Economía colaborativa

Se ha sugerido, por ejemplo, que un gran desarrollo de las industrias de servicios puede dar trabajo a los seres humanos. Así, la gente pasaría su tiempo limpiándose los zapatos unos a otros, llevándose unos a otros en taxi, haciéndose artesanía, esperando en la mesa de otros, etc.

Casi todas las citas acertadas sobre cómo será el futuro, de escritores de ciencia ficción y científicos, están totalmente sacadas de contexto. Dos párrafos más abajo de aquel en el que se vaticinaba la creación de Internet, o de los móviles, o los selfies, hay uno donde se mencionan coches voladores, relaciones sexuales con extraterrestres y un mundo sin guerras.

La cita inicial es, sin embargo, totalmente coherente y acertada con el resto del libro al que pertenece. Se trata de La sociedad industrial y su futuro, obra escrita en 1995 donde claramente se expone lo que ahora se denomina como “Economía Colaborativa“.

Lo malo de ese libro es que es más conocido como “Manifiesto Unabomber”, la obra de Theodore Kaczynski – un asesino en serie.

El autor estaba loco pero es un libro muy cuerdo e interesante. Iquietamente acertado en su visión del futuro hacia el que se encaminaba el mundo por la excesiva tecnificación.

Muchos expertos hablan sobre las bondades de la economía colaborativa desde su tribuna. O desde la aparente posición de autoridad que da el haberla usado en algunas ocasiones. ¿Quién no ha alquilado nunca un apartamento con Airbnb? ¿O viajado en coche con Blablacar? ¿O usado un taxi de Uber?

Hay sin embargo una gran diferencia en mirar esta economía colaborativa sólo del lado del consumidor. Estamos hablando de servicios entre personas. Al otro lado no hay una enorme corporación despiadada por la que uno no debe sentir la más mínima solidaridad. De lo que no se suele hablar cuando se habla de Economía Colaborativa, es de que a veces el proveedor de servicios no está ganando casi nada.

Una importante salvedad en este tipo de Economía es mencionar que hay muchos servicios que se realizan sin un verdadero interés económico – o sexual. La mayoría de la gente que aloja usando Couchsurfing o gran parte de los que comparten coche con Blablacar lo hacen simplemente por ayudar a otras personas y porque ayudando a otros, te ayudas a ti mismo.

Pero luego está la verdadera economía entre particulares, cuyos máximos exponentes son Uber – taxi entre particulares – y Airbnb – alquiler de apartamentos.

Hace unos meses leí un artículo muy interesante sobre Uber. Buscándolo he encontrado esta nota, que es un grotesco inciso, pero interesante.

En el otoño de 1969 la Policía de Montreal fue a la huelga durante 16 horas. Montreal era y sigue siendo una ciudad de primer nivel en un país considerado uno de los más estables y legales del mundo. ¿Y qué pasó durante esa huelga? El caos. Hubo tantos robos de bancos a plena luz del día, que virtualmente todas las oficinas bancarias tuvieron que cerrar. Los saqueadores arrasaron el centro de Montreal, rompiendo escaparates. Lo más chocante de todo fue una disputa que existía desde hacía tiempo entre los taxistas de la ciudad y un servicio de alquiler de vehículos llamado Murray Hill Limousine Service, sobre el derecho a recoger pasajeros del aeropuerto. Aprovechando la huelga, ambas compañías recurrieron a la violencia, como si de dos facciones rivales en la Europa Medieval se tratasen. Los taxistas cargaron contra las oficinas de Murray Hill con bombas de gasolina. Los guardas de seguridad de Murray Hill dispararon contra ellos. Los taxistas prendieron fuego a un autobús y lo estrellaron en llamas contra las puertas cerradas del garaje de Murray Hill. Pero estamos hablando de Canadá, en cuanto la policía volvió al trabajo, el orden se restauró totalmente.

Volviendo al artículo sobre Uber, un periodista decidió hacerse taxista de Uber ante la escasez de testimonios de primera mano que expusieran cómo es esta Economía Colaborativa desde el asiento del piloto.

Dicho artículo no tiene desperdicio y en él el autor expone los grandes males de intentar ganarse la vida – o una parte de ella – conduciendo. La experiencia se refiere a Philadelphia, en los Estados Unidos. Está claro que en un país menos desarrollado los números sólo pueden ser…peores.

a) Sueldo mínimo. Cuando se hace balance de lo que se ha cobrado por hora, y se quitan las comisiones y gastos del vehículo – ignorando gastos genéricos pero elevados como el seguro del vehículo o los gastos de limpieza – se llega a un sueldo similar a trabajar en un McDonald’s. Pero sin Seguridad Social.
b) Es por ello que la inmensa mayoría de las personas que se dedican a llevar estos taxis acaban siendo inmigrantes.
c) Obsesivo control por parte de Uber. Si no tomas suficientes pasajeros, si tardas demasiado, si no te valoran elevadamente, la calidad del servicio empeora progresivamente. Los mejores conductores reciben los mejores pasajeros mientras que los peores – o simplemente los que lo hagan de forma menos profesional, aunque solo sea por dedicar a ello pocas horas – tendrán las carreras que nadie quiere hacer. Esto se traduce en un enorme estrés ante cada aspecto del trabajo, al conocer que todo está siendo monitorizado y valorado.
d) Dependencia de las valoraciones. Al tratarse de un servicio social, las valoraciones son fundamentales para todos los aspectos. Eso lleva a una escalada de calidad del servicio que es excelente para los viajeros, pero simplemente insostenible. Aparte de cobrar menos que en un Burguer King, tienes que hacer más que un taxista normal: tienes que tener periódicos, cargadores de móvil, refrescos gratis, caramelos. Todo sirve para garantizar el 5/5, en un mundo en que un 4,5 no es suficiente.
e) Experiencias bizarras. Es inevitable que, al realizar cualquier trabajo de este tipo, te tropieces con gente extraña. Los taxis los usan personas que están drogadas, que huelen mal, que ligan agresivamente con la conductora. Y lo peor de todo es que esa gente, también te vota.

