Pons Asinorum

El hablar, por su facilidad, puede ser imitado por todo un pueblo; la imitación en el pensar, del inventar, ya es otra cosa.

22962

Publicado el 6 de septiembre de 2014 | 4 comentarios

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Un lunes me levanté de la cama debiéndole 22962 dólares a Amazon. O como exageraría Enrique Dans, veintidós mil novecientos sesenta y dos dólares.
La historia comienza hace casi un año. En una reunión de aspirantes a emprendedores, llegamos a la conclusión de que en lugar de pagar un alojamiento web barato que daba mal servicio, contratar los servicios en la nube de Amazon podría ser una buena idea.

Tras perder una buena mañana, que bien podría haber empleado en verme una temporada entera de Breaking Bad, llegamos a la conclusión de que configurar un servidor web de Amazon era una pesadilla. En lugar de utilizar la terminología habitual, daban un nombre específico a cada uno de los componentes de dicho proceso de configuración. Todo tenía que buscarse en Internet porque ni una sola palabra resultaba conocida. Tras unas cuantas horas de frustración, se abandonó la idea, dejando un servidor a medio configurar.

Lo que sí había resultado una gran idea, hasta entonces, era contratar los servicios en la nube de Amazon para alojar la base de datos. Mucho más sencillo – aunque no trivial – y ofreciendo un rendimiento espectacular a un precio razonable. Un problema de los servicios de Amazon es que no te permiten contrataciones parciales. O te das de alta en “servicios en la nube” o no, no es posible hacer como en nuestro caso, en que sólo nos interesaba dar de alta el servicio de base de datos (RDS).

Así, seguía con una cuenta de EC2 (alojamiento de servidores web) con un servidor a medio configurar por el que estaba pagando unos 10 euros al mes. Un servidor que básicamente no hacía nada. Pero es como si alquilas un coche y te vas a casa con la llave nada más. Te toca pagar por él, aunque ni te hayas subido al vehículo.

Pasaron los meses, un año entero. Un sábado por la noche estaba cenando en un restaurante con amigos- esta parte es mentira, porque no tengo amigos- cuando recibí un email de Amazon, seguido de una llamada que, al no entenderse, no pude atender. En el email alertaban de movimientos sospechosos en mi cuenta y posibilidad de suspensión de la misma. Me dio mal rollo, pero mis páginas estaban funcionando correctamente, con lo que no parecía que ocurriera nada extraño. Ya lo miraría en casa.

Al llegar a casa revisé la cuenta y todo parecía en orden, por lo que me acosté y dormí tan bien como casi siempre. A la mañana siguiente, al revisar el saldo de mi cuenta, vi que había pasado a deber más de 6.000 dólares, cuando en un mes malo tenía que pagar unos 150 dólares. Inmediatamente empecé a mirar todo con más cuidado, y recibí una llamada de un indio explicándome en inglés que parecía que algo raro estaba pasando en mi cuenta.

Amazon había actuado muy bien, detectando el problema, incluso llamando por teléfono ante la gravedad de la situación. Pero había tenido cierta pachorra, porque en unas 8 horas, el problema se había convertido en una deuda de más de 6.000 dólares. Y estaba claro que, esta cifra subía por minutos.

En un email detallado trataban de explicarme lo que debía hacer para solucionar el problema, cada uno de los pasos a seguir. Lo absurdo es que yo no conocía nada de este servicio (EC2), como había demostrado en su momento llegando a no ser capaz ni de crear un servidor. Y ahora me encontraba con un embolado tremendo que tenía que desmantelar por mi mismo, porque Amazon no era capaz de procesar la orden que daría una persona con sentido común: elimínenlo todo porque yo no necesito nada de todo eso.

Alguien había contratado con mi cuenta algo así como 800 o 900 servidores de última tecnología. Seguramente para generar bitcoins, el nuevo dinero virtual. Es absurdo que alguien tan hoygan como yo tenía contratada una infraestructura más avanzada que las más potentes empresas españolas de Internet.

La gente de Amazon se mostró muy atenta, pero también lenta. Al tener una cuenta sin soporte – la que tiene todo hijo de vecino, el servicio de atención es deliberadamente lento. Me imagino que cuando yo les escribo un mensaje, ellos no tienen opción de empezar a trabajar en él hasta al menos 4 u 8 horas. Para mi, cada hora, eran más de 500 dólares en que se incrementaba mi deuda.

Al final conseguí eliminar todos los servicios extra que habían contratado con mi cuenta, y recibir la confirmación de Amazon. Cuando esto ocurrió, mi deuda había alcanzado los míticos 22962 dólares.

¿Cómo se había llegado a un problema de semejante magnitud?

Está claro que la responsabilidad legal era toda mía. Al marcar ese cuadro donde dices que te lees las condiciones legales, estás confirmando que eres responsable de todo lo que pase con tu cuenta, lo bueno, pero sobre todo lo malo. En particular, uno debe tener muchísimo cuidado con las contraseñas, pues son las llaves de casa. En muchos casos, el problema suele estar en que hay personas que publican el código de acceso a sus servidores, sin darse cuenta de que ese código es público y en él, a veces, están mostrando dichas contraseñas. El software libre está guay, pero cuando eres un programador que tiene más prisas que tiempo para hacer las cosas bien, eso suele ocurrir.

No había sido este mi caso, porque mi cuenta de Amazon EC2 no estaba en uso. Así, aunque había creado credenciales de acceso, no las había usado nunca. El único posible sospechoso es mi contraseña de Amazon.com, que sí que era relativamente cutre. La había creado hace más de diez años, sin cambiarla jamás.

Una de las medidas que me indicó Amazon para evitar este tipo de problemas era que creara alertas para excesivo uso de servicios. Pero en mi caso era absurdo, porque era un servicio que simplemente no estaba usando. Para el que sí hago, RDS, sí que tengo varias alertas. Tener alertas de un servicio que no se usa es tener una precaución excesiva.

Creo que Amazon, a pesar de hacer muchas cosas bien, también hizo unas cuantas muy mal.

La primera fue obligarme a contratar todos los servicios de la nube, por defecto, cuando en realidad sólo quería uno.

La segunda fue no suspender el servicio, o no disponer de un mecanismo para hacerlo. En mi caso, el daño de tener todas las páginas de mi imperio en Internet paradas es minúsculo comparado con el daño que causa tener que pagar 500 dólares la hora.

La tercera fue darme el servicio de atención al cliente ‘de pobres’. Por aquello de que cuando debes un dólar al banco tienes un problema, pero si debes un millón, el problema lo tiene el banco. Está claro que yo estaba mal, pero esto estaba perjudicando también a Amazon, porque seguramente el cliente o la empresa nunca podría pagar semejante cantidad de dinero. Tardar seis horas en responder mi email, en algo que no requería ningún tipo de análisis por su parte, supuso aumentar la deuda en mucho dinero.

