud del constructor fue rodearse de gente con la que lleva trabajando años. Él sabía de su propio buen hacer, pero al mismo tiempo confiaba plenamente en el electricista, en los yesistas, en los pintores, en los montadores de puertas y los de ventanas. Así podía trabajar con total seguridad de la satisfacción del cliente. Cuando me entregó el piso lo hacía con la seguridad de que todo funcionaría bien.

La aventura de comprar un piso terminó con final feliz – por ahora. Tras volcar tanta energía en un proyecto, cuando eliminas todas esas tareas y preocupaciones de tu vida te entra una especie de vacío que de forma natural se suele cubrir teniendo un hijo. Ojalá no sea ese mi caso.

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Ajedrez en la escuela

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20150228042924

Hay cientos de artículos que exponen las virtudes de aprender a jugar al ajedrez. Son tantas, que incluso parece que una persona no debería aprender ninguna otra cosa. En mi opinión están muy exageradas. Las listas, escritas por aficionados al juego o directamente personas que tratan de sobrevivir de él, me recuerdan al horóscopo, donde se plasman un montón de cualidades positivas sobre un signo como forma encubierta de auto halago.

Un Aries es una persona llena de energía y entusiasmo. Pionero y aventurero, le encantan los retos, la libertad y las nuevas ideas. A los Aries les gusta liderar y prefieren dar instrucciones a recibirlas. Son independientes y preocupados por su propia ambición y objetivos. Tienen una energía envidiable que a veces les lleva a ser agresivos, inquietos, argumentativos, tercos. Es fácil ofender a los Aries y, cuando se sienten ofendidos, es difícil hacer las paces con ellos. Aries es el primer signo del zodiaco y, en este sentido, su papel es empezar algo y liderar. Si un Aries empieza a creer en una buena causa, luchará sin descanso para promocionarla.

Diferentes investigadores concluyen que el Ajedrez estimula la creatividad, la concentración, el pensamiento crítico, la memoria, el éxito académico, la resolución de problemas, el enriquecimiento cultural, la madurez intelectual y la autoestima, entre otros aspectos de la personalidad.

En mi opinión, y es algo que tengo muy meditado, el ajedrez no aporta ninguna virtud de especial valor en sí mismo. Pero es un medio muy favorable para desarrollar determinadas cualidades.

Empecé con en el ajedrez en el colegio. Había jugado en casa antes pero no le encontraba nada especial al juego. Hasta que en mi clase organizaron un campeonato, que acabé ganando. Lo que me fascinó y acabó atrapándome para siempre fue la competitividad. Nunca antes había participado en una competición. Era un tiempo en que una editorial organizaba un concurso de dibujo. Todos los niños ganaban medallas de oro y, a la hora de recogerlas, los padres se enfrentaban a una charla comercial tratando de convencerles de que compraran una enciclopedia. Hoy en día esta tendencia es aún mayor. Era un tiempo edulcorado en que ganar estaba mal visto, no podía haber perdedores, lo importante era participar.

Pero el campeonato de ajedrez, por sistema de eliminatorias, tenía un único ganador. Por pura casualidad, aunque aún recuerdo el tesón con el que luchaba posiciones perdidas, acabé ganando. Luego jugué contra el campeón de la otra clase, que me ganó con suma facilidad. Ahí me enfrenté al fracaso y la derrota. Todo lo que podía darme el ajedrez lo conseguí en esa primera competición, sin profesores, sin clases, sin libros.

Los niños de hoy en día viven en un entorno almibarado donde no está bien visto ser mejor que otros. ¿Por qué estudiar de más si las únicas calificaciones posibles son apto y no apto? El ajedrez me hizo descubrir la competitividad, un concepto nuevo inexistente en el actual sistema educativo. Una cualidad intrínsecamente masculina – la sencilla razón por la que los hombres son mejores, en términos estadísticos, que las mujeres en el ajedrez. Esa agresividad característica del signo Aries, signo de famosos los ajedrecistas Gari Kasparov y Viktor Korchnoi.

La vida de los niños es a veces brutal. Los padres vuelven a casa totalmente enfadados porque alguien les ha dicho algo irrespetuoso en el trabajo. Mientras que en el colegio los insultos despiadados eran diarios, pegar, rutinario. Casi todos se llevaban una paliza – a veces entre varios – al año. Se robaban bocadillos y cromos. Fuera de las aulas entendías que el mundo era una jungla, pero luego te sentabas en el pupitre y el 75% acabaría obteniendo palmaditas en el hombro sin hacer prácticamente nada. En el ajedrez encontré una actividad intelectual que tenía algún paralelismo con la competitiva vida real.