El resumen del periodista era el que se encuentra en numerosos foros de conductores:

Mi consejo es que busques un trabajo mejor. No te cargues tu coche y malgastes tu tiempo con este trabajucho. Esto no lleva a ninguna parte y está quemando a los conductores.

Vivimos en un mundo complicado. Basta tomar un taxi en Rusia para entender que Uber es un negocio con mucho sentido. Pero un taxi en Estambul te hace cuestionarlo – Uber en Turquía es más caro que un taxi convencional, que además no tiene riesgos ni engaños. Paradójicamente en la Economía Colaborativa de las personas es sólo una gran multinacional la que gana mucho dinero, mientras que los empleados a veces hasta lo pierden.

Aprovechando que tengo un apartamento decidí probar el otro lado de la barrera de la Economía Colaborativa con Airbnb. Como todo en la vida lo hice por múltiples razones, una de ellas poder escribir este artículo.

Decidí alquilar una habitación que tengo en mi casa y en la que a veces alojo – gratis – a gente mediante Couchsurfing. ¿Por qué no ganar algo de dinero?

Preparé mi anuncio con el detalle de alguien que lleva años publicando artículos con gancho en Internet. Por supuesto que podría hacer mejores fotos, escribir descripciones más atractivas y venderme mejor, pero puedo garantizaros que mi anuncio era muy bueno.

Llegaba sin embargo el amargo momento de fijar un precio por la noche en esa habitación. Airbnb sugiere implacablemente un precio de 12 euros por noche. Unas cuantas búsquedas en zonas similares, para apartamentos de características similares te muestra que efectivamente, ese es el precio de mercado. Hasta el grotesco punto de que 11 euros por noche llevaron a que tuviera mi primera reserva en cuestión de minutos y que a 14 euros la noche, nadie quiso realizar una reserva durante semanas.

Ahora bien, el precio de Airbnb es tan bajo – en la habitación pueden dormir dos personas que se quieran razonablemente – que es menos de la mitad de lo que cuesta un albergue, con la ventaja añadida de que tienes una habitación privada y un cuarto de baño que, aunque compartido, no recuerda a un cuartel militar.

La primera noche como anfitrión de Airbnb recibí a dos chicas de Filipinas que, probablemente, eran de la burguesía del país. Es divertido el mundo colaborativo porque a menudo el proveedor del servicio tiene menos dinero que el prestatario. Aunque las chicas habían pagado 11 euros en total por la habitación, estaba claro que ellas tenían bastante más dinero que yo – que tampoco estoy nada mal.

La situación no me suponía ningún trastorno porque he alojado a cientos de miles de personas – aproximadamente – con Couchsurfing, pero había definitivamente algo diferente. No se trataba de una relación despreocupada entre desconocidos a los que les falta un tornillo. Notabas la distancia de dos personas que esperan profesionalidad en su servicio.

Pocas veces puedes tener mejor suerte que la que tuvieron ellas. Habían alquilado otro lugar pero luego tuvieron un cambio de planes y decidieron volar a mi ciudad una noche antes. Ese otro alojamiento no tenía disponibilidad para esa noche pero justo se pusieron a buscar una alternativa en el mismo instante en que yo publicaba mi anuncio. Mi casa estaba a escasos 10 metros de la otra vivienda y yo la estaba alquilando básicamente por curiosidad.

Cuando se marcharon tocó la rutina de cambiar las sábanas – un lujo que te puedes permitir obviar con los invitados de Couchsurfing – y quitar pelos del baño. Es cierto que había ganado 11 euros sin salir de casa. Y que si lo hiciera cada día del año podría tener una especie de alquiler de habitación por 350 euros – caro para su valor de mercado, pero jamás compensado por el trabajo que eso lleva.

Luego alojé a otras cuatro personas más. Nunca fue una experiencia que me gustase o que percibiera como remotamente rentable. Además, fui subiendo gradualmente el precio – lo máximo que pude conseguir fue 16 euros la noche para dos personas – y notabas que esas personas lo percibían como un valor justo. Al fin y al cabo en el mercado había alternativas de calidad similar al mismo precio.

Incluso con un anuncio sin ánimo de lucro y un precio que tuve que ocultar a mis amigos de Facebook, había gente que te escribía con propuestas raras buscando mayores descuentos.

Leyendo y preguntando sobre el otro lado uno se da cuenta de que efectivamente, hay una forma de vida posible simplemente en el hecho de usar tu casa alquilando habitaciones. Eso ha existido desde los tiempos de Franco y es sólo ahora mucho más fácil de organizar. Si tienes una casa grande, con tres habitaciones que son susceptibles de ser llamadas dormitorios, puedes tener algo parecido a un modo de vida si vives en una ciudad muy turística. Es una especie de albergue de tamaño reducido – incluso algunos se anuncian como tal en Tripadvisor! Pero qué duda cabe que es un negocio trapero, sin garantías para ninguna de las partes. Es ridículo que una gran empresa tenga que cumplir extensísimos reglamentos de todo tipo, hasta en la calidad de las sábanas que ofrecen sus camas, mientras que en mi casa puedo alojar a cuatro belgas en una misma cama que no pienso lavar hasta que sea domingo. Si a alguien le desaparece algo de su habitación, no hay cobertura legal de ningún tipo. Y el seguro de Airbnb en estas situaciones será digno del Club de la Comedia.