Finalmente se cortó la hemorragia y el médico y yo nos quedamos mirando la tremenda cicatriz, pensando. ¿Y ahora que hacemos? Desde Amazon movieron la solicitud de retirada de los cargos. Pero era algo esotérico e incierto, cada día me levantaba confirmando que la cuenta seguía igual, que no había recibido ningún email. Aunque me tranquilizaron, y la consulta en Internet de otros casos, no tan graves, indicaba que Amazon, como siempre, responde ante el cliente, no dejaba de estar bastante inquieto con este asunto.

La vida sin Amazon

Como cualquier persona que se haya criado entre gitanos haría, tomé unas cuantas medidas de seguridad personales. La más fácil, fue asegurarme de que en mi cuenta no hubieran 22962 dólares. La segunda, eliminar cualquier medio de pago de Amazon, para que así no pudieran ni intentar cargarme la deuda. Tercera: llamar al banco y preguntar si era posible bloquear a un potencial deudor, antes de que emitiera un cargo. La respuesta: no.

Así, mientras Amazon trabajaba en el problema con toda la diplomacia del mundo, yo ya planeaba la lucha de un marginal ante una injusticia. Pero de repente surgió un nuevo problema: no podía comprar nada en Amazon.

Pocas empresas han abaratado tantos los costes de venta por internet como Amazon. El precio ha sido dejar por el camino a miles de empresas de la competencia, hasta llegar al punto de que tener una tienda en internet es casi una temeridad y casi siempre, un error.

Pero como consumidor, me encontraba ante un panorama desolador. Prácticamente todo lo que compro en Internet lo hago a través de Amazon. El televisor, los libros, el ordenador, el móvil, todo lo he comprado ahí y ni me preocupo de comparar, porque aunque en otro sitio sea marginalmente más barato, me fio más de Amazon. Hasta tenía la cuenta de Amazon Prime para poder comprar compulsivamente al tiempo que tener la sensación de ser un consumidor inteligente.

En Internet uno siempre tiene la impresión de que si te cierran una cuenta, te creas otra y ya está. Pero con Amazon sería diferente: muy trapero tendría que ser crear una personalidad falsa a la que asociar una tarjeta de crédito verdadera. Ante mí se abría un panorama de abuelo de Internet: de los que piden a otros que le compren las cosas y luego van a su casa a recogerlas.

La solución

Poco a poco se fue acercando la fecha de pago y Amazon me tranquilizaba pero nada cambiaba. Por lo visto el departamento financiero es el verdadero elefante de la compañía, el que tarda más en tomar las decisiones. Estuve casi un mes en vilo, hasta que llegó el día de emisión de la factura: 22962 dólares.

Más lloriqueos al servicio de atención al cliente y al final una solución bajo cuerda: en mi panel de control tengo una factura por ese importe, pero el cargo que me han realizado ha sido de unos 50 dólares, menos de lo que debería haber pagado en un mes normal. Una solución muy buena y ante la que estoy muy agradecido, pero que deja el sabor agridulce del que es condenado a dos años menos un día de cárcel: no ingresas en prisión, pero sabes que algo ha quedado sin resolver. Amazon no ha cancelado la deuda, la ha perdonado, que no deja de ser un favor.

El día después

Siempre he tenido mentalidad de pobre, más preocupado en no perder que en ganar: coche un tanto puerco de segunda mano, piso de alquiler, muebles de Ikea. Pagar a plazos ni se me pasa por la cabeza. Y de repente me encuentro en una ratonera de deuda propia de un hipotecado, de un descerebrado o simplemente de alguien con mala suerte en la vida. Nunca había visto los servicios en la nube así; pero en cierto modo son como una de esas inversiones ruinosas en que potencialmente las pérdidas pueden ser infinitas. Si Amazon no me hubiera alertado a tiempo, ahora podría tener una delirante deuda planetaria, de casi millones de euros.

Tras llevar tiempo encontrando que los sistema de autentificación en dos pasos son un coñazo, no me quedó otra que aplicarlos de inmediato en mi cuenta de Amazon (Amazon normal no admite autentificación en dos pasos, sus servicios en la nube sí) y de Gmail.

Y sigo con una cuenta de Amazon EC2 abierta. Porque la única forma de cerrarla sería cancelando el servicio de bases de datos también – opción que no he descartado. Tengo alertas por si de repente se generan gastos en ella. Pero sigo incómodo porque no me gusta que me perdonen la vida. Está claro que Amazon sigue estando en mi top de empresas MILF, que siempre te tratan mejor a como te mereces. Y que su sistema de atención al cliente me ha dado un trato de primera. Pero sirva esto como una voz de alerta ante los riesgos de contratar servicios en la nube.

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Angola

Publicado el 31 de agosto de 2014 | 2 comentarios

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Angola consiguió su independencia en 1975. Participó en el Campeonato Africano de Baloncesto por primera vez en 1980, quedando penúltima de su grupo (habiendo dos grupos en total). En 1981 volvería a participar, quedando última de su grupo (otros dos grupos en total).
En 1983, en su tercera participación, conseguiría el segundo puesto, con su primera clasificación para un mundial. Desde entonces siempre ha quedado entre los tres primeros clasificados del Campeonato Africano de Baloncesto. Desde 1989 hasta 2013 ha ganado 11 de los 13 Campeonatos Africanos de Baloncesto.

Angola es un clásico en las competiciones mundiales de baloncesto. Nunca ganará nada, pero siempre será un equipo molesto.

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Rusas

Publicado el 12 de agosto de 2014 | 14 comentarios

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tromso

Hay muchos destinos turísticos que todo el mundo recomienda, como Roma. Otros que tienen opiniones contrapuestas, como Perú o Miami. Pero sólo conozco un país del que nada más que recibí opiniones negativas: Rusia.

La mayoría de las opiniones eran de personas que no habían viajado a Rusia, como suele suceder. Pero aún entre los que sí la habían visitado, la opinión general era que hay muchos otros destinos mejores.

Mi interés por Rusia siempre ha sido muy grande. Destaca sobre todos los demás en tres de mis mayores pasiones: el ajedrez, la música clásica y las mujeres. Por más que me dijeran, no podía ignorar un país asín.

El rechazo a Rusia viene por muchas vías. De un lado, tienen un montón de vecinos que los odian. Las antiguas repúblicas soviéticas, que no son pocas. Antiguos países invadidos por ellos, como Finlandia. Y una larga lista de naciones que tienen conflictos de definición de fronteras con Rusia. Luego el eco del comunismo y un gobierno que actúa con mano muy dura – llamado totalitario o de falsa democracia con demasiada ligereza – hace que resuene como un destino “no democrático”. Lo que importará el sistema de votación a la hora de visitar un lugar.

Otro motivo de queja es el idioma. El uso del inglés no está tan generalizado como en otros países y el ruso es un idioma con un alfabeto algo diferente al occidental. Se presupone mucha corrupción y una policía en la que no se pude confiar.

El hecho de que sea necesario un visado para ir a Rusia, y que no sea barato, es un motivo que echa para atrás a algunos turistas.

Finalmente las personas. He oído que los rusos son agresivos, poco hospitalarios y ante todo personas muy interesadas.

Casi todas las quejas que se puedan aplicar a Rusia son extrapolables a un destino tan recomendado – especialmente para los amantes de novedosas experiencias sexuales – como Tailandia. Es cierto que si le preguntas a una persona aleatoria en la calle por algo en inglés lo más normal es que no te entienda. Pero eso sucede en la misma España.