Como toda persona de vida desestructurada, me cambié de colegio y por casualidad acabé en una escuela donde había mucha afición al ajedrez. Un profesor era un fuerte aficionado al juego y como era el director del centro, hacía en su cortijo lo que le daba la gana. Competiciones, partidas simultáneas, me hice agnóstico para cambiar las clases de religión por partidas con el director en la sala de profesores. A la mayoría de la gente no le interesaba el juego pero había unos cuantos que jugaban y casi todos eran mejores que yo.

En un irracional proceso mental, asumía que, como ganador del otro campeonato, también tenía que ganar el de ese nuevo colegio. Aunque el libro ‘The Secret‘ cuenta que basta con desear mucho una cosa para que ocurra, la realidad es que para conseguir lo que uno desea casi siempre hay que esforzarse. Esa aquí donde encontré gracias al ajedrez otra cualidad que la escuela no fomentaba: la cultura del esfuerzo. Se habla mucho de ella, pero todos sabemos que, al menos en España, hasta que no llegas a la Universidad no tienes apenas que esforzarte, salvo que seas un estudiante por debajo de la media.

La tercera cualidad, que conseguí con el ajedrez, quizás la mejor de todas, fue la del estudio. Llegó un momento en que me di cuenta de que no bastaba con jugar mucho para progresar. Había que estudiar libros. Pero no era como en el colegio, donde te decían qué página de qué libro tenías que estudiar qué día. Con los libros de ajedrez no tenía ningún tipo de criterio a seguir. Un día estudiabas aperturas y por la tarde tenías una partida que perdías por jugar un mal final. Otro día estudiabas finales y cuando jugabas estabas atrapado en una posición perdida desde el principio. Luego sabías finales de torres pero te ganaban en un final de damas. Aprendías de la defensa siciliana y todo el mundo te jugaba la defensa francesa. Entonces te aprendías la defensa francesa y te topabas con gente que se la sabía mejor que tú.

Nunca sabías lo suficiente. Pero cada vez sabías más. Y otra de las grandes cosas que descubrí en ese proceso fue a cuestionar los libros. Recuerdo una variante de la apertura ‘Gambito Budapest’ que estudié de un libro argentino. El manual te explicaba una serie de jugadas y recuerdo una posición, que calificaba como igualada. Pero en la que había una jugada más o menos obvia que me parecía que desequilibraba totalmente la posición. Dediqué horas a tratar de encontrar ese equilibrio que anunciaba el libro. Meses después, pude preguntarle a un profesor sobre dicha posición. ¿Qué sucede si las blancas hacen esta jugada? ¿Parece que ganan no? También a él le pareció acertada mi opinión. Así es como me di cuenta de que, en algunas cosas, sabía más que lo que estaba escrito en los libros. Era una sensación poderosa que jamás habría conseguido en la escuela.

Para aquel entonces ya no era un estudiante de ajedrez, me había convertido en un bicho raro, mejor que ningún otro niño de mi edad en mi entorno. Del ajedrez había aprendido todo lo que tenía dentro de mi que no podía desarrollar con ninguna otra herramienta a mi alcance. La agresividad o competitividad, el deseo de ganar. La cultura del esfuerzo y la responsabilidad ante los éxitos o fracasos personales. El estudio a alto nivel, estudio entendido como una labor infinita. Profundizar en una materia hasta el punto de cuestionar algunas ideas publicadas. El ajedrez me ayudó a desarrollar mi personalidad y me aportó una autoestima exagerada. Me permitió ser algo más que una de esas personas clónicas cuyas aficiones son escuchar música, salir de tapas e ir a la playa. En ese proceso encontré a cientos de otros chicos que renunciaban a aprender de libros, que no tenían ese ansia por ganar. A los que les daba pereza pararse a pensar en una posición complicada. ¿Qué hubieran conseguido esos chicos del ajedrez si se les hubiera enseñado como una asignatura en el colegio? Prácticamente nada. Además, que el hecho de formalizar el ajedrez como materia de estudio implicaría caer en los errores de la educación general: nula competitividad, esfuerzo deliberadamente limitado, estudio cuadriculado.

Con el paso de los años fue encontrándome con retos nuevos, hasta llegar al punto de empezar a enfrentarme a jugadores muy superiores. Llegó un punto en que ya no bastaba con estudiar más, con el ajedrez descubrí que sencillamente hay gente que es mejor que tú. Y que siempre lo será. Aunque se dedicara todo el PIB español a mi progreso en el juego durante 20 años, jamás seré mejor que el mejor jugador español. Otra lección de las que no te enseñan en el colegio: simplemente hay gente que es mejor que tú y no pasa nada. Años después encuentras a gente con un puesto laboral mejor que el tuyo, o que tiene más dinero. Ante eso, uno siempre puede argumentar aquello de ‘pero no es mejor que yo’. En el ajedrez encontré a esas personas que sí son mejores que yo y eso me ayudó a tener una saludable humildad.