También he probado Blablacar, pero sólo del lado del pasajero. La Economía Colaborativa es tan favorable al consumidor que cuesta pensar en volver a la “economía normal”. Un conductor de Blablacar me recogió casi en la puerta de casa. Y hubiera esperado unos minutos si yo hubiera llegado tarde. Me dejó en la puerta del hotel en mi destino, evitando tener que hacer trasbordos que ni siquiera el tren me hubiera evitado. Pararon cuando me apetecía ir al baño. Al consumir un servicio de este tipo, puedes conseguir un trato incluso superior a si viajaras con un familiar.

Haber probado todos estos servicios desde ambos lados me llevan a la conclusión de que uno debe usarlos tanto como sea posible, porque básicamente son prestaciones a precio de saldo. En muchos casos el prestador de los mismos no está ganando nada, pero con una enorme sonrisa a la caza de sus soñadas cinco estrellas.

A pesar de que el anterior párrafo hubiera sido un elegante final, hay que mencionar que, como todo negocio, puede usarse con inteligencia para obtener mucho provecho si se pesca en río revuelto. A nadie le hace daño tener un perfil creado en Airbnb o Blablacar y conseguir alguna review alta a precio de saldo. Esto luego puede ser aprovechado para anomalías en la oferta y demanda. ¿La final de la Champions League, un concierto de los Rollings, un festival multitudinario, Eurovisión, un Mobile Congress se celebran en tu ciudad? Puedes ganar una pequeña fortuna alquilando tu casa mientras duermes en el coche. Momentos como los trágicos atentados en Bruselas llevan a picos de demanda de vehículos para ir a otras ciudades a cualquier precio.

En resumen, mi visión es que la Economía Colaborativa es parte de nuestra vida. Algo de que aprovecharse como consumidor pero que entender los abusos a que expone al proveedor del servicio. Y que como todo, puede ser usado con cierta mano izquierda para ganar algo de dinero extra en determinadas situaciones. La próxima vez que veas a un conductor de Blablacar o la persona que te recibe en Airbnb, imagínatelo por unos segundos con la sonrisa falsa, la gorra y el inevitable olor a fritanga de McDonald’s.

El buzón

DSC_0023

Cuando aún no había comprado mi casa, el vendedor ya me hablaba de que no tenía la llave del buzón. Conforme se iba cerrando el trato, el destino de la llave era cada vez más incierto. Solo pasada la firma de la compraventa, se confirmó que jamás la conseguiría.

Me tocó reventar el buzón y buscar una cerradura compatible. No fue tarea sencilla, al tratarse de un modelo antiguo de buzones.

El buzón tenía correspondencia de varios meses, más de un año con toda seguridad. Entre el aluvión de publicidad de Carrefour, Media Markt, Telepizza aparecían cartas de bancos, documentos de la Seguridad Social y de Hacienda que más o menos iban dibujando una historia de los habitantes anteriores de la casa.

Al parecer había una persona empadronada en mi vivienda que actualmente vive en Marruecos pero sigue percibiendo algún subsidio social. Todo un clásico. Y una estudiante a la que enviaron el carné de conducir, y con la que tuve que quedar a través de Facebook para entregárselo. Y una familia cuyo exangüe saldo en la cuenta del Santander palidecía ante las notificaciones de comisiones: por tener la cuenta, por tener poco saldo, por recibir correo diciendo que se cobraban comisiones.

Tras tan desigual lectura, decidí que tiraría todas las cartas que llegaran a partir de ese momento. La rutina era sencilla: bajar a mirar el correo cuando tuviera que salir por cualquier motivo. Tirar las cartas al contenedor y hacer lo que tuviera planeado.

Un día sin embargo me di cuenta de que, a la misma distancia que el contenedor de la basura y también de paso, tenía un buzón. Como amante de lo bizarro no pude evitar la tentación de tirar un par de cartas en el buzón.

Para mi sorpresa, sin embargo, las cartas volvieron a mi buzón a los pocos días. Y digo sorpresa porque suponía que esas cartas, con franqueo pagado, supondrán un coste que ni el emisor ni Correos querrán tener que hacer frente en más de una ocasión.

Irremediablemente me vi forzado a echar las cartas de nuevo en el buzón de Correos. Esta vez camuflado como un activista contra las empresas del IBEX-35. El sobrecoste de tener que tramitar esa carta de nuevo tendría que ser pagado o bien por el banco o entidad de turno, o por Correos. En ambos casos dos enormes corporaciones que no tienen paridad en su Consejo de Administración. La realidad es que lo hice porque me costaba lo mismo que tirarlas a la basura: nada.

Así comenzaría un círculo vicioso entre Correos y yo. Las cartas iban y venían durante semanas hasta que ellos se hartaban e incluían un matasellos especial o yo me cansaba de hacer el idiota y las tiraba a la basura. Pero en la mayoría de los casos, las cartas podían cumplir más de 10 reenvíos sin que su destino de ser leídas se cumpliera.

Con semejante desatino, pude comprobar cómo el servicio de envío de cartas – con toda la razón del mundo – se ha ido convirtiendo en uno de las pocas prestaciones que han empeorado con la aparición de Internet. El envío de cartas se ha reducido dramáticamente – es razonable pensar que tenga que desaparecer. Y con ello los tiempos de entrega se han disparado. Antes recibías una carta de cualquier punto de España en menos de dos días. Ahora una carta local, enviada desde enfrente de mi casa, puede tardar 10 días en volver a llegar a mi buzón.

Con delirios de grandeza empiezo a pensar que mi esfuerzo para destruir al Banco de Santander es, al mismo tiempo, una labor solidaria, manteniendo la función de Correos, que al menos deberá mantener una sucursal para dar servicio a este bucle analógico.