A pesar de tantas voces en contra, decidí aplicar el sentido común y viajar a Rusia.

La primera dificultad con la que me encontré fue el visado. La solicitud no es trivial, debe realizarse en gran parte online y está llena de exigencias. Desde luego, parece que no quisieran que vengas. Has de justificar cada uno de los hoteles donde pretendes alojarte, incluso dar información sobre tu puesto de trabajo. La sensación general es la de un proceso ofensivo.

Leyendo información en los foros, se explica la causa de que sea así: los requisitos para el visado que tienen los turistas rusos que quieren visitar Europa son aún peores. Rusia se ha limitado a replicar parte de las condiciones que se exigen a sus ciudadanos. Una de las condiciones, totalmente abusivas, es exigir que el solicitante del visado tenga un vuelo de ida y vuelta ya pagado. Si no te conceden el visado, tienes un vuelo pagado que no puedes tomar. Incluso hablan de que un ruso desea visitar a unos amigos – sin alojarse en un hotel – tiene que demostrar la amistad, por ejemplo enseñando fotografías donde estén con esos amigos.

Basta saber eso para relajarse un poco y entender que la postura rusa es perfectamente razonable, igual que la de Brasil cuando represalia que sus turistas sean tratados como potenciales inmigrantes.

El conseguir un visado a Europa es tan incierto, que muchos optan por solicitar un visado para ir a Finlandia – vecino que no pone tantas dificultades y que está en la zona Schengen. Eso explica las extrañas rutas de muchos turistas, que prefieren hacer escala en Finlandia, en lugar de tomar vuelos directos más económicos, para evitar estas molestias.

Para obtener el visado hay que tener bastante humildad. Se nos olvida cómo era el trato con los administrativos del gobierno hace décadas – cuando aquello del ‘Venga usted mañana’ – no se pude llegar avasallando, exigiendo trato prioritario y que perdone cualquier falta. Es otro país, tienen otra forma de hacer las cosas, aunque a veces sea peor que la nuestra. La burocracia rusa es inflexible y en caso de duda, la culpa es tuya.

Tras conseguir el visado no volvería a tener ninguna otra dificultad. Me encontré con un país bien preparado para los extranjeros. Más uso de inglés al presentar la información que en muchas capitales españolas. Respeto por parte de los locales, aún cuando no te entendieran.

La única queja, común en muchos países, es la poca confianza que dan los taxistas, hasta el punto de que tienes que vivir como si no existieran. Es en países como estos donde las famosas aplicaciones de internet, como Uber, tienen un éxito fulgurante. Puedes saber lo que te va a costar una carrera desde A hasta B y encima tendrás a un taxista más o menos honrado. La versión rusa tiene matices locales: no pagas online sino al taxista, pero una tarifa definida. Un servicio así tiene poco sentido en países como España, con tarifas bastante ajustadas y taxistas honrados. En países donde intentar cobrarte más del doble es habitual, incluso a los locales, y donde muchos conductores parecen extras de Prison Break, aplicaciones así tienen que funcionar muy bien.

En lo que a música clásica se refiere, Rusia es una potencia que eclipsa a casi todo occidente. En San Petersburgo, uno de los principales teatros de ópera tiene representaciones diarias de distintas óperas y calidad de primer nivel. Lo que en en Madrid se anuncia cada varios meses como un hito cultural, ahí sucede varias veces a la semana. Que en una misma semana, y en el mismo teatro, puedas ver Madame Butterfly, La Flauta Mágica o Eugenio Oneguin, es tan increíble que pensé que estaba entendiendo mal la información desde Internet. Es como si un teatro diera tres musicales diferentes a la semana – y a la semana siguiente otros tres o cuatro nuevos. Y además, hay otros auditorios donde oír más música de primer nivel, y ballet…

Algo que me gustó – aunque pueda pensar que me perjudicó – es el hecho de que tienen distintas tarifas para extranjeros y locales. Los rusos – o personas que saben hablar en ruso – pagan la mitad por ir a la ópera. O los turistas pagan el doble, según se mire. Me parece una medida muy justa para potenciar la cultura entre los locales. Muchos se llevarían las manos a la cabeza, pero en mi opinión es aún más lógico que dar descuentos a estudiantes.

En el teatro de la ópera me fascinó ver la diferencia con respecto a España. Siempre que he ido a oír música me he encontrado con un público que tiene 20 años más que yo de promedio – lo cual es una locura teniendo en cuenta que no tengo nada de joven. En Rusia me encontré con justicia siendo el viejo del teatro. Muchas parejas jóvenes super arregladas, incluso de amigas, para hartarse de hacerse fotografías y poder alardear en Facebook. Me puede dar envidia que tengan algo mejor que nosotros, pero cuando ves que encima será así por lo menos en los próximos 30 años, te quieres morir ya.

Pero si hay algo que despierte opiniones fantásticas sobre Rusia, son sus mujeres. Perdí la cuenta de personas que me preguntaban si iba a Rusia a casarme con una local. O que tuviera cuidado de que no me acabaran enredando. O personas que asumían que la probabilidad de que no volviera solo eran elevadísimas.

Mi conocimiento sobre mujeres es muy superficial, pero cuando paseas por las calles te das cuenta de que en general las mujeres rusas son muy atractivas. Un país con excelente ADN, pero que además se ha mezclado con los nórdicos, los turcos y los asiáticos sólo puede generar algunas de las mujeres más espectaculares del mundo. Y una variedad de mujeres, sin ser extranjeras, que quizás no tenga ningún otro lugar del planeta – está claro que hablo de las grandes ciudades rusas.

A diferencia del primer mundo, donde hasta la chica más pobre tiene un armario sólo para zapatos, las rusas visten con mucha más limitación. Ropa de peor calidad y que hay que repetir más a menudo. Está claro que esto bien empleado, en lugar de ser un defecto, se convierte en una virtud. Vestuario mucho mejor elegido y versátil, sacando partido a lo que no venden en las tiendas, pero sin enseñar demasiado. Y sorprendentemente con poco perfume.

Desde luego que no todas tienen figura de modelo, pero la calidad media es muy alta. Y lo peor de todo es que, en general, las mujeres rusas suelen tener una muy buena educación. Muchas tienen títulos universitarios y saben varios idiomas. Pero no sólo eso, sino que suelen ser bastante comedidas – no es fácil acostarse con una chica así en la primera noche y no suelen beber hasta perder el sentido los fines de semana.

Es por todo ello que las rusas despiertan un odio ancestral entre las mujeres occidentales. La dificultad para encontrar una buena pareja – en un país donde hay más mujeres que hombres y donde hay tasas altas de pobreza y alcoholismo entre los hombres – ha convertido además a las mujeres rusas en jugadoras activas de las relaciones de pareja. En general – y todo este artículo obliga a peligrosas generalizaciones – son conscientes de que, por encima del amor, lo importante es encontrar a un buen hombre. Todo ese odio se ha canalizado en el único punto débil que parecen tener estas mujeres: son insensibles y muy interesadas en las relaciones de pareja.