Ahora bien, yo llegué a esa conclusión cuando lo había dado todo de mi. En el colegio, niños que renuncian al esfuerzo, a estudiar, claudican y aceptan de inmediato el que hay jugadores mejores que ellos. Uno de los jugadores más talentosos que he conocido siempre se quejaba de que él podría haber sido mucho mejor si hubiera estudiado – y es verdad. Gracias a mi recorrido vital por ese juego tengo la certeza de que yo no y es una sensación que tiene algo de tranquilizadora y justa.

Aún aprendería una última importante lección, pero ya fuera de la época de estudiante, que guardo para otra ocasión.

En conclusión, le debo mucho de como soy al ajedrez. Y es un juego que me sigue encantando. A diario veo partidas o juego con desconocidos por internet. Pero no creo que sea la panacea. Precisamente el estructurarlo como una asignatura escolar aniquila ciertas de sus virtudes, las más valiosas en mi opinión. Y sobre todo está el hecho de que las horas del día son limitadas. Todo el mundo quiere, como yo hiciera en su momento, sustraer horas de religión para dárselas al ajedrez. Pero también se las quieren quitar para dárselas a la ética, la economía, las matemáticas, la programación. Habría que empezar por tener tres horas diarias de religión en las clases para luego poder satisfacer a todos con el reparto.

A la pregunta, ¿Que enseñarías durante dos horas a la semana a niños de colegio de forma que cambiaras la vida de la mayoría de los estudiantes para mejor? jamás respondería ajedrez. Yo les enseñaría economía práctica.

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Podemos

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Borgen es una serie de televisión danesa que comenzó a emitirse en 2010. Trata sobre la política en Dinamarca y fue un éxito extraordinario de crítica y audiencia. Para sorpresa de todos tuvo también muchísimo éxito en Reino Unido.

En el primer episodio se plantea un país que está a punto de realizar elecciones generales. Están los dos partidos principales peleándose por el poder, mientras que los partidos secundarios prometen lo que pueden esperando entrar como bisagra. En un momento dado el presidente del gobierno tiene que pagar un bolso a su mujer en una situación comprometida y, no disponiendo de alternativa de pago, lo hace con una tarjeta del gobierno.

El pago acaba convirtiéndose en un escándalo que, unido a un desafortunado debate en televisión entre los candidatos, lleva a que, de la noche a la mañana, gane las elecciones uno de los partidos secundarios. Sobre esa base se plantea toda la serie.

No voy a contar más sobre ella por el simple hecho de que, como en tantas otras ocasiones, me quedé en ese primer episodio. Una clave del éxito de la serie es que para los daneses tiene mucho parecido con la realidad. Desde mi perspectiva española la descarté, aparte de por el insufrible idioma, porque me resultaba una ficción más insostenible que Gym Tony.

La trama política no se parece en nada a la política que un español conoce. Incluso resulta ofensiva en algunos momentos porque el mundo, desafortunadamente, no es tan edulcorado.

Podemos, el partido político sorpresa, permite soñar con la trama que plantea Borgen. Acabar con los partidos de siempre. En la versión española, es un proceso de meses, tal vez años. En lugar de un bolso, un encadenamiento de escándalos. En lugar de un desafortunado debate, una perpetua sucesión de errores, patinazos y decir una cosa y hacer la contraria por sistema.

Una de las bases del planteamiento de Podemos es decir que los partidos que han estado gobernando los últimos años han estado robando por sistema. Es decir, han creado estructuras organizativas cuyo único objetivo era el auto enriquecimiento. Algo parecido a lo que en Italia se considera la Mafia. No es lo mismo tener que hacer una autovía y ya que puedo, llevarme un 4% de comisión, en que la comisión es un efecto y la autovía la causa, que hacer un aeropuerto para poder llevarme una suculenta comisión del 4%. En este caso, el aeropuerto es el efecto, mientras que el robo es la causa.

Lo que dicen en Podemos, y parece que no se alejan mucho de la realidad, es que se han tomado muchas medidas simplemente porque permitían robar más. Que eso es lo que tenemos por gobierno y que ellos están dispuesto a cambiarlo.

Sin embargo, a poco que Podemos (o Ciudadanos) aparecieron como posibles amenazas electorales, comenzó a aflorar que algunos de sus miembros no estaban totalmente exentos de irregularidades. El mensaje aterrador no es el de ‘Podemos está lleno de ladrones’ sino uno mucho más descorazonador: ‘Nadie que entre en política lo hace por motivos honestos, no hay nueva política: los nuevos serán como los viejos’.

