Lo primero que sorprende de la revista británica “The Economist” (oficialmente es un periódico) es lo pequeña que es comparada con tantas otras revistas. Apenas tiene 100 páginas y es bastante más compacta que el suplemento dominical de “El País”. Y cuesta 5,20 euros del ala.
Fundada el 5 de Agosto de 1843, hace más de 150 años, la revista siempre ha tratado de destacarse por un pensamiento progresista y liberal en los mejores sentidos de ambos términos. Su lema es:
Tomar parte en una dura lucha entre la inteligencia, que nos hace avanzar, y la inútil, tímida ignorancia que nos impide ese progreso.
Lejos de lo que pudiera pensarse, no es exactamente una árida revista sobre economía. También trata sobre política internacional, ciencia, literatura. Cierto es que los asuntos económicos son mayoría, pero siempre desde un punto de vista divulgativo. A pesar de que la revista busca un público de élite intelectual, no maltrata a sus lectores con términos que sólo conozcan unos pocos. Como indica la Wikipedia, da por hecho que el lector conoce lo que es la inflación, pero puede dar una explicación breve de lo que significa un término algo más avanzado. Incluso al referirse a empresas o políticos de fama mundial indica de quienes se tratan (“La empresa de telefonía móvil Vodafone”).
“The Economist” es una revista para la élite. No sorprendería encontrarla en los aseos del Palacio de la Moncloa. Los artículos se expresan con bastante imparcialidad – aunque no siempre la haya – siguiendo la línea editorial de liberalidad y cuando atacan a un determinado colectivo (ya sea una empresa o la política de un país) las respuestas en forma de cartas al director que publica el periódico no son de jubilados polémicos o de complacientes lectores, sino de altos cargos de la política, representantes de organismos internacionales y presidentes de grandes compañías.
Cuenta la Wikipedia sobre un artículo que provocó tantas iras que recibió cartas de el presidente de BP (una de las mayores petroleras del mundo), de un ex-director de Shell (otra) y de representantes de organizaciones muy conocidas. En el número que tengo en mis manos se mezclan cartas con ingeniosas respuestas de personas desconocidas, cartas de profesores universitarios, una del Embajador del Reino Unido en Colombia y otra de una mujer que incluso tiene una entrada en la Wikipedia.