De ahí todos los cantos de sirena que me alertaban de los peligros de viajar a un país así. Las rusas siempre han sido una fauna fascinante de los portales para encontrar pareja. De un lado, rusas que viven en su país pero que contactan a hombres por toda la geografía mundial. Por otro, emigradas desde sus países. Aunque está claro que hay estupendos fraudes a la vuelta de la esquina, en general la mujer rusa tiene una actitud proactiva a la hora de encontrar marido. En España, por ejemplo, tiene un halo deshonroso para las mujeres el hecho de buscar pareja. Y son muchas las que en sus perfiles de contacto suelen indicar que “no buscan nada, pero que si surge el amor, bienvenido sea”. Que es como estar en una tienda y decir “no tengo intención de comprar, pero si encuentro algo que me gusta, me lo llevaré”.

Una mujer rusa que viva en España actúa a cara descubierta: quiere un hombre que trabaje, y si gana mucho dinero, mejor. Las españoles incluyen filtros por edad y por altura. Y por supuesto, que no estén calvos. Las rusas a veces se atreven a hablar de un salario mínimo. En mi opinión ambas actitudes son respetables – o carentes de todo respeto.

El miedo a las mujeres rusas, totalmente razonables, está en que su estrategia es ganadora e irrefutable. Luchan por ser atractivas, femeninas, educadas, con buenos modales y hábitos saludables. En occidente hemos elegido la vía de las tetas operadas, las extensiones, la ropa ajustada y el braguetazo con un famoso.

Me recuerda a la comparativa con los estudiantes chinos, que suelen tener curriculums insuperables comparados con los de occidente. En ese caso se trata de decir que “aprenden como robots”. Simplemente trabajan más duro y son mejores. Que cada uno piense lo que quiera para dormir mejor.

Hablando con una chica rusa que había viajado muchas veces a España, me fascinó que para ella el mayor problema que había encontrado en mi país era la dificultad para hacer amigas. Ni una sola amiga para una chica muy sociable – que sin embargo había tenido que suplir con muchos amigos. Como digo, estas mujeres producen verdadero miedo entre las occidentales, nadie las quiere cerca.

Lo peor de todo es que las mujeres rusas son unas románticas patológicas. A pesar de la fama que tienen de interesadas, están locas por enamorarse y tienen ideas de cortejo propias del siglo XIX. Han encontrado la ecuación perfecta: buscan enamorarse de un hombre que les convenga.

Así, entiendo el miedo que despiertan estas mujeres: son un enemigo imbatible a la hora de llevarse a los mejores hombres. No obstante, la mayoría de los occidentales somos como nuestras mujeres esperan. Sin educación, con menos romanticismo que un pop-under en Xvideos.com, siempre luchando por sobrevivir económicamente. Chicas no tengáis miedo, las rusas no nos quieren.

Nota: Las chicas de la fotografía son el equipo olímpico de ajedrez de Rusia 2014. Imaginad si hubiera buscado el equipo de voley o simplemente chicas que no fueran famosas por lo inteligentes que son.

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Descripciones de Decathlon

Publicado el 30 de junio de 2014 | 7 comentarios

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Decathlon es una gran superficie especializada en productos deportivos. El concepto existía desde hacía décadas, pero la idea de hacerlo con marcas blancas y productos baratos fue revolucionaria, y un triunfo total. Está presente en casi todas las grandes ciudades españolas. A pesar de vender ropa deportiva, algo que llama la atención de estas tiendas es el bajo nivel de forma física de su cliente medio, muchas veces uno tiene la sensación de estar en un supermercado Walmart norteamericano.

Una de las cosas que más me llama la atención son las descripciones con que acompaña sus productos. Tienen unas puntualizaciones totalmente personales, con un mucho de irracionalidad, que la diferencian de cualquier otra tienda.

Concebido para hombres que se encuentran en la playa o cerca de una superficie de agua y practican el baño o los paseos con tiempo cálido.

Concebido para la práctica ocasional y la iniciación al voley playa. Balón de voley playa, ligero y de materia agradable, ideal para los principiantes.

Concebido para la práctica del ciclismo y el running con tiempo soleado.

Concebido para absorber las vibraciones y disminuir las rozaduras durante la práctica ocasional con tiempo fresco.

Las puntualizaciones meticulosas – redactadas a mitad de camino entre un abogado, un matemático y un comercial – especificando que ese producto es sólo si eres “un manta”, pero que para un rato, hace el habido. Las descripciones de los productos de agua son, desde luego, las mejores. Para personas que están en una piscina, o fuera de ella pero cerca, y están mojadas, o secas, o a punto de mojarse, o de que las mojen, o de mojar a alguien.

Algunos productos, se acotan hasta lo delirante, tratando de decirte bien claro que si haces deporte más de una vez en semana, te compres el más caro.

Concebido para la práctica OCASIONAL de FÚTBOL (1 entrenamiento a la semana). Ideal para los calentamientos y entrenamientos.

Desde luego que mi favorito es el primero citado, sobre un modesto bañador. Pero si conocéis algún caso flagrante, por favor indicadlo en comentarios.

En mi opinión, los productos “el más barato” de Decathlon, son siempre de una relación calidad-precio excelente, y casi siempre la mejor opción posible.

Concebido para deportistas OCASIONALES que quieren un reloj de agujas para consultar la hora durante la práctica deportiva.


Concebido para PESCADORES
PRINCIPIANTES que buscan una caja para asticots.

Concebido para JUGADORES EN ENTRENAMIENTO o en COMPETICIÓN en terreno mullido y resbaladizo.

Concebido para proteger los genitales de los practicantes masculinos de deportes de combate.

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El padre de Smirnov

Publicado el 24 de junio de 2014 | 2 comentarios

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Chessbase ofrece un breve artículo sobre uno de los talentos de ajedrez más jóvenes del mundo, el australiano Anton Smirnov (ser australiano y tener apellido de vodka, ¿Se puede ser más cool?).

Lo más ejemplar de esa historia, que no se menciona, es el caso del padre del niño, Vladimir Smirnov.

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Vladimir Smirnov era un buen jugador de ajedrez. Cuando nació su hijo en el 2001, decidió que quería enseñarle a jugar al ajedrez y hacer de él un buen jugador. Conociendo sus limitaciones, lo que hizo Vladimir fue mejorar primero su nivel de ajedrez, llegando a subir 200 puntos de ELO y consiguiendo el título de Maestro Internacional de ajedrez. Una persona que había sido un jugador modesto toda su vida se convirtió en un semi profesional sólo para poder educar mejor a su hijo.

Esa es la idea que casi nadie tiene de la paternidad. La toman como una excusa para comer precocinados, estar todo el día viendo dibujos animados y metidos en casa, perder amigos y promociones laborales. Un padre con mayúsculas es el que utiliza a su hijo como catapulta para el crecimiento personal propio. Ole por tus cojones Vladimir Smirnov.

