Este fin de semana será la cumbre en que se tratará de encontrar soluciones a la crisis financiera mundial en que nos encontramos. El Presidente del gobierno español ha conseguido encontrar una silla en tan importante reunión. La voz de España se hará oír entre la de los principales países del mundo.
¿Y qué tiene España que decir? Eso a nadie le interesa. A lo que va España es a controlar que no se diga nada que pueda perjudicarnos. España, es decir, el equipo del gobierno de España que vaya a dicha cumbre, formado principal, necesaria y vergonzosamente por traductores de inglés, no tiene nada de que hablar. Quizás si lo tuviera, lo habría mencionado ya.
España va a hacerse la foto. Una foto más bonita que la famosa de las Azores, pero una foto al fin y al cabo. España va más que para estar ahí, para decir que ha estado. Eso no importa si lo que se debate es el invadir un país o empezar una guerra. Pero si de lo que se trata es de arreglar el mundo, porque hace falta, porque ya es un poco demasiado tarde, el que un acomplejado presidente insista en ir es más un problema que una ventaja para los españoles.
Porque en esa cumbre no se van a dar medidas que nos puedan perjudicar. Al fin y al cabo nuestros intereses son similares a los de Francia, Italia o Alemania. En muchos aspectos casi idénticos. En lo único que podríamos salir perjudicados es en que nos quitaran territorio, ahí Alemania no abriría la boca. Pero no creo que de la Cumbre saliera la idea de repartir las Islas Canarias entre los principales Bancos Mundiales.
En España se han hecho muchas cosas bien, algunas muy bien, mejor que en el extranjero. A veces las medidas decisivas las han tomado personas que nadie conoce, como la famosa que impidió la creación de extraños derivados que pudieran venderse. Los temibles paquetitos de las subprime. Pero España no puede dárselas de país ejemplar. España no puede ni siquiera pensar en ir a Washington a sacar pecho. Y seguramente lo intente hacer.
Ahora mismo nos estamos desayunando con noticias de que Gazprom, la empresa gasista rusa, está interesada en comprar el 20% de las acciones de Repsol (actualmente en propiedad de Sacyr-Vallermoso, que necesita ese dinero para pagar facturas). Y por supuesto todo el mundo está en contra de que una empresa rusa ponga un pie tan grande en una compañía tan importante. Y así lo dicen.
Lo cierto es que con todo descaro hablan de que se interviene en el hipotético libre mercado, se impide la compra de una parte de una empresa por otra, sólo porque es rusa. En este caso es comprensible que haya cierto miedo. Pero al gobierno le da igual, al gobierno lo que le preocupa es que dejen de existir media decena de sillas donde sentar a amigos, cuñados, primos, sobrinos y donde sentarse ellos mismos cuando se retiren de su mandato. No es una protección ante una empresa peligrosa, es el asegurarse la jubilación para unos cuantos a los que se les deben favores.
Porque lo mismo que pasó con Gazprom pasó hace poco con Eon, una empresa alemana – o lo que es lo mismo, a efectos legales una empresa española. Aquí no queremos empresas extranjeras, que en el Consejo de Administración de Endesa hay 100 sillas. Aquí no hay ley, ni interés público, aquí hay un intervencionismo descarado, de difícil explicación. Pero que aún así, se explica.
Cuando se produzca la Cumbre de Washington hay un enorme miedo que circula en el ambiente: que todo se quede en papel mojado. Como la famosa cumbre de Kioto, de la que se habla mucho pero se hace poco. Al principio se pensó que si iban pocos a la cumbre, los demás países no estarían dispuestos a colaborar o a aceptar decisiones unilaterales. Entonces se amplió a los tuertos en países de pobres. Y ahora también España. Cuantos más países, más difícil es que se vote una medida por unanimidad. Y si hay votos en contra, hay reticencias. Y si hay demasiadas diferencias, a lo mejor ni se llega a nada. Y si llega un retrasado mental que decide hablar de algo que no es realmente prioritario, quita tiempo a que se hable de lo decisivo. Y luego, no se hace nada, y la casa sin barrer.
Por eso casi preferiría los tiempos de Yalta en que se juntaban los cuatro más listos y decidían y aquello iba a misa. Ahora con el empalago democrático, que no se puede aplicar como si fuera una panacea gubernamental, para cualquier pequeña decisión es necesario consenso. Y entonces ocurre una de dos: se vota y lo que elige la mayoría sólo lo hacen los que han votado a favor – como en Kioto – o sencillamente no se llega a ningún acuerdo, no se arregla nada, todo se deja igual.
Y entonces cuando haya mucho paro en el 2009, le echamos la culpa a las empresas – que tendrán su parte, pero no toda. Si la cumbre fuera de Ministros de Economía, tendría alguna esperanza. Siendo de dirigentes, me espero unas estupendas fotografías. Y un Lunes Negro.
Estuve tentado de incluir esta entrada en la categoría de “La frase”, con el excelente refrán español:
El onceno: no estorbar.
Es decir, el 11º mandamiento, del que no habló Moisés, pero quizás porque se sobreentiende: no estorbar. Con los tiempos que corren, esperemos que no se transforme en un El 21º: no estorbar.