Ahora que, gracias a Internet, todo el mundo puede opinar sobre todo, se tiene acceso a la mente del ciudadano medio. Cuando se le deja opinar sobre cualquier tema, acaba aflorando lo peor del género humano. Por supuesto, no es así con la mayoría de la población, pero hay un porcentaje preocupantemente alto.
Sobre todo, lo que más me asquea es ver el egoísmo de que somos capaces, es tal, que ni nos damos cuenta.
Una típica carta al Director que leo en los periódicos gratuitos es la de alguien que se queja porque le han puesto una multa. Normalmente se la ponen porque ha infringido una ley, el que escribe no suele rebatir esto. Sin embargo, trata de relativizar su infracción: “yo iba a 140 km/h pero hay gente que va a 180 km/h y no le ponen multas”, “aparqué en doble fila y me pusieron una multa, pero al coche que tenía delante no se la pusieron”, “engañé a Hacienda con la cuenta ahorro vivienda, pero eso no es nada ante la especulación inmobiliaria de las grandes constructoras”.
En muchos casos, se ha perdido el norte por completo. El que escribe no es capaz de pensar en los demás, sólo en él mismo. Su problema lo es todo.
La policía no aplica mano dura con los delincuentes callejeros pero es estricta con las multas. Puede y debe verse de forma positiva: si la policía mejora su control sobre la delincuencia, todas las leyes se cumplirían y eso es deseable. No se puede exigir una coherencia policial del tipo “hasta que no controles a los delincuentes, no te pongas a multar” porque así estaríamos más cerca de la anarquía que de otra cosa.
No puede haber tolerancia con el delito pequeño, o de lo contrario perdería su ilegalidad y, por tanto, el delito que antes era mediano pasaría ahora a ser considerado pequeño.
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