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Salteado de patata

Publicado el 6 de junio de 2014 | 13 comentarios

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Dicen que en sus inicios, los congelados fueron muy difíciles de introducir en el mercado. Las mujeres se negaban a usarlos. No porque tuvieran menos sabor o nutrientes, sino porque entonces ellas dejaban de tener un lugar tan importante en la cocina. Poco a poco fueron cediendo, hasta llegar al punto actual en que existen congelados tan extraños como el arroz precocido o la pasta – cualquiera con ideas madmaxistas debería dar de comer estos últimos a sus hijos, al menos una vez en la vida.

Los platos congelados fueron un invento de las grandes compañías que, como tantos otros, fueron copiados por las marcas blancas. Estrellas que siempre estarán ahí son las croquetas, los revueltos de gambas y los palitos de merluza – abominable producto desde el punto de vista nutricional, amparado en la simplificación “el pescado es sano”.

En España hay una interesante lucha por conseguir la mejor paella posible. La variedad de versiones para la paella fascinaría a un extranjero. Existen platos completos de paella, productos de “incluir arroz y listo”, otros que sólo congelan “los tropezones” (marisco, carne). Siempre con el afán de alcanzar una paella que, de ser servida en un restaurante, sería considerada bazofia. Al contrario que en las croquetas, donde se han logrado excelentes productos, a veces mejores que los caseros, en la paella estamos ante una lucha tan patética como nuestras representaciones en Eurovisión. El objetivo es no hacer el ridículo o no quedar de los últimos.

Mientras todo el mundo afilaba sus armas, LIDL, como siempre, iba a su aire. Ofrecía una paella en un formato extraño: paquete de un kilo u ochocientos gramos y que era, de largo, la que menos sabía a paella. Ahora bien, cualquiera que haya disfrutado algo parecido a comida asiática es capaz de apreciar platos de arroz más allá de la paella. La paella de LIDL era como si le das a comer un plato de paella a un chef chino y luego le pides que sea capaz de reproducirlo. Fracasará en la imitación pero triunfará en el resultado. Esa era la paella de LIDL: el mejor plato de todos, la peor paella por parecido.

En la época anterior a Twitter uno no podía alabar esos productos. Al fin y al cabo, los congelados van a estar siempre ahí. O no. Explicablemente e inexplicablemente, LIDL acabó retirando del mercado su fascinante paella meets Nasi Goreng. Al tratarse de un plato fallido, uno puede estar seguro de que ese crimen contra la humanidad nunca podrá ser reparado.

Pasaron muchos años. Y aunque esa afrenta nunca será borrada de mi memoria, y con un poco de suerte, tras este artículo, tampoco de la vuestra, apareció otro peso pesado en la escena de los congelados: el salteado de patata de Mercadona, que muestro en la foto del principio.

En este caso estamos ante un producto sencillísimo: trozos de patata en cuadrados, beicon, pimiento, tortilla, salchicha, guisantes. Es un plato pensado para los niños con átomos de color verde para que las madres se crean que tiene verdura. Deber ser sencillo de cocinar en casa, pero a pesar de su simplicidad, la proporción está muy lograda hasta el punto de atreverme a decir lo siguiente: el revuelto de patata de Mercadona es la Mona Lisa de los congelados. Es el único plato congelado que consumo habitualmente y es responsable en, por lo menos, un 25% de que compre habitualmente en ese supermercado. Aparte de que se prepara en casi nada de tiempo, para un soltero es una perfecta comida o cena de emergencia.

Siempre había pensado en el revuelto de patata como una reconciliación con el mundo tras el drama sufrido con la paella LIDL. Cuál sería mi sorpresa al ir a comprar un día cualquiera y encontrarme con que el estante donde aparece este producto estaba dividido en dos. Cada congelado tenía su espacio, menos éste que tenía que compartirlo con otro: mi historia de amor y hielo tiene los días contados.

Sé que los blogs son espacios para reivindicar la verdadera democracia, o contar biografías de personajes desconocidos, pero no puedo dejar de manifestaros mi drama personal. Es como si cierra tu restaurante favorito. Aparte del sufrimiento individual, me surge la duda. ¿Es mi gusto culinario tan malo como el que tengo con las mujeres? ¿Cómo es posible que la gente compre paquetes de dos kilos de pasta congelada y un revuelto de patata que está magistralmente cocinado caiga en el olvido?

Sirva este artículo como tributo a su memoria. Aprovecho para contaros mis productos de supermercado favoritos, esos que no venden en los otros y que son realmente buenos:

Mercadona: 50 toallitas limpiadoras de baños. Perfecto producto para limpiezas de emergencia o de zonas puntuales. Precio ridículo.

Corte Inglés: Chocolate negro 99% Excellence Lindt. La calidad del chocolate va en proporción a la cantidad de cacao del mismo. No puedes hacer un chocolate de alta proporción con cacao de baja calidad, el producto no sería comestible. Está demostrado cientifícamente que, al igual que el cacao es muy saludable, pierde gran parte de sus beneficios al mezclarse con leche, pasando a ser un producto nocivo. El azúcar, es el gran enemigo de la salud. Lindt tiene varios formatos, pero el 99% sólo lo venden, que yo sepa, en el Corte Inglés. He llegado a tener 6 tabletas en casa.
Corte Inglés: Twinings. Té verde Gunpowder. El té verde es una bebida que puede costar apreciar, pero se pueden notar grandes diferencias si se prueba uno que no sea de bolsas. Este té es ridículamente bueno para el precio que tiene, y lo venden en una lata que puedes usar por si compras té verde en otra parte. Yo lo he dejado de comprar porque estaba harto de acumular latas de té verde, pero por su excelente calidad-precio, tendré que volver a él una y otra vez.

Lidl: Aunque no he vuelto a encontrar sustituto de la paella, cualquier producto del batiburrillo que ofrecen semanalmente, si se corresponde con tus necesidades de consumo, es de una calidad-precio excepcional. Incluso la ropa, que siempre tiene un aspecto tosco, es mucho mejor de lo que parece.

Mercadona: Pescado fresco. Aunque los puristas de las zonas de costa desprecian el del supermercado, tiene una calidad bastante buena y los precios son ridículamente bajos. Aparte que si no te obsesionas con un pez concreto y te dejas llevar por las ofertas, puede ser un regalo. Conforme pasa el día van tirando los precios, hasta llegar a puntos obscenos. Un día estaba mirando otra cosa y se me acercó la pescadera regateándome a la baja el precio de las caballas – pez infravalorado donde los haya. El caso es que llegamos a un precio que me hizo comprar, pero aún así me ofreció otro aún más bajo si le compraba todas las que le quedaban (que serían unas ocho). Eso ya me pareció propio de un comercial a comisión en Trípoli.

Día: No está tan mal como en otra época, casi cualquier producto es bueno. Eso sí, mil ojos con la cadena de frío. Donde mejor se nota es en los jamones cocidos envasados. Es habitual ver paquetes que están rancios. Se ve que este producto es uno de los más delicados, excelente termómetro para medir la calidad de una cadena de supermercados.

Y para vosotros, ¿Cuáles son vuestros productos estrella?