País solidario

Siempre que se produce una catástrofe se acaba oyendo, de una forma u otra, que España es un país de gente solidaria. También suele ir de la mano el mencionar que España es un país tolerante con otras religiones, especialmente el Islam.

Spain is one of the less racist, anti-Islamic countries. Spaniards and solidarity are two very well connected concepts. We have close ties with the Islamic culture and with countries like Morocco, so Arab migrants don’t face as many integration problems as they may do in other European countries. As well, and despite of the crisis, there is no big extreme-right xenophobic party in Spain, Le Pen style.

Ahora bien, decir que España es menos racista o más solidaria que otros países implica decir que estos conceptos son, de alguna forma, susceptibles de medida y comparación. Y que en esas métricas, España puntúa alto.

Antes de entrar en otras consideraciones, merece la pena sacar de la ecuación aquello de que “España es líder mundial en donaciones de órganos”. Es así, y es algo de lo que estar orgullosos. Pero no se trata de una decisión particular de los ciudadanos, sino de haber decidido que todo el mundo sea donante salvo que opine lo contrario – una excelente medida.

¿Qué es un país solidario? Se han intentado algunas clasificaciones al respecto, como el World Giving Index, que compara las respuestas de ciudadanos de distintos a países a preguntas del tipo:

¿Has ayudado a algún extraño, o alguien que no conocieras que necesitara ayuda?
¿Has donado dinero a una ONG?
¿Has realizado trabajo voluntario en una ONG?

Los resultados son extraños, liderando el ranking Myanmar (!) seguida de Estados Unidos y algunos de los países más ricos del mundo intercalados con Sri-Lanka o Malasia en el top 10 y España en la posición 58 (de unos 150 países).

Aceptando estos datos España estaría ligeramente por encima de la media. Nada de que avergonzarse, pero tampoco para estar especialmente orgullosos.

Sin embargo el ranking es enormemente subjetivo. Deja a Grecia, el país que prácticamente inventó el concepto de hospitalidad, en el puesto 140, casi el último. Una gran cantidad de países parecen ordenados al azar, sobre todo cuando se observan en el mapa de distribución. Según la cita más arriba señalada, la solidaridad española está relacionada con países como Marruecos. que, sin embargo, aparece en un pésimo 126º puesto en dicho listado.

¿Es al menos España un país con bajo anti islamismo? Esto es aún más complicado de cuantificar. El 7.5% de la población francesa es musulmana y un 6% de la población belga pero apenas un 2.3% de la española. Prácticamente cualquier clasificación que se haga al respecto debería ponderar estas diferencias – pero esto nunca se hace. Francia tiene el triple de musulmanes que España, es una enorme minoría. ¿Hay rechazo en España a los albaneses, georgianos o guatemaltecos? Desde luego que no. Y no porque seamos muy solidarios, sino porque no conocemos a casi nadie de dichos países.

Una medida interesante para medir el rechazo a otras religiones es recurrir a los judíos. Son una comunidad enormemente minoritaria por toda Europa y al mismo tiempo son muy dados a cuantificar los que son hostiles con ellos.

El índice ADL global realiza una clasificación por países de su aceptación o rechazo hacia los judíos. Los participantes tuvieron que responder a preguntas del tipo:

¿Cree que los judíos tienen demasiado poder en el mundo de los negocios?
¿Cree que los judíos pasan demasiado tiempo hablando de lo que les sucedió en el Holocausto?
¿Con qué frecuencia hay violencia contra los judíos en tu país?

En el ranking de Europa Occidental, España consigue un notable tercer puesto con un 29% de antisemitismo. Grecia lidera implacablemente dicho listado con un inalcanzable 69% – muy por encima incluso de Irán (56%), acérrimo enemigo de Israel.

Incluyendo el resto de países de Europa, España ocupa una posición intermedia. No somos más antisemitas que otros, pero tampoco mucho menos.

Al final España no se destaca ni en lo positivo ni en lo negativo en ninguno de estos aspectos. Somos un país más, ni mejor ni peor que otros. Para mi sorpresa sin embargo, Grecia puntúa muy alto en el ranking de los peores países y esta vez no por razones económicas.

Conciliación laboral

Hace unos días estuve viendo el programa de Salvados sobre la conciliación laboral. En dicho programa se comparaba la difícil situación para conciliar vida laboral y personal en familias de España y Suecia.

En general el concepto del programa ‘Salvados’ no me gusta nada y este episodio no fue una excepción. Solo la idea de comparar un aspecto de la vida de dos países, de forma totalmente aislada, es simplista o manipuladora. O una deliberada mezcla de ambas cosas.

¿Por qué comparar con Suecia? Desde luego que es uno de los países más ricos del mundo. Pero aún dentro de esta lista, hay numerosos países donde apenas hay cobertura social suficiente como para poder cuidar holgadamente de un hijo mientras se trabaja. Estados Unidos, Alemania u Holanda no tienen coberturas que se parezcan a las que ofrece Suecia, pareciéndose mucho más a España en ese aspecto.

Cierto es que la inexistente conciliación laboral en España, que en muchísimos casos sólo es posible gracias a los abuelos, es un problema. Pero ese programa no exponía ninguna solución posible, salvo la manida: España tiene mucha corrupción – que la tiene – y con el dinero de la corrupción, se podrían pagar un montón de compensaciones sociales.

Pero ese dinero de la corrupción tiene que dar también para la memoria histórica, para poner un policía a cada mujer maltratada, para el cuidado de personas dependientes, para una Sanidad que cubra cada aspecto mejorable. Tiene que dar para mejorar la educación y subsidiar la compra de coches y casas. Y para que haya un salario básico universal. Robamos, pero no tanto para poder pagar todo eso con el dinero de la corrupción.