A mi no me gusta un partido que tome ejemplo de Venezuela – aunque la exageración con Venezuela es delirante. No veo sentido en alejarse del Euro o los Mercados. No hay que regalar dinero a los pobres, ni parar los desahucios. Pensándolo fríamente creo que no hay ni una sola cosa de las que ha dicho Podemos con la que esté de acuerdo. Pero el ‘fracaso’ de SYRIZA negociando la deuda griega demuestra que a pesar de las grandes intenciones, un partido nuevo no nos llevaría a la Edad Media económica.

Una gente que diga que se acabó el estar en política para robar. Aunque luego algo roben. Que hacerse ricos no sea su principal objetivo. Me basta con eso. Votaré a Podemos.

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Seis meses sin bloqueador de publicidad

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Un día me falló tanto el navegador Firefox que decidí reinstalarlo desde cero. En el camino se quedó la extensión del bloqueador de anuncios, que llevaba usando casi desde que apareció.

Esperaba que sería temporal, cosa de un par de días. Pero como siempre suelo visitar las mismas páginas, me acabé dando cuenta de que no era tan molesto como pensaba. El mundo de los pop-under (ventanas de publicidad que aparecen por detrás de la que estás viendo) banners animados y porno en páginas para niños era más llevadero de lo que cupiera pensar. Y ayudaba a entender qué publicidad se está ofreciendo hoy en día. Ha pasado medio año y no creo que lo acabe instalando.

Una tendencia muy positiva es el hecho de que la publicidad no es tan molesta como era en los inicios de internet. Hace diez años los pop-ups fraudulentos se apoderaron de la Tierra y condicionaban la navegación hasta hacerla insoportable. Hoy en día se vive una mejor experiencia de usuario, menos estresante.

Los tiempos del búho pertenecen al muy remoto pasado. Todos los blogs grandes tienen anuncios. La idea buen rollera del anuncio no intrusivo no existe. Los grandes blogs en español usan formatos de vídeo y lugares prominentes en la cabecera de la página. Microsiervos, que en su momento recibió muchas críticas – que sólo los más viejos del lugar recuerdan – muestra el siguiente aspecto en su portada, donde la publicidad es desmesurada y dominante.

microsiervos

A mi me parece que cada uno puede mostrar la publicidad que le apetezca y que casi siempre escapa a su control si esta es fraudulenta. La actitud falta de ética es la de muchos que exigen que crees negocios en Internet con la premisa: ‘Búscate la vida para ganar dinero sin que yo me entere.’ Ver la publicidad tiene algo ético y acerca al mundo real, imperfecto y tantas veces molesto.

Casi ninguna página es inusable por la publicidad. La más molesta que he visto ha sido Invertia, de Terra que abusa de los pop-ups con ventanas modales. Es simplemente insoportable porque cada página que visitas implica cerrar un pop-up enorme nuevo. La sección de gráficos, donde se suelen cambiar muchos periodos de tiempo y tickers, pierde toda utilidad, es peor que una cesárea medieval.

Youtube es otra página que se ha vuelto bastante molesta, sobre todo cuando accedes logueado a tu cuenta de Gmail. Todos los vídeos con anuncio previo, aunque hayas visto diez el onceavo también te muestra un clip.

El uso de cookies que hacen seguimiento de tu historial de visitas es preocupante y aburrido a un mismo tiempo. Una visita a los aspiradores Roomba de Amazon monopolizó mis anuncios durante semanas. Si acabo comprando una Roomba a través de alguno de estos anuncios, el dueño de la página ganará 10€, una comisión muy superior a casi cualquier otro anuncio. Es por ello que todos los anunciantes renuncian a ofrecerme rusas tetonas solteras u ofertas de ADSL. Tiene su encanto vivir durante un par de semanas un internet monopolizado por las Roombas.

Esto implica también que la publicidad contextual es casi algo del pasado. Es mucho más interesante lo que dice tu historial de visitas que lo que estás haciendo en estos momentos. Podrías llegar a ver publicidad de aspiradoras en páginas de porno.

Hay anuncios divertidos. Los de sexo muestran algunas actrices que hacen cosas con su cuerpo que no imaginabas posible. Hay uno de un ‘secreto para perder peso que asombra a los científicos’ que está en todas partes. En general se ven menos timos descarados que hace años. La barrera entre publicidad y contenido ya no es nada clara y en muchos casos tolerada por las grandes cadenas de anuncios. Hay anuncios que simulan contenido y contenido más descarado que un anuncio. Los anuncios en la barra lateral son prácticamente inexistentes, son de una candidez que ya nadie se permite.

En resumen, ver publicidad en Internet no es tan malo como cuentan.

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