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El Facebook de mi padre

Publicado el 26 de mayo de 2014 | 5 comentarios

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Una amiga me cuenta la siguiente historia, totalmente verídica. Creo que puedo contárosla sin causar ningún perjuicio. Si lo hago en primera persona es porque suena mejor.

Mi padre está jubilado, con 67 años y vive con mi madre. Un día, no sabemos muy bien por qué, le pidió a uno de sus nietos que le hiciera una cuenta de Facebook. Éste, con total desgana, se la creó. Le puso una contraseña un tanto ridícula – cocodrilo44 -, para que no la olvidara y preguntara por ella continuamente y ahí comenzaron las andanzas de este abuelo por internet.

No supimos de lo que estaba haciendo hasta pasados unos meses. Esta vez me preguntó a mi que cómo era eso de enviar flores por internet. Las alertas saltaron cuando me enteré que las flores no eran para mi madre.

No costó mucho entender lo que había ocurrido. Entre su ausencia de disimulo y su desconocimiento de las nuevas tecnologías, descubrí que mi padre había entendido que internet era el escenario perfecto para saltarse el férreo control de mi madre, que lo acompaña a dondequiera que va. Aún no sé de dónde tomó la idea, pero el caso es que llegó a la conclusión de que en Facebook se pueden conocer a muchas mujeres. Y sin que nadie se entere.

Gracias a la ridícula contraseña, que casi todos conocíamos, pudimos desvelar el comportamiento de mi padre en Facebook. Había estado agregando como amiga a todas las mujeres que se habían prestado. Todas, sin importar nacionalidad o edad. Luego les mandaba un mensaje, que era siempre el mismo, personalizado de acuerdo a la ciudad de origen de la chica. Y a partir de ahí, en un juego de números, esperaba que de los miles de mensajes, algunos funcionaran.

Su personalidad era del todo fraudulenta: mentía con la edad y con su estatus económico. En la finca del pueblo tiene una burra, pero explicaba en la foto que era comerciante de caballos. Su estado civil, casadísimo, se transformaba en separado en las redes sociales.

Al menos había conseguido engañar a una incauta, bastante más joven que él. La chica de las flores. Al final mi padre anunció su propósito de irse a vivir con ella. Se produjo el intenso drama familiar y mi padre dejó a mi madre, marchándose a la casa del pueblo.

Pero a los cuatro días estaba de vuelta. No porque echara a mi madre de menos, ni porque se acumulara la plancha. Porque en la casa del pueblo, no había internet ni Facebook. Volvió como si nada, sin dar mayores explicaciones.

Entre mi familia se corrió la voz de lo que estaba sucediendo. Era todo un escándalo. Pero entre los más jóvenes, también se popularizó un nuevo deporte: entrar en el Facebook de mi padre a leer qué había estado haciendo durante el día. Como todo el mundo disponía de su contraseña, no había quien no pasara unos minutos diarios leyendo sus robóticos mensajes de seducción 2.0. A pesar del sufrimiento de mi madre y lo complejo de la situación, nos partíamos de risa con sus rudimentarios modos de conquista y con lo pardillas que eran sus conquistas virtuales.

Sólo nos ha faltado crear un grupo de Whatsapp para comentar el Facebook de mi padre. Creamos perfiles falsos para alertar a la que estaba a punto de marcharse con mi padre, la incauta de las flores, de la situación real a que se exponía. Afortunadamente, desapareció. Lo pudimos leer todo, casi en directo, en las redes sociales.

Mis padres vuelven a estar juntos, sin felizmente. La última fechoría que hizo mi hermano fue cambiar el estado de relación de mi padre a “es complicado”. Era desternillante leer luego los mensajes de mi padre con sus muñequitas, explicando que hay un bug raro y se le está cambiando el estado solo todo el rato. Nos hemos tenido que poner serios con mi hermano, que cada pocos días vuelve a cambiarle el estado. No podemos permitir que una fuente diaria de humor de primera magnitud acabe siendo descubierta.

Mi padre es, hoy por hoy, una de las personas que tiene un modo de vida más similar a Matrix. Dedica casi todo su tiempo libre a seducir a paletas por el mundo, ignorando a mi madre. Pero Matrix le castiga, avisando a las ingenuas cuando las cosas van demasiado lejos. Nada de lo que cree que está sucediendo es real. Nunca podrá encontrar el amor, por muy cerca que crea estar de él.

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Economía para los pobres

Publicado el 3 de mayo de 2014 | 11 comentarios

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Hace ya varios meses que leí un excelente libro: Poor Economics: A Radical Rethinking of the Way to Fight Global Poverty. El libro trata sobre qué medidas eficaces pueden tomarse – y se están tomando – por parte de programas de ayuda humanitaria, para mejorar la situación de los más pobres.

La mayoría de la gente se preocupa por los pobres de forma burda y superficial. Ayudar en el tercer mundo se ha convertido en una patética forma de estatus. Pasar unos meses en un país de África es una peligrosa moda, tan extendida como tirarse un año de Erasmus “porque yo lo valgo”.

Porque “ir a ayudar” no significa que se ayude. La mayoría de las habilidades de un joven de 20 años en un país desarrollado son inútiles en uno muy pobre, especialmente cuando ni siquiera se habla el idioma del país de destino. Incluso los conocimientos médicos a veces no son directamente aplicables, por la falta de medios. Casi todos los que van a uno de esos países como misioneros lo único que hacen es perder el tiempo, sentirse muy bien, especiales y quedar de lujo con los amigos cuando se está de vuelta.

Cuando se da dinero a una causa humanitaria casi nunca se piensa si ese dinero estará bien invertido. Se asume que un porcentaje más o menos grande se perderá por el camino. Pero lo que no se piensa nunca es que, en muchos casos, lo que se haga con ese dinero no servirá casi para nada. Incluso puede ser contraproducente.

Uno de los principales problemas de cualquier ayuda al tercer mundo es el daño en la economía local. El libro cuenta el caso de la distribución de redes antimosquitos: una de las medidas más importantes para conservar la salud en regiones tropicales. Muchos planes de distribución gratuita de estas redes han acabado arruinando a empresas locales que se dedicaban, con mayor o menor éxito, a su venta.

No es trivial cómo solucionar el problema. Si se le da el dinero a la gente para que compre las redes, acaban gastándoselo en otras cosas, porque no son conscientes de cuáles son sus verdaderas necesidades. Los precios de venta y modos de distribución de esas empresas locales no son competitivos para una compra a gran escala. Algo tan simple como darle a la gente lo que más necesita dista de ser sencillo.

En general los pobres no tienen ni idea de cuáles son sus mayores problemas: viven al día. No piensan que estadísticamente un 20% de ellos contraerá SIDA y un 25% morirá a causa de enfermedades iniciadas con picaduras de mosquito. Si tuvieran suficiente dinero, se comprarían una televisión.

Los pobres carecen de partes de información fundamentales y creen en cosas que no son verdad. Cuando tienen una creencia firme suele ser incorrecta, acaban tomando decisiones equivocadas, a veces con consecuencias dramáticas.