Luego el programa mencionaba que ‘los políticos no quieren’, o más finamente dicho ‘no hay voluntad política’.

En mi opinión el problema de la inexistente tasa de natalidad española es uno de los más graves para el país de cara a su posición mundial dentro de digamos 50 años. Si la población no crece, es casi inevitable que la economía se mantenga en niveles de escaso crecimiento. España es, a día de hoy, el 30º país del mundo por población. En 50 años, bien podríamos estar pasado el puesto 50º. Y la población de un país es uno de los más importantes factores económicos, especialmente en países que ya no están en fases de desarrollo.

Pero en España apenas si se llevan a cabo correcciones cuyos efectos no se notarían en menos de cuatro años. ¿Para qué arreglar un problema que aún no tenemos y por el que no se pueden conseguir votos?

Volviendo a Suecia, ¿Por qué no es legítimo comparar la conciliación laboral en ese país con la del nuestro? Básicamente porque tienen una economía totalmente diferente. Dice la Wikipedia que la economía sueca es una economía orientada hacia la exportación – saludable ventaja de tener un país con poca población – mientras que de la economía española, destaca el relevante factor del turismo.

Nada nuevo bajo el sol, pero un aspecto fundamental si simplemente queremos comparar un típico puesto de trabajo sueco con un típico puesto de trabajo español. Las decisiones sociales en ambos países giran, por fuerza, en torno a empleos medios. En España no hay apenas empresas grandes y las pocas que hay, son continuamente machacadas mediáticamente, con el nuevo soniquete de ‘Las empresas del IBEX35′ popularizado por Podemos.

Como su propio nombre indica, el IBEX35 sólo tiene 35 empresas, entre las que están los supermercados Dia% (el artículo enlazado nada tiene que ver con la realidad actual).

Para sorpresa del presentador durante una de sus preparadas entrevistas, la empresa española que mejor plan de conciliación laboral tiene es Iberdrola. Un infame miembro del IBEX35. En general, casi todas las grandes empresas tienen políticas sociales muy superiores a las de empresas de menor tamaño.

Precisamente las empresas más castigadas por otros programas de ‘Salvados’ son aquellas que mejor tratan a sus empleados. Que pueden permitirse no distinguir si contratan a un hombre o una mujer. Que pueden extender una baja de varios meses sin que sea un insoportable coste.

Paradójicamente es el periodismo una de las profesiones donde menos conciliación laboral existe. Es muy posible que la productora que realizó el programa no tenga nada parecido a planes de conciliación laboral.

¿Qué conciliación laboral puede ofrecer el dueño de un bar, con dos camareros, si uno de ellos falta cada vez que el niño tiene fiebre? Como empresario, el dueño del bar será un hijo de puta. Pero también como empresario será una persona que hará números, que pondrá los precios en función de lo que cobra el bar de al lado y que tiene que pagar sueldos de miseria para poder ser competitivo. Porque su negocio es un negocio de escasos márgenes, mucha competencia y poca estabilidad.

El problema de la conciliación laboral en España es el de su sistema productivo – quizás el mayor problema de todos los que tiene España, por encima de la corrupción y el paro. Tenemos un sistema productivo que no escala, que solo permite racanear céntimos en cañas, en raciones de jamón, en habitaciones de hotel con una cama más pequeña. No tenemos empresas de verdad. O casi.

Una de las pocas empresas españolas de las que estar orgullosos a nivel mundial es Inditex. El gigante de la distribución textil fue, sin embargo, amargamente criticado en otro programa de ‘Salvados’ por contratar mano de obra infantil, mano de obra que no cumple las condiciones de seguridad laboral, etc. Puede que sea verdad que alguna de las camisetas de Zara que tienes en el armario la haya hecho un niño. La cruda realidad es que no importa de qué fabricante sea la camiseta que tienes en el armario para que la posibilidad de mano de obra infantil esté ahí.

Inditex está en un negocio que funciona así. Márgenes pequeños pero con economías de escala. Sería bonito que toda la ropa de Inditex se fabricara en Alicante, pero en tal caso Inditex no sería competitiva a nivel mundial – posiblemente ni siquiera a nivel nacional.

Un artículo muy interesante que leí hace unos meses se titula ‘Por qué es imposible comprar (ropa) éticamente’. En él aborda la problemática de este tipo de empresas. El artículo detalla que la industria textil funciona con una enorme cantidad de intermediarios y mayoristas. Inditex no tiene fábricas en Vietnam, China o Malasia. Tiene acuerdos con mayoristas en esos países que a su vez tienen acuerdos con empresas que operan en estos países.

En el articulo mencionan que son las grandes empresas – como Inditex – las únicas que tratan, a veces infructuosamente – de evitar a los fabricantes que permiten peores condiciones laborales. Así, si evitas a los grandes como Inditex, Mango, H&M, es posible que acabes en una marca de segunda fila que, esta vez ya sí, te puede garantizar al 100% que tu camiseta ha sido fabricada por un niño. Por lo tanto, la idea de comprar éticamente te acaba llevando precisamente a los comerciantes menos éticos.

Para tener opciones de conciliar vida laboral y personal necesitamos más Inditex en España. No necesitamos que España sea el nuevo centro de fabricación de camisetas, insistiendo en los empleos con poco valor añadido, de talleres pequeños. Necesitamos que haya puestos de alto nivel que se creen en España. Volviendo al ejemplo sueco, ¿Queremos un arsenal de reponedores y cajeros en los Ikea de España, o los asexuales ingenieros que diseñan los muebles de nombres impronunciables?

¿Pero cómo puede permitirse Suecia tener tantos servicios sociales? Para conseguirlo, ha llegado a un sistema impositivo bastante asfixiante, con una media del 45% del sueldo destinado a impuestos y un IVA del 24% en prácticamente todo. Si España aumentara su presión impositiva a estos mismos niveles, para permitir una mejor conciliación, podríamos llegar a unas coberturas similares a las suecas. ¿Pero, estaríamos dispuestos a hacer ese esfuerzo?

El programa de televisión simplísticamente culpabilizaba a los políticos pero ante un reto así, no se puede fabricar el dinero de la nada. Hay que tomarlo de alguna parte. Y lo tenemos que poner el resto de los españoles.

Así, en una economía de libre mercado, al estilo americano, cada uno tiene que pagar lo suyo. Compras un coche, pagas sus impuestos. Conduces sus carreteras, pagas sus impuestos. Tienes un hijo, pagas su guardería. El estilo sueco es más social: todo el mundo paga lo de todos – en los coches no. ¿Quiero yo, que he renunciado a tener hijos por la difícil conciliación laboral, pagar las guarderías del resto de españoles? ¿Y la dependencia de los abuelos que yo ya no tengo? ¿Y la educación con ordenadores de los hijos que no tengo? No es una pregunta retórica, sino directamente al bolsillo. ¿Estaría dispuesto a pagar 50 ó 150 euros al mes, cada mes, para que haya esa cobertura social a las personas que han tenido un hijo?

Si el programa se hubiera afrontado con esa pregunta la mayoría de la gente que no tiene hijos habría dicho que no, que prefiere España con sus cañas baratas a Suecia y sus días oscuros. Pero cuando se pinta todo en blanco y negro, con los malísimos políticos y empresarios, se llega a una historia fácil, pero que no es real. Y sobre todo, que no aporta soluciones, sólo lloriqueos.

La edad dorada

Hace unos meses publicó The Economist un especial sobre Nigeria. Se trata de un enorme desconocido pero con unas posibilidades de crecimiento enormes, aunque sólo fuera por la tracción que genera su enorme población actual: unos 170 millones de habitantes – cuatro veces España.

Los artículos mostraban un país lleno de contradicciones, en ciertos aspectos muy avanzado y en otros totalmente primitivo y rudimentario. Uno de los principales problemas que afronta es la falta de fiabilidad del suministro eléctrico. Vivir en Nigeria, ya sea en la capital o en ciudades pequeñas, en un barrio pobre o rico, significa que cualquier día puede haber un corte de electricidad de varias horas o días.

Nigeria se jacta de tener una enorme población de emigrantes. Unos 17 millones de nigerianos viven fuera de su país, una gran parte de ellos en Reino Unido y Estados Unidos. Muchos de sus expatriados mandan dinero a sus familias, siendo esta una importante fuente de ingresos para el país.

Leyendo todos los artículos, con la característica falta de posicionamiento de The Economist, uno se da cuenta de un sorprendente hecho: a pesar de la corrupción, los asesinatos y delitos sin siquiera investigar, la falta de infraestructuras y de luz eléctrica, muchos nigerianos, bien asentados en sus países de acogida, deciden volver a instalarse en su país.

Desde luego, el arraigo y la familia influyen mucho en su retorno. Pero son muchos los que mencionan un sorprendente motivo: Nigeria es un país interesante donde vivir.

Acostumbrados a vivir entre algodones rodeados de todo tipo de comodidades solemos olvidar que muchas incomodidades tienen partes positivas: nos hacen la vida más compleja y, por lo tanto, más rica.

Reflexionando sobre ese artículo – tiempo he tenido – me recuerda a la época de Internet que vivíamos hace 10 años. Nadie tenía Internet en el móvil y un elevado porcentaje ni siquiera tenía conexiones de alta velocidad. La gente se comunicaba por Messenger, Gmail era un sistema de correo minoritario. Terra trataba de ser un gigante tecnológico y tenía una elevada cuota de mercado de las visitas de Internet. Se cuestionaba si la Wikipedia tenía contenido de calidad o siquiera relevante.

Al mismo tiempo vivíamos en una especie de jungla. Las cartas nigerianas te llegaban al correo y tenían su público. El phishing también funcionaba y en Messenger se podía uno inventar la identidad porque nadie colgaba su verdadera foto o su nombre. Había arrestos puntuales por descargas ilegales. En el trabajo no te dejaban navegar por Internet.

Pero como diría García Márquez, el mundo olía como a nuevo. Todos los días había noticias sorprendentes, inesperados productos que se volvían imprescindibles con la misma velocidad que otros perdían todo el interés de inmediato. Las páginas no se veían bien fuera de Internet Explorer, pero ahí se veían muy bien y estaban llenas de detalles originales. Los gifs animados habían conquistado el mundo pero ya estaban en retirada. Los blogs un día florecían para al siguiente, desvanecerse.

En términos absolutos, el Internet de hace diez años era una puta mierda comparado con el de ahora. Pero del mismo modo, el Internet que ahora tenemos está dejando de ser interesante. No hay proyectos sorprendentes que no tengan detrás un montón de dinero. La mayoría de la gente se pasa el tiempo de forma pasiva, reenviando o haciendo me gusta. Nadie escribe, el teclado se ha convertido en una parte opcional de la interfaz, que aparece sólo bajo demanda explícita del usuario. Las búsquedas de Google arrojan resultados de hace 5 o 10 años – que siguen siendo las más relevantes. Internet está ya casi completado y eso lo hace muy útil pero también muy aburrido.

Debemos sentirnos privilegiados de haber vivido esta edad dorada. Volviendo a los nigerianos, uno entiende totalmente que decidan volver a su país.