Muchos de los esfuerzos en crear escuelas y escolarizar a los niños son vanos. Los alumnos atienden cientos de horas de clase donde no aprenden casi nada práctico. Los profesores son pésimos y faltan a menudo. Los planes de estudio son ineficaces. Millones de euros invertidos en una enorme pérdida de tiempo, que al mismo tiempo erosiona la imagen de la educación ante los ojos de esos pobres. Si en un futuro consiguen algo de dinero, jamás lo dedicarán a aumentar la formación de sus hijos.

Si se le da directamente el dinero a los pobres, se lo suelen gastan en tonterías o con poca cabeza.

Le preguntamos por qué había comprado un televisor, un DVD, etc. si pensaba que su familia no tiene suficiente para comer. Se rió y dijo “¡Oh, pero la televisión es más importante que la comida!”

En muchos casos hay que pagar a la gente para que haga algo que es bueno para ellos. Por ejemplo, dar más comida a aquellas familias en que todos los hijos vayan a la escuela. Si no se les paga, las familias no enviarían a sus hijos, aún cuando fuera gratis.

Quizás el mayor problema del tercer mundo no es el hambre, ni la guerra, sino que las mujeres tienen demasiados hijos. Cada embarazo es una situación de enorme riesgo para la salud de la madre. Una familia con muchos hijos está condenada a ser pobre para siempre y a verse rodeada de problemas – “Una familia pequeña es una familia feliz”. Etiopía tiene 6.12 hijos por familia, una barbaridad. Así, casi lo mejor que puede hacerse con el dinero que se dona al tercer mundo, son planes de esterilización – algo que suena nazi, pero que es una cruda realidad. Una delirante pero muy eficaz medida fue la de multar de forma diferente a los que usan el tren sin pagar en la India. Si el infractor está esterilizado, la multa es menor. Este tipo de ideas geniales nunca las verás en documentales molones sobre ONGs. Pero hay mucha gente muy ingeniosa trabajando en ayudar a los pobres, a veces de formas que son poco intuitivas pero muy eficaces.

En la lucha contra el SIDA, medidas “occidentales” como distribuir preservativos, son totalmente ineficaces. Uno de los mejores métodos resultó ser puramente estadístico: la probabilidad de que un hombre tenga SIDA aumenta con su edad. Convenciendo a las niñas de este hecho, se consiguió disminuir la diferencia de edad entre maridos y mujeres – lo habitual es que una mujer se case con un hombre mucho mayor – y con ello, los datos de contagio se redujeron considerablemente.

Hay un capítulo bastante interesante sobre los microcréditos. Aunque se mencionan a menudo en los medios de comunicación, poco se sabe sobre ellos. Es muy curioso que los tipos de interés que aplican – a veces hasta un 25% – serían considerados usura en occidente. El problema es que la situación crediticia es tan débil en esos países que es frecuente encontrar créditos a un 4% diario, con lo que los microcréditos pasan a ser mucho más baratos en comparación. No obstante no sirven para todo el mundo, pues a veces sus condiciones son demasiado inflexibles para la vida de personas que se pueden tambalear por una inesperada enfermedad o la muerte de algún hijo. Los pobres tienen un serio problema en la inexistencia de un sistema bancario. Nadie ahorra nada, y de esa forma, cualquier situación provoca la desgracia de toda la familia.

Sobre los emprendedores del tercer mundo, el libro cuenta que en la mayoría de los casos surgen por una necesidad, al no poder conseguir un trabajo por otros medios. Una estadística que seguramente se pueda extrapolar al primer mundo:

Uno de cada cinco negocios que sólo tenían un empleado (autoempleo) en 2002, pasaron a tener otro empleado en 2005. Pero casi la mitad de esos negocios de un sólo empleado habían desaparecido en 2005.

(Esta segunda frase no hace falta que la pongáis en el Twitter).

Y otra frase totalmente aplicable a nuestro mundo, y que se ha visto con la crisis actual:

La estabilidad en el puesto de trabajo es lo que distingue a la clase media de los pobres.

Algunas ideas del libro son de ciencia ficción pero muy creativas. El concepto de subcontratación de ciudades. Ceder la soberanía temporal de ciudades a países más capacitados para que las dirijan y las lleven hacia la prosperidad, usando el ejemplo – no voluntario – de Hong Kong.

Para terminar, una frase que resume la idea de tener hijos en el tercer mundo:

Para muchos padres, los hijos son su futuro económico: una póliza de seguros, un producto de ahorro y algunos billetes de lotería, todo envuelto en un paquete de pequeño tamaño.

Os recomiendo la lectura del libro, es muy revelador y pragmático.

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Perdona si no te llamo, amor

Publicado el 3 de mayo de 2014 | 2 comentarios

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Ayer me terminé el libro “Perdona si no te llamo, amor”, del bloguero – Dios, que mal suena esto – Juanki. Juanki es un conocido afiliado al eje del mal Alexliam-Hugo, por lo que viene muy bien recomendado.

Es un libro muy desenfadado sobre la primera relación de un chaval de 14 años, contada por un chico que ahora tendrá unos 19. Es decir, cuenta cómo se relacionaba con las mujeres una persona que no tenía ni idea, desde el punto de vista de otra persona que casi no tiene ni idea. Es como empezar a escribir tus memorias con 40 años, aún te falta un montón de perspectiva. Al tratarse de un esfuerzo vano, o erróneo, el resultado es mucho más interesante, pues muestra lo complicado de la evolución de las relaciones interpersonales. Nos cuesta décadas corregir errores y detectar comportamientos dañinos.

En la novela, el autor describe a su primera novia, con la que acaba casi por accidente, como una loca. Pero la descripción que sigue a lo largo de todo el libro describe a una chica totalmente corriente. Según como se mire, de un modo u otro, casi todas las mujeres están locas ante los ojos racionales de un hombre.

Por contra a lo que uno puede esperar de un libro proveniente de Internet y de una persona muy joven, la redacción es impecable, sin una sola falta de ortografía o sintaxis. Es muy divertido y fresco, tiene calidad hasta el punto de que me lo he leído entero – la mayoría de los libros los descarto tras leer los primeros capítulos- y lo he disfrutado. Además, es gratis total en formato electrónico.

Lo que más me ha gustado, tal vez porque es una autobiografía, es la inclusión de los métodos actuales de comunicación en la narrativa. Aunque no lo parezca, es algo que es muy difícil, por eso tantos escritores tratan de crear historias en el pasado, donde como mucho hay llamadas de teléfono fijo. Intentar comunicarse por Whatsapp, Messenger, llamadas, SMS, todo aderezado con las habituales excusas de que no hay cobertura, estado invisible, no he visto tu llamada, etcétera. Situaciones que todos hemos vivido de una forma u otra, pero que pocas veces hemos leído de forma divertida.

El autor deja un enlace a descarga directa de su libro, aquí.

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Bingo

Publicado el 21 de abril de 2014 | 3 comentarios

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bingo

Hay tres experiencias eminentemente bajunas: ir a un prostíbulo, a un casino y al bingo. Quizás el bingo sea el menos interesante de los tres lugares, pero faltaba en mi listado de experiencias imprescindibles – que ni incluye plantar un árbol ni tener un hijo.