A Walk in the Woods

A Walk in the Woods es el nombre de una novela que publicó en 1998 el famoso escritor de viajes – que alcanzó su mayor fama por un libro de divulgación científica – Bill Bryson. En ella narra la historia de dos viejos que, sin pensarlo demasiado, deciden realizar el Sendero de los Apalaches: una ruta de senderismo de unos 3.500 km, es decir, unos cuatro Caminos de Santiago – de los de verdad. La novela está basada en hechos reales que protagonizó el escritor de la misma junto con un amigo suyo.

Sobre dicha novela se ha llevado al cine recientemente una adaptación, protagonizada por Robert Redford. De la película me ha llamado muchísimo la atención el desquiciado uso de la edad por parte de esta versión.

Robert Redford protagoniza la película por el sencillo hecho de que es él el que decidió llevarla al cine, tras disfrutar mucho con la novela. Incluso había pensado que su compañero de reparto fuera su amigo Paul Newman.

Ahora bien, la esencia misma de la novela es un hecho real: dos tipos sin condición física, descuidados y con vidas muy sedentarias, se lanzan a un último reto físico que tiene pocas perspectivas de tener éxito. La historia gira en torno a dicho desafío y la edad de los participantes es aún más importante que el hecho de que se lleve a cabo en el Sendero de los Apalaches o cualquier otro lugar.

Sin embargo, hoy en día parece que no se puede decir que una persona de 47, la edad con que Bill Bryson escribió el libro, puede ser ya mayor y estar en declive. Bill Bryson es un gran escritor pero nunca se ha preocupado mucho por su dieta o por hacer ejercicio. No deja de ser una persona bastante común para su edad.

Ahora bien, para adaptar la novela no se puede usar un actor de su edad. George Clooney tiene 54 años y un aspecto mucho más deportivo del que encajaría en ese papel. No obstante, con Robert Redford, que cuenta con 79 años, se da un salto en la ficción totalmente delirante.

En la película se trata de solventar esa desproporcionada diferencia de edad haciéndolo pasar por alguien más joven. Rejuvenecer a un actor viejo para que parezca un viejo pero no demasiado, es bastante grotesco. Para colmo de males, en la película representa a la mujer del protagonista (Robert Redford) la actriz Emma Thompson, que tiene el mismo aspecto y corte de pelo que hace 30 años. Esta actriz tiene en la actualidad 56 años – 23 años menos que Robert Redford.

Elegir a una actriz que puede considerarse el equivalente femenino a Jordi Hurtado es un despropósito absoluto que hace aún más confusa la historia. Tenemos a un hombre de 79 representando a uno de 47 con una mujer de 56 que aparenta 40.

Estamos acostumbrados a que los actores tengan parejas femeninas mucho más jóvenes, pero en una película que va sobre viejos y el mismo acto de envejecer, se ha cometido un despropósito digno de mención.

Nota: Al margen de eso, es una película que no está mal, dentro de que es una historia donde no caben los giros inesperados, enredos de pareja o ningún tipo de aventura exagerada.

Power for Youth

Me envía ING un enlace a una página que han creado para Unicef, “Lo que de verdad pensamos“. Se trata de un vídeo donde se le pregunta a gente de todo el mundo, ¿Qué piensan de los adolescentes?. Tras recoger sus opiniones negativas al respecto – que los adolescentes son egoístas, inconstantes, insolidarios, incapaces de completar nada, hedonistas – se muestran casos concretos donde jóvenes brillan en ciencia, deporte, arte o solidaridad.

Tras ver dichos casos que contradicen las opiniones expresadas por esas personas anónimas, se les vuelve a pedir que opinen, esta vez dándose cuenta de cuán equivocados estaban.

Se trata del típico vídeo buen rollero que te saca una sonrisa. Pero que es una enorme tomadura de pelo a poco que uno deje de lado la parte emocional.

Cuando se nos pregunta por los adolescentes, los jóvenes, las mujeres, los negros, los rusos, los minusválidos, cualquier colectivo, se espera que demos una opinión general sobre un individuo promedio. Y así hacen las personas que salen al comienzo del vídeo. Y su definición, no es del todo desacertada. Sin embargo, mostrando los casos extremos y excepcionales se trata de desmontar un razonamiento mediante emociones.

El mismo caso hubiera sido si, en lugar de mostrar jóvenes prodigios, hubieran recurrido a jóvenes violadores, asesinos múltiples, locos peligrosos – que los hay entre los adolescentes. En este caso, nos hubiéramos sospechado que estamos ante una preocupante pieza de propaganda radical. El joven promedio no es tan terrible como tratan de mostrarnos.

Personalmente me preocupa un poco la deriva creciente hacia contenidos sin ninguna lógica pero con mensaje positivista. Una tergiversación positivista no deja de ser una manipulación. Peligrosa por cuanto nos aleja de la realidad, mostrándonos un mundo ideal que, simplemente, no es así.

Un aspecto interesante de los adolescentes presentados en dicha promoción es que aunque todos son indudablemente grandes ejemplos, no se tratan de los mejores en su categoría, sino de aquellos que tienen más repercusión mediática en redes sociales.

Me centraré en Luke Harmon-Vellotti, que tiene página web para fans y patrocinadores, uno de los chicos mencionados en la promoción. Es un “ajedrecista, tres veces campeón nacional de Estados Unidos”. Lo de los campeones nacionales siempre me ha puesto de los nervios. ¿Sabías que el Villareal ganó la liga de fútbol 2014/2015? No, no fue el Barcelona. Eso sí, estoy hablando de la categoría juvenil. ¿Qué mérito extraordinario tiene que un adolescente gane el Campeonato Nacional para adolescentes? ¡Sólo un adolescente puede ganarlo!

El problema es que hay docenas de ejemplos de jugadores jóvenes con carreras más espectaculares. Irán tiene a un chico de 12 años que ya es más fuerte que Vellotti. De China, mejor ni hablar.

Para más inri, ¡Vellotti es ya un jugador de ajedrez retirado!

vellotti

Otro caso del que seguramente se podría hablar mucho es el de Alyssa Carson que “aspira a ser el primer humano en llegar a Marte”. Teniendo en cuenta que la NASA no tiene nada claro que esté dispuesta a enviar una misión a este planeta, y que aún así está muy por ver que no se le adelantara otro país. Pero al tratarse de una joven, no se tiene por qué destruir ilusiones. Según se lee entre líneas en las noticias que hablan de Alyssa, hay sospechas razonables de que ni siquiera pueda llegar a ser una astronauta. Es una más dentro de tantos aspirantes.

En resumen, las historias de buen rollo que cada vez nos invaden más, una y otra vez nos recuerdan aquella frase de “no dejes que la verdad te arruine una buena historia”. Nunca antes la verdad había sido menos importante que en estos tiempos de superficialidad y “me gusta”.

Perros abandonados

A primeros de año siempre se oye la noticia de la gente que regala mascotas y la alerta de que muchos de esos animales acabarán, pocos meses después abandonados.

La solución que mencionan para evitar este problema es siempre la misma: adoptar perros, en vez de comprarlos.

Es sorprendente como se puede aceptar algo tan falto de lógica, que se repite año tras año, tan solo porque emocionalmente se percibe como la medida adecuada.

Supongamos que los perros fueran teléfonos móviles de última generación y que los que los compran no son otros sino abuelos, con su escasa facilidad para adoptar nuevas tecnologías.

Tarde o temprano se enfrentan a los problemas de usar aparatos tan complejos. En muchos casos la dificultad les supera y acaban solicitando volver a los teléfonos que tenían antes.

Ahora apliquemos la lógica de los perros abandonados: en lugar de comprarse un Iphone nuevo, hubiera sido mucho mejor que se compraran un plasticoso Samsung de gama baja y encima de segunda mano. De esa forma, se evitarían los problemas de abandono de teléfonos móviles.

Lo obvio es que es mucho más fácil que el abuelo sepa manejarse con un teléfono de primera calidad, con usabilidad cuidada hasta el paroxismo y estética provocadora de erecciones, antes que con un telefóno que evoca miseria, descuido y en que nada funciona del todo bien.

El que compra y abandona cuando el cachorro crece y se convierte en un problema es una persona de valores morales en números negativos. Si adoptara un perro, sus valores no cambiarian. Por el contrario, se daría cuenta mucho antes de que no quiere un perro estéticamente mediocre, ya mayor y con posibles problemas psicológicos. Y lo abandonaría. El número de abandonos aumentaría, pues habría más motivos para el rechazo, incluyendo los atenuantes psicológicos de “yo no soy el que lo abandonó la primera vez” y el nada despreciable de valorar poco aquello por lo que no se ha pagado nada.

Adoptar perros es muy noble, pero si le preguntas a una persona que trabaja en un refugio para animales maltratados, ante cualquier problema su solución será “que hay que adoptar más perros”. ¿Violencia de género? Hay que adoptar más perros. ¿Desempleo? Adoptar perros.

La verdadera solución es que ese tipo de personas no compre perros jamás. Y los que si tienen humanidad, que los adopten o compren. Pero como todo tiene que ser democrático, tenemos que aceptar este tipo de consejos genéricos, vacíos de contenido y que, la verdad, nunca solucionarán nada.

Ridículo

Hace unas cuantas semanas fui al espectáculo de ‘El Circo de los Horrores‘. Lo que podría calificarse como ‘circo moderno’ es una mezcla de números de extraordinaria habilidad, musicales y humor ácido.

Como en todos los espectáculos de pago, está totalmente prohibido grabar vídeos o realizar fotos. Aunque siempre hay alguien que ignora la prohibición, no creo que en esta representación se atreviera casi nadie a saltársela.

Y es que en la parte de humor los artistas se pasean sobre el escenario y vituperan e insultan despiadadamente a todo aquel que se cruza en su camino. Pero los que fuimos allí a verlo sabíamos a lo que íbamos, en una función que gira en torno al diablo, el infierno y el pecado. Se va dispuesto a reírse de los demás o de nosotros mismos, según quien fuera el foco de atención de los actores.

En uno de los momentos más extremos, suben a dos chicos al escenario para que hagan un stripe tease. Lo que empieza con una camiseta fuera acaba en ropa interior – o aún menos – según lo que la situación permita.

Ante una audiencia de más de dos mil personas, a nadie le apetece quedarse casi desnudo y rodeado de personajes bizarros que no inspiran tranquilidad. Sin embargo, lo que hace veinte años podía haber sido el momento más embarazoso de sus vidas para los que accedieron a subir al escenario a desnudarse, hoy en día no fue más que una divertidísima noche, para voluntarios y público.

Me llamó la atención la enorme diferencia que supuso aquí el que no hubiera móviles que todo lo graban. Hoy en día resulta mucho menos vergonzoso desnudarse en un escenario ante un público masivo que dar un discurso ridículo en un cumpleaños familiar o cantar con los amigos.

Además, la puntilla la da Facebook, que automáticamente reenvía a todos tus conocidos cualquier locura en que hayas podido tomar parte y haya quedado registrada. La obsesión por los vídeos y las fotos lleva a que cada vez haya menos momentos verdaderamente espontáneos, de acciones que se hacen en el momento sin pensar en las consecuencias. O más bien porque se sabe que no tienen que tener mayores consecuencias.

Simplemente quería compartir esta reflexión con vosotros.