Fui con un amigo al bingo más famoso de mi ciudad, que tiene hasta una parada de taxis propia. Ahora los bingos no se entienden como forma de ocio, pero en su momento eran una de las principales alternativas – casi todos nuestros padres han estado en el bingo y muchos de forma habitual. Salir de copas pero ir al bingo antes o después. La cita del bingo era un clásico en la estrategia de seducción. Basta con examinar la ubicación privilegiada de algunos de los locales para darse cuenta de que ese negocio, alguna vez, fue muy próspero.

Lo curioso de sitios como el bingo es que el público habitual es personas con poca formación. Y todo el mundo sabe cómo se juega al bingo. Pero cuando entras en uno, estás totalmente perdido. Sirva esta entrada como guía para aquellos que tengáis un lado bajuno que os neguéis a ignorar.

Lo primero es dejar tu DNI para que te preparen una ficha y comprueben que tienes la edad mínima. También que no estás en la lista de personas que se han autoexcluido de los locales de juego. Nos dejaron pasar sin incidencias.

Delante nuestra, tres clientas de libro: gitanas desaliñadas, con ropa de mercadillo, pelo no Pantene y surtido de bisutería. Mientras se juega al bingo se exige un silencio absoluto, por lo que no te dejan entrar en la sala hasta que concluye la partida en vivo. Ahí nos tocó esperar unos minutos con tan grata compañía.

Entramos en la sala. El aspecto oscuro recuerda a los casinos. Un montón de mesas enormes, como para sentarse ocho personas. En cada mesa, apenas dos o tres jugadores. Buscamos mesa desesperadamente, sin encontrar nada libre. Como dos hoygan, nos sentamos en una mesa apartada, hasta que alguien del personal nos dijo que ahí no nos podíamos sentar. Eso al menos, sirvió para que nos explicara un poco: lo normal es compartir mesa con otra gente.

Volvimos a buscar sitio, esta vez considerando los posibles compañeros de mesa. Las opciones eran todas malas: parejas de más de sesenta años. Grupos de jubiladas de más de setenta. Hombres solos y no exentos de problemas. Gitanas. Barajando entre pésimas opciones, encontramos una mesa libre. Comienza la diversión.

Ganar a la banca

A pesar de querer vivir la experiencia, las intenciones de perder dinero eran mínimas. Es más, nos planteamos el reto de ganar dinero. Todo basado en un hecho poco conocido por la mayoría de la población: la comida y la bebida en los bingos es muy barata. Así que si vas buscando tomarte unas copas tiradas de precio, el bingo es uno de los locales más a considerar. Precios de bar de barrio lleno de borrachos. En nuestro caso nos lanzamos de cabeza a la oferta del día: cena gratis.

Si sólo vas por la comida gratis, es importante ir bien vestido. Así que desempolvé el traje que sólo uso para experiencias extremas y llegamos al bingo con un aspecto Ocean’s Eleven que sabíamos era totalmente inapropiado. La gente que va al bingo no sólo viste con ropa de calle, en muchos casos son modelitos que pasarían por un pijama. Vestidos con traje y corbata, el cantazo estaba asegurado.

– Venimos por la cena gratis.
– Para eso, hay que jugar.

El objetivo pasaba a jugar lo mínimo posible para tener derecho a esa cena. Jugamos dos cartones de trámite. Costaban dos euros, de los cuales el Estado se queda con 0,40€. La empresa se queda otros 0,40€ y el resto, se juegan entre todos los participantes. La tensión se corta con un cuchillo mientras se dicen los números a toda velocidad. Una partida no durará más de dos minutos y el ganador del bingo suele serlo tras unas 75 bolas – entre las que se ha cantado una línea. La velocidad es frenética, así que si pierdes un número, porque alguien te ha distraído, se despiertan tus ansias de matar. Evita ser el causante de ese ruido.

Cuando se canta el bingo o la línea, se dispone de un sistema automático que detecta inmediatamente entre todos los cartones vendidos si hay un ganador. La verificación es casi instantánea y no admite errores. En la sala estábamos unas 80 personas. Por ganar un bingo, el premio eran unos 100 euros y se paga en efectivo en el acto.

Tras quedarnos a varios números de esperanza de premio, pusimos cara de tener hambre y pedimos al camarero. Había que jugar más.

Entre partida y partida hay un descanso de unos tres minutos, que sirve para que la gente hable, coma, tome sus bebidas, tenga algo parecido a un descanso. Los vendedores reparten los cartones a 2€ y los camareros sirven la cena. Nosotros observábamos de tapadillo la fauna de semejante circo humano. Dejamos pasar un par de partidas y volvimos a comprar dos cartones, con certidumbre de derrota.

Tras volver a perder, el camarero nos vio con mejores ojos. Pudimos pedir la bebida, la comida era menú único. Al rato aparecería la sopa, pero para entonces ya habíamos vuelto a perder: dos cartones más. Dos por dos por tres ya son 12 euros perdidos.

Qué decir de la sopa. Tomarte una sopa templada, mientras cantan números, en semi tiniebla, rodeados de personas hostiles que insisten en que compres más cartones. Al margen del desfavorable entorno, era peor que comida carcelaria. Tropezones escasos, salados y duros. Todo aderezado con el típico chusco de pan imprescindible en los menús del INMSERSO, que ni me molesté en quitar del envoltorio de papel.

Entre primero y segundo, y para tratar de digerir la sopa, fuimos a por otro cartón más. Jamás tuvimos opciones de acercarnos a un premio. Algunos se enfadaban por no haber conseguido su bingo – haberse quedado a falta de un número. Para nosotros era cuestión de tener nuestra cena low cost.

Llegó el segundo y aunque el aspecto era aceptable, la calidad era inexistente. Una ensalada embadurnada en un aceite muy poco virgen. Una sepia rebozada, más bien templada. Aunque se dejaba comer todo, era rancho de la peor calaña y nutricionalmente un crimen de lesa humanidad.

Dimos cuenta de esa porquería, esperando al postre que era la crónica de una muerte anunciada. Piña y melocotón en almíbar, sin paños calientes. Menú carcelario, de camping, de scouts, de escuela de verano, de comedor social. A euro la tonelada. Ya no recuerdo bien si jugamos algún cartón más. Incluso contando casos de comida en mal estado y cenas en China señalando un amasijo de signos en la carta, era lo peor que había comido en toda mi vida. Ahora bien, tirando de money-value, había sido una cena para dos a unos 16 euros. Precios de McDonald’s con opciones de haber ganado un premio de 100 euros.

Mientras estábamos en los postres se nos sentó una pareja en la misma mesa. En los cincuenta largos, ambos parecían estar bastante borrachos y trataban de hacerse los simpáticos mientras tachábamos números con menos esperanza que un náufrago. Cuando terminó la partida, se pelearon por elegir entre los dos cartones que les habían vendido – uno traía suerte, el otro no. Nosotros ya estábamos en retirada, la típica sensación de haber ganado a la banca y hecho un poco el gilipollas. Luego pensé que si escribía sobre nuestra experiencia y lo llenaba todo de publicidad contextual, recuperaría algo de mi dignidad perdida.

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